El Pastor

Francesca Ambrogetti
Sergio Rubín
Sergio Rubín

Fragmento

El Pastor

1. De El Jesuita a El Pastor

“Se dice que es un Papa conservador, pero acaba de tener un gesto revolucionario”, afirmó el cardenal Jorge Bergoglio el 11 de febrero de 2013, apenas unas pocas horas después de que Benedicto XVI sorprendió al mundo con su renuncia —anunciada en latín ante un consistorio de cardenales—, convirtiéndose en el primer Papa en casi ocho siglos en dimitir y generando la extraordinaria circunstancia de la coexistencia de un pontífice emérito y otro en funciones. “Se trata de una decisión muy pensada delante de Dios y muy responsable por parte de un hombre que no quiere equivocarse él o dejar la decisión en manos de otros”, consideró Bergoglio en declaraciones a la agencia de noticias italiana ANSA. Ahora —como cardenal menor de 80 años— debía prepararse para viajar y participar del proceso que desembocaría en la elección del sucesor de Joseph Ratzinger. Sin perder tiempo, sacó pasaje para el 28 de febrero, 17 días después de la histórica renuncia. Pero un laico amigo, enterado de la fecha de partida que había escogido, lo reprendió: “¡Cómo no vas a estar para la despedida del Papa!”. Bergoglio, que era poco afecto a los viajes, y menos aún a estar un lapso prolongado fuera de Buenos Aires, se defendió diciéndole que tenía mucho trabajo. No obstante, comprendió que la amonestación era atinada y que iba a incurrir en una desconsideración hacia un pontífice que había tenido el coraje de protagonizar un enorme gesto de grandeza tras admitir por considerar que ya no contaba con la fuerza para ejercer el papado adecuadamente.

Bergoglio volvió a recorrer a pie las pocas cuadras desde el arzobispado hasta las oficinas de la compañía aérea para cambiar su pasaje. A diferencia de la vez anterior, cuando no tuvo que esperar, en esta ocasión numerosas personas aguardaban ser atendidas. Así que sacó número, se sentó, metió la mano en un bolsillo, tomó el rosario y se puso a rezar. Ya llevaba unos cuarenta minutos de espera cuando llegó el gerente y al verlo lo invitó gentilmente a pasar a su oficina. Enterado de que quería adelantar la partida, se ocupó personalmente del trámite y le dijo: “Tiene suerte, por la nueva fecha le cuesta más barato: 140 dólares menos”. Eso sí, la de regreso la mantenía: era dos días antes del Domingo de Ramos porque quería presidir la celebración del comienzo de la Semana Santa (incluso, sabiendo que volvería cansado, optó por dejar escrita la homilía). Creía que eso era factible porque, por más largo que fuese el cónclave, un Papa no iba a asumir durante la Semana Santa.

En el fondo, Bergoglio no se resignaba a la larga ausencia que implicaba el viaje por los aprestos del proceso electoral, las dos semanas que insumiría el debate de los cardenales en las llamadas congregaciones generales sobre la situación de la Iglesia y el perfil del futuro Papa, el desarrollo del cónclave y, finalmente, la asunción del nuevo pontífice. Cuando aterrizó en Roma, y mientras se cruzaba junto a las cintas transportadoras de equipaje con otros purpurados que también arribaban, como el brasileño Odilo Scherer y el filipino Luis Antonio Tagle, pensaba que muy probablemente el futuro Papa estaba entre el puñado de nombres que mencionaban los periódicos. Acaso entre el italiano Angelo Scola, el propio Scherer… Por otra parte, a diferencia del cónclave anterior —cuando resultó el más votado después de Joseph Ratzinger, según la prensa especializada—, Bergoglio prácticamente no figuraba en los pronósticos que hacían los vaticanistas. Eso sí, se lo mencionaba como un kingmaker, o sea, alguien que podría orientar el voto de unos cuantos cardenales detrás de una candidatura.

