INTRODUCCIÓN
Los balcones de Callao y Alvear rebosaban de mujeres jóvenes y radiantes que arrojaban flores al paso del príncipe de Gales. En las calles céntricas de una docena de ciudades, miles de voces coreaban el nombre de Firpo tras haber derribado en Newark al campeón de los marines norteamericanos. Y desde la Costanera, media Buenos Aires acompañaba con vítores al comandante Franco, que había domado el océano por el aire.
Eran postales de un tiempo de euforia, estampas de una década sin límites.
Lejos quedaba la Belle Époque, época de abundancia y refinamiento, arrancada de cuajo por el atentado de Sarajevo. La guerra de 1914 a 1918 también mostró su rostro en la Argentina: compatriotas varados, inmigrantes llamados a combatir, el Monte Protegido hundido en alta mar y batallas entre británicos y alemanes en las Malvinas recordaban cuán frágil podía ser la distancia.
Luego, la peste de 1918, silenciosa y letal, tocó nuestras costas. Y, como si no bastara, las desigualdades sociales estallaron en Buenos Aires con violencia durante la Semana Trágica de enero de 1919, que golpeó con crudeza a los obreros.
De la abundancia al miedo, de las luces a la penumbra: así entramos en los años veinte, con heridas recientes, dispuestos a creer que el mundo podía empezar de nuevo.
A los atractivos de la Belle Époque, los años veinte sumaron un condimento decisivo: la masividad. Lo que había sido privilegio de élites cultas o acomodadas se volvió parte de la vida cotidiana. El ocio se democratizó: el cine congregaba multitudes, la radio y la vitrola llevaban voces y canciones a los hogares, los bailes se multiplicaban en clubes y salones. El automóvil dejó de ser un lujo extravagante, y nuestros abuelos descubrieron una nueva forma de moverse y disfrutar la ciudad.
El deporte también cambió de escala. Los Juegos Olímpicos, el boxeo, las carreras de autos, el tenis y el fútbol en estadios desbordados se convirtieron en nuevos rituales colectivos, alimentados por pasiones y rivalidades. Al mismo tiempo, la publicidad ocupó las calles, y el crédito en cuotas abrió el consumo a familias que antes ni lo soñaban. La modernidad ya no se detenía en las mansiones: había entrado en los hogares comunes.
La transformación se reflejó en la fisonomía urbana, con edificios de vanguardia, cines monumentales, grandes tiendas y barrios en expansión. Los rascacielos y las luces eléctricas se convirtieron en postales de un tiempo que avanzaba sin frenos.
A la década en que un clarinete glissaba para abrir la Rhapsody in Blue de Gershwin se la llamó de muchas maneras. En castellano, los Años Locos, con todo lo que sugiere de desenfreno y vértigo. También los Años Dorados, por su prosperidad. En inglés, The Roaring Twenties —to roar es “rugir”—, apelativo heredado de la Edad Media, cuando se aplicaba a los veinteañeros que entraban a las tabernas haciendo alboroto. Nada es casual: en el centro de la transformación del nuevo tiempo estaba la juventud. Por primera vez, los jóvenes fueron reconocidos como un grupo social con identidad propia, con gustos, música, moda y valores que desafiaban los de sus padres.
Ese rugido —ruidoso, vital y algo insolente— fue el sello de una sociedad decidida a dejar atrás la noche sombría de la guerra.
Así como el armisticio de 1918 cerró un capítulo nefasto, y la masividad amplificó los logros de la década, hubo un tercer factor que alteró las normas y valores que habían sostenido los cuarenta años de la Belle Époque. Muchos lectores ya lo habrán adivinado: sí, fue un libro.
A fines de 1922, un escándalo literario recorrió Francia. Al novelista Victor Margueritte se le retiró la Legión de Honor —la más alta distinción civil del país— tras publicar La Garçonne. La novela narra la historia de Monique Lerbier, joven parisina que, al descubrir la hipocresía de su prometido, rompe el compromiso y elige la independencia. Esa decisión la conduce a ambientes bohemios, con libertad sexual, alcohol y nuevas sociabilidades propias de los años locos de París. Monique atraviesa los límites de la moral tradicional. Trabaja, ama sin ataduras, mantiene relaciones libres y lleva adelante la más fascinante aventura: busca su destino.
