
El líquido cálido y espeso me corre por el brazo.
Sangre.
Qué raro, no recuerdo que el guardia me hiriera con la espada antes de que le acertara con el puño en la cara. Es un rayo, pero por lo visto no pudo moverse más deprisa que mi gancho de derecha hacia su mandíbula.
El olor del hollín me pica en la nariz, me obliga a apretármela con los dedos sucios para que no se me escape un estornudo.
«Que sería una manera patética de dejarme pillar».
Cuando estoy segura de que la nariz no me va a delatar a los imperiales que acechan bajo mi escondite, vuelvo a poner la mano contra la pared mugrienta en la que tengo apoyada la espalda, con los pies bien plantados en la que tengo enfrente, y me fuerzo a seguir subiendo mientras contengo el estornudo.
No había planeado pasarme la tarde trepando por el interior de una chimenea. El espacio es tan reducido que no paro de sudar, y me tengo que tragar el miedo para seguir subiendo por el estrecho espacio, ansiosa por cambiar las paredes sucias por la noche estrellada. Cuando por fin asomo la cabeza, respiro con ansia el aire pegajoso, salgo y, de inmediato, me bombardea una nueva mezcla de olores, mucho más desagradable que el del hollín que se me ha pegado al cuerpo, a la ropa, al pelo. Sudor, pescado, especias, seguro que algunos fluidos corporales. Todo se junta para crear el hedor que envuelve a Saqueo.
Sobre la chimenea, en equilibrio, fuerzo la vista en la penumbra del tejado para inspeccionarme el brazo. Casi me he olvidado de examinarlo, no me lo ha recordado el habitual dolor mordiente de un tajo de espada.
Me arranco una tira de tela de la camiseta sudada que llevo pegada al cuerpo y me limpio el corte con cuidado.
«Adena me va a matar, le he echado a perder las puntadas. Otra vez».
Me sorprende que no me duela, así que me froto el brazo con el tejido basto para limpiar la sustancia pegajosa.
Y entonces me llega su olor.
Miel.
La misma miel que rezuman los bollos que llevo en los bolsillos del andrajoso chaleco y que ahora me corre por el brazo. La he confundido con sangre. Suelto un suspiro de reproche contra mí misma.
Pero es una grata sorpresa. Es más fácil quitar de la ropa las manchas de miel que las de sangre.
Respiro hondo y contemplo los edificios que amenazan de convertirse en ruina, entre las sombras que proyectan las farolas titubeantes de la calle. Aquí, en los barrios bajos, no hay mucha electricidad, pero el rey nos ha cedido generosamente unas cuantas farolas. Los voltios y los eruditos utilizan sus habilidades para crear una red eléctrica permanente, así que por su culpa me cuesta más refugiarme entre las sombras.
A medida que se sale de los barrios bajos, las hileras de casas y tiendas van mejorando en tamaño y estado. Las chabolas se convierten en casitas, las casitas en mansiones, y así hasta llegar arriba, a la edificación más intimidante. Entorno los ojos y escudriño la oscuridad, y apenas alcanzo a ver las torres imponentes del castillo real y la bóveda de la Arena que se alza cerca.
Vuelvo a centrarme en la calle ancha que se abre ante mí y examino los edificios de los alrededores. Saqueo es el corazón de los barrios bajos, el lugar desde donde se bombea el crimen y el comercio hacia el resto de la ciudad. De ahí salen docenas de calles y callejones que forman el laberinto de la ciudad; sonrío y dejo escapar un suspiro ante la calle conocida que veo a mis pies.
Mi casa. Bueno, más o menos. Para ser una casa de verdad, un hogar, tendría que tener techo.
«Pero es más divertido mirar las estrellas que un techo».
Lo sé muy bien, porque antes tenía un techo al que mirar por las noches. Era cuando no me hacía falta la compañía de las estrellas.
La mirada se desvía sin pedir permiso hacia donde estaba antes mi hogar, entre las calles Mercader y Olmo. Hacia donde seguro que hay una familia sentada en torno a la mesa, compartiendo cena y risas, hablando de cómo les ha ido el día…
Oigo un golpe y a continuación un murmullo de voces que me arrancan de la amargura de mis pensamientos. Escucho, pero apenas distingo la voz ahogada y grave del guardia al que dejé fuera de servicio hace un rato.
—Se me acercó por detrás, sin el menor ruido, como un ratón, y luego…, cuando me quise dar cuenta, un golpecito en el hombro, un puñetazo en la cara.
Una voz femenina, aguda y enojada, resuena por la chimenea.
—Por la plaga, eres un rayo, lo tuyo es la velocidad, ¿no? —Se para y respira hondo—. ¿Al menos le viste la cara antes de dejar que me robara? ¿Que me robara otra vez?
—Solo le vi los ojos —masculla el guardia—. Azules. Muy azules.
La mujer suelta un bufido de irritación.
—Menuda ayuda. Voy a parar a todo el que pase por Saqueo a ver si sus ojos encajan con esa descripción tan precisa, «muy azules».
Casi se me escapa la risa, pero en ese momento se oyen crujidos y una serie de pisadas. El gemido de la madera medio podrida bajo varios pares de botas me dice de inmediato que tres guardias más van a unirse a la búsqueda.
«Así que mutis por el foro».
Bajo de la chimenea, me agarro a la baranda del tejado y paso las piernas hacia el otro lado para quedar suspendida sobre la calle. Dejo escapar el aire, me suelto y aprieto los dientes para no gritar cuando la gravedad tira de mí hacia el suelo. Aterrizo sin la menor elegancia en el carro de heno de un mercader. La paja seca y dura me pincha la ropa como si fuera uno de los alfileteros de Adena, y una nube de hollín y heno se alza en la brisa de la noche cuando salto a la calle.
Mientras me quito la paja del pelo enmarañado, echo a andar de vuelta al Fuerte, entre los carros destartalados de los mercaderes, abandonados durante la noche, y esquivando la basura y los restos. Oigo al pasar los susurros de los saqueños que pasan la noche en los callejones, escondidos entre los edificios.
Noto el peso del puñal que llevo metido en la bota y me relajo con el contacto del acero frío al pasar junto a un grupo de gente como yo, sin techo, que pasan la noche juntos para darse calor. Algunos están cobijados por un tenue campo de fuerza de un tono purpúreo, mientras que otros no tienen un poder tan fuerte que les permita dormir con tranquilidad, y precisamente por eso han de vivir en los barrios bajos.
Sigo caminando con paso rápido y seguro, sin dejar de lanzar miradas hacia los callejones, sin bajar la guardia en ningún momento. Los pobres no discriminan. Un chelín es un chelín, y no les importa quitárselo a quien está aún peor que ellos.
Me cruzo con varios guardias al recorrer las callejas, lo que me obliga a ir más despacio para mantenerme lo más lejos posible de ellos. No hay tienda, esquina o calle que no haya recibido el regalo de un agente del orden con uniforme blanco y ojos crueles. Gracias a un decreto del rey, fruto de la ola de crímenes, los brutales imperiales están por doquier en Saqueo.
Una ola de crímenes que no tiene nada que ver conmigo, claro.
Me meto por un callejón más estrecho y voy hacia la pared del fondo. Allí, contra el rincón, hay una barricada de carretas rotas, cartones, sábanas viejas y la plaga sabe qué más cosas. No he recorrido ni la mitad del camino que me separa del montón de basura que es nuestro hogar cuando una cabeza con pelo rizado que le llega al cuello asoma del Fuerte.
—¿Lo has conseguido?
Descruza las largas piernas para levantarse sin esfuerzo y atraviesa el metro de basura que forma la pared de nuestra barricada sin pensárselo dos veces antes de correr hacia mí con tanta esperanza en los ojos como si le fuera a ofrecer un techo de verdad y una buena cena caliente. Y no le puedo dar nada de eso, pero tengo algo que le parece mucho mejor.
Dejo escapar un suspiro.
—Me ofende que dudes de mí, Adena. Con los años que llevamos así ya podrías tener un poco más de fe en mis habilidades. —Me descuelgo el paquete del hombro y saco de dentro la seda arrugada sin poder disimular la sonrisa cuando veo la expresión de admiración que se le dibuja en la cara.
Me arranca la seda de las manos con codicia y pasa los dedos por los pliegues suaves del tejido. Me mira con los ojos color avellana, bajo el flequillo de rizos, como si hubiera erradicado la plaga yo sola, en lugar de robarle una tela a una mujer que no tiene mucho más que nosotras.
Ahora mismo soy la heroína, no la villana.
La sonrisa de Adena es más luminosa que el sol sobre el desierto de las Brasas.
—Pae, es una maravilla lo que consigues, es cosa de magia.
Me echa los brazos al cuello y me da un abrazo de oso que hace que se vierta más miel por los bolsillos del chaleco.
—Por cierto…
Consigo apartarme de ella y rebusco en los bolsillos. Saco seis bollos de miel medio aplastados y con restos de heno, muy poco apetitosos.
Adena abre los ojos como platos y me arranca uno de la mano con tanta codicia como hizo con la tela. Entre bocado y bocado, se da media vuelta y vuelve a entrar en nuestro Fuerte, se deja caer sobre las alfombras bastas y descoloridas, y da unas palmaditas en el suelo, junto a ella. Por mi parte, tengo que salvar el muro con muy poca elegancia antes de sentarme.
—Pobre Maria, espero que no se haya llevado un disgusto muy grande con el robo de la tienda. Con el nuevo robo. La verdad, tendría que poner más seguridad —dice Adena entre mordisco y mordisco al bollo. Sonríe en medio de las migas.
Llevo años robándole al menos una vez al mes, y todavía sigue pensando que se trata de un chico. La pobre. Al menos lo intenta.
—La verdad es que había dos imperiales más que de costumbre en los alrededores de la tienda. Debe de estar harta de que le roben bollos de miel.
Adena entrecierra los ojos color avellana al verme sonreír.
—Gracias a la plaga que no te han cogido, Pae. —En cuanto se da cuenta de que se le ha escapado, se para en seco, y yo aprieto los dientes. Casi veo cómo se encoge. Frunce el ceño y carraspea—. Perdona. Es la fuerza de la costumbre.
Se me van los dedos hacia el grueso anillo que llevo en el pulgar y le doy vueltas sin pensar. Me las arreglo para esbozar una sonrisa. Por lo general, tratamos de no hablar de este tema, y es culpa mía que el tema sea tan escabroso.
Todo por culpa de un momento de debilidad por el que me gustaría no sentir tanto alivio.
—Ya sabes que las palabras no son lo que me molesta. Es…
—Es lo que significan, ya —me interrumpe con una sonrisa y una imitación muy buena de mi voz.
Casi me atraganto entre la risa y un trozo de bollo.
—¿Me estás repitiendo mis propias palabras, A?
Le da otro mordisco al bollo de miel.
—Lo que te enferma no es la plaga, es lo que viene después —declara mientras mastica.
Asiento al tiempo que paso el dedo por la alfombra, distraída. La sola idea de dar las gracias a la plaga que mató a miles de ilynos me quita las ganas hasta de bollos de miel. Dar las gracias a algo que ha causado tanto dolor, tanta muerte y discriminación…
Pero ahora a nadie le importa, solo piensan en aquellos a los que la plaga no mató. El reino estuvo años aislado para que la enfermedad no se transmitiera a las ciudades próximas, y solo los más fuertes sobrevivieron a una afección que alteraba la estructura misma de las personas. Los que eran rápidos se volvieron increíblemente rápidos, los fuertes se volvieron imbatibles, los que sabían esconderse entre las sombras se volvieron sombras. Los ilynos, solo los ilynos, consiguieron docenas de poderes sobrenaturales diferentes y en distintos grados.
Una especie de recompensa por haber sobrevivido.
Son los élites. Son extraordinarios. Son excepcionales.
—Oye… —Adena se interrumpe, le da vueltas al bollo. Por una vez, no le salen las palabras—. Ten cuidado, Pae. Si te atrapan y no consigues escapar a base de labia…
—No me pasará nada —respondo en tono demasiado ligero para no prestar atención a la preocupación que me invade—. Siempre lo consigo, A. Ya lo sabes.
Suspira, sonríe y hace un ademán de indiferencia.
—Ya, ya. Te las apañas entre los élites.
Vuelvo a notar la oleada de alivio que me hace sentir a la vez culpable y agradecida de que me conozca de verdad. Porque no todos los que sobrevivieron a la plaga tuvieron la suerte de recibir poderes. No, los vulgares se quedaron así: vulgares. Y, en las décadas que siguieron a la plaga, los vulgares y los élites convivieron en paz.
Hasta que el rey Edric decretó que los vulgares no tenían sitio en su reino.
Habían pasado treinta años desde que la enfermedad asoló las tierras. Tras el brote de lo que probablemente era una dolencia común, los curanderos del rey aprovecharon la ocasión para declarar que los vulgares eran portadores de una enfermedad indetectable, y que por eso no habían desarrollado ninguna habilidad especial. Una exposición prolongada a ellos era dañina para los élites y para sus poderes. Con el tiempo, los vulgares estaban socavando las habilidades que los élites querían proteger a toda costa.
A mi padre eso le parecía una tontería, y yo pienso lo mismo. Pero, aunque tuviera pruebas de que el rey estaba mintiendo, ¿quién iba a creer a una chica de los barrios bajos?
Pero el rey no iba a permitir que los vulgares debilitaran, o algo peor, su sociedad de élites. Los extraordinarios no se podían enfrentar a la extinción.
Y así empezó la Purga.
Han pasado décadas, pero en torno a las hogueras se siguen contando historias sobre los cadáveres tirados por la arena, bajo el sol abrasador. Son cuentos de miedo que los niños se transmiten en susurros.
Unos dedos pegajosos se cierran sobre los míos. La sonrisa de Adena es tan dulce como la miel que le cubre las manos. Mi secreto está a salvo en el brillo de sus ojos, en la lealtad de su expresión. Me había pasado casi toda la vida resignada a que nada fuera real. A que todas las amistades fueran falsas. A calcular cada gesto amable.
«Oculta lo que sientes, oculta tus miedos. Sobre todo, ocúltate bajo tu fachada. Nadie debe saberlo, Paedy. No confíes en nadie, solo en tus instintos».
La voz amable de mi padre me resulta chocante cuando me recuerda que no hay momento en mi vida en que no deba mentir, que la chica que tengo delante debería estar tan engañada como el resto del reino.
El egoísmo me nubló la razón solo una noche, pero con eso ha bastado para ponernos en peligro a las dos.
—Venga, ya vale de hablar sobre la plaga —dice Adena con tono alegre. Mira a su alrededor antes de añadir nada—. Y de tu… situación.
Ni me molesto en disimular el bufido.
—En dos años no has aprendido nada de sutileza, A.
Dudo que me haya escuchado. Dudo que preste atención a nada que no sea el tejido que desliza entre sus dedos. Los ojos avellana recorren nuestros artículos de costura, y Adena se olvida de la conversación anterior para pasar a divagar sobre las prendas que va a hacer con la seda. Sus manos cálidas y oscuras hurgan entre los retales a la escasa luz de las farolas y empieza a hilvanar dobladillos, poner alfileres, pincharse los dedos, soltar tacos.
Nos deslizamos hacia ese tipo de conversaciones que solo pueden entenderse tras años de sobrevivir juntas en las calles, que es lo que me permite comprender lo que Adena farfulla con alfileres entre los labios. Al final, me quedo en silencio para observar sus dedos seguros, su ceño fruncido, la concentración que no la va a dejar dormir.
Un dolor punzante en el costado me hace abrir los ojos de golpe, espabilada de repente. Hay una piedra que sobresale en el suelo del callejón.
—Un día de estos voy a robar un catre —digo, adormilada.
Adena pone los ojos en blanco, como cada noche cuando hago la misma promesa inútil.
—Tendré que verlo para creerlo, Pae —canturrea.
Doy veinte vueltas antes de dar con la cabeza contra una manta basta hecha una bola.
—Como no pares de moverte te voy a coser al suelo —me dice Adena con la dulzura de un bollo de miel.
—Tendré que verlo para creerlo, A.

La bola de fuego me pasa rozando la cara y casi me chamusca el pelo. Apenas me da tiempo a esquivarla cuando ya noto una segunda oleada de calor que se me viene encima.
«Por la plaga, menudo humor tiene Kitt hoy».
Me incorporo a toda prisa y veo una esfera de fuego que viene volando hacia mí, y me recorre la habitual oleada de adrenalina. Lanzo un escudo de agua y oigo cómo el fuego sisea antes de convertirse en una nube de vapor denso. Kitt entorna los ojos para tratar de verme a través del humo, y los abre mucho cuando choco contra él. Rodamos por el suelo y le impido levantarse al tiempo que alzo un puño llameante por encima de su cara.
—¿Te rindes?
No consigo disimular la sonrisa. Se le escapa una carcajada y me mira a los ojos, luego al puño.
—Si digo que no, ¿de verdad me vas a dar, hermanito?
Pese al fuego que le arde a pocos centímetros, los ojos verdes de Kitt brillan de diversión.
—Creía que, a estas alturas, ya sabrías la respuesta.
Sonrío y echo el puño hacia atrás, listo para golpear.
—¡Vale, vale, me rindo! —se apresura a gritar Kitt—. Pero solo porque no quiero que Eli nos tenga que arreglar otra vez la nariz rota.
Se me escapa la risa al imaginarme la cara del médico real si acudíamos a él con otro hueso roto. Me pongo de pie y le tiendo la mano a Kitt, que sigue tirado en el suelo.
Me dedica una sonrisa, pero es desganada.
—Por la plaga, Kai, mis poderes se te dan a ti mejor que a mí.
—Por eso tú gobernarás el país, mientras que yo estaré en el campo de batalla, distrayendo al enemigo con mi atractivo irresistible.
—¿Insinúas que yo no podría distraer al enemigo con mi atractivo irresistible? —Esta vez la carcajada es sincera.
—Lo que digo es que solo somos medio hermanos, así que únicamente tienes la mitad de mi encanto.
Kitt se echa a reír de nuevo.
—Según esta lógica, tú solo tienes la mitad de mi cerebro.
—Gracias sean dadas a la plaga.
Casi no he terminado de decirlo cuando ya me está dando un empujón mientras sonríe.
Caminamos por el frecuentado camino que une los círculos de tierra para entrenar que hay en los terrenos del castillo. Vemos al pasar a los imperiales que practican y a otros élites de alto nivel que se enfrentan, unos con sus habilidades, otros con armas.
Todas las cabezas se vuelven hacia nosotros y las miradas se me clavan en la piel al tiempo que el sol nos abrasa desde el cielo. Hago caso omiso y respiro hondo para llenarme de los olores familiares del campo de entrenamiento, a sangre, sudor y lágrimas. Al llegar al estante de las armas, cojo una espada y se la lanzo a Kitt, que pone cara de exasperación.
—Ya sabes que me encanta luchar con armas, es mucho mejor que con habilidades —digo como respuesta a su mirada torva, al tiempo que sopeso el equilibrio de la espada que he elegido para mí.
Kitt se adentra en el círculo de tierra. Solo le falta poner los ojos en blanco.
—Sí, ya sé que te encanta darme una paliza con la espada.
Giro la muñeca y muevo la espada mientras nos desplazamos en círculo, el uno en torno al otro.
—Es una de mis aficiones preferidas, cierto. —Avanzo sin previo aviso y descargo un golpe contra su espada, y noto las reverberaciones del impacto por todo el brazo—. ¿Ves? ¿A que es divertido?
Kitt aprieta los dientes.
—Desternillante.
Me dejo llevar hacia el habitual trance: los pies se me van solos por el círculo mientras luchamos, me dejo llevar por el ritmo. Mi mente se despeja, mi cuerpo vibra de energía. Nunca me siento más vivo que al pelear. Es para lo que nací, es lo que me ha mantenido cuerdo durante tantos años de entrenamientos y lecciones.
«Un rey lerdo es un rey muerto».
Las palabras de mi padre me resuenan en la mente. Me las grabaron a fuego cada vez que de niño me quejaba de las aburridas lecciones. Pero yo no tengo que preocuparme por ser un rey lerdo, o muerto, porque no voy a ser rey. Y, cuando se lo señalé a mi padre, tuvo la amabilidad de crear un nuevo dicho para mí.
«Un ejecutor lerdo es un reino derrotado».
Qué alentador por su parte.
Un dolor agudo me recorre el brazo y me saca de mis ensoñaciones.
—Presta atención, Kai, o esta vez te voy a ganar. —Kitt tiene una expresión de triunfo que me muero por borrarle de la cara—. No quiero que mi futuro ejecutor se duerma en…
No le dejo ni terminar la frase: le aparto la espada hacia el suelo y se la inmovilizo con la mía, pivoto y me coloco detrás de él. Con un movimiento rápido, me saco el puñal de la bota y le pongo la punta contra la espalda.
—Perdona, majestad, ¿qué decías?
Lo suelto y le hago una reverencia burlona mientras se vuelve, al tiempo que me coloco el puñal otra vez dentro de la bota. Eso le da ocasión de propinarme un empujón que casi me tira hacia atrás, y que le devuelvo por duplicado. Kitt no para de reírse.
Tiene el pelo rubio sucio, ahora mismo mucho más sucio que rubio, embarrado de tanto rodar por el círculo de tierra. Hace rato que nos hemos quitado la camisa bajo el sol estival, y su pecho está bronceado brillante de sudor, igual que el mío.
Es obvio que solo somos medio hermanos. Aparte de las diferencias físicas, yo carezco de la compasión de Kitt, mientras que a él le falta mi insensibilidad. Es paciente, agradable, perfecto para el trono, mientras que yo soy perfecto para el campo de batalla.
Es un rey, y yo soy un asesino.
—Kai, ¿me estás escuchando? —Kitt chasquea los dedos delante de la cara. Parece preocupado y divertido a la vez—. Plagas, ¡cuánta sangre has perdido!
Sigo la dirección de su mirada y veo el reguero de sangre que me brota de la herida del brazo, me baja hasta los nudillos y me gotea de los dedos.
—Mira lo que has hecho. Al final, Eli no va a tener el día libre. —Alzo la vista hacia Kitt, a la espera de su respuesta, pero no me está mirando—. Vaya, no soy el único que no presta atención.
Me vuelvo hacia la figura que camina hacia nosotros, con las prendas de cuero de entrenamiento marcando cada una de sus curvas, la melena color lila al viento.
—Anda, mira quién viene. La bruja Blair —digo entre dientes antes de que se acerque a nosotros, con lo que Kitt tiene que contener la carcajada.
—Hola, chicos. —Tiene la voz como el hielo, fría y suave—. ¿Qué tal el entrenamiento? —Nos examina con desinterés antes de volver a mirarnos a la cara. Hay una sombra de sonrisa burlona en los labios—. ¿Te estás preparando para las Pruebas, Kai?
—Aunque no me haga falta.
Esboza una sonrisa.
—Creía que el futuro ejecutor querría ganar para causar una buena impresión ante todo el reino. —Se mira las uñas para mostrar su indiferencia.
Me paso la mano por el pelo y dejo escapar un suspiro de aburrimiento.
—Es lo que pienso hacer.
Me dedica una sonrisa que es cualquier cosa menos dulce.
—Es lo que cabría esperar, ya que eres el mejor élite que ha aparecido en décadas. O eso dicen.
«Por todas las plagas, allá vamos otra vez».
—Aaay, Blair. Me has hecho daño. Recordaré ese comentario cuando sea rey.
—Oooh, ¿he lastimado tu orgullo, Kitt? —Frunce los labios en un gesto burlón de pesar antes de volver a concentrarse en mí—. Además, creo que las Pruebas las ganaré yo.
Dejo escapar una risita carente de humor mientras miro desde arriba su figura menuda.
—¿Qué te hace pensar que vas a competir siquiera? —digo, sabiendo muy bien que estará en las Pruebas.
Apenas tiene que hacer un movimiento con la muñeca y, como respuesta a mi comentario, un puñal sale volando del estante de las armas. Antes de que me dé tiempo a parpadear, me lo encuentro suspendido en el aire, con la punta contra la yugular.
—Soy la hija del general. —Se acerca a mí hasta que apenas nos separan unos centímetros—. Es muy probable que entre en los juegos, ¿no te parece? —me susurra.
Deja escapar una risita y me presiona más contra el cuello el cuchillo flotante para subrayar lo que dice.
El zumbido de docenas de poderes, los de todos los que se están entrenando a mi alrededor, me palpita en la sangre. Hago callar al resto de las habilidades y me concentro en el poder de Blair, lo noto susurrar bajo mi piel, me pide que lo coja. Es una tele muy poderosa, y la exhibición con el puñal es lo más básico que puede hacer con la mente. Busco esa sensación cosquilleante que es su habilidad y dejo que me invada, que suba a la superficie.
Y me convierto en esa habilidad.
Igual que hice con el poder dual de fuego y agua, igual que puedo hacer con cualquier habilidad que tenga cerca.
Sonrío con frialdad al tiempo que hago girar el puñal flotante en el aire y lo lanzo contra el cuero curtido con el que se cubre el pecho, solo con el poder de mi mente.
—Entonces, vas a tener que entrenar mucho —digo con calma antes de soltar su habilidad y dejar que el puñal caiga al suelo.
No me molesto en añadir nada, sino que me doy media vuelta para volver al castillo.
Kitt, en silencio, me da alcance, y cruzamos las puertas del castillo inmersos en nuestros respectivos pensamientos. Solo faltan dos semanas para las Pruebas, así que ya no puedo seguir haciendo como si no fueran conmigo.
El olor a pollo asado y patatas que llega de la cocina basta para distraerme. Miro de reojo a Kitt, que está más callado que de costumbre, antes de cruzar la puerta de la estancia donde las mujeres preparan la cena.
—Buenas tardes, señoras. —Sonrío a las cocineras y criadas que se afanan por la cocina—. ¿Me habéis echado de menos? —ronroneo. Me siento en la mesa y me apoyo en las palmas de las manos. Pillo a un par de criadas jovencitas mirándome, y se ponen rojas y vuelven a su trabajo mientras intercambian susurros y risitas.
El calor de la cocina me golpea como una ola, me baña y me cubre la piel de…
La piel.
Me paso la mano por el pelo y por la cara, sin que me preocupe caer en la cuenta de que he ido andando por ahí sin camisa tras quitármela en el círculo. Es una costumbre que ni mi padre me ha conseguido enmendar.
Kitt asoma la cabeza con una sonrisa de oreja a oreja.
—Me ha llegado el olor de mi plato favorito. Eres una maravilla, Gail.
Se dirige hacia la cocinera, que tiene la piel oscura brillante de sudor mientras remueve un caldero de patatas cremosas sobre el fogón. Gail no puede evitar sonreír.
—Ni te pienses que lo he hecho por ti, Kitty. El puré de patatas también es mi plato favorito. —Le sonríe y le da una palmadita en la mejilla antes de seguir removiendo. Luego me mira a los ojos, y de inmediato al brazo y a la herida de la que me había olvidado. Sacude la cabeza—. No me llenes la mesa de sangre, Kai —dice, severa.
—No sería la primera vez. —Sonrío.
La cocinera niega con la cabeza y trata de no reírse. Gail nos ha estado dando golosinas y bocaditos selectos desde que éramos unos niños que iban por el castillo medio desnudos…, cosa que, obviamente, seguimos haciendo. Ha presenciado más de una pelea por el último bollo de miel en esta misma cocina.
—Hace tiempo que no veníais a verme —dice al tiempo que sazona las patatas—. Ya os habéis hartado de mí, ¿eh?
—De ti, sí. De tu comida, jamás.
Casi no he terminado de decirlo cuando un pegote de puré sale volando hacia mi rostro. No tengo tiempo ni fuerzas para esquivarlo, y el puré se une a las manchas de tierra y barro.
—Con nosotros aquí no te aburres —comenta Kitt, apoyado en una repisa, mientras yo me quito el puré de patatas del pelo.
Bajo de la mesa, voy hacia la cocinera y le doy un beso en la mejilla.
—Siempre es un placer, Gail. —Estiro el brazo y cojo una manzana de la cesta—. Tenemos que repetir esto de tirarnos comida. —Le lanzo la manzana a Kitt, cojo otra, la limpio contra mis pantalones y le doy un mordisco.
—¿Príncipe Kai?
Me tenso, suspiro y me vuelvo hacia la voz que ha sonado a mi espalda. Hay un niño que me mira nervioso mientras juguetea con el dobladillo de la camisa. Arqueo las cejas con impaciencia evidente.
—El rey quiere verte en el salón del trono.

