PRÓLOGO
Rodrigo Rojas De Negri era tres años menor que yo. Llegamos a la misma edad a Estados Unidos, aunque por razones distintas, y a mediados de los ochenta vivíamos en la misma ciudad, en Washington, D.C. Teníamos amigos y conocidos en común y nos movíamos en algunos de los mismos ambientes de esos años ajetreados.
Sin embargo, no lo conocía.
Recuerdo haber visto algunas veces a ese muchacho callado y de ojos profundos, con cuerpo de hombre y cara de niño, que pululaba entre los chilenos exiliados en Washington. Rara vez cruzamos palabra. Creo que la última imagen que tengo de Rodrigo fue de una tarde cuando abrió intempestivamente la puerta de la oficina que Isabel Morel, viuda de Orlando Letelier, tenía en el Instituto de Estudios Políticos para preguntar algo imposible de contestar. Levanté la vista y encogí los hombros. Él siguió su marcha hacia otra puerta, buscando respuestas.
Supe que había sido quemado por militares en Chile mientras iba a bordo de un ferry entre Dinamarca y Holanda. A los pasajeros nos repartieron el diario International Herald Tribune y ahí leí, en una brevísima nota desde América Latina, sobre la jornada de paro nacional en Chile en la que dos jóvenes fueron quemados vivos. El texto no mencionaba los nombres de las víctimas.
Apenas me recogió en la estación, mi pareja de entonces me llevó a un café.
—¿Supiste lo que pasó en Chile...? —tanteó.
—Sí, algo leí en el diario. ¡Qué bestias! —le comenté.
Un incómodo silencio se plantó entre los dos.
—Uno de ellos es Rodrigo. Rodrigo Rojas.
El nombre no me decía nada. No se me ocurrió ni por casualidad que pudiera tratarse de ese Rodrigo alto, algo torpe y de nariz ligeramente aguileña que veía a lo lejos de vez en cuando.
—El hijo de la Vero De Negri —puntualizó.
Sentí un repentino escalofrío. Entonces me di cuenta de que no sabía o no recordaba su apellido paterno. Para mí era solo Rodrigo, el hijo de Verónica De Negri, a secas. De la existencia del padre y su apellido nunca me enteré.
Esa noche casi no dormí. Cerraba los ojos y veía a Rodrigo en llamas, imágenes que por supuesto nunca vi de verdad, pero que circulaban por mi cabeza como una película rotativa sin fin. Hasta ese momento, lo más horroroso que había escuchado de la represión en Chile era que violaban con ratones a las prisioneras políticas. Y lo supe porque le pasó a la madre de Rodrigo.
Regresé a Washington poco antes de que Verónica volviera de Santiago luego de experimentar la semana más terrible de su vida, cuando vio extinguirse la vida de su «niño genio», como suele recordarlo. La conmoción era total. Cuando llegó, hubo un encuentro con amigos. Verónica estaba seria, con su profunda pena y rabia contenidas y una daga en el corazón. Uno a uno nos acercamos a entregarle cariño. Recuerdo el silencio solemne de ese momento. La fui a abrazar y no se me ocurría qué decir para acompañarla en su dolor. Creo que no dije nada.
Todos quienes conocieron a Rodrigo tienen grabado en su memoria el momento exacto en que supieron que había sido cruelmente atacado por militares junto a la joven Carmen Gloria Quintana, en uno de los actos de terrorismo de Estado más feroces de la dictadura cívico-militar de Augusto Pinochet.
Nadie ni nada quedó igual.
Las identidades y responsabilidades específicas de quienes participaron en este crimen y su encubrimiento se conocen desde julio de 1986. Desde entonces se está en una infructuosa espera de justicia efectiva, oportuna y proporcional a la barbarie cometida. Hasta mayo de 2021, la Corte de Apelaciones de Santiago aún no se pronunciaba sobre la apelación de las familias De Negri y Quintana a las magras condenas de primera instancia —y la absolución de uno de los principales culpables— dictadas por el ministro Mario Carroza hace más de dos años, en marzo de 2019.
Mientras tanto, quienes los quemaron vivos y los dejaron botados en una solitaria zanja para que murieran siguen viviendo tranquilos y en libertad, como lo han hecho todos estos años.
Cuando la justicia tarda treinta y cinco años, ya dejó de ser justicia.
* * *
Rodrigo Rojas De Negri no fue un héroe ni un mártir. Tenía grandes virtudes y también defectos, como todo joven en tránsito hacia la adultez, con las contradicciones y los conflictos emocionales propios de su edad, de su contexto y de la historia de vida que pesaba sobre sus hombros.
Rodrigo nació y creció en Valparaíso en el seno de una familia altamente politizada, y no fue aislado de lo que pasaba a su alrededor. Los agitados años de la Unidad Popular, el golpe militar, la detención y tortura de su madre y de su tía, el exilio de gran parte de su familia, el desgarramiento del país que dejó atrás —y que ahora veía levantarse desde lejos—, todo eso lo fue absorbiendo y cuestionando. La época, los sucesos, la historia familiar y el entorno en que le tocó vivir lo moldearon y definieron.
Fue un hijo del exilio que necesitaba descubrir en terreno el país que fue forzado a abandonar de niño, el país idealizado por los chilenos expulsados de su tierra, en una búsqueda imperiosa por encontrar su identidad cultural, una huella firme donde pisar, un nido, un camino.
