¿Qué hacer con Dios en la república?

Fragmento

 Agradecimientos

AGRADECIMIENTOS

Tengo una hermana escritora y otra periodista que con justicia se ríen de tener una hermana historiadora que demora diez años en escribir un libro. Así es. Y por ello son muchas las personas e instituciones que han hecho posible una empresa tan larga.

La primera vez que expuse la estructura de este libro fue en la última sesión del Seminario de Historia de América Latina, en la Universidad de París I, Sorbonne, a cargo del catedrático François-Xavier Guerra, en mayo de 2001. Lo que nunca pude ni pudimos imaginar es que esa sería su última sesión. Murió en noviembre de ese año, dejando un vacío solo superado por la magnitud de su obra. Gracias a su amistad he podido continuar ese diálogo con su sucesora en la cátedra, Annick Lempérière, y con su antigua alumna Elisa Cárdenas, quien además tuvo la generosidad de leer este manuscrito. También lo hizo Iván Jaksić, mi interlocutor imprescindible.

El aspecto más estimulante de esta investigación fue la posibilidad de formar cuatro grupos de investigación con mis estudiantes en distintas etapas. Hoy ya han emprendido su propio vuelo. En orden cronológico, agradezco muy sinceramente a Alexandrine de la Taille, Natalia García Huidobro, Susana Gazmuri, Macarena Ponce de León, Francisca Rengifo, María José Vial, Pilar Hevia, Juan Felipe López, Paula Streeter, Catalina Labarca y, finalmente, a Claudia Castillo, quien además fue mi editora. La formación de estos equipos fue posible gracias a la ayuda otorgada por el Fondo Nacional de Ciencia y Tecnología (Fondecyt) a través de dos proyectos, por la Dirección de Investigación de la P. Universidad Católica de Chile y por el programa de colaboración científica entre Francia y Chile Ecos-Conicyt. El mismo agradecimiento tengo hacia el Instituto de Historia de la Universidad Católica, que por medio de sus directores Nicolás Cruz y luego Patricio Bernedo me ha brindado un apoyo entusiasta y comprensivo.

Agradezco también a la John Simon Guggenheim Foundation el estímulo que significa su confianza.

Los contenidos de este libro los he ido discutiendo y afinando en múltiples seminarios, conferencias y congresos. Quiero agradecer la invitación de Alan Angell a Saint Antony’s College, Oxford; de James Turner al Erasmus Institute en la Universidad de Notre Dame; de Emilia Viotti da Costa a la Universidad de Yale; de François-Xavier Guerra y Annick Lempérière a la Universidad de París I, Sorbonne; de Elisa Cárdenas a la Universidad de Guadalajara; de Roberto di Stefano a la Universidad de Buenos Aires; de Scarlett O’Phellan a la Universidad Católica de Perú; de Silvia Arrom al panel organizado en LASA (2001) y de Pamela Voekel al panel organizado en la Berkshire Conference (2005).

Agradezco a los sacerdotes que me permitieron un amplio acceso a sus archivos en el Convento de Santo Domingo, de los agustinos, de los mercedarios, de los jesuitas, de los lazaristas en Santiago y en París; de los redentoristas en Santiago y en Roma. Agradezco a don Fernando O’Ryan su ayuda en el Archivo Arzobispal de Santiago, al personal del Archivo Secreto del Vaticano y del Archivo Nacional de Chile.

Mi hermana Paula, que no es escritora ni periodista, sino sicóloga, corrigió el estilo de la escritura «para que se entienda», según me dijo. Fue un acto suyo muy generoso.

El historiador Ricardo Krebs fue quien inició el estudio del catolicismo republicano en Chile. Para él mi gratitud.

La primera edición de ¿Qué hacer con Dios en la República? fue publicada por el Fondo de Cultura Económica en 2008 y tuvo varias reimpresiones. Esta nueva edición, revisada, es publicada en Taurus por iniciativa de Melanie Jösch y Aldo Perán, a quienes agradezco su entusiasmo, su rigor y compromiso con sus autores.

Los resultados de este libro sí comprometen a las personas mencionadas. Sin cada una de ellas este libro sería más malo, más pobre y más aburrido.

ABREVIATURAS

ARCHIVOS

Archivo Consejo General de París, Conferencias de San Vicente de Paul (ACGP; CSVP)

Archivo Convento de La Merced (ACLM)

Archivo Convento San Agustín (ACSA)

Archivo Convento San Francisco (ACSF)

Archivo Convento Santo Domingo (ACSD)

Archivo de la Compañía de Jesús (ACJ)

Archivo de la Congregación del Santísimo Redentor (ACSSR)

Archivo del Arzobispado de Santiago (AAS)

Archivo Nacional (Chile): Fondos Ministerio del Interior

(ANMI); Ministerio de Justicia (ANMJ); Municipalidad de

Santiago (ANMS)

Archivo Parroquial de Nancagua (APN)

Segreteria di Stato. Sezione per i rapporti con gli Stati. Archivio Storico (SSAS)

IMPRESOS

Annales de la Congregation de la Mission (ACM) Anuario Estadístico (AE)

Anuario de Historia de la Iglesia en Chile (AHIC)

Boletín Eclesiástico (BE)

Boletín de Leyes y Decretos (BLD)

Catálogo Eclesiástico de Ambos Cleros (CEAC) y Casas Religiosas del Arzobispado de Santiago de Chile

Chilensia Pontificia (CP)

El Eco de las Señoras de Santiago (ESS)

El Bien Público (BP)

El Ferrocarril (F)

El Mercurio (EM)

La Revista Católica (RC)

Sesiones del Congreso Nacional (SCN)

INTRODUCCIÓN

Este es un libro que estudia la relación de la religión con la política moderna. Es una historia de la secularización del Estado desde la perspectiva de la religión, de sus múltiples actores institucionales y sociales, de sus reacciones, cambios y adaptaciones. Así definido, estas palabras introductorias podrían limitarse a describir la investigación, su estructura, su metodología, sus hallazgos. Sin embargo, el problema que analiza fue de suyo tan dramático y conflictivo, tan constitutivo de la construcción de la nación moderna, que ha pasado a la historiografía casi sin mediación, como si su estudio se situara de forma inevitable en la misma matriz conceptual de su objeto. Así, en vez de comprender el conflicto, se le perpetúa. Ello sucede sobre todo en las naciones de origen católico, donde el sistema político y las historiografías nacionales se estructuraron alrededor del eje político-religioso.