La rueda del carro de un mercader me pasa por encima del pie. Contengo el grito, pero no el insulto contra el hombre distraído que va por ahí lisiando a la gente.
«Empieza bien el día».
Esta noche he dormido a ratos, sin parar de dar vueltas y con las pesadillas habituales. Imágenes de mi padre moribundo mientras no puedo hacer más que sostenerle la mano; trepar por el interior de una chimenea y encontrarme la salida tapada con tablones; ver cómo se llevan a rastras a Adena, la única persona que me queda en el mundo.
A veces, entre las pesadillas, Adena hacía algún intento desganado de sacudirme para que me despertara. Yo me daba la vuelta con un gemido y trataba de aferrarme a la brizna de sueño tranquilo que podía robar. Soy una ladrona, pero a mí me han robado el descanso.
Adena, con su habitual perseverancia, cambió de estrategia y pasó a tirarme trozos de tela basta, hasta que hice ondear un trapo blanco en señal de rendición.
El sol, tan perezoso como de costumbre, trata poco a poco de asomar entre los edificios ruinosos y envuelve Saqueo en sombras matinales mientras voy por el empedrado. La calle va cobrando vida con el ajetreo de los comerciantes, y los mendigos suplican a todo el que los mire. No me cuesta nada fundirme en el caos de los barrios bajos.
Me arden las manos de ganas de robar algo de comida que acalle los rugidos de mi estómago y llevarle una parte a Adena. Escudriño la calle en busca del próximo desdichado que será mi víctima, y…
«Algo no va bien».
Catorce. Solo hay catorce imperiales a ambos lados de la calle.
«Hoy tendría que haber dieciséis como mínimo».
Lo sé muy bien. He memorizado sus turnos.
Veo a Cabeza de Huevo y Nariz Ganchuda en su sitio habitual, ante la tienda de Maria, junto con otros imperiales con nombres iguales de adecuados. La máscara de cuero blanco que les cubre el rostro no me deja verles la cara, así que es difícil asignar un nombre creativo a esos canallas. Estoy muy orgullosa de los pocos que he inventado.
En condiciones normales, sería un alivio ver menos guardias de lo previsto, y puede que mis habilidades de mental hayan entrado en acción, pero esto me preocupa.
El estómago me ruge, impaciente, como siempre.
«Primero, comer; luego, las sensaciones raras».
Camino sin rumbo entre la multitud y me apodero de unas manzanas del carro que me ha pasado por encima del pie. La venganza es tan dulce como la fruta firme a la que voy dando mordiscos. Me apoyo contra la pared de una tienda y veo a un joven aprendiz que regatea con un comerciante. Los observo llegar a un acuerdo. El chico tira unas monedas y coge un fardo que parece de cuero negro. Cuento los chelines que ruedan por el carro y creo que son demasiados por esa mercancía.
«Va con prisa. Por eso no le importa pagar el doble de lo que vale en vez de perder el tiempo negociando un precio mejor. Y le sobra el dinero».
Es el objetivo perfecto.
Me vuelvo a poner en marcha, ahora tras el chico, que se abre camino entre la gente a empujones. Yo me quito el cordón de cuero con el que me sujeto el pelo, que me cae sobre la cara y el cuello en una cascada revuelta de plata. Maldito calor, que ya me ha dejado el cuello pegajoso de sudor. Con el pelo suelto sobre los hombros, me transformo en la viva imagen de la inocencia.
«Consigue que te subestimen. Consigue que no te miren a menos que quieras ser vista».
Ha pasado tanto tiempo desde que oí la voz de mi padre que ese sonido acariciador se me está escapando de la memoria, se disuelve hacia la muerte, con él.
Los pensamientos saltan en pedazos cuando chocamos.
Me tambaleo y me agarro al desconcertado aprendiz al caer. Con una mano me aferro a su camisa mientras deslizo la otra en el bolsillo del chaleco donde le he visto guardar las monedas. Palpo seis chelines, y me resisto al deseo de cogerlos todos. Me conformo con tres.
La codicia es una emoción difícil de controlar. Sé que no puedo quitarle todas las monedas. Lo más probable es que notara el cambio de peso en el bolsillo. Y ya tengo suficientes cicatrices en la espalda, de las anteriores veces que me han atrapado.
Pero, justo cuando voy a sacar la mano y mascullar una disculpa por casi derribarlo, rozo con los dedos el forro interior del chaleco. No, no es el forro. Es un bolsillo secreto. Palpo un trozo de pergamino doblado dentro y, por puro impulso que no sabría explicar ni justificar, lo cojo también antes de sacar la mano y mirar al aprendiz a la cara con gesto tímido.
Tiene los ojos marrones muy abiertos cuando lo miro entre los mechones de pelo que me caen sobre el rostro. Compongo una expresión avergonzada y le suelto la camisa a toda velocidad.
Me aparto el pelo de la cara y doy un paso atrás para poner algo de distancia entre nosotros.
—Lo siento mucho, señor. —Hago lo posible por sonar jadeante, tímida, inofensiva—. Soy la única persona de Ilya capaz de tropezar con el aire.
«Venga. Subestímame. Quítame importancia».
Él se pasa los dedos por el pelo rizado y suelta una risita.
—Tranquila. Ese debe de ser tu talento, ¿eh?
Esboza una sonrisa, pero me mira más de lo que me gustaría. Así que le devuelvo la sonrisa, asiento con la cabeza y me doy media vuelta para perderme entre la gente que abarrota la calle.
El olor almibarado de los bollos de miel llena el aire cuando paso junto a la tienda de Maria y me meto en uno de los callejones que se ramifican en Saqueo. La nota que he robado se empapa con el sudor de mi mano. ¿Qué puede llevar escrito en este trocito de papel para guardarlo tan escondido?
Eso es lo que pienso averiguar.
Pego la espalda contra los ladrillos sucios de la pared y desdoblo el papel para ver la nota garabateada.
La reunión empieza quince minutos después de medianoche. Casa blanca, entre Mercader y Olmo. Trae los suministros.
Me quedo mirando la nota y parpadeo, confusa, con el corazón acelerado por la expectación.
Es mi casa.
«Bueno, era mi casa».
Por lo apresurado de la letra y los borrones de tinta, veo que la persona que escribió esta nota iba con prisa y quería ocultarla de las miradas curiosas.
Como la mía.
Una docena de preguntas se me acumulan en la cabeza, cada una más desconcertante que la anterior. Por la plaga, ¿por qué se celebran reuniones en mi casa?
«Antigua casa. Te marchaste de allí».
A medianoche, y con los suministros…
«El cuero».
Tropiezo en el empedrado irregular, lo que me devuelve a la realidad y me hace darme cuenta de que todo el rato he estado caminando por el callejón. Me meto la nota arrugada en el chaleco y salgo a la calle llena de gente, ahora bañada por el sol, mientras los pensamientos se atropellan en mi mente. Sacudo la cabeza para despejarme y paso entre la multitud que regatea, chismorrea, maldice.
Vuelvo a serpentear entre los carros de los mercaderes, de nuevo inmersa en el ritmo habitual de mi ocupación: el robo. Mi mente vaga mientras trabajo. ¿Estará teniendo suerte Adena con la venta de la ropa, en la otra punta de la calle?
Yo robo; ella cose.
Así ha sido nuestra vida estos cinco últimos años. Yo acababa de cumplir los trece y estaba sola en el mundo cuando Adena tropezó conmigo. Bueno, para ser exactos, me atravesó. Nunca se me olvidará la cara del imperial que corría tras ella gritando no sé qué de unos pasteles robados. No me lo pensé dos veces: estiré una pierna al paso del guardia. En cuanto lo vi estrellarse de bruces contra el pavimento, salí corriendo tras la chica larguirucha de pelo rizado que me había atravesado.
Aquel día nació una alianza incierta, que es como debería haber seguido.
Un grito agudo rasga el caos de Saqueo y me quedo paralizada con la mano a poca distancia de un hermoso pomelo. Me olvido de la fruta y me doy la vuelta para buscar el origen del sonido entre la marea de cuerpos. Escudriño la multitud con los ojos antes de dar con una figura menuda, desplomada contra un poste de madera manchado de rojo, en el centro de la calle. Un imperial se alza sobre el niño, látigo en mano, con cara de evidente satisfacción. Conozco muy bien esa mirada. He sido muchas veces ese niño ensangrentado.
Lo han atrapado.
¿Qué ha robado? ¿Qué puede justificar una paliza así? ¿Una fruta? ¿Unos chelines de la bolsa de un comerciante? Me recuerdo derrumbada contra el poste de madera, temblorosa de dolor con cada restallido del látigo, mientras me muerdo la lengua para no gritar. El dolor se pasa, pero las cicatrices se quedan para recordarte que lo tienes que hacer mejor.
A los pequeños los atrapan siempre. Están desesperados. No han aprendido a controlar la codicia ni a convivir con el hambre, con lo que son un blanco fácil que los imperiales utilizan para dar ejemplo.
«No puedes hacer nada por él».
Tengo que grabarme esas palabras para asegurarme de que los pies no me van a llevar hacia el niño. Porque en una ocasión lo intenté. Intenté intervenir y ayudar a una niña que me recordaba a mí misma. Tan asustada, y a la vez tan decidida a que no se le notara… Cuando alzó la vista hacia mí, el fuego de su mirada rivalizaba con el de la mía. Al final, el intento de ayudarla solo consiguió una ración extra de latigazos para las dos.
Hago una mueca y me doy media vuelta para no ver la espantosa escena… solo para chocar de bruces contra un uniforme arrugado y el canalla que lo viste.
El imperial me mira con un brillo de diversión en los ojos rodeados por la máscara blanca. Tiene por lo menos diez años más que yo y le asoman de la máscara mechones de pelo rubio desgreñados, pero se toma su tiempo para examinar todo mi cuerpo. Me muerdo la lengua para no decir algo que me costaría caro.
Los imperiales no son famosos por su comportamiento cortés con las chicas jóvenes, ni con nadie, y no pienso quedarme a averiguar si este es la excepción que confirma la regla.
—Lo siento, señor. Hoy estoy de lo más torpe —digo mientras planeo cómo escabullirme entre la gente.
Una mano pegajosa me agarra por la cintura y me obliga a darme la vuelta. Tengo que usar todo mi control para contenerme y no darle un rodillazo en la entrepierna antes de estamparle la cabeza contra el empedrado.
—¿A qué viene tanta prisa?
La sonrisa llena de dientes y los ojos negros me provocan un escalofrío, y la peste a alcohol de su aliento me intranquiliza aún más.
Sonrío y me obligo a ser educada mientras me suelto.
—Tengo que hacer unos recados antes de que el mercado se llene de gente.
—Hum —gruñe, y me mira escéptico—. Dime, chica, ¿qué poder tienes? —Me controlo para no ponerme rígida. Me sigue sonriendo—. Por decreto del rey, tengo que interrogar a quien…, a quien me parezca.
«Le encanta sentirse poderoso. Estar al mando».
—Soy una mundana —digo para dejar claro mi nivel en la cadena alimentaria de los élites y demostrarle que carezco de importancia para él—. Mental.
Lo miro a los ojos negros, con la esperanza de que me crea.
—¿De verdad? Nunca he conocido a un mental. —Deja escapar una risita, se adelanta y se inclina sobre mí de manera que me llega otra vaharada del alcohol que lo envuelve—. Venga, demuéstralo.
«Me estoy cansando de que me lo pidan».
Miro al imperial a los ojos para no darle la satisfacción de pensar que estoy preocupada, aunque mi pulso acelerado dice que sí lo estoy.
—Siento en ti rabia… y pesar. Te has… Te acabas de separar de tu esposa. Bueno, es ella la que te ha abandonado. —Su cara de conmoción me hace sonreír—. Y si quieres que concrete… Bueno, claro, me has dicho que lo demuestre… Ha sido porque… —Me detengo a media frase, cierro los ojos y me pongo los dedos contra la sien para que el espectáculo sea convincente—. Porque la engañaste. Espera, veo una cosa más… —Lo miro a la cara mientras me sigo frotando la sien. Está rojo de rabia—. Quieres… Quieres que vuelva. Pero ella no quiere…
Estoy preparada para la bofetada antes de sentir el escozor de su mano contra la cara. Me sale sangre de la boca, y no me vuelvo hacia él cuando se inclina todavía más hacia mí.
—Eres una bruja, eso eres. Fuera de mi vista, mundana.
Me doy media vuelta y sonrío con la boca llena de sangre que me corre por la barbilla. Me obligo a dar un traspié contra un carro y coger de espaldas una tela que cuelga por el borde. Aprieto el fardo contra mi pecho y arranco un trozo con los dientes para limpiarme la sangre de la cara. El resto de la tela será para Adena. Dos pájaros de un tiro.
Meto el tejido en la bolsa, llena ahora de comida, monedas y objetos robados, y me dirijo hacia el Fuerte mientras repaso en mi imaginación los cinco últimos minutos.
No me ha costado nada poner nervioso al imperial. Sabía que, cuando lo lograra, me daría una bofetada y me dejaría marchar. No es la primera vez que lo hago. Y demostrar mis poderes de «mental» no ha sido difícil. El imperial lo llevaba escrito por todo el cuerpo.
La fina línea clara en el anular fue la primera pista de que había estado casado. Luego estaba el hecho de que se había cambiado el anillo de mano en lugar de empeñarlo, señal de que aún sentía algo por su exmujer y probablemente seguía suspirando por ella. El pelo alborotado, el uniforme arrugado y el olor a whisky del aliento eran pruebas adicionales de que se trataba de un hombre solo, sin una mujer que lo pusiera presentable.
«Sin mujeres que los cuidaran, los hombres se extinguirían».
En cuanto a lo de que engañó a su esposa, ha sido una suposición bien fundamentada, basada en su manera de mirarme y en la reputación de los imperiales. Es obvio que le ha sentado como una bofetada. Y por eso me ha dado otra a mí.
El sol de mediodía me cae de plano cuando camino hacia el Fuerte para comer con Adena, como siempre. Doy una vuelta por Saqueo y mordisqueo una manzana mientras el hambre me mordisquea a mí.
El aire huele al pescado en salazón que se achicharra al sol en los carros de los mercaderes. Los niños corretean y se me cruzan mientras juegan a perseguirse por la calle. El sonido de las voces que regatean y maldicen es un coro que me resulta familiar.
Un gran cartel me llama la atención cuando empieza a alzarse sobre el gentío. Un araña lo está colgando entre dos tiendas. Sube por la pared con facilidad, como si tuviera pegamento en los pies y en las manos. Cuando ata un lado del cartel a la pared, me concentro en el texto escrito en grandes letras negras sobre fondo verde.
Comienzan las sextas Pruebas de la Purga.
Recordad la Purga. Dad las gracias a la plaga.
Honra al reino, a tu familia, a ti mismo.
Tú puedes ser el próximo élite victorioso.
Casi se me atraganta un trozo de manzana cuando suelto un bufido de desprecio. Las Pruebas de la Purga no tienen ninguna gracia, pero me parece cómico que se consideren una «celebración». Las Pruebas se crearon en honor de la Gran Purga de hace tres décadas para exhibir las habilidades sobrenaturales de la gente, en honor del único reino de élite.
Yo no diría que el asesinato de inocentes sea una honra para mí, mi reino o mi familia, aunque tampoco me queda familia que honrar. Pese a eso, cada cinco años se elige a los élites jóvenes que competirán en los juegos por la gloria y por una cantidad de chelines que basta para construirte un buen castillo en el que refugiarte del trauma que te han causado las Pruebas.
Pero lo que me provoca risa y rabia es que hacen creer a los élites inferiores, los que tienen habilidades defensivas y mundanas, que pueden competir y ganar en estas Pruebas. Se me encoge el corazón cuando veo los rostros emocionados a mi alrededor. Todo el mundo se arremolina bajo el cartel, sonríen, señalan.
«Somos los primeros en morir».
Los élites que compiten no son elegidos. No, han nacido para ello. Siempre son de sangre real, o de los niveles más altos en el escalafón de poder. Miro a la gente, los rostros sonrientes de los mundanos a los que solo se deja entrar en las pruebas como diversión, cuando el rey nos permite elegir a los que nos van a «representar».
El rey insiste en que no está bien visto matar a un compañero élite en la Arena, pero no es ningún secreto que la propia muerte participa en las Pruebas. Por lo visto, el asesinato de algún adolescente hace que todo sea mucho más entretenido, y, si los élites no lo matan, el rey se encarga de que pase algo.
Me abro camino entre la gente reunida bajo el cartel. No paran de hablar entre ellos sobre quién representará a Saqueo, qué harán con el dinero del premio.
En mi vida no ha habido muchos momentos en los que no tuviera envidia de los élites. Pero la sola idea de tomar parte en las Pruebas de la Purga hace que dé gracias por ser una chica sin importancia.
Completamente vulgar.