La condena oficial actuó como propaganda involuntaria, y el libro se convirtió en un fenómeno de ventas. La curiosidad cruzó fronteras. Circularon traducciones apócrifas que se agotaban en días. En la Argentina apareció una versión fragmentada bajo el título La Machona, traducción literal e imprecisa, que muchos compraron aun sabiendo que distaba de la original.
El cine aprovechó la ola. La historia llegó a la pantalla, y la censura volvió a ponerle reflectores: el gobierno francés prohibió la película y la cancillería comunicó la medida a otros países, incluida la Argentina. El ministro Ángel Gallardo lo informó a su par del Interior, José Nicolás Matienzo. Cuando el film llegó a Buenos Aires, se debatió su destino; finalmente se autorizó la proyección. El cine San Martín, en la calle Suipacha, batió récords de taquilla.
Más allá del revuelo político y literario, La Garçonne encendió una chispa de transformación cultural. Monique Lerbier trascendió la ficción y se convirtió en modelo de una nueva identidad femenina: mujeres seguras de su autonomía, que hicieron del término garçonne un emblema de modernidad, libertad y desafío a las viejas normas.
Mientras la Belle Époque mostraba a una dama encorsetada en su ropa, en sus ideas y en sus proyectos (aunque al final del período surgieron actos de rebeldía), el estilo garçonne fue la ruptura definitiva con aquel esquema. Ellas asumieron todas las conductas tradicionalmente masculinas. Un ejemplo: muchas obtuvieron su registro de conducir hacia 1912, pero recién en los años veinte se mostraron, libres de prejuicios, al volante por las calles.
Ante ese cambio rotundo, los hombres se sintieron desconcertados. La masculinización femenina fue tema de debate. Se cortaban el pelo hasta la nuca. Abandonaban las curvas del cuerpo. Acortaban sus faldas. Fumaban y bebían alcohol en bares. Bailaban aferradas al cuerpo de otro. Manejaban o viajaban solas en transporte público. Ingresaban a la política y a la vida comercial. Rechazaban gestos galantes de desconocidos. Usaban perfumes nuevos, rouge, rimmel, perlas y la espalda descubierta. ¡Seducían a sus posibles parejas!
Sin duda, nuestras abuelas de los años veinte fueron las mujeres del siglo.
Las llamaban flappers, garçonnes, machonas. Sus actitudes provocaban reacciones dispares. Una joven fue echada de una iglesia por llevar un escote amplio; otra, de un bar, por presentarse en pantalones. Jorge Luis Borges, a sus veinticuatro años, dejó de ver atractiva a una novia porque se cortó el pelo. A pesar de las protestas y las decepciones, ellas se volvieron mucho más atractivas, pues llevaron a la superficie los atributos de su personalidad, que seduce tanto como cualquier encanto estético.
Y eso no es todo lo que cuenta este libro.
En los Años Locos de la Argentina se cambió la hora oficial, se coronaron al ombú y al hornero como emblemas nacionales, llegó el primer vuelo desde Europa, aparecieron la radio, el cine sonoro y el colectivo. En 1924, los hombres se rebelaron contra la costumbre del saco y salieron a la calle en mangas de camisa. Fracasó el primer intento de instalar semáforos y hubo una campaña contra los “trapitos” de hace cien años.
Luis Barolo, además de soñar su edificio, quiso emular la Copa Davis. Einstein se sumó a una guerra de panes con estudiantes de Ingeniería. Josephine Baker cantó tangos en la calle Corrientes. El príncipe de Gales alternó compromisos protocolares con una agitada vida nocturna.
Los Años Locos dieron un salto de tal magnitud que fue imposible retroceder.
Era el tiempo de creer que todo era posible: ciudades que crecían hacia el cielo, mujeres que conquistaban libertades, jóvenes que inventaban un lenguaje propio. Pero, bajo ese entusiasmo infinito, se gestaba una fragilidad peligrosa. Detrás de tanta modernidad, de tanto ruido y esplendor, latía un silencio que comenzaba a inquietar. El mismo sistema que impulsaba la prosperidad —la producción en masa, el crédito, la fiebre especulativa— albergaba la semilla del colapso. Nadie parecía advertirlo: el futuro brillaba demasiado.