¿Es posible historizar la historia de la secularización? ¿Es posible estudiar la secularización desde un eje que no opte por la posición liberal o por la conservadora, por la laicista o la ultramontana? ¿Es posible estudiar, según la feliz expresión de Elisa Cárdenas, la secularización como proceso y no como progreso?1 Y, contrario sensu, ¿es posible estudiar la historia de la secularización desde la religión como cambio y no como ruina? Es posible. En América Latina comienza a serlo. Distintas vertientes conceptuales, disciplinarias y metodológicas concurren a alimentar un curso para procesar esa ruptura milenaria que significó situar al individuo y no a la religión en el fundamento del orden social. «El poder desciende de otro, cae desde arriba, se impone por sobre la voluntad de los hombres. Las revoluciones modernas —la inglesa, la americana, la francesa— lo ponen en la tierra a la altura de los hombres». Es una definición clara y sencilla de lo que Marcel Gauchet llamó la «salida de la religión», pero erró en la definición del espacio geográfico y olvidó la última revolución del mismo ciclo.2

Las independencias hispanoamericanas fueron también revoluciones. Si no fuera por ese doble carácter, independentista y revolucionario, su comprensión se daría en principio en la disolución de los imperios y no en las grandes revoluciones de la modernidad política. Mal que mal, esos agitados años que se inician con la invasión francesa a España en 1808 y que terminan en la disolución del Imperio español, podrían haber dado origen a monarquías locales en ultramar sin un cambio del régimen político. ¿En cuál configuración histórica habrá que situarlas? Obviamente en ambas, pero en las historias así llamadas «generales» figuran más en la descolonización que en las revoluciones modernas de fines del XVIII.

Los grandes debates filosóficos, jurídicos e históricos en torno al nacimiento de la modernidad política en el Atlántico norte, ya sea por vía de evolución o de revolución, han desaprovechado en cierto sentido el análisis de este fenómeno en el territorio americano, donde se vivió la primera experiencia de descolonización y de revolución en los territorios mestizos de Occidente. En este sentido, América Latina constituye un caso que hace de puente analítico hacia las experiencias tan complejas del mundo no occidental en el siglo XX y cuyos choques renacen en el XXI. La historia política hispanoamericana no es un «mal remedo» de la política europea en el siglo XIX. Es una experiencia particular de la política moderna en la cultura occidental.

El paso a un sistema político cuya legitimidad estaba dada desde abajo y no desde arriba, desde los individuos —aunque fueran pocos— y no desde Dios, requirió hacerse cargo del lugar que ocuparía Dios en el nuevo sistema. No se trataba de su muerte, como algunos lo pronosticaron, pero la religión dejó de ser el eje estructurante de la sociedad. Ese es un nivel de análisis que no debe aislarse por entero de lo que fue el proceso de reestructuración de la religión en el siglo XIX. Parece como si ese decurso hubiera emigrado de la historia política a la eclesiástica o la religiosa. Sin embargo, la forma en que cada sociedad dirimió este paso fue crucial para su desarrollo político. El paso fue menos conflictivo en los países protestantes. La Gloriosa Revolución reconoció el pluralismo religioso entre las denominaciones protestantes y excluyó el catolicismo, mientras la norteamericana lo reconoció sin restricción. En los países cuyas monarquías fueron el bastión de la defensa del catolicismo durante la Reforma y las guerras religiosas, el paso fue conflictivo y dramático.

América Latina representa una experiencia original por este doble carácter de una ruptura que fue revolucionaria e independentista a la vez: las repúblicas se formaron en contra de España, no en contra de una Iglesia identificada con la monarquía católica como en Francia. Las revoluciones de independencia entre 1808 y 1826 fueron revoluciones políticas que transitaron de una legitimidad religiosa a una jurídica sin expulsar la religión del Estado. Fue el periodo inicial de las repúblicas católicas que, aunque cortas en el tiempo, su temprana constitución contribuye a comprender por qué el tránsito fue menos violento —salvo en México— y no fue sinónimo de descristianización.

Las repúblicas católicas, donde el catolicismo era la religión del Estado con exclusión o restricción de otros cultos religiosos, tenían sus días contados en un sistema político liberal que consagraba la igualdad ante la ley. Pero, justo por ello, la historiografía ha estudiado la secularización de los Estados latinoamericanos como un tema de fácil despacho desde una perspectiva teórica y metodológica. Resultado de esto es que un proceso constitutivo de la historia moderna y del debate contemporáneo quedó congelado en un relato teleológico y restringido a una historia legislativa. Mal que mal, la escribieron los triunfadores. Ha sido solo con el renacer de la historia política en la década de los 80, con sus proposiciones conceptuales y metodológicas, que nuestras miradas han cambiado fruto de las tribulaciones de nuestro propio tiempo.

Si las independencias americanas no son pensables al margen del mundo ibérico y latino, tampoco lo son sus bicentenarios. El bicentenario de la Revolución francesa fue un debate formidable sobre su carácter político y enfrentó la relación entre las libertades modernas y los totalitarismos. Días después de la celebración en París, fue la matanza en la Plaza de Tiananmenn y meses después caía el muro de Berlín. Finalmente, como lo señalaba Marcel Gauchet al reflexionar sobre ese año increíble, en 1989 no era el marxismo, sino la revolución burguesa la que constituía el horizonte de nuestro tiempo, en el cual ya no era posible pensar la igualdad al margen de los Derechos del Hombre.3 Simultáneamente, cayeron la mayoría de las dictaduras militares en América Latina. Junto con reivindicar la necesidad de comprender la política no solo como un reflejo de lo social, el significado de las independencias adquirió un nuevo valor. Si esta renovación ha de tener un nombre emblemático es el de François-Xavier Guerra, quien no en vano era español, pensó en Francia y estudió América Latina.4 En esa vasta agenda por rescatar «lo político» y conceptualizar las independencias en el marco de las vías de ruptura hacia la modernidad política, se sitúa la preocupación por retomar el tema clásico de la secularización. Recién emerge. No se ha desarrollado tanto como la historia de las sociabilidades, de los imaginarios y representaciones, de la ciudadanía y las elecciones, de la circulación de las ideas y de los escritos, pero se ha iniciado.5

El problema más evidente es hacerse cargo de la polisemia del concepto. La secularización del Estado es el proceso de construcción de una soberanía basada en la voluntad de los ciudadanos, fuente de legitimidad de un Estado representativo que se constituye en la fuente única de un derecho igual para todos. Ello implica sustraer el fundamento religioso y por tanto reajustar la posición de la Iglesia, que tenía funciones jurisdiccionales, privilegios y fueros. Este proceso es institucional y jurídico, pero el plano político-institucional tiene dimensiones sociales y culturales insoslayables que obligan a entrar en los múltiples sentidos del concepto.

