Crónica de un sexenio fallido

Ernesto Núñez A.

Fragmento

Crónica de un sexenio fallido

Introducción

Era un sueño hecho realidad: a los 44 años, el hijo menor de Luis Calderón Vega se convertía en presidente electo de México. Agonizaba el sexenio de Vicente Fox y, al fin, un heredero auténtico de la doctrina de Manuel Gómez Morin y Efraín González Luna dejaría entrar al PAN a Los Pinos.

Era septiembre de 2006 y un grupo de jóvenes sin mayor experiencia en el servicio público culminaba una larga proeza: derrotar a Vicente Fox en la elección interna del PAN en 2005 y a Andrés Manuel López Obrador en las elecciones federales de 2006.

Todavía recuerdo, al final de la gesta, los ojos claros de Juan Camilo Mouriño clavados en los míos, y su dedo índice apuntándome al pecho mientras decía: “No nos la creyeron, pero ya ganamos”. Sonriente, con la camisa ya desfajada, flojo el nudo de la corbata, y con olor a champaña, Juan Camilo avanzaba con dificultad en medio de un jolgorio de panistas en su sede nacional, horas después de que el Tribunal Electoral confirmara el polémico triunfo de Calderón.

El logro calderonista, en principio, no era obra de políticos experimentados, viejos hombres del sistema o sofisticados estrategas electorales.

Arrebatarle a Fox la sucesión en 2005 fue posible por el entusiasmo, más que por la estrategia; lealtad, más que profesionalismo; intuición, más que técnica; colmillo y malicia, más que dinero o aparato oficial.

Con los mismos ingredientes, y ya con la candidatura del PAN en la bolsa, el grupo pudo remontar más de 20 puntos porcentuales en las encuestas, rebasar rápidamente a Roberto Madrazo y, ya en la primavera de 2006, colocarse en una posición de competencia tú a tú con el “indestructible” Andrés Manuel López Obrador. Todo para echarse después en manos de los intereses que deseaban frenar a como diera lugar al tabasqueño.

Los jóvenes calderonistas, que hasta antes de la campaña eran vistos como unos muchachos ingenuos y un poco ilusos, pactaron con viejos cuadros priistas, hipotecaron la doctrina panista a cambio del apoyo de los gobernadores antimadracistas, de la maestra Elba Esther Gordillo, de las cúpulas empresariales, de las televisoras y de la ultraderecha.

Calderón llegó a la presidencia avalado por todos esos grupos que no querían a López Obrador en Los Pinos. Y la cerrada contienda electoral marcó fatalmente su sexenio. Teniendo la presidencia en la mano, se negó a arriesgarla con un recuento de votos que hubiera disipado la sombra de la ilegitimidad.

Desconfiado, Calderón se refugió en su grupo compacto, colocó a sus amigos en los más altos cargos de la administración pública, prefirió lealtad que experiencia y convirtió su cuarto de guerra en gobierno.

Lanzó la guerra contra el narcotráfico basado en encuestas que reflejaban una preocupación creciente por la inseguridad, más que en diagnósticos profesionales sobre las condiciones para combatir al crimen organizado y sus posibles consecuencias.

Y el sueño trocó en pesadilla.

Como suele suceder en la sucesión presidencial mexicana, el sexenio de Calderón comenzó antes de que Fox saliera, y terminó antes de que Enrique Peña Nieto dijera “Sí, protesto”.

La nación que entrega Calderón es muy distinta a la que él mismo se imaginaba en campaña, y que dejó modelada en un libro llamado El hijo desobediente, publicado en junio de 2006.

El entonces candidato sugería a sus lectores un ejercicio de imaginación prospectiva: situarse en el otoño de 2012 y tratar de visualizar a México: un país con 15 millones menos de pobres y 10 millones menos de personas en pobreza extrema; con los niveles de crecimiento económico más altos de la historia contemporánea, un millón de empleos formales generados en cada año de su sexenio. Un país de leyes, con policías federales y ministerios públicos depurados, confiables y profesionales; con índices de delincuencia reducidos considerablemente. Un México convertido en la sexta potencia mundial en materia de turismo, reforestado, con una frontera sur segura y un acuerdo migratorio firmado con Estados Unidos.