¿Habría estado tomando fotos del levantamiento popular de 2019 en Chile? Muy probablemente habríamos visto a Rodrigo en la calle con alguna credencial, un bolso fotográfico al hombro y una cámara en la mano, registrando las energías, las demandas y la represión policial y sus víctimas. Podría también haber sido una de ellas. En cambio, vemos en nuestros días cómo anónimos manifestantes han estampado su rostro en los afiches y murales de un Santiago sublevado. Rodrigo habría pasado los últimos años en Chile metido en las movilizaciones estudiantiles, las de la ola feminista, en las protestas contra megaproyectos depredadores y del movimiento No+AFP. Habría retratado a los que pueblan las plazas con sus rucas, a las comunidades nortinas sin agua, a los jóvenes con su arte, a los inmigrantes y su hacinamiento, a las mujeres de las ollas comunes que brotaron con la pandemia y a las familias de los nuevos campamentos de la pobreza.
Hoy, Rodrigo estaría haciendo una larga sobremesa con los viejos discutiendo sobre el proceso constituyente y la reforma a Carabineros, sobre las energías renovables y los recursos naturales, los algoritmos y la manipulación de la información, las guerras que a nadie parecen importarle y la violencia racial en Estados Unidos.
La historia de Rodrigo podría ser la de cualquier familia chilena de esos años. Y su muerte, haberle tocado a cualquier otro joven en una jornada de protestas bajo dictadura militar, en una población de Santiago. Este libro no es el recuento de un crimen concebido en las cloacas de la miseria humana. No se reduce a ese helado día de invierno cuando una patrulla militar deliberadamente prendió fuego a Rodrigo Rojas y Carmen Gloria Quintana.
Detrás de cada muerte, hay una vida. Esta es la suya, la de su familia, la del exilio de un niño en un país extraño y sus ansias por descubrir el país arrebatado. Recorrer su vida permite alumbrar una parte de la historia reciente de este país. Hacerlo nos ayuda a comprender por qué en la mañana de ese gris 2 de julio de 1986, Rodrigo Rojas De Negri andaba en la población La Palma de Estación Central, con una cámara colgando del cuello y ayudando a su tío Raúl a acarrear neumáticos para una barricada.
Recién ahora comienzo a conocerlo. El 7 de marzo pasado habría cumplido cincuenta y cuatro años.
* * *
Este libro se basa en casi ochenta entrevistas realizadas en Chile y en Estados Unidos, y de manera remota en Canadá; en documentación privada de la familia De Negri; en los expedientes de las causas en la fiscalía militar de 1986 y en la Corte de Apelaciones de Santiago de 2013; en libros, revistas y archivos de prensa; y en documentación del Archivo Nacional de la Administración, el Archivo General Histórico del Ministerio de Relaciones Exteriores, el Centro de Documentación del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos y la colección de documentos desclasificados por el gobierno de Estados Unidos, entre otras fuentes documentales.
Agradezco a la editorial Penguin Random House por la oportunidad de publicar este libro, particularmente a su directora editorial, Melanie Jösch, y a Aldo Perán, el editor preciso para esta historia. También agradezco a la periodista Verónica Carreño Lecaros por su contribución como asistente de investigación.
Va mi gratitud a todos quienes me ayudaron de distintas maneras en la preparación de este texto, y a quienes accedieron a una entrevista, a sabiendas de que sería doloroso en muchos casos. Agradezco particularmente a Pablo De Negri, hermano de Rodrigo, y a sus tíos, tías, primas y primos; y sobre todo a su madre, Verónica De Negri, por su generosidad y confianza para que pudiera contar la vida de su hijo, su «niño genio».
Mayo de 2021
I
Avanzaban las horas y Rodrigo aún no llegaba a casa. Esa noche primaveral de Washington, su madre, Verónica De Negri, entre consternada y enojada, metía cosas en una maleta para ahorrar tiempo: un montón de ropa, material fotográfico que Rodrigo había apartado para llevar y un libro que le mandaba de regalo a su papá. Su padre, el abuelo de Rodrigo, siempre había sido un buen lector.
Debían estar en el aeropuerto a las seis de la mañana siguiente, pero su hijo no daba señales de vida. No había cómo contactarlo. En esos primeros días de mayo de 1986 no existían celulares, ni Internet ni redes sociales. Rodrigo estaba inubicable. Y ni siquiera había empacado.
En realidad, diría Verónica décadas después, esa noche estaba histérica. Lo último que supo era que esa tarde Rodrigo trabajaría en la programación del sistema computacional de la embajada de Nicaragua, que quedaba a cuadra y media de su departamento. Pero la misión diplomática había cerrado hacía horas y nadie contestaba el teléfono.
Seguramente Rodrigo andaba, como siempre, dando vueltas por la ciudad, dejándose caer en la casa de alguna familia amiga, pensó. Pero nadie lo había visto esa noche.
Lo cierto es que Rodrigo Rojas De Negri se había quedado encerrado en la embajada nicaragüense y nadie se había dado cuenta. Tampoco él, o no le importó. Estaba absorto frente a una pantalla, en uno de los tantos trabajos esporádicos que le ayudaban a financiar su afición por la fotografía y su inminente partida a Chile. Y cuando todo el personal diplomático se retiró, él permaneció en una oficina, en el subsuelo. Quería dejar todo listo antes de su viaje, que se extendería por al menos tres meses. Perdió la noción del tiempo.
