Los que quedan

Yolanda Ruiz
Yolanda Ruiz

Fragmento

Los que quedan

1. LIBRO MUERTO

En el centro de la hoja hay tres figuras humanas con algo en común: todas sin cabeza. En esa primera sesión, Sandra, la terapeuta, le había pedido a Martín un ejercicio rutinario: que dibujara una familia. Sabía poco del niño, salvo que su padre había sido asesinado y que el niño era una víctima de la violencia. Todos sus pacientes lo eran. Martín estaba concentrado en su dibujo y ella aprovechó su distracción para observarlo. Tenía entonces poco más de diez años pero ella pensó que parecía menor por su figura menuda y delgada. Tal vez estaba desnutrido. Su piel era más blanca que cobriza, el cabello era castaño claro, los ojos de un color entre miel y café claro cambiaban con los golpes de la luz.

El niño pasó más de quince minutos dibujando y borrando, dibujando y borrando. Por momentos levantaba la cabeza y miraba al techo entrecerrando los ojos, como si buscara inspiración para los trazos. Al final alzó los hombros en un gesto de renuncia, exhaló un «no puedo» y le extendió el papel con el dibujo de las tres figuras humanas sin cabeza.

* * *

Han pasado casi treinta años desde cuando por primera vez escuché a mi hermana Sandra relatar la historia de Martín. Ella es médica y ha dedicado su vida a trabajar con sobrevivientes de la violencia. Martín debería tener hoy unos cuarenta años, y no sé qué pasó con él después del episodio que les voy a contar. Encontré su historia en los restos de un libro que no llegó a publicarse. Un libro que nació, murió, se perdió y dejó rastro porque el relato del niño y otros más, en algún momento, hicieron parte de un proyecto que nunca se concretó, y que en modo borrador estuvo perdido por más de veinte años.

Son historias de sobrevivientes, de víctimas de una violencia que los golpeó y no los mató. Son vidas cambiadas, partidas en dos porque para todos hubo un antes y un después. Ocurrieron en una de las etapas más violentas en un país violento: de mediados de la década de los ochenta hasta la primera parte de la década de los noventa. Si hemos llamado la Violencia a esa época de muerte derivada del enfrentamiento entre liberales y conservadores —entre la mitad de los cuarenta y los sesenta— deberíamos llamar a esa etapa las Violencias: la de las guerrillas y los paramilitares, la del narcotráfico y la de agentes del Estado que también violaron todo tipo de normas para ser parte del terror.

En este período, las masacres, las bombas, los asesinatos selectivos, las desapariciones, los magnicidios, los cuerpos cortados en pedazos que eran arrojados a los ríos, fueron parte de la vida cotidiana en Colombia. Mucho de eso siguió siendo la noticia diaria al terminar un siglo y comenzar el otro, y nos persigue hasta hoy, pero la magnitud de lo ocurrido en esos años dejó una huella profunda en quienes vivimos la incertidumbre y el miedo en una de las peores épocas de una guerra que no termina. Todos arrastramos duelos colectivos, y algunos tenemos los de nuestros propios muertos. Escribir este libro me llevó también a mis abismos personales.

Esos años de las Violencias coincidieron con mi comienzo en el periodismo, y recoger esas historias fue, en su momento, parte de un trabajo de campo que buscaba poner en evidencia el impacto que deja la violencia en la salud mental de quienes sobreviven. Creemos que la muerte es lo más grave, la pérdida mayor, el golpe extremo. Es así. Sin embargo, cuando la violencia no mata y pasa cerca, para los que quedan, para los sobrevivientes, puede ser peor que la muerte.

Me acerqué al tema por el trabajo de mi hermana como terapeuta, y a partir de allí hice una labor de reportería en terreno para conocer de cerca algunos detalles de las historias de esas víctimas. Las historias me tocaron por dentro. Me costó trabajo abordarlas. Pasé algunos años en el ir y venir de la idea sin terminarla del todo, porque era necesario robarle tiempo a mi trabajo de periodista, siempre demandante, y porque también me costaba enfrentarme.

