La cicatriz en el hueso (A Fire in the Sky 2)

Sophie Jordan

Fragmento

La magia no puede morir.

La magia no puede morir.

Si se la persigue, se esconde.

Si se la aplasta, se transforma.

La magia, resbaladiza como una anguila, se pone a cubierto, escapa, corre a toda velocidad entre las sombras, y la luz, y la oscuridad, y cambia y se cobija en los lugares más inesperados hasta que llega la hora.

Hasta que se despereza, despierta y se revela.

Y entonces alarga sus alas, encuentra sus vientos y se eleva.

Como una plántula, al principio es diminuta y está sola. No es más que un destello de vida, un brote que crece, que avanza, que lucha y batalla, tratando de alcanzar el sol.

Primero una.

Luego otra.

Y otra.

Hasta que forma un ejército.

La magia no está muerta: solo dormía.

Y ahora se despierta. Renace. Más fuerte que nunca.

Preparada para empezar de nuevo.

Parte 1. La manada

Prólogo

Ashild

Los Riscos

Setenta y siete años antes del Lamento

El cielo estaba rojo.

Rojo como la sangre. Mientras atravesaba volando su vasta inmensidad, batiendo las alas oscuras en el aire rojizo y formando así fuertes ráfagas de viento, sintió que pareciéndose tanto a la sangre se mofaba de ella, porque eso la hacía pensar en comida. Se le hacía la boca agua pensando en carne gruesa, jugosa y blanda bajo sus colmillos… Lo que ansiaría desesperadamente cuando regresara a casa con las manos vacías de nuevo. Por segundo día consecutivo. Nada que comer. Nada con lo que alimentar sus estómagos famélicos.

Nada.

La neblina era fina como el agua, en absoluto lo bastante opaca. En circunstancias normales, jamás habría abandonado el refugio de su guarida cuando el cielo la ocultaba tan poco, y jamás antes de que cayera la noche, pero qué hambrientos estaban… El hambre era demasiado demandante, era más imperiosa que la voz en su cabeza que le recordaba que fuese cauta. Era un hambre que exigía ser aliviada, así que había decidido arriesgarse. Arriesgarse a revelar su existencia ante ojos enemigos.

A veces, los riesgos no podían evitarse. Ashild no podía más que seguir adelante con el aliento contenido, más que volar y desplazarse por los aires más rápido que el viento, y conservar la esperanza. La esperanza de que todo terminase bien.

Aterrizó, notando la roca fresca bajo sus patas. Plegó un poco las alas correosas, pegándolas bien al cuerpo, y descendió por el túnel serpenteante, sumergiéndose más y más y más en las cavidades de la tierra, en la oscuridad susurrante y perpetua. Sus ojos centellearon al dilatársele las pupilas, que se aclimataron a la repentina ausencia de luz.

Bajó y bajó por las tripas de la montaña, en las que el aire húmedo y dulce parecía escarcha en su piel que se contraía. Un beso gélido. Una mano helada. Un aliento glacial.

Se movía tan fluida y rápidamente como un ovillo desenrollándose en el suelo. Ansiosa por ver, por tocar, por abrazar, por inhalar esa carne que olía tan parecida a la suya a pesar de sus muchas diferencias.

Era eso, y solo eso, lo que la hacía seguir adelante cuando todo lo demás le pedía a gritos que se rindiera. Que parase, que se uniera a los muertos, a sus hermanos, a su compañero, a la legión de dragones perdidos.

El túnel se estrechó hasta ser casi demasiado angosto para su cuerpo, pero se las arregló para atravesarlo, a pesar de que se arañaba con las paredes; era más fácil ahora que estaba tan flaca, ahora que no era más que piel y tendones hambrientos, endebles como las velas de un barco por encima de los huesos. Siguió adelante hasta que emergió en su guarida y pudo hundir los pies en un suave lecho de musgo.

Su hogar.

Una carita le dio la bienvenida. Cuando se acercó a ella con sus piececitos tambaleantes, sintió que se le aligeraba el corazón, que flotaba tan liviano como una burbuja de aire en su pecho. Aquella sonrisa hacía que todo mereciera la pena: cada riesgo, cada comida a la que renunciaba para que fuera su estómago el único que rugía de hambre.

Ver aquella alegre sonrisa era lo que le daba las fuerzas para seguir a pesar de todo lo que había perdido: su manada, su compañero, un futuro en el que los dragones vivieran en prosperidad, yendo y viniendo a voluntad. A pesar del dolor atroz y persistente de su vínculo perdido con Sigurd…, aún le quedaba eso.

