Prólogo
Si tocan a una
Hay una mujer mayor que camina por el barrio donde vivo. Sería inútil tratar de calcular su edad; a mí me parece eterna.
Duerme regularmente en un parque con bustos de bronce de músicos y compositores. Es imposible no reparar en ella porque su cuerpo está tan encorvado que avanza con la cintura completamente doblada hacia atrás, la cabeza a la altura de las rodillas. Se apoya en un bastón que sujeta con la mano derecha y en la izquierda lleva una bolsa de plástico en la que carga algo.
Alguna vez me ha permitido ayudarle, pero no siempre confía: cada tanto tira bastonazos a quien se acerque.
Todo en ella me inquieta, me interpela, me incomoda. Crecer en esta ciudad te enseña que el respeto es fundamental con la gente que habita las calles, y que, si no te piden ayuda, puede que no seas bienvenida por más buenas intenciones que te motiven.
Esta mañana, cuando regresaba de correr, la encontré recargada contra la pared, quieta, tomando un respiro. Hacía frío, la calle estaba semidesierta. Pensé que tal vez sería un buen momento y lo intenté.
—¿Para dónde va? —pregunté, y me ofrecí a ayudarla.
Aceptó, caminamos despacio rumbo al parque de los compositores, me permitió llevar la bolsa. Mientras avanzábamos a su ritmo no dejé de preguntarme cómo habrá hecho esta mujer para sobrevivir a dos años de pandemia.
Cuando llegamos a donde quería instalarse, hizo una contundente señal con la mano para que no la ayudara. No lo hice. Observé pasmada la destreza con la que maneja el cuerpo alguien que no puede desdoblar la cintura y ponerse en pie. Se recostó en el pasto, apoyada sobre el tronco de un árbol, dejé la bolsa junto a ella.
Tardé en atreverme a mirarla a la cara que antes nunca había tenido frente a mí. Una cara con mil cicatrices, un ojo cubierto con una nube gris, un tejido indescifrable sobre las mejillas.
—¿Necesita algo más? —quise saber.
—No, niña.
Tal vez hoy podíamos platicar un poco más. Volví a aventurarme.
—¿Qué le pasó en la cadera? —formulé ambiguamente.
No sé si el daño está en la articulación coxofemoral, en alguna vértebra lumbar, no tengo idea. Rogué a las diosas que no se enojara.
—Fue mi marido.
Algo crujió dentro de mí. De modo que esa mujer infinita, diminuta, milenaria, tenía la misma historia que tantas otras: un marido violento la dejó postrada y le rompió la vida.
Guardé silencio, intenté formular la siguiente pregunta, pero me pidió que me fuera, necesitaba descansar. No insistí. Si algo enseñan los años, es a respetar el ritmo de las otras personas. Pero no puedo negar que me he quedado con un deseo inmenso de volver a buscarla para que hable conmigo. Ya veremos si el tiempo favorece la conversación.
Y luego he venido a mi casa a repasar los seis capítulos que componen Mexicanas en pie de lucha. Reportajes sobre la resistencia ante el Estado machista y las violencias, y pensé que la historia de esa mujer que camina encorvada por las calles está indisolublemente ligada a las historias de las mujeres que se cuentan en este libro, que la situación límite en la que la dejó ese marido violento suma también la responsabilidad de un Estado sordo y ciego que poco ha querido asumir su deber no sólo en la construcción de un sistema más justo, sino de un destino menos amenazante y peligroso. Un destino que parece inevitable cuando naces mexicana y tu acta de nacimiento registra “sexo femenino” como prefacio al relato de una vida llena de violencias.
Daniela Rea cuenta en el capítulo “Sostener la vida: el retroceso que trajo la pandemia” la historia de Rosa, que a sus 17 años abandonó el segundo semestre de preparatoria, pues llegó la epidemia del covid-19 y en casa no tenía internet para responder las tareas, conectarse a las clases en línea, seguir con la educación a distancia.
Rosa tuvo que posponer su vida para ocuparse de generar un ingreso, apoyar a la madre trabajadora doméstica, en fin, sacrificarse para sumar el salario de 350 pesos que gana por limpiar las áreas comunes de un edificio de cinco pisos: escaleras, vidrios, ventanas. Esos 350 pesos hay que repartirlos entre el gasto del transporte y, si le gana el hambre antes de volver a casa y tiene que comprar algo para entretener la tripa, bajar otro tanto al ingreso recibido, hasta que finalmente vuelve a casa en Los Reyes, La Paz, luego de cinco horas diarias en el transporte público, y entrega el dinero a Lourdes, su madre.