Desesperada, Verónica llamó a su amiga Margarita Suárez, una colombiana residente en Washington, para pedirle el teléfono de la casa de Manuel Cordero, el ministro consejero de la embajada de Nicaragua. Margarita lo había conocido a fines de los setenta, cuando Cordero, entonces estudiante universitario en Washington, arrendó una pieza en la casa grupal donde vivía con otros nicaragüenses. Se hicieron muy amigos.
—¡Ay, se me olvidó! —exclamó el diplomático.
«Manolo no sabía ni hervir un huevo —asegura Margarita Suárez—. Pero era un tipo brillante, a pesar de haber dejado de estudiar, de familia acomodada que se había radicalizado a través del cristianismo».
Rodrigo Rojas, como muchos latinoamericanos, se había encandilado con la revolución sandinista y se acercó a Manolo Cordero. Prácticamente vecinos, se la pasaba en la embajada charlando con el diplomático ocho años mayor que él. Un día, Rodrigo le ofreció ayuda para programar el sistema computacional de la misión. Había aprendido de computación en el liceo y otro tanto por su cuenta.
Manolo se fue raudo a la embajada y le abrió a Rodrigo, quien salió apurado hacia el departamento que compartía con su madre y su hermano Pablo, que pronto cumpliría doce años.
—Rodrigo, te llamé varias veces y no contestabas —le recriminó Verónica a su hijo.
—¿Y cómo iba a contestar si estaba lejos del teléfono?
La maleta estaba lista. Rodrigo no alcanzó a saber lo que contenía, pero se aseguró de llevar sus tres cámaras fotográficas, más una que le habían encargado entregar en Chile. En unas semanas, una amiga viajaría a Santiago y le podría mandar más cosas con ella, le dijo su madre.
Rodrigo cerró la puerta del departamento 32. Vivían en el tercer piso de un edificio de ladrillo en la calle 17, a pasos de New Hampshire, una amplia avenida alineada de árboles que concentra, en solo cuatro cuadras, una docena de embajadas en Washington, entre ellas la de Nicaragua. Era un espacio cómodo pero no muy grande, ni tampoco demasiado atractivo. Cuando llegaron a habitarlo ocho años antes, su madre comenzó a tapizar sus paredes con los afiches que iban circulando de acuerdo a los tiempos políticos: La Moneda en llamas, Ho Chi Minh, Orlando Letelier, la campaña de boicot a las uvas chilenas, un concierto de Inti Illimani, y otros referidos a luchas latinoamericanas y eventos culturales adornaban el hogar donde Rodrigo inició su adolescencia y alcanzó la mayoría de edad.
Verónica manejó su viejo Chevette gris marengo contra el tiempo, ansiosa de que su hijo no perdiera el vuelo. Los dos, molestos, casi no se hablaron en el trayecto.
Los ánimos se calmaron llegando al terminal aéreo. Ahí tuvieron una escasa media hora para despedirse antes de que Rodrigo abordara el vuelo Panam que lo llevaría a Montreal, Canadá. Allí vivían su tía Mónica y su tío Domingo con su familia. En esa ciudad obtendría una visa temporal del consulado peruano para desembarcar en Lima. El plan era después continuar por tierra hacia el sur, hasta Tacna, donde abordaría algún transporte para cruzar la frontera hacia Arica, su primera parada en Chile, para visitar a su abuelo materno, Antonio De Negri.
Viajaba con el único pasaporte que tuvo, el mismo que sacó en Valparaíso a comienzos de 1976 para irse de vacaciones de verano donde sus tíos en Canadá, sin imaginar que no iba a volver en marzo para comenzar el cuarto año básico de su colegio. Nunca obtuvo un pasaporte nuevo; cuando vencía, simplemente se prorrogaba la fecha de vigencia en el mismo documento, esa libreta de tapa roja e incómodo tamaño que caracterizaba a los viajeros chilenos en esos años. Lo hizo en 1981, en 1983 y en 1986, semanas antes de viajar a Chile. Y aunque Rodrigo ya era un adulto, su pasaporte aún tenía su firma infantil y la foto de niño de ocho años, vestido de chaleco y mirada penetrante.
Así comenzó el primer y último viaje de Rodrigo Rojas De Negri a Chile, luego de diez años de ausencia.
Dejaba atrás una década como hijo de exiliada, viviendo entre Washington y Quebec, rodeado de adultos nostálgicos del Chile que se fue y urgidos por recuperar el país perdido. A diferencia de muchos de ellos, incluyendo a su madre, él no tenía una «L» estampada en su pasaporte que le prohibiera ingresar al país.
A sus diecinueve años, y sin haber terminado la enseñanza media, hablaba tres idiomas, dominaba la fotografía y la programación computacional, opinaba con soltura sobre temas políticos e internacionales, tocaba el charango y tenía conocimientos enciclopédicos sobre sistemas de armamentos. Sobre Chile, su historia, la dictadura y las condiciones del país había leído, preguntado y discutido hasta el cansancio, pero no estaba seguro de lo que encontraría una vez pisando su suelo natal. Sin embargo, estaba convencido de que quería y debía estar en Chile.