El pequeño llegó hasta Ashild y lanzó sus bracitos hacia ella. La cabeza no le llegaba ni siquiera a sus rodillas. Ella se inclinó y acarició con el morro los brillantes bucles negros, tan parecidos a su piel de color ónice.

Y, a pesar de lo grande que era ella, y a pesar de lo pequeño que era él, se daba cuenta de que aquel no era un niño menudo y enclenque que fuese a doblegarse como una ramita ante el viento. Sintió que se le henchía el pecho de amor de madre. Los niños humanos no eran, ni por asomo, tan robustos, fuertes ni, en su opinión, hermosos como el suyo.

Había visto niños humanos desde lejos. Tan frágiles como conchas en la orilla del mar. Había sido hacía años, demasiadas décadas atrás como para contarlas, cuando aún era seguro ir donde gustase, alzar el rostro hacia los rayos del sol, sobrevolar sus pueblos, ser vista y ver todo lo que el mundo podía ofrecerle en toda su vastedad, porque nada podía tocarla. Nada podía acabar con ella. Los días en los que su vínculo con Sigurd era fuerte, cuando también lo era ella, antes de convertirse en esa versión debilitada de sí misma.

Echó un vistazo al cesto en el que guardaba a buen recaudo la comida: no quedaban más que dos peras y unas cuantas bayas. El niño que tenía delante tal vez tuviera aspecto de humano, pero poseía el voraz apetito de una cría de dragón. Cazar, encontrar y hurtar comida era un trabajo constante; aquel cesto debía rellenarse continuamente.

Se miró las garras vacías y sintió una fuerte punzada en el corazón. «Mañana». No podía volver a fallar. Al día siguiente iría una vez más de caza y, esta vez, traería comida. Algo más sustancioso que la fruta. Traería carne. Frutos secos.

O…

O quizá hubiese llegado el momento.

Tragó saliva con el corazón encogido. Quizá hubiese llegado la hora de hacer aquello que se había jurado no hacer jamás. Quizá ya no le quedase otro remedio.

Quizá hubiese llegado la hora de unirse a una de las pocas manadas que quedaban, enterradas en lo más profundo de los Riscos. Sabía que había al menos dos grupos que se iban reduciendo en número, sí, pero se aferraban a la vida igual que las últimas hojas de un árbol a las ramas de invierno. Aún sobrevivían. Albergaba la esperanza de que hubiera también otras manadas, tan bien escondidas que ignoraba su existencia.

Al comienzo de su exilio autoimpuesto, la comida que podía hurtar y cazar era abundante, pero ya cada vez había menos presas: lo único que quedaba era el paisaje duro y arrasado por la nieve, que, baldío, no hacía sino devolverle la mirada. Había ido de cacería por toda la zona que los rodeaba, y no podía permitirse alejarse más. Ya salía demasiado. Ya se arriesgaba demasiado.

Pero el cuerpecito que en ese momento se apretujaba contra ella la consolaba, la motivaba a seguir sobreviviendo, existiendo. Tenía los mismos ojos que su padre: unos iris gris plateado, reflejo de la niebla que rodeaba las cimas de los Riscos. Se le encogió el corazón al recordar a Sigurd, que ya no estaba a su lado. Habían pasado ya dos años desde que lo había perdido, poco después de dar a luz, pero su pena era todavía un desgarro sangrante y en carne viva, una enorme herida abierta en el lugar en el que antaño había estado su vínculo.

Se había ido a cazar una mañana. Ashild aún sentía el eco del cálido soplo de su aliento cuando le había acariciado la mejilla con el morro para despedirse. Todavía veía el brillo de sus ojos de color escarcha y el parpadeo que emitió su piel iridiscente cuando se volvió y se marchó de la guarida que compartían.

Aquella había sido la última vez que lo había visto. Como la niebla que se disipa, nunca había regresado.

Sabía que ya no existía. Que estaba muerto. Nada más lo habría apartado de ella, y, además, había notado el momento en el que su vínculo se había roto, el lazo que se cercenaba para siempre. Cuando lo había sentido, de pie, en su guarida, el dolor se le había clavado en el centro del pecho, le había robado el aliento y la había derribado.

Y sin embargo…

Unirse a las filas de una manada, acogerse a su protección y hacer uso de sus recursos implicaría aceptar a otro compañero, pues de ella se esperaría que se uniera a alguien y se reprodujera para ayudar a repoblar el mundo de dragones, que eran cada vez más escasos. No podía ni pensarlo.

