La hija de la costurera

Joumana Haddad

Fragmento

Título

No digas que esta palabra está condenada a la oscuridad,
Que la vida eterna no es más que un alarde,
Que el alma es tierra y cenizas:
yo creo en lo que tengo que creer.

ZABEL KHANDJIAN
(poeta armenia)

Y entonces el obispo se volteó hacia ella y dijo solemnemente, tanto como su voz aguda lo permitía:

—Repite conmigo: “Yo, Qamar1 Sarraf, te recibo a ti, Bassem Barakat, como esposo, y prometo amarte, respetarte, serte siempre fiel y nunca abandonarte. Lo juro en el nombre de Dios, uno solo en la Santísima Trinidad, y todos los santos”.

Oyó las palabras como si viajaran hacia sus oídos desde un sueño inverosímil, llevadas por las alas descomunales de algún pájaro extraño, lentamente ascendiendo como música que se fuera extinguiendo al salir de una fosa sin fondo. Le trajeron de vuelta el recuerdo del pozo del patio de su abuela en Aintab. Le encantaba escuchar la melodía de la cubeta golpeando el agua allá abajo y luego subir de vuelta, rebosante, jalada por los fuertes brazos de su abuela, derramando unas cuantas gotas en el camino. Para ella, mojado era un sonido, no una sensación. Solía visualizar el oxidado contenedor de cobre como una criatura viviente que cantaba, bailaba y hasta se cansaba después de demasiados viajes de bajada y de subida. Sólo la dejaban sentarse a un metro de la pared de ladrillo que rodeaba la boca del pozo. Allí se acuclillaba y oía a escondidas los murmullos y vibraciones que salían. La vieja viuda no le daba permiso de asomarse adentro del pozo. “El agua es el pasadizo de los fantasmas”, le dijo una vez para que no se acercara. Sabía que a los fantasmas había que tenerles miedo, por las historias que su hermana le contaba todas las noches antes de dormir. “Te espían y esperan el instante en que los veas a los ojos para arrastrarte allá abajo al círculo latente. Hagas lo que hagas, nunca los veas a los ojos.” Con eso bastaba para espantar a la niña curiosa e impedir que desobedeciera. Nunca bebía agua del cántaro de porcelana de casa de su abuela para que los fantasmas no flotaran en su garganta para luego deslizarse a su estómago…

“Repite conmigo…”

El obispo barbado le recordaba a uno de los amigos de infancia de su padre, “el hombre que hablaba con las serpientes”, como le decía. Las hipnotizaba con su flauta especial y las obligaba a balancearse como él quería. Cada vez que volvía de su pueblo natal de alguno de sus largos viajes por el mundo, pasaba por su casa y les contaba historias emocionantes de sus hazañas, actos callejeros y los lugares raros y lejanos que había visitado. Todo mundo escuchaba cautivado las aventuras de su nómada existencia. Todo mundo excepto ella. Lo envidiaba por viajar tanto, pero no le caía bien. Después de cada historia ella le hacía invariablemente la misma pregunta: “Pero ¿y si la serpiente no quiere bailar? ¿Y si estaba cansada y quería dormir?”.

Ella. La serpiente era una ella, tal como el encantador de serpientes era un él. Y ella debe bailar y bailar hasta que él decida que ya fue suficiente y la deja arrastrarse de vuelta a su canasta. Allí está el veneno, claro, en su saliva, pero no le habían enseñado cómo usarla, no le habían enseñado cómo escupirle a su opresor. Sólo le habían enseñado a obedecer, a sentirse culpable de ser serpiente y, sobre todo, a imaginar que era ella quien lo encantaba a él. La presa perfecta es la que no se da cuenta de que es una presa. Los espejitos por oro del ego humano son irresistibles.