Ha llegado el momento del balance y, en otoño de 2012, las cifras muestran un país distinto al del sueño calderonista: los pobres aumentaron de 48.8 a 52 millones y la pobreza extrema se mantuvo en 12 millones de mexicanos. Los niveles de crecimiento económico son comparables a la década de 1980: 1.9 por ciento del PIB en promedio anual, similar a la tasa de crecimiento en el sexenio de Miguel de la Madrid. Hay un auge de la economía informal y se generaron menos de tres millones de puestos de trabajo en todo el sexenio, la mitad de los seis millones que imaginaba Calderón. El gasto de la Secretaría de Seguridad Pública se triplicó, y el de las Fuerzas Armadas aumentó 80 por ciento; aun así, México atraviesa una crisis de violencia que se resume en más de 50 mil muertos relacionados con la acción del crimen organizado en los últimos seis años. México no es la sexta potencia mundial en turismo; fluctúa entre el décimo y el decimosegundo lugar en la lista de países más visitados. La frontera sur es un sitio peligroso por el que se trafican armas, drogas y personas; la agenda con Estados Unidos gira en torno a la guerra contra el narcotráfico y el acuerdo migratorio nunca estuvo en las prioridades de la política exterior de Calderón.

El 1º de diciembre de 2006, los calderonistas apostaban que en seis años su líder iba a salir en hombros, después de entregarle la banda presidencial al tercer mandatario emanado de Acción Nacional. En medio de aquella bulliciosa toma de posesión exprés, asediada por los lopezobradoristas, Aitza Aguilar, una de las colaboradoras más cercanas de Calderón, me dijo: “Este mismo Congreso va a despedir a Calderón con aplausos y de pie dentro de seis años. Ya lo verás, amigo”. No será así.

El 1º de septiembre de 2012, Calderón no pudo entrar en el Congreso para entregar su informe de gobierno, como ocurrió durante casi todo su sexenio. Leyó un mensaje en Palacio Nacional para sus familiares, sus colaboradores y los pocos amigos que le quedan.

Su partido se hundió al tercer lugar en las elecciones de julio de 2012 y él pactó con Enrique Peña Nieto una transición de terciopelo que transferirá del PAN al PRI la alianza con aquellos grupos de interés que lo hicieron presidente.

Nunca hay una sola versión de los hechos. La realidad se nos presenta difusa, incompleta, fragmentada y, muchas veces, oculta detrás de juegos de pirotecnia política. La realidad es un blanco móvil, dice el periodista español Miguel Ángel Bastenier; un conjunto de voces, ruidos, colores, olores, luces, sombras, sentimientos, actitudes, emociones, decisiones... Y el reportaje es uno de los grados máximos de aproximación a esa realidad caprichosa, el momento en el que el periodista se ha logrado apropiar de la manera más completa de la información disponible.

Eso pretende ser este libro: un conjunto de reportajes que, juntos, conforman una crónica sobre un blanco móvil llamado calderonismo, ese fenómeno político difuso y cambiante; una corriente surgida dentro del Partido Acción Nacional sin fecha exacta de nacimiento, que algunos consideran muerta y, otros, condenada a morir.

No es una fotografía instantánea de Calderón, sino una película que retrata algunos de los momentos que marcaron la historia de México en el segundo sexenio del siglo XXI. Una reconstrucción de episodios, procesos políticos, reuniones, tragedias, decisiones presidenciales que, vistas en retrospectiva, explican nuestro presente.

Tampoco se trata de una biografía de Felipe Calderón ni de un balance del sexenio trabajado desde la ciencia política. No es una cronología exacta de lo acontecido ni una reivindicación oficiosa de su obra, pero tampoco un juicio sumario. No es un libro de entrevistas ni de perfiles sobre los calderonistas, aunque en sus páginas confluyen ambos géneros, el perfil y la entrevista, para tratar de explicar el peso que tuvo cada personaje en la administración de Calderón.

Se trata de una colección de reportajes con datos recabados a lo largo del sexenio, escenas atestiguadas directamente y otras reconstruidas con base en decenas de conversaciones con panistas y no panistas.

Ésta es una crónica que inicia en el momento en el que Calderón decidió poner su suerte, y la de México, en manos de un grupo compacto, y termina con la derrota del PAN en las elecciones de 2012. Es una explicación de esa derrota, un rompecabezas armado durante todo el sexenio e incluso desde seis años atrás, cuyas piezas estaban perdidas en cientos de libretas de reportero, en la memoria de muchos panistas, en archivos personales y documentos oficiales, en notas publicadas y en otras nunca escritas.

