PRIMERA PARTE
LA CAMIONETA AZUL
La noche en que se le ocurrió la idea del centro nocturno atendido por chicas de talla extra grande, Francisco Gaxiola se encontraba al lado de Gustavo Ortiz, quien se entusiasmó de inmediato, por lo que ambos acordaron conseguir el dinero necesario para materializar semejante proyecto a como diera lugar. Gustavo obtendría su parte del capital chantajeando a la empresa para la que trabajaba, mientras que Francisco Gaxiola vendería sus taxis. Fue a éste a quien también se le ocurrió el concepto del anuncio luminoso frente al que se encuentra en estos momentos el cobrador Rodrigo Barajas, quien sonríe de nuevo, como siempre que ve al lobo feroz con la lengua de fuera persiguiendo a la sexy puerquita en baby doll.
El cobrador saluda al Michelín, el gigantesco guardia disfrazado de soldado. El Michelín lo ignora. Él también se encuentra ofendido por su visita. Lo deja pasar sin catearlo o siquiera voltear a verlo. Rodrigo Barajas sabe lo que todos ellos piensan. Hace a un lado la cortina de terciopelo y una intensa ola de calor impulsada por una cumbia frenética emanando de las bocinas le da la bienvenida.
—Hola, guapo. Qué milagro —lo saluda de beso Concha, una jovencita talla 2XL metida en un heroico short de mezclilla que cubre parcialmente sus glúteos.
—El milagro es verte sola —le dice Rodrigo Barajas al oído.
Concha se para de puntitas, con sus zapatillas en vertical, y le contesta:
—Ando mala. El patrón me hizo venir. Acabo de perder dos clientes a los que les dije que nomás andaba fichando, nada de privados. Se molestaron, que porque me habían invitado no sé cuántos tragos por nada. Yo les advertí.
—Y hoy que por fin me iba a animar... —le dice Rodrigo Barajas.
—Cállate, bocón —y Concha le propina un codazo a su amigo en la cintura.
—Ya te dije, quiero que lo tuyo y mío sea algo especial. ¿Qué tal el cine mañana? Están pasando una película de Sandra Bullock.
—Eres de los que invitan a las ficheras a salir para andar de manita sudada... Qué se me hace que sí estás casado...
—Ni Dios lo mande.
Rodrigo Barajas ubica al exitoso empresario Gustavo Ortiz, parado en el fondo, junto a las cabinas VIP, de brazos cruzados, observando muy serio la labor de sus trabajadoras.
—Mi amor, te dejo. Tengo que ir a hablar con tu jefe.
—Anda de muy mal humor.
—Es comprensible.
—Ay, no es para tanto; eso que le pasó a Francisco es uno de los riesgos de hacer dinero en Tijuana. Eso lo deben de saber muy bien antes de meterse en esto.
—Sí —le dice Rodrigo Barajas, soltándole la mano a Concha y deseando sinceramente ir algún día al cine con ella y abrazar toda esa vastedad de carne en la oscuridad de la sala, sin decirse nada, con su cabeza apoyada sobre su hombro esponjoso.
Sobre la pista, con las piernas entrelazadas al tubo de aluminio, se desliza otra joven con sobrepeso. Su hilo dental se encuentra atestado de billetes de a dólar. Los obreros bordeando la pista aúllan y hacen sonidos como hienas salvajes.
Rodrigo Barajas se coloca al lado de Gustavo Ortiz, quien finge ignorarlo. El Cóndor le llama con su mano a un joven y esquelético mesero vestido de pantalón negro, camisa blanca y corbata también negra, quien acude de prisa al llamado de su patrón.
—Cerillo, acabo de contar dos minutos sin que Berenice le haya dado un solo trago a su bebida. Necesito que hables con ella —le ordena al Cerillo, mientras apunta con su dedo hacia una chica rodeada de pandilleros, todos ellos fumando cigarros mentolados.
—Lo que pasa es que son sus amigos...