Ese día en la iglesia se preguntó si no sería ella la víbora que bailaba: un lastimoso instrumento para entretener a los asistentes a la boda. Había eco en la catedral, la clase de eco que adormece a la gente, pero la molestia en los pies por los zapatos apretados que le había prestado su futura cuñada era muy marcada, superior a cualquier somnolencia. Sintió en el cuello cómo la quemaban todos los ojos fijos en ella, esperando que pronunciara las palabras esperadas. Finalmente levantó la mirada y escupió desafiante:

—Yo, Qayah2 Sarrafian, te recibo a ti, Bassem Barakat, como esposo…

Un silencio incómodo siguió a su voto. Todos los asistentes a la ceremonia en la greco-católica Catedral de la Anunciación en Jerusalén notaron que había dicho un nombre diferente, pero no iba a permitir que nadie la intimidara. A ella no. Con todo, sabía que no era culpa del obispo. Estaba segura de que la madre de Bassem le había pedido al pobre hombre de Dios que quitara las letras “ian” de su apellido y que sustituyera su nombre de pila, Qayah, con el árabe Qamar. Decir que a la fanática de Fadwa no le gustaba que la novia de su hijo no fuera árabe, ni melquita, es quedarse corta. Pero Qayah estaba orgullosa de su herencia armenia y de toda la pesadumbre que ésta había grabado en su alma. Ella era Qayah Sarrafian, hija de los mártires Marine y Nazar, hija adoptiva de los difuntos Vartouhi y Grigor. Corrían por sus venas la espesa sangre de la rebeldía y un licor adictivo llamado dolor.

Marine y Nazar. Vartouhi y Grigor. Cómo deseaba que estuvieran todos allí en ese momento para presenciar ese día tan especial de su vida, esa “victoria”… Bueno, no del todo una victoria (pues los victoriosos siempre tienen posibilidad de elegir pero ella no); más bien como el acto de sacarle la lengua al destino. Estaba segura de que sus padres también habrían preferido que se casara con alguien de su comunidad, pero Bassem, a quien aborrecía con vehemencia cuando le impusieron el compromiso con él, resultó ser un buen hombre, muy buen hombre. Sus padres lo habrían aprobado. No se parecía nada a su malvada madre, que no perdía oportunidad de hacerla sentir “menos”, indigna de la familia Barakat.

—Así que tú eres la hija de la costurera —le dijo desdeñosamente a Qayah la primera vez que Bassem la llevó a su casa para presentársela a la familia—. Y a todo esto, ¿qué significa ese nombre tan extraño que tienes?

Bassem intervino enseguida para calmar la evidente hostilidad de su madre:

Es el nombre de una antigua diosa de la luna. Y ya lo creo que ella es mi Qamar.

En otras palabras, “Apártate, madre”.

Los Barakat eran, de hecho, bastante ordinarios y modestos; no llegaban a clase media pero la arrogante de Fadwa se comportaba como si fueran de la realeza. Esa misma mañana, cuando pasó a visitar a la novia junto con un grupo de ancianas (obligada sólo por la tradición y el “Qué va a decir la gente de nosotros si no lo hacemos”), soltó otra dosis letal de su veneno:

—A Bassem siempre le ha gustado hacer buenas acciones. Casarse contigo ha de ser una.

Qayah no hizo caso de sus palabras maliciosas y se concentró en ajustarse el velo de encaje en la cabeza.

—¿Estás enamorada de él?

Negan, su mejor amiga, no dejaba de hacerle esa pregunta peliaguda desde que Bassem fijó la fecha de la boda.

—El amor es para los vivos, habibati3 Negan —respondía siempre. Pero ella de todas formas no buscaba el amor. El amor significaba corazón roto. El amor significaba lo prohibido. El amor significaba pérdida. Lo que ella necesitaba era seguridad, no romance.

—¿Estás enamorada de él como lo estuviste de Avi?

—Afortunadamente no.

No, no estaba enamorada de Bassem, no podía estarlo. Pero en los dieciocho meses del compromiso matrimonial arreglado lo fue conociendo y se dio cuenta de que auténticamente la respetaba y la cuidaría. En ese momento era todo lo que importaba.

