
Introducción
El tiempo es el agente a través del cual intercambiamos nuestra juventud y vitalidad por experiencia y sabiduría. En sí, el trato consiste en cambiar energía por información. Pero resulta que la tasa de cambio —que es nuestra tasa de envejecimiento biológico— varía de manera radical: algunos llegaremos a los 100 años rebosantes de conocimiento y capacidades, mientras que otros lo haremos a los 40 viéndonos de 70 y ya con problemas para recordar nuestro propio número telefónico.
Entonces, la pregunta clave es la siguiente: ¿cómo obtenemos la mejor tasa de cambio? En otras palabras, ¿cómo mantenemos a nuestro cerebro joven, sano y funcional a lo largo de una vida entera? Hasta hace poco, la respuesta había sido subir los hombros —“ni idea”—, pero nuestro arsenal para combatir el envejecimiento cerebral ha aumentado dramáticamente solo en los últimos años, y de eso se trata este libro.
Desde este preciso momento, solo con unos cuantos cambios en tu forma de cuidar tu cerebro puedes tener pensamientos más claros, recuerdos más vívidos, la capacidad de retener nueva información con facilidad y la suficiencia de mantener un mejor control de tu estado de ánimo y tus emociones. Es más, puedes conservar estos poderes los 100 años que vayas a vivir, o hasta más.
Podría decirse que es una aseveración descomunal. ¿Y sabes qué? ¡Lo es! Lo que leerás en este libro, después de todo, aún no forma parte del consenso médico general.
Sí quiero ser honesto al respecto. La información contenida en estas páginas no es algo que escucharías de la mayoría de los médicos si les preguntaras cómo prevenir el envejecimiento cerebral y los padecimientos inherentes. Lo más probable es que te digan que el deterioro es inevitable y que las enfermedades neurológicas no son más que destino por haber heredado la clase equivocada de genes. Ay, y eso es ampliamente aceptado.
Yo me encuentro entre un grupo reducido de médicos, pero en rápida expansión, sin embargo, que ya no piensa así sobre el cerebro humano, pues sabemos que lo que está ampliamente aceptado no siempre es lo correcto.
Por ejemplo: alguna vez tuvo gran aceptación el hecho de que, conforme envejecemos, nuestros corazones simplemente se debilitan, exhaustos por toda una vida de contraerse y expandirse sin parar unas 2.5 mil millones de veces durante el tiempo de existencia, hasta que ya no puede latir más. Hoy sabemos que hay múltiples cosas que pueden hacerse para fortalecer este órgano y extender su utilidad. Varias de esas decisiones —dieta y ejercicio, y acciones similares— deben aplicarse a temprana edad y continuar durante nuestra vida. Hay medidas —suplementos y medicamentos y otros procedimientos médicos— que podrían adoptarse después y aun así ser efectivas. Y ciertas intervenciones —cirugías de bypass y trasplantes— están ahí para cuando las cosas se ponen muy, muy mal. Pero yo me atrevería a afirmar que no existe prácticamente nadie que aún crea que no se puede hacer nada para extender la utilidad del corazón humano.
Antes era muy aceptado el hecho de que, al envejecer, nuestras células se vuelven más propensas a mutar, y estas mutaciones, más proclives a esparcirse. Eventualmente, según esta lógica, llegaría el tiempo en que nuestras células quedarían superadas en número y sería el principio de un inevitable y muchas veces doloroso final. Hoy sabemos que existen muchísimas cosas factibles de adoptarse para prevenir este problema llamado cáncer: detectarlo a tiempo, desacelerar su crecimiento y, en muchos casos, vencerlo. En lo concerniente a nuestro corazón, hay puntos que deberíamos empezar a aplicar pronto en la vida, intervenciones que permitan ayudar un poco más adelante y medidas de emergencia que puedan asumirse cuando las cosas se ponen muy mal. Pero prácticamente nadie cree a la fecha que no es posible hacer nada sobre el cáncer.
Hace tiempo la consigna generalizada era que, al envejecer, nuestro cuerpo se volvía menos eficiente para convertir los alimentos en energía. De manera gradual se nos terminaban las reservas de insulina, la hormona clave para regular la glucosa; disminuía la elasticidad de nuestros vasos sanguíneos, que entorpecía la labor de nuestro sistema cardiovascular; alteraba la capacidad de nuestro cuerpo de sanar sus heridas; impedía que los riñones filtraran desechos, y destruía la capacidad de nuestros nervios de enviar señales de una parte del cuerpo a otra. Hoy sabemos que existen muchas alternativas disponibles para prevenir y revertir la diabetes. Y, al igual que con el corazón y las células, podemos adoptar medidas preventivas desde temprana edad, realizar procedimientos según sea necesario en momentos oportunos e intervenir con rapidez cuando surge una crisis o una catástrofe.
Pero luego está la cuestión de nuestra mente. Hubo un tiempo en que se aceptaba de manera amplia que si vivías lo suficiente, sería inevitable que enfrentaras un cierto deterioro cognitivo. De hecho, los médicos ayurvedas de hace 300 años no consideraban la demencia una enfermedad, sino una consecuencia normal del envejecimiento. Una vez que ocurre, según ha sido el consenso, hay una caída gradual hacia una lenta y progresiva pérdida de memoria y confusión, sin ninguna esperanza de recuperación; una enfermedad terminal. Y para algunas almas desafortunadas la caída no es tan gradual. Quienes padecen la enfermedad de Alzheimer y otras demencias caen en un hoyo desconcertante de recuerdos y sueños mezclados con el presente en combinaciones confusas, el mundo a su alrededor deja de ser reconocible, el futuro ya no es imaginable y ya no identifican ni a sus propios hijos como las personas más importantes en su vida.