En octubre de 1929, la ilusión se quebró de golpe. En Wall Street, miles de acciones quedaron sin comprador. El martes negro hundió las bolsas: la burbuja financiera estalló, y el vértigo de la década se desplomó como un castillo de naipes. De un día para otro, el ruido cesó. Los cafés se vaciaron, los pianos enmudecieron, las jóvenes guardaron sus vestidos de lentejuelas y los periódicos dejaron de contar récords para hablar de ruinas. La fiesta que había nacido de las cenizas de la guerra se apagó. Sin brindis ni despedida.
Pero nada fue en vano. En esa década de luces altas y destellos fugaces, el mundo aprendió a bailar de nuevo. Los argentinos descubrieron la velocidad, el riesgo, la risa, la posibilidad del cambio. En los salones y en las calles se encendió una chispa de renovación que ya no se apagaría.
Por eso vale la pena volver a aquellos años: a esa Buenos Aires que creyó que todo era posible, que se hamacó sobre el filo del tiempo sin sospechar el riesgo del abismo. A esa generación que, entre el ruido y la esperanza, inventó la manera más luminosa —y más frágil— de vivir el presente.
Este libro, continuación de Historias de la Belle Époque argentina y en sintonía con el estilo de otros títulos como Historias insólitas e Historias inesperadas, busca acercarnos a la década del asombro.
Los invito a recorrerla: a escuchar sus músicas, a ver sus luces, a asomarse a esa fiesta que, a un siglo de distancia, sigue sonando en algún rincón de la memoria.
DANIEL BALMACEDA
Ville Blanche, 2025
FIN DE LA PESADILLA
La tarde del jueves 7 de noviembre de 1918, el centro porteño se salió del libreto. A las 3:35 pm un telegrama de United Press estremeció la redacción de La Prensa: anunciaba un posible armisticio entre Alemania y los Aliados. La Gran Guerra podía estar llegando a su fin.
La agencia tenía prestigio. Bastaron unos minutos para que la noticia apareciera en grandes caracteres en la vidriera de Avenida de Mayo. En La Prensa acostumbraban a anunciar los grandes acontecimientos con una sirena que hacía vibrar el centro; esta vez no la activaron: sin confirmación oficial, primó la prudencia. El cartel, de todos modos, alcanzó para sacudir la ciudad.
Buenos Aires se detuvo. Una marea humana ocupó la Avenida de Mayo con banderas argentinas y de las naciones aliadas. Automóviles y carruajes, engalanados con flores, avanzaban despacio; los balcones, convertidos en palcos. Los hombres agitaban sombreros rancho; las mujeres, pañuelos y divisas extranjeras.
El desborde se corrió a Florida, Esmeralda, Corrientes y Callao, ya convertidas en ríos de gente. Los tranvías quedaron inmovilizados; los caballos de los carruajes resoplaban en medio del barullo. Por todas partes sonaban el Himno Nacional y La Marsellesa. En la terraza de La Nación, sobre Florida, los empleados soltaron las banderas aliadas que durante meses flamearon en lo alto del edificio; líderes de una marcha las tomaron y enfilaron hacia Plaza de Mayo, entonando “It’s a Long Way to Tipperary”, la canción de las trincheras británicas que también habían hecho propia los prisioneros alemanes.
El Comité de la Juventud Pro Aliados avanzó con una bandera argentina de cincuenta metros, sostenida por cuarenta jóvenes. Desde los balcones, flores. La escena confirmaba el clima político de la época: neutralistas, por un lado; “aliadófilos” por el otro, estos últimos convencidos de asistir a su victoria y a la derrota moral de sus adversarios.
En la esquina de Florida y Diagonal Norte, el júbilo se crispó. La banda municipal, dirigida por Antonino Malvagni, tenía programado un concierto.
—¡El Himno Nacional! —pidió una voz.
—¡La Marsellesa! —exigieron unos recién llegados.
Malvagni respondió, tenso:
—Necesitamos autorización del gobierno.
Hubo silbidos y empujones. “¡Vergüenza!”, gritó un hombre agitando una bandera italiana. Un grupo corrió hasta la municipalidad, a una cuadra. El intendente Joaquín Llambías salió a la escalinata, imperturbable. Se esperaba una palabra que habilitara las canciones representativas de los aliados. Llambías alzó las manos.