Le urgía reencontrarse con su país, volver a su cauce natural y reafirmar su identidad, constatar si el Chile idealizado del que tanto hablaban los exiliados era tal, y registrar con su cámara sus formas y colores, sombras y alegrías, su pueblo y su resistencia frente a la dictadura militar.
Arribó a la capital chilena en la antesala del crudo invierno de 1986 en que las lluvias desbordaron el río Mapocho, el año que el Partido Comunista definió como el decisivo para derrocar a Pinochet. Llegó a un gris y helado Santiago, una ciudad ansiosa y expectante y que no conocía, donde el miedo se fundía con la adrenalina.
La próxima vez que Verónica De Negri vio a su hijo mayor fue casi dos meses después en la UTI de la Posta Central. Militares le habían prendido fuego, convirtiéndolo en pira humana. Rodrigo Rojas De Negri agonizaba, conectado a un ventilador mecánico, con un pulmón colapsado y el sesenta y cinco por ciento de su cuerpo quemado.
II
Rodrigo aterrizó en Montreal el 7 de mayo, cuando la ciudad recién se ponía en marcha. El vuelo desde Washington demoró menos de dos horas, y para las nueve de la mañana ya estaba recogiendo su maleta. Tenía todo el día por delante en esa ciudad.
El vuelo de Canadian Pacific Airlines partía a Lima con escala en Toronto. Era una ruta enredada para viajar a Sudamérica, pero a veces resultaba más barato viajar desde Estados Unidos vía Canadá. Además, así tendría tiempo para despedirse de sus familiares en ese país y pasar al consulado de Perú para que le estamparan la visa que su tía Mónica, quien vivía en Montreal, ya había gestionado.
Mónica De Negri aún no tenía hijos, y acogió con todo su amor consentido a su sobrino regalón, como siempre.
«Ellos tenían muy buena relación —recuerda su madre—. A Mónica la quería mucho, pero ella lo malcriaba demasiado. Le daba de todo».
Con su tío Domingo solo alcanzó a hablar por teléfono. Rodrigo viajó un par de horas en tren a Quebec, doscientos treinta kilómetros al sur de Montreal, para visitar y despedirse de su tía Nora y de su adorada abuela María. Las dos mujeres compartían casa: Nora, su marido Alfredo y sus tres hijos ocupaban el primer piso, mientras que la abuela de Rodrigo, prácticamente su segunda madre, tenía un departamento independiente en el segundo.
Nora se encontraba raspando el piso cuando llegó su sobrino a visitarla. «Me dijo: ‘Es el colmo, vengo a verte y no me dedicas tiempo’. Pero se sentó a conversar mientras yo raspaba. Hablamos de una película que ambos habíamos visto sobre Leonardo Da Vinci, y él me decía que no era tan inteligente, que en realidad le había copiado a los chinos. Fue lo último que conversamos», recuerda Nora De Negri.
El consulado peruano le otorgó una visa por siete días y tenía toda la intención de visitar Cuzco y Machu Picchu, pero sintió la urgencia de continuar de inmediato rumbo a Chile. Lo haría sin falta a la vuelta, avisó a su madre, porque su pasaje de regreso —con fecha abierta— partía desde Lima. Alcanzó a caminar por la capital peruana, tomando fotos de su gente y sus calles, y luego de larguísimas horas en la carretera, arribó al terminal de buses de Tacna.
Rodrigo abordó un colectivo en las cercanías. Era uno de esos grandes y viejos autos americanos con capacidad para cinco pasajeros. A pesar de que era más barato tomar un bus, como era común que se utilizaran para mover contrabando entre Perú y Chile, tanto las máquinas como los pasajeros y su equipaje eran revisados exhaustivamente en ambos lados de la frontera, retrasando todo durante horas.
Los pasajeros que cruzaban la frontera eran controlados en varios puntos a lo largo del trayecto, no solo por el mencionado contrabando, sino porque era una época de intensa actividad de las organizaciones armadas de izquierda de Perú, Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru. Así lo recuerda el estadounidense Paul Goldstein, uno de los pasajeros que compartió con Rodrigo ese trayecto de cuarenta y cinco minutos por el desierto.
Paul se encontraba en el sur de Perú con una beca para hacer investigación en terreno para su doctorado en antropología. Viajó solo un par de veces desde Tacna a Arica y en una de ellas coincidió en el colectivo con Rodrigo. No lo supo hasta que fue consultado para este libro. Su nombre figura en los registros fronterizos que el Ministerio del Interior chileno facilitó al senador estadounidense de ultraderecha Jesse Helms, quien lo informó al Congreso de su país, quedando en acta. Por el hecho de que coincidieran en un mismo vehículo un ciudadano y un residente de Estados Unidos, el gobierno de Chile supuso que Rodrigo Rojas venía «acompañado por» Paul Goldstein, aunque probablemente no cruzaran palabra.1
Rodrigo entró a Chile el 9 de mayo de 1986 por el complejo fronterizo Chacalluta. En su ficha de ingreso al país se anotó como «estudiante» y «programador», y dio como dirección Baquedano 1080, departamento 44, Arica, a pocas cuadras de la estación de ferrocarriles Arica-Tacna. Allí, su abuelo Antonio lo esperaba.