Qayah sólo temía una consecuencia específica de ese matrimonio: la obligación física que tendría hacia su esposo, lo que la gente llama “el deber marital”. No le temía de la manera como una novia tímida e inocente teme lo que está por descubrir y que quizá a la larga aprenda a valorar. Sabía lo que se esperaba de ella y estaba segura de que nunca podría disfrutarlo. Entendía demasiado bien lo que a un hombre le gusta hacer con el cuerpo de una mujer. Lo había aprendido a la mala. En su mente había una opción, una sola fórmula, y consistía en uno que hacía y una que sucumbía. El hombre toma y la mujer entrega. Él se deleita y ella sólo espera a que él termine. Cada vez que imaginaba que eso pasara entre Bassem y ella (los gemidos, los golpeteos, la sangre, la suciedad), deseaba poder evaporarse.

—Un hombre caliente es un ghouli4 hambriento —le decía a Negan una y otra vez.

Negan no entendía de dónde venía ese terror, pues Qayah se abstenía de contar pormenores de su pasado. Sólo sabía que era una huérfana armenia a la que Vartouhi y Grigor habían adoptado. Todo lo demás antes de Jerusalén era un misterio. Hay silencios irrompibles que una simplemente debería respetar y Negan intuía que el de Qayah era uno, pero también sabía cómo poner de buenas a su amiga con su pícaro sentido del humor.

—Bueno, ¿estás lista para conocer a la Tortuga Mágica? —le preguntaba entre risitas. Tortuga Mágica era como le decía al pene. Su hermana mayor, ya casada, un día le había descrito el aparato y desde entonces lo describía como una tortuga—. Al parecer es una tortuga muy amigable. Si le das unos suaves golpecitos sacará la cabeza sonriéndote. Pero ten cuidado de no asustarla o rápidamente se retraerá para volver a esconderse en su concha.

Qayah ponía los ojos en blanco pero se reía aunque no quisiera. Negan era increíblemente obscena, pero podía hacerla reír hasta en los momentos más tristes.

El silencio de la catedral empezaba a volverse tenso. Negan, de pie a su lado, tomándose muy en serio su papel de dama de honor, le dio un ligero codazo. Qayah salió abruptamente de su ensimismamiento y recordó dónde estaba y por qué. Miró a Bassem, cuya mano derecha estaba unida a la suya en el evangelario bajo el epitrachelion. Él le devolvió la mirada y sonrió, tal como ella había previsto. A él le encantaba su espíritu ardiente. El obispo notó la sonrisa del novio, la interpretó como señal de aprobación, de macho a macho, y sólo entonces prosiguió con la ceremonia.

—Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.

En ese momento sintió unas ganas enormes de voltear y mirar a los ojos a su suegra. ¿La vengativa mujer le haría pagar su insolencia? A Qayah no le importaba. Ya quería que todo terminara para poder quitarse esos zapatos apretados.

* * *

Jerusalén, domingo 3 de abril de 1932

Me urge quitarme estos zapatos, cómo me aprietan…

Veo a los hombres que bailan el dabke5 a mi alrededor, a las mujeres en sus coloridos vestidos tradicionales agitando blancos pañuelos bordados sobre sus cabezas, y lo único que puedo pensar es: ¿Qué hago aquí? ¿Cómo llegué a este lugar del tiempo y el espacio? Yo aquí no encajo. Soy una intrusa y siempre lo seré: un fantasma que se ha escapado del círculo latente y destinada a pronto volver.