Cuando por fin iba llegando al final de lo que sería un posible libro, el proyecto se hundió porque algunos de los terapeutas que trabajaban con mi hermana, y que me dieron testimonio, prefirieron no autorizar su publicación después de que uno de ellos se suicidó. Respeté en su momento, y también ahora, esa decisión de silencio. Después de tener claro que no se iba a publicar, guardé el borrador y por años no volví a pensar en él. Era un proyecto fallido y lo enterré en el olvido. Sin embargo, la persistente violencia que me ha tocado relatar a lo largo de mis años de periodista me llevaba otra vez a esos recuerdos. Un día pensé que podría darles una mirada nueva desde mi mayor experiencia. También, porque me resultaba difícil olvidar a muchos de los protagonistas de esas historias, a pesar de miles de entrevistas que he hecho en mi carrera.

Hace unos cinco o seis años intenté revisar lo escrito, y el borrador no apareció. El cambio constante de tecnología a lo largo de los años, tres mudanzas, un divorcio y mi desapego ya enfermizo de las cosas me impidieron encontrar el material. No me gusta guardar: creo que la vida es mejor llevarla liviana, y por eso tiendo a dejar ir las cosas fácilmente. Sin embargo, con alguna frecuencia —como ahora— descubro que no es bueno quedarse sin los objetos que guardan el pasado, pues cuando vuelve y llama no hay con qué responder a sus embates.

Durante mucho tiempo busqué esos archivos, y después de unos años me resigné y acepté que era un trabajo perdido. Ahora entiendo que todo tiene su tiempo y su momento. Esta historia tiene que ver con una sincronía de eventos que se fue dando con precisión, y que me llevó también a hundirme en mis dolores guardados.

Iban pasando ya los meses duros de la pandemia cuando empezaron a aparecer retazos de mi pasado. Iván Darío y Lila, amigos de otro tiempo, me buscaron después de décadas sin vernos. Cada uno por su lado. Cada uno con su historia. Cada uno con un duelo que también es mi duelo. Ya les contaré de ellos.

Por esos meses también aparecieron la historia de Martín y las demás. Venían en un paquete de unas ciento cincuenta páginas anilladas entre dos cartones negros que no recordaba tener impresas. El pasado cambia, tiene vida propia y no es sólo uno, como podemos creer. La memoria guarda lo que quiere, transforma lo que pasó y borra mucho más. Siempre estuve buscando archivos digitales, revisé muchas unidades de memoria, computadores, tabletas y celulares viejos. Aparecieron en el proceso de búsqueda fotografías que creía perdidas, algún BlackBerry, un documental que hicimos en Caracol Radio sobre el asesinato de Luis Carlos Galán y hasta la primera noticia que escribí en mi carrera de periodista. Del proyecto de libro, nada.

Hasta que las historias volvieron a mí como algo muy tangible y real, en papel, con anotaciones hechas a mano en varias páginas. El texto apareció por casualidad, cuando en medio de una conversación familiar hablé de la posibilidad de escribir un nuevo libro —después del que publiqué en 2019 bajo el título En el filo de la navaja— y recordé, con tristeza, aquel intento fallido.

Mery, quien fue mi cuñada y se quedó como parte de la familia, como una hermana más, a pesar de su divorcio de mi hermano, dijo entonces, como si fuera algo de lo más normal: «Yo tengo una copia». Lo que decía no tuvo sentido para mí en un primer momento, y luego, con la ayuda de su memoria, poco a poco, recordé que cuando hice un primer borrador de las historias quise someterlo a la mirada de algunas personas que pudieran hacer una lectura crítica distante. Esa versión impresa no estaba en mis recuerdos. Tampoco tuve claro a quién más había entregado el borrador en ese momento. Meses después, cuando ya estaba metida de lleno en esta nueva escritura, apareció otra copia, en medio de los archivos de mi hija, donde no había buscado. Esa era una versión posterior, con más correcciones y ajustes.