—Celebro el fin de la guerra como ustedes, pero corresponde respetar la neutralidad.
No fue la respuesta que esperaban. Los guardias recibieron la presión de la multitud; en la esquina, la banda se vio cercada. Un violín cayó. Los músicos protegieron sus instrumentos; algunos huyeron con los estuches abiertos y las partituras volando. Un trombón quedó atrapado bajo las botas. La bienvenida a la paz comenzó a tornarse violenta.
La tensión se repitió en otros puntos. La policía custodió las embajadas de Alemania, Austria y Turquía, negocios asociados al neutralismo y monumentos como la Fuente de Plaza Alemania, en Palermo. Por su parte, en La Boca, los homenajes a los veteranos italianos sonaban al compás de Sul Ponte di Bassano, mientras que el himno francés predominaba en el centro.
En Avenida de Mayo y Perú, frente a la sede del diario que había dado la primicia, el gentío se apretaba. Un automóvil frenó; una joven subió a la capota, un compañero le sostuvo la bandera francesa sobre la cabeza y ella cantó La Marsellesa con voz magnífica. La masa de entusiastas se sumó en los versos finales.
A pocas cuadras, los gerentes del Banco Boston y del Banco Francés reunían a su personal y hablaban de paz. En el segundo, descorcharon champán. A un par de cuadras, en Cangallo y Alem, el empresario Nicolás Mihanovich colgó un cartel en el edificio de la naviera: “Cerrado por el triunfo de la democracia y la libertad”. Los ciento cincuenta empleados salieron cantando —otra vez— La Marsellesa. Escenas semejantes se multiplicaron.
En paralelo, en el puerto de pasajeros, naves inglesas, francesas, italianas y brasileñas se empavesaron. Hubo asueto para las tripulaciones, que desembarcaron en botes y llegaron al muelle mientras sonaba el himno francés, convertido en emblema de la causa aliada. En los grandes cafés, bastaba que entrara un grupo de jóvenes para que los comensales se pusieran de pie y entonaran las canciones patrióticas con fervor.
Con la noche llegó la confirmación definitiva del triunfo aliado y la ciudad se encendió sola, de ventana en ventana, como una gran adhesión luminosa. El canto, los vivas y las rondas duraron hasta la madrugada y se extendieron varios días. La pesadilla parecía, por fin, quedar atrás.
Por esos días, Arturo Antelo compuso el himno del club de sus amores: “River Plate, tu grato nombre. Derrotado o vencedor…”, inspirado en la melodía pegadiza de “It’s a Long Way to Tipperary”. Historiadores uruguayos sostienen que, con la letra “Peñarol, tu grato nombre…”, ya se cantaba desde fines de julio en barrios futboleros de Montevideo.
¿River o Peñarol? No importa. En noviembre de 1918, todos creyeron haber ganado: los aliados, la guerra; los porteños, la paz, y los futboleros, una canción.
Fuentes principales:
La Época, “Festejando el armisticio”, Buenos Aires, 17/11/1918, p. 3.
La Prensa, “Alegría por el fin de la guerra”, Buenos Aires, 18/11/1918, p. 11.
____, “Júbilo popular por el triunfo de los aliados”, Buenos Aires, 12/11/1918, p. 10.
____, “El triunfo de los aliados - Su celebración en todo el país”, Buenos Aires, 14/11/1918, p. 9.
La Razón, “Los armisticios - Ecos del entusiasmo popular”, Buenos Aires, 8/11/1918, p. 3.
Marletán, María del Carmen. “Incertidumbres y expectativas en torno a la Primera Guerra Mundial”. Todo es Historia, n.º 605, Buenos Aires, diciembre de 2017, p. 7.
CANDIDATAS A DIPUTADO
Vestida de blanco, Julieta Lanteri descendió del automóvil frente a un solar vacío en Diagonal Norte y Florida. Eran las seis de la tarde del viernes 9 de enero de 1920. Dos años antes, ese mismo lugar había sido escenario de un tumulto cuando la banda municipal se negó a tocar La Marsellesa al anunciarse el fin de la guerra.