—¿Te la vas a comer?
Adena está mirando la naranja que tengo a medias en el regazo. Estoy sentada tras el Fuerte, con la espalda contra la pared del callejón.
—No, cómetela tú.
Ni he terminado de decirlo cuando se inclina hacia mí con los rizos agitados por la brisa, coge la fruta y se mete un gajo en la boca.
El imperial tenía un revés excelente y me ha dejado de recuerdo un labio partido, por lo que me cuesta comer.
—¿Cómo te ha ido hoy? —le pregunto, distraída, al tiempo que doy vueltas al anillo plateado que llevo en el pulgar.
El acero frío del anillo de mi padre me acaricia la piel y me reconforta, como siempre. También tendría el de mi madre, pero la enterraron con él cuando yo no era más que una niña. Me dijo mi padre que se la llevó una enfermedad. Era una vulgar, y por lo visto somos seres humanos más débiles.
Pero, aun así, se casó con ella. La quiso pese a todo. La protegió. Guardó su secreto, igual que luego guardaría el mío.
Adena suspira y vuelvo al presente.
—No me puedo quejar —dice entre bocado y bocado de naranja—. ¡He vendido esa camisa en la que llevaba siglos trabajando! ¡Y por tres chelines, nada menos! Ya sabes, la verde con escote y el dobladillo festoneado. —La contemplo con la misma cara de desconcierto que pongo siempre que habla con su jerga de costurera—. No entiendes nada de ropa, Pae.
Me miro la camiseta desastrada, bajo el chaleco verde oliva que llevo encima. Todo cambió el día que Adena me hizo ese chaleco con bolsillos, sabiendo que me iba a resultar muy útil para robar. Ese día nuestra alianza dubitativa empezó a convertirse en amistad sincera.
Adena se da unos golpecitos en los labios con el dedo, pensativa.
—Si fueras bien vestida, la gente estaría tan ocupada mirándote que no se darían cuenta de que les estás robando.
Suelto un bufido.
—Prefiero que no me miren mientras cometo un crimen. Es contraproducente.
Cojo el puñal, me lo meto en la bota y paso los dedos por la hoja plateada. Es el único recuerdo que tengo de mi padre, aparte del anillo, y no puedo vivir sin ninguna de las dos cosas. Admiro por enésima vez el puño ornamentado cuando, de repente, me viene algo a la memoria.
—Ten cuidado hoy, A. No sé por qué, hay menos guardias que de costumbre, y no me gusta. No sé… —No doy con las palabras que busco—. Da igual, estate atenta por si ves algo que se sale de lo normal.
Se pone un poco nerviosa, pero entorna los ojos color avellana con gesto divertido.
—¿Es tu yuyu de mental que te avisa de un peligro en potencia?
—Vamos a tener que practicar más esa sutileza. —Suspiro, sacudo la cabeza y sonrío.
Me levanto y me desperezo para estirar los músculos doloridos. Adena recoge la ropa, la organiza en diferentes tallas y colores, y se despide de mala gana para volver a Saqueo con la esperanza de vender algo más antes de que se ponga el sol.
Regreso a la calle abarrotada, ahora bañada por la luz de la tarde, y me dirijo hacia el bullicio del mercado. Empiezo con cautela. Primero, algo de fruta y tela, pero enseguida me aburro y paso a cosas más grandes y mejores. Carteras, relojes, chelines… Eso busco hoy.
Diviso a un hombre de pelo azul oscuro con un reloj centelleante que le adorna la gruesa muñeca, y decido que será mi próximo objetivo. Veo entre la multitud a más gente con el pelo de colores extraños. La plaga que altera tus genes no solo te proporciona poderes sobrenaturales. Yo, pese a mi pelo plateado, no cuento con un poder a juego.
Tardo más de lo previsto en escapar del hombre del pelo azul después de robarle el reloj. No porque me haya atrapado, no, sino porque no deja de hablar conmigo. Cuando tropecé con él y me las arreglé para despojarlo del accesorio, resultó obvio que el pobre se moría por cotillear con cualquiera que le sonriera y le hiciera un gesto amable.
Estoy a punto de dar por concluido el día, y con cierto éxito, cuando un hombre alto, vestido de negro, entra en Saqueo. Camina con seguridad, erguido, sin rastro de la espalda encorvada con que se mueven los sin techo para no llamar la atención.
Este hombre, en cambio, hace que resulte difícil no mirarlo.
Lleva una camisa amplia, remetida en la cintura de los pantalones negros ceñidos, ambas prendas separadas por un sencillo cinturón. La camisa está desabotonada hasta la mitad y la brisa se la abre para dejar al descubierto parte del pecho bronceado. Está demasiado lejos para distinguir sus rasgos, pero el pelo negro como la brea le cae sobre la frente en ondas revueltas. Tiene las manos en los bolsillos y camina por el mercado a zancadas largas, tranquilo, seguro.
No es de por aquí. Se le nota en su manera de mirar lo que lo rodea, como si quisiera absorberlo todo. Seguro que es un ofensivo, un élite de nivel alto o de sangre noble, de los que no suelen pisar los barrios bajos. Se lo veo en la manera de andar, en el brillo de los zapatos que se intuye debajo de una capa de polvo. Este hombre no llevará encima unos miserables chelines. Entrecierro los ojos. ¿Dónde guardará las monedas de plata?
«Ahí».
Tiene colgada del cinturón, contra la pierna, una bolsa como la que usan muchos ilynos para llevar las monedas. Sobre todo los más confiados, porque esas bolsas son presa fácil para un ladrón. Presa fácil para mí.
«Mi último y desafortunado objetivo de la noche».
Menos mal que es tan alto. Si no, lo habría perdido entre la gente. Las mujeres de todas las edades estiran el cuello a su paso para ver mejor al atractivo desconocido antes de que se pierda entre la muchedumbre. Me abro camino y lo sigo hasta que sale de la calle más grande entre dos carros de mercaderes y se va por otra menos transitada. Me suelto el pelo hasta que los largos mechones ondulados me caen sobre los hombros y tomo un atajo. El callejón por el que zigzagueo me lleva a la trayectoria del desconocido, y camino directa hacia él.
Voy con la vista fija en el suelo y chocamos.
Sigo mi rutina habitual, me tambaleo hacia atrás en apariencia por el impacto, contra todos los instintos que me piden a gritos que plante los pies en el suelo y me mantenga firme. Unas manos fuertes me cogen por la cintura para impedir que caiga, con lo que la bolsa del dinero queda al alcance de cualquier granuja como yo. Me agarro a la pechera de su camisa como por instinto para recuperar el equilibrio. De verdad, solo necesitaba una excusa para tener las manos cerca de su cuerpo sin levantar sospechas.
«Los chicos famélicos de Saqueo no son así».
La idea se me va de la cabeza cuando meto la mano en la bolsa que lleva a la cintura y palpo al menos veinte chelines, así, como si tal cosa. Debe de estar muy seguro de sus poderes para pasear por Saqueo con tanto…, bueno, con tanto que saquear.
Me tienta la idea de arrancarle la bolsa de un tirón y salir corriendo, pero sé muy bien que me daría alcance con tres zancadas. También sé muy bien que las oportunidades como esta no se presentan a menudo, así que no quiero irme sin al menos la mitad del contenido de la bolsa.
«Pero, si le quito la mitad, notará el cambio de peso».
La cabeza me da vueltas.
«Entonces, distráelo».
Todo esto se me pasa por la mente en cuestión de segundos. A toda prisa, cojo en el puño la mitad de las monedas y saco la mano antes de recuperar el equilibrio apoyada contra él. Poco a poco, consigo apartar la vista de su pecho y de la punta de un tatuaje negro que le asoma bajo los pliegues de la camisa.
Por fin, lo miro a los ojos.
Es como ver una tormenta.
Tiene los ojos del color de los nubarrones que encapotan el cielo de Ilya, del humo que sale de las chimeneas, de las monedas de plata que llevo en el puño. Las pestañas, largas y negras, contrastan con el gris acerado de los ojos que me están mirando a la cara. La sorpresa le ha hecho arquear las cejas oscuras y le ha tensado la mandíbula, lo que le destaca aún más los pómulos marcados.
Nos quedamos allí, de pie, mirándonos.
De pronto soy muy consciente de que todavía me está tocando. Siento sus manos fuertes en la cintura, me sostiene, aunque su mirada ya es en sí una caricia. Carraspeo para aclararme la garganta y aparto la mano del tejido fino de la camisa, que lo tenía agarrado en el puño, antes de dar un paso atrás para soltarme de él.
Esboza un atisbo de sonrisa, con lo que se le ve un hoyuelo en la mejilla derecha. Poco a poco baja las manos y me suelta.
«Tiene callos. Es un luchador».
No hace falta ser mental para darse cuenta: es evidente por su físico. Muy consciente de que es el doble de corpulento que yo y está entrenado, me pongo las manos a la espalda con indiferencia para esconder las pruebas del delito. Meto las monedas en el bolsillo trasero al tiempo que respiro hondo y trato de recuperar la compostura.
—¿Siempre te echas en brazos de los desconocidos guapos o eres nueva en esto?
La pregunta hace que vuelva a aparecer el hoyuelo; la sonrisa deja al descubierto unos dientes muy blancos y regulares.
—No, solo de los arrogantes.
Le dedico una sonrisa helada mientras él me mira como si fuera un enigma y quisiera descifrarme. Por lo visto, le hago gracia; se le nota en la cara.
«Distráelo».
Se echa a reír y se pasa la mano por el pelo color ébano, con lo que solo consigue alborotárselo más. Clava los ojos grises en los míos.
—Vaya, pues parece que te he causado una fuerte primera impresión.
—Sí —respondo muy despacio—. Aunque todavía no sé si ha sido buena o mala.
«Que se concentre en ti, que no piense en el dinero».
Se encoge de hombros y se mete las manos en los bolsillos. Es la viva imagen de la indiferencia.
—Pero te he cogido a tiempo, ¿no?
Es mi turno de echarme a reír. Inclina la cabeza hacia un lado y me mira con un atisbo de sonrisa.
—Es un detalle que deberías tener en cuenta antes de decidirte, querida.
«Por la plaga, cara bonita y palabras bonitas».
Es peligroso.
Los ojos color humo me escudriñan el rostro una vez más, vuelve a mirarme como si fuera un acertijo intrigante. Me niego a sentirme incómoda bajo su mirada y doy un paso atrás, hacia la calle más frecuentada.
—Lo tendré en cuenta, querido.
Arrastro la última palabra en tono burlón para imitarlo. Sonríe todavía más y ahora tiene hoyuelos en las dos mejillas. Hago todo lo posible por no fijarme en ellos.
—Y gracias por salvarme de ir de bruces contra el suelo. Cargo con la maldición de la torpeza extrema.
—La torpeza te ha servido para conocerme, así que no parece una maldición —responde.
Se ha apoyado contra la pared, con las manos en los bolsillos. No consigo contenerme y pongo los ojos en blanco, pero sonrío. Veo su sonrisa por última vez antes de darme media vuelta y volver a Saqueo para perderme entre la multitud.
Mientras camino por la calle, la cabeza me da vueltas y no paro de repasar todo lo que he observado en él. Las cicatrices que tiene en los brazos y los nudillos desollados por una pelea reciente son lo que más me intriga, y casi me da pena quedarme sin conocer la historia que hay detrás. Me río solo de imaginar a un élite ofensivo con cicatrices. Son indicio de debilidad.
Palpo las monedas que llevo en el bolsillo trasero y las hago tintinear con una sonrisa triunfal.
«Dudo que las eche de menos».

Me pongo a toda prisa una camisa que me pica y me resulta incómoda, y me hace extrañar los tiempos en que era más pequeño y a nadie le importaba que fuera por ahí medio desnudo.
Aunque eso no me ha impedido seguir haciéndolo.
Me calzo los únicos zapatos que no tengo llenos de barro y voy hacia la puerta. Paso por unas estanterías que amenazan con colapsarse por el peso de demasiados libros, al lado de un escritorio cubierto de documentos que trato de no ver, junto a la cama con dosel que sobresale de la pared, cuyas patas son la causa de muchos golpes en los dedos de los pies y muchos tacos. Suspiro y salgo de la comodidad de mi habitación, aunque daría cualquier cosa por meterme en la cama y dormir hasta el amanecer. Pero el deber me llama, y más me vale no hacerle esperar.
Me meto las manos en los bolsillos y camino por los pasillos blancos que llevan al salón del trono. El sol del atardecer entra por las ventanas que flanquean el corredor, y hace que los cuadros de las paredes centelleen a la luz dorada. Mucho antes de lo que me gustaría, doblo la esquina y saludo con un ademán a los guardias apostados ante la puerta del salón. Y abro las pesadas puertas.
—Ah, Kai. Ya era hora.
La voz grave de mi padre levanta ecos en la inmensidad del salón del trono. En las paredes hay grandes ventanales con cortinas de gruesa seda verde, el color del reino de Ilya, y las molduras esculpidas suben por las paredes y llegan al techo. En medio del suelo de mármol pulido hay una mesa larga de madera, y el rey la preside.
—Qué amable por tu parte, te has puesto una camisa. —Deja escapar un suspiro, pero la sonrisa le ronda los ojos—. Sopesé la posibilidad de decirle al criado que te indicara ese detalle en el mensaje.
—No te preocupes, padre. No cometeré el error de presentarme sin camisa en el salón del trono. Con una vez, basta.
Memorizo el esbozo de sonrisa porque no sé cuándo volveré a verlo. Cuándo me lo volveré a ganar.
Es un hombre brutal, un fornido, con tanta fuerza física como mental. Es estricto, testarudo, pertinaz, así que la más leve de sus sonrisas me hace sonreír a mi vez. Siempre hemos tenido una relación complicada, por decirlo de una manera suave, pero en momentos como este me resulta más fácil olvidarme del incómodo pasado.
Carraspea para aclararse la garganta y borrar del rostro cualquier rastro de emoción.
«Y aquí viene el padre al que estoy acostumbrado».
—Hay una misión para el futuro ejecutor.
—Mi misión es servir —respondo impasible.
«Mi misión es matar».
Mi vida implica el final de la de otros.
Las «misiones» a las que se envía a los ejecutores son cualquier cosa menos heroicas. Me han encomendado docenas a lo largo de los años como parte de mi entrenamiento para convertirme en el futuro verdugo, comandante del ejército y mano derecha del rey. A mí, como futuro ejecutor, me corresponden muchas cosas, desde las estrategias de batalla y las ejecuciones a los interrogatorios y la tortura.
Me espera un futuro luminoso.
—Mis informantes han encontrado una familia que esconde a una vulgar cerca de Saqueo —sigue mi padre con tono de aburrimiento—. Quiero que vayas allí a investigar y erradiques el problema.
«Erradicar significa ejecutar».
Tras la Purga, cuando se expulsó a los vulgares a las Brasas para defender Ilya de la enfermedad que transmitían, el rey decretó que todo vulgar que permaneciera en el reino sería ejecutado. Hace tres décadas, les dio una posibilidad de sobrevivir si conseguían cruzar las Brasas y llegar a las ciudades de Dor y Tando, al otro lado, donde no serían una amenaza. Pero la misericordia del rey solo duró ese día de la Purga, y ahora yo les llevo la muerte en su nombre.
—Por supuesto —digo, y me paso la mano por el pelo, por la mandíbula tensa.
El gesto no le pasa desapercibido.
—Kai —me dice, y casi parece amable. No veía esa expresión desde que era niño, e incluso entonces era solo en ocasiones especiales, cuando consideraba satisfactoria mi manera de entrenar—. Nadie envidia el trabajo del ejecutor. Es brutal. Es sangriento. Pero la plaga te ha dado un raro don. Tu habilidad de portador es muy poderosa y algún día serás de gran utilidad a este reino. —Hace una pausa—. Me he asegurado de ello.
Desde luego.
El entrenamiento ha sido mi vida entera, mi único objetivo. En vez de tener una habilidad concreta, manifestarla y dominarla, me he pasado años aprendiendo a controlar docenas de ellas. Pero he perfeccionado mi cuerpo tanto como mis poderes. Yo mismo soy un arma. Llevo grabado dentro el conocimiento de cómo utilizar todas las armas que tengo a mi disposición.
Pero no me corresponde todo el mérito. No, ha sido el rey quien ha hecho de mí lo que soy. El rey se ha tomado un interés personal en mi entrenamiento físico y mental. Primero descubrió todos mis puntos débiles, y, a continuación, se aseguró de que quedaran erradicados. He aprendido a bloquear la mayoría de los recuerdos del entrenamiento que he soportado desde niño, pero no puedo hacer lo mismo con el rostro frío de mi padre que acompaña a las palabras que he escuchado toda mi vida.
«Si no soportas el sufrimiento, no puedes infligirlo, ejecutor».
He combatido en batallas, he iniciado interrogatorios, he torturado, todo mientras Kitt asistía a una reunión tras otra, diseñaba tratados y se pasaba los días junto a un rey más amable que el que conozco yo.
Sus días han estado llenos de educación, tutores y horas mucho más gratas con el padre al que tanto quiere. Kitt es el heredero, siempre ha estado protegido, bien guardado, y hacía falta un verdadero esfuerzo hasta para sacarlo al campo de entrenamiento conmigo cuando éramos niños.
Cuando vuelvo a mirar al rey me encuentro con sus ojos verdes clavados en mí. Son los ojos de Kitt. La primera esposa del rey murió al dar a luz a su hijo, y él se volvió a casar con la hija de un consejero de confianza. No tardó en enamorarse de la bondad y el cariño de mi madre, de su valor y belleza. Yo me parezco a ella, con el pelo negro y los ojos claros, igual que Kitt sale a nuestro padre, los dos rubios con ojos verdes.
Relego los recuerdos del pasado al fondo de mi mente hasta la próxima vez que me permita pasear entre ellos.
—¿Cuándo tengo que partir? —pregunto indiferente.
Las palabras me traen otro recuerdo, lo ingenuo que era cuando las pronuncié antes de mi primera misión. Sin saber que ese día me iba a convertir en un asesino. Sin saber que ese día iba a ver cómo un hombre caía al suelo en un charco de su propia sangre.
—Al amanecer.