Las teorías de la secularización propuestas por la sociología clásica y que provienen de la crítica ilustrada a la religión, partieron de la base de que la diferenciación de las esferas secular y religiosa llevaba necesariamente no solo a la privatización sino a la declinación de la religión. Tal como lo ha señalado uno de sus lúcidos críticos, José Casanovas, este supuesto fue tan compartido por la sociología —y habría que agregar por la historiografía— que no pareció necesario ni siquiera probarlo.6 El debate sociológico a partir de las primeras críticas de Peter Berger, que ligó la modernización con el pluralismo religioso y no con la declinación de la religión, no alcanzó a herir el corazón de la tesis hasta la década de los 80. La evidencia empírica mostraba que dichas teorías no podían explicar la pervivencia de la religión en la sociedad, no solo como dimensión individual e íntima sino también como expresión pública.7 Casanovas y otros críticos han llamado a volver a la historia. Por lo general, sociólogos e historiadores han debatido el tema sin concordar las categorías, pues al tratar de probar que la religión no declina, el argumento se extrema y relega la secularización como separación de esferas y la «salida de la religión» como eje estructurante de la sociedad. Lo primero corresponde a la teoría de la diferenciación, que conduce a una secularización que Charles Taylor ha definido como el paso de una sociedad donde era virtualmente imposible no creer en Dios a una en que la fe es una posibilidad humana entre muchas otras.8 Esto no puede contrarrestarse tan solo con estudios estadísticos de las prácticas religiosas,9 pues no tienen el mismo estatuto hermenéutico; más bien es necesario contrarrestar las prácticas religiosas con la declinación religiosa.

La historiografía francesa ha discutido este problema desde la pregunta crucial hecha por Jean Delumeau sobre cuán cristianizado estaba ese mundo que se secularizaba, hasta poner en duda la pertinencia de identificar secularización con descristianización.10 La sociología religiosa nació como una inquietud pastoral más que científica, pero luego de los trabajos emblemáticos de Gabriel Le Bras en la década de los 40, se diseñó una metodología que permitía hacer comparaciones de las prácticas religiosas en tiempos largos.11 Ello dio origen a muchísimas monografías que terminaron por confluir con la renovación de la historia política y cultural en ese nudo neurálgico histórico e historiográfico que es la Revolución francesa. La síntesis más expresiva de las distintas confluencias es con toda probabilidad el clásico de Roger Chartier sobre los orígenes culturales de la Revolución. Ya no era posible seguir explicando aquello como consecuencia de la Ilustración. La revolución no era producto de los libros sino de una multitud de variables que incidían finalmente en una mayor autonomía del individuo frente a las fuentes de autoridad.12 En Francia era posible probar a través de mediciones que la mayoría de la población estaba cristianizada de acuerdo a los cánones de la pastoral tridentina a comienzos del siglo XVIII; que los primeros indicios de descristianización databan de la segunda mitad del siglo; que el cumplimiento de las prácticas religiosas disminuye en los siglos siguientes, aunque con fuertes diferencias regionales.13 Ello muestra que si bien la secularización del Estado en casos como Francia y América Latina, son procesos comparables, la descristianización difiere por completo. La declinación religiosa es un fenómeno de Europa occidental, lejos de ser aplicable a otras realidades históricas.

La secularización, entendida como la diferenciación y autonomía de las esferas secular y religiosa en los más diversos ámbitos de la sociedad moderna desde el conocimiento científico, el capitalismo o la urbanización, ha probado que no tiene como consecuencia necesaria la declinación de la religión, pero sí su privatización. Este es un punto central desde la perspectiva de la historia política. La historia de la secularización del Estado es fundamental para comprender y conceptualizar el papel público de las religiones en las sociedades modernas contemporáneas.

Este libro, en base al estudio de un caso, argumenta que la construcción de la soberanía política moderna en una sociedad proveniente de la unanimidad católica significó una redefinición del concepto de lo público y de su frontera con lo privado. El catolicismo tuvo que aceptar su retiro de lo público como sinónimo de lo estatal, tuvo que aceptar de hecho que no era el origen de la legitimidad política y que la igualdad ante la ley significaba el pluralismo religioso. Pero la Iglesia se fue incorporando, muy a pesar suyo doctrinariamente, a la esfera pública moderna, a ese espacio que no es estatal, pero que tampoco es privado en un sentido de intimista o siquiera individual o doméstico, sino a aquel que finalmente hemos terminado por llamar sociedad civil. Este libro explora el tránsito de la religión de la publicidad antigua a la moderna y prueba la sorprendente fortaleza con que ella se instaló en la sociedad civil. El terror de la Iglesia era quedar relegada allí donde la relegaron los teóricos de la secularización: a la conciencia individual. En la historia narrada en este texto puede verse paso a paso la lucha de la jerarquía eclesiástica, primero por mantener la república católica y luego por mantener los derechos que el liberalismo podía otorgarle para defenderse en la sociedad civil. Es la historia de una tremenda y fascinante paradoja, pues la privatización del catolicismo, es decir su alejamiento forzoso del Estado, fue su publicidad en la esfera pública moderna.

No ocurrió de igual modo en el caso mexicano, donde el conflicto no fue negociado sino que se resolvió violentamente, siendo la Iglesia y el catolicismo no solo expulsados del Estado sino también excluidos de la sociedad civil. Aun así, la secularización del resto de los Estados en América Latina en diversos grados, y sin duda en el caso chileno, no significó su ausencia de la esfera pública.

Ello nos permite volver a la importancia de América Latina en el estudio de los procesos de secularización, porque establece vínculos originales entre religión y política que han sido profusamente estudiados en el siglo XX, pero no para el siglo XIX. Quizás por ahora solo baste mencionar, sin establecer relaciones de causalidad directa, que el catolicismo latinoamericano adquirió una identidad y una relevancia propias en la Iglesia universal que jamás tuvo antes, a la vez que mantuvo la adhesión de la gran mayoría de la población, que en las últimas décadas ha descendido a favor de otras denominaciones cristianas. El catolicismo ha tenido también importancia política influyendo y, en algunos casos, participando de manera activa en el sistema de partidos políticos y en múltiples instancias asociativas. La sociedad civil latinoamericana emerge en buena medida de los conflictos derivados de la secularización del Estado.