Las escenas recreadas fueron verificadas con al menos dos fuentes, y los datos, cotejados en distintos archivos. No todos los diálogos que se reproducen son literales o provienen de una grabación; pero la paráfrasis de quienes los sostuvieron o atestiguaron trata de apegarse con fidelidad a la intención de dichas conversaciones.

He hablado personalmente, al menos una vez, con los protagonistas de este reportaje; con algunos incluso antes de que existiera la intención de ser libro. Y muchos otros, en conversaciones ex profeso para este proyecto.

Estos 11 reportajes conforman la crónica del sexenio. No busca ser exhaustiva, pretende describir cómo aquellos jóvenes que saltaron a la fama tras su epopeya política, ejercieron el poder de forma errática e improvisada.

Una historia de muerte, traiciones, intrigas palaciegas y pugnas entre los que alguna vez fueron casi hermanos. Un relato con varios finales trágicos: la muerte del que parecía ser el elegido por Calderón para sucederlo, y su incapacidad para reemplazarlo. El fracaso de los principales cuadros del calderonismo, hoy retirados en despachos privados, defenestrados por escándalos de corrupción y frivolidad, o acomodados en los reductos de poder que le quedan al PAN en el Poder Legislativo o en su estructura burocrática. La debacle en las urnas y la derrota dentro del partido. La pérdida del gobierno y el extravío del PAN.

En la agonía de su administración, Felipe Calderón parece condenado a construir su ex presidencia a partir de la antítesis de sí mismo: antipriista, hoy luce complacido con entregarle el poder a Enrique Peña Nieto; idealista opositor, hoy teme ser juzgado por la guerra contra el narcotráfico; antiyanqui, hoy busca refugio en Estados Unidos.

Es ésta una guía para entender esa tragedia política.

Distrito Federal,
octubre de 2012

Crónica de un sexenio fallido

CAPÍTULO 1

El origen

Juan Camilo Mouriño fue el más enfático y directo: “Lo caido, caido”, dijo ante una docena de colaboradores de Felipe Calderón reunidos en el “cuarto de guerra”, quienes, como cada mañana desde hacía casi un año, revisaban lo acontecido en el proceso electoral. Lo caido era, ni más ni menos, la Presidencia de la República. Un sueño que Calderón había logrado arrebatar, por una diferencia de 0.56 por ciento de los votos, a Andrés Manuel López Obrador, quien fue durante tres años puntero en las encuestas.

El grupo calderonista paladeaba su hazaña política: de tener un candidato desconocido para 70 por ciento de los mexicanos en 2004, colocado más de 20 puntos porcentuales debajo de López Obrador en el arranque de campaña, ahora estaba con un pie en Los Pinos. “Ya es nuestra y no hay que soltarla”, sentenciaba Mouriño frente al puñado de panistas cercanos al candidato que, sentados alrededor de una mesa, analizaban los escenarios del conflicto abierto a partir del 2 de julio.

El núcleo del calderonismo era, en ese entonces, un equipo de no más de 15 personas que cada mañana sesionaba desde las siete en el sótano de un edificio ubicado en la avenida Ángel Urraza de la colonia del Valle, en el sur de la Ciudad de México. Destacaban en este grupo:

Maximiliano Cortázar, ex funcionario de Los Pinos sin militancia panista, sin estudios universitarios, duro en su trato con los reporteros y a quien se conocía más por haberse desempeñado como baterista con la banda Timbiriche en los años ochenta que por su experiencia como jefe de prensa. A sus 39 años era el responsable de la relación de Calderón con los dueños de los medios de comunicación. A todo el mundo le decía “amigo”.

Juan Ignacio Zavala, uno de los tres hermanos de Margarita Zavala Gómez del Campo, esposa de Calderón, y el único de ellos que hizo su carrera en el PAN. Dedicado a la comunicación desde que su cuñado lo invitó a trabajar con él en el área de prensa de la dirigencia nacional panista, Zavala fue vocero de la PGR con Antonio Lozano Gracia en 1994, del PAN con Luis Felipe Bravo Mena en 1999 y de la Cancillería con Jorge Castañeda al arranque del sexenio de Fox; luego, director de Medios de la Presidencia y cónsul en Filadelfia a mediados de ese gobierno. En 2006, a sus 41 años, era uno de los principales asesores del candidato Calderón.

Germán Martínez, abogado egresado de La Salle, michoacano, amigo de la familia Calderón y panista desde la campaña de Manuel J. Clouthier en 1988. Colaborador y amigo de Felipe desde que ambos trabajaron en la dirigencia panista de Carlos Castillo Peraza (1993-1996), Martínez era un panista no foxista, acababa de cumplir 39 años y había sido ya dos veces diputado federal.

