El bote avanza dibujando una estela de agua calma. Las olas van y vienen con un ritmo cadencioso y todo se revuelve dentro de ti. Tus manos tiemblan. Un gajo de sol aparece en el horizonte y el mar se va cubriendo de una película dorada. Pasas la lengua por tus encías. Un poco de cocaína podría tranquilizarte, pero sabes que ahora es imposible. Tendrás que esperar. En la popa, Xepe controla el motor fuera de borda, te señala a lo lejos una inmensa roca de color rojizo.
—¿Es ahí? —preguntas.
Xepe afirma con la cabeza.
—Entonces avanza.
El bote enfila hacia la isla, como un espermatozoide luchando por fecundarla. En tierra firme hay una línea de sahuaros. Quisieras esnifarlos, sentir sus espinas rasguñándote la piel. El calor y la sal escuecen tu cuerpo. Sientes la boca pastosa y las agruras te muerden la boca del estómago.
Dos guardias van sentados junto a Xepe, llevan entre sus piernas unos rifles apuntando al cielo y usan gorras con logotipos de la empresa.
Aspiras profundo, el asco gana terreno. Suena el timbre musical de tu celular. En la pantalla, Cristina te pide que contestes su llamada. La rechazas.
—Tiene buena recepción —dice Xepe, señalando el aparato con la barbilla.
No respondes. Quieres distraerte y olvidar las náuseas por un rato. Observas con los binoculares hacia tierra firme: las mujeres tejen cestas. A su alrededor los niños juegan y corretean en la arena. Las niñas se entretienen con sus muñecas de trapo y los hombres sacan la pesca de una panga. Peces grandes y afilados que baten sus cuerpos sostenidos por las manos nudosas de los seris. Pelo corto, piel roja y gruesa, como la Isla Tiburón. Visten pantalones de mezclilla con camisas a cuadros de manga corta. No son como los habías imaginado. Uno de los niños te mira, señala el bote con el índice y todos en la playa voltean hacia ti. Bajas los binoculares y te giras hacia el otro lado, mar adentro, hacia la isla.
Bajas del bote, el agua fría te moja las piernas. Antes de llegar a la orilla comienzas a vomitar. Xepe te extiende una cantimplora, la rechazas. Fijas la mirada en el mar. A lo lejos, mal encarados y decididos, un puñado de seris se acerca en una panga.
—Tenemos visitas.
Una arcada vuelve a doblarte, vacías el estómago.
—Xepe, acompaña a don Chema hasta la cueva —dice Anselmo, uno de los guardias.
Te incorporas, limpias tu boca con la manga de la camisa y comienzas a caminar. Hay arena por todas partes. El paisaje está plagado de sahuaros, mezquites y desierto.
—Andan muy nerviosos —dice Xepe, mientras camina a tu lado—, lo estaban esperando desde la semana pasada.
—¿Hacia dónde? —preguntas.
Xepe estira la mano y señala con el dedo índice. Levantas la mirada y observas la falda de un cerro, apenas un pequeño montículo a varios kilómetros de distancia. Sacudes la cabeza, aturdido por el sol, y continúas tu marcha.
Los seris bajan de la panga. Son atajados por los guardias de seguridad.
—No pueden estar aquí. Es propiedad privada —dice Anselmo, empuñando su rifle. Los observa con sus ojos pequeños. Tiene una nariz grande, afilada y aguileña. Los seris se cimbran ante la mirada retadora del guardia y su enorme arma de fuego.
Un anciano se abre paso y lo encara. Tiene el rostro muy arrugado, los cabellos cortos y erizados. Sus ojos están nublados por un velo blanco.
—La isla es de nuestra comunidad —sentencia el anciano.
—Ya no. Váyanse.
Los seris comienzan a manotear, vociferan en su lengua. Anselmo corta cartucho.
—Váyanse o no respondo.