* * *
Conocía poco a su abuelo materno. Cuando Rodrigo nació en marzo de 1967, Antonio De Negri Millán no pasaba mucho por casa: estaba dejando paulatinamente el hogar familiar y a su esposa María de los Ángeles, y tenía una nueva pareja, María Elena, con quien planeaba mudarse a Arica. No obstante, Rodrigo recordaba con cariño las visitas a la casa familiar de su abuelo, hijo de un inmigrante italiano que llegó a Valparaíso después de la Primera Guerra Mundial a ganarse la vida como fuera.2 Quería retomar ese lazo antes de continuar hacia Santiago. Verónica era muy apegada a su padre y le hablaba a su hijo de él con cariño, a pesar de que cuando Antonio De Negri abandonó a su familia en el puerto se fue olvidando de sus obligaciones paternas, sumiendo a su exesposa, sus seis hijos y un nieto recién nacido en el descalabro económico. Y por si eso no bastara, era de derecha y apoyaba la dictadura militar. Pero a pesar de todo, a pesar de que sus propias hijas sufrieron la represión, la tortura y el exilio a manos del régimen que él justificaba, Verónica lo seguía queriendo.
Poco después de desembarcar desde Italia en Valparaíso, el bisabuelo de Rodrigo, Domenico De Negri, conoció a quien sería su bisabuela, Amanda Millán, una mujer considerablemente menor, estricta y conservadora que venía de una familia adinerada, dueña de varias propiedades y barcos pesqueros. Se casó con ella y tuvieron un hijo, Antonio, nacido en el puerto en 1921, y cuatro hijas. Para entonces, según consta en el registro de nacimiento de Antonio De Negri, el nombre del inmigrante italiano se había castellanizado a «Domingo», tenía treinta y ocho años y se definía como «comerciante».
Con los años, Domenico De Negri, dedicado al campo y al comercio y preocupado de dejarle un buen pasar a su prole, logró amasar un capital considerable y varias propiedades tanto en la quinta como en la séptima región. En enero de 1944, a los veintitrés años, su hijo primogénito contrajo matrimonio en Talca con María de los Ángeles Quintana González. El casamiento fue apresurado: ella venía de una familia extremadamente conservadora y católica y ya tenía más de tres meses de embarazo.
María de los Ángeles Quintana3 era una mujer adelantada para su época. Había estudiado corte y confección de alta costura en la Escuela de Arte y Oficios, y cuando conoció a su futuro esposo tenía un pequeño taller de costura en Talca. Sin embargo, tras el matrimonio, cerró el negocio y se dedicó a las actividades hogareñas y a criar a los hijos que llegaron uno tras otro, partiendo con Amanda, en 1944. Durante los siguientes cinco años nacerían Verónica, Nora, Mónica y Domingo.
Por ambos lados de la familia —los De Negri y los Quintana— dominaba una fuerte corriente conservadora de derecha. Antonio De Negri era liberal de actitud, pero de derecha en lo político; María de los Ángeles era todo lo contrario: profundamente católica y conservadora en lo personal, pero más liberal en lo político. A principios de 1953 la familia De Negri se trasladó a Villa Alemana. A mediados de la década del cincuenta, la ciudad contaba con una importante comunidad de descendientes italianos, un Círculo Italiano fundado en 1934 y la Scuola Italiana, donde asistieron las cuatro niñas De Negri. A ese hogar llegó el último de los hermanos De Negri, Claudio, nacido en 1955.
Para las niñas y niños De Negri, la infancia en Villa Alemana fue un periodo feliz.
«Era una casa fantástica para nosotros —recuerda Verónica—. Éramos muchos niños, nosotros cinco y los del barrio, ya que los padres los mandaban a nuestra casa porque teníamos espacio. Nos colgábamos de los árboles, comíamos la fruta, hacíamos circo. Los hermanos nos llevábamos bastante bien y lo pasábamos el descueve».
Cuando la hija mayor, Amanda, estaba próxima a comenzar primero de humanidades,4 el padre de familia dispuso el traslado de todos a Valparaíso. Creía en la importancia de la buena educación, para sus hijas e hijos por igual, y en Villa Alemana no la iban a encontrar.
Valparaíso era un puerto pujante, el más importante del país, donde recalaban transatlánticos de pasajeros y buques de carga, una ciudad dinámica con un comercio vibrante, un polo industrial y una intensa y activa tradición sindical y política. Desde 1863 Valparaíso estaba conectada a la capital a través del ferrocarril y pronto contaría con su propio canal de televisión.5
La familia se instaló en el puerto a comienzos de 1956, en una enorme casa en el cerro Bellavista de propiedad de los De Negri. Al morir Domenico De Negri, por un acuerdo de palabra que se rompería años después, su hijo Antonio heredó esa casa, mientras que sus hermanas se harían cargo de las otras propiedades.
Cuando se acomodaron en la gran casona porteña, encajada en la subida del pasaje Chopin, esquina con avenida Yerbas Buenas, Amanda estaba en plena pubertad y Claudio aún gateaba. En ese lugar los hermanos De Negri Quintana crecieron, se iniciaron en la política, entraron a la universidad y vivieron intensamente el gobierno de la Unidad Popular.
Y en medio de todo eso nació el primer nieto, Rodrigo Andrés.