Se le hizo un nudo en la garganta. Durante aquellos dos últimos años, no había estado dispuesta a pagar tan alto precio. Prefería arreglárselas sola, vivir con el dolor del vínculo perdido con Sigurd y no confiar sus vidas a nadie más.

Y, además, había otra razón: bajó la vista hacia el pequeño que se balanceaba alegremente, agarrado de su pata. ¿Podía confiar en que los dragones lo aceptasen? Algunos lo verían como una aberración, una afrenta a la especie y a las viejas costumbres.

Mientras su hijo le tiraba de la pata, reclamando su atención, recorrió la guarida con la mirada, contemplando las gemas brillantes y los montones de oro acumulados en la pared del fondo, que brillaban como la luz del fuego en la oscuridad. Eran un sustento para su alma. Al menos le quedaba eso. Cuando la falta de comida la hacía sentir débil, se aferraba a la energía que sus tesoros imbuían en su interior.

Continuó buscando, vigilando, explorando…

De repente, oyó el eco sordo de un ruido tras ella. Venía de las profundidades de la montaña. Lo oyó otra vez.

Y otra.

Eran una serie de golpes rítmicos, un martilleo cadencioso, un ruido tras otro, idéntico… Como de unas botas avanzando hacia ella, acompasándose con los latidos acelerados de su corazón.

Se volvió despacio hacia la boca de la guarida. Abrió las alas de golpe y las hizo temblar, preparada para defenderse, a pesar de que se le había caído el alma al suelo. Contuvo el aliento, todavía aferrada a la esperanza de que no fuera nada. Y, sin embargo, el golpeteo continuaba, aumentando su volumen y su intensidad. Un martilleo… Unos fuertes pasos que avanzaban.

Iban a por ella. Estaban ya cerca de la boca de su guarida y emergerían de un momento a otro en la oscuridad.

Las alas le vibraban y se estremecían. Se elevó ligeramente en el aire para parecer más grande, para resultar más intimidante.

Era evidente que la habían descubierto durante aquella última salida. La habían seguido y le estaban dando caza. Su gran miedo, que le dejaba un sabor fétido y constante en la boca, se iba a cumplir por fin. No perdió el tiempo enfadándose consigo misma, ni llamándose estúpida, débil o descuidada. Aquello era inevitable.

La gola de pinchos, afilada como la obsidiana, que le rodeaba el rostro se desplegó de un golpe y vibró, armándola y protegiéndola, preparándola para la batalla, mientras esperaba a la amenaza a la que habría de enfrentarse.

La última batalla. El final.

Llegaron al fin: un grupo de guerreros se abalanzó en la boca de su guarida. Una docena de humanos acompañados de su hedor, con armas en los puños sudados y crueles ojos como dagas que le arañaban la piel, que se clavaban en su madriguera, en su hogar, donde estaba su botín y tesoro. Unas bestias avariciosas y asesinas.

Llamaban a los dragones monstruos, pero los monstruos eran ellos. Eran ellos quienes les daban caza, quienes los derribaban de los cielos, decididos a borrarlos de la faz de la tierra, una gesta que creían haber logrado. Y ella lo sabía: sabía que eso era lo único que mantenía a salvo a los dragones que todavía estaban vivos. Era lo que la había ayudado a mantenerse a salvo a sí misma durante los años previos.

Aquellos humanos, henchidos de victoria, de triunfo, como garrapatas saciadas de sangre, habían dejado de buscarlos. Cuando se aventuraban a adentrarse en los Riscos era para buscar tesoros, reliquias de los dragones pasados. Haberla descubierto, haberla encontrado…, había sido solo una cuestión de suerte.

De mala suerte para ella.

Una oleada de amargura le heló hasta los huesos. Abrió las fauces y emitió un rugido cuya potencia hizo temblar la montaña misma, alertando a cualquier dragón que hubiera cerca de que uno de los suyos estaba en apuros. Aunque tampoco es que pudieran ayudarla. O quisieran. E incluso si hubiesen estado lo bastante cerca, incluso si hubiesen decidido investigar lo que ocurría, no habrían llegado a tiempo.

El niño, encogido a sus pies, gimoteó y se hizo un ovillo tembloroso. Nunca había visto esta faceta de su madre, nunca había oído sus rugidos estruendosos ni había visto sus colmillos.

