Los muchachos perdidos

Humberto Padgett

Fragmento

Los muchachos perdidos

Introducción

¿Cuál es la causa de que un muchacho se ausente de la escuela, salga a la calle a vender droga, secuestre y asesine?

En buena medida, la respuesta se encuentra en una fantasía del pasado. Durante las décadas de 1970 y 1980, México contaba con una persona en edad económicamente activa por cada dos que no lo estaban. De este modo, la reducida población con capacidad de trabajar debía ser el sustento de una cantidad abrumadora de niños.

Sin embargo, los cálculos de los demógrafos se encontraron con un dato que los políticos convirtieron en una buena noticia: a partir de 2010, el país se beneficiaría con una “inversión demográfica” que podría llevarlo a un nivel de primer mundo. Se dijo entonces, con alivio, que México estaba en la ruta de tener una población conformada en su mayoría por una juventud vigorosa: por cada dos personas económicamente activas habría sólo una sin capacidad laboral.

Las expectativas se cumplieron, pero el presente produjo una marea de desilusiones. Como nunca, México hoy cuenta con jóvenes, pero entre ellos hay más de ocho millones sin escuela ni empleo; lo más grave es que su adolescencia ha coincidido con el ascenso de la delincuencia organizada. Incontables chavos son rechazados por el sistema legal, pero el creciente y diversificado poder ilegal los admite en sus filas para formar con ellos un ejército interminable del crimen.

“Morir de pie y no vivir de rodillas”, proclaman los jóvenes delincuentes con altivez e ingenuidad, como si los verdaderos beneficiarios del narco, el secuestro y el robo de autos no los explotaran, como si ellos mismos no se encaminaran irremediablemente a su destrucción.

Por principio, la perdición de los muchachos no es una cuestión moral, se trata de un problema más complejo y profundo. Al menos desde 1968, las escasas políticas públicas dirigidas a la juventud han partido del estrecho juicio de que los adolescentes constituyen, de suyo, una población que está en problemas.

En cualquier caso, las autoridades han estado muy lejos de los barrios donde muchos de estos chavos nacen, crecen, delinquen, matan y mueren. Un ejemplo paradigmático de lo anterior es el señalamiento que hiciera Alonso Lujambio, secretario de Educación Pública, durante la administración calderonista, en el sentido de que la incursión de los jóvenes en el crimen era un asunto de elección propia y no de precipitación motivada por la pobreza.

Debe subrayarse que en las correccionales del Distrito Federal no hay jóvenes originarios de las colonias donde es posible evitar la mediocre educación pública y la terrible medicina institucional, o donde nunca falta el agua; es decir, aquellas zonas cuyo nivel de vida es equiparado con el de Japón o Alemania por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

Innumerables jóvenes presos en México crecieron en medio de las prisiones para adultos, donde visitaban a sus padres, madres o ambos. También desde sus primeros años fueron golpeados, entraron en contacto con las adicciones y se vieron obligados a aprender el ejercicio de la violencia para sobrevivir.

En alguna calle de los miles de barrios populares mexicanos, algún joven sueña con manejar una gigantesca camioneta, traer el corazón a tope de tanta piedra, llevar a su lado a una chica —que supone sólo puede retener con dinero— e ir camino al antro de moda.

¿Y quién no tiene ese anhelo, incluso en los barrios donde la sordidez no es la escenografía permanente? La diferencia es que el chavo sin recursos sólo puede concretar su fantasía a través del tráfico de cocaína revuelta con veneno para ratas.

“¿Dinero fácil? ¿No es más fácil el que trae un hijo de papi? Al menos yo me lo gano y me parto la madre, tanto, que estoy en la cárcel!”, revienta, con todo el rencor social que ha acumulado, uno de los muchachos entrevistados para este libro. Odia a muerte a quien distingue como rico y poderoso, pero se juega la vida a cada momento con el propósito de volverse… rico y poderoso.

Desde hace algunos años, la posibilidad de ingresar en una escuela de calidad disminuyó drásticamente y, al mismo tiempo, se desplomó la probabilidad de conseguir un trabajo bien pagado. Así, el diploma universitario expuesto en la sala de una casa no tiene sentido para la mayoría de los chavos pobres: “Los güeyes que estudiaron y que conozco siempre andan bien jodidos”, explica el Pepino, un pequeño narcotraficante.

Por lo demás, la capacidad de ejercer violencia es un medio para conseguir respeto y jerarquía: “Todo era por poder… si se tenía que robar, golpear, secuestrar o matar, así se hacía, porque así yo lo quería”, suelta sin tapujos un homicida conocido como el Banda.

Es evidente que desde hace mucho tiempo la familia ha perdido su condición integradora. La lección parece escrita en la barda de una calle de Sinaloa: “Prefiero morir joven y rico, que viejo y jodido… como mi papá”.

Por su parte, la Iglesia no sólo representa un modelo de vida “mocho” y anticuado, sino distante e hipócrita. “Quien hace los paros es la Santa Muerte: no está chingando todo el tiempo y a todos, ricos o jodidos, nos llega parejo”, dice uno de los jóvenes recluidos en una correccional.

La policía, permanente figura de choque, no es sólo una institución represiva e ignorante de sus necesidades, sino una agrupación de uniformados sospechosos de ser cómplices de una carrera criminal. “Nosotros no nos poníamos de acuerdo con la tira; mejor, sólo salíamos con la bendición de Dios”, dice el Kiko, miembro de una banda organizada de robo de autos.