El catolicismo latinoamericano perdió a lo largo del siglo XIX su batalla por permanecer como la religión del Estado y a regañadientes construyó su nueva inserción en una sociedad plural. Pero ello es solo una parte de esa historia, porque las iglesias católicas nacionales, desmembradas de la unidad que les daba la monarquía, vivieron transformaciones internas que se deben ponderar en su propio mérito. El caso que aquí se estudia, comparable a Argentina y a territorios más alejados de los centros virreinales y de las grandes culturas indígenas, arroja resultados asombrosos, como que la organización eclesiástica tridentina en realidad se aplicó en el siglo XIX en forma paralela y no pocas veces en colaboración con el Estado nacional. La Iglesia en Chile se construye como una organización territorial en el siglo XIX y se expande el vínculo entre la institución y los fieles. Para comprenderlo, hemos incursionado en el campo de las prácticas religiosas. Es cierto que medir prácticas no rasguña el significado antropológico del fenómeno religioso propiamente tal. Sin embargo, ha permitido poner en duda varios supuestos que carecían de investigación primaria. Este libro pretende ligar la historia política institucional con las prácticas culturales en el estudio de la secularización del Estado y pretende plantearse como una crítica a las teorías de la secularización y en especial a la historiografía que no las pone a prueba. Las categorías de las distinciones entre lo público y lo privado articulan su argumento. Es un estudio monográfico porque trata de poner a prueba categorías instaladas.14

Aquí se prueba que en el mismo periodo en que el Estado se seculariza, la sociedad se hace plural y la cristianización se extiende. Recién a fines del siglo se logra que la mitad de la población tenga acceso a una práctica sacramental regular. Las mayores energías de la Iglesia y de los fieles fueron desplegadas para encontrarse en el rito de paso hacia la muerte.

Esta investigación muestra que hacia 1840 no se enfrentan, como solemos decirlo, «la» Iglesia con «el» Estado. Ambos se están construyendo con bastante dificultad y «la» Iglesia es un conjunto de cuerpos con muchas autonomías que la jerarquía diocesana apenas puede administrar. No existe tal cosa como una todopoderosa Iglesia ultramontana. Por el contrario, se va formando con dificultad porque su mayor debilidad no está en los zarpazos de los gobiernos sino en el regalismo dentro del clero. La jerarquía diocesana ultramontana fue construyendo una relación con Roma bastante incierta mientras Roma trataba de reconstruirse a sí misma. El Sumo Pontífice —desconocido en estas regiones— se levanta como objeto de devoción a la vez que, como jefe de Estado, negocia de manera directa con los gobiernos. Una Iglesia, en fin, que se construye en ese periodo como diocesana, territorial, jerárquica y centralizada. El estereotipo de una jerarquía eclesiástica tridentina reprimiendo una religión popular resulta más ambiguo porque igualmente trataba de controlar a las elites y también de defender las devociones masivas y populares donde residía parte de su poder y de su sentido pastoral.

Lo cierto es que las prácticas religiosas tienden a segregarse socialmente, como lo hizo el conjunto de la sociedad por razones estructurales que superan la institucionalidad religiosa. El reformismo eclesiástico, primero en su versión ilustrada y luego en su versión ultramontana —que se diferenciaban por su concepción de la relación entre la religión y el Estado—, tuvo elementos que también eran secularizadores en el sentido de depurar aquello considerado como expresiones profanas infiltradas en las prácticas religiosas, así como tenía un elemento individualizante al fomentar la piedad interior. También la Iglesia «seculariza» cuando trata de distinguir las dimensiones espirituales de las temporales y pecuniarias en las cofradías y en las indulgencias, por ejemplo. Desde una perspectiva institucional, es posible observar que al mismo tiempo que los dos grandes poderes se separan, también se están construyendo como tales con sus lógicas racionalizadoras.

Un Estado que se seculariza, una religión que se inserta en la sociedad civil y una Iglesia que se expande institucionalmente, una parroquia rural aislada, una hacienda débil como centro religioso, una parroquia semiurbana que se consolida, son procesos que aquí se relatan y que para sus actores no parecieron nada de abstractos. Cuando el derecho de propiedad, por ejemplo, se enfrenta al derecho de sepultura en terreno sagrado, significa que hay personas que están viviendo una disociación nueva, llenas de desconcierto, a la vez que el principio legal y el dogma religioso van encontrando sus nuevos ajustes. Entonces resulta evidente que la secularización de los cementerios no puede estudiarse al margen de las prácticas mortuorias. En esa sociedad, la vivencia religiosa compartida por todos —probarlo no fue fácil— era morir sacramentado. La solidaridad entre vivos y muertos no está en el recuerdo de los restos para el consuelo de los vivos, sino en la responsabilidad de los vivos en contribuir a la salvación eterna de los muertos. El cuerpo importaba muy poco, mientras reposara en terreno sagrado.Y en el curso de treinta años aparece el vínculo moderno ligado a la veneración del recuerdo de los difuntos en una tumba propia. Esa individuación en nada indica descristianización. El paso de la publicidad antigua a la moderna es conceptual y material. Es conceptual, continuando con el caso de los cementerios, porque su secularización defiende principios como el pluralismo religioso y la propiedad privada. Y es material porque el pluralismo de los muertos era incompatible con terrenos bendecidos para recibir la resurrección de la carne al final de los tiempos. Entonces, hay que separar un terreno bendito de otro «execrado», cunden las confusiones porque no todos los muertos están en el lugar que les corresponde y se enfrentan fieles, curas, subdelegados, obispos y presidentes.

La modernización está plagada de estos cambios. La urbanización obligará a una ciudad plural y la tecnología obligará a depurar la especificidad del gesto religioso. Cambia el uso de las calles, cambia el sonido compartido, cambia la medición del tiempo, cambia el sentido ritual de la luz.

El relato de estas páginas ha querido seguir muy de cerca a sus actores, los que están en las cúpulas de las instituciones, los mediadores y sobre todo a los fieles. Se ha intentado rescatar las incertidumbres y que las categorías conceptuales y analíticas se integren a la narración. Del mismo modo, rescatar las certezas ha requerido un esfuerzo casi obsesivo por contar, por medir, por incorporar la demografía y la geografía del territorio. Se ha privilegiado la documentación privada por sobre los documentos oficiales: la nutrida correspondencia entre cada párroco y el arzobispo, las Visitas Arzobispales con sus anotaciones y comentarios, la correspondencia de los misioneros, en especial de los franceses, y toda esa documentación privada que llegó a la Secretaría de Estado del Vaticano para defender distintas posiciones. Se usaron los restos dispersos en conventos y parroquias de esas instituciones ya dispersas que eran las cofradías. No es fácil contar y medir en una sociedad que tiene poco interés en hacerlo. Hubo que encontrar atajos al mismo tiempo que buscar qué fue aquello que esa sociedad sí midió. Y midió un hecho obvio, pero que no se ha visto: los sacramentos recibidos al morir en el registro de defunción.

No es prurito de erudición. Obedece a rescatar la coherencia de los propios actores que hace de la historia social de la religión no el puro reflejo de otros fenómenos sociales, sino un fenómeno en sí mismo dotado de autonomía. La historia social ha tenido que ajustar cuentas con la historia de las prácticas o de las creencias religiosas en la medida en que los sujetos han sido rescatados de una historiografía estructuralista.15 La práctica religiosa como alienación o como pura dominación, ese desdén epistemológico del historiador que se aproxima a los creyentes y sus prácticas como perdonándolos porque no saben lo que hacen, como lo define John Bossy, se bate en retirada.16 No es necesario creer con ellos sino creerles que creen.