* * *

La terapeuta de Martín, el niño que pintó una familia sin cabeza, fue mi hermana Sandra. Ella ha tenido siempre la vida amarrada a los otros, y en sus comienzos profesionales se nos convirtió en una costumbre escuchar en la mesa las historias de su trabajo con víctimas de violencia. No ocultaba lo que sentía al regresar de cada viaje. Se le notaba el cansancio en la expresión adusta de su rostro, en la mirada a ratos perdida, en el poco apetito.

Llegaba cargada de tragedias ajenas que hacía propias. Se volvió normal escucharla hablar de niños huérfanos, de viudas, de una mujer que se quería suicidar, de una masacre o de otra. Aunque el periodismo también me ha llevado a asomarme al lado más crudo y oscuro de la humanidad, intento escapar y mirar desde lejos, cuando se puede. Ella, por el contrario, se sumerge en la profundidad de cada tragedia. Es su vocación. Siempre agradezco que existan personas como ella, con esa capacidad para entregarse a los demás. El mundo está lleno de personas así, y pocas veces se notan porque el escenario público tiende a hacer más visibles a los que hacen daño.

Supongo que en una de esas historias comentadas en la mesa empezó a nacer aquel libro perdido. Después de leer el borrador que apareció, de evaluar y pensar mucho, entendí que el proyecto de entonces había muerto y poco tiene que ver con lo que van a encontrar aquí. Preferí retomar solamente aquello que tenía muy documentado por mi trabajo directo de reportera y por la memoria de mi hermana, con su experiencia como terapeuta. Con ella volvimos a hacer memoria y navegamos en el pasado visto desde el presente, para entenderlo mejor. En el camino enfrentamos nuestros dolores aplazados.

A lo que se hizo en la época le sumamos trabajo de hoy, con datos de contexto porque cada historia es parte de un universo mayor. Mi hija Manuela, licenciada en Literatura, escritora y profesora de español, se vinculó también al proyecto. Ella me ayuda a entender mejor el mundo, con una mirada más joven y fresca. En este libro su mano está en parte de la edición, en la estructura narrativa y también en la investigación de datos que consideramos importantes para entender cómo cada historia tiene un entorno, un antes, un después.

La violencia es el telón de fondo, y aunque persiste y no hemos logrado erradicarla, ha cambiado. También es distinta la manera como hoy se aborda el impacto que deja en las víctimas sobrevivientes. Ver esa fotografía de un momento preciso que estaba atrapada en las hojas que aparecieron cuando las daba por perdidas nos permitió entender lo mucho que se ha avanzado en atención a las víctimas, y también, lo recurrente de la violencia, con todas sus secuelas. La sensación es dual, porque por momentos parece una violencia estancada en el tiempo que se niega a desaparecer.

Los dolores son los mismos, las víctimas siguen cayendo, los duelos son cotidianos. Sin embargo, no encaramos como hace treinta años esa violencia. Hoy se habla de lo que antes era silencio, y poco a poco se entiende de otra manera el golpe de la violencia en cada persona. Las víctimas hoy son reconocidas y se hacen esfuerzos por lograr para ellas algo de justicia, verdad y reparación. Antes, muchas de ellas estaban obligadas a vivir en silencio sus duelos.

Al final quedan aquí algunos testimonios de víctimas, reflexiones de entonces y otras de ahora después de la experiencia ganada. Comparto mis duelos personales de esa época porque también soy una de los quedan. No ha sido un camino fácil. Se trata de abrir armarios llenos de monstruos y dolores que dejé encerrados para poder vivir. Y como ha sido un camino lleno de baches, ires y venires, dolores y catarsis, quiero que en la lectura se asomen también a lo que significó el proceso de escribir este libro, que se hizo como armando un rompecabezas, pieza por pieza, entre el ayer y el hoy.

Desde el momento en que pensé retomar la idea y hacer algo con el viejo borrador de un libro muerto empecé a escribir un diario en el que iba relatando el paso a paso del trabajo, las dudas y los temores de enfrentarme a ese pasado que duele y acecha. No lo encontrarán de manera cronológica porque la escritura tuvo su camino y luego el proceso de pegar y armar los relatos fue otro. Esta es la historia de un libro que nació muerto y la de otro que se alimenta de sus cenizas.

