¿Quién hablará por ti?

Arnoldo Kraus

Fragmento

¿Quién hablará por ti?

UNAS PALABRAS ANTES DE EMPEZAR

Más de una vez me he preguntado sobre las razones que motivaron estas reflexiones. Más de una vez, porque ninguna fue suficiente ni convincente. En las páginas que construyen estos testimonios retorno con frecuencia, casi con obsesividad, a esa duda: ¿por qué y para qué estas líneas? Los muertos de estas páginas, lo mismo que los muertos de otras tantas no escritas, fallecieron hace ya demasiado tiempo, tanto que ya ni el recuerdo ni el dolor se inquietan. Algunos dolores dejan de corroer cuando el tiempo ha sanado las heridas o ha quebrado la memoria. Los cadáveres viejos que se apilan en estas líneas dejaron de llorar hace ya muchos años. Por eso, los huesos de sus vivos dejaron de gemir.

La mayor parte falleció como seres anónimos: sin tumbas, sin actas, sin rezos, aislados. Fueron masacrados en medio de la más inmensa de las soledades, la del “silencio humano”, ese silencio cómplice, soterrado y cobarde. El “silencio humano” es una invención moderna que protege a la comunidad, despersonaliza al individuo y exime a los verdugos. Es un estado que aleja la culpa y evita la reflexión. Cuando muchos no saben, nadie sabe. Cuando no hay culpables, nadie es responsable, y cuando no hay responsables, saber carece de sentido. En las grandes matanzas, en las orgías de sangre, no hay individuos, no existen personas con nombre y apellido. Uno se convierte en el brazo de la masa, otro en la mirada, y los más en bocas cerradas. El individuo desaparece y con él la conciencia.

La historia contemporánea, sobre todo la que cobijó los genocidios del siglo XX, es una fábrica de silencio cuyos engranajes y trabajadores funcionan a la perfección. No ha habido ruido, tiempo, ni memoria suficientes para lograr que ese prolongado silencio hable. La historia, sobre todo la que aborda el destino de las víctimas de los genocidios, es desmemoriada y cruel. No ofrece espacio ni palabras a quienes mueren solos. No abre sus puertas a quienes fallecen sin esquela o sin un puño de tierra amiga. La historia es tan selectiva como la mirada humana: no suele abrir sus libros para que en ellos hablen las víctimas.

El círculo de la vida debería cerrarse en una tumba y con unas letras, en un panteón y con unas piedras, en una fecha exacta y con un final preciso. Muchos de los muertos de estos y otros testimonios carecen de esas coordenadas indispensables. Una de las razones por las que escribí estas líneas es porque considero que la justicia es uno de los atributos fundamentales de la especie humana y pienso que al hacerle justicia a los muertos, algo se vindica de nuestra condición. Quizá por eso develé algunas ideas. Quizá por lo mismo debemos seguir bregando contra la fábrica del “silencio humano”. Hay que decirlo en voz alta: todos somos ladrillos, todos somos cemento. Uno tiene que escoger entre ser un fragmento silencioso de las paredes o el polvo que nunca permanece en el mismo lugar. Ya son demasiados los muertos amortajados por el “silencio humano”. Ya es muy largo el mutismo.

Los muertos de este libro dejaron de existir hace mucho tiempo. Tanto tiempo que ya casi no hay vivos que sepan de ellos. Los cadáveres anónimos de esa época son como los muertos sin nombre de todos los cielos: anónimos en vida, innominados en la muerte. Y contra el anonimato y el silencio tal vez lo único que pueda hacerse sea escribir, hablar, filmar, ser polvo que musita mientras viaja, recuerda, revive. No para los muertos y tampoco para sus verdugos. Más bien para uno mismo. Contra los nuevos asesinos. Los genocidios se repiten porque el mundo carece de memoria y ésta se ha convertido tan sólo en concepto de algunos ensayos.

El poder de los genocidas es mucho mayor que el de la memoria o de quienes escriben para contrarrestar el odio. Quizás éste sea otro motivo para escribir. ¿Cómo oponerse a los tiranos si no es con la razón y con las palabras? Si se olvidan a los muertos inocentes del pasado, los verdugos del presente continuarán proliferando y triunfando.

A pesar de que es cierto que no se debe vivir en el pasado, no lo es menos la necesidad de conservar las raíces de los tiempos viejos. Somos, ante todo, pasado y presente. Lo que da valor al día, sea malo, sea bueno, es el pasado. El futuro es un espacio lejano y desconocido, un espacio que pertenece a lo onírico y a la imparable mercantilización de la vida. Apostar por el mañana es más fácil que regresar al pasado.

Pese al Proteo que se ha apropiado de la vida moderna, la certeza del ser humano se construye al sumar pasado y presente o, en algunos casos, al restar del presente lo que quedó del pasado. Uno debe asomarse a ese pasado para hablar en presente. Uno debe rascar la tierra seca para palpar el tiempo viejo y el tiempo nuevo. Uno se mira mejor en el espejo cuando sabe quiénes buscaron su reflejo en ese mismo horizonte de mercurio.

Hoy es un término difícil. Cuando se habla de los muertos, el presente asusta, es un tiempo en movimiento perpetuo: la conciencia no puede desmenuzar el día mientras las horas del pasado no acaban de cerrarse. Evadirse del instante es imposible. Hoy, los cuerpos que sostienen al mundo son todo tipo de seres desconocidos, viejos y nuevos. Ésa es otra de las razones que dictaron estas líneas: revivir un poco el pasado para que la memoria no siga muriendo.