El amanecer llega antes de lo que me gustaría, y casi sin darme cuenta estoy camino de los establos.
El edificio, grande, blanco, proyecta una sombra aún más grande a la luz de la mañana. Hay casillas a ambos lados, y los caballos que mastican heno me miran con curiosidad.
Lanzo una mirada a los dos imperiales que tengo a la izquierda. Llevan tres caballos ensillados para el viaje que nos aguarda. Aprieto los dientes. El rey ha quitado dos guardias de la vigilancia de Saqueo, aunque estoy más que capacitado para hacer esto yo solo. Pero, por lo visto, de pronto le preocupa mi bienestar. Solo ha necesitado diecinueve años y el hecho de que ahora le resulte valioso.
Sacudo la cabeza para librarme de esos pensamientos y monto en el caballo que tengo más cerca. Me trago el orgullo lo justo para reconocer que no es mala idea ir con un par de imperiales si hay que llevar a cabo una eliminación.
El trayecto hasta Saqueo es largo y lo hacemos en silencio. Las calles desembocan en los barrios bajos cuando nos adentramos en la ciudad, y me llega el olor del mercado callejero incluso antes de llegar.
Huele a pescado, a humo y a otros misterios que nos dan la bienvenida al entrar en Saqueo. Los cascos de los caballos contra el empedrado levantan ecos en las paredes de las tiendas destartaladas que flanquean la calle. Unos cuantos madrugadores se apartan del camino, nos señalan y hablan en susurros.
Doblamos a la izquierda por una calle secundaria y nos dirigimos hacia una chabola pequeña de madera. Me bajo de un salto del caballo y le pongo las riendas en la mano a un imperial para que lo ate.
«Ya que están aquí, que hagan algo útil».
Voy hacia la puerta, saco la mano del bolsillo y llamo con los nudillos. Dentro se oye un golpe y luego el sonido de unos pasos antes de que la puerta se abra con un chirrido de las bisagras oxidadas.
Un hombre alto, corpulento, de barba espesa y pelo más espeso aún, contempla la escena. Me sorprende que quepa por la puerta. Abre mucho los ojos azules bajo las cejas pobladas.
—¿Príncipe Kai…? —Parece atónito y nervioso a la vez—. Vaya, hola, eh… ¡Qué honor!
La falsa alegría de su voz se transmite por toda la calle y despertará a los vecinos.
Me tiende una mano firme, callosa, como la mía.
—Nathan, ¿verdad? —Asiente, así que sigo—. Tengo que hacerte unas preguntas sobre una persona vulgar que han visto aquí, en Saqueo. Espero que no te importe. —Lo miro con atención, en busca de cualquier indicio que me diga que sabe de lo que hablo. Nada. Permanece inexpresivo—. ¿Podemos entrar?
No es una pregunta, y lo sabe. Ya he puesto un pie en el umbral antes de que se aparte.
La casa es más pequeña que mi dormitorio en el palacio. A un lado de la estancia hay camas pequeñas, juntas, en una línea irregular contra la pared. En la otra mitad está la cocina, con un fregadero viejo, una encimera de madera astillada y una mesa grande junto a la que están sentados dos niños con los ojos muy abiertos y una mujer. La alfombra que une ambos lados de la habitación es la única decoración, la única nota de color en la casa.
Nathan carraspea y se aclara la garganta.
—Esta es Layla, mi mujer.
Layla me sonríe con calidez. Tiene los dientes muy blancos, en contraste con la piel oscura. Mira a los imperiales que esperan detrás de mí, incómodos.
—Y estos son Marcus y Cal, nuestros hijos.
Nathan señala a cada uno de los niños al mencionar su nombre. Marcus tiene la mirada clavada en la mesa y no se atreve a levantar la vista, mientras que Cal, su hermano pequeño, es tan curioso que no puede evitar mirarme.
Activo mi poder para asegurarme de que ninguno de ellos es un vulgar que se esconde a plena vista. Mi habilidad de portador me resulta muy útil como ejecutor. Hace que mi trabajo sea más sencillo y mucho más eficiente.
Nathan es un fornido, cosa que no me extraña, visto su físico gigantesco. Noto el poder de curandera de Layla que me burbujea en la sangre como si fuera champán, mientras que Marcus y Cal tienen poderes de nivel mundano: Marcus es un farol capaz de detectar mentiras, y Cal es un agudo con los sentidos potenciados.
—Ya sabéis por qué estoy aquí —digo con tono frío—. ¿Habéis visto u oído algo acerca de un vulgar que se esconde por esta zona?
—No, señor. —La que responde es Layla, y tiene la voz firme.
Examino la casa con la mirada, y me detengo en el fregadero. Los cuencos, aún sucios de gachas, aguardan a que los frieguen.
Cinco.
Cinco cuencos, cuando solo hay cuatro bocas que alimentar.
«Qué interesante».
No cuestiono nada, sino que paseo sin rumbo por la pequeña vivienda y me detengo de vez en cuando para examinar algo con más atención. Noto clavados en mí los ojos de los dos imperiales y los de la familia mientras paseo con las manos en los bolsillos.
No hay nada fuera de lo corriente.
Estoy a punto de declarar que esto es un callejón sin salida y una pérdida de tiempo cuando piso sobre la alfombra, descolorida por los años y las pisadas. Se oye un crujido. Me detengo y muevo los pies, y sí, la madera vuelve a gemir bajo la alfombra.
«Qué interesante».
Nathan sigue inexpresivo, pero se ha puesto pálido como un fantasma.
—Levantad la alfombra —digo a los guardias con tono seco sin dejar de mirar a la familia.
Y entonces detecto una emoción que conozco muy bien. Una emoción que encuentro allá a donde voy.
Miedo.
Cuando apartan la alfombra, veo el dibujo de una trampilla que se funde, casi invisible, con el resto de los tablones de madera sucia.
«El golpe. Esto es lo que oí desde fuera».
A Layla se le escapa un sollozo cuando me arrodillo y abro la trampilla para dejar al descubierto un espacio reducido, oscuro. Ahí, en un rincón, con los brazos en torno a las rodillas, hay una niña pequeña. Alza la vista hacia mí y el fuego de sus ojos rivaliza con el rojo vivo de su pelo.
«Por la plaga, qué joven es».
No tendrá más de ocho años, pero no opone resistencia cuando la saco del agujero húmedo. La deposito en el suelo y me mira desafiante, sin rastro de miedo en la carita salpicada de pecas.
La estancia se llena de sollozos ahogados.
—¡No, no, no! —Los gritos temblorosos de Layla resuenan entre las paredes—. ¡No te la lleves! ¡No! ¡Por favor! ¡Es mi hija!
Los imperiales se interponen entre la familia y yo, pero los aparto a un lado, molesto. Los dos niños están llorando, abrazados a las piernas de su madre. Nathan, aturdido, tiene lagrimones en la cara que le corren por las mejillas y le llegan a la barba poblada.
—Calmaos y decidme de dónde demonios ha salido y cuánto hace que la escondéis.
Hablo en voz baja, firme, que corta en seco el caos. La niña que tengo delante, con las pecas y el pelo rojo como una llamarada, no se parece en nada a esta familia, por no mencionar que Nathan y Layla son élites, así que no podrían engendrar a una vulgar.
—Lleva… Lleva tres años con nosotros. —Layla tiene la voz temblorosa, sacudida por los sollozos—. La en-encontramos en la calle, y la trajimos. Queríamos una hija… No puedo tener más bebés… —Se seca la cara con la mano—. Soy una de las pocas curanderas de estos barrios, y parecía sana y fuerte. Y cuando encontramos a Abigail por fin tuvimos a la niña que queríamos…
«Abigail».
Habría preferido no saberlo. Habría preferido no añadir otro nombre a la lista interminable de los desdichados que se han cruzado en mi camino, a los desdichados que se han cruzado en el camino del rey.
Dejo escapar un suspiro.
«Allá voy».
—La ley es la ley. —Los sollozos vuelven a resonar en la estancia y me obligan a levantar la voz—. Por decreto del rey, los vulgares tienen pena de muerte. En cuanto a aquellos que dan refugio a un vulgar, serán expulsados a las Brasas…
Voy por la mitad de las frases que tengo bien aprendidas tras repetirlas docenas de veces cuando un cuerpo choca contra el mío. La mirada inexpresiva de hace unos segundos ha dado lugar a un odio que le retuerce los rasgos de rabia. Nathan se lanza conmigo contra la pared y me deja sin aire al tiempo que me golpea la cabeza contra la madera dura.
«Esto mañana me va a doler como la plaga».
Oigo a lo lejos el grito de Layla junto con los pasos de los imperiales que van a intervenir.
—¡No! —les grito, y esquivo un puñetazo que me iba directo a la nariz. Los guardias se detienen, confusos—. Yo me encargo de esto.
Me lanza otro puñetazo que me habría roto la mandíbula. Esquivo justo a tiempo de ver cómo el puño hace saltar astillas y atraviesa la pared en el punto donde hasta hace un momento estaba mi cara.
Mis instintos de pelea entran en acción y ni siquiera me molesto en adoptar el poder de Nathan. Mientras aún tiene el puño atrapado en la pared, me escurro por debajo de su brazo, lo agarro por la muñeca y se la retuerzo hasta ponérsela contra la espalda, bajo la paletilla. Suelta un gruñido de dolor y me pega una patada en la rodilla. El dolor me sube por la pierna. Se libra de mi presa y alza el puño con una fuerza sobrenatural.
Hago caso omiso del dolor en la rodilla, me acuclillo y describo un arco con la pierna para acertarle en los dos tobillos y hacerlo caer de espaldas. Luego me lanzo sobre él, le sujeto los brazos bajo las rodillas y permito que su poder fornido salga a la superficie. Sé que, si no utilizo su habilidad contra él, no podré evitar que se levante. Forcejea y me enseña los dientes.
—Calla y escucha —le digo con la respiración entrecortada—. Podemos hacerlo fácil o podemos hacerlo difícil. Yo prefiero hacerlo fácil.
—¡Es mi hija! —ruge con los ojos llenos de angustia al tiempo que trata de librarse de mí.
—Es obvio que mis sentimientos te importan muy poco, puesto que quieres hacerlo difícil. —Suspiro, echo el puño hacia atrás y lo golpeo en la mandíbula. La cabeza le gira hacia un lado y se queda aturdido el tiempo suficiente para permitirme hablar—. Si no cooperas, ni tu esposa tendrá poder para curarte cuando acabe contigo. Así que te sugiero que me des las gracias por no matarte delante de tu familia y hagas lo que te digo.
Sigo reteniendo a Nathan, pero ya no hay desafío en sus ojos. Me pongo a horcajadas sobre el hombre derrotado.
—Levántate antes de que cambie de opinión —digo antes de ponerme de pie. No se mueve—. Tengo tan poca paciencia como compasión, así que no abuses de tu suerte.
Se incorpora como puede y se levanta para ponerse delante de su familia. Para protegerlos del monstruo. No dejo de mirarlos, veo las lágrimas que derraman, los sollozos que los sacuden, mientras grito órdenes a los imperiales.
Se apresuran a obedecerme y atan a los prisioneros.
—Id por las callejuelas secundarias —añado con indiferencia—. Hoy estoy de buen humor. Compasivo y todo. —Escupo las palabras—. Así que prefiero no tener público.
Los imperiales asienten y sonríen ante mi concepto de la compasión. En minutos, Nathan, Layla y los dos niños están atados tras los caballos. Giran la cabeza hacia atrás y el odio les arde en los ojos cuando ven a Abigail, atada y en mi poder.
Ya saben lo que va a pasar. Tengo toda una reputación. Las historias sobre el monstruo asesino corren por las calles.
Ahora viene cuando mato a la vulgar mientras los imperiales llevan a los criminales a las Brasas, donde lo más probable es que mueran también. De día el calor es abrasador, y las noches son gélidas, así que no es fácil cruzar el desierto para llegar a las ciudades de Dor y Tando. Por no mencionar que he condenado a esta familia a intentarlo sin provisiones. Sin comida, sin agua, sin esperanza.
Es una muerte mucho más dolorosa que la que va a sufrir su hija vulgar.
—¡Por favor! ¡Por favor, te lo suplico, no la mates! —me grita Layla entre sollozos mientras tiran de ella tras los caballos—. No es más que una niña…
Un imperial ya montado se vuelve y la abofetea para hacerla callar.
—Cállate, mendiga.
Aparto la mirada y me llevo a la niña calle abajo. Sus intentos por soltarse de mí serían cómicos si las circunstancias permitieran el menor atisbo de humor.
Está muy callada para ser una niña a la que llevan a la muerte. La mayoría de los vulgares a estas alturas no paran de gritar, suplicar, tratar de convencerme. Pero ella forcejea en silencio, con una mirada que me taladra. Yo solo miro los callejones desiertos, pero me pregunto hasta qué punto tienen que estar acostumbrados a ocultar lo que son si consiguen disimular sus emociones ante la perspectiva de la muerte.
Me meto con ella en las sombras de un callejón a donde aún no han llegado los rayos del sol que ya pintan el reino de dorado. La vulgar… Abigail se retuerce, trata de librarse de mi mano por enésima vez. La miro, no puedo evitar que me haga gracia.
—Eres una mocosa testaruda, ¿eh?
Resopla y se sacude, y agita el pelo llameante antes de lanzarme una buena patada a la espinilla. Me habría impresionado su energía si no fuera por la creciente frustración que siento. Me acuclillo delante de ella para que sus ojos verdes furiosos tengan que centrarse en los míos. Vuelve a levantar la pierna para darme otra patada.
—Yo que tú no lo haría —le digo con voz tranquila.
Parpadea y, justo cuando pienso que ha entendido la advertencia, me da un pisotón y trata de soltarse sin éxito. Luego empieza a gritar y a forcejear para librarse de mí.
—Bueno, bueno, esto se tiene que acabar. —Me saco el puñal de la bota—. No me lo vas a poner fácil.
Al ver el puñal, se queda paralizada y traga saliva.
—Clávamelo en el corazón —dice sin apartar la vista de la hoja, con una voz tan delicada que solo puede ser de un niño—. Mamá me ha dicho que así es más rápido.
—Vaya, qué cosas. Hay otras maneras rápidas, ¿sabes?
«Y yo las conozco todas».
Veo cómo se encoge cuando le acerco el puñal, veo cómo abre mucho los ojos cuando por fin se permite sentir el terror que tanto ha tratado de ocultar. Respira hondo con un sonido que parece de aceptación y cierra los ojos para no ver al monstruo que tiene delante.
El puñal corta con facilidad.
La niña…
«Abigail».
… respira, temblorosa.
Tras un largo momento, abre un ojo verde lleno de lágrimas. Parpadea cuando las cuerdas se le desatan de las muñecas enrojecidas y caen a sus pies. Se contempla el pecho ileso, y, a continuación, me mira la cara y el puñal que tengo en la mano.
—¿No me lo vas a clavar en el corazón?
Contengo una sonrisa.
—Escucha con atención, Abigail. Te he cortado las cuerdas, y a cambio quiero que me hagas un favor. Quiero que estés muy callada y dejes de forcejear. —La observo con fijeza—. ¿Entendido?
No espero la respuesta, sino que me pongo de nuevo en marcha con ella por las calles y callejuelas. Me ha debido de entender, porque camina rígida, en silencio, sin intentar soltarse de mi mano.
Cuando divisamos las Brasas vemos a los dos imperiales, de pie en el límite. No prestan ninguna atención a la familia a la que tienen que vigilar mientras se adentran en el desierto, y que no son ya más que figuras lejanas en la arena. Los vigilo desde un callejón, los veo charlar. No pasa mucho rato antes de que se encojan de hombros y se den media vuelta para alejarse calle abajo.
«Típico».
He contado con la predecible pereza de los guardias y su incapacidad para terminar lo que se les encomienda. Y no quería que pasearan a la familia expulsada por las calles, como suelen hacer, porque entonces habría tenido una multitud de testigos de mi traición.
Cuando los guardias están lejos, salimos a la calle y nos dirigimos a la arena. La familia ya nos lleva mucha ventaja y yo también siento cierta pereza, así que me apodero de la habilidad de rayo de un guardia. Pronto estará fuera de mi alcance, por lo que cojo en brazos a la niña y me lanzo hacia el desierto.
Casi hemos llegado hasta la familia cuando la distancia me arrebata la habilidad de rayo. Nathan se sobresalta al oírnos tras él y se da la vuelta, y abre mucho los ojos al ver a Abigail en mis brazos.
Layla corre hacia nosotros y en un instante me ha cogido a la niña, y la familia entera las rodea. Sollozan, y me aparto. La arena ardiente se me está metiendo en los zapatos.
Luego se vuelven hacia mí con ojos más llameantes que el sol que nos abrasa. Nathan es el que hace la pregunta en voz grave, sembrada de odio.
—¿Por qué?
Saco el puñal y le corto las cuerdas de las muñecas con un movimiento rápido. Lo miro a los ojos.
—Yo no mato a niños.
«Hipócrita».
Es exactamente lo que estoy haciendo. De hecho, solo he prolongado lo inevitable. Pero al menos estarán juntos al final, en una parodia de compasión que solo otorgo a los más pequeños.
Voy de un prisionero atónito al siguiente y les corto las cuerdas de las manos para soltarlos. Los miro a los ojos, que tienen llenos de lágrimas, antes de volverme hacia la niña. La vulgar.
«Abigail».
Me dirijo hacia ella y me dejo caer sobre una rodilla, que se me hunde en la arena ardiente, para que quedemos cara a cara. No dice nada, pero sus ojos hablan muy claro. No es más que una niña, y aun así en su mirada hay una determinación devastadora.
«Tal vez no hagan falta poderes para tener poder».
Me meto la mano en el bolsillo y me saco una navajita. El mango blanco tiene grabadas volutas doradas, pero la pequeña hoja es muy afilada. Se la tiendo.
—Toda niña se merece algo tan bonito y mortífero como ella —le digo, y le hago un ademán para que la coja. Me mira con desconfianza antes de extender la manita y tomarla de la palma de mi mano—. Utilízala bien.
Me paso los dedos por el pelo y me pongo de pie con un suspiro.
—De acuerdo con nuestras leyes, y por decreto del rey Edric, os expulso del reino de Ilya por vuestra traición.
Y, sin más, veo como Nathan rodea a su esposa con un brazo, y ella tiende el brazo a su vez hacia los niños, que se refugian contra ella.
Se dan la vuelta.
Me quedo mirando cómo se alejan hacia la muerte.

Tengo la rodilla hinchada y protesta a gritos, pero me obligo a caminar sin que se note. Cuando llego a Saqueo otra vez, la luz de la tarde envuelve la calle en un brillo cálido. Me gusta este lugar. Los barrios bajos de Ilya no tienen nada de regios, pero me resultan mucho más refrescantes que el rígido palacio.
Miro en todas direcciones mientras camino entre la multitud de personas que regatean, compran, sueltan tacos… Me tomo un momento para absorber los colores y los olores de Saqueo, que no tienen nada de agradable. Aquí abajo todo es sordo, carente de color. Los estandartes, la comida, la gente. A mediodía, la calle huele a cuerpos sudorosos y comida poco recomendable.
Pero, pese a todo, Saqueo rebosa vida.
El gentío me empuja y tira de mí en diferentes direcciones, como una corriente humana, y tengo que esforzarme para escapar de la muchedumbre. Por fin, consigo salir a una calle más pequeña y menos transitada, donde unos cuantos sin techo están sentados con la espalda contra la pared. Unos mendigan mientras otros se entretienen con sus poderes. En los barrios bajos casi todos son mundanos, aunque hay algún que otro élite defensivo. Me llama la atención el brillo purpúreo de los campos de fuerza que envuelven a unos cuantos, y veo también a un resplandor que manipula la luz que lo rodea para formar un punto móvil con el que se entretiene y que entretiene también a un gato callejero.
Camino sin rumbo, sin prestar atención.
Y por lo visto lo mismo hace la persona que choca de bruces contra mí.
Por instinto, extiendo los brazos para evitar que caiga, y la agarro por la cintura. Es una chica. El cuerpo que sostengo es de mujer, sin duda, aunque la melena de pelo plateado que me roza los brazos ya habría bastado como prueba.
Es menuda, pero fuerte, y más ágil que la mayoría de las chicas flacuchas que se ven en los barrios bajos. Noto la curva de su cintura entre las manos, aunque es obvio que la malnutrición le ha arrebatado la masa muscular que tuvo alguna vez.
Tiene la mano contra mi pecho, con un grueso anillo en el pulgar. Tras unos segundos en los que trata de recuperar el equilibrio, respira hondo y me mira a los ojos.
Es como ahogarse en el océano.
Sus ojos son del color de lo más profundo del mar Bajío, un cielo despejado que se empieza a tornar en noche, un delicado tono de nomeolvides. Y son como la llama más abrasadora, de un azul lleno de fuego. Los pómulos altos destacan unas cejas fuertes, oscuras, que ha arqueado al mirarme.
Los ojos de océano se abren mucho y veo el tenue rubor que le sube por las mejillas cuando se da cuenta de lo cerca que está de mí. Me suelta la camisa y yo, que soy un caballero, le quito las manos de la cintura. Estoy a punto de sonreír.
—¿Siempre te echas en brazos de los desconocidos guapos o eres nueva en esto? —digo, y una sonrisa tan burlona como la mía se le dibuja en los labios, aunque tiene una herida en el inferior.
«Qué interesante».
—No —dice, y cada palabra lleva una carga de sarcasmo—, solo de los arrogantes.
Está segura de sí misma, con esa confianza que indica que hubo un tiempo en que no lo estuvo. El interés que me despierta es casi molesto.
«Es obvio que no sabe quién soy. Perfecto».
Me echo a reír y me paso la mano por el pelo. Me mira con atención, con intensidad. Parece tan interesada en mí como yo lo estoy en ella.
Me ahogo en sus ojos azules. Cada vez que nuestras miradas se encuentran es como si el hielo se juntara con el fuego más ardiente, como una niebla gris que se alzara de lo más profundo del océano azul. Aparto la vista un momento.
—Vaya, pues parece que te he causado una fuerte primera impresión.
—Sí. Aunque todavía no sé si ha sido buena o mala.
Esboza una sonrisa de esas que hacen que un hombre se vuelva con tal de verla otra vez, con la esperanza de que fuera dirigida a él. Ese gesto breve y preciso me indica que no soy el primero con el que la ha practicado.
Me meto las manos en los bolsillos y me apoyo contra la pared sucia con gesto indiferente.
—Pero te he cogido a tiempo, ¿no?
Se echa a reír, con una risa cálida pero brusca. Juguetona pero dolorida, como si la felicidad no fuera algo habitual para ella. Echa un poco la cabeza hacia atrás y las ondas plateadas casi le llegan a la cintura cuando me mira con los ojos entornados por la risa.
Me inclino hacia ella para reducir la distancia que nos separa.
—Es un detalle que deberías tener en cuenta antes de decidirte, querida.
De repente, me muero de curiosidad por saber qué poder tiene. Así que busco su habilidad con la mía.
«Nada. No siento nada».
Estudio su rostro mientras intento percibir su poder una vez, y otra. Llegado a este punto, lo habitual sería que me la echara al hombro y me la llevara a las mazmorras para un examen en profundidad, o que la matara allí mismo por la mera sospecha de que se tratara de una vulgar.
Pero no hago nada.
«Estás cansado, herido. Puede ser un error».
Antes de que pueda tomar una decisión sobre su destino da un paso atrás, hacia la calle donde hay más gente.
—Lo tendré en cuenta, querido. —Me sonríe sin dejar de mirarme mientras retrocede—. Y gracias por salvarme de ir de bruces contra el suelo. Cargo con la maldición de la torpeza extrema.
—La torpeza te ha servido para conocerme, así que no parece una maldición.
Pone los ojos en blanco, lo que me provoca otra sonrisa, y se da media vuelta para volver a Saqueo. Por fin me permito recorrerla con los ojos, examinar los pantalones negros ajustados y el chaleco verde oliva sobre el que cae en cascada la melena plateada. Su manera de caminar no sugiere que viva en las calles, aunque la ropa desastrada y el labio inferior partido indican que sí.
Me froto la cara con la mano porque me doy cuenta de que llevo demasiado rato mirándola. Así que me vuelvo y camino por otra callejuela, más tranquila ahora que se está poniendo el sol. No se me va de la cabeza que acabo de dejar que se marche una vulgar.
Pero no estoy tan distraído como para no ver las tres sombras que se alzan junto a mí, ante la pared de la calle.
—Oye —dice una voz ronca, uno de los hombres que tengo detrás—, solo queremos esa bolsa de monedas que llevas al cinturón. Dánosla y no te haremos nada.
Dejo escapar un suspiro y me paso las manos por los ojos.
«Esto cada vez va mejor».
Entonces, de repente, me doy cuenta.
Ahora que presto atención a la bolsa de monedas, noto de repente que pesa mucho menos que antes de…
Antes de ella.
«¡La muy…!».
Una sombra se aparta de la pared para acercarse a mí. Me doy la vuelta y me agacho para esquivar el puño del hombre al tiempo que le acierto en el estómago con el mío. Se dobla por la cintura con un gruñido mientras me vuelvo hacia los otros.
«Dos fornidos, un llamarada, un araña».
Solo unos élites defensivos y ofensivos muy desesperados se meten en los barrios bajos para robarles a los mendigos las pocas monedas que tengan. Lo tengo en mente cuando me dejo invadir por el poder del llamarada y el fuego empieza a chisporrotear en mis puños.
Otro fornido se lanza sonriente contra mí.
«Siempre igual de arrogantes. Y para que lo diga yo…».
Me agacho antes de que haga contacto y el impulso lo hace rodar sobre mi espalda y caer contra el empedrado. Le doy un puñetazo llameante a la mandíbula y el hedor a carne quemada me pica en la nariz.
Alzo la vista, porque el araña está trepando por una pared para tirarse sobre mí y derribarme. Cuando salta, suelto el poder de llamarada y adopto el de fornido. Ahora tengo fuerza sobrenatural en el puño que impacta contra el vientre del araña cuando surca el aire y lo lanza contra la pared. Cae al suelo con un golpe sordo.
El llamarada se abalanza hacia mí con un rugido. Me tira una bola de fuego y salto para esquivarla…, pero no lo suficiente. Dejo escapar un taco cuando el fuego me quema la piel del bíceps y el dolor me hace más lento.
Pienso a toda velocidad con el corazón al galope. Mientras me obligue a estar a la defensiva para esquivar el fuego no voy a poder acercarme a él, pero si se lo empiezo a devolver vamos a provocar un incendio arrasador.
«No estoy de humor para esto».
Permito que el poder del araña suba a la superficie para hacerme con él y esquivo bolas de fuego mientras trepo por la pared de la calle hasta llegar a la altura del llamarada. Con un movimiento veloz, me lanzo sobre él y lo derribo, adopto su poder y alzo un puño llameante sobre su rostro.
—E-eres el príncipe Kai… —tartamudea—. El… El futuro ejecutor.
Al verme de cerca me ha reconocido, a mí y a mi poder, y ya debe de estar lamentando su elección de víctima.
—Por desgracia para ti, así es.
Echo el puño llameante hacia atrás y…
Un dolor penetrante me atraviesa el cráneo como un cuchillo sin filo.
El poder de llamarada se apaga y no puedo hacer más que llevarme las manos a la cabeza. El dolor me ha cortado la respiración. A lo largo de los años me he familiarizado bien con la tortura, pero esto no se parece a nada que haya sufrido antes.
La neblina del dolor me ciega y apenas si veo la figura alta que ha entrado en la calle. Alza la mano hacia mí, con el rostro sombrío y los labios finos contraídos en una mueca.
«Un silenciador».
Imposible.
Se me dispersan los pensamientos, solo puedo concentrarme en el dolor.
El silenciador asfixia mi poder. Me asfixia a mí. Pueden hacer mucho más que quitarte la habilidad, que convertirte en vulgar. Me está incapacitando. Mi mente, mi poder, mi cuerpo.
Se me nublan los ojos, solo veo puntos que bailan.
«Resiste».
No puedo. Voy a perder el conocimiento. Voy a morir. Y no tengo manera de evitarlo.
«Resiste. Resiste».
Caigo al suelo, de bruces contra las piedras.
«Si me viera mi padre ahora mismo…».
Me estoy apagando. Pese a todo mi entrenamiento, nunca me había sentido tan débil, tan impotente. Miro por última vez al hombre que me está drenando las fuerzas. No me había dado cuenta de que una pequeña multitud se ha congregado en torno a nosotros, pero ahora veo los rostros borrosos que me rodean.
«No saben quién soy».
Un público inesperado para presenciar cómo me hundo en la oscuridad.
O, peor aún, puede que sepan quién soy. Puede que estén celebrando que alguien haya acabado con el monstruo.
Y, en ese momento, algo me llama la atención.
Parpadeo y consigo enfocar la vista el tiempo suficiente para ver un destello detrás del silenciador… Un reflejo del sol sobre una melena plateada.