¿Soy la única persona sobre la faz de la tierra que teme más a la vida que a la muerte, a quien le aterra más ser feliz que ser desgraciada? Miro los rostros alegres que me sonríen y me siento desesperada y sola. Desesperada y sola como una gota de agua quieta en un río que corre. ¿Cómo puede estar contenta esta gente? ¿No saben que esto es una estafa, que sólo están tratando de engañar al vacío? La mente me ordena que me sienta bien, pero mi corazón no obedece. En algún sitio entre una y otro se han cortado los nervios. La comunicación está bloqueada. Mi corazón está vacío. No, mi corazón está lleno: lleno de cadáveres, apretujados como gusanos. Me están carcomiendo, mastican lentamente mis órganos, a pequeños mordiscos. Allá va mi pulmón izquierdo. ¿Por eso a duras penas puedo respirar?

¿Cuánto pesa un corazón? Un corazón vacío, un no-corazón, sin la carga de amor, pasión, decepción, expectativa, afecto, dolor, entusiasmo, deseo, arrepentimiento, duda, enojo, resentimiento, calidez, ambición, fe, ansiedad, sospecha?

¿Sin la carga de todos los que hemos perdido en el camino?

Una anciana a la que nunca había visto viene y me da un beso. Tengo el fuerte impulso de limpiarme la sensación húmeda de sus labios en mis mejillas. Me dan ganas de abrirme los cachetes con mis largas uñas pintadas para que con la sangre se vaya esta mentira. Su beso es una mancha café en mi alma. Su beso me dice el sucio fraude que soy.

—Espero que pronto veamos a sus hijos —me dice.

Yo no quiero hijos. También mi matriz está abarrotada de cadáveres. No es lugar para un bebé: los gusanos se lo comerían pedacito tras pedacito, mordizco a mordizco.

No quiero hijos.

No mientras puedan morir los niños.

* * *

El día que nació Qayah Sarrafian fue diferente de todos los días de abril que Aintab hubiera presenciado jamás. Las semanas anteriores habían sido inusitadamente nubladas y lluviosas, pero esa noche en concreto la primavera por fin había decidido hacer su aparición y una animada luna despidió con un susurro a todas las nubes.

—Le voy a poner Qayah —dijo Nazar, su padre—, porque sacó la luna al llegar.

Su madre, Marine, protestó, y también su abuela (la única de la familia: todos los demás abuelos habían muerto).

—Pero, Nazar, eso no es un nombre cristiano.

—Pero, Nazar, Qayah no es nada común para una armenia. ¡Por lo menos ponle Lusin!6

Las dos mujeres eran de esas a las que es difícil oponerse, pero Nazar se mantuvo firme.

—Y eso qué? Mírenla. ¡Es una bebé muy fuera de lo común!

De hecho, Qayah tenía un pelo rojo de lo más inusual: no tiraba ni al anaranjado ni al cobrizo: era de un rojo ardiente, puro, profundo. Además los sorprendió por haber llegado después de seis abortos espontáneos consecutivos. La pareja ya tenía dos hijas, Maria y Hosanna, y un hijo, Hagop, que habían nacido uno tras otro inmediatamente después de la boda. Luego Marine tuvo once años de complicaciones de salud y no pudo mantener a un bebé adentro de ella. En 1911, cuando volvió a quedar embarazada, estaba segura de que sería su séptimo aborto. Qayah fue prueba de que se equivocaba.

Los hermanos de la bebé, que tenían rizos casi azules de tan negros, le pusieron de apodo Garmeer Klghargeeg.7 La adoraban y satisfacían todos sus caprichos, pero ella tenía una innegable preferencia por Hosanna, la que le llevaba doce años. Hosanna la apapachaba, le daba de comer y la cuidaba como si fuera su hija. El hermano menor, Nerses, nació un año después, en 1913.

Aintab significa “la buena primavera” en arameo. Su población estaba constituida por turcos, árabes, kurdos y armenios. Nazar era zapatero y Marine costurera, una muy talentosa. Algunas personas llamaban “magia” a su manera de convertir una tela sin vida en una elegante obra maestra o de adaptar cada vestido para ocultar las imperfecciones de una figura o subrayar sus atractivos. Venían a preguntar por ella mujeres de aldeas vecinas.

