Créditos
1.ª edición: marzo, 2017
© Màrius Mollà, 2010 (con el seudónimo Andrés Vidal), 2017
© Ediciones B, S. A., 2017
para el sello B de Bolsillo
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
ISBN DIGITAL: 978-84-9069-654-5
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Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Citas bibliográficas
Prólogo
PARTE I (1815-1834)
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PARTE II (1836-1848)
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PARTE III (1849-1858)
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PARTE IV (1858-1864)
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PARTE V (1864-1881)
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Epílogo
Agradecimientos
Dedicatoria
A mis padres
A todas las mujeres que, sin saberlo, ya son de roca
Citas bibliográficas
Un individuo con una idea vale por noventa y nueve con un solo interés.
JOHN STUART MILL
Allí donde otros han fracasado no fracasaré yo. Nunca he llevado a mi Nautilus tan lejos por los mares australes, pero, se lo repito, irá aún más lejos.
EL CAPITÁN NEMO
Prólogo
Prólogo
Rosendo Roca notó un arañazo en el hombro. Miró a su lado y vio la piedra ya caída en el suelo. Esta vez había tenido suerte, apenas le había rozado, aunque aquello no quería decir nada: tras esa piedra vendrían más. Le llegaron las voces de Diego Bonilla, de Mateo y de Jan. Era el momento de empezar a correr.
—¡Miradlo! ¡El Imbécil parece un conejo! —gritó el pelirrojo Bonilla.
Rosendo, sin mirar atrás, se adentró en el bosque. Oía tras de sí los pasos de sus perseguidores. Correr, correr más era la única salvación. Y no hacer ruido. Hay una gran diferencia entre huir o correr hacia delante y Rosendo, a pesar de sus escasos cinco años, ya la conocía perfectamente. No era esta la primera vez que los mayores lo acosaban.
Cuando pasó el tocón del árbol quemado, giró rápidamente hacia el riachuelo. Si tenía suerte, llegaría antes de que le dieran alcance. Entonces cruzaría el río cuyas aguas bajaban heladas. No había otro camino. Correr hacia delante siempre llevaba por el camino más difícil. Miró atrás. Luego al río. Parecía imposible, pero era cuestión de voluntad.
—¡Va al río! ¡Que no se escape! —oyó por detrás de él.
Rosendo aceleró. Se abría paso entre la espesura de los matorrales que lo iban arañando sin que él apenas los sintiera. Esta vez no pensaba dejarse atrapar. No quería que le volvieran a hacer comer tierra, ni que lo empujaran sobre una bosta de vaca o le frotaran todo el cuerpo con ortigas. No, no volverían a llenarlo de golpes. Sabía que solo tenía que proponérselo.
—¡Cómo corre el cabrón! —resopló el Bonilla mientras seguía con la mirada el avance de Rosendo. Cogió otra piedra y la lanzó. Mateo y Jan repitieron la acción. Una pedrada alcanzó a Rosendo.
—¡Toma, el Imbécil ahora es cojo, es cojo! —se rio Diego.
A Rosendo le llamaban el Imbécil. Hacía tiempo que Diego Bonilla y sus amigos habían dejado de utilizar su nombre, él era simplemente el Imbécil. Lo cierto es que la gente en el pueblo decía que Rosendo no se parecía a los otros chicos porque era muy serio y no jugaba con los demás, que cómo podía ser normal un niño que hablara tan poco y tan mal y que tenía esa forma de mirar «rara».
—¡Ahí va eso! —gritó Mateo lanzándole un trozo de rama corta y gruesa. Aunque no lo tocó, Rosendo perdió pie.
—¡Se cayó! ¡A por él! —los animó Diego.
Rosendo, sobre el suelo lleno de hojas y agotado por la carrera, cerró sus ojos oscuros. No lo había conseguido. Deseó que la tierra se lo tragase. Diego, Mateo y Jan se detuvieron frente a él. Se agacharon apoyándose sobre las rodillas para recuperar el resuello mientras miraban fijamente el cuerpo inmóvil de Rosendo. Hubo un silencio y tras cruzarse las miradas los tres empezaron a recoger piedras. A continuación, a unos metros de Rosendo, el Bonilla ordenó:
—A la de tres, tú —dijo señalando a Jan—, después tú y luego yo, ¿estamos?
Mateo y Jan asintieron. En el suelo, Rosendo apretó los puños.