—Pues que platique con ellos en su tiempo libre. Ahora se supone que debe de estar fichando.
El Cerillo sale disparado rumbo a la mesa indicada. Les pregunta a los cuatro jóvenes de cabeza rapada y ceja delineada si no gustan invitarle otro trago a su amiga. Éstos niegan con la cabeza. Preguntan que para qué. El Cerillo toma a Berenice del brazo y se la arrebata al líder de la banda, quien no dice nada al respecto.
—Ya no te diviertes —opina Rodrigo Barajas.
—Debo cuidar mi negocio —le dice Gustavo.
—Cóndor, el Turco quiere saber por qué no le has depositado.
—Qué bueno que me dices eso porque yo quiero saber qué clase de protección me estás cobrando.
—Lo que le pasó a Paco fue un accidente.
—¿Me estás diciendo que, de algún modo, Paco tropezó al salir de aquí y cayó por accidente en la camioneta de sus secuestradores?
—La protección por la que han venido pagando todo este tiempo vale para que todos los días pudieran cerrar su burdel hasta las nueve de la mañana y abrirlo de nuevo a las once, y eso sin que nadie les dijera nada. En teoría, eran intocables. Esto lo ha dejado bien claro el Turco. El Charmín no respetó este mandato y murió por ello. Yo mismo me encargué de eso. Lo que no podemos hacer es indultarte el pago. Los demás clientes comenzarían a hacer lo mismo.
—¿Qué me estás diciendo?
—Estamos a treinta. Te vamos a dar la oportunidad de que deposites mañana, 1º; de diciembre. Si no lo haces, prepárate para ir cerrando a las tres. Prepárate también para quedar a merced de vagos como el pelón que está ahí, con la cicatriz en la cara y la boca abierta. Lo conozco, lleva tres joyerías que asalta en lo que va de este año. Paga su cuota. No dijo nada cuando el Cerillo se llevó a Berenice porque me vio contigo. Imagínate lo que pasará cuando vagos como ése sepan que no tienes a nadie que te proteja.
—Formaré mi propio equipo de protección.
—¿Cómo harás eso?
—He estado hablando con don Gilberto —le dice el empresario, sin voltear a verlo.
Rodrigo Barajas no puede creer lo que acaba de oír. La sola mención de ese nombre la siente como una amenaza a la organización a la que pertenece.
—¿Ya te enteraste? —se atreve a preguntar.
—¿De qué? ¿De que tu patrón fue tan ingrato como para preñar a la nieta del hombre que lo trajo a Tijuana?
—Eso no cambia nada.
—Te equivocas, Rodrigo, eso cambia por completo las cosas.
—¿Qué le digo al Turco?
—Lo que te acabo de decir.
—Estás cometiendo un grave error, Cóndor.
—Sé lo que hago.
—No se diga más —y Rodrigo Barajas le extiende su mano.
Gustavo Ortiz la observa. Sigue cruzado de brazos. No contesta al saludo. Sigue enojado.
—Suerte.
Rodrigo Barajas da media vuelta. Va rumbo a la salida. Se topa de nuevo con Concha.
—¿Ya te vas?
—Sí, hermosa —y le propina un beso en la mejilla—. Te aconsejo que te consigas otro trabajo.
—¿Pero por qué?
—Éste no tiene futuro.
* * *
Por un inapropiado exceso de confianza la criada chiapaneca Rafaela Méndez deja pasar a Rodrigo Barajas, quien ahora se dirige al estudio del Turco, donde interrumpirá una reunión que se está llevando a cabo en esos momentos. Sobre la pared se proyecta el plano de lo que parece ser una pista de aterrizaje clandestina.
—¡Les aseguro que esa pista en El Tecolote se va a construir! —alza la voz el Turco.
—¿Y si Gilberto gana las elecciones? —le pregunta un centroamericano vestido de manera formal.
—Es que no las va a ganar.
—¿Cómo lo sabes?
—Estoy trabajando en ello.
—¿Cómo se llama este candidato que dices? —pregunta uno de los asistentes a la junta.
