INTRODUCCIÓN
«Cambio marido por profesor de zumba».
«Me he dado cuenta de que me gusta más hablar
con chicas por WhatsApp que en persona».
«Me gustaría estar en pareja, pero me daría fiaca
compartir la heladera y el control remoto».
«Lo emocionante es la conquista,
después no me interesa nada más».
«Me decidí a tener el hijo sola. No es un proyecto
para el que necesite a un hombre».
«La vida en pareja está sobrevalorada».
Cada vez escucho más frases de este tipo en la calle, en el consultorio, en los grupos de formación; con veteranos al final de la vida o con chiquilines que están viendo cómo arrancan a construir una.
La vida en pareja está en crisis desde hace décadas y estos dos años de encierros compulsivos en nombre de la salud no han hecho más que confirmarlo, acelerando el proceso de aislamiento, conflicto, ruptura, virtualización de los vínculos, hasta diría de desvalorización en términos generales del encuentro con el Otro.1 En medio del caos pandémico parecía más importante huir de nuestros congéneres, fuesen quienes fuesen, que acercarnos. Y lo hicimos, supuestamente, ¡para cuidarnos entre todos!
Pagamos el precio del aumento de la depresión, el suicidio y la deserción educativa, la pérdida de puestos de trabajo, la crisis en vínculos de todo tipo, familiares, amistosos, de pareja. Y todavía seguimos evaluando, no del todo seguros de si hicimos bien o mal, recordemos que cumplíamos con recomendaciones de autoridades de la salud. En fin…
Hace unos 25 años, cuando empezábamos a trabajar en terapia Gestalt con parejas, todos dábamos por sentado su existencia: había parejas de casados, novios, amantes, convivientes, no convivientes, y un largo etcétera. La vida en pareja era algo que, si bien ya no estaba atada a rituales rígidos o convencionalismos reglados por tradiciones ancestrales como en la generación anterior, en algún momento, más tarde o más temprano, nos pasaba.
Hoy en día es difícil dar a la pareja por sentada. Ha habido demasiados cambios. No vivimos como nuestros padres, que a su vez ya no vivieron como nuestros abuelos. No podemos dar nada por obvio o natural. La convivencia en pareja ya no es un destino existencial único. Elegimos esa vida, o no, entre varias opciones. Puede ser formar una familia, estudiar una carrera, viajar por el mundo, o tantas otras.
En el Occidente del último medio siglo nos hemos acostumbrado a vivir con independencia unos de otros; a ser viables económicamente en forma autónoma o, por lo menos, a creer que deberíamos serlo.
El progreso ha dejado de ser
un discurso que habla de mejorar
la vida de todos para convertirse
en un discurso de supervivencia personal.2
ZYGMUNT BAUMAN
Una buena masa crítica de mujeres, hombres, jóvenes, viejos, sectores sociales más o menos pudientes, minorías raciales, colectivos varios, cree que debe apuntar a la independencia económica de cada uno de sus individuos.
Cada vez hay menos fábricas con miles de empleados, mejor es muchos empleados independientes vendiéndoles su fuerza de trabajo por separado, o un conjunto de tercerizaciones. Cada vez hay menos familias con integrantes dependiendo de un paterfamilias que traiga el dinero, ahora cada uno de sus integrantes debe hacerlo por su cuenta. En el mundo posmoderno el principal bien es la libertad, cada uno dependiendo nada más que de sí mismo.
No importa si esto es posible en los hechos, alcanza con que lo creamos para intentar vivir así. El proyecto vital de cada unidad económico-productiva (o sea, cada uno de nosotros) apunta a bastarse a sí mismo.
Y en especial es así para la mujer, la gran protagonista de la mayoría de los cambios. La mujer dejó definitivamente de estar al servicio de la casa, del paterfamilias y de la crianza de los hijos, busca destinos de vida propios, independientes o en conflicto con los intereses del hombre. Empieza a competir con él. Esa competencia muchas veces se traslada a la vida en pareja.
Las antiguas escrituras ponían al hombre como amo de la creación, hijo dilecto de Dios, creado a su imagen y semejanza; la mujer venía después, una especie de acompañante, un Robin para un Batman, un copiloto en un rally, una compañía para Adán, que «no era bueno que estuviera solo», alguien de segundo orden, coprotagonista de la historia. Una historia de hombres, dioses, amos, paterfamilias, generales, propietarios no solo de tierras y animales, sino también de las mujeres y los hijos. Nada de «ellas y ellos», ni inclusión, ni igualitarismo, ni nada.