Para muchos observadores argentinos su tiempo había pasado. Hacía más de un año que había renunciado como arzobispo de Buenos Aires por llegar a la edad límite de 75 años —desde diciembre tenía 76— y se desempeñaba con mandato prorrogado. En términos futbolísticos se diría que estaba jugando en tiempo de descuento. El día antes de partir se reunió con el nuncio apostólico, monseñor Emil Paul Tscherrig, con quien conversó sobre su eventual sucesor. “Cuando vuelvo comenzamos el sondeo para conformar la terna”, le dijo en alusión a la definición de los candidatos a sucederlo. Consideraba que su reemplazante podría asumir en noviembre y asentarse en el cargo durante el receso de vacaciones en el hemisferio sur. Monseñor Tscherrig le preguntó si tenía algún candidato, a lo que Bergoglio respondió afirmativamente. Pero que no pensaba revelar su nombre por temor a que trascendiera y fuera objeto de un manoseo que a la postre perjudicara la candidatura. El nuncio prometió estricta reserva y Bergoglio soltó prenda. Además, le expuso sus razones para impulsarlo. Tras pedirle que lo estudiara, acordaron retomar el tema a su regreso.

El cardenal Bergoglio, además de pensar en su posible sucesor, también había definido su futura morada. En Navidad había ido a almorzar con los sacerdotes ancianos de Buenos Aires al hogar con que cuentan en el barrio porteño de Flores, donde nació y vivió hasta entrar al seminario. No solo quería estar con ellos en un día tan especial, también deseaba cerciorarse de que el cuarto que había elegido estuviera listo. Como los demás, era modesto, con un escritorio, un armario y una cama de madera con colchón duro —idéntica a la de su dormitorio en el arzobispado— que, ante una consulta, no quiso cambiar por un sommier. Eso sí: había pedido que el color de las paredes fuese blanco. “Es que a mí el blanco me inspira mucho porque puedo proyectar… es como una página vacía”, fue la razón que dio. Pudo comprobar que la habitación estaba tal como quería. Ahora era cuestión de que se resolviera su sucesión para pasar sus últimos años en el barrio de su infancia, de su adolescencia, de su fugaz noviazgo, donde abrazó la pasión futbolística por San Lorenzo y empezó a degustar el tango y la ópera. Y donde descubrió su vocación religiosa luego de una iluminadora confesión en la parroquia de San José de Flores el día de la primavera. Precisamente, proyectaba en esa iglesia —que está a seis cuadras del hogar— ir de lunes a viernes a confesar, y los fines de semana hacerlo en la basílica de Nuestra Señora de Luján —la patrona nacional—, distante unos 65 kilómetros de Buenos Aires, ya que en los confesionarios de ese populoso templo había vivido una de las experiencias más gratas de su vida sacerdotal.

Después vinieron las vacaciones veraniegas de enero, que —como siempre— se tomaría sin salir de Buenos Aires, la sorprendente renuncia de Benedicto XVI y, por consiguiente, el inesperado viaje a Roma. Habitualmente reacio a conceder entrevistas, sabía que si bien la prensa estaría en la capital italiana al acecho de todo participante en el cónclave, en su caso contaba con una ventaja: su rostro era poco y nada conocido, aun para muchos vaticanistas. Además, pensaba que su sobretodo negro largo ocultaría su sotana con los botones púrpura, propio de los cardenales. En fin, creía que pasaría casi inadvertido con su característico maletín entre la prensa apostada en la puerta del Santo Oficio, por donde ingresaban y salían los purpurados que participaban de las sesiones plenarias.