—Julio Torrontegui —le informa el Turco.
—Turco, ¿estás ocupado? —interrumpe Rodrigo Barajas.
—¡Hermano! Espérame afuera, ahora mismo voy contigo.
El Turco se excusa. Le promete al resto de sus invitados que no se demorará demasiado.
—Gustavo no quiere pagar —Rodrigo Barajas, como siempre, va directo al grano.
—¿Cómo? —pregunta el Turco, aún sudando y bastante nervioso.
—Dice que don Gilberto lo va a proteger.
—Sí, lo sé.
—Te advertí lo de Criséida.
—¿Y qué querías que hiciera? ¿Que la corriera de mi cuarto a esas horas de la noche? Tú la viste ese mismo día en traje de baño, ahora imagínatela encuerada y esperándote en tu propia cama...
—El viejo la llevó a la reunión porque tenía confianza en nosotros, no porque deseara ser bisabuelo... Si tan sólo hubieras reconocido a la criatura...
—Sinceramente le tengo más miedo a Imelda que a ese viejo.
—¿Qué vas a hacer con respecto al Cóndor?
—Yo me encargo de eso. Tengo otro trabajo para ti.
—Encargárselo al Apache.
—No vas a matar a nadie.
—¿De qué se trata?
—Necesito que vayas hasta Los Pinitos a llevarle una camioneta a mi madre. Me urge. Es su regalo de Navidad.
—¿Y la madrina?
—No se anima.
—Por qué.
—Está muy alta y lujosa. Le da miedo. ¿Le entras?
—Mientras no tenga nada que ver con disparar un arma...
—¡Vientos! Pero escúchame bien: no le digas a nadie que vas de parte mía.
—¿Y eso?
—Tú hazme caso.
—Está bien.
—A nadie...
* * *
Veintirés de diciembre de 2010. El regalo de Navidad con destino a Los Pinitos es una F150 color azul, con placas de Nevada, rines cromados de 20 pulgadas y suspensión levantada. Rodrigo Barajas entendió por qué la madrina se negó a llevarla. Demasiado riesgo para un hombre común y corriente. Él no se ve a sí mismo como un hombre común y corriente. Se ha esforzado en no serlo. Rodrigo Barajas se considera el último profesional en un negocio plagado de amateurs. No, no sabe kung fu, ni karate, ni jiu-jitsu. Él simplemente actúa cuando la situación se lo pide. Sin titubeos. Por ello es el hombre indicado para este trabajo, lo cual lo enorgullece.
Antes de llegar a Caborca, Rodrigo Barajas se topa con la lenta caravana de emigrantes nostálgicos, emprendiendo todos el regreso a su terruño. Viajando siempre hacia el sur. Nadie viaja hacia el norte en diciembre. Rodrigo Barajas lo hará dentro de poco, ya que haya entregado el caballo.
Un carril de ida y otro de venida. Rodrigo Barajas viaja a sesenta kilómetros por hora. Demasiado lento. Está pensando en rebasar. Delante de él va un ruidoso y pequeño Honda Civic color verde fluorescente. Detrás una camioneta Tacoma de doble cabina con un remolque. Placas de Arizona. Rodrigo Barajas se asoma un poco al carril derecho. No ve nada. Rebasa al carrito verde. Se mete de nuevo a su carril. Ahora tiene un autobús de pasajeros enfrente. Voltea a ver al espejo retrovisor. El automóvil japonés ya no está ahí. Lo que tiene detrás es la Tacoma con el remolque. De nueva cuenta. Rodrigo Barajas recuerda a sus tripulantes. Una familia de pochos. Pararon junto a él en la última gasolinera. Una pareja y dos niños. Una niña como de nueve y un niño un poco menor. Cada uno enredado en su respectiva manta. Padeciendo frío mientras estiraban los pies. Ahora que lo piensa, la Tacoma lo ha venido siguiendo desde Sonoyta. Prácticamente iniciaron el camino juntos. No se la ha podido quitar de encima. Aun así, a Rodrigo Barajas le cuesta trabajo pensar mal de una familia como ésa.