Uno de los hombres se antepuso a los demás guerreros. Era mayor que los que lo flanqueaban: en su barba había más pelo gris que castaño. Además, era grande para ser un humano: corpulento, de pecho ancho y fuerte, con unas piernas como troncos de árboles. Los demás estaba inmóviles tras él, con la perplejidad por la inesperada presencia de Ashild escrita en el rostro.

Sin embargo, el de la barba canosa no parecía sorprendido, ni tampoco alarmado. Parecía… complacido. Como si acabase de encontrarse con un tesoro, una mina rebosante de gemas en las profundidades de los Riscos, lo que, Ashild supuso, no dejaba de ser cierto: tras ella había montones y montones de piedras preciosas que habían pertenecido a su familia durante generaciones. Sin embargo, no creía que fuese solo su tesoro lo que le provocaba ese brillo en los ojos, porque la recorría con la mirada como si ella misma fuera la recompensa. Un dragón, cuando ya no debería existir ninguno. Cuando no deberían ser más que recuerdos borrosos, cuentos, fantasmas y rumores que ya nadie se tomaba en serio.

—Me alegro de seguir llevando esto conmigo —gruñó el hombre.

Flexionó las manos gruesas como garras sobre la empuñadura de su hacha de guerra y blandió la hoja de hueso en el aire, como si la estuviera probando. Hacía mucho tiempo que ella no se encontraba con una hoja de esa clase, forjada con huesos de dragón. No veía una desde el Lamento, la batalla final de la Trilla, en la que habían perdido la vida muchos miembros de su estirpe. Su padre, su madre, sus abuelos… Casi todos los miembros de su manada habían perecido ese día, y ella había albergado la esperanza de no volver a ver jamás un arma así.

Ese día, Ashild había huido con un pequeño grupo de supervivientes, entre los que se encontraba Sigurd. Y después se habían escondido, y habían evitado tanto a los humanos como a sus lobos insaciables… para hacerles creer que habían dejado de existir. Que estaban extintos. Muertos.

Se habían enterrado en lo más profundo de los Riscos. Habían enterrado su magia.

Habían permitido que los humanos creyesen que habían ganado.

Bajó la mirada, que se le endulzó unos instantes al ver al niño encogidito a sus pies. Su hijo.

Sabía lo que aquel hombre veía, lo que todos ellos veían. Y, lo más importante, también sabía lo que no veían.

Ellos no veían una cría de dragón.

No veían lo que era en lo más profundo de su ser: un dragón, igual que Ashild.

Lo que veían era un niño. Un humano.

Y comprendía que aquello, en sí, no era malo. Pasara lo que pasase, su hijo estaría a salvo siempre que no reconociesen su verdad. No matarían a alguien que identificaban como uno de su propia especie, uno de los suyos.

—¡Tiene un niño, mi señor! —exclamó uno de los guerreros.

El de la barba canosa asintió. Era un hombre importante, con poder y autoridad.

—Sí. Tened cuidado. No le hagáis daño.

Olvidó su alivio momentáneo, presa de un ramalazo de ardiente furia. ¿Pensaban que haría daño a su propio hijo? ¡Como si ella fuese la amenaza para él! ¡Como si ella fuese el peligro, la enfermedad infecciosa!

Aunque, lógicamente sabía que esa creencia mantendría a salvo a su pequeño, no podía evitar que la enfureciera. No hacía sino aumentar la sed de sangre contra ellos: volvió a rugir, alargando el cuello, desgarrándoles los oídos con un estruendo que rebotó en las paredes de la caverna y más allá, pues su eco siguió serpenteando a través de los túneles de la montaña.

Su hijo corrió hacia la pared del fondo de la guarida con unos ojos como platos. El pecho pálido le subía y le bajaba con violencia, y se le notaban las costillas bajo la piel mientras se contraía en sollozos mudos.

Ashild se alegró de que se hubiese apartado de su lado. Se alegró de que no estuviera por medio cuando uno de los guerreros se abalanzó contra ella, seguido de cerca por otro. Que no quisieran hacerle daño al pequeño no significaba que estuviese a salvo. Nadie estaba a salvo de un accidente, sobre todo en mitad de una batalla.

Se volvió trazando un ancho arco con la cola y lanzó al primer humano contra la pared, contra la que se estampó con un satisfactorio crujido, soltando un chorro de sangre caliente. Al otro, al que había derribado con el mismo movimiento, lo pisó con su gigantesca zarpa, aplastándole el cráneo tan fácilmente como habría machacado un melón.