La historia de la secularización del Estado admite diversas periodificaciones de acuerdo al concepto que se use y puede llevar muy atrás en el tiempo. Aquí, insisto, el punto de arranque es la irrupción de la política moderna, su nueva legitimidad y formas de representación. En vísperas del bicentenario de las independencias, cuando no solo las libertades de la política moderna adquieren un nuevo horizonte cultural, sino que a ese paradigmático año 1989 se ha sumado el desconcierto de la caída de las torres gemelas del 2001 —para un chileno no es indiferente que sucediera la madrugada de un martes de un 11 de septiembre— con sus profundas secuelas para el orden internacional mundial, el estudio de la religión y la política ha adquirido un nuevo estatuto no solo de legitimidad sino de urgencia. En la valoración de la democracia política y en la exigencia de incorporar la religión como variable analítica, el caso de América Latina adquiere mayor significado. Cuando el debate en torno a las democracias contemporáneas debe incorporar una variable que sus propios teóricos en principio relegaron al desván del pasado muerto, esta experiencia tiene un nuevo valor conceptual.

Aquí se narra esa historia en un territorio marginal. Pero el mundo entero se ha vuelto marginal a la hora de entender el particularismo de las experiencias y la universalidad de los valores.

Mallarauco, agosto de 2007.

Capítulo I

UNA HORA EN LA HISTORIA DE CHILE: LA TRAMA RELIGIOSA DEL SIGLO

1. OCHO DE DICIEMBRE DE 18631

El templo de la Compañía parecía tener un embrujo. En el periodo colonial debió reconstruirse primero por un incendio y luego por un terremoto. En la década de 1830 era la principal iglesia de Santiago, la más concurrida por pobres y ricos debido a la magnificencia de su culto; el centro de asociaciones piadosas y de ejercicios espirituales, y el púlpito preferido por el clero secular que lo había heredado después de la expulsión de los jesuitas. El obispo Manuel Vicuña revivió su popularidad y este templo pasó a representar el asentamiento de la Iglesia y su estabilidad después del periodo convulsionado de la Independencia. Es cierto que las iglesias de Santiago eran pobres comparadas con las de otros lugares de América; no había en ellas «nada de horrible ni de particular», según había dicho en 1824 un sacerdote italiano que más tarde sería Papa2, pero al menos esta tenía en su torre uno de los pocos relojes de la ciudad y probablemente el único hecho en Chile. Poco después de su renacimiento, en 1841 se volvió a incendiar; el reloj quedó detenido en la hora de su derrumbe y Andrés Bello le escribió una sentida oda. A fines de la década, con la ayuda de los vecinos, se había vuelto a levantar y revivió con los oradores más populares del clero secular afines a la espiritualidad jesuita. Se fundaron cofradías y asociaciones marianas que reflejaban nuevas devociones y prácticas antiguas. En 1854 se organizó la Archicofradía del Inmaculado Corazón de María, de origen francés, aprobada por Roma en 1838, que reflejaba tanto una devoción romántica como la adhesión al Papa, quien ese año había promulgado el dogma de la Inmaculada Concepción. Ello había significado un gran triunfo de su poder como cabeza de la Iglesia en tiempos de conflicto sobre su soberanía en los Estados Pontificios. En Europa tenía connotaciones que en Santiago se desdibujaban; de hecho, el sacerdote José Hipólito Salas había adaptado sus constituciones a la usanza local, pero no por ello dejaba de ser novedosa, pues era una asociación piadosa en la cual no se pagaba por entrar; era exclusivamente femenina e introducía devociones como la de la Virgen Milagrosa. Todos los sábados en la mañana y en la tarde organizaba misa cantada con preces además de las novenas. En tres años había dispuesto 252 funciones, todas con música y con velas que ardían entre una y tres horas. La forma de culto, por romántica que fuera, adquirió expresiones barrocas locales que el capellán ya miraba con malos ojos porque la música era excesiva y los cantores demasiado ruidosos, en especial en las noches en que se pulsaba el órgano y se entonaban cantos no siempre sagrados. ¿No podían los oficios solo rezarse? Los músicos eran muy caros y el alumbrado suntuoso. La asociación pagaba la música y el templo las velas, pero el capellán debió reclamar ante el fiscal del Arzobispado los trescientos pesos que se le adeudaban. Obtuvo solo la mitad. El mayor gasto era en el Mes de María, recién introducido en Chile por el rector del Seminario, quien cambió la fecha francesa de mayo a diciembre, haciéndola coincidir no solo con la primavera, sino con el día de la Purísima.3

El 8 de diciembre de 1863 fue un día martes. Era el día de la Inmaculada Concepción y el aniversario de las Hijas de María, como se le llamaba a esta asociación piadosa. El arzobispo visitó el templo y se retiró cuando empezaban a llegar los primeros fieles a la plazoleta. Las puertas permanecieron cerradas hasta la seis de la tarde, dos horas antes de la misa. El capellán las abrió con ayuda de la policía para evitar desmanes. La multitud se abalanzó y copó las naves. El capellán se retiró a su dormitorio cerca de la sacristía. Los tres sacristanes iniciaron el largo proceso de iluminar el templo: primero las arañas con velas de cera, luego los globos de aceite, las velas del altar mayor y de los laterales. Se decía que en uno había tres mil velas encendidas y cuatrocientos en los otros, además de las dos mil que colgaban desde el techo entre arañas y globos. Algunos creían que los globos eran de gas hidrógeno, pero no era así. El capellán no aceptó la proposición hecha por la Compañía de Gas cinco años antes para iluminar la iglesia y prefirió comprarle 1.200 globos para lámparas.4 En rigor, los combustibles autorizados para la liturgia eran aceite de oliva y cera de abeja, pero aquí se usaba parafina y grasa de vacuno.Tantas velas se prendieron, que se llegó a decir que sumaban 20.000. Eso ya era fantasía.

A las seis cuarenta y cinco, el sacristán encendió con su mecha los quemadores de la media luna que tenía en sus pies la imagen de la Virgen, representada como la Inmaculada Concepción, con su túnica blanca y su manto azul. Uno de los quemadores se abrió con exceso de presión y subió una llamarada de casi un metro. El sábado anterior había sucedido lo mismo, pero el sacristán solo bajó la llama. Dada la solemnidad de la función, esta vez había muchas flores de papel que decoraban la columna. La llama las alcanzó rápidamente, siguió hacia el lienzo pintado, de allí al altar y del altar a través de las guirnaldas de flores en vertical hasta la cúpula. El templo era de madera y el incendio fue veloz. No todos los fieles se percataron. El altar mayor era apenas visible desde el fondo de la nave. Los primeros en salir fueron los hombres, que estaban de pie cerca de la puerta lateral que les estaba asignada. La mayoría que pudo arrancar lo hizo por las puertas de la sacristía. Las otras se obstruyeron.