Pero hoy sabemos que la pérdida de estas magníficas habilidades que poseemos los seres humanos —hablar, leer, aprender y recordar, calcular y razonar, entre muchas otras— no son ineludibles y, de hecho, rápidamente se están tornando evitables y reversibles. En esta edad de oro es posible identificar la enfermedad de Alzheimer con un simple análisis de sangre, años antes de que origine un daño cerebral irreversible y muchas veces antes de que las personas tengan idea siquiera de que están desarrollando ese mal. Podemos identificar los factores —qué contribuye— y, lo más importante, detener el proceso, y en la mayoría de los casos revertir los síntomas. Al fin comprendemos los principios básicos subyacentes en el deterioro cognitivo, los cuales nos han dado una predicción acertada de cómo prevenirlo y cómo tratarlo con éxito.
Por desgracia, la mayoría de la gente sigue resignada ante la noción de que el deterioro cognitivo es un designio inevitable y la demencia es el destino de cientos de millones de personas en el mundo. Con frecuencia señalo que la gente suele afirmar que todos conocen a un sobreviviente de cáncer, pero nadie a un superviviente de Alzheimer.
Pero déjame contarte un secreto: ¡yo sí! Conozco a muchos, de hecho.
Bueno, eso no es precisamente un secreto. He intentado decírselo a la gente. Dios sabe que he tratado. He hecho de todo menos gritarlo desde la azotea de mi casa, y no me opongo a ello si acaso sirviera. Lo malo es que muchas personas no están del todo listas para escuchar. Es comprensible, pues se les ha asegurado —y con debida razón hasta hace poco (2012 para ser exactos)— que parte de envejecer es deteriorarse, y parte del deterioro es perder nuestra capacidad de comprender el mundo como es y de recordarlo como fue. Así pues, parte de envejecer, consideran, consiste en perder lo que nos permite ser nosotros.
Eso, no obstante, simplemente no es cierto. No hemos avanzado tanto en nuestra comprensión de cómo tratar las complicaciones neurológicas del envejecimiento como ha ocurrido con los tratamientos para la cardiopatía, el cáncer y la diabetes, todos asesinos rampantes aún en nuestro mundo. Por tanto, como puedes ver, cuando se trata de salud cerebral, no estamos ni cerca de otras enfermedades que se han eliminado a un grado parcial o total. Ni siquiera el optimista más recalcitrante en el planeta cree que erradicaremos el Alzheimer mañana. Cualquiera que lo considere de esa manera bien podría haber nacido ayer, hablando en sentido figurado, por supuesto.
Pero hoy sí sabemos que, al igual que con la cardiopatía, el cáncer y la diabetes, hay mucho que podemos hacer —a veces pronto, a veces un poco más adelante y en ocasiones como último recurso— para prevenir, impedir y hasta revertir las enfermedades neurodegenerativas.
Es por ello que las personas acuden a nosotros desde todas partes del orbe cuando ellas o sus familiares sufren pérdida de memoria y problemas cognitivos, muchas veces después de haber agotado todas las demás opciones, y a menudo cuando se sienten desesperadas y desalentadas sobre lo que está a punto de pasarles; de igual manera les han dicho que una vez que se encuentran en esa caída no tan gradual ya no hay vuelta atrás.
Yo también lo creí alguna vez. Pero no pude evitar plantearme: un día, quizás en mucho tiempo, a alguien se le ocurrirá una solución a este problema catalogado como “imposible” y desarrollará el primer tratamiento efectivo para pacientes con el deterioro cognitivo del envejecimiento. ¿Qué pensará esa persona o su equipo si a nosotros no? ¿En qué parte tendrán éxito donde nosotros, y todos los demás, fallemos? ¿Verán esta condición de una forma distinta del resto de nosotros? ¿Innovarán para crear una nueva perspectiva? Lo que sea que hagan para tener éxito, ¿podríamos descubrirlo nosotros ahora?
Estas cavilaciones propiciaron que mi equipo y yo siguiéramos hurgando y que pasáramos muchos años en el laboratorio buscando respuestas. Al final, nuestra investigación reveló que el Alzheimer (la enfermedad que provoca casi todo el deterioro cognitivo del envejecimiento) es muy distinto de lo que nos habían enseñado en la escuela de medicina, así que debíamos tratarlo de otra manera, alejado también del protocolo estándar.
Así desarrollamos lo que denominamos el Protocolo recode (reversal of cognitive decline, un nombre sugerido por mi colega Lance Kelly), que hace referencia a la reversión del deterioro cognitivo. Escribí de manera extensa sobre este marco de pensamiento para tratar las enfermedades neurodegenerativas en El fin del Alzheimer y su continuación, El fin del Alzheimer. El programa. En mi tercer libro, Los primeros supervivientes de Alzheimer, algunas de las personas con las que he trabajado y que han aplicado el protocolo para desacelerar, detener y, en muchas ocasiones, revertir su descenso hacia la demencia, escribieron sus propias increíbles —y en ocasiones entrañables— historias. Pero se trata de historias personales de quienes ya estaban sufriendo. Y es mi intención que tú, querido lector, nunca llegues a sufrir de esa manera.