Alejandra Sota, politóloga del ITAM, encargada de los estudios de opinión de la campaña. A sus 33 años ya llevaba nueve trabajando con Calderón en el PAN, en la Cámara de Diputados, en Banobras, en la Secretaría de Energía, en la precampaña y en la campaña. Siempre estaba con él, equipada con una computadora portátil cargada de cifras, láminas y documentos.

Antonio Sola, publicista español de 34 años. En 1997 llegó a México en un programa de intercambio entre el PAN y el Partido Popular y se incrustó en el equipo de prensa de Calderón. Dueño de un despacho de publicidad en Madrid —con su socia Gloria Ostos—, se encargó de construirle a Felipe una imagen de presidenciable: le cambió el peinado, la forma de vestir y los anteojos, y lo hizo bajar de peso. Toño, como lo llamaban todos, fue señalado como el autor de los spots de guerra sucia que difundió el PAN para minar la popularidad de Andrés Manuel López Obrador. Lo cierto es que esos mensajes eran diseñados por todo el grupo, en divertidas sesiones del cuarto de guerra en las que se hablaba con irreverencia y groserías, humor negro y ese sarcasmo que destilaba la propaganda del “peligro para México”.

Juan Molinar, académico de El Colegio de México y ex consejero del Instituto Federal Electoral (IFE). Estudioso del sistema de partidos políticos, en 2000, con el triunfo de Fox, fue invitado por Santiago Creel a la Dirección de Desarrollo Político de la Secretaría de Gobernación. Molinar fue de los que rompieron a tiempo con Creel; se incorporó a la dirigencia del PAN como estratega en las elecciones federales de 2003, se afilió al partido y ese año fue electo diputado federal. Ahí se acercó a Margarita Zavala y a Germán Martínez, y terminó integrándose al equipo desde la precampaña. Era el de mayor edad en el calderonismo, pero con sus 51 años y todo era un tipo bromista que llenaba el war room de sonoras carcajadas.

Javier Lozano Alarcón, contemporáneo de Calderón en la Escuela Libre de Derecho, era el de más experiencia en la administración pública. Ex priista, a sus 44 años ya había sido contralor de Pemex, subsecretario en Comunicaciones y Transportes y en Gobernación, y presidente de la Comisión Federal de Telecomunicaciones. Su último cargo en administraciones priistas fue el de representante del gobierno de Puebla en el Distrito Federal. Se acercó al equipo desde finales de 2004, cuando acababa de romper con el PRI.

Rafael Giménez, encuestador dueño de la empresa Arcop, que había pasado ya por los diarios Reforma y Milenio como encargado de los estudios de opinión pública. Desde 1999 su empresa era contratada por el PAN en campañas federales y locales. Esto lo llevó a los cuartos de guerra del PAN y, sin ser panista, a discutir y diseñar estrategias con los principales dirigentes del partido. Maestro en ciencia política por el ITAM, Giménez había cultivado una estrecha amistad con Alejandra Sota y con el propio Calderón, quien lo incorporó a su equipo desde la precampaña en 2005.

Ernesto Cordero, actuario graduado en el ITAM. Tenía 38 años en 2006 y era ya uno de los colaboradores más cercanos de Calderón, a quien conoció en dicho instituto estudiando la maestría en economía. Desde 2000, cuando Calderón se convirtió en el coordinador de los diputados del PAN en la LIX Legislatura, Cordero inició una carrera paralela: lo siguió a Banobras, a la Secretaría de Energía y a la aventura de la precampaña en mayo de 2004.

César Nava, panista michoacano criado en el catolicismo y en el ala más conservadora del PAN. Era el más joven del equipo (34 años), pero tenía la experiencia de líder juvenil del PAN, diputado federal en el 2000, abogado general de Pemex y director jurídico de la Secretaría de Energía. Estudió un máster en derecho en la Universidad de Harvard y en 2005 regresó a México para incorporarse a la campaña. Sus vínculos familiares y políticos con la ultraderecha lo convirtieron en un puente entre el calderonismo y el Yunque.