Adena se va a morir del susto. Me empezará a gritar y me tendré que tapar los oídos. Nunca le había robado tantas monedas a una sola persona. Tampoco es que haya tenido ocasión. Aquí, en Saqueo, el que más tiene es dueño de una docena como mucho, y desde luego no las pasea por ahí.
No paro de darle vueltas en la cabeza cuando camino por Saqueo, ahora envuelto en sombras mientras el sol se pone tras los edificios en ruinas.
Voy sin prisas, todavía atónita, por el mercado. Me estoy tomando tiempo para admirar mi logro. Muchos mercaderes están ya recogiendo los tenderetes y cerrando las tiendas. Los niños corren y juegan por la calle, lo que les granjea más de una mirada aviesa y gritos por parte de los vendedores que aún siguen trabajando.
Atajo por un callejón, cerca de donde robé al joven incauto, para dirigirme hacia el Fuerte.
«Me muero por ver la cara que pone A…».
Me detengo en seco al ver a una pequeña multitud que se ha congregado calle abajo.
«Debe de ser un velo».
No es de extrañar que el poder de invisibilidad se utilice para hacer trucos de magia: se pueden hacer desaparecer cartas a voluntad, solo con tenerlas en la mano. Me encantan sus espectáculos, sus engaños para ganar unos chelines.
Estoy a punto de seguir mi camino cuando oigo gritos que vienen de la multitud y levantan ecos contra los edificios. No son los típicos «ooohs» y «aaahs» que se oyen durante un truco de magia, sino exclamaciones de miedo y sorpresa. La curiosidad me puede y me abro camino entre los cuerpos sudorosos, hacia la primera fila. Cuando veo la escena que tiene lugar ante mí tengo que taparme la boca para contener un grito.
Es él.
Hace menos de diez minutos que lo vi, y ahora tiene la camisa pegada al cuerpo, empapada en sudor, mientras se dispone a golpear con un puño flamígero al hombre al que tiene contra el suelo. Hay otros tres individuos tirados en el callejón, detrás de él, que se ponen de pie como pueden para marcharse tambaleantes.
Es obvio lo que ha pasado: esos hombres han tenido la misma idea que yo al ver la bolsa del desconocido, pero han elegido una manera mucho más violenta de hacerse con las monedas. Con las que le quedan.
Veo que el desconocido le dice algo al tipo del suelo y alza el puño llameante para asestarle un golpe.
Y, de pronto, algo va mal, algo va muy mal.
Se agarra la cabeza y veo cómo la expresión arrogante se transforma en otra de agonía mientras otro hombre sale de entre las sombras. Solo le veo la espalda, pero es alto y delgado, y tiene una mano flaca alzada hacia el desconocido, que se retuerce de dolor en el suelo de la calle.
«Es imposible».
La gente que me rodea está tan confundida como yo. El silenciador, con la mano aún extendida, da pasos breves hacia el hombre de pelo negro caído en el suelo.
Está ahogando su poder. Lo está ahogando a él.
Veo que el desconocido aún trata de resistir, se agarra a la consciencia. De pronto, el espectáculo me resulta tan familiar, tan aterrador, que me tambaleo y casi me caigo contra el hombre que tengo al lado.
El desconocido y el hombre que me crio no se parecen en nada, pero la imagen de los dos, agonizantes, en el suelo, parece fundirse. De pronto, me siento de nuevo como aquella niña pequeña, veo impotente cómo mi padre se muere.
Miro a mi alrededor, a la multitud de observadores. Nadie se mueve. Tienen poderes, pero no hacen nada para ayudar. Tienen demasiado miedo o demasiado poco corazón.
Sé cómo va a acabar esto. Ya lo he vivido.
Vuelvo a mirar al desconocido, pero al que veo es a mi padre.
Respiro hondo y doy un paso al frente.
No voy a quedarme mirando otra vez. No pude salvar a mi padre, pero lo honraré salvando a otro del mismo sufrimiento que él tuvo que soportar.
«Me voy a arrepentir, ya lo sé».
Camino con sigilo entre la gente y me sitúo detrás del silenciador. Casi noto cómo toda la atención se centra en mí, cómo me miran en silencio. Me acuclillo tras el hombre y veo una piedra suelta en el suelo, y la cojo.
«Allá voy».
Me incorporo detrás de él y levanto la piedra para darle un golpe en la cabeza…
No hay suerte.
Se da la vuelta y los ojos negros se clavan en los míos. Ahora que se ha concentrado en mí, ha soltado al desconocido, y oigo cómo jadea para recuperar el aliento.
El silenciador alza la mano flaca hacia mí. La brisa le agita el pelo, que le llega a los hombros. Está tratando de silenciarme.
Casi se me escapa una sonrisa.
No hay suerte.
No pasa nada, claro, porque no tengo ningún poder que pueda asfixiar. Se mira la mano, luego me mira a mí, confuso. Es un espectáculo casi cómico, y ese momento de duda es todo lo que necesito.
Lo agarro por la muñeca y le retuerzo el brazo antes de darle un rodillazo en el estómago. El aire se le escapa de los pulmones y se sujeta el brazo. Y, así, la adrenalina me corre por las venas y me muero por pelear.
Me acuerdo de todas aquellas noches tardías, de aquellas madrugadas con mi padre. Horas y horas de entrenamiento en el círculo de arena improvisado en nuestra casa. «Hay que entrenar el cuerpo y la mente. Las dos cosas. Hay que condicionarlas», me decía mientras yo esquivaba sus puñetazos y respondía a una pregunta tras otra, todas cuestiones ideadas para poner a prueba mi capacidad de observación. Practicaba con cualquier arma que cayera en nuestras manos, y mi padre me entrenaba en todos los aspectos: el cerebro, el cuerpo, el poder mental.
Hasta que, un día, ya no estuvo a mi lado para seguir entrenándome. No estuvo a mi lado para seguir protegiéndome. No estuvo a mi lado para seguir enseñándome a defenderme sola.
El silenciador se recupera enseguida y me da un puñetazo con el brazo sano, lo que me arranca de mis recuerdos. Me agacho para esquivar y respondo con un gancho de derecha a la mandíbula. Levanta a toda velocidad el antebrazo para parar el golpe, me agarra por el brazo y me lo retuerce para hacer que me dé la vuelta, de manera que mi espalda queda contra su pecho. Y, con el otro brazo, me rodea el cuello en una llave estranguladora.
Trato de respirar, de conservar la calma. Me contengo para no ceder al impulso de lanzar zarpazos inútiles contra el brazo que me está aplastando la tráquea. Lo que hago es dar un cabezazo hacia atrás. Le golpeo la nariz con el cráneo, y el crujido que se oye va seguido de un gorgoteo de sangre.
«Sangre».
Hay mucha sangre en el suelo de nuestra casita, entre las calles Mercader y Olmo. Estoy cubierta de sangre, mi padre está cubierto de sangre. No he vuelto allí desde la noche en que salí huyendo. La noche en que el rey le clavó una espada en el pecho a mi padre.
El silenciador afloja la presa cuando retrocede y se lleva las manos a la nariz. Pero no he terminado todavía. No he hecho más que empezar.
Me quito el anillo del pulgar y me lo pongo en el dedo corazón antes de darle un puñetazo al silenciador en la mejilla sin hacer caso del dolor en la mano. El hombre separa las manos de la nariz ensangrentada y se gira para devolverme el golpe, pero ya me lo veía venir.
«Siempre echa atrás el pie izquierdo antes de dar un puñetazo».
Paro el golpe y lo agarro por los hombros, y le vuelvo a dar un rodillazo en el estómago. No le doy tiempo a recuperarse: le agarro la cabeza con las manos y le golpeo la nariz rota contra mi rodilla.
Cargo cada golpe con toda la rabia que siento.
La rabia contra el rey que entró en el estudio de mi padre mientras leía de noche, en su sillón.
Otro gancho de derecha a la mandíbula del silenciador.
La rabia al recordar el grito de mi padre, el grito que me despertó cuando la espada le atravesó el pecho.
Le doy una patada en la entrepierna.
La rabia cuando vi a mi padre derrumbado de su amado sillón, cayendo al suelo, resbalando en su propia sangre.
Me acuclillo y trazo un arco con la pierna para derribar al silenciador.
La rabia mientras sostenía la mano de mi padre, mientras gritaba y le suplicaba que se despertara.
Me pasé allí la noche con los pantalones empapados en sangre, intentando imaginar qué razón había tenido para matarlo. Pero al rey no le hacen falta razones para matar. Solo para dejar vivir.
Golpeo al silenciador, una y otra vez, casi sin darme cuenta de lo que hago.
Me quedé aturdida. Agarré la mano fría de mi padre mientras me mecía adelante y atrás entre sollozos. Le aparté el pelo castaño de los ojos, le coloqué bien la ropa ensangrentada, le susurré los recuerdos que compartíamos mientras le suplicaba que volviera para que creáramos más juntos.
Estaba sola, completamente sola en el mundo.
Y, cuando la luz empezó a entrar por la ventana para iluminar la macabra escena, no pude soportar seguir en mi propia casa…, aunque tampoco habría podido permitírmelo a mis trece años.
Traté de enterrarlo. Traté con todas mis fuerzas de arrastrarlo afuera, de despedirme bien, de honrarlo como se merecía. Pero era muy pequeña, y él era muy grande, muy pesado, muy inerte. Resbalé en la sangre de mi padre sin poder mover su cuerpo. Al final, le cogí la alianza matrimonial que llevaba en el dedo, me la puse en el pulgar y escapé.
Es el mismo anillo que acabo de incrustarle en la mejilla al silenciador.
«Si mi padre pudiera verme…».
Me alzo sobre él mientras, por fin, la rabia empieza a disiparse, y le veo los ojos negros muy abiertos. La sangre le corre por la cara, le sale de la boca, de la nariz, de varios cortes que le he hecho. Saco el puñal que llevo en la bota y veo que algo le brilla en los ojos.
Miedo.
«Tiene miedo de lo que no puede controlar».
Y, ahora mismo, no puede controlarme a mí.
Le doy un golpe en la sien con el puño del arma y lo dejo inconsciente. Aún estoy encima de él cuando mi mirada se encuentra con unos ojos grises clavados en mí. El rostro del desconocido es una tormenta de emociones mientras me mira, mientras asimila lo que he hecho. Veo sorpresa, asombro, confusión, también diversión, nada menos. Consigo apartar la vista y me guardo el puñal en la bota entre los murmullos atónitos de la gente. Me doy la vuelta. La multitud me está mirando: mercaderes, mujeres, niños, todos contemplan la escena, todos hablan en susurros y me señalan. De pronto, tres imperiales se abren camino entre la gente.
Me pongo rígida y me dispongo a recibir un castigo. Puede que unos cuantos latigazos más para decorarme la espalda.
Pero pasan de largo junto a mí, junto al silenciador inconsciente, y caen de rodillas junto al desconocido.
«Qué… interesante».
Parece que no soy la única que opina así. Los susurros de la multitud suben de volumen y alcanzo a oír fragmentos de conversación.
—… silenciador aquí, en Ilya…
—… el príncipe Kai ha derrotado a cuatro hombres…
—… ¡ha luchado contra el silenciador sin ningún poder!
Me quedo paralizada, sin respirar, y el corazón me late a toda prisa.
«El príncipe Kai».
Nunca lo había visto. Nunca me imaginé que lo vería.
«Nunca pensé que le iba a robar de la bolsa».
Pero sí conozco su reputación. Se dice que es el élite más fuerte que ha aparecido en décadas. Se dice que es el futuro ejecutor, que es cruel y calculador, pero también encantador y carismático cuando quiere. Cuando decide serlo.
Se dice que es un portador muy poderoso, que percibe los poderes de los demás y puede utilizarlos si está cerca.
Dicen que es «el que trae la muerte».
El príncipe no suele alejarse de las comodidades de palacio, así que es probable que nadie entendiera la importancia del desconocido. Además, cuando sale del castillo, la gente a la que visita no suele vivir para contarlo.
Me vuelvo muy despacio hacia los imperiales, que se apiñan en torno al príncipe, y veo cómo los aparta a un lado con irritación. Ruge una orden para que lleven al silenciador a las mazmorras y despejen la calle de mirones. El príncipe exuda autoridad y poder con cada paso, con cada palabra. Los imperiales se apresuran a obedecer y empujan a la gente hacia Saqueo.
Me localiza con la mirada.
Tiene innumerables heridas, pero se dirige hacia mí tratando de no cojear. Es un depredador que avanza hacia su presa.
«Así que silencio».
Intento mezclarme con la gente, con la esperanza de pasar desapercibida en la marea de cuerpos. Con la esperanza de que se olvide de mí y me deje marchar sin armar jaleo.
No hay suerte.
Las manos callosas me agarran por el brazo, me obligan a darme la vuelta y me clavan contra la pared del callejón. Me presiona las muñecas contra el ladrillo con fuerza y se inclina hacia mí.
Me retuerzo para escabullirme, pero no me suelta. No sé qué esperaba de él, pero no era esto. Tal vez una muestra cortés de gratitud, no un interrogatorio contra una pared mugrienta.
«Si llego a saber quién es…, lo que es, lo que hace…, no lo habría salvado».
Suelto un bufido irritado, con lo que el pelo plateado me cae sobre los ojos y me impide ver su mirada penetrante.
—¿Siempre tratas así a los que te salvan la vida o eres nuevo en esto? —consigo decir con los dientes apretados. Es una burla de la primera frase que me ha dirigido antes.
—No sabría decirte, es la primera vez que me salvan.
De nuevo, la sombra de una sonrisa le ilumina la cara y revela ese molesto hoyuelo.
—Pues si quieres te lo explico. Cuando alguien te salva la vida, basta con darle las gracias con educación.
—Es posible. —Suspira y se me acerca más—. Pero no a los que me han robado.
Se me para el corazón. El príncipe sabe que le he robado.
El príncipe. El futuro ejecutor. El que trae la muerte.
«Estoy más muerta que la plaga».
Pero el miedo desaparece pronto bajo una emoción que me gusta mucho más: rabia. Estoy rabiosa contra mí misma por ayudar al príncipe que mata como si nada y que cumple los deseos de su padre como si lo fueran todo. Estoy rabiosa porque no me parece repulsivo, cuando el reino al que es tan leal tiene unos valores y creencias repugnantes. Es el futuro ejecutor, el verdugo de inocentes, de vulgares, de gente como yo.
Sé que estoy al borde de la muerte, y eso me da valor y osadía.
—Guapo y con cerebro. Seguro que las chicas caen a tus pies. —Le dedico una sonrisa que es cualquier cosa menos dulce—. Podrías haber sido un ladrón estupendo si no fuera porque es tan fácil engañarte…
Está sonriendo. Resulta que le hago gracia. No se puede ser más arrogante.
—Sabes con quién hablas, ¿no?
—¿Con un cerdo arrogante? —se me escapa en tono inocente, y enseguida me muerdo la lengua.
Es obvio que quiero morir.
Pero, para mi sorpresa, suelta una carcajada sincera, densa y rica como el chocolate que robo a veces, profunda como el mar Bajío.
—No es lo peor que me han dicho —dice, todavía con las manos en torno a mis muñecas. De pronto, la risa desaparece de sus ojos, y en su lugar veo un razonamiento frío—. Me has robado, pero te tengo que dar las gracias por tu ayuda.
Casi suelto la carcajada. Al parecer, salvarle la vida ha sido una simple «ayuda».
—Aunque siento curiosidad. ¿Por qué no ha podido ahogar tu poder el silenciador? ¿Y por qué no lo percibo yo?
Me mira igual que lo ha hecho antes, cuando le he robado. Como si fuera un enigma y quisiera descifrarme.
Parpadeo, y me doy cuenta de lo que está pasando.
«Tiene un poder muy poco habitual, percibir las habilidades de los demás y utilizarlas».
Antes, en la calle, ha intentado percibir mi poder.
Y no lo ha encontrado.
«Estoy más muerta que la plaga».
Lo miro, y trato de disimular el miedo para que no se me vea en la cara pese a que mis pensamientos van a toda velocidad. Me encojo de hombros, con la esperanza de que el gesto parezca indiferente.
—Soy mental. Mundana.
—Mental —repite, y se le transparenta la incredulidad en la voz—. ¿Qué puedes hacer? —Hace una pausa y se encoge también él—. Es por curiosidad. Nunca he conocido a un mental.
Contengo la risa histérica que está a punto de salirme. El futuro ejecutor no siente curiosidad. Es calculador. Pero le hago gracia, o ya estaría muerta.
—Mi poder es una especie de… sentido —recito. Es una explicación que tengo memorizada—. Solo puedo captar emociones fuertes en los demás; me llegan como relámpagos de información.
Lo vuelvo a mirar a los ojos, deseando que me crea, esperando que acepte la respuesta y siga a sus cosas. Esperando que me deje seguir a mis cosas.
Me observa, y parece que le cuesta trabajo no sonreír.
—¿Es verdad?
—¿Por qué iba a ser mentira?
Me mira durante un instante eterno.
—Entonces ¿por qué no percibo tu poder ni puedo utilizarlo?
Trago saliva y trato de aparentar que no estoy buscando una mentira que suene creíble.
—Mi habilidad es impredecible. No controlo lo que veo ni cuándo lo veo. Eso, y el hecho de que es un poder de muy bajo nivel, explica que ni el silenciador ni tú lo captarais. Es una habilidad mental. —Me encojo de hombros—. Debe de ser que me protege de los que intentan meterse en mi cabeza.
Contengo la respiración a la espera de su respuesta.
Pero no responde. Se queda donde está, mirándome. Al final suelto un bufido.
—Venga, pregunta a cualquiera en los barrios bajos. O mejor aún… —Me inclino hacia delante—. Pregunta a tus imperiales. Esta mañana he tenido una conversación con uno de ellos.
Entorna los ojos y me suelta la muñeca sin prisa antes de dar un paso atrás.
—Lo haré. —Luego, el muy cerdo, sonríe—. Pero sigo queriendo ver en persona esas habilidades de mental. Muéstramelas.
Si tuviera un chelín por cada vez que me lo han pedido, no tendría que seguir robando. Cruza los brazos ante el pecho amplio, arquea las cejas, expectante.
—Venga, léeme. O lo que sea que hagas. —Se inclina hacia mí con los ojos llenos de diversión—. Impresióname, querida.
—Mi poder no es un truco de feria para entretenerte, pero como quieras, príncipe. —Le dirijo una sonrisa sarcástica antes de recorrer su cuerpo con la mirada—. No sé si voy a detectar nada. Es una habilidad muy impredecible.
—Vaya.
Hago caso omiso del tono burlón y me centro en las manos encallecidas, en las docenas de cicatrices que tiene en los brazos.
«Es un luchador, eso está claro. No hace falta ser una mental para verlo».
Si quiero que me crea, si quiero sobrevivir a esta conversación, voy a tener que decirle algo que valga la pena. La mera sospecha de que soy una vulgar hará que me mate sin pensárselo dos veces.
—¿Me dejas que te vea la mano? —Es una orden disfrazada de pregunta. Tiendo la mía con la palma hacia arriba, expectante, mientras le miro a los ojos. Para convencer al príncipe, necesito una actuación espectacular.
Me irrita ver que conserva una expresión neutral y no aparta los ojos de los míos al tiempo que me da la mano.
—Nunca he conocido a un ladrón con buenos modales —dice—. Y no eres la excepción, por lo que veo.
Resoplo y me concentro en la mano grande, encallecida, que reposa sobre la mía.
—¿Se puede saber por qué quieres cogerme la mano?
Le lanzo una mirada a los ojos fríos.
—Tranquilo, intentaré contenerme para no besarte los nudillos, príncipe.
Me fijo precisamente en sus nudillos mientras escucho su risa. Los tiene enrojecidos y desollados, no solo de esta pelea, sino por una pelea anterior. Le han sangrado las costras, aunque parece que no se da cuenta.
—Has estado metido en una pelea —digo—. Y…
Suelta un bufido que me interrumpe.
—Te he dicho que me impresiones, no que me digas obviedades.
—No me refiero a esta pelea. —Suspiro, le suelto la mano para señalar a nuestro alrededor, pero tengo que contenerme para no borrarle a puñetazos esa sonrisa idiota de la cara—. Hablo de la pelea que has tenido antes.
Lo miro con atención, pero no hay nada en su expresión que me indique si acierto o me equivoco.
«Por la plaga, no me lo va a poner fácil».
Observo sus zapatos. Al tratarse del calzado de un príncipe deberían estar más limpios, brillar, y, de hecho, no brillan nada.
«Arena».
Los zapatos bien limpios están cubiertos de una película casi invisible de arena. Como si hubiera estado caminando por…
«Las Brasas».
Y solo hay un motivo para que un príncipe, para que el futuro ejecutor, ponga un pie en las Brasas.
«Ha expulsado a alguien. A alguien que se ha resistido y ha peleado con él».
Me acuerdo de que hoy había dos guardias menos y todo empieza a encajar.
«Ha necesitado guardias para llevar a los prisioneros a las Brasas».
Noto una sensación de triunfo que me sube por el pecho, pero la contengo.
Hay algo que no encaja.
Por lo general, los chismorreos sobre una expulsión y los motivos habrían durado días. Los guardias habrían paseado a los «criminales» por toda la ciudad, la gente los habría visto dirigirse hacia la muerte. Pero no he oído ni un rumor sobre el tema. Es raro, porque las expulsiones son muy públicas, las utilizan para demostrar al reino lo que pasa cuando te enfrentas al rey.
«No ha querido que nadie se enterase».
Solo tardo unos segundos en tener toda la información que necesito.
—Has estado en un lugar… caluroso. Con arena. —Cierro los ojos—. En las Brasas. —Abro los ojos y me encuentro con los suyos clavados en mí—. Has expulsado a alguien. O a un grupo…
Cuando digo esto, se tensa de manera casi imperceptible y aparece una brecha en su fachada gélida. Esa reacción diminuta me confirma que estoy en lo cierto.
Y también que no debería saberlo.
—Pero… —Hago una pausa—. No quieres que nadie lo sepa, ¿verdad?
No consigo disimular la sonrisa cuando veo que me mira tan impresionado como confuso.
—¿Y qué emoción te dice todo esto? —me pregunta en voz baja.
Suelto el aliento contenido y aventuro una suposición sobre lo que sentiría el ejecutor si tuviera emociones.
—Parece que percibo… ¿culpa? ¿Preocupación? —No reacciona, con lo que me confirma que estoy en lo cierto, en todo o en parte—. ¿Consideras que es suficiente como prueba, alteza?
Soy muy consciente de que estoy jugando a un juego muy peligroso. Y no consigo librarme del odio que siento hacia él y hacia todo lo que representa.
Pero la sonrisa burlona que se le dibuja en la cara me dice que él también está disfrutando con el juego.
—Suficiente y de sobra. Bueno —dice, y se mete las manos en los bolsillos—, como has tenido la gentileza de indicarme antes, te tengo que dar las gracias por tu ayuda, querida.
—Paedyn.
Arquea las cejas oscuras en un gesto de interrogación.
—Me llamo Paedyn, no querida.
—Paedyn —repite con una sonrisa, saboreando la palabra. Su voz grave hace que mi nombre suene denso, regio, como si por mis venas corriera sangre azul.
Nos miramos un momento, con sus ojos de hielo clavados en mi rostro arrebolado, sin que me refresquen lo más mínimo.
—Si quieres, te puedo sugerir otra manera de darle las gracias a quien te ha salvado la vida. —Me detengo y me aguanto la sonrisa—. Pagar tus deudas.
Echa la cabeza hacia atrás y se ríe.
—¿No te basta con las monedas de plata que me robaste? —Me encojo de hombros, y sigue—. Antes dijiste que bastaba con dar las gracias con educación.
—Basta, pero no es lo ideal. Además, eso fue antes de saber quién eras.
Retrocede y se mete la mano en la bolsa para sacar una moneda. Me la lanza volando, y casi no me da tiempo a atraparla en el aire.
—Para que te acuerdes de mí.
Ya está a varios pasos, pero no me ha quitado los ojos de encima.
—Ah, por cierto, querida…
—Paedyn.
—Estabas en lo cierto.
Retrocede un paso más, y yo suelto un bufido.
—No sé por qué tengo que escuchar lo que dices, si no te dignas a dirigirte a mí por mi nombre, que es…
—Paedyn. —El sonido de mi nombre en sus labios me detiene en seco—. Las chicas caen a mis pies.
Me guiña un ojo, se da media vuelta y se aleja por la calle.