De hecho, si perteneces a la generación denominada Z, creo que nunca tendrás de qué preocuparte. Incluso existen motivos para creer, y pocas razones para dudar, que ahora sabemos cómo prevenir el deterioro cognitivo y la demencia virtualmente en todas las personas. Una enfermedad que fue la preocupación número uno de la gente de mi generación (también conocida como baby boomers) se está volviendo inoperante gracias a las investigaciones científicas. Y en este libro describiré cómo estamos logrando justo eso.
A pesar de todo el progreso, muchas personas aún esperan demasiado tiempo antes de comenzar un tratamiento: 10 o incluso 20 años después del inicio de la enfermedad. Para ellas hay buenas y malas noticias. La buena noticia es que hemos visto que el protocolo funciona de maravilla: muchos recuerdos podrían volver; la facultad de reconocer a seres queridos e interactuar con ellos suele regresar; los pacientes recuperan la capacidad de hablar, y su habilidad para cuidar de sí mismos también podría restituirse conforme recobran su aptitud para interactuar de manera significativa con el mundo a su alrededor. La mala noticia es que entre más tarde se empiece el tratamiento menos probable será que ocurra esa mejora, y con la demencia avanzada ese retorno es parcial, no completo, aunque sí vemos que es posible mantenerlo por años. El protocolo también resulta más exhaustivo y más complicado para quienes se hallan en las últimas etapas.
En cambio, la mayoría de quienes se encuentran en etapas tempranas responde muy bien al protocolo, y muchos recuperan por completo su función cognitiva normal. Son los primeros sobrevivientes del Alzheimer, los pioneros que han servido de guía para todos hacia una mejor vida. Por ende, si tan solo pudiéramos convencer a la gente de que consulte a un médico cuando su cognición se ve afectada por primera vez (o, mejor aún, antes de que haya síntomas), realmente seríamos capaces de reducir la carga global de demencia.
Este libro está dedicado a la gran cantidad de personas que se encuentran en el inicio de su camino, aquellas que logran evitar ese terrible declive. Pero sabemos que, puesto que podemos darle una mucho mejor calidad de vida a la gente al final de su viaje y revertir el deterioro en etapas intermedias, entonces si nos movemos hacia arriba, hacia quienes no presentan síntomas, debemos ser capaces de prevenir el deterioro cognitivo por completo. (De hecho, ninguno de los participantes en nuestro protocolo para la prevención ha desarrollado demencia.) Este libro contiene todo lo que creo que la gente puede hacer para evitar llegar siquiera a esa caída: incrementar su “tiempo de vida cerebral”, por así decirlo, asegurando que posea un cerebro joven y activo de por vida.
Considera esa posibilidad por un momento: un mundo donde podamos pensar con claridad, aprender y recordar a lo largo de nuestra vida, sin preocupación alguna. Es lo que anhelo con esperanza para todos nosotros, y hoy lo considero una posibilidad. Es mi más grande deseo que este libro te empodere con información para ayudarte a alcanzar esa meta.

1
Desempeño y protección
“
¿Sabes qué dura más que la belleza? Ser listo.
Anónimo
”
Ya sea que estés en tus 20 o en tus 90, o en cualquier punto intermedio, un cerebro que tiene un alto desempeño y está protegido de la degeneración es tu posesión más valiosa, sobre todo si viene con garantía de por vida. Hasta hace muy poco simplemente no era factible. Pero esos tiempos han cambiado —dramáticamente— y en este libro te enseñaré cómo mantener tu cerebro joven durante una prolongada y longeva existencia.
También explicaré por qué, si trabajas de manera proactiva en la protección de tu cerebro, la enfermedad de Alzheimer ahora puede ser una experiencia de vida opcional. (Sí, en serio, y tenemos los datos que lo comprueban.) Describiré cómo aumentar el desempeño de tu cerebro todos los días y te diré por qué la relación entre este órgano esencial y tu mente es de verdad extraordinaria. Así que, por favor, abróchate el cinturón, respira hondo y disfruta el viaje a través de lo que antes era territorio desconocido en el cerebro. Nuestro destino es vivir mejor gracias a la neurobiología. Más joven y más sabio; esa es la meta.
Para llegar ahí debemos lograr un desempeño y una protección cerebral, no solo uno o la otra.
El desempeño sin protección es fácil: la cocaína, el Adderall y el azúcar aportan estímulos para ese desempeño a costa de la protección a largo plazo. Por otro lado, la protección sin desempeño también es fácil: simplemente podrías congelar tu cerebro en nitrógeno líquido, con lo cual no habrá ningún riesgo de neurodegeneración, pero lo más probable es que no quedes complacido con tu desempeño neural. Así que el truco en sí consiste en lograr un desempeño mayor con una protección de por vida sin tener que comprometer algo.