Juan Camilo Mouriño, empresario campechano de 35 años de edad que llegó por casualidad a la política en 1996, cuando su padre, un hombre de negocios de origen gallego y dueño del Grupo Energético del Sureste, lo llevó a una reunión con Felipe Calderón. La ausencia de liderazgos panistas en Campeche convirtió a Juan Camilo en diputado local en 1997. Después fue diputado federal, líder estatal del partido y candidato a la presidencia municipal de Campeche. Calderón lo adoptó como una especie de ahijado político desde que estuvieron en la Cámara de Diputados; lo hizo presidente de la Comisión de Energía y lo invitó a colaborar con él en la secretaría de ese ramo en el gobierno entre 2003 y 2004. En mayo de este último año le encargó la coordinación de su equipo político y, de forma meteórica, Mouriño escaló en los afectos de Calderón hasta convertirse en su hombre de confianza, desbancando a amigos y colaboradores de más de una década, que en la campaña quedaron subordinados al liderazgo del joven empresario.

A ese grupo compacto se sumaba en algunos momentos Margarita Zavala, esposa de Calderón, una abogada hija de fundadores del PAN que había recorrido con su marido casi veinte años de carrera política.

Cuando Calderón estaba en el comité de campaña siempre lo acompañaba Aitza Aguilar, una panista joven, inteligente y amable que sabía halagar el ego de Felipe llamándolo invariablemente “líder”. De forma intermitente, otros colaboradores de Calderón se sumaban a las discusiones del cuarto de guerra: la ex secretaria de Desarrollo Social Josefina Vázquez Mota, que en el papel era la coordinadora de la campaña; el diputado y operador electoral michoacano Salvador Vega; el panista bajacaliforniano Cuauhtémoc Cardona; el asesor empresarial Gerardo Ruiz Mateos; el ex cónsul de México en Nueva York Arturo Sarukhán; el analista Virgilio Muñoz, y Florencio Salazar, un ex priista guerrerense que colaboró con Fox y fue reclutado por el calderonismo con la esperanza de que aportara experiencia y malicia electoral.

Ése era el grupo compacto tras la polémica jornada electoral del 2 de julio de 2006. Todos los días se reunía en el sótano del comité de campaña, un cuarto austero pintado de blanco de cuyo techo colgaba atravesado un tubo de PVC por el que corría el drenaje del inmueble. En ese tubo los calderonistas solían escribir recados burlones y lemas de batalla, como “Pinche Lozano priista” y “Por aquí pasa López Obrador”. Pese a la tensión de la campaña, el war room nunca perdió el ambiente de desenfado y buen humor. Casi en la recta final, sus integrantes abrieron el concurso “la mamila de oro” para premiar al más mamón del equipo. Un día, tras disputarse el título con Germán, Molinar y Sarukhán, Javier Lozano fue el galardonado y, en medio de carcajadas, recibió como premio un biberón laqueado con pintura dorada.

Tal era el equipo en el que el candidato del PAN había puesto su futuro político y con el que logró la hazaña: en siete meses remontó 20 puntos en las encuestas y llegó empatado con López Obrador al día de los comicios. Ganó por 243 mil votos y se aferró a su triunfo, aconsejado por ese grupo compacto que encarnaba, con sus virtudes y limitaciones, su frescura y sus vicios, sus golpes de genialidad y su novatez, un fenómeno político que en adelante fue conocido como el calderonismo.

De eso trata la presente crónica de un sexenio fallido: de un personaje nacido en el panismo doctrinario que se convirtió al pragmatismo, y del grupo con el que decidió gobernar a México.

EL VOTO POR VOTO

Felipe Calderón titubeaba y aseguraba que no era del todo descabellado ir al recuento “voto por voto, casilla por casilla” propuesto por Andrés Manuel López Obrador para limpiar la elección y dar certeza total al pueblo de México sobre el ganador de los comicios presidenciales. “Mi ventaja es de dos estadios Azteca llenos”, argumentaba el michoacano esa mañana del lunes 10 de julio de 2006, cuando el “voto por voto” comenzaba a convertirse en un popular estribillo con el que los simpatizantes de López Obrador lo acosaban.

La confrontación con el lopezobradorismo, iniciada por Fox y el PAN con los videoescándalos de marzo de 2004, llevada al extremo con el desafuero de 2005 y atizada por los calderonistas con la “campaña de contraste” de 2006 y los polémicos spots del “peligro para México”, no tuvo un punto de desahogo en la jornada electoral del 2 de julio, cuando 41.5 millones de personas salieron a votar a favor o en contra de López Obrador. Al contrario, los ánimos de lopezobradoristas y calderonistas se encendieron aún más esa noche, cuando Luis Carlos Ugalde salió en cadena nacional a decir que el IFE no podía declarar a un ganador ante la cerrada diferencia entre los dos punteros en el Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP).