Uno ya estaba muerto, y otro probablemente inconsciente e incapacitado tras su colisión contra la pared, tal vez incluso muerto… Y, si no, no tardaría en estarlo, a juzgar por sus ojos vidriosos.

Pero todavía quedaban diez.

Diez de más.

No volvieron a cometer el error de avanzar contra ella uno por uno o en parejas.

Se lanzaron todos a la vez, profiriendo sus gritos de batalla. Eran demasiados, incluso para su fuerza y su gran tamaño, pero Ashild no pensaba rendirse sin luchar. Sin causar todo el daño posible. En el pasado quizá hubiese podido con todos ellos, cuando era más joven y fuerte. Cuando no estaba debilitada por la falta de comida. Cuando no estaba debilitada por la pérdida de su vínculo.

Pero la abrumaron con una gran acometida, cargando contra ella, trepando por su cuerpo y apuñalándola; le clavaban las espadas allá donde alcanzaban sus hojas de acero. Pero ninguna la hirió gravemente. Ninguna herida era mortal. Nada que no se curase con un poco de tiempo.

Sin dejar de rugir, se retorció y giró con violencia para quitárselos de encima, hasta que se volvió justo hacia la acometida de un arma que ya la estaba esperando. De una hoja que no era de acero, una hoja que sí podía causarle una herida mortal.

Y lo hizo.

No era de acero. Ni siquiera era una espada: se trataba de un hacha de hueso de dragón, como las que habían usado para matar a los dragones durante la Trilla. La muerte la había alcanzado al fin, tras todos esos años. El hacha se le clavó hondo, hasta alcanzarle el esternón. Hueso tocando hueso.

Se quedó paralizada. Clavó la mirada en quien la blandía: era el líder, que tenía unos ojos hondos e insondables en los que sintió que se ahogaba, que se hundía, como si fuesen un pantano que la apresaba, arrastrándola hacia él. Arrastrándola hacia ese hombre, su ejecutor.

Bajó la vista hacia el hacha que tenía clavada, hacia la sangre que manaba de la profunda herida. El líquido púrpura resplandecía alrededor de la hoja blanco tiza, humedeciéndola.

Él sonrió con regocijo, con la saliva burbujeando alrededor de sus labios y salpicándole la barba, y se aferró mejor a la empuñadura del hacha. Con un gruñido exultante, le hundió aún más la hoja en el pecho y, ensanchando el corte que la partía, la abrió en dos y le rompió el esternón.

El sonido del chorro de sangre le llenó los oídos, como un río distante. Bajó la vista y vio el líquido púrpura y brillante que manaba como el agua de un arroyo… de su propio cuerpo. De repente, sintió frío, más frío del que había sentido nunca en cualquier invierno al que hubiera tenido que enfrentarse. Trató de buscar otro rugido en su garganta, pero esta vez solo consiguió emitir un maullido quejumbroso, tan débil y patético como el de un ratón asustado. Jadeó débilmente, tratando de respirar entre los balbuceos que se le escapaban.

Las líneas que rodeaban los ojos del guerrero se marcaron más, arrugándose a medida que se ensanchaba su sonrisa.

—Tu tiempo ha terminado. Adelante…, déjate ir. Muere.

Le cedieron las piernas y se desplomó en el suelo: su cuerpo era demasiado grande, demasiado fornido, como para seguir soportando su propio peso… Y cayó donde estaba con un fuerte golpe, mientras la sangre que manaba de su interior humedecía el suelo, tornándolo blando y esponjoso.

Él se abalanzó entonces sobre ella: saltó sobre su espalda en un movimiento sorprendentemente ágil para un hombre que ya había dejado muy atrás la juventud. Ella se quedó sin aire; las pausas que había entre sus respiraciones eran cada vez más largas, más superficiales.

No podía moverse. No podía luchar, ni tampoco resistirse.

El cuerpo se le tornó fláccido. Roto, acabado.

Hasta sus párpados se le antojaban como pesas de plomo. Le costaba mantener los ojos abiertos, incluso cuando él bajó una mano hacia su cabeza y se inclinó para agarrarla de uno de los pinchos de su gola. Tiró de él con fuerza, obligándola a echar la cabeza hacia atrás y a dejar expuesta su carne más vulnerable. Expuesta ante él. Notó un tirón en el cuello: le había arrancado la cadena. Atisbó el ópalo negro que Sigurd le había regalado. Otra reliquia más, perdida para siempre.

Mantuvo los ojos abiertos, consciente de que aquel era el final. Como él había dicho…, su tiempo había terminado.