La mujer, impecable, llevaba una túnica bordada de mangas largas, al estilo de las sufragistas inglesas. En la mano sostenía unos papeles; detrás, un joven cargaba un pequeño taburete de madera. Lo colocó en un sitio despejado y la ayudó a subir, mientras una veintena de hombres se acercaba con curiosidad. Algunos sonreían con indulgencia, como si asistieran a una rareza. Apenas dos señoras se contaban entre los presentes, y la oradora las distinguió desde su improvisada tribuna.
En el aire flotaba la expectativa. Con voz firme, Julieta comenzó su discurso:
Es imperativo que la mujer deje de ser el objeto vistoso que viene a pasear sus formas para despertar los sentidos de los hombres. Tenemos otra misión más noble que cumplir. No ha de reducirse ella a exhibir nuestras vaporosas y transparentes indumentarias por la calle Florida.
El reproche no iba solo a los hombres, sino también a la apatía que observaba en muchas de sus compatriotas. Doctora en medicina y de espíritu combativo, la candidata sentía que la indiferencia femenina era el obstáculo más difícil de vencer.
Durante la última década, las pioneras del feminismo argentino habían hecho oír su voz: Alicia Moreau, las hermanas Cherkoff, Elvira Sáenz Hayes, María Abella Ramírez, Adela García Salaberry, Emma Day, Elvira y Ernestina López, Sara Justo, Pascuala Cueto, Adelia Di Carlo, Elvira Rawson, Petrona Eyle y Alcira Riglos de Berón de Astrada, entre otras. Todas se unían en una misma causa: el derecho al voto y la igualdad civil.
En Europa, la guerra había obligado a las mujeres a ocupar lugares que antes les estaban vedados, y lo habían hecho con notable eficacia. Con ese precedente, si en la conservadora Inglaterra Nancy Astor había llegado al Parlamento en 1919, ¿por qué no intentarlo también en la Argentina?
Julieta Lanteri y Alcira Riglos fueron “candidatas a diputado” —todavía no se usaba la forma femenina del término— en los comicios de marzo de 1920, aunque tomaron caminos diferentes. Riglos integró la lista del Partido Socialista Argentino, encabezada por Alfredo Palacios. Lanteri representaba a su propia agrupación, el Partido Feminista Nacional.
Ambas se distinguían de los candidatos varones, tanto en las formas —evitaban el lenguaje chabacano tan común en los actos políticos— como en el contenido. Riglos reclamaba que las casadas pudieran ejercer profesiones y administrar sus ingresos. Protestaba contra las leyes que “relegan a las mujeres a una incapacidad comparable a la de los idiotas” y exigía el derecho a votar y ser elegidas, convencida de que así se elevaría “el nivel moral del Parlamento”.
Lanteri coincidía en esos reclamos y agregaba los suyos. Defendía el sufragio universal para ambos sexos, proponía una jornada laboral máxima de seis horas, igual salario para igual trabajo y licencias pagas antes y después del parto. También pedía pensiones para la vejez. Su programa era ambicioso, pero lo exponía con energía y convicción. El mensaje, clarísimo: no más concesiones.
En lo personal, conocía bien las limitaciones que quería derribar. En 1910 se había casado con Alberto Luis Renshaw, un estudiante estadounidense catorce años menor. El matrimonio duró poco: la ley no contemplaba la posibilidad del divorcio, y esa dependencia legal —más que afectiva— le resultaba intolerable. Aquel desencanto la convenció de que la libertad civil debía incluir a la mujer dentro del matrimonio y fuera de él.
A pocos metros del taburete, dos damas pasaban apresuradas rumbo a las tiendas de la calle peatonal. La oradora las observó. Tal vez no se atrevían a detenerse; tal vez solo temían ser vistas.
A ustedes, mujeres, me dirijo, que pasan indiferentes a esta cruzada de redención. No hemos de servir únicamente para el amor, porque nuestros ideales de ser útiles a la humanidad van más allá y me inspiran en la grandeza de la Patria. Yo quiero enseñarles lo que es un comité, lo que es un comicio, lo que es una boleta.
Las señoras no se detuvieron, pero los hombres sí. En menos de una hora, el pequeño grupo inicial se había multiplicado hasta reunir a quinientas personas. Al terminar, los aplausos acompañaron a la oradora, que descendió con ayuda de su asistente y partió rumbo a La Boca para repetir su arenga.