Después de esa declaración del consejero presidente vinieron 48 horas de tensión en las que ambos candidatos se declararon triunfadores. Y, después, un dramático cómputo oficial de votos en los 300 distritos electorales que se inició la mañana del miércoles 5 de julio y no acabó hasta las primeras horas del jueves 6. El flujo de resultados desde todos los estados de la República, que podía ser seguido por cualquier ciudadano en la página de internet del IFE, dio una ventaja constante a López Obrador durante casi 20 horas, pero ésta se revirtió en la madrugada del jueves, lo que provocó una gran confusión en la opinión pública.

Los diarios del 6 de julio consignaban una ligera ventaja de AMLO, mientras que los del 7 confirmaban la victoria de Calderón. Reforma publicó el 6 de julio: “Es final cardiaco”, y explicaba que López Obrador mantuvo una ventaja de dos por ciento durante 11 horas, que se fue diluyendo hasta reducirse a 0.15 por ciento a las tres de la mañana del jueves. El mismo diario, en su edición del viernes 7 de julio, tituló: “Tiende mano Felipe”, y consignaba cómo pasadas las cinco de la madrugada se invirtió la tendencia del cómputo distrital para cerrar con una ventaja de apenas 243 mil 934 votos a favor del panista.

La Jornada encabezó, a ocho columnas, el jueves 6 de julio: “AMLO 35.72%, Calderón 35.47%”. Esto, con 96.6 por ciento de los datos recabados hasta las 2:42 de la madrugada. Pero el viernes 7 tituló así su nota principal: “Avala IFE a Calderón; AMLO impugnará”. Esto encendió aún más la animadversión entre perredistas y panistas, y alimentó la sospecha de fraude electoral, pregonado desde entonces y para siempre por López Obrador y sus seguidores.

Ugalde declaró vencedor a Calderón la tarde del jueves 6 de julio, y con una frase lacónica llamó a los demás contendientes a respetar los resultados: “En democracia gana quien tiene mayor número de votos”. Calderón celebró en la sede panista, primero en la madrugada al revertirse la tendencia, y en la noche después del mensaje de Ugalde, y pidió a los suyos prepararse para una larga y compleja defensa jurídica de su triunfo. López Obrador anunció que impugnaría el resultado ante el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación y comenzó a prepararse para una larga y compleja resistencia.

Calderón y su equipo se encerraron a analizar escenarios y maniobrar políticamente para conseguir el reconocimiento de otros actores, principalmente el de los demás contendientes: Roberto Madrazo, Roberto Campa y Patricia Mercado, y el de los gobernadores del PRI, líderes sindicales y dirigentes empresariales. López Obrador y los suyos se lanzaron a la calle desde el domingo 9 de julio, demandando el recuento total de los votos.

Calderón obtuvo el reconocimiento de actores políticos, organizaciones “sociales” y algunos líderes de opinión que le reclamaban a López Obrador acatar el resultado oficial, e incluso consiguió que el presidente de España, José Luis Rodríguez Zapatero, del Partido Socialista Obrero Español, lo reconociera desde el viernes 7 de julio como “presidente electo de México”. López Obrador, por su parte, logró convencer a un sector de la opinión pública de la necesidad de limpiar la elección vía el recuento total de los 41 millones 824 mil 453 votos emitidos, y echó a andar una estrategia de asedio sobre Calderón, tanto en las calles como en internet.

Acorralado por el movimiento popular en el que se había transformado la candidatura de López Obrador, y sin el apoyo de su partido (cuyo dirigente, Manuel Espino, prefirió irse a Galicia para hacer el Camino de Santiago a quedarse en México para defender la victoria de su candidato), Calderón planteó a su equipo la necesidad de disipar cualquier duda sobre su triunfo. “Limpiemos esto, que quede claro quién ganó”, expuso Calderón ante sus azorados colaboradores el 10 de julio, y puso a su consideración una estrategia: tomarle la palabra al tabasqueño, ir al recuento y ampliar así el margen de maniobra que tendría en el ejercicio de gobierno. En resumen, se trataba de evitar una administración “acotada” por la sombra de la ilegitimidad. “La diferencia no es tan corta”, insistía Calderón en ese encuentro matutino con sus colaboradores, según recuerdan algunos panistas presentes.