* * *
Al mudarse a Valparaíso, Antonio De Negri, María de los Ángeles Quintana y sus seis hijos encontraron la casa hecha un desastre. Había sido dada en arriendo durante años, y el segundo piso lo habían convertido en un cité.
«Después de haber vivido en un chalet nuevo y limpio en Villa Alemana, cuando llegamos a Chopin fue un cambio muy violento. De a poco mi mamá la fue recuperando y exterminando los chinches y las ratas. Mi papá mataba a los guarenes con una vieja escopeta. Las puertas eran enormes y macizas y los ratones se comían las puntas para pasar de una pieza a otra», rememora Verónica De Negri.
La casa de Chopin 206 tenía tres pisos y unos veintidós metros de frente. Era de las típicas casas porteñas que se van construyendo en altura y había sobrevivido dignamente a todos los terremotos hasta esa fecha. El primer piso consistía en dos departamentos independientes a nivel de calle, que se daban en arriendo. El tercer nivel era un patio de cemento con jardineras siempre llenas de flores, especialmente los suspiros que María de los Ángeles atendía con dedicación. Detrás del patio colgaban enredaderas de la pared del cerro y se asomaba un damasco.
La familia se instaló en el segundo piso, un espacio inmenso donde cabían todos, incluyendo a la abuela Amanda cuando se quedaba con ellos. Compartían pieza Amanda con Verónica, Nora con Mónica y Claudio con Domingo. El living-comedor era el centro de todo. Comían juntos alrededor de una mesa donde podían arrimarse catorce personas. Ese espacio común, con sus dos juegos de living, era tan grande que los hermanos podían dedicarse a distintas actividades e invitar a amigos y compañeros de escuela al mismo tiempo y aun así contar con cierta independencia. Las hermanas De Negri armaban sus fiestas de baile ahí.
Las hermanas ingresaron al Liceo Nº 2 de Niñas de Valparaíso, ubicado en la esquina de avenida Brasil con calle Las Heras. Ahí la futura madre de Rodrigo Rojas se sentiría más a gusto que en la Scuola Italiana. No fue ni buena ni mala alumna, dice ella misma, pero sí muy activa socialmente, deportista y amante del arte y del baile, más preocupada por «las matemáticas, la astronomía y Elvis Presley» que de tener novio.
Probablemente a instancias de su católica madre, el hijo mayor, Domingo, fue inscrito en un establecimiento religioso, en el colegio San Pedro Nolasco de la Orden de la Merced. Más adelante se matricularía en el liceo Eduardo de la Barra.
Claudio, el menor, comenzó su educación con una tutora particular, la señora Berta, una profesora jubilada, de rostro severo, pelo tomado en tomate y largos vestidos negros. Vivía cerca, rodeada de gatos, y hasta su casa iba Claudio a estudiar; aunque a veces ella se trasladaba a la suya para impartirle las clases. Recién en quinto básico entró al colegio.
Años después, ya durante el gobierno de Allende, Claudio ingresaría al mismo liceo de su hermano mayor, el Eduardo de la Barra, que para entonces vibraba con la política.
* * *
Para las elecciones presidenciales de 1958, Antonio De Negri se la jugó por el candidato de derecha, Jorge Alessandri, y puso un cartel de propaganda en una de las ventanas que daban a la avenida Yerbas Buenas.
«Mi familia era de derecha. Mi mamá no, pero no abría la boca ante los De Negri. Con nosotros sí, y ella nos enseñó que había que votar; votar era como una religión para ella», dice Verónica De Negri.
Alessandri resultó ganador con poco más de 31 por ciento de los votos, y poco más atrás venía el candidato de la coalición de izquierda, el Frente de Acción Popular (FRAP), el senador Salvador Allende, con cerca del 29 por ciento. El tercer candidato, el democratacristiano Eduardo Frei Montalva, obtuvo más de un 20 por ciento de las preferencias. Fue la primera elección en una década en la que el Partido Comunista podía participar legalmente, formando parte del FRAP. Ese mismo año el presidente Carlos Ibáñez había derogado la Ley de Defensa Permanente de la Democracia, conocida como la «Ley Maldita», que proscribió al Partido Comunista en 1948, forzando a sus militantes a la actividad política clandestina.
En el legalizado Partido Comunista militarían, años después, la mitad de los hermanos De Negri Quintana y su madre.
Fue por esa época, durante el gobierno de Alessandri, que las hermanas De Negri comenzaron su militancia política en el espectro de la izquierda chilena. Mónica y Verónica se integraron a la Juventud Radical, siguiendo los pasos políticos de su madre, cuando tenían trece y quince años, respectivamente.
Amanda optó por el Partido Socialista estando ya en la universidad, en 1962. Entró a estudiar derecho en Valparaíso, primero en la Universidad Católica y después en la Universidad de Chile.
Mientras Amanda se volcaba a la política en el ámbito universitario, sus hermanas menores participaban activamente en la federación de estudiantes secundarios de Valparaíso, armando exposiciones, organizando debates políticos, apoyando tareas de propaganda y peleando con la Democracia Cristiana.
Claudio, el menor, ingresó a las Juventudes Comunistas antes de cumplir los quince años, a mediados de los sesenta, durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva, y participó en la brigada muralista Ramona Parra.