Ésas son sus aspiraciones cotidianas, no gastar demasiado de los 350 pesos cuando la llaman para limpiar el edificio, y así poder cooperar con el ingreso de la familia.
Y es que, como apunta Daniela Rea, las mujeres cuidamos. Según datos de la CEPAL y del Inegi que se detallan a lo largo del capítulo, 90 millones de personas mayores de 12 años realizan trabajos domésticos y de cuidados en sus hogares sin recibir remuneración; 71% de esos trabajos son realizados por mujeres. Con la pandemia todo empeoró, el trabajo doméstico remunerado cayó en México más de 30%. Y las mujeres que trabajan y perciben un ingreso como Rosa tuvieron que renunciar a sus aspiraciones educativas y profesionales. Sacrificarse por otros. Ése se vuelve el destino infranqueable. Lourdes, la madre de Rosa, comenzó a trabajar a los 9 años de edad, cuando su madre salía a limpiar casas y Lourdes se quedaba cuidando a sus cinco hermanos menores. Luego esa mezcla de destino con oficio se hereda y todas las hijas van dedicándose a ser trabajadoras del hogar en casas ajenas mientras privan a sus propios hijos de su presencia.
“Es una cruel paradoja de nuestras vidas, no tener derecho a cuidar el fruto de nuestro vientre”, remata Daniela.
La carga emocional de eso es muy dura. El componente adicional es la variable repetida de un padre que abandona. Así que la labor primordial de ellas es dedicarse al cuidado de los hijos —o los hermanos pequeños— para que esa pareja, presente o ausente, se dedique a alguna actividad laboral.
Nadie es responsable de que la pandemia del coronavirus llegara justamente en el sexenio de AMLO y la “4T”, pero no hay manera de eximir la responsabilidad de un gobierno que ha perpetuado un sistema donde, cito a Daniela Rea: “el Estado mexicano destina 0.1% del PIB a los cuidados, pero los cuidados no remunerados representan 22.8% del PIB. Evidentemente algo no está bien. Evidentemente, en esta ecuación, alguien está ganando. Y no son las mujeres”.
También es verdad que nunca, en la historia de México, ha habido un gobierno particularmente ocupado de procurar políticas públicas con perspectiva de género. Por eso cada logro ha sido una conquista que han dado mujeres organizadas desde hace más de 40 años.
Claudia Ramos cuenta en el capítulo dos “Mujer / escucha / ésta es tu lucha” cómo todo se remonta a la Primera Conferencia Mundial sobre la Mujer de 1975, organizada por la ONU en la Ciudad de México. Desde entonces y pasando por hitos determinantes en los años ochenta y noventa, mujeres como Aída González Martínez, Guadalupe Rivera Marín, Ifigenia Martínez, Antonieta Rascón y tantas otras empujaron activamente la agenda feminista sin importar el partido político con el que simpatizaran. Era urgente la necesidad de hablar de control natal para las mujeres: la prevalencia en el uso de algún método anticonceptivo, que en 1972 era de 30.2%, para el 2002 se incrementó a 70.8%; eso fue resultado de una lucha constante de mujeres de todos los espectros políticos.
Otro salto fundamental vino después de la conferencia de Pekín, en 1995, cuando México por fin reconoció la “violencia intrafamiliar” que hoy nos permite hablar de violencia de género.
En 2001 fue creado el Instituto Nacional de las Mujeres y, cuando en 2006 se alcanzó el punto crítico de asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, se creó la Comisión Especial de Feminicidio para investigar con protocolos adecuados este delito. Sin embargo, fue hasta 2012 que se tipificó el feminicidio en el Diario Oficial de la Federación.
Y si bien el 7 de septiembre de 2021, la Suprema Corte de Justicia de la Nación declaró inconstitucional la penalización del aborto, aún queda un arduo trabajo legal para garantizar los derechos de las mujeres en México.
Hacer este recorrido histórico es vital porque deja clara una cosa: las mujeres no estamos organizadas contra un gobierno en particular, no tenemos una agenda oculta para perseguir al presidente en turno, como ha sugerido tantas veces en su discurso Andrés Manuel. Esta batalla lleva más de 40 años si la acotamos a un periodo contemporáneo. No se trata de una afinidad o un rechazo partidista. El objetivo es encontrar la manera de poner alto a la crisis que ha escalado a niveles de violencia nunca vistos con 11 feminicidios cada día, con formas cada vez más sádicas y brutales de atentar contra la vida de las mujeres.