—A la de una...
La verdad es que estaba harto.
—A la de dos...
Harto de que lo persiguieran, de que lo insultaran, de que le pegaran.
—Y a la de... ¡tres!
En ese instante Rosendo se incorporó. Los tres chicos se quedaron con la piedra en la mano, sorprendidos de la rapidez con la que se había puesto de pie. Rosendo los estaba mirando de frente.
—¡A la de tres! —repitió Diego.
Las piedras impactaron una tras otra sobre el cuerpo sucio y magullado de Rosendo, pero él se mantuvo firme, al tiempo que clavaba sus ojos en los de sus rivales.
—¡Una... dos... —Mateo y Jan se miraron inquietos. Rosendo estaba diferente. Había en él algo nuevo y era algo peligroso...
—¡Tres!
De nuevo los pedruscos cayeron sobre Rosendo, que se mantenía impasible, sin decir nada.
Los tres chicos se quedaron perplejos. Diego se dio cuenta de que sus compinches estaban nerviosos. Esbozó una sonrisa socarrona y soltó un improperio para animar a Mateo y Jan, haciendo ver que no pasaba nada. Pero esos ojos...
—¡Joder con el Imbécil! Hoy te haces el duro, ¿eh? ¡Pues te vas a enterar! —Y le lanzó una nueva pedrada.
Frustrado y rabioso porque Rosendo no reaccionaba, el Bonilla se dispuso a tirarle otra. Pero antes de que le diera tiempo, Rosendo empezó a caminar hacia ellos. Mateo y Jan dieron un paso atrás: no estaban acostumbrados a que Rosendo les plantara cara. El Bonilla miró ceñudo a sus compañeros: ¿qué era eso de ceder? Mateo y Jan soltaron las piedras y recularon varios metros más. En ese caminar de espaldas, Jan tropezó con algo y trastabilló. El sobresalto hizo que diera unos cuantos pasos para alejarse de Rosendo, movimiento que siguió Mateo. Ante la mirada de soslayo de Diego, Mateo soltó:
—Vámonos de aquí, hoy no está divertido este bicho. —Y soltó lo que pretendía ser una risa burlona. Los dos se alejaron de allí simulando desinterés mientras el Bonilla los miraba resoplando. Este se volvió y se topó con Rosendo, de pie a medio metro de él.
—¿Y a ti qué te pasa hoy, eh? ¡Bah! Cada día estás peor, te tendrían que encerrar con los cerdos —afirmó Diego mientras dejaba caer las piedras que aún tenía en las manos—. ¡No me mires, cerdo! —le gritó a la cara. El Bonilla le soltó un bofetón y se dio la vuelta, dispuesto a marcharse. Pero Rosendo lo agarró de una muñeca. Lo miró fijamente con sus grandes ojos de un marrón tan oscuro que casi parecía negro—. ¿Qué... qué haces? ¡Suéltame, Imbécil!
Rosendo no lo soltaba. El Bonilla se zafó sacudiendo el brazo con fuerza y lo levantó para darle un revés. Pero se quedó en un gesto, ahí, el brazo en el aire, ingrávido ante la fría expresión de Rosendo. Por vez primera, Diego el Bonilla temió que Rosendo le pudiera hacer daño. Escupió al suelo y volvió a girar sobre sí mismo. De nuevo sintió presión en la muñeca. Diego se revolvió. «Voy a partirle la cara», pensó. Justo en ese instante percibió un dolor agudo, el rostro le ardía y la visión se le nubló momentáneamente.
Rosendo acababa de darle un puñetazo. Aturdido, vio cómo el puño de Rosendo volaba de nuevo hacia su rostro.
—¡Hijo de p...!
Esta vez lo recibió en plena nariz. Diego dejó escapar un gemido al tiempo que luchaba por librarse. Consiguió soltarse y comenzó a correr. Se volvió y vio a Rosendo acercarse con esa expresión, con esa mirada fija en él. El Bonilla experimentó un escalofrío que le hizo apretar aún más el paso.
Correr no le sirvió de nada. Diego se estaba quedando sin aire, su respiración era fatigosa, el pecho estaba a punto de estallarle. Reparó en cómo la sangre que brotaba de su nariz se le escurría en la boca entreabierta. Y de pronto la notó: era la mano de Rosendo, que estaba alcanzando su ropa. Un tirón seco y Diego cayó de espaldas. Rosendo se sentó sobre su pecho y comenzó a golpearlo en la cara.