Por esas fechas, el diario inglés Financial Times afirmó en un editorial que el recuento total “resolvería de una vez por todas quién ganó la elección y enviaría un mensaje claro de que México es una democracia transparente. Si un recuento confirma su triunfo, eso ayudará a Calderón a gobernar más efectivamente”.

La obsesión con legitimarse en el poder se incrustó en la mente del candidato. Pero, vacilante como es, declaraba un día un no rotundo al voto por voto y en seguida abría rendijas a lo que muy en el fondo quería: recontar para llegar limpiamente al poder. “En una de ésas se amplía la ventaja”, argumentaba ante sus colaboradores. Estas dudas e indecisiones las dejó ver en una veintena de entrevistas que concedió entre el 3 y el 12 de julio, en las que mostró posturas distintas respecto al asunto. En una misma entrevista, publicada el 13 de julio en el Washington Post, dijo que un recuento total en las 130 mil casillas sería absurdo e ilegal pues ya se habían contado todos los votos el 5 de julio, pero al mismo tiempo insinuó su disposición a ir al ejercicio propuesto por López Obrador, al señalar: “Yo respetaré lo que el Tribunal diga”.

Ésa fue la última vez que dejó asomar sus dudas sobre el recuento, pues los hombres clave de su equipo lo convencieron de abandonar sus titubeos. Mouriño, coordinador de la campaña, afirmó en las cuatro reuniones del cuarto de guerra que se celebraron entre el 10 y el 13 de julio que el PAN ya tenía la presidencia “en sus manos” y no había por qué arriesgarla. Apuntalaba su posición con un dato que para él resultaba convincente: “No tenemos garantías de que López Obrador acepte el resultado del recuento. Su actitud así lo deja ver”, según relatan miembros del entonces compacto grupo.

Germán Martínez, representante del PAN ante el IFE y a quien Calderón encomendó la defensa jurídica de su triunfo, puso sobre la mesa una serie de argumentos legales, y uno político que resultó definitivo: “El recuento no es a capricho de los candidatos, la ley establece supuestos para abrir los paquetes electorales, y esto ya ocurrió en el cómputo distrital”. Amigo de Calderón desde los años ochenta, michoacano como él y uno de quienes lo convencieron desde 2003 de armar un plan para ir por la presidencia, Germán añadía: “Recontar los votos traicionaría una de las esencias democráticas del PAN: la ciudadanización de los procesos electorales. ¿Quién contó los votos? Los ciudadanos. No podemos ahora darles la espalda y decirles que no confiamos en ellos. Eso es lo primordial, es lo que debemos defender”.

Dadas las circunstancias en las que se había desarrollado la campaña, ese argumento sonaba incluso ingenuo. Calderón lo valoró, pero lo que realmente lo convenció de negarse rotundamente al recuento, según varios panistas consultados, fue la advertencia de que López Obrador lo usaría como argumento jurídico para anular las elecciones. El mismo Germán dijo en esa reunión: “No podemos confiar en la lealtad democrática del PRD”. A ese razonamiento se sumaron César Nava y Juan Molinar Horcasitas, quienes explicaron que abrir los paquetes sacaría a la luz cientos y quizá miles de inconsistencias, errores aritméticos que sumados podrían poner al Tribunal ante la posibilidad de anular todo el proceso electoral. Cuando Martínez expuso ese escenario, Calderón enmudeció, desistió y terminó poniéndose en manos de sus jóvenes asesores.

Al mediodía del 13 de julio, al salir de la junta en su cuartel de la avenida Ángel Urraza para dirigirse a una reunión con empresarios, Calderón fue abordado por reporteros para aclarar lo dicho al Washington Post. Visiblemente nervioso, su jefe de prensa Maximiliano Cortázar trató de evitar la entrevista; pero el candidato, antes de subir a su camioneta, accedió a responder una sola pregunta para fijar la que sería su postura durante el resto del conflicto postelectoral: “Para nosotros es claro: ya se contó voto por voto, casilla por casilla, y en ese conteo de votos yo gané la elección del 2 de julio, como ha certificado ya el Instituto Federal Electoral”.

La tarde del 13 de julio, el Comité Ejecutivo Nacional del PAN emitió un comunicado en el que recordó que entre el 5 y el 6 se había realizado el cómputo de las actas correspondientes a las más de 130 mil casillas, y que en ese conteo se abrieron 3 mil 200 paquetes por decisión de los consejos distritales (en realidad, se abrieron dos mil 873 paquetes). El PAN mostró disposición a llevar a cabo un recuento parcial, “sólo si el Tribunal encuentra elementos contundentes para abrir algún paquete”.