Pero no el de los dragones.

Ellos habían encontrado una forma de seguir adelante. Una forma de sobrevivir.

Una paz repentina se adueñó por completo de ella. Se sentía más ligera, boyante, casi como si estuviese flotando sobre sí misma, mientras buscaba con la mirada entre los rostros ávidos de los guerreros, que le parecían todos iguales, todos con mirada enloquecida y manos ansiosas flexionadas sobre las empuñaduras de sus armas.

Por fin encontró lo que buscaba: a su hijo. Lo miró a los ojos atónitos y trató de transmitirle que no tuviera miedo. Trató de contagiarle fuerza, de asegurarle que todo iría bien. Que él estaría bien.

Aunque ella le faltase, prosperaría, crecería fuerte.

La paz se propagó por su cuerpo, hundiéndose en él, hallando cada grieta, cada resquicio, cada punto vacío y dolorido.

Él sería lo último que viese, la imagen que se llevaría consigo. Y aquello la llenaba de alegría, a pesar de que él tuviera que presenciar su asesinato. Con suerte, el tiempo sería amable y le borraría ese recuerdo, lo limpiaría de su mente como la lluvia. Era joven. Lo olvidaría. La olvidaría.

Un bálsamo que la aliviaba tanto como daño le hacía.

Exhaló profundamente un aliento entrecortado.

Su pequeño clavó en ella la mirada de escarcha, moviendo los labios con palabras que no había formado todavía.

Ella miró hacia atrás, al viejo guerrero sentado sobre ella, para quien Ashild no era más que una bestia sin razón, carente de corazón, de amor, de sueños, de una conciencia profunda. No podía verlo del todo bien, pero atisbó un destello de su hacha, y su resplandor en el aire nebuloso cuando la sostuvo sobre ella, preparado para asestarle el golpe final.

Aquello era el final.

Volvió a mirar a su hijo. Apenas unos segundos la separaban del fin, y no tenía miedo. No se arrepentía de nada. No deseaba haber vivido de un modo distinto. Al menos, se iría con ese consuelo.

Sus únicos pensamientos fueron para ellos. No para sí misma. No para su propia vida.

Para sus hijos.

Apartó la mirada del primero, buscando… al otro. Nunca andaba demasiado lejos. Necesitaba verlos a los dos una última vez.

Allí. Ahí estaba, su pequeño escalador. Vetr. Estaba en lo alto de la guarida, en un saliente que llevaba a otra caverna que a él le gustaba explorar. Era su pequeño aventurero, el más salvaje de los dos, más atrevido que su gemelo, al que le gustaba más quedarse cerca de su madre.

Pero allí estaba, escondido, apartado de la vista de todos, con los ojos muy abiertos y fijos en ella.

Miró al uno y luego al otro, sus hijos, sus crías de dragón que eran dragón y no lo eran. Pero, fueran lo que fuesen, eran suyos. Y lo serían para siempre.

Ignoró todo lo demás. Ignoró a aquellos malditos guerreros. Ignoró la inminencia de su muerte. Nada de eso importaba.

Y, cuando el hacha cayó sobre su cuello silbando en el aire, se permitió mirarlos con libertad, dejar que su amor por ellos la consumiera y la cegara ante todo lo demás, que se quedase grabado en ella…, en lo que fuese que iba a convertirse. «Ellos sobrevivirán. Seguirán adelante».

Fue lo último que pensó antes de que le cercenaran la cabeza, separándosela del cuerpo.

1

Tamsyn

Tras un año en los Riscos…

La acometida me alcanzó en la sien.

La fuerza del golpe se irradió por toda mi cabeza, amenazando con derribarme. La violencia no era una ocurrencia extraña para mí y, sin embargo, mi vida como muchacha de los azotes no me había preparado para aquel último año, para aquel ciclo interminable y penoso de dolor, sangre, pérdida y soledad.

Apreté los dientes de golpe, clavándomelos en la lengua. El sabor metálico me inundó la boca y el líquido me empapó los dientes y la lengua. Giré la cabeza para escupir sangre, y la sustancia resplandeciente aterrizó en el suelo. Ni me inmuté al verla. Ya no. Solo me afectó que fuese púrpura. Maldita fuera mi sangre. Quizá nadie más se hubiese dado cuenta. Aún me quedaba esa esperanza.

Traté por todos los medios de no perder el equilibrio, a pesar de lo mucho que me pitaban los oídos. Si me derrumbaba, se abalanzarían sobre mí al instante como una manada de lobos, y entonces todo terminaría.