Los relatos están contados con varias voces. Están las de los sobrevivientes con quienes hablé antes o ahora y la de mi hermana Sandra, quien aporta su mirada profesional como terapeuta que ha atendido a decenas de víctimas de la violencia. Sus palabras dan cuenta de lo vivido en el pasado y de la evolución que ha significado en su trabajo entender poco a poco ese efecto de la violencia sobre la salud mental. Ha tenido que lidiar también con sus procesos interiores para contener el dolor de otros, para enfrentarse incluso al miedo de morir en mitad de una sesión. También está mi voz. Fue una necesidad vital acudir a la primera persona por esos duelos que dejó la violencia, y que forman parte de mi equipaje personal en la vida.

Van a encontrar una mezcla de géneros con una dosis de periodismo, entrevistas, crónicas y algo de investigación para dar elementos de contexto, pero hay también sensaciones múltiples matizadas por el paso de los años. Algunas se han hecho más intensas y me han confirmado ideas de esa época, otras se han desdibujado, se han perdido o las he cuestionado por lo aprendido y desaprendido en la vida. Para hacer más sencillo el paso por estas historias me he tomado algunas libertades literarias menores que no afectan la veracidad de lo que se relata aquí.

Para dar fe de los hechos tengo lo escrito en los años noventa, que es fiel a lo visto, lo escuchado y lo sentido en el momento, y tengo la memoria, que no es siempre fiel a los hechos, pues suele ser caprichosa. Las entrevistas de hoy están grabadas, los datos de contexto tienen fuentes que considero fiables. Con eso contaré estas historias, que son reales, aunque muchos de los nombres sean distintos. Son reales, aunque cambien los lugares. Son reales, aunque algunos de sus protagonistas ya no existan. Son reales porque vi en sus ojos el sufrimiento, porque me dolieron sus dolores, porque con ellos descubrí por primera vez que la violencia menos cruel es la que mata, porque a los sobrevivientes les toca lo peor. Por eso aquí hablamos de los que quedan.

2. SIN CABEZAS

10 de enero

Hacer memoria es como buscar en cajones viejos. Van saliendo papeles, fotografías, retazos de vida que estaban perdidos. Hoy nos reunimos con Sandra, por primera vez en esta etapa, para repasar las historias sobre las que habíamos trabajado hace tantos años. Quiero seleccionar aquellas en las que ella me puede dar testimonio directo. Algunas historias de pacientes atendidos están muy marcadas en su memoria y otras se cruzan o se confunden, porque son muchas. Ella recuerda con detalle a quien la amenazó en medio de una consulta, porque es difícil olvidar cuando hay un arma cerca, y más, si la tiene en la mano alguien que ya ha matado.

La de Martín, el niño que dibujó una familia sin cabeza, es una historia que no se olvida. Yo tenía la esperanza de que ella tuviera uno de esos dibujos, pero no existen más allá de su recuerdo, de mi recuerdo. Conversamos un rato sobre la importancia de entender la dosis de memoria y la dosis de olvido que se requiere para poder avanzar. Los dolores acumulados suelen generar más violencia. Buscar justicia no es lo mismo que buscar venganza.

* * *

Sandra recuerda muy bien el dibujo que hizo ese niño de Popayán, porque era especial:

«Es usual que los niños que han visto o padecido la violencia la muestren en sus dibujos. Por sus trazos descubrimos lo que sienten, lo que viven, cómo perciben el mundo y qué están reclamando. Intenté indagar en las razones para saber por qué un niño dibujaba una familia decapitada. Fue el comienzo de una terapia que nos llevó meses. Él me dijo que no sabía dibujar caras, que no podía y en la conversación habló de no recordar bien la cara de su papá, me habló del miedo que eso le daba».

