Omitir intro

Julián Kanarek
Julián Kanarek

Fragmento

Intro (no omitir)

Intro (no omitir)

Vivimos en una época tan frenética que la obsolescencia de mis razonamientos es el principal miedo que tenía al enfrentarme al teclado cuando empecé a escribir este libro. La observación sobre la que se basa toda la hipótesis que van a leer a continuación es sobre la alternancia en los regímenes democráticos, especialmente en América Latina, donde las oposiciones han ganado muchas más elecciones que los oficialismos. Empecé a pensar esto en 2022 y recién me senté a escribirlo a fines de 2024, lo cual es una paradoja para lo que pretendo exponer: hablar de cómo la cultura de los tres segundos permea en nuestras formas de encarar la democracia… ¡me llevó más de tres años! A partir de acá puede que nada tenga sentido para el lector, pero por favor quédese, no omita, concédame un par de páginas más antes de confirmar, también en este libro, la fuga de audiencias en los inicios de cualquier contenido cultural, político e incluso académico.

Hasta ahí mi miedo: que la tendencia se revirtiera, que los oficialismos encontraran el rumbo y empezaran a retener el poder de manera consistente en América Latina o el mundo. Pero poco ha cambiado: a mayo de 2025 en 15 de las últimas 21 elecciones presidenciales en América Latina han ganado las oposiciones, mientras que en Estados Unidos por primera vez en la historia ganó tres veces consecutivas un candidato de la oposición (Trump, Biden, Trump). En Europa se precipitan las elecciones anticipadas de gobiernos que no pueden completar sus mandatos o necesitan rectificar su peso electoral para validar sus acciones gubernamentales (Gran Bretaña, España, Francia, Portugal, Alemania). En países trasandinos como Chile, los procesos democráticos tienen grandes recambios a través de dispositivos que están diseñados en la institucionalidad, como reformas y plebiscitos constitucionales, pero en otros, con democracias un poco más débiles, los gobiernos no logran siquiera completar sus períodos, como en Perú o Ecuador. Hablamos de gobiernos de izquierda, de derecha, de todo tipo de proveniencia ideológica o geográfica que lo que no pueden es completar sus períodos o perpetuarse en el gobierno.

Al mismo tiempo, tenemos comportamientos digitales que acortan nuestros umbrales de atención de manera exponencial. En el año 2017 y luego de estudiar el comportamiento de miles de usuarios que intentaban adelantar la visualización para saltarse la introducción a sus series en cada uno de los capítulos, Netflix introdujo el botón «Omitir intro», una herramienta hoy esencial para los usuarios que desean una experiencia de visualización más fluida y eficiente. Su éxito ha sido tal que otras plataformas de streaming han adoptado funciones similares. Este botón, que se presiona más de 136 millones de veces por día, ha ahorrado a los usuarios más de 195 años de tiempo de visualización por día (según datos oficiales de Netflix en 2023) y es uno de los botones más usados de toda la interfaz de la plataforma. Omitimos la introducción mientras miramos una serie que combinamos con el celular, en el que leemos y cambiamos de mensaje, cambiamos de pantalla, cambiamos de contenido, hablamos rápido, grabamos, subimos, swipeamos, escroleamos, esquivamos. De películas de tres horas a videos de TikTok de 15 segundos (o de 3). Escuchamos los mensajes en 2x y aceleramos los videos en YouTube. Del zapping al scrolling, del papiro a los folletines, del periódico a la forma incidental de informarnos a través de redes e influencers hay una historia de cómo consumimos los contenidos. Y eso se traduce en cómo están producidos, pero también en su duración, que es cada vez más corta. La economía de la atención es toda un área del conocimiento que cada vez tiene más estudios de causas y consecuencias, que marca generacionalmente un momento específico a partir de 2007, cuando Apple incluye en sus teléfonos una cámara frontal, y a partir de 2010, cuando Facebook compra Instagram. Estamos más conectados y más expuestos, estamos hiperestimulados comunicacionalmente.

¿De qué manera nuestros comportamientos digitales pueden estar predisponiéndonos a un cambio permanente, ya no solo de contenidos, sino de opciones políticas? ¿Cómo nos comportamos como sociedades ansiosas más allá de nuestras pantallas y vamos incorporando esta manera de cambiar de contenido a las ansias de cambiar de gobiernos porque son ineficientes o porque prometieron cosas que no pudieron lograr? ¿Cuánto pesan las oposiciones? ¿Cuánto pesa la capacidad de imponer un discurso negativo sobre el otro que está gobernando por sobre la capacidad de contar con el aparato del Estado a la hora de hacer una campaña? Todas esas observaciones me llevan a estudiar un poco más qué está pasando con nuestra capacidad de atención y cómo eso influye en la forma en la que cada uno de nosotros encara el abordaje y el consumo de las campañas electorales y cómo eso nos conduce al momento de votación.

El crítico cultural Ted Gioia aborda las consecuencias que tiene lo que él llama «la cultura de la dopamina»1 en la manera química en la que el cuerpo responde a los estímulos de distracción. Cree que esta nueva manera de producir contenidos transformará (o ya transformó) de manera definitiva el modo en que consumimos productos culturales, tanto así que la caracteriza como nueva cultura («con ausencia de la Cultura con C mayúscula»). Acá iría un emoji con ojos abiertos de sorpresa o un meme en formato gif del personaje Andy Dwyer en la serie Parks and Recreation en el que la cámara se acerca a su cara de incredulidad. Esto sería, claro, otra distracción.

Gioia hace una caracterización de lo que sucede en las dinámicas culturales a raíz de esta transformación en los modos de producción y consumo de los productos culturales (¿con C mayúscula?). Los deportes, el periodismo, los videos, la música, las imágenes, la comunicación y hasta las relaciones sentimentales sufren, según él, transformaciones profundas por una cultura efímera y adictiva que ya no es siquiera presentada como fast, sino como algo ulterior y más profundo, que sería la cultura de la dopamina.

El auge de la cultura de la dopamina

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