—¡Suéltame, Imbécil! ¡Monstruo de mierda! —chillaba Diego con la voz entrecortada.
Impasible, Rosendo dejaba caer sus puños como si de una máquina se tratara, rítmicamente. El Bonilla pataleaba desesperado, golpeaba los costados de Rosendo, intentaba tirarle del pelo, buscaba arañarle la cara, lloraba y gritaba con la voz ronca por el miedo y la rabia. Rosendo guardaba silencio. Callaba y, con los dientes apretados, arremetía una y otra vez, una y otra vez... Hasta que un extraño gorgoteo lo detuvo. Diego tenía la boca ensangrentada y le costaba respirar. Rosendo se incorporó. Diego se puso a toser y escupió varios dientes rotos, tras lo cual volvió a quedarse boca arriba, dejando oír un lastimero lloriqueo.
Rosendo, ya de pie, clavó su mirada en los ojos medio hinchados del Bonilla. Sin decir nada se alejó y, cansado, comenzó a caminar de regreso a casa. Su mirada ensimismada no se distinguía de la que lo caracterizaba habitualmente. Cerca de allí, escondidos en un recodo del camino, Mateo y Jan lo seguían con la vista sin poder dejar de pensar en la suerte que había corrido el cuerpo tendido y ensangrentado del Bonilla.
PARTE I (1815-1834)
PARTE I
(1815-1834)
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Era el año 1815. Angustias salió a recoger la leña que alimentaría el fuego de aquel día. A pesar de que el hogar donde vivía con su marido Narcís y su hijo Rosendo era más bien pequeño, se hacía algo difícil calentarlo. Los días de septiembre seguían siendo calurosos en Martinet de Cerdanya pero las noches eran bastante frescas y la chimenea instalada en el comedor debía encenderse a media tarde para calentar el resto de los compartimentos. Mientras se levantaba con varios troncos bajo el brazo le pareció ver algo en la distancia: una diminuta silueta familiar se acercaba bordeando el camino. «Ya está aquí», pensó Angustias, y una ráfaga de viento levantó el polvo haciendo volar restos de paja seca.
Angustias esperó frente a la entrada de la casa y se secó el sudor de las sienes con el ajado delantal. Transcurrieron unos minutos hasta que pudo distinguir, a través de la luz intensa, lo que parecían moretones y manchas de sangre en el rostro y la ropa de Rosendo. La mujer soltó rápidamente los troncos, que cayeron sin orden al suelo, y corrió asustada en dirección al niño. Cuando por fin lo alcanzó, se abalanzó sobre él y lo cogió en brazos.
—¿Pero qué te han hecho, hijo mío? —le preguntó la madre mientras lo examinaba. En seguida se fijó en la cantidad de sangre que había en las hinchadas manos del chico. Angustias buscó una herida abierta. Miró en las manos, los brazos, la cara, en todo el cuerpo, pero no encontró tal herida. Nada. La sangre no era suya. Angustias se fijó en los enormes ojos castaños de Rosendo, clavados en el suelo. Su expresión no había cambiado. No era la primera vez que Rosendo volvía a casa golpeado por niños del pueblo. Sí era, en cambio, la primera vez que, a juzgar por la sangre y los nudillos amoratados, él se había defendido.
—Este pueblo es cada vez peor, cada vez peor —se repitió la madre para sí, ahogando un sollozo.
De camino a casa, Angustias parloteaba aun sabiendo que nadie iba a responderle. A sus cinco años Rosendo todavía no había pronunciado una sola frase completa. El único médico que se pudieron permitir y al que habían acudido cuando el niño cumplió tres años, había sentenciado que Rosendo sufría algún tipo de retraso mental. Angustias, sin embargo, no creía en ese diagnóstico. Ella estaba convencida de que su hijo era, de alguna manera, especial, y ante esa certeza poco le importaba lo que el médico o la gente del pueblo pudieran decir.
Pero la presión de los vecinos era un hecho. En más de una ocasión Angustias había insinuado a su marido la posibilidad de marcharse de Martinet. Tenía una hermana en Barcelona, y ella podría acogerlos durante una temporada. Narcís no quería ni oír hablar del tema: él había nacido en Martinet y quería seguir viviendo allí. Era un hombre de pocas luces: ni el daño que en aquella zona de frontera había causado la reciente guerra de la Independencia contra los franceses podía hacer cambiar de opinión a Narcís Roca.