En el capítulo tres, “La autoproclamada 4T, ¿será feminista o no fue?”, Ivonne Melgar hace un justo análisis sobre una administración que llegó con la promesa de ser “el gobierno más feminista de la historia”.
A todas luces, la promesa no se ha cumplido.
Desde las movidas en el gabinete se ha mandado un mensaje representativo, por ejemplo, con el caso de Olga Sánchez Cordero, quien fuera la secretaria de Gobernación y cuya postura era la única abiertamente feminista dentro del cuadro más cercano de AMLO.
Sánchez Cordero no logró, como señala Ivonne Melgar, entusiasmar a sus compañeras de gabinete de la causa de perspectiva de género, por lo que realmente su paso por Gobernación no propició cambios fundamentales.
Las otras mujeres del equipo a cargo de distintas secretarías como Luisa Alcalde, Rocío Nahle o Alejandra Frausto poco se han atrevido a cuestionar los dichos machistas del presidente o el apoyo que Morena dio como partido a Félix Salgado Macedonio cuando se postulaba como candidato a gobernador del estado de Guerrero, a quien el presidente mostró todo su apoyo a pesar de los delitos de violación de los que presuntamente Salgado Macedonio es responsable.
En el caso de Claudia Sheinbaum, jefa de Gobierno de la Ciudad de México, se ha marcado una clara distancia entre ella y el movimiento feminista. La postura de Sheinbaum se fue endureciendo con las marchas de marzo, agosto y noviembre del año 2019; para febrero de 2020, cuando las mujeres nos movilizamos a las calles por los asesinatos de Ingrid Escamilla y la niña Fátima Aldrighett, de 7 años, la respuesta del gobierno capitalino incluyó un enorme despliegue de policías con extintores de gas pimienta.
A esto se ha sumado el discurso consistentemente descalificador al movimiento feminista por parte de Andrés Manuel. Primero dijo que 90% de las llamadas de emergencia al 911 por violencia de género eran falsas; luego, que el feminismo surgió hace un par de años con raíces conservadoras para afectarlo a él y su gobierno. Ninguna de las integrantes del gabinete del presidente parece estar dispuesta a conversar con él, a corregirlo cuando hace estas declaraciones equivocadas sobre estadísticas o los años de lucha que tiene el movimiento de las mujeres. Cuesta encontrar razones para calificar a este gobierno como el más feminista de la historia.
Pero más allá de la apreciación, los discursos y los festejos, la forma contundente de conocer las prioridades de un gobierno es a través de la asignación del presupuesto.
El capítulo cuarto de este libro demuestra, con números, cuán poco le importa la equidad de género a la actual administración. “Sin presupuesto de género, el golpe que viene del gobierno”, escrito por Nayeli Roldán, desmenuza con rigor el manejo de recursos que la 4T ha ido recortando y cancelando para los temas de la agenda feminista, como las estancias infantiles, que tienen un alcance insospechado en el desarrollo de la autonomía económica de las mujeres que son madres. La ecuación es muy simple: una madre soltera necesita trabajar para sostener a sus hijos, pero no puede llevarlos a trabajar con ella; las estancias infantiles son determinantes para que este sistema de sobrevivencia y generación de recursos se sostenga.
Con Andrés Manuel vino el rechazo a todo lo que hubiera sido construido antes de su gobierno, particularmente si venía tocado por la mano de Felipe Calderón, con quien —para nadie es un secreto— Andrés Manuel sostiene una acendrada rivalidad. Ése fue el caso de las estancias infantiles que en 2019 AMLO señaló por corrupción, y vino el cierre en cascada sin los debidos procesos de evaluación para determinar bien cuántas podían seguir trabajando. La solución clientelar de entregar un monto de mil 600 pesos bimestrales a las madres dista mucho de ser una mejoría, todo lo contrario.
Como dice Nayeli Roldán, esta decisión lo cambió todo; para peor, agrego yo.
Aquí un dato: hasta 2018, el programa de estancias recibía 4 mil millones de pesos anuales de presupuesto, pero para 2022, el programa de entrega directa sólo tuvo 2 mil 700 millones de pesos. ¿A cuántos miles de madres afectó este cambio? Seguimos sin saberlo.
Para seguir con el desmantelamiento presupuestal: en 2018 había 129 programas dirigidos exclusivamente a las mujeres, y en 2021 quedaban 39.
En 2020, la Cámara de Diputados aprobó 59 mil millones de pesos para los 39 programas, pero la Secretaría de Hacienda revisó el gasto hacia fin de año y autorizó designar menos, lo que en la práctica representó 4 mil 152 millones de pesos de recortes.