Y eso no podía pasar.

Soplé para apartarme los mechones de pelo de la cara y seguí adelante. Si me detenía tan solo un segundo a recomponerme o a recuperar el resuello, sería mi final. El momento en el que me atraparían.

Así que sacudí la cabeza una única vez, con fuerza, decidida a seguir en pie. Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula y me mantuve recta, a pesar del malestar, frente a mis atacantes.

Eran dos. El muchacho era más joven que yo, pero también más grande, con el rostro ancho y la frente y la barbilla como los bordes toscos de una roca. Era tan fuerte e inamovible como los más viejos árboles de los Riscos, aquellos con gruesas raíces que se hundían hacia los lados, profundamente, en las laderas serradas de las montañas. El dolor palpitante de mi cabeza no era sino una prueba de su fuerza: todavía notaba los ecos que había dejado su grueso puño al estampárseme en el rostro.

Se lanzó contra mí, serpenteando tan rápidamente que me costaba seguirlo con la mirada mientras se enrollaba como el viento a mi alrededor. Maldito fuera, qué rápido era. En general, mi velocidad me daba ventaja, pero él corría de izquierda a derecha casi sin tocar el suelo con los pies.

Mi otra atacante se acercó poco a poco, con una actitud aparentemente dócil y poco agresiva… Inocente, inofensiva, con un tamaño mucho más reducido y unos encantadores ojos entre bronce y avellana que ofrecían una gentileza de mentira.

Pero ya sabía que no debía permitir que me desarmara.

Las cosas más brutales y despiadadas venían siempre en el paquete más pequeño. Eso era lo que había aprendido: a no subestimar jamás a un oponente.

En ese mundo, nada era lo que parecía. Había toda clase de dragones, pero, a veces, los más pequeños, los más hermosos, con sus hipnóticos ojos de unos colores que ni siquiera sabía que existían, eran los más letales.

La seguridad no estaba nunca garantizada. Un enemigo era siempre un enemigo, pero un amigo no era siempre un amigo. Eso me lo había demostrado mi experiencia con Stig. Había cometido un error al confiar en él y había estado a punto de pagar por ello con mi vida. Y lo habría hecho de no haber sido por Fell.

Fell…

Se me hizo un nudo en la garganta, como me pasaba siempre que mis pensamientos se detenían en él. De repente, me escocían los ojos, sentía la nariz congestionada y taponada y un dolor sordo en el pecho.

Fell me había salvado. Fue entonces cuando se mostró verdaderamente ante mí, cuando me enseñó quién era en realidad, en el fondo. Cuando me enseñó su corazón. A él también lo habían educado para creer que los dragones eran los monstruos —sin que él mismo supiera que era uno de ellos—, pero me había salvado la vida de todos modos.

Solo que nada de eso importaba ya.

Yo no sabría nunca lo que podría haber sido.

No tendría nunca un futuro con él. No estaríamos juntos. Y esa pérdida era una herida más, un dolor profundo más poderoso que el daño que me infligían día tras día.

Y, aun así, continué. Porque Fell no lo habría querido de otro modo.

No podía parar. No podía rendirme.

Allí, cada día era una lucha. Una batalla constante para entrenar, para prepararme. Lo había aceptado. Había aceptado que debía aprender a ser aquello que era.

Cumplía con lo estipulado, con las rutinas diarias de la manada, con una determinación vigorosa e indoblegable. Cumplía con las tareas que se me asignaban, me presentaba voluntaria para hacer otras, entrenaba y luchaba hasta sangrar. Trabajaba hasta que me ardían y temblaban músculos que ni siquiera era consciente de poseer. Era necesario. Era lo que debía hacer para demostrar mi valía.

Cada noche, me derrumbaba en mis pieles y me rendía a un sueño tan profundo y arrollador que bordeaba la muerte. Por las mañanas, me despertaba y empezaba de nuevo todo el proceso, luchando junto a aquellos que me miraban con recelo y desconfianza, por ser la muchacha que se había criado entre humanos. Junto a hermanos que no parecían hermanos.

Y, sin embargo, mi lugar no podía hallarse en ninguna otra parte. Estaba allí, a pesar de que Fell no estuviera. A pesar de que la «x» de la palma de mi mano palpitara constantemente con el recuerdo de él.

Olvidé la punzada de mi mano en el momento en que ella se abalanzó sobre mí.

La esquivé al instante, girando en un círculo.