La guerra había comenzado unos años atrás, en 1807. Napoleón, mediante el Tratado de Fontainebleau, había conseguido que Carlos IV permitiera entrar a las tropas francesas en España. Pero allí, en el pueblo, los más ancianos sabían que las guerras llegaban como las pestes, sin previo aviso, y lo asolaban todo. Y no era 1807 sino el año en el que Paquita se había casado con Clemente, cuando había nacido Mariona y cuando el herrero compró un par de caballos nuevos. El párroco del pueblo trató de convencerlos de que Napoleón era un liante, que, con la excusa de expulsar a los ingleses de Portugal, se había metido en España y había provocado la contienda. En un primer momento, algunas mozas soñaron con aquellos apuestos soldados, y los más jóvenes con la gloria de las armas. Pero pronto se descubrió que, en efecto, las tropas llegaron para quedarse y que había que pagar un alto precio por ello. Napoleón consiguió que el rey abdicara para cederle el trono a su hermano José. Y muchas madres lloraron a sus hijos ausentes.
Junto a los soldados también había llegado una multitud de funcionarios franceses. Pese a su espíritu renovador, la población sufrió constantes abusos por parte de las fuerzas napoleónicas. Los saqueos y robos condujeron al miedo, y tras el miedo llegó la rabia. Una fiebre contagiosa animó a la gente de los pueblos a organizarse. Se vendían tantas armas que el herrero no paraba de trabajar. Se fabricaban más cirios, se encargaban más misas. Cuando las tropas francesas abandonaron el país en 1814, muchas zonas quedaron devastadas. La lucha pasó a ser contra la pobreza, las tierras marchitas y la falta de alimento.
$$Narcís llegó a casa a la hora de comer. Nada más entrar, Angustias pudo percibir su nerviosismo, su pelo castaño más despeinado que de costumbre y su huesuda cara ojerosa y magullada.
—¿Qué ha pasado? —dijo la mujer temblando.
Narcís se dirigió al pequeño:
—¿Qué has hecho? —le gritó el padre al niño, alterado, cogiéndolo de los hombros—. ¡Contesta! ¡Contesta a tu padre! —le chilló mientras lo sacudía.
Entonces Rosendo empezó a llorar. La respiración del chico se fue acelerando cada vez más, acompañando a las lágrimas de jadeos ahogados. El niño comenzó a golpearse a sí mismo con violencia, utilizando los puños para asestarse golpes en el cuello, los pómulos e incluso la boca. Narcís y Angustias buscaban las manos de su hijo para retenerlas, pero Rosendo las movía con extrema rapidez. Este intentó también morderse con saña los nudillos desgarrados.
Transcurridos unos minutos eternos, Rosendo se calmó. Angustias lo abrazó con fuerza, lo llevó a su dormitorio y lo acostó con cariño. Tras darle un beso en la frente y otro en la nariz, los pocos sitios en los que el chiquillo no tenía ninguna contusión, salió de nuevo a la sala.
Narcís fumaba tabaco de picadura dando largas caladas mientras atizaba las brasas de la chimenea. Sin apartar la mirada de lo que estaba haciendo, habló en voz alta:
—Dicen que Rosendo ha dejado a Diego Bonilla con un ojo ciego.
—¿Cómo sabes...? —comenzó a preguntar Angustias.
—Yo también me he peleado...
Angustias levantó su mirada, perpleja.
—En la cantina, Bou ha llamado a Rosendo «desgraciado» y no he podido remediarlo. Le he dado su merecido —dijo intentando convencerse a sí mismo de que había hecho lo correcto—. Han tenido que separarnos.
Narcís no era un hombre muy corpulento, pero sí fibroso y fuerte como exigía su arduo trabajo en los campos. No era violento y no estaba acostumbrado a pelear, y menos con alguien como Bou. Debía de haberle alterado mucho lo que este hubiera dicho sobre Rosendo para reaccionar de aquella manera. Sus ojos hablaban por sí solos. Angustias se acercó a su marido y lo abrazó. El contacto erizó a Narcís y provocó el sobresalto de su esposa.
—Me duele un poco aquí —le dijo mientras se levantaba la camisola desgarrada por la pelea y le enseñaba su amoratado costado izquierdo.