No es claro qué pasó con las puertas. Unos decían que los policías y mirones de la plazoleta, creyendo que arrancaban de un terremoto, presionaron a los fieles hacia adentro para tranquilizarlos y demoraron la salida. Más razonable es creer que las puertas estaban cerradas para mantener la acústica y que se atascaron porque se abrían hacia dentro y no hacia fuera. Sin embargo, el principal motivo de la obstrucción fueron los mismos fieles. Las iglesias no tenían sillas ni bancos y las mujeres se sentaban sobre tapetes. El piso era desnivelado y al tratar de correr, con vestidos pesados de terciopelos y encajes, enaguas de gran ruedo y mantos largos, se tropezaron con personas semitendidas; unas cayeron sobre otras formando una pared tan compacta que se hizo inmóvil. Estos cerros humanos medían casi dos metros. «Dominados por el pánico más espantoso, los primeros fugitivos caían en los umbrales mismos, seguían el tumulto de atrás y los que se acercaban seguían la misma suerte, las puertas quedaron totalmente obstruidas».5 Las llamas llegaron a la cúpula, se cayó una torre y luego el campanario. Entonces el entablado del techo fue cayendo sobre las víctimas, quemando las cabezas y el torso de una multitud abigarrada. Quienes ya no habían muerto por asfixia, murieron por el fuego.

Las campanas del templo alcanzaron a anunciar su propio incendio y los hombres que arrancaron, alrededor de trescientos, dieron la voz de alarma. Llegaron los vecinos de un barrio que era el corazón del centro de la ciudad, también algunos sacerdotes, autoridades y policías. No lograban entrar. Veían las rumas de cuerpos todavía vivos que agitaban sus manos. Algunos fueron tragados por esa multitud de brazos y otros no tuvieron fuerza para sacar un cuerpo, «más bien se conseguía sacar miembros a pedazos que aflojar aquel muro de cuerpos asfixiados».6 Un hombre a caballo tiró su lazo y salvó algunos, pero asido a la montura pronto cedió. Otros se lanzaron a las llamas sin éxito. Cuando cayó la torre y luego el campanario, comprendieron que no tenían nada que hacer. Padres, maridos, hijos, hermanos vieron a sus mujeres carbonizarse. «Entonces llegó un instante que tendremos presente mientras vivamos: entonces los hombres en la desesperación de poder prestar ningún socorro apartaron sus ojos de allí.

Por entre las llamas se divisaba arder a una multitud de gente y luego esa gente ardía también y ya no se divisaban sino llamas humanas».7 La caída del campanario produjo un estruendo gigantesco, los campaneros saltaron al vacío y luego vino el silencio. Los gritos cesaron. Eran las ocho de la noche.

La ciudad se quedó en vela. Algunos decían que las víctimas llegaban a seiscientas personas y los más catastrofistas, a mil. En realidad, fueron cerca de dos mil. En la medida en que la noticia se esparcía y que los fieles no volvían a sus casas, los familiares iniciaron una búsqueda desesperada y a tientas. Recorrían casas, almacenes y las pocas boticas además del precario hospital. Volvían al lugar del suceso, con velas y lámparas. Ya no había fuego sino cenizas ardientes y un horroroso olor a carne quemada. La policía rodeó el sector y no dejó pasar a nadie. Santiago tenía entonces 98.898 habitantes.8

Al amanecer del día 9, la policía empezó a exhumar los cadáveres y llenó 164 carretones para enterrarlos en una fosa común que a toda velocidad se cavaba en el Cementerio General. Algunas autoridades inspeccionaron el templo. Concluyeron que la mayoría había muerto de asfixia por compresión y por humo. La quemadura de los vestidos, equivalente a aceite hirviendo, había sido la causante del mayor dolor. El doctor Francisco Javier Tocornal, miembro de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, haciendo gala de su lenguaje neutro, tan distinto al de la prensa, informó que «muchas conservaron diferentes actitudes, ya de pie, ya de rodillas o sentadas, hubo cuerpos que tenían la cabeza y brazos levantados, el rostro espantado, borradas las facciones, la boca abierta y quemados los labios o la lengua, con los pies intactos (...) hubo cabezas que se abrieron y quemándose la masa cerebral con sus membranas quedó reducida a pequeños carbones. (...) Hubo, por consiguiente, cuerpos carbonizados, asados y cocidos».9 La prensa señalaba que se habían encontrado al lado de sus madres criaturas «recién nacidas, fetos informes condenados a la muerte antes de nacer».10 Los cuerpos estaban desfigurados. En las puertas del cementerio, familias aristocráticas y populares aguardaban los carretones para reconocer a los suyos, pero ya no era posible. Mientras se construía la fosa, la montaña de cadáveres fue rociada con gran cantidad de cloruro de cal,11 para evitar los efectos de la descomposición. Era una gran pila blanca. Doscientos hombres trabajaron cavando una fosa para dos mil personas. El sábado —tras casi cuatro días— terminaron de enterrarlas.12 Las propias víctimas pagaron su entierro con los 350 pesos que se encontraron entre los despojos. Con ellos, la Intendencia financió la tumba. También se encontraron alhajas y junto a ellas, cilicios.

Todos esos días la búsqueda de los deudos continuó entre los escombros, el hospital y las casas. Los periódicos, actores centrales de esta historia, publicaban avisos de una niña de cuatro años que estaba en la casa del señor Valdés; un niño que había perdido a su abuelo, su madre y su hermana, refugiado en el Convento de San Francisco; Carmen Reyes, inquilina de la Hacienda Hospital, había encontrado al final a su hija Rufina en el hospital, pero no a su madre.

Las listas de las víctimas empezaron a aparecer en la prensa dos días después, a base de la información que otorgaban los deudos a los subdelegados. Cada día salía un nuevo listado y se rectificaban los errores. También aparecieron los reconocimientos públicos a quienes habían rescatado a sobrevivientes: a un hombre que se le supone de pueblo por usar camisa de crin blanco que salvó a una niña; a un carpintero, «artesano honrado», vecino de Teatinos al llegar a Alameda, que había salvado a seis mujeres llevándolas en sus hombros; a soldados y a uno que otro gañán. A otros se les agradecía con nombre y apellido: fueron los Larraín, los Mackenna, los Irarrázaval, Recabarren y Ortúzar. El almacén que vendía telas negras en el portal viejo las rebajó a precio de costo. Se dieron recetas de medicamentos caseros para quemaduras. Un vecino pedía a la señora que salvó en la calle Bandera que le devolviera su sombrero y otro que le devolvieran su caballo.13 La noticia se supo a la mañana siguiente en las ciudades del país conectadas al telégrafo: Valparaíso, Rancagua y Talca. Para sus habitantes, el interés no era solo noticioso. Estaban ligados por parentescos y muchas de las víctimas venían de zonas rurales u otras ciudades. Valparaíso informaba con bastante simultaneidad en sus propios periódicos y dispuso un tren especial a Santiago con 400 pasajeros, mientras Talca y Rancagua esperaban la prensa santiaguina que solía llegar de noche. El telégrafo funcionó sin parar y en torno a él se concentró la población a la espera de noticias.