Bergoglio padecía por aquellos días un dolor muy intenso en la columna y los pies a raíz de que, entre la cuarta y la quinta vértebra lumbar, el disco estaba muy debilitado, y entre la quinta y el sacro no había nada. Sumado al hecho de que desde hacía más de treinta años usaba zapatos ortopédicos porque tenía los huesos metacarpianos vencidos, casi soldados. Por eso, aunque prefería unir a pie la distancia de unas quince cuadras entre la Casa Internacional del Clero, donde se alojaba, y el Vaticano, en los últimos días de las congregaciones generales tuvo que recurrir a un taxi. Fue precisamente cuando se desplazaba en el auto para participar de la penúltima sesión en la que le tocaba hacer su exposición de tres minutos, que escribió los pocos puntos que quería desarrollar. Ya en el reciento expuso sus conceptos con su habitual tono sereno, sin que le pareciera que hubieran impactado. De hecho, no suscitaron un aplauso, si bien es cierto que, en general, las intervenciones no se aplaudían, salvo alguna que otra muy incisiva. Tampoco ningún purpurado le comentó nada al terminar la sesión.

Pero al día siguiente se cruzó al entrar a la sala con un cardenal emérito europeo que ponderó su intervención: “Usted la ve clara”, le dijo. ¿Qué había dicho Bergoglio? Inspirado en el pasaje del Apocalipsis en el que Jesús afirma: “Estoy junto a la puerta y llamo y si alguien oye mi voz y me abre, entraré a su casa y cenaremos juntos”, consideró que en la actualidad estaba ocurriendo lo opuesto. O sea, que la Iglesia lo tenía “aprisionado”, no lo dejaba “salir”. Por eso, destacó la necesidad de que la Iglesia “salga de sí misma” y lleve el Evangelio a lo que denominó “las periferias geográficas”, pero también a las “existenciales”, caracterizadas por “el misterio del pecado, del dolor, de la injusticia, la ignorancia y la prescindencia religiosa”. Tras el elogio, su interlocutor le enumeró una serie de condiciones que, a su juicio, debía tener el futuro Papa. Bergoglio le preguntó entonces si tenía algún candidato que reuniera esos requisitos. Grande fue su sorpresa cuando el cardenal le respondió: “Sí, debería ser alguien… ¡como usted!”.

En rigor, la tarde anterior, Bergoglio había recibido el primer comentario que lo inquietó. Esa vez un cardenal africano —el arzobispo de Kinshasa, Laurent Monsengwo Pasinya— con quien había trabado una amistad al coincidir en los trabajos de algunos sínodos de obispos le preguntó si tenía algún candidato. Bergoglio le respondió que estaba pensando en varios, que no terminaba de decidirse por ninguno y que confiaba en que Dios lo ayudaría a elegir. Él también lo sondeó. La respuesta de su colega fue elíptica, aunque inequívoca: “En el cónclave anterior tuviste votos”, le recordó. Bergoglio, rápido de reflejos, esquivó el bulto con una salida ingeniosa acompañada de una sonrisa cómplice: “Los cónclaves son secretos y vos aún no eras cardenal así que no podés saber lo que pasó”. No obstante, el africano le espetó: “Mira si te eligen a ti con ese antecedente…”. “¡Qué buen chiste!”, reaccionó Bergoglio. El purpurado siguió ignorando su renuencia y lo interpeló: “¿Aceptarías?”. Al ver que el africano hablaba en serio, Bergoglio dejó de subestimar su elucubración y le respondió con gran convencimiento: “En este momento de la Iglesia ningún cardenal tiene derecho a decir que no”.

Bergoglio tenía un escaso conocimiento de la evolución de las candidaturas porque prefería permanecer al margen de los conciliábulos de los cardenales, que estaban fuera de todo programa y siempre eran secretísimos. No se sentía cómodo participando de evaluaciones sobre sus colegas. En el cónclave anterior había asistido a una sola reunión que le confirmó su incomodidad, y esta vez aceptó una cena con un cardenal que, por sus tareas, necesitaba conocer un poco más acerca de la Argentina, donde apenas se habló del tema. Tampoco el domingo anterior al inicio de la elección fue a oficiar la misa a la parroquia de Roma que todos los cardenales tienen confiada (en su caso, San Roberto Belarmino) como hicieron muchos purpurados siguiendo una tradición. Optó por almorzar con la hermana anciana de un ex nuncio en la Argentina ya fallecido. Pero prácticamente nadie reparó en su ausencia. Los periodistas fueron a las iglesias donde oficiaban los considerados papables como el norteamericano Sean O’Malley o el canadiense Marc Ouellet, además de Scola y Scherer, que observaron la costumbre.