Narcís se marchó a seguir con sus tareas a pesar de las molestias físicas: para él, el trabajo era un compromiso que debía cumplir. Angustias se quedó en casa, limpiando con gesto nervioso. De tanto en tanto echaba un ojo a Rosendo, quien estuvo ausente y en silencio el resto de la jornada. En cuanto comenzó a anochecer, preparó la cena. Esta vez le añadió un trozo de tocino rancio al caldo, en un intento de compensar a su familia por los disgustos sucedidos ese día.
Escuchó a alguien que entraba en la casa y no dijo nada suponiendo que era Narcís. Pero una voz dando las buenas noches la sobresaltó: era don Pablo, el párroco del pueblo. Se limpió las manos en el mandil, se incorporó y dijo:
—Pase usted, don Pablo.
El cura, un hombre delgado, de piel gris y aire anodino, caminó con cautela mientras estrujaba entre las manos una boina negra.
—¿No está Narcís?
—Está a punto de llegar.
Don Pablo asintió.
—Bien, esperaré a que llegue. He de hablar con los dos.
Al salir de su cuarto, Rosendo recibió la atención entre indiferente y perpleja del cura. Angustias ofreció a don Pablo que se uniera a la cena, cosa que este rechazó aludiendo a que tenía una visita en la casa parroquial esa noche. Se mantuvieron en un silencio tenso hasta que llegó Narcís.
—Bien, no quiero entretenerlos mucho, no se les vaya a enfriar la cena —comenzó a decir el cura a un Narcís con gesto preocupado—. Vengo a hablarles del chico, de Rosendo. Supongo que ya saben lo sucedido... —Tosió—. Diego está fuera de peligro, la fiebre le está remitiendo, pero seguramente se quedará tuerto.
Angustias se tapó la boca con la mano. Narcís apretó los labios.
—Conozco a ese chiquillo y a sus amigos, y sé de sus juegos un tanto... —mentalmente buscó la expresión correcta— un tanto bruscos. Pero son cosas de niños y nunca habían pasado de ahí. Lo de hoy en cambio —miró de soslayo a Rosendo, quien estaba sentado abstraído frente al fuego— ha llegado demasiado lejos. He hablado con la familia de Diego y he tratado de calmarlos. Al final he conseguido evitar que la pelea entre críos se convirtiera en una batalla campal, porque han de saber que tenían intención de venir aquí, armados con palos y demás. Ya conocen a Remigio —dijo refiriéndose al padre de Diego—, que todo lo quiere solucionar a bofetadas. Y no crean, más de un vecino se ha prestado a acompañarlo. Como les decía, he logrado calmar las aguas... por ahora. Pero lo que seguramente no podré evitar es que se dirijan a la autoridad. Dicen que pondrán una denuncia, que su hijo merece una compensación por perder un ojo.
Angustias no pudo más y exclamó:
—¿Y todas las palizas que ha recibido mi hijo? ¿Esas qué? ¿Se las compensarán?
Narcís tomó del brazo a su mujer y procuró calmarla. El cura hizo un gesto de asentimiento.
—Ya, ya, la entiendo, pero esos juegos los tienen todos los críos, todos los días se pelean. Sé que han sido brutos con su hijo, pero ante la autoridad su hijo está bien... físicamente sano, quiero decir, y Diego no. No se solivianten —añadió levantando las manos al ver el gesto tenso de ambos padres, prestos a replicar—, solo les digo lo que sucederá. He sido testigo en otras ocasiones de juicios así y me parecía correcto avisarles.
—¿Pero qué compensación ni qué ocho cuartos? —comenzó a bramar Narcís—. ¿Qué podemos dar si no tenemos ni un real?
Don Pablo se colocó la boina en la cabeza al tiempo que se encogía de hombros.
—Eso lo decidirá la autoridad. Ahí no puedo ayudarles más. Bien, los dejo que cenen. Buenas noches. Queden con Dios.
Y se marchó realizando la señal de la cruz, santiguando el hogar.
Angustias y Narcís permanecieron mudos durante unos instantes. Narcís se pasó la mano por la cabeza y el rostro, tratando de asimilar la noticia. Angustias, por su parte, le clavó la mirada. Con voz firme, le dijo a su marido:
—Ahora sí que no tenemos más remedio, Narcís. Hemos de marcharnos.
Narcís cabeceó y dejó escapar un «ya... ya...». Ella negó con la cabeza.