Se escucha el rumor del viento. Las olas rompen en la orilla. El anciano habla en su lengua y los seris se dan la media vuelta. Suben a la panga, comienzan a jalar la cuerda para encender el motor.
La embarcación avanza, se va perdiendo entre el movimiento de las olas. Los guardias escoltan a los seris con la mirada. Luego se miran entre sí, meneando la cabeza.
Aparece de nuevo la imagen de Cristina en tu celular. Qué ganas de chingar, en serio. Todavía no son las siete de la mañana y ya te ha llamado cinco veces. Rechazas la llamada. Dos ingenieros salen de una cueva en la falda del cerro. Te agobia el calor ahora que estás lejos de la orilla, y que la brisa del mar no refresca.
—¿Cómo van con la excavación? —preguntas.
El capataz menea la cabeza. Quiere justificarse, pero no le salen las palabras.
—Enséñame qué hay adentro —dices molesto, y caminas hacia la entrada de la cueva.
Xepe respinga, pela los ojos, nervioso. Tiene hinchadas las venas de la frente.
—No debería entrar ahí, don Chema, es una cueva sagrada.
No le pones atención. Uno de los ingenieros te da una lámpara. La entrada de la cueva es como una boca dispuesta a engullirlos. Penetras. Apenas han dado siete pasos cuando todo está ya en penumbras. Los ingenieros encienden las luces de sus cascos y te guían por un laberinto plagado de estalactitas, estalagmitas y sombras de diferentes tonalidades.
El ambiente es muy denso, húmedo. Sientes el calor y los minerales dentro de tus pulmones. No puedes respirar. Tranquilo, Chema, aspira hondo y aguanta el aire lo más que puedas. Ahora déjalo salir pausadamente. Una especie de chillido coral se acerca cada vez más intenso y disonante. Te circunda. Es una horda de murciélagos rodeando tu cuerpo, las alas gelatinosas rozan tu rostro. Estás atrapado en una telaraña viviente, palpitante. El ruido te escalda los huesos. Sus extremidades arañan tus orejas y parece que quisieran expulsarte de la cueva. Manoteas poseído por el pánico. Apenas puedes controlar tu vejiga. Escuchas los silbidos insistentes de los empleados. Te echan sus luces encima y las ratas voladoras comienzan a disiparse, aturdidas por el ruido y la luz de sus lámparas. El capataz se acerca.
—¿Se encuentra bien, don Chema?
Asientes mientras jalas una bocanada de aire.
—No se separe de nosotros, estos túneles son muy engañosos.
Figuras humanas estilizadas, animales con forma de venados, ballenas y lechuzas aparecen impresas en las paredes. Son hermosas y se encuentran perfectamente conservadas. ¿De dónde salió esto y por qué nadie te había informado? Pensabas que tenías todo bajo control, que eras el hombre de confianza de Claudio y que por eso te había enviado a la isla. Ese cabrón, siempre jugando a tres bandas. Te vio la cara, y ahora debes tomar una decisión. Diriges la luz de tu lámpara hacia el capataz.
—¿Quién más sabe de esto?
—Sólo nosotros, don Chema.
Recuerdas las instrucciones de Claudio, fueron muy precisas: desaparecer la cueva.
—No sé… ¿y si hacemos una excavación? Podría suceder un accidente que tapara esto.
—No podemos cavar, don Chema. La gente de la playa nos espía a todas horas. La única manera es dinamitando.
—Pues entonces, háganlo.
—No hay suficiente dinamita, necesitamos por lo menos doscientos kilos.
Sabes perfectamente que no puedes volver a la oficina y decirle a Claudio que no pudiste con la encomienda. Tienes que hacer algo si quieres avanzar, convertirte en alguien, hacer una carrera dentro de la empresa.
—Esto tiene que desaparecer ahora mismo.
El capataz se limpia el sudor, se encoge de hombros y voltea hacia los ingenieros.
—Ya escucharon al jefe.