Finalmente, llegó el día de la reclusión de los cardenales en la residencia de Santa Marta (les habían asignado los cuartos por sorteo) y el comienzo del aislamiento de cara al cónclave. Atrás quedaban las sesiones de las congregaciones generales con los diagnósticos y las propuestas, entre ellas la creación de un consejo de cardenales que asesore al futuro Papa. A primera hora del martes 12 de marzo una larga cola se había formado en el ingreso para pasar el equipaje de los cardenales por un escáner de seguridad que buscaba sobre todo detectar aparatos de transmisión que les pudieran haber plantado para captar las conversaciones del proceso eleccionario. Fue entonces cuando el padre Fabián Pedacchio, que lo acompañó hasta ahí, le ofreció hacer la fila por él y mientras esperaba escuchó un intercambio entre dos cardenales que lo sobresaltó: “Esperemos que Bergoglio acepte”, dijo uno. “Sí, ojalá que el Espíritu Santo lo elija y acepte”, afirmó el otro. Pero no alcanzó a decírselo a Bergoglio, que entró con su maletín, debidamente requisado. En la puerta de su habitación se encontró con el cardenal alemán Walter Kasper, que le regaló la flamante edición en castellano de su libro sobre la misericordia, un ensayo que leería con fruición durante el encierro por la preponderancia que le asignaba al tema en la vida de la Iglesia.

Puntualmente, a las 11, los purpurados ingresaron en procesión a una basílica de San Pedro colmada encabezados por el decano del colegio cardenalicio, Angelo Sodano, para la misa “pro eligendo pontífice” que precede a los cónclaves. En la homilía, Sodano agradeció el “luminoso pontificado” de Benedicto XVI, lo que provocó un estruendoso aplauso, y le rogó a Dios: “Quiera pronto conceder otro buen pastor a su santa Iglesia”. Por la tarde, a las 16, los 115 cardenales en condiciones de votar —o sea, menores de 80 años— ingresaron a la Capilla Sixtina —previo paso de oración por la Capilla Paulina— para comenzar las votaciones. Tras la exclamación “extra omnes” por parte del maestro de ceremonias, monseñor Guido Marini, que demanda la salida de toda persona ajena a la votación, las puertas se cerraron. Bergoglio quedó ubicado en segundo lugar de la segunda fila, entrando a la izquierda, flanqueado por el brasileño Cláudio Hummes y el italiano Severino Poletto. El cónclave —conducido por el cardenal Giovanni Battista Re, por ser el de mayor rango (de la orden de los obispos) y más antiguo— se inició con el característico juramento individual de guardar secreto sobre el desarrollo de la elección, de que cada uno votaba con total libertad y que cumpliría fielmente el ministerio petrino en caso de ser elegido. Como es un ritual largo, Bergoglio aprovechó para rezar completo el Rosario.

Precisamente por el tiempo que insume el juramento, desde el cónclave que eligió a Juan XXIII, en la primera sesión hay una sola votación, a diferencia de las siguientes —una matutina y otra vespertina— en las que se vota dos veces. Es más bien exploratoria, ya que se caracteriza por una gran dispersión de votos. Nadie espera que de ella surja el sucesor de Pedro. Eso sí, para evitar la confusión que se produjo en el cónclave anterior sobre el color del humo que despide la chimenea de la capilla al término de cada votación, esta vez se vertieron en la estufa donde se queman las papeletas otros químicos que hacían más nítido tanto el negro que indica que no se produjo la elección como el blanco que la preanuncia. A la mañana siguiente prosiguieron las votaciones y, como es fácilmente deducible, empezaron a perfilarse las candidaturas. A su vez, Bergoglio seguía recibiendo indicios de su condición de papable. Poco antes del almuerzo quiso cumplir con el arzobispo de La Habana, el cardenal Jaime Ortega, que le había pedido una copia de su ponencia en la congregación general. Como no encontró una fotocopiadora, se la transcribió a mano en su habitación y subió tres pisos para entregársela. “Gracias por el esfuerzo”, le dijo Ortega. Y agregó para su estupor: “Así me llevo un recuerdo del Papa”. Al volver, en el ascensor, otro cardenal dejó de lado las sutilezas y lo previno: “Andá preparando el discurso que harás desde el balcón”.