—No, Narcís, hemos de irnos. Esta vez sí. Nos vamos de Martinet.
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A las seis de la mañana el ambiente era frío. Un leve brillo en el horizonte delataba el interés del sol por aparecer tras las montañas que rodeaban Martinet. En la cuesta solo se oía el caldero de zinc que pendulaba grave de las endurecidas manos de Narcís Roca. Más lejos se veía el espeso humo blanco de la chimenea de don Miquel. Narcís Roca aceleró el paso: a pesar de repetir la rutina, ese día no sería igual a los anteriores.
Al llegar al establo acarició a Estrella, su vaca preferida, la primera que ordeñaba cada día y la última a la que se dedicaba por las tardes, al acabar la jornada en la finca de don Miquel. Estrella era una vaca de raza pallaresa, de pelaje blanco y ralo. No era la que más leche daba, pero sí la que menos notaba las difíciles condiciones meteorológicas del invierno. Cuando la producción de las demás bajaba, la de ella se mantenía constante, ajena a la extrema dureza del clima. Narcís sabía que la echaría de menos, seguramente más que a cualquier otro habitante de aquel condenado pueblo que acusaba a su hijo de ser el diablo.
Con el barreño lleno de leche fresca, Narcís se dirigió a la casa contigua. Dejó la rebosante lechera en un rincón y llamó a la puerta mientras retorcía la gastada gorra de pana entre las manos.
—Buenos días, don Miquel. Quisiera decirle algo.
Don Miquel, al ver su postura y su expresión inquieta, se abrochó el chaleco y salió cerrando la puerta con cuidado.
—Claro, Narcís. Vamos bajo el roble. Charlemos un rato.
—Mire, yo le tengo mucho aprecio. Usted siempre se ha portado bien con nosotros y de sobra sabe que no tenemos ninguna queja, pero... debemos irnos.
—¿Por qué, Narcís? ¿No será por lo de Rosendo? Ya sabes cómo son los críos... —dijo mientras le golpeaba amistosamente la espalda.
—Sí, don Miquel, pero el otro chaval ha quedado tullido y el pueblo se nos ha puesto en contra. No podemos vivir así... —Tras una mueca de pesadumbre, Narcís continuó con su explicación—: En la cantina decían que esta vez había sido el crío del Bonilla, pero que mañana podía ser el de cualquiera, que no era cuestión de ver a un hijo en cama por culpa de un...
—Las cosas se calmarán, ya verás. Puedo hablar con ellos, Narcís. Sabes de mi reputación en el pueblo. Además, seguro que Rosendo aguantó mucho. Ya me conozco yo a esos gaznápiros.
—No es solo eso, don Miquel. Parece ser que pondrán una denuncia... —Narcís hizo una pausa; tragó saliva—. Mire, ya hemos recogido la cosecha y tiene usted tiempo de contratar a alguien para que le haga el trabajo del año que viene. Creo que es el momento, don Miquel, no aguantamos más.
La gorra no podía estar más estrujada entre las manos de Narcís, que tenía los ánimos por el suelo.
—¿Y cuándo pensáis salir? ¿Y adónde?
—Angustias me espera en casa, lo poco que tenemos lo cargaremos en la carreta. Nos vamos a Barcelona, don Miquel, a ver si mi cuñada nos puede echar una mano.
—Pero Narcís, ¿qué vas a hacer tú en Barcelona? Tu vida es el campo, las vacas...
—Ya me he despedido de ellas.
Un silencio expresó todo lo que faltaba por decir.
—En fin, veo que no te puedo convencer.
—Adiós, don Miquel, gracias por todo.
—Un momento...
Narcís, confundido, vio alejarse la pelada nuca de don Miquel. Se sentó en un tocón, cogió unas piedras y las tiró mientras mascullaba entre dientes con rabia «maldito pueblo». Lo dijo casi en un susurro. No quería herir a don Miquel. No todos los del pueblo eran iguales. Entonces una duda le recorrió el cuerpo por un instante. Le era muy difícil abandonar el sitio donde había nacido, donde había crecido, donde había visto morir a sus padres. Narcís se sintió terriblemente solo, tanto, que no oyó volver a don Miquel. Levantó su mirada y sus ojos se encontraron. El ruido de un cencerro rompió la incomodidad del momento. Estrella, plantada dócilmente justo al lado de don Miquel, rumiaba con parsimonia.