La pareja llevaba una vida muy modesta, igual que casi todos en su comunidad. Salvo por el doctor Avediss, que ostentaba su enorme barriga como prueba de buena fortuna, nadie usaba ropa lujosa ni vivía en una casa grande. La ciudad se destacaba sobre todo por sus productos de algodón y de cuero, y muchos de sus habitantes armenios tenían trabajos de tejedoras, fabricantes de calzado, zapateros remendones u oficios similares. También era un centro de comercio debido a su ubicación estratégica como conexión de rutas comerciales. La vida era simple, como sólo una vida humilde puede serlo.

Nazar traía zapatos viejos a casa con frecuencia. La gente se los daba cuando al fin los jubilaba. Había hecho una vitrina especial para ellos en el único cuarto espacioso de la casa, donde Marine y ella ocupaban la desgastada cama de bronce y sus hijos dormían a su alrededor en colchones esparcidos por el suelo. La cama había sido un regalo de su madre el día de su boda. Era de ella pero quería que su hijo se la quedara:

Tú naciste en ella y es mi deseo que también tus hijos nazcan ahí —afirmó categóricamente cuando él quiso protestar—; además prefiero dormir en el suelo. Así me siento más cerca de tu padre.

Él no conoció a su padre salvo por las interminables historias sobre él. A veces sentía que ella las inventaba y luego se las creía para sentirse menos sola, o para crear la vida que nunca tuvo. Poco después del nacimiento de Nazar, el padre murió por una infección dental que se complicó. La joven viuda se dedicó en cuerpo y alma a criar a su único hijo, y cuando éste estuvo en edad de casarse, vigilantemente asumió la tarea de elegirle a una esposa. Después de muchas indagaciones y consultas, al fin se arregló que fuera una huérfana armenia cuyos padres habían muerto en 1895 durante las masacres de Diyarbakir.8 Marine, su hija de doce años, había sido acogida por los misioneros de la rama de niñas del Colegio de Aintab. Allí aprendió a coser, a cocinar y a confiar en que sería “salvada por la gracia de Dios”. La madre de Nazar, a su vez, prometió “salvar a la pobre niña de volverse protestante”. Les dio a los recién casados un pequeño terreno que había heredado de una tía para que construyeran una casa. “Una nueva pareja no debería empezar su vida en común en compañía de una anciana.”

A Marine le chocaba la vitrina de zapatos. Había adquirido una obsesión por la limpieza por los tres años que pasó con los misioneros, demasiado meticulosos, y pasaba horas tallando los zapatos en el patio antes de dejar que pisaran su casa impecable. “No entiendo por qué te gustan estas cosas mugrosas”, se quejaba sin cesar, pero Nazar no escuchaba. Tenía sus razones, que no podía explicarle a su esposa. Hay debilidades que un hombre no puede dejar de tener pero nunca lo reconocerá. Esas “cosas mugrosas” tenían guardadas tantas historias, habían tomado tantos caminos y dejado de tomar tantos otros, tantos encuentros agradables o desagradables… Todas las tardes Nazar se inclinaba sobre el último par que hubiera llevado a casa y pasaba horas infatigables arreglándolos, como si quisiera convencerlos de volver a la vida. Imaginaba la clase de existencia que habían soportado, las inverosímiles montañas que habían escalado y las confesiones secretas que habían oído sin divulgar. Si los zapatos hablaran… Si pudieran llorar o soltar carcajadas o gritar de dolor…

A Qayah también le gustaban los zapatos. Les tenía un apego especial, como a todos los objetos inanimados. A sus pocos años, no podía entender por qué. No tenía manera de saber que su temprana sensibilidad la llevaba a apreciar los objetos inanimados porque eran tranquilos, discretos y de bajo perfil. Porque eran incapaces de sufrir. Un objeto inanimado nunca puede ser arrogante, egoísta, falto de tacto o enojón. Siempre está a merced de las criaturas vivientes que lo usan. Pacientes, comprensivos, indulgentes. Y cuando un objeto inanimado se estropea, no espera que las criaturas vivientes lo compadezcan o lloren su pérdida; él nada más desaparece sin hacer ruido.