En todo caso y frente a las impugnaciones presentadas particularmente por la Coalición por el Bien de Todos, será el Tribunal Electoral quien conforme a las atribuciones que le confieren la ley y la jurisprudencia podría ordenar de manera excepcional la apertura de paquetes electorales adicionales, frente a lo cual el PAN no tiene inconveniente alguno y expresa su total disposición de acatar esa decisión de la autoridad electoral, en aras de la transparencia y la legalidad del proceso.

Ante esa contundente negativa, el domingo 16 de julio López Obrador anunció en el Zócalo que su movimiento llevaría a cabo acciones de resistencia civil para presionar al PAN y al Tribunal Electoral a aceptar el recuento total. Ese discurso hizo que en la tercera semana después del 2 de julio creciera la tensión postelectoral.

El lunes 17 Calderón apareció en un acto público rodeado de elementos del Estado Mayor Presidencial, y a partir de ese momento fue visible el reforzamiento de las medidas de seguridad a su alrededor, tanto en sus traslados como en sus oficinas y los lugares públicos donde aparecía. Aun así, al día siguiente simpatizantes de López Obrador lograron acercarse a él a la salida de una reunión con líderes sindicales en el Club de Periodistas, en el Centro Histórico. Los lopezobradoristas alcanzaron a manotear sobre el cofre de su camioneta, le gritaron a la cara “¡Pinche marrano!” y forcejearon con sus guardias mientras exclamaban: “¡Voto por voto, casilla por casilla!” López Obrador justificó la agresión por el crimen que se estaba cometiendo con el fraude electoral.

Seis días después, en una carta, el perredista planteó al candidato panista una serie de argumentos para ir de común acuerdo al recuento de los votos:

Nunca podré decir que estas elecciones fueron equitativas, limpias y libres. No obstante, por mi responsabilidad como dirigente de un movimiento democrático, y frente a la demanda de millones de mexicanos de llevar a cabo un recuento voto por voto, casilla por casilla, le propongo lo siguiente:

Si usted se pronuncia a favor del recuento de todos los votos, y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación ordena esta diligencia, yo ofrezco el compromiso de aceptar los resultados si a usted le favorecen y no convocar a más movilizaciones. De la misma manera, usted tendría que aceptar el fallo emitido por el Tribunal si resulto triunfador en el recuento.

Sé muy bien que, de conformidad con la ley, le corresponde al Tribunal calificar la elección y tomar las decisiones sobre las impugnaciones y el recuento de los votos; pero, como es obvio, si usted acepta y hace público su acuerdo con esta propuesta, el Tribunal tendría todos los elementos políticos y legales para resolver la inconformidad generada por esta elección de la mejor forma posible.

En otras palabras: lo más conveniente para México es que ambos aceptemos el recuento de los votos y nos comprometamos a respetar el resultado.

La carta fue entregada por su jefe de prensa, César Yáñez, en la casa de campaña de Calderón a las 16:30 horas del lunes 24 de julio. En ella remataba el tabasqueño con una advertencia:

En caso de que usted no acepte esta propuesta, asumirá su responsabilidad de cara a los mexicanos. Si el Tribunal no cuenta los sufragios, y avala su “triunfo”, quedará para siempre la sospecha o la certidumbre de que usted no ganó en las urnas y de que hubo fraude en la elección. De ser así, para millones de mexicanos usted será un presidente espurio, y nuestro país no merece ser gobernado por alguien que no tenga autoridad moral ni política.

A las 19:00 horas del mismo día Calderón envió su respuesta con un mensajero, y a las nueve y media de la noche su equipo difundió el contenido de la misiva:

Las elecciones fueron limpias, libres y democráticas. Así lo atestiguaron casi un millón de ciudadanos que fueron funcionarios de casilla y más de un millón y medio de representantes de casilla, entre ellos cientos de miles representándolo a usted. También así lo atestiguaron los observadores nacionales y extranjeros acreditados, y todos los candidatos a la Presidencia de la República lo reconocimos públicamente el 2 de julio, aun antes de conocer los resultados.

La decisión de recontar votos no corresponde a los candidatos ni a los partidos, sino al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, que en ejercicio de sus atribuciones aplicará la ley. Al final del proceso dictará sentencia definitiva a la que todos debemos someternos. La petición que usted ha formulado no depende de lo q

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