Pero uno de los hechos menos apreciados sobre el desempeño y la protección cerebral es que esa transacción surge de repente. Como señaló el famoso físico Richard Feynman, un cerebro comprometido pierde su capacidad de reconocer que está comprometido, y de hecho, Feynman, en ocasiones, fue víctima de esa avenencia. A mediados de la década de 1980, de camino a comprar una nueva computadora, Feynman tropezó con uno de los topes en un estacionamiento y se impactó contra una pared, lastimándose la cabeza. Unas cuantas semanas después, su habilidad para manejar era atroz, sus cátedras no tenían sentido y su comportamiento resultaba perturbador; sin embargo, no se daba cuenta de que algo anduviera mal. Fue solo después de que su esposa le exigiera consultar a un doctor que Feynman supo que había sufrido un hematoma subdural, cosa que ocurre cuando se dañan los vasos sanguíneos en el espacio entre el cráneo y el cerebro, provocando un coágulo que presiona a este último, muchas veces ocasionando alteraciones en el habla o dificultad para articular, problemas para caminar y manejar, y confusión.
“Me pareció tan curioso cómo racionalicé toda esa debilidad de mi cerebro. Es hasta cierto punto una lección. No sé qué significa exactamente, pero es interesante cómo, al hacer algo tonto, te proteges a ti mismo de modo que no te des cuenta de tus propias tonterías”,1 dijo Feynman.
Nosotros hacemos lo mismo con el envejecimiento cerebral. Una de las frases que más escucho al respecto es que “la pérdida de memoria es una parte normal del envejecimiento”. Esta creencia no solo es anticuada, sino peligrosa, y ha llevado a la gente a retrasar evaluaciones y tratamientos.
Es lo que casi le pasa a mi paciente Nina, a quien conocí la primera vez en un fin de semana de inmersión, una oportunidad para que las personas con cuestionamientos sobre envejecimiento y enfermedades cerebrales participen en pruebas integrales dirigidas a comprender el estado de su salud neurológica. Nina no había ido porque tuviera una profunda preocupación por su salud, sino porque era inquisitiva. De hecho, creía que estaba siendo proactiva en exceso.
—Ha habido mucho Alzheimer en mi familia —me explicó—. Creo que probablemente estaré bien. Pero hay algunas cosas… cositas. Seguro no es nada.
—¿A qué te refieres con cositas? —le pregunté.
—Ya sabe, tonterías —respondió—. Perder objetos de vez en cuando. Un poco de niebla mental. Distracciones. Son cosas que suceden cuando envejeces, ¿no?
Bajé la mirada ante su informe. Ella apenas estaba en sus 40.
—Puede ser —dije, alargando el verbo para darle énfasis—. Pero tal vez, ya sabes, no tendría por qué ser así. Entonces, veamos si podemos descubrir qué ocurrió contigo.
Con los años ha quedado muy claro que lo que la gente llama “pérdida de memoria normal relacionada con la edad” es todo menos normal. Es un poco como decir “hipertensión normal relacionada con la edad” o “resistencia a la insulina normal asociada con la edad”. ¿Son condiciones comunes? Seguro, y es trágico. Pero eso no significa que sean normales. Todas estas enfermedades son reflejos de problemas subyacentes que pueden y deben tratarse, pero en casi todos los casos también pudieron haberse prevenido.
El proceso de admisión del fin de semana de inmersión incluye una versión de la Evaluación Cognitiva de Montreal, conocida como moca por sus siglas en inglés (Montreal Cognitive Assessment). El examen de 30 puntos es ágil y fácil de aplicar, y se ha demostrado en cientos de estudios revisados por pares que refleja con mucha precisión el descenso de una persona hacia el deterioro cognitivo y la demencia, ya que cada pregunta actúa sobre una parte distinta de la capacidad cerebral para adquirir conocimiento rápidamente, procesar esa información y responder de manera puntual. No es una herramienta perfecta, pero para ser una inversión de 10 minutos de tu tiempo sí les da a los médicos una muy buena impresión de la salud cognitiva del paciente que tienen enfrente. El creador de la evaluación, un neurólogo canadiense de nombre Ziad Nasreddine, diseñó su metodología con el objetivo de que una persona con una educación básica —un graduado de preparatoria promedio, por ejemplo— obtuviera por lo general un rango entre 26 y 30 puntos. Un resultado entre 19 y 25 puntos se asocia a un deterioro cognitivo leve. Y cualquier parámetro inferior a 20, sobre todo cuando viene acompañado de problemas con las actividades cotidianas, como vestirse, la higiene personal o la capacidad de usar y cuidar objetos de asistencia, como anteojos y lentes de contacto, es indicativo de demencia, un nivel de condiciones caracterizado por la degradación progresiva del funcionamiento intelectual, la pérdida de memoria y los cambios en la personalidad, cuya causa más común es la enfermedad de Alzheimer.
Miré la tabla, pasé la hoja y encontré el resultado de Nina.
Obtuvo 23 puntos.
El mca puede fallar. Cualquier evaluación puede resultar errónea. Para saber con mayor certeza qué estaba ocurriendo, habría sido útil efectuar algunas pruebas cognitivas adicionales, un análisis de biomarcadores sanguíneos e imagenología cerebral. Pero el resultado de Nina, combinado con el hecho de que ella se mostraba lo suficientemente preocupada por su creciente olvido y la falta de atención como para venir a nuestro grupo de inmersión en primer lugar, me dieron razón suficiente para sentir una fuerte inquietud. Su historia familiar de Alzheimer hacía más probable que ya estuviera sufriendo neurodegeneración, un proceso que por lo común se considera que conduce a daño cerebral irreversible y muerte celular.
Cuando regresé a casa aquella noche me costó trabajo sacarme de la cabeza las palabras de Nina. Aunque había sido proactiva al ir a buscar ayuda, seguía diciéndose a sí misma que todo estaba normal, justo hasta el instante en que nos conocimos.