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¿Quién hablará por ti?

UNA MIRADA, UN ENCUENTRO

Ésta es la historia de mi madre, la historia de su infancia y de su juventud. Juventud efímera por las miserias del tiempo y las realidades plagadas de odio que habitan y nutren el alma de muchos seres humanos. Es también la historia de su tierra, de sus progenitores, de sus vecinos y de su sangre. Es una historia que nadie pidió que la contase y cuya trama se parece a tantas otras vidas en las que lo propio se convierte en ajeno y lo ajeno en amenaza de muerte. Es una mirada no sólo a la vida de mi madre, sino también a las vidas de quienes abandonan sus casas y las tumbas de sus ancestros para no morir a destiempo, para no ser víctimas de la intolerancia, para no convertirse en cadáveres insepultos. Es a la vez una querella contra el olvido y un diálogo con la memoria. Con la memoria interrumpida y fracturada porque no siempre es posible hablar y porque rememorar a veces implica morir a pedazos, anticipadamente.

El testimonio de mi madre no es sólo un retrato de mi madre: es un repaso del destierro, de la migración forzada y del dolor que baña para siempre la memoria de quienes fueron expulsados del vientre con la brutalidad del rayo. La historia de mi madre es también la de mi padre, y la de ambos se trenza con la de tantos otros, vivos y muertos, cuyos sueños y deseos fenecieron antes de sembrarse. El mundo es un mapa lleno de desterrados, lleno de seres sin tierra, sin presente, sin tumbas que cobijen su pasado. Estas líneas quieren reflejar la tristeza de esas muertes, la tristeza sepultada deprisa, sin permitir que el duelo mitigue las heridas.

Estas reflexiones llevan la impronta de la añoranza y cargan el peso de esa palabra imposible que unos leen con júbilo y otros con temor: supervivencia. Supervivencia como culpa por haber vivido, pero también tenaz homenaje al apellido y a la historia que debe seguir para contar lo que otros ya nunca podrán contar. Sobrevivir a una masacre trae consigo una paradoja brutal, en ocasiones insuperable: las muertes de los seres queridos dolerán tanto como duren las vidas de sus supervivientes.

Sobrevivir cuando el tendero, el profesor, la amiga, en quien se depositó el primer beso, o los hermanos, yacen en sus tumbas, duele. Duele y en ocasiones hiede. Sobrevivir a las matanzas transforma para siempre la mirada. Lo mismo sucede con la vida: las sonrisas de los hijos evocan las sonrisas de los muertos, las alegrías de los vivos, los deseos de los ancestros, las calles nuevas, las historias viejas y así sucesivamente. Para muchos, la persecución de los muertos y la conciencia de la sangre no termina jamás. Los muertos de cáncer, los muertos por ser viejos, descansan mejor que los muertos por ser otros. Por eso, el insomnio de los supervivientes es distinto: ahuyenta la noche porque la oscuridad impide la vida.

A mi padre eso le sucedía. Las pesadillas nunca lo abandonaron porque nunca pudo olvidar la tierra enrojecida. Ocho de sus hermanos, el padre y la madrastra, murieron víctimas del odio, víctimas del silencio. En algún lugar de la tierra natal y de la tierra arada con sus propias manos quedaron sus cuerpos. Los camaradas de su trabajo diario, los azadones, las palas y los caballos, fueron los únicos testigos de sus muertes. ¿Qué puede el hierro de una pala o la mirada de un caballo cuando el ser humano no podía ni quería hacer nada?

No hay registro de esas vidas porque los panteones no fueron su destino, y los entierros son un rito demasiado humano. Economía del terror, lenguaje del horror. Los cuerpos sin sepultura duelen mucho más que los muertos cuya tumba o destino se conoce. ¿Cómo hablarles si no existe una piedra que dé fe de sus huesos?

Mi madre es la voz de mi padre muerto. Creo que a él le hubiese gustado que los nombres de sus hermanos adquiriesen vida al menos en la textura del papel y en la boca de uno de sus vástagos. No porque la palabra impresa asegure la inmortalidad, sino más bien porque los cielos dejaron de recordarles incluso antes de que la vida les hubiese dicho sí o no. Eso fue el nazismo y ésta ha sido la historia en Ruanda, Camboya y Yugoslavia. Me parece que hubiese sido importante saber el nombre de los tíos desconocidos. Decir sus nombres en voz alta no cambiará la terrible impasibilidad de los cielos, pero, con suerte, hubiese apelado a una justicia superior.

Aunque mi padre habló poco, la inmensa fotografía que decoraba su estudio era un reclamo contra el anonimato, contra lo innombrable. Esa fotografía antigua constituía, amén de su vida, uno de sus tesoros más preciados: la llevó pegada al cuerpo durante toda la Segunda Guerra Mundial y a su alma el resto de sus días. En ella se observan once rostros con un rasgo en común: incluso los más jóvenes parecen viejos, muy viejos; quizá me parezca así porque siempre supe que murieron casi al mismo tiempo. Once caras y once cuerpos en blanco, negro y gris, mirando al fotógrafo, mirando la vida. Ninguno pensaba que su dest

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