Las mujeres, particularmente las que son madres, sostienen la economía de este país de muchas maneras que no se visibilizan. ¿No podría el Estado devolver un poco de eso reconsiderando las asignaciones del presupuesto?
Pero ¿cuánto vale la vida de una mujer? Si es chocante pensarlo en términos de asignación del gasto público, es demoledor responderse a la luz de 11 feminicidios al día con más de 93% de impunidad. ¿Por qué los feminicidas —pareja sentimental de la víctima en la mayoría de los casos— matan? Porque pueden. Porque nada ni nadie se los impide, nada ni nadie los castiga. Impunidad.
Es desolador y desesperante ver cómo la curva de feminicidios crece y crece desde los últimos 20 años por más políticas públicas, aprobación de leyes y asociaciones dedicadas a tratar de detenerlos. ¿Por qué no logramos que la tendencia cambie? Impunidad. De nuevo, los hombres matan a sus mujeres porque pueden.
“Feminicidios: justicia ciega” es el quinto capítulo de este libro escrito por Valeria Durán.
Fátima Quintana vivía en Toluca, tenía que regresar a casa de la escuela por la tarde de ese 5 de febrero del año 2015. No regresó. Su madre encontró su pie cercenado: a Fátima le cortaron el cuerpo 90 veces, la violaron, le tiraron encima dos piedras de más de 30 kilos que finalmente le causaron la muerte por traumatismo craneoencefálico. Tenía 12 años, soñaba con ser doctora y amaba la poesía: había ganado un concurso de declamación con un poema de Rubén Darío, “Margarita, está linda la mar”, y ya no pudo ir a recoger su premio.
¿Justicia?
La jueza del caso dijo que no podía tipificar el asesinato de Fátima como feminicidio porque no estaba segura de que Fátima ya hubiera tenido su primer periodo menstrual. No se pudieron realizar pruebas genéticas del cuerpo para identificar a los tres sospechosos del asesinato porque las autoridades no contaban con tiras reactivas. Fue Lorena, la madre de Fátima, quien con ayuda de los vecinos estuvo buscando los cuchillos con los que hirieron a su hija y que quedaron en la zona del crimen.
La dolorosa historia de Fátima es sólo una de miles. En 2020 y 2021 se registraron cerca de 3 mil asesinatos de mujeres cada año. El problema es que no todos se tipifican como feminicidio y se quedan en un limbo muy cómodo para el sistema judicial.
Por eso Valeria Durán afirma hacia el final del capítulo que en México el feminicidio no sólo es perpetrado por una persona, sino que también es encubierto por las negligencias de un sistema judicial que es un paraíso para esa impunidad de 93%. Los feminicidas matan porque pueden.
Pese a todo, queremos tener esperanza: nos la merecemos, la necesitamos. Miles de mujeres antes que nosotras se dejaron la piel para conseguir los derechos que hoy tenemos. Nosotras no podemos rendirnos, y el relevo generacional de las morras ha venido como un viento fuerte a removerlo todo.
“Que tiemble el Estado” titula el capítulo seis Laura Castellanos, haciendo alusión a la Canción sin miedo de Vivir Quintana. Supimos que podíamos hacer temblar a este país el 8 de marzo de 2020 cuando inundamos, como nunca, las calles marchando por el Día Internacional de la Mujer: se habla de entre 80 mil y 250 mil mujeres asistentes ese día. Yo estaba ahí. Nunca, en 20 años, había visto no sólo a tantas mujeres tomar las calles, sino tan diversas, de todas las edades, contextos sociales; era un despliegue deslumbrante que iba desde numerosos contingentes hasta pequeños pero muy repetidos núcleos que reunían a tres generaciones: abuelas, madres, hijas.
Con esa marcha se hizo transversal la conversación sobre la violencia de género. Al día siguiente decidimos parar y convertir al país en un día sin mujeres, y también fue notable la respuesta.
Como explica Laura Castellanos, el movimiento feminista se popularizó; el tiempo de tolerancia llegó a un límite luego de 20 años de ver crecer los feminicidios, las desapariciones de mujeres, las agresiones sexuales y, sobre todo, la respuesta pobre o indiferente del Estado.
Andrés Manuel volvió a señalar a las mujeres de conservadoras y vándalas, pues se atribuyó como destinatario de las protestas, como suele hacerlo. Habrá que repetirlo cuantas veces haga falta, en los últimos 20 años no ha habido un gobierno que se haga cargo de la crisis humanitaria que estamos viviendo. “Se mata a las mujeres en la cara de la gente” es más que una consigna para salir a marchar: resume de manera escalofriante lo que está s