Desde que empezó a caminar sola, Qayah a veces entraba en el cuarto a hurtadillas cuando su madre no veía, se probaba algunos de los zapatos y pasaba horas soñando despierta.

Cuando crezca quiero ser una bota roja —declaró orgullosa una noche durante la cena, mientras todo mundo estaba discutiendo el futuro de Hagop como zapatero remendón. Nazar estuvo a punto de atragantarse de la risa, pero a Marine no le pareció nada gracioso.

—Todo esto es tu culpa, ¡tú y tu obsesión con los zapatos!

—¿Por qué una bota, Qayah? —le preguntó Hosanna.

—Porque quiero ir a lugares.

—Pero puedes ir a lugares siendo persona. ¿Para qué ser un zapato?

—Una persona puede cansarse. Cuando camino con tatiky9 en el campo tiene que pararse a descansar cada media hora. ¡Los zapatos no se cansan!

—Eso es cierto. Pero entonces ¿por qué una bota roja?

—¡Porque tengo el pelo rojo, claro está! —respondió con total naturalidad.

Y vaya que iría a lugares. Sus piecitos tenían muchos caminos difíciles por delante, mucho más escarpados y empinados que cualquier camino que esos viejos zapatos hubieran andado jamás, pero eso todavía no lo sabía.

Los iba a andar descalza.

* * *

Aintab, jueves 8 de abril de 1915

Desde ayer tengo una nueva amiga. Es una muñeca y le puse Yelak.10 Mi madre me la hizo a mano como regalo porque cumplí tres años. Estuvo siete días clavando alfileres, cosiendo y recortando. Por último, también le cosió un bonito vestido rosa, igualito al que me cosió a mí, y le puso pelo de estambre rojo para que se parezca mucho al mío.

Me dejó ver mientras la hacía. No me dejaba usar las tijeras, pero me enseñó a meter el hilo en el ojo de la aguja. Cada vez que le pasaba la aguja preparada me decía: “¿Ves este agujerito, Qayah? Es más fácil que un camello pase por él a que un rico entre al Reino de los Cielos”.

—¿Qué es un camello, mayrik?11

—Es un animal muy grande, sirelis.12

—¿Más grande que un caballo?

—Sí, más grande.

—¿Y qué es un rico?

—Un hombre con el alma muerta.

—¿Qué significa “muerta”, mayrik?

Y ya no respondía.

* * *

Cuando los soldados turcos irrumpieron en su casa aquella mañana y detuvieron a su padre, Qayah no entendió qué estaba pasando. Su madre gritaba y les suplicaba que lo perdonaran, pero no le hacían caso. Los militares ataron a su padre como si fuera un perro rabioso, lo obligaron a arrodillarse y lo sacaron a rastras. Llevaba su ropa buena de domingo, como el resto de la familia. Qayah tenía puesto su vestido rosa nuevo. Estaban preparándose para ir a misa dominical a la cercana iglesia Sourp Sarkis.

—Cristiano asqueroso, este lugar no es para ti.

En ese momento Qayah no podía pensar más que en las rodillas de su padre. Ocupaban su mente entera y no dejaban lugar para ningún otro pensamiento. Debía de tener las rodillas terriblemente lastimadas y sangrantes después de que lo arrastraran así. Llevará la pomada mágica que su abuela había usado para curarle la fea cortada que se hizo aquella vez que se cayó sobre una roca puntiaguda cerca del cerezo. Primero le lavará las rodillas con agua tibia y jabón, para que la herida no se infecte. Luego le untará la pomada y mientras lo hace le soplará suavemente en las rodillas, porque al principio el bálsamo arde un poco. Sólo un poco y sólo al principio. Después irá por el costurero de madera que su madre guarda como un tesoro en la repisa más alta de la cocina. Pondrá una silla, se subirá a ella con prudencia y alargará la mano para tomar el costurero. Podría pedirle a Hosanna que se lo pasara, pero mejor no. Hosanna en ese momento está muy ocupada llorando. Se sentará cerca de su padre, insertará un hilo negro en la aguja y le coserá los pantalones negros desgarrados. Luego todo volverá a estar bien. Todo.