—Llévatela, Narcís. Ella os ayudará con la carga y os alimentará durante el largo camino. Después puedes venderla. Además, te debo una semana de paga.
—No pue...
—No me digas que no puedes aceptarla. Llévatela y prométeme que os pensaréis lo de Barcelona. No es lugar para vosotros. Ni para Estrella —dijo medio riendo.
—Gracias, don Miquel. No le olvidaré. Ninguno de nosotros le olvidará.
Narcís Roca cogió la cuerda de esparto que colgaba del blanco cuello de Estrella y bajó hacia el pueblo, donde, poco a poco, una incipiente actividad parecía ir adueñándose de todo. Angustias, con Rosendo de la mano, lo estaba esperando en la puerta de la casa. Al ver llegar a Narcís y Estrella se imaginó el gesto de don Miquel y esbozó una tímida sonrisa.
Ataron la carreta a la vaca. Se habían provisto de las conservas de frutas y hortalizas guardadas para el invierno, del embutido que les quedaba de la matanza, un trozo de bacalao seco, una hogaza de pan, queso, enseres de cocina, sábanas y mantas y las pocas prendas que componían su vestuario. Protegido por las ropas, sentaron a Rosendo, quien al vaivén perezoso de la carreta se arrebujó, cerró los ojos y se durmió con placidez.
Los primeros pasos los dieron con cierto optimismo. Se dirigían hacia Bellver de Cerdanya por el camino comercial. Cada vez se alejaban más del pueblo y, pese a la tristeza de tener que abandonarlo, ganaba fuerza la posibilidad de comenzar una nueva vida. El hecho de ir con un animal cuyo paso era lento y con un niño tan pequeño hizo, sin embargo, que al final de la primera jornada Narcís se mostrara taciturno. Sabía que les esperaba un duro camino; para llegar a Berga debían atravesar la sierra y, al paso que iban, el trayecto se volvía más largo y peligroso. Decidieron hacer un esfuerzo más: en Nèfol les darían cobijo, seguro que su primo de Can Pesolet se alegraría de verlos.
Y así fue, nadie les preguntó por los motivos de su marcha. Después de cenar, cuando en la casa se hizo de nuevo el silencio y se quedaron solos delante del fuego, Angustias se acomodó entre los brazos de su marido y le dijo:
—Seguro que todo irá bien.
Narcís no contestó. Acarició la mano de su mujer:
—Vamos a dormir. Hay que descansar.
Angustias se mordió el labio inferior y asintió.
—Voy a tapar bien a Rosendo, que no se enfríe.
Narcís echó una ojeada a su hijo. El niño ya dormía profundamente, ajeno a las dificultades y a las preocupaciones. Por la mente del padre cruzó un pensamiento: «Y Rosendo, tranquilo, ahí, como si no fuera con él la cosa.» Pero enseguida se dijo: «Solo tiene cinco años, ¿cómo va a darse cuenta de nada?» Se tumbó junto a Angustias y cerró los ojos. La madera seguía crepitando.
Dos días más tarde el cansancio ya hacía mella en todos. El camino se iba escarpando a medida que se adentraban en la sierra. Además, Narcís sabía que tras la guerra algunos hombres se habían quedado en las montañas y que los fugitivos eran ahora bandoleros que se dedicaban a asaltar viajeros.
Para ahuyentar el miedo Narcís sacó a Rosendo de la carreta y lo colocó sobre el lomo de la vaca. Pero el chiquillo, serio, ni se inmutó. Narcís resopló:
—Cuando mi padre me subía a la mula era el niño más feliz del mundo. A este crío parece que todo le da igual.
—¡Claro que está emocionado! —dijo en su defensa Angustias—. ¿Verdad, hijo? Míralo cómo se agarra con fuerza y cómo mira atento la cabeza de la vaca. Solo que nuestro Rosendo es un chico de pocas palabras —dijo mientras acariciaba el pelo del niño.
El padre encogió los hombros y siguió caminando con gesto cansino.
Ese día el cielo se cubrió de nubes, así que estuvieron todo el viaje temiendo que rompiera a llover. Ya por la tarde, en un claro al lado del camino, Narcís vio unas huellas recientes de caballo. Tenían que cruzar el Coll del Pendís, tenían que dejar ese bosque y buscar refugio al otro lado del puerto.