2. TEMPLO O MONUMENTO: EL ESPACIO SAGRADO SE VUELVE PROFANO

Santiago había vivido varias catástrofes. Los terremotos la habían sacudido a lo largo de su historia. Los incendios habían sido muchos, pero ninguno tan dramático y con tantas víctimas como este. Su originalidad, sin embargo, residía en que por primera vez apareció «la opinión»: la catástrofe, debatirán algunos, no se debía a un castigo divino sino a una responsabilidad humana. La responsabilidad era del clero, de su concepto del culto, de su manipulación de los fieles y en especial de las mujeres. Un suceso que conmovió de manera brutal a la ciudad se transformó en un debate de ideas, de raciocinios, de ataques y defensas. Ya no era la política del rumor. Era la polémica que la prensa hacía posible y que la política representativa hacía necesaria. El 9 de diciembre, el periódico de tendencia liberal fundado en 1855, El Ferrocarril, tituló el incendio con caracteres de media página, tamaño inusual en esa cultura tipográfica, y sindicó a los culpables. El debate permite una disección de las tensiones de la época, desde las alianzas políticas coyunturales, la crítica ilustrada a las formas del culto, la creciente tensión entre el regalismo (liberal y clerical) que defendía la atribuciones del Estado sobre la Iglesia y el ultramontanismo emergente de un clero formado al alero de la diócesis, que defendía su independencia.

La coyuntura política es crucial.14 El Presidente José Joaquín Pérez había asumido hacía dos años apoyado por una alianza entre liberales moderados y conservadores, para limitar los enormes poderes del Ejecutivo. El peluconismo, autoritario, modernizador y regalista, había gobernado desde el triunfo conservador en la batalla de Lircay en 1829. Manuel Montt, el último Presidente pelucón y el más emblemático, enfrentó dos revoluciones internas; la última, en 1859, protagonizada por jóvenes liberales por el norte, grupos regionalistas de Concepción por el sur y una férrea oposición en Santiago. El corazón del conflicto era impedir que Montt fuera sucedido por otro pelucón autoritario como lo era su fiel seguidor y ministro Antonio Varas. Entre los opositores a Montt estaba también la Iglesia católica. Seis años antes del incendio, en 1857, el arzobispo de Santiago y el Presidente de la República tuvieron su más radical enfrentamiento a raíz del regalismo gubernamental que había autorizado un recurso de fuerza interpuesto por miembros del Cabildo eclesiástico. El «asunto del sacristán», que estuvo al borde de enviar al arzobispo al exilio, fue el punto de inflexión que derivó en la formación del sistema partidario chileno, sistema que perduró hasta las primeras décadas del siglo XX.15 El peluconismo en el poder se dividió en el Partido Conservador, defensor de la independencia de la Iglesia frente al regalismo estatal, y en el Partido Nacional o «montt-varista», formado por los pelucones regalistas y autoritarios que se quedaron en el gobierno. Se articuló un Partido Liberal, definido por su oposición al autoritarismo del Ejecutivo más que al eje laico-clerical, y finalmente el Partido Radical que se definió por ambos ejes: la ampliación de las libertades públicas y la separación de la Iglesia y el Estado.

Después del triunfo militar en 1859, el gobierno de Montt debió enfrentar su derrota política. Su sucesor fue un liberal moderado que inició una apertura y mantuvo una pacífica relación con la Iglesia. La jerarquía lo recordaría más tarde como el Presidente más benévolo. Pérez gobernaba con liberales y conservadores. Su ministro del Interior en 1863 era el clásico conservador de nuevo cuño, adulto de 46 años, aristocrático, culto, con fuerte vocación política, parlamentario, católico «piadoso» —como se decía entonces a los militantes de la defensa eclesiástica—, a la vez que propulsor de las libertades públicas. Era Manuel Antonio Tocornal, cuyo padre había sido el clásico ministro del Interior pelucón en la década de 1830. Los nacionales o montt-varistas habían quedado fuera del gobierno.

Las divisiones del campo político deben ser tomadas con matices. Era una cultura política en la cual el carácter público de la religión era un hecho de la causa, y las rupturas, a pesar de la vehemencia del lenguaje, se entendían dentro de ese universo común que empezaba a romperse. La responsabilidad del incendio no era de la religión católica en sí misma, sino de un cierto clero, de un cierto culto. Los grupos tampoco eran homogéneos. Entre los «regalistas» había sacerdotes sobre todo regulares, católicos de viejo cuño que, al igual que los liberales, defendían el patronato. Todos los regalistas compartían un espíritu dieciochesco de reformar la vida eclesiástica a través de medidas estatales. Los conservadores ultramontanos defendían la independencia de la Iglesia en un Estado católico y los radicales propiciaban la separación de ambos poderes. Este naciente arco de corrientes tenía en Santiago su correlato en la prensa, pero con impacto muy distinto. Los nacionales predominaban en El Ferrocarril y los radicales en La Voz de la Patria, contando con un significativo impacto entre el público lector y en especial el político. La Iglesia comprendió en la coyuntura de 1863 cuán débiles eran sus instrumentos. Ella controlaba los espacios tradicionales: el culto y los sermones, los sacramentos y procesiones, pero para el debate no tenía más que La Revista Católica, órgano oficial de la Arquidiócesis, de poca circulación, y un periódico pequeño y ocasional, El Bien Público, que había aparecido meses antes fruto de una iniciativa de laicos católicos.