La fuerte voz de su padre la devolvió a la realidad como una orden.

—Si van a matarme, al menos déjenme ponerme de pie. No quiero morir de rodillas.

Los soldados hicieron caso omiso de la súplica de Nazar y cada uno le disparó en el pecho dos veces enfrente de su esposa e hijos. Él cayó inmediatamente después de la primera bala pero siguieron disparando. En el mismo punto una y otra vez, como si fuera una competencia y todos apuntaran al mismo blanco. El hoyo de su pecho se volvió gigantesco y sin embargo la sangre tardó en manar. La habían agarrado desprevenida y necesitaba un minuto para decidir si derramarse o no. El agujero era un rojo sol cegador mirando fijamente a Qayah. Se tapó los ojos con las manitas y sólo entonces empezó a llorar. Sabía que ninguna pomada mágica podría curar un hoyo así.

Qayah lloró y lloró. En realidad, desde ese momento hasta su último aliento nunca dejó de llorar.

Y desde ese día nunca más se vistió de rosa. El rosa se convirtió en el color de las lágrimas. El color de un padre que se deja atrás, de un hogar que se deja atrás. O de un mañana que nunca se alcanzará.

* * *

Aintab, domingo 25 de abril de 1915

Me tropiezo con la gente. Está en todas partes; el camino está empedrado de cuerpos. ¿Están jugando a algo? Pero si es un juego, ¿por qué todos los demás gritan y lloran? Caminar encima de la gente no es un juego divertido. Se ven aterradores bajo mis pies. Sobre todo sus rostros. Con cada paso espero que chillen, pero no lo hacen. Se quedan nomás ahí tendidos, quietos como piedras. Han de ser muy fuertes para soportar sin moverse el peso de todos los que les caminan encima.

Una vez vino a nuestra aldea un hombre extraño. Tenía ropa chistosa y una cabeza redonda rapada. Nos dijo que podía caminar sobre fuego. Dijo que no sentía nada. Luego nos mostró sus pies ampollados. La piel de sus plantas era negra y gruesa, como carbón. Por muchas semanas estuve teniendo pesadillas sobre esos pies. ¿Mis pies descalzos se pondrán como los suyos?

Vamos, levántense todos ustedes. ¡Ya estuvo bueno de este horrible juego!

Extraño a hayrikes.13 También a tatikes.14 ¿Por qué los dejamos? Mi mamá me dijo que nunca volverían. “Nunca jamás”, dijo. ¿Es mi culpa? ¿Hice algo mal?

Tengo hambre pero no hay comida. Estoy comiendo pasto. Sabe feo. Está lleno de polvo y creo que también tenía un insecto.

Hace mucho calor. Estoy seca y cansada. Creo que voy a dormir un ratito.

Adiós, tatiky. Adiós, hayrik.

* * *

Inmediatamente después de que mataran a Nazar, a Marine se le ordenó evacuar la casa. Cubrió el cadáver de su esposo con una cobija blanca, empacó toda la comida que encontró y se llevó a sus cinco hijos en un viaje para huir de la zona de peligro. Caminaron junto con otras mujeres, niños y algunos ancianos de Aintab y aldeas armenias vecinas. Los cadáveres en descomposición atiborraban las calles como hojas caídas.

Los que se nos mueren nunca se van, ni siquiera cuando los dejamos. Antes de partir, Marine puso la imagen del cadáver de su esposo en su memoria junto a la de sus padres. Los recuerdos son como morgues: interminables filas de cajo

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