Dan las diez de la mañana y Rodrigo Barajas sigue manejando en dirección sur, en medio de la parsimoniosa caravana. Rebasando en diversos tramos. Con la Tacoma pisándole los talones en todo momento. Rodrigo Barajas no se permite el lujo de descansar. Va con retraso. El caballo debe arribar a Bahía de Venados el 25 de diciembre, a más tardar. Rodrigo Barajas se pregunta si eso será posible. Por lo pronto ha decidido parar por un taco al llegar a la caseta de Santa Ana. Como era de esperarse, la Tacoma se detiene junto con él.
Rodrigo Barajas estaciona su camioneta sobre la grava e ingresa a la fonda. Se escucha el chasquido de una mosca al entrar en contacto con la trampa eléctrica ubicada junto a la entrada. Más al fondo, la rockola reproduce “Una lágrima y un recuerdo”, interpretada por Los Cadetes de Linares. Otro chasquido más. Y luego otro.
Sillas de madera pintadas de blanco y mesas con manteles de lona cuadriculada dentro del local oloroso a chorizo.
—Dos burros —pide Rodrigo Barajas, parado frente a la caja registradora.
—¿De qué van a ser? —pregunta la cajera.
—¿De qué tiene?
—De machaca, de huevo con chorizo, de frijoles puercos, de chicharrón, de...
—Me da uno de chicharrón y otro de chorizo. Y una cerveza de ésas.
La mujer saca los burros de una hielera. Los coloca sobre un plato de polietileno. Hace entrega ahí mismo. Enseguida va por la cerveza.
—Los salseros están en la mesa —le informa.
—¿Cuánto va a ser? —pregunta Rodrigo Barajas.
—Setenta pesos.
—Yo pago —interviene el conductor de la Tacoma, con un billete de veinte dólares en la mano. Un tipo moreno y de baja estatura, con una enorme chamarra de los Soles de Phoenix encima.
Rodrigo Barajas lo observa con desconfianza. Da media vuelta. Elige una mesa muy cerca de ahí. El pocho lo sigue. Trae sus propios burros. Se sienta junto a él.
—Huele muy bien aquí adentro.
—...
—Espero y estén buenos... —dice, mientras coloca un poco de salsa verde dentro de su burro de machaca.
—...
—Si es así, le compro unos a mi familia... —y da la primera mordida.
—¿Qué quieren de mí?
—¿Qué?
—Me han venido siguiendo desde Sonoyta. ¿Qué quieren?
El pocho pasa su bocado con ayuda de su refresco sabor a piña.
Comienza:
—Mi nombre es Jaime Aguayo.
Rodrigo Barajas no da el suyo. Da una mordida a su burro de chicharrón sin quitarle la mirada de encima a su interlocutor.
—Mi familia y yo tuvimos que salir de Arizona. Trabajé de ayudante de chef en un restaurante tailandés. Me compré esa camioneta... A ver de qué vivimos en nuestra tierra, ¿verdad...? Somos de Nayarit. Todo lo que tenemos va en ese remolque. Hemos estado escuchando que ha habido muchos asaltos por la carretera este año. Más que en el pasado. Que se instalan retenes donde te quitan todo a punta de metralleta. Que acaban de rafaguear a una familia entera porque no se pararon, me dijo mi compadre. Que eso no sale en las noticias... Por eso cuando lo vimos en ese camionetón, solo y sin miedo, mi esposa y yo pensamos que sería bueno si viajábamos cerca de usted, para que no nos pasara nada.
—Y esperan que saque el cuello por ustedes en caso de un asalto en la carretera, ¿cierto?
—Bueno, no tanto como eso, pero al menos que...
—¿Quieren un consejo?
—Por favor.
—Dejen de seguirme.
—¿Le molesta que lo hagamos?
—Lo digo por su propio bien.