Y fue entonces cuando él aprovechó la oportunidad. Trabajaban juntos, unidos en un tándem brutal, para tratar de vencerme. Me sacaban toda una vida de entrenamiento como ventaja y, en algún momento, habían decidido aliarse contra mí.

Allí era yo la forastera. La que estaba en los márgenes, mirando hacia dentro. Dudaba que aquello fuese a cambiar nunca: a sus ojos, jamás podría despojarme de mis comienzos.

Su alianza funcionó, como de costumbre. Yo era capaz de aguantar el tipo en un combate uno contra uno, pero, si eran dos contra uno, la suerte no estaba a mi favor. De todos modos, allí no aplicaban cuestiones como la justicia. La desigualdad no era nunca una excusa, no en la arena, pues en la vida real tampoco importaría.

Aprovechándose de mi atención dividida, el chico se lanzó contra mí, derribándome de golpe, y me inmovilizó contra el suelo con su cuerpo, más grande que el mío. Esbozó una triunfal sonrisa, enseñándome los dientes un poco demasiado puntiagudos: los bordes romos de sus dientes humanos empezaban a revelar sus colmillos.

—Pues no eres tan dura, ¿no, piroexhaladora? —me jadeó en la cara, con la piel sonrosada en una mezcla entre agotamiento y placer. Y algo más… Su carne parpadeaba: un instante era la piel de un dragón, entre roja y dorada y brillante, y al siguiente… no. Solo la carne corriente de un muchacho, como si no fuese capaz de decidir lo que era, si humano o dragón.

Pensaba que ya me tenía. Que había vencido.

Tragué saliva con fuerza, luchando contra el fuego que amenazaba con escapar de mí. Siempre era así, siempre. El fuego estaba vivo, se movía en mi interior a su propia voluntad.

Me resistí, retorciéndome bajo él para quitármelo de encima. Él se enrolló en la mano mi gruesa trenza, sinuosa como una serpiente sobre la tierra en la que estaba postrada. Tirando fuerte de ella, como si de una cuerda se tratara, me golpeó la cabeza contra el suelo, una, dos veces.

Se me nubló la vista, tiñéndose de manchas de distintos colores. Y, por un instante, el mundo se tornó completamente negro, y dejé de ver su rostro. Parpadeé para aclararme la visión, luchando porque recuperase su nitidez.

Estaba convencido de haberme vencido. Lo vi en el orgulloso fulgor de sus ojos, en la mueca de satisfacción de sus labios. Pero se equivocaba.

Yo ya no era la misma muchacha de los azotes que se había unido a ellos.

Era muchas cosas que no había sido hacía un año.

Era más dura. Más lista. El dolor tenía ese efecto, igual que la pérdida. Te enseñaba cosas. O bien te marchitabas y morías, o bien sobrevivías, crecías, mejorabas, te fortalecías. Te volvías dura donde antes habías sido blanda e indefensa.

Me quedé fláccida, dejando los brazos muertos a los lados, los dedos abiertos como pétalos desplegándose. Delicados. Vulnerables. Dejé un cuello tierno expuesto a una espada certera.

Y la rigidez se esfumó de su cuerpo. De repente, la presión que ejercía con el peso de su cuerpo disminuyó, y dejó de agarrarme tan fuerte del pelo: sus dedos ya no me atenazaban.

—¡Ya la tienes! —gritó la chica, que no andaba muy lejos.

Él resopló encantado, triunfal, y se sentó. Seguía encima de mí, pero ya no me aplastaba tanto.

Así que di un brinco y me puse de pie al tiempo que me lo quitaba de encima.

La chica se había quedado boquiabierta. La lancé contra el suelo de una patada en la cara antes de que le diera tiempo siquiera a reaccionar. Los espectadores soltaron una exclamación al unísono.

Me volví para terminar con el chico, pero ya se había puesto de pie, y tenía los puños cerrados, vibrando de furia. Puro fuego llameaba en sus ojos; las pupilas se le estrecharon hasta convertirse en dos rayas verticales, y eso fue toda la señal que yo necesitaba. Sabía lo que me esperaba.

Me aparté justo cuando él exhaló un chorro de fuego que siseó por encima de mi cabeza, prendiendo fuego a los mechones sueltos de mi trenza, que ondeaban en el aire.

Me tiré al suelo y rodé. El fuego seguía viniendo a por mí, como una serpiente hambrienta, devoradora, como una ráfaga abrasadora sin fin que tenía el firme objetivo de calcinar mi carne. Me dolía la cara; me ardía la oreja.

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