Al ingresar al comedor, un grupo de cardenales europeos lo invitó a compartir la mesa. Bergoglio aceptó y durante toda la comida debió responder a una serie de preguntas sobre el quehacer de la Iglesia en Latinoamérica y otras puntuales como en qué medida estaba vigente en la región la Teología de la Liberación. Cuando acabó la comida y caminaba hacia la puerta de salida otro cardenal, presuroso, lo interceptó y, sin rodeos, le preguntó:

—¿Es verdad que le falta un pulmón?

—No, la parte superior del derecho. Me sacaron dos quistes.

—¿Y cuándo lo operaron?

—En 1957.

—Ah… ¡No es reciente!

Todo ello lo terminó de convencer de que era un candidato. Pero no creía, ciertamente, que sería elegido Papa.

A media tarde, otra vez, los purpurados enfilaron hacia la Capilla Sixtina. Es muy verosímil que en la nueva votación, la cuarta, la candidatura de Bergoglio se haya fortalecido. Acaso en el almuerzo se había terminado de consolidar. De hecho, el cardenal Hummes lo notó algo tenso y le dijo por lo bajo: “No te preocupes, así obra el Espíritu Santo”. Se produjo, entonces, la quinta. ¿La decisiva? Pero algo pasó que sumó suspenso: al hacer el recuento se detectó que había una papeleta de más pegada a otra. Como aún no se había hecho el escrutinio ni leído el nombre de los votados —lo que podría influir en la decisión de algún elector—, se decidió también por votación volver a sufragar, pero sin repetir el juramento breve que se suma al largo del primer día. A todo esto, Bergoglio no paraba de rezar el Rosario. Aunque sentía mucha paz. Se volvió a votar y se llegó al escrutinio, que lo iba aproximando cada vez más al argentino a los necesarios dos tercios. “Bergoglio… Bergoglio… Bergoglio…”. Hasta que los alcanzó —hacían falta 77 votos que, presumiblemente, superó holgadamente— y un cerrado aplauso quebró el recoleto ambiente, bajo los imponentes frescos de Miguel Ángel. Eran las 19:06. Entonces, Hummes lo abrazó y le dijo al oído: “No te olvides de los pobres”. En un hecho sin precedentes, los cardenales habían decidido que el Papa 266° fuese latinoamericano y jesuita.

Un timbre sonó, el cardenal diácono abrió las puertas, entraron los asistentes, quemaron inmediatamente las papeletas con los químicos y el humo blanco comenzó a salir por la chimenea. La previsible exclamación de los fieles que aguardaban expectantes en la plaza ante la esperada señal sumó ansiedad y suscitó que muchísimos más se volcaran a las calles para marchar presurosos hacia las inmediaciones de la basílica y ser también ellos testigos del anuncio del nuevo pontífice, provocando un fenomenal atascamiento en el de por sí endemoniado tránsito romano. A la par, sonaban las campanas de las iglesias de la ciudad. Pero restaban varios pasos hasta que el nuevo pontífice hiciera su aparición en el balcón de la basílica. Por lo pronto, el cardenal Re convocó a Bergoglio a pasar adelante, le preguntó si aceptaba, a lo que respondió: “Soy pecador, pero confiado en la infinita bondad y misericordia del Señor Jesucristo, acepto”. Luego lo interrogó sobre el nombre que iba a tomar. La sorpresa fue grande cuando dijo “Francisco” y se convirtió así en el primer pontífice en elegir el del gran santo de los pobres que purificó la Iglesia en tiempos de decadencia y opulencia. Con el tiempo explicaría que la recomendación del cardenal Hummes de no olvidarse de los pobres lo había inspirado para optar por ese nombre.