Los ingenieros se ponen de rodillas, sacan la dinamita de sus mochilas y comienzan a distribuirla. En eso la tierra se cimbra, escuchas un ruido muy fuerte. Como un tronido o tambores.
—¿Qué fue eso? —preguntas.
—¿Qué cosa?
Llevas el índice a tu boca para que los empleados guarden silencio. Los ingenieros se miran entre sí, confundidos. El silencio ha regresado. Tras una pausa, comienzas a dudar de tus sentidos.
—Hace falta aire en este lugar.
Un sudor chocolatoso escurre por tus sienes. Tus manos tiemblan. Todo sería más fácil con una raya de coca. El capataz y su gente van muy adelante, escuchas sus voces haciéndose pequeñas mientras las luces de sus lámparas se alejan. Aceleras el paso tratando de alcanzarlos y, repentinamente, te encuentras en medio de la nada. Gritas. Recibes por respuesta el eco de tu voz. Un calambre te recorre el espinazo, sientes una fuerza atrayéndote. Tropiezas, la lámpara cae dentro de una grieta. Todo queda a oscuras. Arrastras los pies, inseguro, temeroso de caer en un agujero sin fondo o de encontrarte de nuevo con la horda de murciélagos. Sacas el celular y te guías con su luz azulina. Intentas encender la luz del aparato. Alguien está ahí dentro, puedes sentirlo. Con ayuda del celular distingues unos pies sucios de uñas gruesas y despostilladas, como garras de animal. Levantas la pantalla y descubres el rostro de un indio seri, de cara ajada y llena de arrugas, el cabello largo y canoso. El anciano estira el brazo y una garra se aferra a tu cuello, como salida de tu imaginación, o de tus miedos más profundos. Intentas zafarte, pero la garra es muy poderosa. Obstruye tu respiración. Manoteas, sientes los labios hinchados y amoratados por la falta de oxígeno. Boqueas como pez fuera del agua tratando de jalar un hilo de aire para no morir. La vida se te escapa, Chema. Dejas caer el celular y comienzas a ver dentro de tu cabeza las pinturas rupestres.
A lo lejos, las luces de las lámparas se abren paso en la oscuridad. Son acompañadas por las voces de tus empleados. La garra te suelta. Caes al suelo. Quieres pedir auxilio, pero no te sale la voz. Te arrastras. Encuentras el celular y avanzas hacia las voces de los empleados. Los túneles son cada vez más estrechos. Te sientes atrapado y sin salida cuando te topas de frente al capataz.
—¿Está bien, don Chema?
Las palabras se agolpan en tu garganta. Comprendes lo ridículo que sería contar tu historia.
—Me perdí.
—No me lo tome a mal, don Chema, pero se lo dije. Mejor quédese cerca.
Agradeces la luz del sol lastimando tus pupilas, el aire limpio. Afuera, todos te miran con cara de espanto. Imaginas la expresión de tu rostro. Xepe se te acerca, lo repeles dándole la espalda. Sacas el celular y llamas a Claudio. Te contesta de inmediato:
—¿Qué pasó, Chema, cómo va la excavación?
—Estamos trabajando en eso.
—No queremos problemas, sabes que no podemos detener el proyecto.
—Los muchachos van a resolver el asunto.
—Cuento contigo, entonces —dice Claudio y termina la llamada.
Miras la boca de la cueva. Revives la sensación de aquellas bestias infernales y gelatinosas rozando tu cuerpo, los huesos escaldados, el cosquilleo en tu nuca, aleteos, oscuridad y una garra en tu garganta. Todavía te cuesta trabajo tragar saliva. Un ingeniero pasa junto a ti con el detonador en las manos. Lo detienes.
—Suspendan la explosión.
El capataz y los empleados se miran desconcertados. Xepe te observa. No puedes sostenerle la mirada, te das la media vuelta y caminas de regreso hacia la playa.
En la orilla, la embarcación se balancea con el vaivén de las ola