—¿Qué plagas ha pasado?
Adena me está sacudiendo por los hombros con tanta fuerza que me entrechocan los dientes. En cuanto he llegado al Fuerte, todavía confusa por todo lo que había sucedido y deseando acostarme y dormir, Adena ha saltado sobre mí y quiere que se lo cuente todo con detalle.
—¿Qué? ¿Cómo has…? —Me atropello al hablar. No entiendo cómo sabe que hoy no ha sido un día cualquiera.
Me interrumpe con los ojos llenos de emoción y preguntas sin respuesta.
—¡Si todo el mundo está hablando de lo mismo! ¡En el mercado no hay otro tema que la chica de pelo plateado que ha derrotado a un silenciador! —Me la quedo mirando, aturdida. Sigue hablando a toda prisa, casi sin tomar aire—. ¿Y el príncipe? —Casi grita—. ¡Has salvado al príncipe!
—Pues él no ha querido reconocerlo, pero sí, le he salvado el culo al príncipe. —Esta vez sí grita—. Pero solo después de robarle.
Se queda boquiabierta con un gesto tan dramático que se me escapa la risa.
—¿Qué has hecho?
Levanto las manos para declararme inocente.
—En mi defensa, he de decir que no sabía quién era.
—Pae, el príncipe… —De pronto, una nube de preocupación le vela el rostro, y hace una pausa antes de seguir—. Es un portador. ¿Se ha…, se ha dado cuenta de que no tienes ningún poder…?
La interrumpo antes de que se ponga aún más pálida y le cuento todo lo que ha pasado en la última media hora. Adena tiene los ojos tan abiertos que los rizos del flequillo se le enganchan a las pestañas mientras le relato los acontecimientos, desde que le he robado al príncipe hasta que he peleado contra el silenciador. Le cuento la mentira que he urdido para el futuro ejecutor, y luego charlamos en voz baja mientras la oscuridad se apodera del callejón.
—Vale, pero… ¿es tan guapo como dice la gente?
Me la quedo mirando con una expresión que no creo que vea, pero que seguro que puede sentir.
—¿Eso es lo único que se te ocurre preguntar, después de todo lo que te he dicho?
—No me has respondido —entona.
Me tumbo sobre las alfombras ásperas y me meto la manta en la boca para no gritar. Y el hecho de que no le diga nada es la única respuesta que necesita Adena.
Lanza un grito, y esta vez le meto la manta en la boca yo a ella.

El amanecer acaricia los tejados cuando salgo a las calles.
Por lo general, no me cuesta pasar desapercibida en el caos que engulle Saqueo todas las mañanas, y así puedo hacerme con los relojes que llevan los compradores, o sacar monedas de algún bolsillo distraído.
Pero hoy no es así.
Hoy, no soy invisible.
La peor pesadilla de cualquier ladrón.
Ojos. Docenas de ojos que se clavan en mí. Los oigo hablar en susurros, me señalan, me miran.
Unos cuantos empiezan a aplaudir cuando paso entre los carros de los mercaderes. Me miran con admiración. Veo docenas de rostros conocidos entre la multitud. He crecido entre estas personas, he sobrevivido junto a ellas. No utilizo la palabra «amigo» para nadie que no sea Adena, pero llevo años construyéndome una reputación como mental, ganándome su respeto cuando presencian mis habilidades.
La multitud se abre para dejarme paso, y avanzo por un pasillo de gente.
—La Salvadora de Plata —susurra un hombre, y otros lo repiten.
Me paro en seco y casi me caigo. Antes no veía el cartel que cuelga entre los edificios, pero ahora estoy delante.
El pueblo de Ilya ha elegido.
Estos son los contendientes de las sextas Pruebas de la Purga:
Kai Azer
Andrea Vos
Jax Shields
Blair Archer
Ace Elway
Braxton Hale
Hera Colt
Sadie Knox
Repaso a toda velocidad la lista de nombres.
Luego, el corazón se me detiene un instante. O puede que más.
Porque el último nombre, escrito en letras bien grandes que cualquiera puede ver, lo conozco demasiado bien.
Paedyn Gray

Tengo la camisa empapada en sangre. Parte es mía, pero la mayoría es del silenciador, al que tengo que llamar así, dado que se niega a decir nada, ni siquiera su nombre. Pese a lo persuasivo que me muestro.
Llevo horas torturando a ese hombre y no he hecho el menor progreso, y la poca paciencia que tengo en general ya se ha agotado. Me maravilla a mi pesar la tortura que puede soportar este individuo, aunque me imagino que, cuando te pasas la vida causando dolor a los demás, se convierte en algo familiar. Te acostumbras.
«El silenciador y yo empezamos a parecernos mucho».
Las mazmorras que hay bajo el castillo son un lugar oscuro, sucio, lleno de muerte, en contraste con el propio castillo, luminoso, lleno de lujos. Hay celdas a lo largo de las paredes, unas ocupadas por prisioneros; otras, por los restos de los que estuvieron en ellas.
En estas celdas, las paredes están cubiertas de enmudecedor, y por eso sigo de pie ante el prisionero, causándole un dolor inimaginable. Es un material creado con la ayuda de los silenciadores antes de la Purga, y ahora es muy escaso, con lo que el rey lo atesora. Los eruditos utilizaron a los transmisores y su habilidad de imbuir un poder en un objeto para dotar a los materiales de la fuerza asfixiante de los silenciadores. Con las décadas, el enmudecedor se ha utilizado para construir las celdas, las cadenas, los escudos que rodean las gradas de la Arena.
Aparte del enmudecedor, me acompaña el leal silenciador de mi padre. Porque, aunque parezca una ironía, los silenciadores se pueden silenciar entre ellos, el más fuerte al más débil. Así que trabajo con el silenciador solemne de pie junto a mí y el que grita a mis pies.
Si no tuviera el enmudecedor y la compañía del silenciador, estaría retorciéndome en el suelo. Otra vez. No dejo de recordar la escena, el dolor que me hacía estallar la cabeza. La impotencia absoluta, allí, a merced de un simple hombre.
Hasta que apareció ella.
«Paedyn».
Una mundana. Mental, luchadora, ladrona. Y la única que quiso ayudarme. La única que pudo ayudarme.
«O eso dice ella».
Soy desconfiado, pero tengo que reconocer que su demostración fue impresionante. No había manera de que supiera nada de las Brasas, la expulsión, la pelea… Y lo cierto es que nunca había conocido a un mental, así que no sé si miente. Hay docenas de poderes con los que nunca he tratado. Mi entrenamiento se ha centrado sobre todo en habilidades ofensivas. Mi padre se ha asegurado de que no malgaste el tiempo aprendiendo los poderes de los élites inferiores.
Pero, hasta en medio del dolor agónico, lo que vi de su manera de pelear me resultó cautivador. Ella era cautivadora. Sí, tenía una gran habilidad, pero lo que más me intrigó fue la emoción que ponía en cada golpe, la pasión que llevaba cada patada, la rabia que le bullía dentro.
Miro por última vez al hombre ensangrentado en el rincón de la celda antes de volverme hacia el silenciador de mi padre.
—Ya he terminado, Damion. Puedes marcharte.
Me limpio las manos de sangre en la camisa ya ensangrentada y salgo de la celda. Recorro el largo pasillo de las mazmorras, y los prisioneros me miran al pasar. Subo por la escalera de piedra que lleva a la planta principal del palacio, y hago un ademán a los imperiales apostados junto a las pesadas puertas metálicas.
El rey estará esperando un informe sobre lo que he averiguado en el interrogatorio, y no he averiguado nada. Me preparo para la conversación ingrata que vamos a mantener.
Antes de lo que me gustaría, me encuentro sobre la alfombra desgastada, víctima de muchas pisadas a lo largo de los años, que cubre el suelo de su despacho. Paseo la vista por el gran escritorio y las sillas con cojines antes de mirar a los dos hombres sentados ante la chimenea de piedra.
Siento una oleada de alivio al ver a mi hermano. Tiene el pelo rubio alborotado, como si hubiera estado horas despeinándose con la mano tratando de imitar el aspecto descuidado de nuestro padre.
—Vaya, vaya, alguien ha estado… jugando con el prisionero un buen rato.
El tono de Kitt es serio, pero se le iluminan los ojos al verme.
Dejo escapar un suspiro antes de ocupar mi asiento acostumbrado, junto a nuestro padre. Cruzo las piernas, el tobillo sobre la rodilla.
—Tanto que debería haber sacado en claro algo útil —confieso con indiferencia.
Mi padre deja caer los papeles sobre la mesa. Es un sonido que tengo asociado con la decepción.
—¿Qué ha pasado?
—Se está mostrando… —Hago una pausa para dar con la palabra correcta—. Difícil. —Es lo mejor que se me ocurre, y me granjeo un bufido de Kitt.
A mi padre no le hace tanta gracia. No le hace ninguna gracia, como casi todo lo que tiene que ver conmigo.
—Pues haz que se muestre menos difícil, Kai. —Se pellizca el puente de la nariz y cierra los ojos. Es un gesto que lo hace parecer más viejo, más cansado—. Haz que hable o mátalo. No necesito a un silenciador vivo si no tiene nada que ofrecer.
Miro de reojo a Kitt, serio, sin asomo de su habitual alegría. Cuando el rey está afligido, Kitt está destrozado.
—¿Se trata de esa condenada Resistencia? —gruñe nuestro padre, que se aparta la mano de la cara para dejar al descubierto una mueca.
—¿De verdad crees que ese silenciador está con la Resistencia? —pregunta Kitt. La preocupación salta a la vista en las arrugas que se le forman al entornar los ojos.
—¿Por qué si no trató de matar a un príncipe, a mi hijo? —El rey niega con la cabeza y mira sin ver las llamas que bailan en la chimenea—. Me atacan como pueden. Creí que me había encargado de ellos. Purgué a los fatales para que no nos pudieran hacer daño, para que no nos dominaran. —Respira hondo antes de seguir—. Parece ser que me equivocaba. Quedó alguno, y se han unido a ellos.
»Tenemos que acabar con esa Resistencia —escupe. Se bebe el resto del alcohol que le queda en el vaso—. Quieren que los vulgares vivan, pero eso hará que la raza élite y su poder mueran. Hay que limpiar el reino de vulgares. Es un sacrificio por el bien de nuestro pueblo. Pero son tan egoístas que no se dan cuenta. —Me mira con ojos penetrantes—. Haz que ese silenciador desee estar muerto, Kai. Antes de concedérselo.
—Eso mismo había planeado, padre.

Estoy empapado en sudor.
No es raro cuando entreno.
Hace rato que me he quitado la camisa ensangrentada, y el sol me cae de plano sobre la espalda mientras Kitt y yo nos movemos el uno en torno al otro en uno de los círculos de arena para el entrenamiento. Llevamos a cabo la rutina habitual de medirnos y decir tonterías antes de luchar en serio. Es una pauta que me tranquiliza, me quita las preocupaciones, al menos por el momento.
Nos movemos como en un baile, con las espadas centelleando al sol, me río cuando le rozo la mejilla con la punta afilada de la hoja, y enseguida me la devuelve. Pronto tiramos las espadas para usar nuestros poderes. Kitt acierta en el blanco con facilidad con sus bolas de fuego antes de apagar con agua las llamas de la madera. Yo, por mi parte, estoy indeciso y nervioso. Es muy mala combinación.
Recorro los poderes de los que me rodean en busca de alguno para entrenarme. En los círculos hay docenas de élites, todos sucios de pelear y derrengados de recibir golpes. Paso de un rayo a un velo y al final me cambio a un coraza, aunque nunca me ha gustado la sensación de que la piel se me transforme en piedra.
Soy incapaz de concentrarme, cosa que me resulta de lo más frustrante.
Oigo el silbido detrás de mí antes de sentir la ya conocida ola de calor que irradia hacia mi espalda. Me tiro al suelo y esquivo por poco la ráfaga de fuego que me habría devorado el pelo.
—¿Qué te pasa, que estás tan distraído? —Me vuelvo y me encuentro a Kitt riéndose de mí—. Casi te doy, ¿eh? Anda que no habrías estado guapo sin pelo.
No sabría decir si quiero reírme con él o agarrarlo por el cuello. Es una duda que tengo a menudo.
—Hoy ha sido demasiado fácil vencerte, así que estoy aburrido. —Me encojo de hombros y agarro unos cuchillos arrojadizos del estante de las armas para lanzarlos contra un árbol que hay a unos cuantos metros.
—Hum —canturrea Kitt. Estoy de espaldas a él, y aun así le noto la sonrisa en la voz—. No puedes dejar de pensar en la chica que te salvó la vida, ¿eh?
A modo de respuesta cortés, lanzo un cuchillo contra mi hermano. Le pasa junto a la cabeza para ir a clavarse en una diana, detrás de él. Me mira y parpadea.
—Caray. Cómo nos ponemos. Ya veo que el tema escuece.
Paso a su lado para arrancar la hoja de la madera.
—¿Por qué te lo parece? —Me encojo de hombros con gesto indiferente—. Es obvio que no quiere saber nada de mí.
«Me encantan los desafíos».
—Además —añado para quitarme esa idea de la cabeza—, no creo que vuelva a verla.
Kitt va a decir algo, pero la respuesta queda ahogada por los sonidos de nuestros nombres cuando nos llaman a gritos desde el otro lado del patio. Nos damos la vuelta a la vez y vemos a un chico larguirucho que corre hacia nosotros. Puedo ver el relámpago de la sonrisa blanca contra la piel oscura antes de que el chico desaparezca. No tengo tiempo ni de parpadear cuando me lo encuentro justo delante, con nosotros, sonriendo de oreja a oreja.
Mascullo un taco.
—Como vuelvas a aparecer así, te voy a clavar al suelo.
—Lo que nuestro hermano quiere decir es «Hola, Jax, ¿cómo estás?» —me interrumpe Kitt entre risas.
El chico solo tiene quince años y está creciendo como una mala hierba. Es desgarbado, no sabe qué hacer con los brazos y las piernas. No sé cuándo ha empezado a crecer tanto, y, para ser sinceros, no me gusta. El niño que perdió a sus padres en un naufragio es ahora el joven alto que hemos adoptado como el hermano pequeño que nunca pedimos. Pero, con los años, Jax no solo ha crecido en altura. Ha crecido en nuestro afecto.
—Estoy muy bien, Kitt, qué amable por tu parte, gracias por interesarte.
La sonrisa traviesa se hace aún más amplia cuando me mira con unos ojos marrones que parpadean con inocencia. Lo agarro por el cuello y lo aprieto contra mi pecho para frotarle el pelo corto con el puño. Jax protesta y forcejea para escabullirse.
—¿A mí no me vas a preguntar qué tal estoy, J?
Cuando lo suelto por fin, se vuelve hacia mí, sonríe y se frota la cabeza.
—Mil perdones. ¿Qué tal estás, Kai?
La sinceridad es tan burlona que no puedo contener una sonrisa.
No puedo seguir tomándole el pelo, porque Kitt me interrumpe.
—Hoy de un humor de perros. —Suspira y baja la voz—. Ve con ojo, Jax. Está otra vez jugando con los cuchillos.
Paso de largo junto a ellos para recoger los cuchillos. Tengo que hacer algo con las manos.
—No estoy de un humor de perros. —Me giro y arrojo uno contra la diana.
Jax se acerca a Kitt.
—Eso dice siempre que está de un humor de perros —susurra.
—Bien visto, J.
—Por la plaga —mascullo—, cuando os juntáis los dos sois inaguantables.
Siguen charlando mientras yo lanzo cuchillos contra la diana. Es mejor que lanzarlos contra alguien, así que es obvio que no estoy de tan mal humor. Estoy a punto de lanzar otro cuando veo una ráfaga de color con el rabillo del ojo.
Ni siquiera me había dado cuenta de que Blair está entrenando en la otra punta del patio, pero ahí está, con el pelo lila al viento mientras se enfrenta a Sadie. Bueno, a una docena de Sadies, ya que es una clonadora.
Dan vueltas la una en torno a la otra y de pronto Blair se ve rodeada por una barricada de cuerpos altos, de pelo castaño rojizo. Es el caos. Blair lanza por los aires a una copia de Sadie con el poder de su mente, pero otra le salta a la espalda y trata de derribarla. Es un espectáculo casi divertido, solo que sé por experiencia lo mortíferos que son sus poderes. Sé lo que se siente al tenerlos.
Miro a Jax y a Kitt, que están concentrados en la pelea, y voy con ellos. Poco después, Blair se nos acerca atravesando los círculos, seguida de Sadie. La piel blanca de Blair es un contraste absoluto con la oscura de Sadie. Son lo contrario en todos los aspectos.
Las dos han crecido juntas, pero no pueden ser más diferentes. El padre de Sadie es consejero del rey y su familia vive con el resto de la nobleza, con la gente de importancia que reside en un ala del castillo.
Se detienen ante nosotros y Blair inclina la cabeza hacia un lado.
—Hola, chicos.
Kitt echa un brazo a los hombros a Jax y saluda a las chicas.
—Blair. Sadie.
Sadie nos sonríe. Es una sonrisa sincera pero reservada, como ella.
—Felicidades a los dos por entrar en las Pruebas.
«Ah, sí, que hoy se anunciaba a los contendientes».
No me sorprende saber que he entrado en las Pruebas. El reino y yo sabemos desde que era pequeño cuál será mi destino. El futuro ejecutor tiene que demostrar que está a la altura del cargo, y las Pruebas son la ocasión perfecta. Mi próxima misión es vencer en la competición, y si no lo consigo…
Me detengo, porque acabo de caer en la cuenta de lo que ha dicho Sadie.
«Felicidades a los dos…».
Miro a Kitt, confuso. Tiene que ser un error. Las Pruebas son mi destino, no el suyo. El futuro rey rara vez sale del castillo, no digamos ya a la Arena, donde podría morir. Nuestro padre no arriesgaría jamás la vida de su heredero, aunque no le importa arriesgar la mía y mi reputación.
—Sí, al menos dos de los hermanos estarán juntos —dice Blair con tono burlón, mientras me mira a mí y a…
No. A él, no.
—¿Q-qué?
Tiene la voz llena de asombro, los ojos marrones muy abiertos.
Jax.
El chico sonríe de oreja a oreja.
—¡Lo he conseguido! ¡He entrado en las Pruebas!
Solo le falta dar saltos de entusiasmo, tiene que contenerse para no hacer el parpadeo por los círculos, de pura emoción. Miro a Kitt, y sé que su ceño fruncido es una copia del mío.
Esto me va a poner las cosas más difíciles en las Pruebas. Ahora no solo tengo que defenderme yo. Tengo que defender también a mi hermano pequeño, el que se desmaya cuando ve sangre.
Pero no decimos nada para no desanimar a Jax. Impostamos una sonrisa que sustituye al ceño fruncido. Competir en las Pruebas es un gran honor que solo consiguen unos pocos, y Jax se merece celebrarlo, a pesar de que a nosotros esta situación nos ponga nerviosos.
—Bueno, pues vamos a ser rivales —dice Blair con una sonrisa de satisfacción.
Es una manera no muy discreta de decirnos que tanto ella como Sadie van a competir.
Nos miramos. Sadie sigue en silencio; Blair, sonriente. Kitt carraspea para aclararse la garganta.
—¿Sabéis quién más compite?
Sadie asiente y se saca del bolsillo una octavilla arrugada. Kitt repasa los nombres y suspira.
—Sí, solo hay tres que no conozco. Deben de ser defensivos o mundanos, de la ciudad.
Me da la octavilla, y leo la lista.
Mis ojos se detienen en una línea concreta, antes de que el aliento se me detenga en la garganta.
Abajo, al final de la lista, hay un nombre en el que he pensado más de lo que quiero reconocer.
Es ella.