Miguel, el padre de Martín, era un defensor de derechos humanos y uno de los líderes en su vereda. Llevaba tiempo trabajando con sus vecinos en un intento por recuperar las tierras de las que fueron despojados en medio de la violencia. Ese ha sido desde siempre uno de los motivos de muchas disputas en el Cauca y en otras regiones golpeadas por el conflicto armado en Colombia.

El día que mataron al padre, Martín abrió la puerta de su casa, pero no tuvo la oportunidad de preguntar para saber qué querían los extraños que llegaron. No dijeron nada, no dieron explicación. Lo empujaron y entraron a golpes, sin pedir permiso, como llega la muerte. El niño los oyó gritar el nombre de su papá, vio cómo patearon todo a su paso y vio cuando lo encontraron en el cuarto y lo sacaron arrastrado. El padre no alcanzó a defenderse: lo tiraron al piso y lo golpearon entre todos.

Martín intentó detenerlos y se pegó con rabia a la chaqueta de uno de ellos, pero en cuestión de segundos estaba al otro extremo de la sala, por el impacto de un golpe seco que le descargó uno de esos gigantes. Desde el piso alcanzó a ver en detalle las botas negras que llevaba el hombre que lo golpeó. Luego pasaría años buscando en los zapatos de todos los hombres esa marca específica que vio mientras sentía el sabor metálico de la sangre en su boca. Se levantó como pudo, olvidó que su papá le había dicho mil veces que «los hombres no lloran» y se abrazó a su mamá mientras dejaba correr un montón de lágrimas. Su mamá intentó cubrirle los ojos para que no viera, pero el sonido de los golpes y los gritos de su papá le retumbaban en los oídos.

Cuando Miguel ya no podía ni levantarse, dos de esos hombres lo tomaron por los brazos y lo sacaron de la casa. Isabel desprendió al niño de su falda y se aferró con todas sus fuerzas a su marido. Tenía claro que si se le iba de las manos sería para siempre: lloró, suplicó, imploró, invocó a Dios, pero nada consiguió, y lo último que vio fue la luz roja del carro en el que se lo llevaron.

Alcanzo apenas a imaginar la desolación que se apoderó de esa familia. Un secuestro así era, y es todavía, el primer paso de un asesinato o una desaparición. ¡Cuánta incertidumbre, cuánto miedo!

21 de mayo

Hoy le pregunto a Sandra si recuerda el lugar en el que hizo la primera sesión con Martín. Intento trasladarme allí con ellos, entender el ambiente de esa conversación, ir más allá del dibujo tan elocuente. Me cuenta que hablaron en una oficina pequeña y sencilla que les prestó alguna organización social en la zona. Eso resultaba un lujo, porque nunca hubo un consultorio para atender a los muchos pacientes, según me explica.

* * *

«Yo hice terapia en todo tipo de lugares: en oficinas, en escuelas, en patios, en iglesias, en tiendas en donde había una mesita y ahí nos acomodábamos. Eran los lugares más inesperados, hasta debajo de un árbol al aire libre. Recuerdo mucho algunas sesiones en pequeños cuartos en casas prestadas en Barrancabermeja porque el calor me disparaba la migraña y las mujeres lideresas de la zona buscaban por el vecindario un ventilador para aliviar el sofoco. Siempre eran lugares improvisados».

Sandra y Martín conversaron muchas veces en una oficina prestada con vista a una de las calles blancas de Popayán. Había un escritorio, dos sillas y un par de afiches que recordaban eventos pasados. Esa era toda la decoración. No parecía ser un entorno propicio para conversar con un niño, pero era lo que había. Sandra recuerda que poco a poco fue armando los detalles de la historia con lo que el niño le contaba y lo que pudo luego conocer de la familia. Además del dibujo de las personas decapitadas, recuerda otros.

«En una de las sesiones Martín sólo dibujó un camino largo. No había nada más en el papel. El niño dijo que lo había visto en un sueño en el que su papá le hablaba y le decía que lo buscara. Él caminaba y caminaba, pero no lo encontraba».