«Cuando no podía mi mamá, yo varias veces lo tenía que ir a buscar a la comisaría cuando lo detenían rayando muros», cuenta Verónica.
Domingo no tenía militancia. Estaba en otra. Simpatizaba con la izquierda, pero no se afilió a ningún partido sino que participó, algunos años después, en «Poder Joven», del «movimiento siloísta», que propugnaba la transformación interior de las personas como eje orientador hacia los cambios sociales.6 El siloísmo era mirado con recelo por la izquierda, que lo acusaba de tener vínculos con la ultraderecha y la CIA.
Para las siguientes elecciones presidenciales, en 1964, con la derechización del Partido Radical, se produjo un éxodo de jóvenes militantes, entre ellos Verónica De Negri, quien apoyaba a Allende.
III
A la par con la militancia política, a mediados de los sesenta la mayoría de los hermanos De Negri entró a la universidad. A Amanda, estudiante de derecho, la siguió Nora, quien estudió dos carreras simultáneamente, agronomía y pesca, en la Universidad Católica de Valparaíso, y Domingo, que se matriculó en ingeniería mecánica.
Verónica se graduó en 1963 de sexto de humanidades, en el Liceo Nº 2 de Niñas de Valparaíso. Su profesora jefa, Rosa Roncagliolo, describió así a su alumna en el «informe de personalidad» expedido en diciembre de ese año: «Participa con entusiasmo en las actividades que se realizan en el curso y en el liceo. Tiene ascendiente sobre sus compañeras; es una buena organizadora... Cumple con sus obligaciones escolares, pero debe esforzarse más».
Se saltó un año antes de postular a la universidad. Se inclinaba por el arte, pero también le interesaban las matemáticas. Postuló a arte en la Universidad Técnica del Estado, pero mientras esperaba los resultados, fue aceptada en Administración de Empresas en la sede en Talca de la Universidad de Chile, y ahí partió, «un poco por darle el gusto a mi papá», dice.
Apenas se instaló en la pensión de la familia Rojas Ruiz-Tagle en Talca en marzo de 1965, Verónica se enamoró de uno de sus hijos, Ramón, el futuro padre de Rodrigo. A decir de ella, Ramón Rojas era atractivo y carismático, pero porro. Ella tenía veinte y él diecinueve, y aún estaba en Humanidades. Era alumno del liceo comercial de Talca y, además, dirigente de la Juventud Demócrata Cristiana.
«Era inteligente, pero irresponsable, y había repetido de curso —dice Verónica—. No hacía tareas, no iba a clases; andaba politiqueando».
Para evitar problemas y que su hija terminara embarazada, Antonio De Negri la cambió a otra pensión. No sirvió de nada. Entonces trató de separar a la pareja mandando a Verónica a Temuco a continuar sus estudios en la sede de la Universidad de Chile en la Araucanía. Duró una semana y regresó a Talca. Los padres de Ramón, en tanto, lo enviaron a estudiar a un instituto comercial en Santiago en calle Santos Dumont, en el sector norte de la capital. La pareja se veía los fines de semana, cuando Ramón volvía a su casa.
Luego de uno de esos fines de semana del helado invierno de 1966, Verónica lo acompañó de vuelta a la capital. Ese domingo en la noche perdió su virginidad y en el acto quedó embarazada.
«Cuando Ramón lo supo, quería que yo abortara como fuera, pero yo no quise», dice.
Verónica no hallaba cómo contarle a su madre, católica devota, a pesar de que ella misma había quedado embarazada fuera del sacrosanto matrimonio. Con cuatro meses de embarazo y una panza que ya se insinuaba, se lo contó primero a su hermana mayor, Amanda, quien la fue a buscar a Talca y la acompañó a la casa familiar en Valparaíso.
«Mis padres no dijeron nada sobre el embarazo, absolutamente nada —recuerda Verónica—. Pero mi papá me propuso que me quedara en la casa y siguiera estudiando en Valparaíso. Le dije que no, que yo me había metido en esto y tenía que salir adelante, así que iba a trabajar para mantener a mi hijo».
Antes de que Verónica alcanzara los cinco meses de embarazo, la relación con Ramón Rojas se había acabado. Luego de cursar dos años de su carrera, dejó congelados sus estudios y volvió a su casa en el puerto.
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Las puertas de Chopin 206 siempre estaban abiertas para visitas y huéspedes ocasionales. Era un lugar ideal para tertulias, discusiones políticas, organización de actividades, trabajos en grupo para la universidad, guitarreos y fiestas, por lo tanto pasaba llena de gente, con amigos de la universidad, liceo o barrio y compañeros de la militancia variopinta en el hogar de los De Negri.
«La casa era un foro permanente y todos los días había invitados alrededor de una mesa enorme. Éramos seis hermanos y producto de todo eso nos acostumbramos de chicos a discutir. Y todos invitábamos a nuestros compañeros. El país era distinto: las cosas se hablaban. Era una casa donde había mucha discusión, asamblea, fiestas, y todo el mundo opinaba», recuerda Claudio De Negri.
En ese ambiente nació Rodrigo Rojas el martes 7 de marzo de 1967. Para entonces su tía mayor, Amanda, estaba en quinto año de derecho, Nora seguía sus estudios de pesca y agronomía, y Mónica acababa de completar un curso de secretariado ejecutivo en Manpower. Domingo, en tanto, ese mes de marzo entraba a su primer año de universidad, y el menor de sus tíos, Claudio, de doce años, seguía en el colegio.