Durante los tres meses previos a las elecciones, ofreció noventa conferencias en distintos barrios porteños, alternando charlas a las seis de la tarde y a las nueve de la noche. A diferencia de los grandes partidos, que contaban con varios oradores y abundantes recursos, ella era su única voz y su propia financista. Sus mítines se realizaban en plazas o terrenos baldíos; entre los más recordados, la plazoleta de Suipacha y Viamonte y la misma esquina de Diagonal Norte y Florida, donde pronto se levantaría la sede del Banco de Boston.
El presupuesto era modesto: setenta pesos para alquilar el local de campaña y doce para enviar un extenso —¡y costoso! — telegrama al rey de España en apoyo de las mujeres de su país. Los volantes y boletas fueron impresos gracias al aporte de comerciantes extranjeros; ningún argentino contribuyó a la causa.
Pese a las limitaciones, Lanteri se mostraba satisfecha. En una entrevista posterior dijo:
—Lo mejor fue el encuentro con gente de distintos lugares que me ofreció un estado de ánimo similar al que se guarda en el alma después de haber estado con la persona amada.
El entusiasmo suplía la falta de fondos. La fuerza Feminista Nacional aspiraba a una banca, pero sobre todo a abrir una brecha. Julieta sabía que para lograrlo necesitaba el sufragio de seis mil hombres, en un país donde ellas aún no podían participar.
Solo restaba esperar al domingo 7 de marzo. Faltaba poco para saber si, en una nación que aún no las dejaba votar, una mujer lograría que la escucharan.
Fuentes principales:
Barrancos, Dora. Mujeres en la sociedad argentina. Una historia de cinco siglos. Buenos Aires, Sudamericana, 2007.
Bellucci, Mabel. “La historia del sufragista femenino en Argentina”. Todo es Historia, n.º 256, Buenos Aires, octubre de 1988, p. 75.
Buenos Aires Herald, “Argentina’s Lady candidate: interview with Dr. Lanteri Renshaw”, Buenos Aires, 5/3/1920, p. 1.
Crítica, “Cómo se pide: Plataforma electoral feminista”, 1920, p. 1.
Riglos de Berón de Astrada, Alcira. “La lucha electoral, opiniones de algunos políticos”. Caras y Caretas, año XXII, n.º 1118, Buenos Aires, 6/3/1920, p. 59.
ANTE EL CRISTO REDENTOR
A comienzos de 1920, la política chilena hervía. Las elecciones presidenciales se acercaban y el ambiente en el Senado se volvía cada día más tenso. Dos figuras dominaban el escenario: Arturo Alessandri y Guillermo Rivera, ambos liberales. Lo que empezó como una discrepancia ideológica se transformó pronto en una enemistad personal, alimentada por continuas ofensas cruzadas en público y en privado.
El conflicto halló su mejor escenario en las páginas del diario El Mercurio. Las acusaciones se intensificaron hasta volver difusa la frontera entre el debate político y la afrenta personal.
El viernes 20 de febrero, Héctor Arancibia y Cornelio Saavedra —tataranieto del presidente de la Primera Junta argentina— acudieron con urgencia a la residencia del senador. Los había convocado para leerles un telegrama proveniente de Valparaíso, firmado por su adversario:
Aunque toda ofensa debe ser reparada en plazo breve, atenciones de familia y sociales me obligan a permanecer mañana y el domingo en Valparaíso. Lunes por la tarde estaré en Santiago y dos amigos míos se acercarán a usted para pedirle explicaciones por cargos de deslealtad y traición que contiene su carta de hoy. Agradecería esperarlos entre siete y ocho de la noche.
El único camino posible para resolver sus diferencias parecía ser el duelo.
Sin demora, Alessandri aceptó el reto y designó como padrinos a los diputados Arancibia y Saavedra. A diferencia de lo que ocurría en la Argentina —donde los lances rara vez terminaban con desenlaces fatales—, en Chile estos desafíos de honor solían tener resultados graves.
El lunes 23 de febrero, los cuatro representantes —Arancibia, Cornelio y los senadores Abraham Gatica y Fernando Freire— se reunieron en Santiago para acordar los términos del encuentro. Se fijó para el 26 de febrero, a las tres de la tarde, en plena Cordillera de los Andes. El sitio elegido fue el Cristo Redentor, en la frontera con la Argentina. ¿Acaso los duelos estaban prohibidos en Chile y permitidos en nuestro país? Ambas legislaciones los penaban. Por lo tanto, no tenía sentido, desde el punto de vista legal. Aun así, el simbolismo del lugar prevaleció.