Cuando apareció el cadáver de su padre, Martín solamente pudo verlo de lejos. Habían pasado tres días desde cuando se lo llevaron. Sabía que era su papá, porque eso dijo el hombre que llegó a avisar y porque alcanzó a distinguir la ropa y la forma de su cuerpo, pero tenía algo negro que cubría la cabeza y no dejaba ver su cara. Martín corrió porque quería verlo y abrazarlo, pero su mamá y su tío se interpusieron en la mitad del camino y le dijeron que no, que su papá ya se había ido para el cielo y que era mejor que lo recordara como había estado en la casa: vivo y alegre.

No fue ese el recuerdo que le quedó a Martín. La imagen que día y noche se le aparecía por los rincones, como un fantasma, era ese plástico negro que no le permitió ver por última vez a su padre, y que se convirtió en la puerta de entrada a sus pesadillas: desde ese día tuvo muchas horas para imaginar, soñar, pensar en lo que se ocultaba detrás del plástico, y que no le permitieron ver.

Miguel fue torturado y asesinado. No se sabe nada de los hombres que esa noche lo sacaron de su casa. Isabel, la viuda, y su cuñado denunciaron, se quejaron, acudieron a todas las autoridades, porque no se resignaban a la impunidad. Para ellos, el olvido y dejar de denunciar significaba traicionar al muerto. No querían a los asesinos libres, y por eso la historia llegó a organismos de derechos humanos, a la Procuraduría, a la Policía y a múltiples entidades internacionales, que desde muchos lugares enviaron cartas pidiendo justicia. Pero en la historia de Miguel, como en muchas otras que ocupan toneladas de archivos y expedientes, sólo hay dos certezas: la muerte y la impunidad.

Un día, muchos días después de la noche del terror, volvieron a tocar a la puerta. En esa casa nunca más se volvió a abrir sin verificar quién llegaba. Por eso, antes de acudir, Isabel se asomó con cuidado por una rendija de la ventana, y descubrió a unos hombres desconocidos que no parecían del lugar. Se quedó quieta y en silencio esperando que se fueran. Volvieron a golpear, y Martín, desde la ventana de su cuarto, vio cómo uno de los visitantes se acercaba mucho a la ventana de la sala intentando descubrir algo detrás de la cortina. Isabel temía que le escucharan desde el otro lado el corazón que se le reventaba en el pecho. La blusa se le pegó a la piel por tanto sudor.

Martín revivió la imagen de los hombres que entraron el día que se llevaron a su papá y no quitaba los ojos de la puerta como si su mirada fuera una tranca para impedirles entrar. Pasaron minutos eternos y los hombres se cansaron de tocar. Deslizaron bajo la puerta un pedazo pequeño de papel; luego se escucharon pasos y el motor de un carro que aceleraba. Varios minutos después, cuando ya todo era silencio, Isabel detuvo a Martín cuando quería acercarse a la puerta para tomar el papel. Se quedaron en su sitio mucho tiempo después de que el carro que traía a esos hombres dejó de oírse en la carretera.

Al fin tomaron el papel y entonces supieron que los visitantes traían un mensaje de la Procuraduría que investigaba el caso. Esa vez no había peligro, pero el temor no era infundado.

Isabel todavía guardaba bajo su cama un sufragio negro y gris que le había llegado dos días antes invitándola a su propio funeral. Le advertían que estaba preguntando y averiguando sobre la muerte de su marido más de lo permitido.

* * *

En el segundo encuentro con Sandra para repasar las reflexiones sobre las historias y la manera como el tiempo las cambia y las matiza, se abren tantas puertas que siento vértigo por la magnitud de la tarea. De lo mucho que hablamos ese día rescato su insistencia en decir una y otra vez que casos como el de Martín, y otros que hemos rescatado de su memoria y la mía, tienen un momento preciso en la historia y deben entenderse como la imagen de un instante, porque mucho ha cambiado en estas tres décadas. De alguna manera, viajamos en el tiempo para intentar ver y entender lo que pasaba entonces.