—Creo que lo más probable es que esté bien —dijo—. Seguro no es nada.
Pero no estaba bien y sí había algo.
Nina necesitaba ayuda.
Un demonio que murmura
La demencia es engañosa.
Es la Parca vestida de payaso. Decimos una palabra mal en una oración y todos se ríen. Tenemos un “momento de ancianidad” y nadie parpadea siquiera. Una y otra vez, he escuchado a pacientes describir todas las formas en que dejaron pasar estos primeros síntomas perceptibles como meros momentos fugaces de falta de atención, distracción o cansancio. Se les olvidan las llaves. No pueden recordar el nombre de un compañero de trabajo. Miran por la ventana, ven un gato caminando por la reja y se detienen a observarlo por un momento… Luego se dan cuenta de que no pueden recordar qué estaban haciendo antes. Salen de la casa y se les olvida a dónde iban. Abren un correo, una simple invitación a una junta, pero les cuesta trabajo comprender dónde es la junta, cuándo será, cómo van a llegar, quién más estará o qué se va a discutir. Nos reímos de estas manías… Todo parece tan normal.
Es cierto que estas cosas les pasan a personas absolutamente sanas a veces. Igual que un dolor de cabeza no suele sugerir que tengamos un tumor cerebral, los problemas de memoria, razonamiento y atención no siempre, o siquiera a menudo, implican que estemos desarrollando demencia. A veces los gatos simplemente distraen. En ocasiones los colegas escriben correos electrónicos que son poco claros. Hay momentos en que un payaso solo es un payaso.
Muchas veces he visto que esta enfermedad les murmura a mis pacientes en el oído como un demonio. “No te preocupes —les dice—. Es normal. No tienes nada. Estás trabajando mucho. No dormiste bien anoche. Están pasando muchas cosas con tu familia. Todavía eres productivo. Sigues siendo un buen empleado. Sigues siendo un buen amigo. ¡Sigues siendo tú!”
Pero todo ese tiempo, una a una, luego un punto tras otro, luego por centenares, las sinapsis en sus cerebros —las uniones entre las células nerviosas por las que pasan los impulsos eléctricos o químicos— pierden su estructura y su funcionamiento. Y no es sino hasta mucho después que estos individuos se dan cuenta —o como de costumbre alguien a su alrededor se percata— de que en serio hay un problema.
En este caso, Nina es un gran ejemplo de por qué es tan importante no permitir que nos engañen esos demonios de la negación. Si bien ella asumió que solo estaba preocupada por “tonterías”, decidió de todos modos ser en extremo precavida porque había visto lo que les sucedió a sus familiares. Yo no le desearía esa experiencia a nadie, ver a tus seres queridos sucumbir ante el Alzheimer, pero es probable que la conciencia que surgió de esas circunstancias le salvara la vida a Nina.
Quizá hayas notado que, unas cuantas páginas atrás, hice énfasis en que la neurodegeneración se considera comúnmente conducto de daño cerebral irreversible. Yo me aparto de la comunalidad en este sentido, pues no creo que los síntomas de enfermedades neurodegenerativas sean irreversibles, ya que he visto mejoras —no solo en síntomas, sino en evaluaciones cognitivas, en pruebas electrofisiológicas y hasta en resonancias magnéticas del volumen cerebral— muchas veces.
Sí creo que el Alzheimer es difícil de soportar. También creo que no sabemos casi tanto como necesitamos saber si vamos a revertir sus síntomas en todos los casos. Pero tengo la certeza de que hemos visto, y publicado, muchas reversiones,2 y que veremos muchas más en años venideros conforme la gente empiece a reconocer que hay motivos para tener esperanza. De hecho, Julie, una de las pacientes que ya revirtió su deterioro y ha mantenido su mejora por más de una década hasta este momento, acuñó el término “falsa desesperanza” por la perspectiva tan sombría que te venden médicos anticuados y fundaciones que ven el envejecimiento cerebral y sus enfermedades como algo inevitable.
Es más, hay mucha esperanza, y Nina es un ejemplo nada más. La evaluamos, le dimos un diagnóstico, le hicimos una betería de pruebas médicas rigurosas, le dimos una prescripción y un régimen intervencionista y observamos su progreso en el transcurso de un año, punto para el cual su moca ya había subido a un perfecto 30. Lo más importante: ya no reportaba tener ninguna de las experiencias que antes había asumido como “cosas que pasan cuando envejeces”. Ya no perdía objetos. Ya no se le olvidaban sus obligaciones. Ya no luchaba por mantenerse concentrada en lo que tenía delante.
Pero Nina también es ejemplo de por qué no podemos esperar a notar los síntomas del deterioro cognitivo antes de buscar ayuda. Uno de los motivos por los que destaca en mi mente, después de todo, es porque fue inusualmente proactiva. Sin embargo, para cuando recurrió a nuestro programa de inmersión, la evidencia ya sugería que estaba cayendo hacia la demencia.
Pero la demencia simplemente es la cuarta y última etapa de un proceso continuo que dura más o menos dos décadas, así que hay tiempo suficiente para intervenir.