Rodrigo Andrés nació en el Hospital Naval Almirante Nef, en Playa Ancha, aunque ese no era el plan. El parto debió producirse en la Clínica Viña del Mar, porque en ese centro asistencial privado trabajaba el médico brasileño que atendió a Verónica durante gran parte del embarazo. Había desarrollado diabetes gestacional.
Pero cuando comenzaron las contracciones, todo se desencadenó rápidamente. En medio de la noche, Verónica se despertó con la violenta sacudida de su vientre. Se sentó en la cama y despertó a Amanda, con quien compartía pieza.
—¡Va a nacer Rodrigo! —anunció su hermana.
Aún faltaban un par de semanas para la fecha prevista, pero Verónica ya había escogido el nombre: se llamaría Rodrigo por Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, el caballero castellano cuyas aventuras en el siglo XI Verónica debió leer en el liceo. «Era un gladiador que se enfrentaba a todos», explica. Y el segundo nombre, Andrés, fue simplemente porque le gustaba.
Amanda despertó a la mamá, quien trató de aplacar la conmoción en la casa. Mónica se levantó y ofreció acompañarlas a la clínica. Las tres mujeres abordaron un taxi y partieron a la Clínica Viña del Mar. Pidieron ver al médico tratante, pero resultó que estaba de turno en el Hospital Naval de Valparaíso. Nuevamente arriba de un taxi, volaron desde Viña hasta Playa Ancha. Las calles estaban desiertas.
A las seis de la mañana arribaron al Hospital Naval y la parturienta ya estaba muy dilatada. Más de una hora después llegó el médico a atender el parto. Rodrigo venía grande: pesó casi seis kilos.
«Nació como escupo. Era largo y con unas piernas bien flacas y una melena. Era un pelo negro, tieso, que le tapaba los ojos. Domingo, apenas lo vio, fue a buscar a alguien en el hospital para que le cortara el pelo», recuerda Verónica.
Ramón Rojas conoció a su hijo ese invierno, cuando Rodrigo ya tenía varios meses de vida. No lo hizo antes porque estaba inubicable en Cauquenes, en trabajo político para su partido, la Democracia Cristiana. A través de sus amigas de universidad en Talca, Verónica pudo saber de Ramón y contactarlo, pero este, al enterarse del nacimiento de su hijo, no reaccionó. Entonces el abuelo del recién nacido, Antonio De Negri, partió a Talca para conversar con los padres de Ramón y les planteó: lo menos que podía hacer su hijo era reconocer al bebé y responder por él. Fueron ellos quienes llevaron a Ramón a Valparaíso para que conociera a su pequeño hijo.
De regreso, pasaron por Limache, donde vivía uno de los hermanos de Ramón, para presentarle a su nuevo sobrino.
«El encuentro [para conocer a su hijo] fue agradable. Con Ramón me llevaba bien y creo que nos queríamos. En retrospectiva, entiendo que él era un cabro, pero yo también lo era», dice Verónica.
A pesar de no ser creyente, Verónica bautizó a Rodrigo para complacer a su madre y a Ramón, ambos católicos. El padrino fue el tío Domingo y la madrina, una tía paterna, Teresa Rojas.
Ramón Rojas volvió a ver a su hijo solo unas pocas veces más, pero no asumió su paternidad, aunque por varios años seguía llamando a Verónica para saber de ella. Incluso cuando murió Pedro Rojas un par de años después y Verónica viajó con Rodrigo a Talca para darle el pésame a la viuda, Ramón no se les acercó, afirma.
«Y Rodrigo sabía que era su papá. Fue la última vez que estuvo cerca de él», dice Verónica.
En 1969, el presidente Eduardo Frei nombró a Ramón Rojas gobernador de Arauco. Entonces Verónica lo demandó por alimentos, pero como el progenitor no se presentó a las audiencias, el juicio quedó en nada.
Al año siguiente, el 24 de marzo de 1970, el gobernador Rojas se casó con María Victoria Abusleme, cuando su hijo Rodrigo recién había cumplido tres años. Ramón no mantuvo contacto con él, no aportó a su mantención o educación ni formó parte de su vida, a diferencia de la abuela y las tías paternas de Rodrigo, quienes le manifestaron cariño y preocupación hasta el final.7
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Fue pocos meses después de que naciera su primer nieto cuando Antonio De Negri se fue definitivamente de la casa, luego de varios amoríos, el definitivo con una mujer que conoció en Talca. Hasta ese momento, su esposa María y sus seis hijos no llevaban una vida de lujo, pero vivían sin grandes carencias, con vehículo, línea telefónica y personal de servicio. Al abandonarla, Antonio De Negri dejó a su esposa sumida en el dolor, la humillación, y al borde de una debacle económica. Desde Arica, adonde se fue a vivir con su nuevo amor, aportó muy poco a la mantención de sus hijos y las visitas eran esporádicas. En adelante, tendrían que arreglárselas solos, viviendo de los ingresos irregulares por la venta de repostería de la matriarca y los aportes de los hijos, que se pusieron a trabajar. Ya no habría más personal de servicio.
«La economía familiar cambió del cielo a la tierra», dice Verónica De Negri.