De no ser por la gente que me rodea y me mira, me habría quedado ahí horas enteras, contemplando el cartel donde mi nombre aparece en letras gigantes.
«Me han elegido».
En otras palabras, me han elegido para morir.
«Y todo porque he salvado al imbécil del príncipe».
Un golpecito en el hombro me saca del estupor.
Me pongo rígida cuando huelo el almidón del uniforme y suelto el aire antes de volverme muy despacio para quedar frente a frente con el imperial. Es joven. Le miro el pelo rojizo revuelto y los ojos marrones clavados en los míos, ignorantes del desdén que siento hacia él y hacia los de su clase. Me sonríe con timidez.
Es desconcertante.
En mi vida he conocido a un imperial amable, y dudo que este sea la excepción.
—Eres Paedyn Gray, ¿verdad? —Señala la pancarta.
—¿Quién lo pregunta? —le espeto.
—Eh… —Se frota la nuca—. El rey. Vengo a escoltarte a palacio, donde permanecerás hasta el final de las Pruebas.
Las palabras que no ha pronunciado quedan suspendidas en el aire: «O hasta que mueras».
—¿Ahora? ¿Ya? —No soporto lo aguda y jadeante que me sale la voz, pero no puedo impedir que el pánico me suba por la garganta—. Las Pruebas no son hasta dentro de dos semanas.
Tiene una expresión casi apologética. No lo soporto.
—Los competidores siempre van a palacio dos semanas antes para los entrenamientos, las entrevistas… Y el primer baile, claro.
«¿Cómo se me ha podido olvidar lo ostentosas que son las Pruebas?».
Mira a su alrededor a toda prisa, con el pelo rojo sacudido como llamaradas mientras comprueba que nadie nos esté escuchando. Luego se inclina hacia mí y habla en susurros.
—Te puedo dar… cinco minutos, como mucho, y luego tenemos que irnos.
No me lo pienso ni un momento y echo a correr calle bajo tan deprisa como me permiten las piernas.
«Adena».
Me detengo ante el callejón y trago para aliviar el nudo de la garganta al verla tras el Fuerte, canturreando mientras cose. Camino hacia ella al tiempo que me empapo de todo lo que me rodea. De cada basura que hemos juntado para darnos calor por las noches. De cada trozo de tela que tiene a su lado. De cada rizo de pelo que ha escapado del recogido que se ha hecho en la nuca. Del ceño negro fruncido sobre los ojos color avellana, concentrados.
«¿Volveré a verla algún día?».
Me quito esa idea de la cabeza, me arrodillo junto a ella y la abrazo con fuerza. Deja escapar un grito de sorpresa antes de soltar lo que está haciendo para devolverme el abrazo.
—Oye, yo también me alegro de verte. —Se ríe contra mí y se aparta, de pronto preocupada por la repentina muestra de afecto—. ¿Estás… bien?
La miro a los ojos y memorizo las chispas doradas que bailan en ellos.
—Tengo que irme, A.
—¿Q-qué? —Su rostro refleja sorpresa y escepticismo.
—Me han escogido para las Pruebas. Por lo visto, la gente quiere que tome parte. —Sé que estoy siendo incoherente—. Para divertirse, claro.
Esbozo una sonrisa desganada, pero nada puede detener el horror que la invade y que se le refleja en la cara.
Se lleva a la boca la mano negra, tan delicada.
—Pero…, Pae… —No sabe qué decir, qué hacer—. Pero… si no tienes ningún poder…
—Tranquila —digo en un intento de convencerla a ella, aunque también de convencerme a mí—. No me va…
—Como te atrevas a decir que no te va a pasar nada… —Por un momento, permite que la ira supere al miedo—. Pae, las Pruebas ya son peligrosas de por sí, pero, si se dan cuenta de lo que no eres, te…
—Me matarán. —Termino la frase por ella—. Ya lo sé.
El pánico vuelve a llenarle los ojos con tal intensidad que tengo miedo de que se derrumbe. Consigo esbozar una sonrisa triste al tiempo que la miro. Voy a alejarme de la única persona que me conoce, de la única persona en la que puedo confiar. Ha sido una constante en mi vida, el ancla sin la que yo estaría a la deriva.
Pero es lo mejor. Sin mí, estará a salvo.
—Puedo hacerlo —le digo en voz baja—. Para esto me educaron.
Adena asiente, aturdida, porque ya lo sabe. Sabe cómo me entrenó mi padre cuando le resultó evidente que su pequeña era una vulgar condenada a morir.
Sabe que, a los cinco años, mi vida cambió antes siquiera de empezar. Mi padre me sentó en su regazo, me susurró que era diferente, que tenía que fingir ser lo que no era para que pudiéramos seguir juntos. Me dijo que iba a ser un juego privado, solo nuestro. Un juego de hacerme pasar por algo. Un juego en el que me había elegido el papel perfecto, el que iba a hacer el resto de mi vida.
—¿Qué es una menatal, papá?
Aún oigo en mi mente la pregunta, aunque han pasado más de quince años desde que la formulé.
Mi padre dejó escapar una risita, un sonido tan sencillo que desearía haber memorizado.
—Una mental, Paedy. Es una palabra rebuscada para decir que alguien es muy observador. Es un poder que se puede fingir, pero hace falta practicar durante años. No es un don, sino una capacidad que se puede aprender. —Me dio un golpecito en la nariz con el dedo—. Y yo te voy a enseñar. Así podremos estar juntos para siempre.
Ojalá la muerte respetara estas promesas.
De repente me encuentro envuelta en otro abrazo asfixiante.
—Vuelve conmigo, Pae, por favor. Prométemelo. —La voz de Adena suena ahogada contra mi pelo—. Eres lo único que me queda.
Habría dado cualquier cosa por que no fuera tan cierto.
Cuando la madre de Adena enfermó, seguramente fue mi padre el que intentó tratarla. Hay pocos curanderos en los barrios bajos, y la gente lo adoraba, además de necesitarlo. Pero hasta los élites tienen limitaciones, y la muerte, en cambio, no. Y, como Adena no conoció a su padre, es posible hasta que fuera el mercader de ojos color avellana al que robé ayer.
Se me escapa una risa triste.
—Y tú eres lo único que me queda a mí, A.
—Bien. —Sorbe por la nariz y me aparta para mirarme—. Pues más te vale volver conmigo. Si alguien de aquí puede sobrevivir a esas malditas Pruebas eres tú. —Me mira desafiante, decidida—. En el peor de los casos, pierdes y vuelves. En el mejor, ganas y todo.
Suelto un bufido ante lo absurdo de la idea.
—Haré lo posible, A. Por ti. —Trago saliva pese al nudo en la garganta—. Vendré a verte. Te lo prometo. Ya averiguaré cómo. Aunque tenga que venir andando.
Sonríe, me da un último abrazo y me despide mientras me alejo por el callejón. Se pone de pie detrás del Fuerte.
—¡No te digo adiós, te digo hasta la vista! —me grita.
Es la misma frase cursi que lleva años diciéndome, pero es la primera vez que me suena a despedida.
—¡Eres mi persona favorita, A! —le respondo, aunque la voz se me quiebra sin permiso.
—¡Y tú la mía, Pae!
Sonrío y consigo apartar los ojos de ella mientras camino apresurada por Saqueo y sopeso la posibilidad de huir del imperial, de las Pruebas, de todo.
Pero la temeraria idea se esfuma a toda prisa. Si escapo, me darán caza y me matarán. En las Pruebas al menos tengo una oportunidad de sobrevivir. Más o menos.
Llego jadeante a donde me espera el imperial, al que ahora acompaña una niña pequeña que me mira con timidez.
—¿Nos marchamos? —nos pregunta.
Le sigo la corriente y asiento, como si mi opinión contara para algo.
Recorremos Saqueo en silencio, pasando ante una multitud que nos aplaude, nos felicita y nos aclama. Casi al final de la larga calle, veo un carruaje con un imperial en el pescante. El uniforme blanco resplandece casi cegador a la luz del sol.
El imperial pelirrojo nos abre la puerta y luego se sienta con el guardia del pescante. La niña se mete en el carruaje y yo subo tras ella, y me vuelvo para ver por última vez Saqueo antes de que se cierre la puerta del coche y me separe de lo que ha sido mi vida hasta ahora.
Los asientos son negros, mullidos, y estoy tan concentrada en admirar lo más elegante que he visto en mi vida que casi no me he fijado en el niño que hay sentado ante nosotras. Tiene el pelo castaño bien peinado y los ojos color verde oscuro clavados en mí. Por su ropa veo que viene de los barrios bajos, pero de una zona mejor. Seguramente pertenece al escalafón de los élites defensivos.
El coche se pone en marcha y me pego a la pared. No me gustan los espacios pequeños, y los espacios pequeños que se mueven, menos. Trato de respirar con calma, de tranquilizarme antes de mirar al chico, que tiene cara de aburrimiento.
—Hola —digo para aliviar la tensión—, soy Pae…
—Ya sé quién eres —me interrumpe de inmediato y decide que mirar por la ventanilla es mucho más interesante que nuestra conversación—. Eres la chica que «salvó» al príncipe Kai.
Su tono de voz deja bien claro que a él no le parece que fuera eso lo que pasó. Como si no lo hubieran presenciado docenas de personas.
Abro la boca y se me escapan las palabras antes de pensarlas.
—Exacto. Y tú no tienes reputación de nada, o ya habría oído hablar de ti.
Me mira bruscamente, con las fosas nasales dilatadas de ira.
—Me llamo Ace. Ace Elway. —Me lo dice con orgullo, al tiempo que se endereza el cuello de la camisa—. Soy ilusionista. Hay muy pocos. Por eso estoy aquí. —Tiene una sonrisa tan fría como los ojos—. Y me hacen falta esos veinte mil chelines para salir de los barrios bajos, así que pronto me estaré labrando una buena reputación.
Nunca he conocido a un ilusionista, pero sé mucho acerca de ellos. Suficiente para saber que son peligrosos, incluso siendo defensivos.
—¿Y tú quién eres? —pregunta a la niña que está sentada junto a mí—. ¿Qué puedes hacer?
Nos mira a los dos como si quisiera desaparecer. Casi se me escapa la risa cuando eso es precisamente lo que hace.
En un momento dado la vemos y al siguiente ha desaparecido. Contemplo el asiento vacío que tengo al lado, y entonces reaparece, se materializa en un instante.
«Es una velo».
—Me llamo Hera —dice con timidez.
Tiene unos ojos color marrón oscuro que se clavan en mí mientras se coloca detrás de la oreja un mechón de sedoso pelo negro. El gesto me resulta familiar. Puede que sea una de las velos populares que hacen magia callejera.
—Yo soy Paedyn —digo por encima del ruido del traqueteo del carruaje por el empedrado irregular.
—¿Qué poder tienes? —me pregunta con curiosidad.
—Soy mental. —Me encojo de hombros con gesto de indiferencia—. Percibo sobre todo emociones fuertes, que me otorgan destellos de información. No es gran cosa, pero es todo lo que tengo.
«Mentirosa. No tienes nada».
—¿De verdad?
Abre mucho los ojos, sorprendida de que alguien con una habilidad mundana tan débil haya llegado a las Pruebas. De que derrotara a un silenciador, nada menos.
—Es una habilidad incontrolable. Por eso el silenciador no se me pudo meter en la cabeza cuando «salvé» al príncipe Kai. —Le lanzo una mirada cargada de intención a Ace—. Supongo que por eso la gente quiere que esté en las Pruebas.
Ace el Asno suelta un bufido.
—Solo te quieren en las Pruebas de la Purga para verte morir, mundana.
Me lo quedo mirando un momento mientras una sonrisa me baila en los labios.
—Seguro, no lo dudo. Pero al menos a mí me estarán mirando.

Nos quedamos en silencio el resto del viaje, y la ventanilla es la única fuente de entretenimiento.
Pasamos por calles y más calles abarrotadas de desconocidos que nos miran, sonríen a nuestro paso, nos saludan agitando la mano. Más de uno aplaude y otros corren junto al carruaje para tratar de vernos de camino a nuestro destino.
A medida que nos acercamos al palacio, las casas se van haciendo más grandes, más bonitas, y en las calles ya no abundan los sin techo. Diviso las cúspides de las torres intimidantes antes de ver el palacio entero. Es enorme. La piedra gris y el exterior frío no impiden que siga siendo una visión abrumadora. En torno a las murallas del castillo hay colinas de hierba verde y jardines llenos de flores que ni siquiera sabía que existían, que suavizan lo abrumador de la estructura.
Los imperiales saltan del pescante y abren las puertas del carruaje para que la luz del sol inunde el pequeño compartimento. Casi me caigo en las prisas por salir del minúsculo recinto. Solo cuando pongo los pies en tierra firme respiro una bocanada de aire fresco, cargado del olor dulce de las flores y del sol.
Los otros dos salen detrás de mí y miran a su alrededor con los ojos muy abiertos. Un sonido nos sobresalta. El imperial pelirrojo se aclara la garganta.
—Venid conmigo —dice.
Subimos tras él por los peldaños de piedra, entre docenas de imperiales a ambos lados de la escalera. Cuando llegamos a la cima, otros dos guardias se adelantan y se unen al pelirrojo para precedernos y cruzar las puertas gigantescas.
El exterior es hermoso, pero palidece en comparación con esto. No hay pared que no esté ornamentada con cuadros impresionantes, con molduras intrincadas que suben por los muros y recorren el techo. Todo es de un blanco deslumbrante con algún que otro toque esmeralda que salpica los pasillos que recorremos; el verde es el color del reino de Ilya.
Estoy tan hipnotizada por el tamaño y belleza de este lugar que ni me doy cuenta de que el pelirrojo nos está diciendo algo:
—… habitaciones están por aquí, en el ala este del palacio.
Señala hacia los pasillos que supongo que estarán llenos de habitaciones igual de decoradas.
Se da la vuelta hacia nosotros tan de repente que me veo obligada a frenar en seco para no chocar contra su pecho.
—En las dos próximas semanas tendréis entrenamiento, encuentros con los otros contendientes, entrevistas y el primer baile. La misma rutina se repetirá cada semana entre las Pruebas. Se os asignará un imperial para toda vuestra estancia, que os acompañará a todas partes hasta que conozcáis el castillo.
Un imperial de los que estaban junto a las puertas se sitúa junto a Hera y el otro ocupa su lugar al lado de Ace.
—Bien —dice el joven imperial. Da una palmada y suspira—. Os acompañaremos a vuestras habitaciones y os dejaremos instalados.
Hera y Ace doblan la esquina al final del pasillo, y me vuelvo hacia mi imperial personal.
—Así que a mí me vas a vigilar tú, ¿no?
—Soy el afortunado. —Suelta una risita y me indica que lo siga—. Por cierto, me llamo Lenny.
—Nunca pensé que le diría esto a un imperial, pero encantada de conocerte, Lenny.
Cierro la boca antes de que se me escape algo más que no debería decir, y lo sigo tratando de mantenerme a la altura de sus zancadas.
—Lo entiendo. Hay muchos imperiales que son… —Se rasca la nuca mientras busca la palabra correcta.
—¿Unos cerdos? —se me escapa sin pensarlo.
Se echa a reír, pero se interrumpe muy pronto con un carraspeo.
—Sí, me encargan a mí tratar con la gente cuando hay que hablar. Me imagino que no resulto tan intimidante.
Lo miro de arriba abajo y, la verdad, estoy de acuerdo. El pelo rojo revuelto, combinado con la explosión de pecas que se le ven por encima de la máscara, corta de raíz cualquier esperanza de parecer amenazador. Se detiene ante una puerta, casi al final del pasillo. La abre y me indica que entre.
Me muerdo la lengua para que no se me escape una exclamación al ver la habitación más hermosa que he contemplado jamás, llena de estanterías, un tocador precioso, un escritorio y…
«Una cama».
Una cama enorme. Llevo cinco años durmiendo en el suelo de la calle y la sola idea de dormir ahí me resulta abrumadora. Parpadeo, asombrada, y doy un paso hacia dentro. Noto la alfombra mullida bajo los pies. Me doy la vuelta y veo a la izquierda un cuarto de baño, tras una puerta. Voy hacia allí y no puedo contenerme, sonrío al ver una bañera de porcelana inmaculada con patas doradas.
«Agua corriente, caliente».
También hay un retrete y un lavabo, y el suelo es de mármol blanco. Salgo del baño muy despacio sin poder dejar de admirar el dormitorio. Veo con el rabillo del ojo que Lenny me está mirando y que mi asombro le hace gracia.
—Espero que la habitación te resulte… satisfactoria.
—Bueno, me tendré que conformar. —Me dejo caer en la cama, encantada con el sarcasmo que me ha salido.
—Pues nada, ponte cómoda, que aquí vas a pasar mucho tiempo —dice, y sale por la puerta.
—¿Qué quieres decir?
Se rasca la nuca y suspira.
—Pronto lo averiguarás.