Durante milenios de patriarcado, la mujer y el hombre estaban juntos, pero no en plan de igualdad. El asunto era muy claro: había que juntar parejas para organizar la sociedad, es decir, la propiedad. La mujer y los hijos integraban estas propiedades y, como surge de los textos antiguos, podían venderse, cederse, y hasta se podía decidir sobre su vida o muerte.
En la práctica –y hasta hace casi nada en términos de tiempo histórico– hombres y mujeres estaban juntos básicamente por deber, y por temor a quedar fuera del orden social.
Un gran conjunto de cambios poco a poco transformó nuestras costumbres. Al principio los cambios fueron imperceptibles e involucraron áreas importantes de la vida en familia, los hábitos, las leyes, la salud, la sensibilidad. Entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX inventamos la adolescencia,3 la igualdad legal entre los sexos, el feminismo o «la gran revolución exitosa del siglo XX»,4 el acceso de la mujer al estudio y luego al mundo del trabajo. La medicina hizo progresos enormes, nos permite sobrevivir a los partos, a las infecciones, tratar enfermedades epidémicas, alimentarnos mejor, hacer prevención; en conjunto estos avances terminan alargando nuestras vidas entre 20 y 30 años.
La familia se va reformulando al ritmo de los tiempos, las uniones se posponen, los nacimientos también, y empiezan a disminuir en cantidad. Hacia la segunda mitad del siglo XX, explotan las revoluciones sexuales, políticas, culturales, hasta musicales, que terminan por convencer a Occidente de que se puede cambiar prácticamente todo. Los nuevos paradigmas de las décadas de 1960 y 1970 pretendían formas nuevas de vivir; había que liberarse de los maestros, del imperialismo, de la autoridad de los padres, de la represión sexual, de las iglesias, de los estados, de los soutienes, de la policía... Era la época de parir un hombre nuevo. Una especie de mutación superadora que resumía todos los ideales juntos.
El paso del tiempo desinfló buena parte de aquellos sueños, pero algunos cambios fueron duraderos. En especial los que involucraron nuestras vidas privadas. Ya no volvimos a creer en la vida familiar por cumplimiento del deber, como en las épocas cuasi prehistóricas de nuestros padres y abuelos. Las condiciones materiales habían mutado, nuestras cabezas también.
La familia patriarcal a la antigua fue herida de muerte; el feminismo, el liberalismo, los avances en materia de derechos, el acceso masivo a fuentes de trabajo, sendas revoluciones culturales, la han hecho obsoleta. Sin embargo, no hemos sustituido a la familia por otra construcción que nos permita vivir juntos. Hasta donde sabemos, todavía estamos buscando una nueva manera de formar familias.
Ahora cada cual puede decidir libremente qué hacer, solo o acompañado. La obligatoriedad del asunto, algo esencial en la historia de la construcción de parejas y familias, se da por muerta y enterrada. Dejamos de creer en ella.
Y en eso estamos, sin ninguna cosa, ley, mandato, sanción, educación, ni necesidad de subsistencia, real o fantaseada, que nos obligue a meternos en el baile de formar parejas. Excepto, claro está, ese pequeño detalle de tener hijos, mandato divino para algunos, mandato darwiniano para otros, sin el cual nos extinguiríamos como especie. (Pero, pensándolo bien, ya podemos resolverlo, incluimos en la lista de derechos individuales a la maternidad, en cualquier caso y circunstancia, incluyendo infertilidad, soledad, igualdad de género, o cualquier otro impedimento y listo. Aunque quizás suene a exageración, lo admito).
Ah, perdón, olvidaba una última creencia religiosa, o casi, que nos va quedando: el amor romántico, el heredero de la difunta obligatoriedad de nuestros abuelos. Me explico. Las parejas de los occidentales a lo largo del siglo XX empiezan a basarse en algo mucho menos sólido que el mandato paterno, la «unión de bienes y haciendas», o el deber de preservar la especie. Cada nueva generación se siente más libre, elige a quien quiere, cuando quiere.
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