«Es muy importante recordar que esto fue en los años ochenta y noventa, porque no había en esa época el avance que ahora se tiene en atención psicosocial. Hoy en día uno puede ir a una escuela o a un colegio, incluso en las ciudades, y un porcentaje grande de esos niños sufrieron desplazamiento, son huérfanos de la guerra. Hoy se habla del tema, está presente en la realidad escolar, hay políticas públicas para atender a esos niños. A pesar de todas las deficiencias, hay avances.

»En esa época los profesores no estaban capacitados ni lograban dimensionar hasta dónde estaba presente en sus alumnos el impacto de la violencia. Podían notar los signos externos, los síntomas: el aislamiento, la rabia, incluso la violencia ejercida por los niños contra sus compañeros. Todo eso como respuesta a un episodio que los golpeó por la muerte de un familiar, por haber presenciado una masacre, por haber tenido que desplazarse. La reacción en cada caso es diferente.

»Recuerdo mucho a un niño de Puerto Wilches que después de ver una masacre no hablaba con nadie. Pasó meses en silencio. No es que se hubiera quedado mudo, es que no hablaba. Entró en un aislamiento total. Cuando empezamos a indagar en su historia entendimos que el dolor más grande de ese niño no era tanto el episodio mismo de la masacre, sino que, al verse obligado a salir de la zona, desplazado con su familia, había perdido a su perro y no lograba superar esa pérdida. Es el duelo por su perro lo que quiebra a ese niño. Para los maestros era difícil entender lo que había detrás de su mutismo. Ni por casualidad podía pasar por la cabeza de un maestro lo que se debía hacer con un niño en esta situación.

»Entendimos en esa época que parte de nuestro trabajo era capacitar a padres y maestros para comenzar a hablar con ellos sobre esos comportamientos diferenciales en niños que han vivido situaciones de violencia. Por eso es tan importante destacar lo que se ha avanzado en estos años, aunque falte mucho. Ya hoy tenemos algunas herramientas que permiten entender y atender a esos niños de manera más integral. En ese momento muchas veces partíamos de cero».

Sandra recuerda que estuvo alrededor de año y medio en terapia con Martín. Un ir y venir constante con avances lentos y evidentes en la relación. Construir confianza es fundamental si se quiere avanzar.

«A los niños víctimas de violencia les cuesta generar lazos afectivos. Con el paso de las semanas comenzamos a tener esos vínculos, él se alegraba de verme y eso me permitió ir más allá. En algunos momentos surgía la idea de la venganza. Recuerdo que una vez habló de hacer una bomba, de ponerla en la casa de los asesinos. Sin embargo, segundos después descartó la idea porque no quería dejar niños sin papá».

El rencor pesa.

* * *

Varios meses después de la muerte de su papá, cada golpe en la puerta seguía poniendo en alerta a Martín. Un domingo por la tarde alguien llegó, su madre abrió la puerta y saludó amablemente a un hombre que se había bajado de una moto. Martín de inmediato comenzó un interrogatorio para saber quién era, de dónde venía, qué quería. Su madre varias veces intentó callarlo, pero él insistía, y cuando ella anunció que saldría con ese hombre, su hijo le armó una escena de celos y temor por la hora, porque se trataba de un desconocido, porque la podían secuestrar y matar…

De nada valió que Isabel le explicara que no era un desconocido, sino el pariente de una vecina que le iba a ayudar en los trámites de la casa. Para Martín era un sospechoso, y cuando, finalmente, después de una discusión, su madre salió de la casa, tomó nota de la placa de la motocicleta, de los rasgos del hombre, y se instaló detrás de una ventana, con la mirada clavada en el rumbo que tomaron. Así permaneció las dos horas que pasaron antes de que regresara su mamá. Cuando, por fin, la vio acercarse sola, abrió la puerta, salió a su encuentro, la abrazó y le reclamó porque el hombre no la había acompañado hasta la casa.

Para Isabel, los temores de su hijo se convirtieron en un drama cotidiano, porque el niño sentía que las amenazas acechaban en cualquier esquina y que la muerte la podía sorprender el día menos pensado, como le ocurrió a su pa

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