La primera etapa es presintomática, un punto en que nuestra bioquímica de la degeneración ya empezó a estar presente, pero nuestra vida todavía no se ve afectada por ella. Hemos podido identificar esta etapa durante muchos años usando pruebas como una tomografía por emisión de positrones o un análisis del líquido cefalorraquídeo, pero ahora ya hay una versión sensible del análisis de sangre para p-tau 217, que comentaré con mayor detalle en el capítulo 6, la cual también provee una advertencia mucho antes de que comiencen a verse síntomas de pérdida de memoria.
La segunda etapa se llama deterioro cognitivo subjetivo (dcs); en esta etapa sabes que tu cognición no está del todo bien, pero sigues siendo capaz de ubicarte en el rango normal de las pruebas cognitivas. Es lo que gran parte de la gente considera el envejecimiento cognitivo “normal”, razón por la que muchas personas simplemente esperan que empiece en algún momento después de cumplir 40 o 50 años, pero investigaciones recientes han demostrado que quienes son propensas al riesgo genético más usual para desarrollar Alzheimer muestran diferencias de memoria desde finales de la adolescencia. ¡Sí, cuando algunas personas se están graduando de preparatoria ya experimentan cierta deficiencia cognitiva cuantificable!3 Es una de las tantas razones por las que optimizar y proteger la cognición es crucial para todos. En su mayoría, el dcs dura alrededor de 10 años… Y ya es fácilmente reversible.
La tercera etapa es un deterioro cognitivo leve (dcl), el cual implica que ya te ubicas en el del rango normal en las pruebas cognitivas (que es lo que mostraba el moca de Nina), pero aún puedes cuidar de ti mismo y realizar tus actividades de la vida cotidiana (avc), como tu cuidado personal, manejar, usar tu teléfono celular u otros dispositivos y llevar tus finanzas. Es una pena que se haya denominado deterioro cognitivo “leve”, puesto que es una etapa relativamente tardía del proceso; decirle a alguien que no se preocupe porque solo tiene deterioro cognitivo leve es parecido a decirle a alguien que no se preocupe porque solo tiene un leve cáncer metastásico. Como me comentó un paciente: “No hay nada leve en lo que me estaba pasando a mí”. Más o menos entre 5 y 10 % de los pacientes con dcl lo verán convertirse en demencia en cuestión de un año.
La cuarta y última etapa es la demencia, lo que quiere decir que tus avc ya no están intactas: podrías tener problemas para conducir, calcular una propina o vestirte. Por degracia, los pacientes con demencia al final desarrollan problemas con todas las tareas cotidianas y con el tiempo se vuelven incapaces de cuidarse a sí mismos. La única buena noticia en esto es que hemos visto repetidamente cómo, incluso en esta última etapa, los pacientes se pueden estabilizar y muchas veces mejorar hasta cierto punto, por años. Pero si todos tomaran en serio la prevención activa o un tratamiento temprano (durante el dcs), la demencia sería una condición muy rara. No es una fantasía… Es algo factible hoy.
Ahí es donde radica el problema. La mayoría de la gente no es ni remotamente tan proactiva como Nina. Para cuando comienzan los síntomas —en particular para cuando las personas dejan de ignorar a ese demonio susurrándoles en el oído— suele estar mucho, muchísimo peor de lo que estaba Nina.
Redefinir la atención médica
Lo que todo esto significa es que no debemos esperar a que el deterioro cognitivo se vuelva sintomático antes de hacer algo al respecto. En realidad, he llegado a creer que en todos los aspectos de la atención médica las enfermedades sintomáticas deberían considerarse un gran fracaso. Y sí, admito que es una reinterpretación radical del propósito y la función de los cuidados médicos, que desde hace mucho han estado enfocados en tratar a las personas enfermas en lugar de prevenir que la gente se ponga mal desde un principio, pero no soy el único que lo cree.
Allá por la década de 1970, cuando yo estaba estudiando en el Instituto de Tecnología de California, en Pasadena, el maestro asignado como nuestro enlace para quienes considerábamos ir a la escuela de medicina era un médico doctorado de nombre Leroy Hood. En la actualidad, Lee es una absoluta leyenda en el mundo científico como uno de los fundadores del Proyecto de Genoma Humano y desarrollador de la tecnología que permitió secuenciar el primer genoma humano. Aun entonces, sin embargo, el joven profesor ya era una figura legendaria en nuestro campus; recuerdo haberme sentido muy impresionado por su inteligencia y su sabiduría. Su consejo más importante fue: “Ve a una escuela que no solo tenga el objetivo de crear grandes médicos, sino de hacer ciencia a un nivel grandioso”. Y recuerdo que dijo: “Eventualmente podrías enfocarte en la investigación o eventualmente podrías concentrarte en atender pacientes. Pero son partes de un todo. Es una combinación de ciencia y medicina, no una o la otra, lo que ha cambiado la trayectoria de la salud humana en el pasado y lo que seguirá cambiándola en el futuro”.
Mi respeto por Lee solo ha ido en aumento con el paso de los años, en particular porque de alguna manera ha logrado predecir y ayudar a guiar a otros en muchos de los desarrollos más relevantes de la ciencia de la salud. La fusión de ingeniería y biología. La importancia del genoma. La integración de la investigación interdisciplinaria en la biología. La demanda creciente de medicina personalizada. Lee estuvo al frente de todos esos cambios. Así que cuando él dice: “Oye, pon atención, esto está a punto de pasar”, sin duda nos conviene a todos mantenernos atentos. Y desde mediados de la década de 2010 Lee se ha vuelto cada vez más abierto en sus comentarios sobre el advenimiento de otra revolución, a la cual él llama “bienestar científico”, que empieza con la premisa radical de que si logramos identificar las transiciones del bienestar a la enfermedad mucho antes de que la gente se vuelva sintomática, podemos ponerle fin a casi todos los padecimientos crónicos del mundo.4
Y sí, Lee cree —y está completamente de acuerdo— que el Alzheimer y otras demencias, hasta ahora al parecer imposibles de tratar, ya no digamos de curar, se encontrarán entre las condiciones que seremos capaces de eliminar en la siguiente década o en dos.