Sí, son chavos que violan, secuestran niños y asesinan por el simple permiso de su deseo. Durante la investigación que conforma este libro, desarrollada a lo largo de más de dos años de entrevistas y decenas de visitas a las correccionales para jóvenes de la ciudad de México, alguien lo dijo con precisión: “Sí, son unos hijos de la chingada, pero también nosotros, todos, somos unos hijos de la chingada”.

Finalmente, responder a la pregunta inicial plantea otra cuestión: ¿por qué un chavo debe aceptar como destino una carrera impuesta como “profesional técnico”, con un salario de tres mil pesos mensuales, haciendo exactamente lo mismo cada día durante los siguientes 30 años de su vida? Muchos simplemente no lo admiten y el crimen organizado está ahí para matarlos en un día y de pie.

Como consecuencia de la explosión demográfica juvenil, durante los próximos años el país comenzará su envejecimiento hasta regresar a la condición económica de hace 30 años: por cada persona en condiciones de trabajar habrá dos fuera del rango de edad para hacerlo… pero entonces serán ancianos.

En la presente ruta social, política y económica, los jóvenes que habrían tenido la tarea de sacar al país del atraso en que se encuentra pronto serán adultos desempleados, o estarán “ocupados” en el lado de la ilegalidad. Más tarde se volverán ancianos que no contarán con servicios de salud de calidad ni con la posibilidad de sostener dignamente el último tramo de su vida. Ya lo advierten algunos demógrafos: en el futuro, los muchachos perdidos de la década de las fantasías serán los viejos perdidos.

Ciudad de México, noviembre de 2011

Los muchachos perdidos

1
El corazón del hombre

“Eres el Banda! —gritó Janeth en medio del forcejeo para meterla al piso del asiento trasero de una camioneta—. ¿Qué haces?”, —quiso averiguar la muchacha de 16 años ese último 1° de mayo de su vida, el de 2007.

Esa misma noche, la madre de Janeth escuchó que le exigieron 10 millones de pesos por la vida de su hija. Pactó el pago de 161 mil pesos y algunas alhajas. Recibió instrucciones de dirigirse al Circuito Exterior Mexiquense y dejar el dinero detrás de un altar religioso junto a la vía. Los padres de Janeth siguieron las instrucciones sin chistar.

Es lo que dice la averiguación previa. Líneas abajo, en el documento se puede leer acerca del hallazgo de un cadáver en un paraje solitario de Acolman, Estado de México. En la morgue, los padres contemplaron el cadáver de su hija.

El Banda recuerda el momento. Está sentado en una banca de cemento del tercer patio de la vieja Correccional de San Fernando. Cuando lo detuvieron, en 2007, tenía 16 años de edad. Sobre sus hombros pesaban acusaciones pendientes por cinco secuestros, nueve asesinatos, 20 asaltos de casas, 50 robos de autos…

Habla en voz baja. Sus párpados, caídos hacia los extremos, casi no se cierran. Está adormecido como un reptil bajo el sol del mediodía. Una pelota rebota de la pared del frontón a la mano desnuda de dos muchachos. Su voz es uniforme, medida. Ni una nota de presunción se percibe en su tono, tampoco de arrepentimiento.

“‘Eres el Banda!’, me dijo. No respondí. La subí a la camioneta y nos la llevamos a la casa de seguridad. La tuvimos tres días y nos dieron 800 mil pesos por ella. La matamos porque me reconoció. Después seguimos nuestra vida como si nada.”

* * *

La oscura espiral en la vida del Banda comenzó en los meses en que las agendas tenían marcados los siguientes números: 2005, un año difícil en el que la violencia se montaba sobre el país entero.

Y él, un jovencito de 14 años, llenaba la primera casilla de su récord delictivo: robó un teléfono celular. A partir de entonces no se detendría. A mediados de ese año su nombre apareció en los registros de la policía de Guerrero: lo detuvieron a bordo de un auto robado en el Distrito Federal. Estuvo internado un tiempo impreciso en el Consejo Tutelar para Menores de la entidad, en Chilpancingo. Pero poco duró encerrado en las tierras del sur.

Durante un par de años se estuvo endureciendo en las calles de Iztapalapa, así que vivió una especie de anonimato que se quebró al despertar 2007.

Llegó la medianoche del 12 de enero y con ella un camino que difícilmente admite retorno. El Banda asesinó a dos jóvenes, cuyos nombres no se han borrado de su memoria: Jonathan y Carlos. ¿Por qué matarlos? “Agravios, guerra de poder”, dice, sin más, como si la pregunta rayara en la estupidez, como si todo mundo, menos uno, supiera que en las calles no se requiere razón para morir.

“A quemarropa. Pap, pap!” El índice encogido y seguido del relámpago es poder fundamental. “Se les dio en la cabeza, en el cuerpo. En todos lados. Uno era Jonathan, hermano de Christopher, el Ligas, mi amigo, mi carnal. A él lo agarraron en 2006 por doble asesinato. Robábamos juntos, todo hacíamos juntos. Hubo agravios de su familia. Su hermano dijo que era su barrio y sí, pero yo traía el poder. Y lo maté.”

Si el año del Banda fue 2007, su mes fue mayo.

“Elián Berenice, dijo el padre de la muchacha, se marchó de casa el 11 abril de 2007 y se fue a vivir con el Banda, compañero de la secundaria Virgilio Camacho Paniagua, en Tlalpan.”

Una semana después, Elián regresó a casa con la noticia de que el Banda robaba, vendía drogas y secuestraba. En los siguientes días, la joven recibió amenazas.

El 3 de mayo, la muchacha fue encontrada muerta en Nezahualcóyotl. Según las confesiones de miembros de la banda, Elián participó, como miembro del grupo, en dos secuestros.

E

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