—¿Por qué? ¿Está metido en problemas? No es de mi incumbencia, verdad...
—Llevamos rutas distintas.
—¿Usted para dónde va?
—Bahía de Venados.
—Queda para donde vamos nosotros.
—Pienso abandonar la carretera federal.
—¿Por qué?
—No soy bueno lidiando con los militares. Me ponen nervioso.
—¿Y qué hará?
—Tomaré una desviación antes de llegar al Descanso.
—¿Podemos ir con usted?
—No se los recomendaría.
—Nosotros tampoco les tenemos confianza. El año pasado le robaron a Brian su iPod.
—Les salió barato.
—¿Cómo?
—Es la cuota que tenían que pagar.
—¿Pero por qué no podemos seguirlo?
—Es muy peligroso.
—Pero no para usted, ¿cierto?
—Puedo arreglármelas.
—Teme que seamos un carga.
Rodrigo Barajas analiza al tipo que tiene delante. Es un buen hombre. Siente pena por él. ¿Cuántos mexicanos no estarán en su misma situación? Sintiendo el terror de regresar a su país de origen y de encontrarlo más salvaje que nunca. Muertos de miedo, con todo el peso de sus familias sobre sus hombros y con un futuro de lo más negro por delante.
Rodrigo Barajas le vuelve a dar gracias a Dios por su libertad. Siente que está en deuda con él. Por lo afortunado que ha sido durante todo este tiempo. De pronto siente que tiene que hacerse cargo de esta ovejita suya, atravesando el cerro lleno de lobos.
—Está bien.
—¿De verdad?
—Pero ustedes irán por delante.
—¿Por qué?
—No más preguntas.
—Está bien.
—Tomarán la desviación hacia Los Pinitos. Se encuentra a unos veinte kilómetros más adelante.
—Entendido.
—Eso espero.
—Vamos, déjeme le presento a mi esposa.
Ambos hombres se levantan de la mesa. Jaime Aguayo lo hace primero. Rodrigo Barajas va detrás de él. La situación se torna incómoda. La esposa de Jaime Aguayo debe tener unos veintisiete años de edad. Rodrigo Barajas la conoció hace once. Tamara García. No ha cambiado demasiado. Al igual que antes, sigue mascando chicle con la boca abierta.
—¿Te acuerdas de mí? —le pregunta, sacando su mano fuera de la ventanilla para saludarlo y entregarle de paso el pequeño pedazo de papel con el número de su teléfono celular.
Tamara lleva encima un suéter de algodón color azul con la marca Champion tejida en el pecho.
—¿Ustedes dos se conocen? —pregunta el marido.
—Somos de donde mismo —responde ella, sin quitarle la mirada de encima a Rodrigo Barajas.
—¿Es el tipo del tatuaje, verdad? El mentado Rodrigo... Lo sabías... ¿Por qué no me lo dijiste?
—Dad, dad! The movie is over. Can you put the Iron Man DVD again? —grita el chiquillo.
—You’re out of your freakin’ mind? We’ve already watch that crap more than ten times this week! —se queja la niña.
—Brian, le toca a tu hermana ver una película, y hablen español los dos, están en México —les informa Jaime Aguayo.
—Is not fair! —protesta el mocoso.
—Necesitamos ponernos en marcha —propone Rodrigo Barajas, dando media vuelta y dirigiéndose a su vehículo.
* * *
Son las seis y media de la mañana de un domingo en un pequeño pueblo ubicado al suroeste de Sinaloa llamado el Guajolote. Un joven y recién confesado Rodrigo Barajas se prepara para recibir la hostia al lado de sus abuelos, cuando don Regino, el herrero del pueblo, interrumpe la misa para avisar que le han disparado en el estómago al comisario Barajas, solicitando la presencia inmediata de don Octavio, el doctor.
Rosendo se lo había advertido a su hijo, su asociación con Gilberto Sánchez no le dejaría nada bueno.
—¿Pero por qué tienes que estar protegiendo las propiedades de un