Tras la lectura de un pasaje del Evangelio y el rezo de una oración, el flamante Papa fue conducido a la sacristía papal —también conocida como la “cámara de las lágrimas” porque es allí donde los flamantes pontífices no pueden contener la emoción—, aunque no fue el caso de Bergoglio, para ser revestido con el hábito blanco y los ornamentos papales. Entonces, el ceremoniero, que es el único que acompaña al nuevo sucesor de Pedro, le indicó que debía quitarse la camisa negra y colocarse una blanca, pero Francisco se negó tras percatarse de que no tenía bolsillo. Es que en el de la camisa negra siempre llevaba una pequeña cruz de un rosario del sacerdote José Aristi que él admiraba porque durante muchos años —vivió más de 90— había sido en la iglesia del Santísimo Sacramento, en Buenos Aires, un gran confesor, muy misericordioso. Tanto lo admiraba que durante su velatorio en la cripta del templo, en un momento en que estaba casi vacía, se acercó al ataúd, tomó el Rosario y con fuerza le arrancó la cruz. “Me salió el ladrón que todos llevamos dentro”, revelaría un año después al contar el episodio en un encuentro con sacerdotes de Roma. Recordaría que lo miró al sacerdote yaciente y le dijo: “Dame la mitad de tu misericordia”. Ya como pontífice no tardaría en hacer un sobrecito de tela, poner adentro la cruz y engancharla con un alfiler a la camisa blanca de rigor. “Cada vez que tengo un mal pensamiento acerca de una persona pongo la mano sobre la cruz y siento la gracia, me hace bien”, completaría.

Luego el ceremoniero le indicó la sotana blanca que mejor le iría de las tres que estaban preparadas y que le calzó de un modo aceptable. Pero una nueva diferencia volvió a surgir cuando le acercó uno de los pares de zapatos rojos, característicos de los papas: Bergoglio se negó a ponérselos. Si bien su argumento para reusarse fue más que contundente —“Uso zapatos ortopédicos”, le dijo—, seguramente jamás los hubiera lucido: está claro que no va con su estilo despojado. Cuando el ceremoniero lo inquirió sobre el anillo de cardenal, de uso en las grandes ceremonias, le respondió que lo había entregado y que ahora prefería ponerse el de su ordenación como obispo, que extrajo de su bolsillo, como también llevar la austera cruz pectoral de aquella consagración, que tienen para él un gran valor afectivo (“Es mi primer amor”, suele decir). En línea con el rechazo a los zapatos rojos, tampoco quiso ponerse la muceta, una especie de capa roja que llega hasta la altura de los codos. Percatado de la estupefacción que sus decisiones habían provocado en el ceremoniero, quien, de todas maneras, se mostraba muy respetuoso de cada elección, buscó tranquilizarlo: “Por favor, no se enoje, pero sepa que se las va a tener que ver con un párroco…”.

Revestido, Francisco volvió a la Capilla Sixtina y al entrar se detuvo a saludar al cardenal indio Ivan Dias, que estaba en silla de ruedas, pero cometió lo que consideraría con humor como “la primera metida de pata del nuevo Papa”: tropezó con un escalón. Tras retomar su marcha, evitó sentarse en el trono y “desde el llano” comenzó a recibir el saludo de los cardenales tal como lo había hecho Juan Pablo II, quien —en un gesto que quedó inmortalizado en una foto que ningún polaco olvidará— se arrodilló cuando se acercó su admirado y abnegado compatriota, el cardenal Stefan Wyszynski. Acto seguido Francisco rompió por primera vez el protocolo al pedirle al cardenal Hummes —por su gran amistad— y a su vicario en la diócesis de Roma —el Papa es el obispo—, el cardenal Agostino Vallini, que lo acompañaran en su salida al balcón, sin saber que debían hacerlo el cardenal Re y el camarlengo —quien sustituye al pontífice cuando la sede está vacante—, función que ostentaba el cardenal Tarcisio Bertone. Pero antes de hacer su aparición fue con Hummes y Vallini a cumplir con la tradición de rezar unos minutos en la Capilla Paulina, donde estaba dispuesto un reclinatorio. Hacia el final, como marca el ritual, el cardenal protodiácono (el más moderno), Jean-Louis Tauran, se adelantó a salir al balcón para hacer el célebre anuncio:

Annuntio vobis gaudium magnum;

Habemus Papam:

Eminentissimum ac reverendissimo Dominum,

Dominum Giorgium Marium,

Sanctae Romanae Eccleasiae Cardinalem Bergoglio,

Qui sibi nomen imposuit Franciscum.

La multitud, que a esa altura colmaba la plaza y se extendía por las adyacencias, en un anochecer frío y bajo una persistente llovizna, experimentó una mezcla de júbilo y sorpresa. Porque la alegría vino esta vez acompañada de interrogantes. ¿Quién era el nuevo Papa? “Dicen que es un argentino”, afirmaban unos. “Parece que es un jesuita”, señalaban otros. Es que era un auténtico desconocido para casi todos, salvo, claro, para un puñado de argentinos, algunos con banderas de su país, que estallaron de felicidad. Un estallido que se replicó a lo largo y a lo ancho de la Argentina, muchos de cuyos compatriotas no pudieron contener las lágrimas. Hasta que, finalmente, el flamante pontífice irrumpió en el balcón y con un coloquial saludo inicial, despojado de todo formalismo, suscitó una inmediata empatía: “Fratelli e sorelle: buona sera”. Como también su comentario de que los cardenales habían ido a buscar al nuevo Papa “quasi alla fine del mondo”. Además de que encantó su inmediato gesto de rezar con los fieles por su antecesor, Benedicto XVI. No pasó por alto para los expertos su insistencia en definirse por su primera condición: obispo de Roma, como una forma de trasuntar una mayor colegialidad con los obispos. Llamó la atención también el hecho sin precedentes de pedirles a los fieles el favor de orar unos instantes para que Dios lo bendijera. Finalmente, impartió la bendición Urbe et Orbi (A la ciudad de Roma y al mundo entero), inauguró como pontífice su habitual demanda de que recen por él, que se volvería característica, anunció que al día siguiente iría a rezarle a la Virgen María “para que custodie Roma” y se despidió otra vez de modo coloquial para regocijo de la multitud: “Buona notte e buon riposo”.

Al retirarse en medio de renovados saludos, el maestro de ceremonias le indicó uno de los dos ascensores especialmente dispuesto para él, mientras que los cardenales lo harían por el otro, como ocurre en estos casos. Pero Francisco prefirió descender con otros purpurados. Algo parecido ocurrió abajo cuando dejó de lado la limusina papal preparada para llevarlo a Santa Marta y optó por uno de los autobuses que transportaba a los cardenales. Al llegar, lo primero que hizo fue llamar a Benedicto XVI, que por entonces residía temporalmente en la residencia papal de Castel Gandolfo, en las afueras de Roma. Joseph Ratzinger, emocionado, le agradeció enfáticamente que haya pedido rezar por él. Comenzaba así una relación cercana y cálida entre un Papa en funciones y otro emérito, en la que Benedicto XVI evitaría toda interferencia y Francisco apelaría a él como un sabio consejero. Luego se comunicó con el nuncio apostólico en la Argentina para pedirle que le transmitiera a los obispos y a los fieles que no fuesen a su toma de posesión y donaran el dinero del viaje a los pobres. Del otro lado de la línea, monseñor Tscherrig no pudo dejar de decirle que tras la última charla con él había quedado convencido de que era papable. Después llegó la cena y el momento del

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