Lenny tenía razón al decirme que me pusiera cómoda.
Llevo dos días encerrada en esta habitación.
Se ha convertido en mi jaula de oro, estoy prisionera rodeada de lujos. Los guardias que hay apostados ante mi puerta no me consideran tan importante como para merecer más que unos gruñidos sobre que siguen órdenes y que no puedo salir. Así que he registrado cada centímetro de la estancia, he ojeado todos los libros, me he dado un baño caliente tras otro, he devorado comidas deliciosas.
Y, pese a todo, nunca había estado tan nerviosa.
Tengo la cara interna de la mejilla en carne viva de tanto mordérmela para calmar la ansiedad. Y, aunque duermo en una cama blanda por primera vez en muchos años, apenas descanso. No he hablado con nadie desde el día en que llegué, nadie me ha dicho qué demonios está pasando. Lo único que puedo hacer es pasear por el suelo alfombrado y dar mil vueltas sobre quiénes serán mis adversarios, qué habilidades tendrán.
«Son juegos mentales».
Seguro que al rey esto le parece divertidísimo. Le encantará imaginarnos nerviosos, inquietos, atrapados en nuestras habitaciones hasta que dé la orden de soltarnos. Quiere crearnos ansiedad, angustiarnos.
Alguien llama a la puerta con los nudillos y me detengo en seco.
Lenny entreabre la puerta y asoma la cabeza con una sonrisa insegura.
—Bueno, ¿cómo estás, Paedyn?
Lo miro y parpadeo.
—¿Que cómo estoy? ¿Me estás preguntando que cómo estoy?
Entra en la habitación.
—Vale —aventura—, tengo la sensación de que… no estás del todo bien.
Suelto una carcajada amarga.
—Se podría decir que no. Han pasado dos días. ¿Dónde te habías metido?
—El rey quiere que los contendientes pasen los primeros días en aislamiento absoluto —me responde, rígido—. Pero lo bueno es que hoy vas a cenar con el resto de los contendientes, además del rey y la reina.
Trago saliva. Han sido cuarenta y ocho horas de inquietud, y ahora de pronto voy a conocer a los competidores que tanto me han estado preocupando, y al rey que ha poblado mis pesadillas.
—Volveré luego para escoltarte a la cena —dice Lenny, y se vuelve hacia la puerta—. Si quieres cualquier cosa, grita. Andaré por aquí cerca. Ah… —Se vuelve y me mira—. Imagino que querrás cambiarte para ir a cenar.
Cuando sale, me meto en la bañera y juego con los diferentes pomos hasta que sale agua muy caliente. Enseguida me encuentro a remojo entre la espuma, gracias a una innecesaria cantidad de jabón y sales que he añadido. Me lavo bien el pelo y me froto el cuerpo con energía hasta dejarme la piel enrojecida, fresca.
«Hacía años que no me sentía tan limpia».
Doy vueltas en la cabeza a los diferentes problemas que el agua caliente no ha conseguido limpiar. Lo que más me angustia son las Pruebas. No dejo de pensar en el poder que no tengo, en la escasa protección con la que cuento. Por no mencionar que, si no muero en las Pruebas, moriré cuando descubran que soy una vulgar.
Sigo metida en la bañera hasta que el agua se enfría como la de los baños a los que estoy acostumbrada. Cuando por fin reúno voluntad para salir, estoy tiritando, y me pongo una bata de seda verde.
Vuelvo a la habitación, abro las puertas blancas del gigantesco armario que hay frente a la cama y contemplo las docenas de colores y estampados. Allí, a mi disposición, como si tal cosa, han traído atuendos para todas las ocasiones.
«Si Adena ve esto, se muere».
Me quedo mirando la ropa sin saber qué hacer. Luego, miro mis andrajos, tirados en el suelo. No tengo ni la más remota idea de cuál es la ropa apropiada para esta cena, y no quiero ponerme en ridículo antes de que empiecen las Pruebas.
Lenny me ha dicho que le gritara si necesitaba lo que fuera, y es lo que pienso hacer. Seguro que el imperial ha presenciado muchas comidas así y sabrá qué ropa debe llevar la gente.
Voy hacia la puerta y la abro mientras miro hacia abajo para atarme bien la bata. Empiezo a llamar.
—Lenny, ¿qué demonios tengo que ponerme…?
Entonces, alzo la vista.
Me encuentro ante unos ojos verdes que me miran muy abiertos. Nunca he visto al hombre que tengo delante. Me acordaría. Tiene el pelo rubio alborotado, húmedo, como si él también acabara de darse un baño. Los rasgos son a la vez fuertes y delicados; la nariz, recta, y los labios, suaves. Aún tiene levantada la mano para llamar a la puerta.
Recupera la compostura antes que yo.
—¿Algún problema de vestuario?
Esboza una sonrisa traviesa, y hay algo en él que me resulta familiar, pero no del todo.
—Obvio. —Yo también sonrío. Me recorre con la mirada, y solo entonces recuerdo que estoy en bata. Me la cierro más y trato de no sonrojarme.
Carraspea para aclararse la garganta.
—No te preocupes. Ellie, tu doncella, vendrá enseguida para ayudarte a vestirte y prepararte para la cena.
Habla con autoridad, como si estuviera acostumbrado a dar órdenes. Lleva ropa sencilla, unos pantalones negros sueltos y una camisa verde más ceñida que resalta su cuerpo esbelto, pero me doy cuenta de que este hombre no es un criado.
«¿Un contendiente?».
No me gusta la idea de que me atienda una doncella.
—No hace falta —digo a toda prisa—. Sé cuidarme sola, gracias.
Me mira el pelo, enmarañado y empapado, y la bata de seda que me sujeto con fuerza.
—Obvio —dice, repitiendo burlón lo que le he dicho yo hace unos segundos. Esa sonrisa que me resulta familiar le vuelve a bailar en los labios.
Me miro y estoy a punto de echarme a reír.
—Vale, sí, es posible que necesite una doncella.
Se ríe y hace un ademán en dirección a mi cuarto.
—Solo venía a ver si todo te parecía bien.
Una vez más estoy a punto de soltar una carcajada.
—Si esto solo tiene que parecerme «bien», ¿qué se considera aquí exquisito?
Me mira a los ojos.
—Recuérdame que te enseñe los jardines. —Me saluda con un movimiento de la cabeza—. Te veré durante la cena, Paedyn.
Parpadeo.
—Qué raro —respondo—, no recuerdo haberte dicho mi nombre.
—No hace falta. —La sonrisa traviesa le vuelve a bailar en los labios—. Siempre me informo sobre las chicas guapas que le salvan la vida a mi hermano pequeño.
«Por la plaga, es…».
—Me llamo Kitt, por cierto.
Me sonríe antes de darse media vuelta y alejarse por el pasillo, y me quedo mirándolo, boquiabierta.
Kitt. El príncipe Kitt. El futuro rey de Ilya.
«Menuda racha llevo con la familia real».
Nunca había visto al futuro rey, y desde luego no me había imaginado que lo conocería vestida con una bata. Es el heredero al trono, el próximo gobernante, que seguirá las abominables huellas de su padre. Entre él y su hermano…
«Su hermano».
Claro. Por eso la sonrisa me resultaba familiar.
He visto una muy parecida en la cara del otro príncipe, aunque la de Kitt era luminosa e infantil, mientras que la de Kai era más descarada, más fría.
En ese momento, una chica joven de pelo oscuro se acerca a mi habitación con una sonrisa tímida en los labios.
—Buenas noches, señorita. Voy a ser tu doncella mientras estés en palacio. Te ayudaré con cualquier cosa que necesites.
Tiene la voz suave y delicada, pero lleva las frases bien aprendidas y las dice sin vacilar.
—Por favor, llámame Paedyn. —Me mira con desconfianza, pero insisto—. Por la plaga, hace un par de días estaba durmiendo entre la basura. Así que créeme si te digo que no soy ninguna «señorita».
Trata de contener la risa, y asiente.
—Genial. —Dejo escapar un suspiro—. Ahora que lo hemos dejado claro, ¿me ayudas a ver qué tengo que ponerme esta noche?
Me sonríe con timidez y cierto alivio.
—Eso lo sé.
Nos pasamos media hora examinando la ropa antes de decidirnos por algo relativamente sencillo para las costumbres de palacio, aunque sigue siendo lo más bonito que me he puesto en mi vida.
Tenemos la mitad del contenido del armario en el suelo, pero hemos optado por unos pantalones ceñidos de un tejido negro brillante y una blusa de seda color verde oscuro. Tiene algo de escote y unas mangas amplias que sé que voy a meter en la comida sin querer. Introduzco un puñal pequeño en la cintura del pantalón, en la espalda, y el contacto de la hoja fría me resulta tranquilizador.
Ellie me ata las botas altas y me indica que me siente ante el tocador, donde empieza a jugar con mi pelo para dejarme presentables los mechones húmedos.
—Entonces, seño… —Se detiene y empieza de nuevo—. Entonces, Paedyn… —Sonríe al hacer énfasis en mi nombre—. ¿Tienes idea de cómo van a ser las Pruebas?
—Ni la más remota. —La miro en el espejo con ojos de súplica—. Pero pensaba que tú igual podías decirme algo. Debes de oír todo lo que se comenta en palacio.
Guarda silencio un momento, y cuando responde es en susurros.
—Lo único que sé es que este año van a ser… diferentes.
—¿Diferentes? ¿En qué sentido?
Se encoge de hombros con mechones de mi pelo entre las manos.
—Ni idea. Diferentes. De alguna manera.
No sé cómo van a ser diferentes unas Pruebas, cuando cada una es tan sanguinaria y brutal como la anterior. Pero la falta de información me hace sentir aún menos preparada para lo que se avecina. Hago caso omiso de la intranquilidad que se me enrosca en las tripas.
Ellie se rinde con mi pelo y me lo deja suelto sobre los hombros y por la espalda. Me pone polvos en la cara y me pinta las pestañas de negro.
—Ya está —dice mientras me mira—. Ya no parece que hayas estado durmiendo entre la basura.
Suelto una carcajada.
—Por la plaga, vaya manera de perder la timidez.
Se pone roja, y en ese momento llaman a la puerta, así que corre a abrir. Lenny la mira y sonríe, con lo que se pone más roja todavía.
—¿Estás preparada, Paedyn? —Aparta los ojos de Ellie para mirarme.
Salgo al pasillo con él y echamos a andar por los pasillos de decoración recargada. Zigzagueamos por el laberinto del castillo y trato de hacerme un mapa mental.
«Izquierda, dos a la derecha, izquierda…».
No tardamos en llegar al enorme vestíbulo que lleva a las puertas por donde entramos hace dos días. Lenny me guía hacia otro par de puertas que van del suelo al techo.
—El salón del trono —susurra—. Aquí comerás con el resto de los contendientes.
Antes de que tenga ocasión de preguntarle nada, hace un ademán con la cabeza a los hombres que montan guardia. Es una orden silenciosa para que abran la puerta.
Al principio, parece que nadie se fija en mí.
Todos están sentados a una mesa larga de madera situada en el centro del suelo de mármol que contrasta con la delicada belleza del salón del trono. Los élites charlan entre ellos, y es obvio que la mayoría se han criado juntos.
Respiro hondo y echo a andar hacia la mesa. Ocho pares de ojos se clavan en mí, me miran de arriba abajo mientras me dirijo hacia ellos.
«Y he tenido que ser la última en llegar».
Cojo una silla en el extremo de la mesa al lado de Ace. No me apetece sentarme junto a él, pero al menos será un alivio que dejen de mirarme.
Solo que no dejan de mirarme.
Noto su atención y alzo la vista, y no puedo contenerme.
—Bueno, ¿qué hay para cenar?
Se me escapa un suspiro de alivio cuando la chica que ocupa la silla al otro lado de Ace suelta una carcajada y se inclina sobre la mesa para mirarme. Luce una mata de pelo rojo como el vino que brilla a la luz de la tarde que entra por la ventana y compite con el centelleo del aro de plata que lleva en la nariz.
—¡Eso mismo quiero saber yo! —Tiene unos ojos color miel que brillan, traviesos—. Yo soy Andy.
—Yo, Paedyn —digo, y sonrío.
—Bueno, si nos vamos a presentar… —Una voz grave llega desde la otra punta de la mesa—. Yo soy Braxton.
Alzo la vista y veo a un chico enorme, de piel oscura, que me saluda con un ademán.
«Un fornido».
Le devuelvo el saludo.
—¡Yo soy Jax! —dice otra voz de varón, más aguda.
Me fijo en su sonrisa tímida, en la otra punta de la mesa. Todo el mundo está gritando su nombre. Aparte de Hera y Ace, que vienen de los barrios bajos, es obvio que los demás ya se conocían bien.
—Yo soy Sadie. —Me vuelvo hacia una chica de piel oscura que me mira con curiosidad, como si me evaluara. La chica que está sentada a su lado alza la barbilla y carraspea para captar mi atención.
—Yo, Blair. Un placer, Paedyn.
Escupe las palabras como si le supieran mal en la boca y me mira como miraría algo que se le hubiera pegado en la suela de la bota. De inmediato soy consciente de que esa chica no quiere saber nada de los mundanos, y menos aún de los que viven en los barrios bajos. Tiene el pelo color lila que le cae sobre los hombros y le contrasta con los ojos marrones, clavados en mí. Es espectacular, pero increíblemente fría.
—El placer es todo mío, Blair —digo con voz gélida.
Hay tanta hambre en sus ojos que me siento como si yo fuera a ser su primer plato.
Y, en ese momento, una voz cargada de diversión me habla desde mi extremo de la mesa, justo delante de mí.
—Yo soy Kai. Ya nos conocemos.

«Está aquí».
Kitt se partía de risa cuando se enteró de quién era Paedyn Gray, aunque el vuelo de uno de mis cuchillos lo hizo callar enseguida. Pero, incluso mientras se rendía, siguió farfullando sobre lo divertido que era todo aquello.
Y tiene razón. Es de risa. La mental que salvó sin querer a un príncipe que obviamente no le gusta recibe como recompensa la posibilidad de participar en unas Pruebas que bien podrían matarla.
«Y ahora aquí está, sentada delante de mí».
Tras lavarme bien para quitarme el sudor y la sangre de un largo día de entrenamiento y torturas, me he encaminado el salón del trono. Enseguida ha llegado Braxton, y detrás de él Jax, que todavía va dando saltos de alegría.
El resto del grupo no ha tardado en venir. Los conozco a todos menos a un chico y a una niña, los de los barrios bajos. Han ocupado sus asientos en torno a la mesa y han dejado libres las cabeceras para el rey y la reina, y uno a mi lado para Kitt.
Pero justo cuando ya estamos como en casa, inmersos en las conversaciones repetidas que hemos mantenido durante años, sucede algo.
Ella. Ella es lo que sucede.
Entra en el salón.
Se sienta frente a mí y ni siquiera me mira.
—Bueno, ¿qué hay para cenar? —pregunta.
Habla con seguridad, pero no para de darle vueltas al anillo que lleva en el pulgar.
«Qué interesante».
Todos se presentan: Andy, Braxton, Jax, Sadie, Blair, y los recién llegados, Ace y Hera. Y sigue sin molestarse en mirarme.
No lo voy a tolerar.
—Yo soy Kai. Ya nos conocemos.
Por fin consigo que me preste atención. Sé que se me escapa un atisbo de sonrisa cuando sus ojos se clavan en los míos. Le han oscurecido las pestañas con maquillaje, y ahora contrastan con el azul vivo de su mirada. El suave pelo ondulado, plateado, le cae sobre los hombros y delante de la cara, y tengo que contenerme para no apartarle los mechones de los ojos, aunque solo sea para vérselos mejor.
—Sí, por desgracia.
La dulzura de su sonrisa contrasta con la mirada cortante que me lanza.
Nos volvemos hacia las grandes puertas, que se han abierto con un crujido, y veo entrar a mi padre y a mi madre. No, al rey y a la reina, muy en su papel. Parecen relucir a la luz del sol que entra por los ventanales que hay por todo el salón del trono, y que arranca destellos de las coronas y las joyas mientras se dirigen hacia la mesa. Estoy acostumbrado a este nivel de formalidad: el rey, con sus mejores ropas; la reina, deslumbrante con su vestido. El rostro de mi padre es severo; en cambio, mi madre luce su sonrisa serena.
Kitt entra detrás de ellos con toda naturalidad y, al mismo tiempo, como un futuro rey. Me mira y luego mira a Paedyn con una sonrisa traviesa. Se sienta a mi lado mientras el rey le aparta la pesada silla de madera a la reina.
—Bienvenidos a las sextas Pruebas de la Purga —dice con voz retumbante.
Mi madre se aparta de los ojos un mechón de pelo negro.
—Y felicidades a todos por llegar hasta aquí.
—Es un honor ser elegidos —sigue mi padre—. Una honra para el reino, para vuestra familia y para vosotros mismos. —Repite las palabras que me han grabado a fuego en la cabeza desde que tuve edad para entenderlas—. Os recomiendo que invirtáis bien el tiempo para prepararos para las Pruebas. Nunca se sabe con qué os podéis encontrar. —Me mira para recordarme en silencio, sin atisbo de sutileza, que estoy obligado a ganar—. Centraos en el entrenamiento antes de que llegue la primera Prueba, y luego durante la semana que habrá entre ellas.
«Y observad cómo se entrenan vuestros adversarios».
Casi le leo en los ojos las palabras que no ha pronunciado. Saber cómo pelean los otros contendientes, aprender a leer sus movimientos y maniobras, puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.
—¡Y practicad también los pasos de baile! —dice mi madre con tono alegre. Siempre le ha gustado más la fiesta que el derramamiento de sangre de las Pruebas.
Mi padre sonríe a su esposa. Es un gesto sincero que solo tiene para ella.
—Ya hemos hablado bastante de las Pruebas. ¡Es hora de comer!
Así empieza la procesión de sirvientes que llevan a la mesa bandejas humeantes. Nos ponen delante docenas de fuentes llenas de comida. Nos sirven en los platos pavo condimentado y judías. Gail en persona se ocupa de traer una bandeja de bollos de miel y la pone delante de Kitt y de mí para provocarnos. Le guiño el ojo cuando se va, y ella pone los ojos en blanco antes de salir del salón.
Kitt y yo charlamos sin cesar mientras pasamos las fuentes de comida y rechazamos la ayuda de los criados. Estoy llenándome el plato de pavo cuando me fijo en Paedyn, sentada frente a mí, muy rígida. Tiene los dientes apretados como si estuviera intentando con todas sus fuerzas no quedarse boquiabierta. Miro a Hera con curiosidad, y sí, tiene en el rostro una expresión similar. Incluso Ace, que parecía el más rico de los tres, observa en silencio la cantidad de comida que tenemos delante.
Vuelvo a mirar a Paedyn, que no deja de parpadear y no ha empezado a comer. No me puedo ni imaginar qué le estará pasando por la cabeza. Seguro que le repugna la cantidad de comida que desperdiciamos cuando ella apenas tiene la necesaria para sobrevivir. La rabia indisimulada que se refleja en su rostro me dice que prefiere pasar hambre.
Y no lo voy a permitir.
Competiré contra ella, pero no quiero ganar por omisión, porque se muera de hambre. Pincho un trozo de pavo con el tenedor y se lo dejo caer en el plato.
Me mira bruscamente con una mezcla de irritación y sorpresa.
—¿Te gustan las judías? —pregunto como si tal cosa. No me responde, así que le echo un montón en el plato—. Ahora lo averiguaremos.
Me inclino hacia ella al tiempo que añado unas patatas a la comida que tiene delante.
—¿Te tengo que dar de comer también o comes tú solita? —susurro.
Luego, le dedico una sonrisa que sin duda hará que quiera lanzarme a la cara las judías, seguidas de un buen puñetazo.
Sus ojos arden con llamaradas azules como si me fuera a abrasar con la mirada. Pero, tal como me imaginaba, coge de mala gana el tenedor y se mete un bocado de judías sin apartar la vista de mí. Me acomodo en la silla con una sonrisa. Ha entendido que iba en serio, que le iba a dar de comer si no empezaba a hacerlo ella sola, y no podía permitirlo.
Pasan unos minutos entre el tintineo de los cubiertos y fragmentos de conversación. Blair se vuelve hacia Kitt y hacia mí para hablar de a saber qué plagas. En general, Kitt es mejor persona que yo, sobre todo a la hora de tratar con ella. Sostiene una charla cortés mientras yo me concentro en la comida que tengo delante.
La voz de mi padre interrumpe toda conversación. Alzo la vista y veo que está mirando a Paedyn, intrigado.
—Así que esta es la chica que te salvó en el callejón —dice.
«Después de robarme».
Noto que todas las miradas se vuelven hacia nosotros con atención. Paedyn deja el tenedor en el plato y mira al rey con tanta intensidad que, por un momento, me recuerda a Blair. Tiene los ojos cargados de una determinada emoción, un sentimiento que trata de ocultar. No tengo tiempo para descifrarlo, porque consigue ponerse una máscara de neutralidad en un abrir y cerrar de ojos.
—Sí, le salvé la vida. ¿No es verdad, alteza? —Se vuelve hacia mí con una sonrisa que en realidad es un desafío.
—Así que conoces mi título. —Mis palabras llevan una buena carga de sarcasmo. Esbozo una sonrisa—. Qué sorpresa, no estaba seguro. Porque, en el callejón, me llamaste algo muy diferente.
Su sonrisa es todo dientes.
—Seguro que, fuera lo que fuese, era justificado. —Hace una pausa—. Y preciso. —Sonríe—. Y merecido.
«Cerdo arrogante».
Sus ojos, su sonrisa y su tono de voz están repitiendo a gritos las dos palabras. El título que me otorgó.
—Y tu título, ¿cuál era? ¿La Salvadora de Plata? —Contengo la risa—. Te pega. Sobre todo por lo mucho que te gusta la plata.
La sonrisa helada de Paedyn desaparece un segundo.
Está molesta. Muy bien.
Es obvio que mi madre está de su lado, porque me lanza una mirada cargada de intención.
—Gracias por ayudar a Kai, Paedyn —dice—. No lo olvidaremos. Igual que no lo ha olvidado la gente, y por eso te han elegido para las Pruebas.
Paedyn agacha la cabeza y le sonríe, aunque la sonrisa no le llega a los ojos. Pero deja de sonreír al oír la voz de mi padre.
—Vaya, nunca he conocido a una mental —dice, y la mira con curiosidad—. Qué poderes tan… interesantes.
Paedyn se relaja y se ríe.
—Según decía mi padre, es un don sin importancia, pero escaso, y pocos mundanos lo tienen. Lo más útil de mi habilidad es que los silenciadores no me afectan, o no tanto como a tu hijo.
Le cae un mechón de pelo plateado sobre los ojos, y se lo coloca tras la oreja con gesto distraído mientras el resto de la mesa vuelve a la conversación anterior, por lo visto aburridos ante el cariz que está tomando esta.
—Ah, sí, tu padre. Adam Gray fue un gran curandero. Y un hombre muy culto —dice mi padre, pensativo.
Paedyn se pone rígida.
—¿Conocías…? —Carraspea para aclararse la garganta—. ¿Conocías a mi padre?
—Desde luego. Solía subir a palacio en la estación de las fiebres para ayudar a los médicos de la corte cuando había demasiados pacientes.
Paedyn asiente.
—Sí, me acuerdo. Todos los inviernos.
La conversación se interrumpe cuando los sirvientes vuelven a entrar en el salón para retirar los platos. Se ajetrean en torno a la mesa y recogen las bandejas y los cubiertos antes de volver a desaparecer en el pasillo, dejando atrás una mesa inmaculada.
Mis padres se levantan a la vez.
—Descansad bien, élites. Mañana empieza el entrenamiento.
Tras estas últimas palabras del rey, se dan la vuelta y se dirigen hacia la puerta.
Hay un segundo de silencio, que se rompe con el sonido de las sillas cuando todo el mundo se levanta. Tres imperiales se acercan hacia los nuevos élites para acompañarlos a sus habitaciones.
Me fijo en uno joven, pelirrojo, que se dirige a Paedyn con una sonrisa. Y de pronto, sin poder contenerme, me interpongo entre ellos.
—Ya me encargo yo.
Me mira, confuso.
—Pero, señor, tengo que escoltar…
—Ya lo sé. Y soy más que capaz de llevarla a su habitación, ¿no te parece?
—Claro, majestad.
Hace una inclinación en dirección a Paedyn y se marcha.
La expresión en el rostro de la chica rivaliza en confusión con la del guardia. Me doy media vuelta y me dirijo hacia las puertas sin esperarla. Suelta un bufido, y luego oigo el sonido de sus botas cuando se apresura para darme alcance.
—¿Y este repentino interés por parecer un caballero? —me pregunta en tono seco.
Me paro, me vuelvo y le lanzo una mirada.
—No te acostumbres —le digo con una sonrisa burlona—. Mi habitación está justo delante de la tuya, así que voy a ser caballeroso, pero solo por esta vez.
Me meto las manos en los bolsillos y echamos a andar de nuevo. Esta vez va a mi lado.
—¿Por qué duerme el príncipe en el ala del palacio destinada a los contendientes?
—Por si no te habías dado cuenta, yo también compito en las Pruebas.
Suelta una carcajada desprovista de humor.
—Sí, me he dado cuenta. Pero pensaba que el príncipe tendría una gran habitación llena de criados para servirle en todo momento. ¿No es así?
Es una pregunta acusadora, palabras bonitas cargadas de veneno.
—Sí, no te preocupes, de eso también tengo —replico con frialdad ante su desdén. Solo tiene razón en parte. Dispongo de una habitación grande, pero me niego a que me sirvan los criados—. Durante las Pruebas, todos los contendientes viven en las mismas condiciones. Así no hay acusaciones de que ninguno recibe trato de favor o cuenta con ventaja.
Nos detenemos ante su pue