Pero lo que es más importante aún, quizás, es que al atacar sistemáticamente las causas de estas condiciones en sus fases tempranas —lo más cerca posible de ese punto de inflexión entre el bienestar y la enfermedad—, no solo podremos poner fin a las enfermedades neurodegenerativas, sino erradicar todas las demás formas comunes de deterioro cognitivo, incluidas las que podrían no materializarse nunca como una demencia, pero que aceptamos como “cosas que pasan cuando envejeces”.
De eso se trata este libro. Podemos detener estas enfermedades y lo haremos. Pero será despojando al mundo de la horrenda noción de que nuestra mente tiene que fallar de alguna manera conforme vamos envejeciendo.
Así que, sí, esperamos que todos juntos terminemos con el Alzheimer: al emplear un nuevo análisis de sangre sensible, al convencer a la gente de que prevenga o busque tratamiento pronto, y al utilizar el protocolo de medicina de precisión que hemos desarrollado, deberíamos poder tener un gran progreso hacia esa meta. Y mientras estamos haciendo eso, bien podríamos terminar con todas las demás demencias y enfermedades neurodegenerativas más comunes. Démosle una calurosa despedida a la enfermedad de Parkinson. Erradiquemos las enfermedades priónicas. Que ya no volvamos a mencionar el nombre de Lou Gehrig asociado con nada que no sean 17 temporadas que hicieron historia y seis campeonatos de la Serie Mundial con los Yankees de Nueva York porque hemos eliminado la esclerosis lateral amiotrófica (ela, también una enfermedad de la neurona motora). Destruyamos la enfermedad de Huntington. Nunca más tengamos que preocuparnos por la atrofia muscular espinal. Erradiquemos la ataxia espinocerebelosa. Si hacemos todo eso, podríamos ayudar a cientos de millones de personas.
Pero incluso si somos capaces de acabar con todas esas enfermedades en el momento en que sus síntomas sean diagnosticables, ni de cerca tendríamos el efecto en el mundo que se podría lograr si previniéramos todas las formas de deterioro cognitivo para todos.
Entiendo que esta forma de expresarme sobre la salud humana pueda desconcertar a quienes han llegado a creer, como Nina, que la confusión, los problemas de memoria y la falta de atención son partes inevitables de envejecer; no algo parecido a tener una enfermedad como tal, en el clásico sentido de la palabra, sino como que te salgan canas, se te arrugue la piel o te quejes de la música que escuchan los jóvenes hoy en día.5 Es probable que sea todavía más desconcertante para quienes creen que el deterioro cognitivo simplemente viene “incluido” en virtud de los genes que heredamos de nuestros padres. Son creencias comunes y, como tales, entiendo que pueda sonar extraño cuando digo que la pelea contra el deterioro cognitivo es una que todos deberíamos abordar, de preferencia a partir de los hábitos que formamos de niños y después con actos muy propositivos como adultos jóvenes, sin importar los genes que poseamos.
Pero si todos hiciéramos eso, podríamos terminar con esas enfermedades para cientos de millones de personas y también tener cerebros que operen a su máxima capacidad —desempeño y protección— por el tiempo que cada uno exista en este planeta, para todos los demás miles de millones de personas en el mundo.
Un desarrollo aterrador
Me doy cuenta de lo audaz que suena todo esto. Pero también creo que es cierto. Y no podría ser más relevante. Porque la humanidad ha estado perdiendo esta batalla.
No solo se trata de que más personas están envejeciendo y, por lo tanto, más sufran deterioro y, al final, demencia. Es que, por motivos que aún no se acuerdan por completo entre los miembros de la comunidad científica, la gente empieza a sufrir estas condiciones cada vez más pronto en su vida.
Han transcurrido ya bastantes décadas desde que seguí el consejo de Lee Hood y me fui a la Escuela de Medicina de la Universidad de Duke. Sin duda, mucho ha cambiado desde entonces en lo que respecta a las formas de entender la salud y el bienestar humano. Pero nada me impacta ni me asusta más que el hecho de que, en aquel entonces, cuando yo estudiaba, prácticamente nunca veíamos a alguien en sus 30, 40 o 50 años con enfermedad de Alzheimer, y ahora sí… Y con mucha frecuencia, en realidad.
La demencia de inicio precoz solía ser alimento para estudios de caso fascinantes que tenían un solo paciente y se publicaban en revistas médicas. Eran las raras excepciones que retaban, pero al final afirmaban, la regla: en la gran mayoría de los casos, los síntomas de Alzheimer, incluso los primeros, no aparecían sino hasta mucho más adelante en la vida. En estos días, sin embargo, ya no me sorprende cuando conozco a alguien a quien diagnosticaron Alzheimer precoz en un momento de su vida por lo general reservado para cimentar sus carreras y formar familias.