Los duelistas acudirían acompañados por sus padrinos y un médico, como dictaba la tradición. No obstante, debían evitar ser interceptados por las autoridades, que estaban al tanto del desafío. Cualquier error podía traducirse en un arresto y dejar la ofensa sin reparación.
La mañana del 25, Alessandri salió temprano de su casa junto a su hijo. Sabía que lo seguían. En automóvil recorrieron algunas cuadras y luego estacionaron. Continuaron a pie, fingiendo un paseo casual. En una esquina, el senador se detuvo a saludar a un joven político. Mientras conversaban, su hijo contrataba discretamente un taxi. Cuando el coche pasó, Alessandri subió al vehículo en movimiento. Los policías reaccionaron tarde. Intentaron seguirlo en otro taxi, pero el conductor —cómplice del plan— simuló dificultades con el motor. Cuando finalmente arrancó, el senador ya estaba fuera de alcance.
Por su parte, Rivera evadió la vigilancia escondiéndose en el automóvil de su hijo.
Ambos contendientes pasaron la noche en camino hacia la cordillera. Al amanecer del 26, Alessandri, que marchaba adelante, sufrió un percance: a unos treinta y cinco kilómetros de la cumbre, Cornelio Saavedra fue afectado por el mal de altura. El doctor Luis Vargas Salcedo determinó que no podía continuar. El diputado quedó bajo el cuidado de un asistente, esperando ser rescatado o recibir noticias del duelo.
En otro punto de la montaña, Rivera fue interceptado por las autoridades. Tras una acalorada discusión, se les permitió seguir gracias a sus fueros parlamentarios, aunque el cirujano alemán Guillermo Münnich y el chofer fueron detenidos. Sin conductor hábil, Rivera y sus delegados caminaron diez kilómetros hasta encontrar caballos con los que continuar. En el trayecto hallaron a Saavedra, sentado sobre una roca, intentando recuperarse.
Mientras tanto, Alessandri y su comitiva alcanzaron la frontera una hora y media antes de lo pactado. Aguardaron hasta las tres y media sin señales de su adversario. Entonces firmaron un acta consignando su ausencia y emprendieron el regreso. Poco después divisaron a Rivera y a sus padrinos. El encuentro, inevitable, fue hostil.
Los representantes intentaron calmar los ánimos, pero la discusión creció. Por un momento, dio la sensación de que el choque se realizaría allí mismo, entre la nieve y el silencio.
Finalmente, el cansancio se impuso. Ambos senadores descendieron en silencio con sus séquitos. En la localidad de Los Andes se alojaron en el Hotel Sud Americano, comieron en mesas separadas por pocos metros. Rivera partió esa noche rumbo a Valparaíso; Alessandri decidió descansar y volver al día siguiente.
El duelo, inconcluso, tuvo como única víctima al apunado Cornelio Saavedra. Meses después, Arturo Alessandri ganó las elecciones y asumió la presidencia en diciembre de ese año.
Los ecos del episodio cruzaron la cordillera. En marzo, el diario La Razón de Buenos Aires recordó un curioso antecedente: un año antes, una pareja había contraído matrimonio frente al Cristo Redentor. Elvira Haydeé Benso y Antonio Arata se casaron ante cincuenta invitados, entre ellos el emir Emín Arslán, el expresidente Victorino de la Plaza, el exvice Benito Villanueva y las hijas de Julio A. Roca, amigas de la novia.
Tras una combinación de trenes desde Buenos Aires, los invitados llegaron a Las Cuevas y marcharon nueve kilómetros en mula hasta el monumento. Cumplido el protocolo matrimonial, regresaron al poblado, donde cincuenta copas de champán aguardaban sobre las mesas. Los vecinos se sumaron al festejo.
Los novios no habían revelado el motivo de su elección hasta tiempo después: habían querido implorar que su primer hijo fuera varón. Y así fue. El primogénito ya había nacido cuando dos senadores chilenos eligieron el mismo escenario para retarse a duelo.