Aunque la noche del 8 de diciembre los hechos eran confusos, la interpretación fue clara para la prensa liberal el día 9: ¿dónde había estado el clero?, ¿por qué no condujo una salida ordenada?, ¿por qué ninguno de ellos murió?, ¿cuántos llegaron a la plazoleta mientras el templo ardía? Acusaban al capellán Ugarte de salvar ornamentos y cuadros en vez de víctimas; de haberse arrancado por las puertas de la sacristía. Denunciaban un clero ausente a la vez que culpable por reunir a miles de personas en un espacio cerrado con luces de cera en extremo riesgosas; un clero ostentoso, cuyo culto rivalizaba «con los lugares profanos».16 La «hoguera» —no en vano se llamó así al incendio— se debía a ese «loco misticismo» que hablaba a los sentidos y no al corazón, ese espectáculo brillante rodeado de oropeles materiales contrario a la pureza y sencillez del culto cristiano.17

La prensa católica que representaba a la curia y a los conservadores dio las explicaciones: los sacristanes y los dos sacerdotes no estaban en el templo cuando se inició el incendio y más tarde no pudieron entrar; salvaron a quienes estaban cerca de la puerta de la sacristía antes de la obstrucción y no rescataron ornamentos sino al Santísimo. Mientras las llamas avanzaban, Ugarte daba la extremaunción y absolvía en voz alta a las moribundas.18 Interpretaron los hechos desde otra perspectiva. El incendio era un designio de la Providencia que el entendimiento humano no podía comprender y que solo el consuelo divino podía reparar.19 Argumentaban que los «materialistas» tenían que encontrar culpables explotando la desgracia pública para concitar el odio contra el clero y las mujeres piadosas.

La jerarquía eclesiástica había enfrentado otras veces a sus adversarios a través de la prensa, pero era distinto aparecer como responsable de la mayor tragedia de la ciudad y cuyas víctimas eran sus propios fieles. En vez de ser el clero y la Iglesia los primeros deudos, se transformaron en sus primeros culpables. Lo mismo sucedió con las mujeres piadosas, que fueron consideradas no solo víctimas, sino también cómplices. La virulencia del ataque fue interpretado por los conservadores como una táctica política: era una maniobra del Partido Nacional o montt-varista para provocar una crisis dividiendo la Fusión Liberal-Conservadora en el gobierno, aliado con los «rojos» o radicales que también estaban fuera de esa coalición.20

Todavía con los cadáveres insepultos, el conflicto se concentró en el destino de las ruinas del templo. El Ferrocarril sostuvo que debía sucederle «un monumento que recuerde a Santiago la catástrofe y que sea una perpetua lección en mármol de los peligros de la exageración de ciertos sentimientos».21 Estaría rodeado de un jardín y de una reja para que no pudiera profanarse. Los vecinos se organizaron de inmediato para llevar a cabo esta iniciativa y ayudar a los deudos. Las imprentas fueron en esos días lugar de reunión política y el comercio del portal viejo de la Plaza de Armas lo fue de las iniciativas de caridad.22 Francisco Ignacio Ossa, uno de los hombres más ricos de la ciudad, de un acendrado catolicismo, en cuyo Banco se recibían las limosnas y que donó mil pesos para el monumento de mármol blanco, convocó a una reunión en su casa en la cual se nombró una comisión para pedir al gobierno demoler las ruinas. La composición de los asistentes era variada: Ossa era pelucón y pechoño, mientras Antonio Varas era pelucón a secas y enemigo del gobierno. Estaba desde un fundador del Partido Radical como Guillermo Matta hasta un liberal doctrinario como Miguel Luis Amunátegui y un liberal católico como Álvaro Covarrubias. La petición la firmaron en nombre del vecindario de Santiago. Varas y el radical Manuel Rengifo, ambos símbolos de la oposición al gobierno y defensores del patronato, fueron designados para ir a entregar la petición.23 Al día siguiente, el 11 al mediodía, una mayoría de los regidores de la Municipalidad se autoconvocó para pedir al Presidente Pérez la demolición del templo.

A la organización de los vecinos prominentes siguió el rumor hecho texto por la prensa: que las exequias fúnebres serían en las mismas ruinas; que el clero quería reconstruir el templo como símbolo de su fe; que el pueblo quería ir a demoler las ruinas con sus propias manos. Luego vino la recolección de firmas a favor de la demolición que se recibían en la imprenta del diario radical y por último vino la presión por excelencia: el motín callejero. El 12, en el centro de la ciudad, aparecieron panfletos invitando al «Pueblo de Santiago» a reunirse el día 14 a las tres de la tarde en la mismísima plazoleta de la Compañía. Los asistentes irían de luto. El gobierno, decía, tendría que optar entre escuchar a la mayoría o hacer fuego sobre una población de negro. Puestas así las cosas, la movilización podía adquirir cauces insospechados.

El clero y los conservadores católicos se sintieron muy ofendidos por el giro del debate. Para ellos, el horroroso accidente era eso, un accidente, una casualidad dramática que podía suceder en un teatro, en un ferrocarril, en cualquier lugar público. Pero era un templo y, quienes odiaban a la religión y a la Iglesia, habían explotado el hecho para culpar al clero y criticar la publicidad del culto. Desde la Reforma y sellado en Trento, la publicidad del culto expresaba los lazos comunitarios de los fieles y su Dios. Por ello, decían, esa crítica olía a protestante y si no era protestante, era liberal. ¿Podría haber una forma más perfecta de purificación del lugar que un espacio santificado? ¿Qué significaba la proposición de «limpiar» la tragedia con jardines y mármoles? ¿Querían transformarlo en un sitio de recreo?24 El homenaje a las víctimas debía ser la reconstrucción del templo. Además, la Compañía no era cualquier templo. Nacionales y liberales llamaban a la curia «el clero de la Compañía», evocando la pervivencia de los conflictos del siglo XVIII entre regalismo monárquico o galicanismo y el jesuitismo que defendía la independencia de la Iglesia y la lealtad a Roma. Efectivamente, la curia santiaguina había tomado una posición en esa disputa y por eso, en sus propias palabras, «la iglesia de la Compañía representa medio siglo en la formación del espíritu nuevo secular, su cohesión, su disciplina, el asco por la vida palaciega y el amor a la Iglesia y a su santa independencia, laboriosidad en el ministerio y servicio desinteresado a los fieles».25

El destino de las ruinas del templo era un conflicto religioso y un conflicto político que no eran separables, porque ambas esferas no lo estaban. Cundían los rumores sobre el objetivo del debate: si sacar a los clericales del gobierno, si hacer caer el gabinete, si congraciar al gobierno con el Congreso.Todo ello era factible y no contradecía los temas de fondo que estaban en juego, sino que los expresaban. A fin de cuentas, se estaba proponiendo hacer de un lugar sagrado un lugar profano. La tensión en esos días era entre regalismo y ultramontanismo, antesala de aquella entre catolicismo y secularización.

Ese domingo a mediodía, más de cuatrocientas personas se reunieron en el Conservatorio para organizar la ayuda a los deudos. Después del tumultuoso encuentro, el joven Julio Zegers tomó la palabra en la plaza conminando al pueblo a adherirse a la manifestación del día siguiente para pedir la demolición del templo. Se oyeron algunos «¡muera!» contra el arzobispo. Era un llamado a movilizarse en contra de la postura de la jerarquía eclesiástica que por su parte advirtió, como lo seguiría haciendo después, que esas movilizaciones empezaban contra el clero y terminaban contra la aristocracia y la propied

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