No es una mera experiencia anecdótica. Investigadores de la Asociación Cruz Azul Escudo Azul, la entidad coordinadora de docenas de empresas con una operación local que proveen cobertura de seguridad social a alrededor de un tercio de los estadounidenses, también se sorprendieron ante este aparente aumento en los casos precoces de demencia y Alzheimer. Acordaron observar el fenómeno más de cerca. En 2020, la organización reveló los alarmantes resultados de ese esfuerzo. Sí, afirmaron los autores del reporte, la gran mayoría de los casos se encuentra en la población que supera los 65 años de edad, pero entre los años 2013 y 2017, descubrieron los investigadores, hubo un aumento de 143 % de diagnósticos entre personas de 55 a 64 años.
Y un aumento de 311 % de los diagnósticos de personas entre los 45 y los 54 años.
¡Y un aumento de 373 % de los diagnósticos de personas de 30 a 44 años!6
Entre ese último grupo, los investigadores estimaron que casi 20 000 estadounidenses en sus 30 y principios de sus 40 recibieron un diagnóstico de Alzheimer precoz solo en un año.
Fue una revisión de estadounidenses asegurados de manera comercial. Lo que eso significa es que muy probablemente informó cifras que se quedaron cortas en la prevalencia, pues el ingreso y el empleo —los dos principales determinantes para tener seguro de gastos médicos— están asociados con las disparidades en las tasas de enfermedad de Alzheimer.7
Si esto fuera solo un informe, hasta yo lo vería con escepticismo. Pero no lo es. Es parte de un cuerpo creciente de literatura que sugiere que la demencia precoz representa, ya sea un problema de rápido crecimiento, o un desafío con el que hemos estado lidiando desde hace mucho tiempo sin darnos cuenta.8 Mi sospecha es que es un poco de los dos.
Ahora claramente somos mejores para encontrar enfermedades neurodegenerativas de lo que éramos hace décadas. Hoy, con simples pruebas cognitivas que encuentras gratis en línea, las personas empiezan el proceso de diagnóstico mucho antes de ver a un médico; básicamente hemos disminuido los obstáculos para una evaluación inicial. Mientras tanto, los biomarcadores sanguíneos se unieron a los escaneos cerebrales como una forma mínimamente invasiva de saber si un atributo como ese olvido creciente podría, de hecho, ser síntoma de una enfermedad.9 Es probable que estos cambios sean por lo menos parte de los aumentos descomunales en el diagnóstico.
Pero esa no es toda la historia. Algunos investigadores creen que la televisión excesiva, la computadora y la exposición a las pantallas de dispositivos móviles durante periodos esenciales del desarrollo cerebral pueden conducir a un deterioro cognitivo en la adultez temprana que resulte en un incremento sustancial de las tasas de demencia precoz más adelante en la vida.10 Otros beneficios de salud relacionados con el exceso de tiempo frente a pantallas está bien documentado en los individuos nacidos después de 1980, y este es justamente el rango de edad en que estamos viendo ese profundo incremento de los últimos años. La obesidad también se ha vinculado con los déficits cognitivos, la atrofia cerebral y una deficiencia en la actividad sináptica,11 y la tasa en que vemos esta condición presente en personas jóvenes se ha disparado asimismo en las últimas generaciones. Además de esta investigación ofrezco mi experiencia como médico que ha evaluado a miles de pacientes. Para mí, simplemente no hay duda: la gente se está volviendo sintomática más pronto de lo que nunca antes habíamos visto.
No obstante, en su mayoría, los médicos tratan a los pacientes jóvenes de la misma manera que tratan a los muy ancianos. Les dicen que les da mucha pena, pero no hay gran cosa que puedan hacer. Las enfermedades neurodegenerativas, suelen afirmar, son poco más que “la mano que te tocó jugar”. Y si bien hay algunos medicamentos que han mostrado un modesto grado de éxito con algunas personas en ciertas instancias, ningún médico honesto alguna vez profesaría con optimismo que esos fármacos funcionan con cualquier paciente, o que harán algo más que no sea aumentar de manera temporal la cognición o desacelerar un poco el proceso de la enfermedad. Así que, cuando mucho, es un método paliativo destinado a mitigar el sufrimiento lo más posible. En el peor de los casos, sin embargo, es solo el hospicio en cámara lenta, empezando con la suposición de que el único resultado concebible es una pérdida continua y creciente de la función neurológica, repleta de cambios de humor y de personalidad, confusión, sospecha, depresión, miedo y terror absoluto.
Durante años he dicho que manejos como estos —dirigidos a personas en sus 60, 70 y 80— son una forma de castigo cruel y muy común por el mero pecado de haberse enfermado. Pero ahora, después de las mejoras que hemos visto y publicado (y otras que hemos empezado a publicar también), cuando los doctores le dicen a la gente en sus 30 y 40 —o a cualquier edad, en todo caso— que no hay esperanza, no solo es algo cruel. Es negligencia médica.
Y por lo menos en mi mente no hay gran diferencia entre afirmar que “se te diagnosticó una enfermedad neurodegenerativa y no hay esperanza” y asegurar que “envejecerás y se te empezarán a olvidar las cosas, tendrás problemas para concentrarte y te costará trabajo entender conceptos nuevos”. Solo que uno de estos mensajes resulta estar destinado a un segmento de la población, mientras que el otro es lo que les decimos a todos.