Narcís no quería asustar a su mujer, pero se estaba poniendo cada vez más nervioso. No dejaba de oír ruidos sospechosos por todos lados. De repente tomó a Rosendo en brazos, apretó aún más el paso y tiró fuerte de la vaca. Ahogó el ruido del cencerro atando un trapo en la campana. Angustias, sorprendida por el cambio de actitud de su marido, lo siguió sin preguntar. El dolor de las ampollas en sus pies era insoportable.
Bajo un cielo rojizo cruzaron el Pendís. Narcís, sudoroso y agotado, respiró con cierto alivio. A pesar del frío, se sintió protegido.
Con Rosendo dormido en la carreta, Narcís y Angustias contemplaron la vista: hacia atrás estaba la Cerdanya, al frente, el Berguedà. En el valle encontrarían el río Llobregat para, siguiendo su cauce, llegar hasta Barcelona. Les quedaba un largo trayecto que recorrer, pero lo peor ya había pasado. Ambos pensaron que comenzaban una nueva vida y que esa vida podía ser mejor.
A la mañana siguiente, nada más romper el día, Narcís despertó a su familia y tras un frugal desayuno se pusieron en marcha. Tenían que bajar cuanto antes para alejarse de las montañas. Angustias y Rosendo, sentados en la carreta, se tambaleaban por el acelerado paso que Narcís imponía a la vaca. En Gréixer tomaron por fin la carretera comercial hacia Bagà.
Un hombre sentado en una roca cercana al camino cascaba unas nueces que engullía con deleite. Su aspecto era desaliñado aunque no daba la sensación de dejadez. El pelo castaño, aparentemente largo, se le adentraba en el cuello de la chaqueta, por lo que escondía su verdadera longitud. La levita parecía haber vivido mejores épocas.
—Buenas tardes, viajeros —soltó el curioso personaje al acercarse la carreta.
—Buenas —respondió Narcís, receloso.
—¿Hacia dónde se dirigen? Tal vez me concedan el beneplácito de su compañía —dijo pomposo al tiempo que realizaba una reverencia—. Me dirijo a Berga, ciudad señorial, huyendo de Francia lo más que pueda.
Narcís y Angustias se miraron, pero no se atrevieron a decir nada.
—Espero que mi indumentaria no les haga pensar mal. Ayer mi caballo me descabalgó y mientras me lavaba en el río me robaron la ropa. Tuve que comprar estos andrajos a un chamarilero de tres al cuarto que por fortuna encontré en el camino. Estuve a punto de cambiar también de montura, pero... —Al señalar a su caballo este soltó un relincho, para sorpresa de los Roca. Parecía que entendiera—. Ya ven, solo le falta hablar.
Un nuevo relincho provocó la hilaridad de los presentes, que rieron la oportuna coincidencia. Rosendo observaba la escena absorto.
—Por cierto, mi nombre es Simeón Sicario y soy aranés.
—Yo soy Narcís Roca, ella es Angustias, mi mujer, y el niño es Rosendo, nuestro hijo.
—A sus pies, señora. Hola, chiquitín, ¿cómo estás?
Con una mirada fría, Rosendo escrutó sin prisas al estrafalario personaje que, de inmediato, apartó la vista.
—¿Me permite, señora? —dijo Simeón agarrando la áspera cuerda que sujetaba a Estrella—. No debería usted lastimar sus finas manos.
—No sea descarado, señor Sicario —articuló Angustias, con un tenue rubor en la cara—. Su apellido es extraño. ¿Tiene usted parientes extranjeros?
—Están todos muertos. Mi hogar son las montañas. Ellas, por lo menos, me soportan.
Se pusieron en marcha. La conversación discurrió amena mientras atravesaron hayedos y robledales.
Cuando la noche se acercaba, se instalaron en un prado, en las inmediaciones de Bagà. El sopor se fue apoderando de ellos tras la cena, mientras escuchaban la conversación de Simeón, quien parecía conocer todas las leyendas de la zona. Su voz se fue convirtiendo en un sonsonete, en un runrún que mecía los párpados de la familia hasta inducirlos al más profundo de los sueños. Al caer plácidamente dormidos, Simeón sonrió. Sigilosamente, metió la mano en el interior de su bota y sacó una navaja. La abrió con el máximo cuidado para que ningún ruido lo delatara. Se tumbó con su zurrón como almohada y se dijo: «Descansa un poco, Simeón, que todavía tienes tiempo.»
Al día siguiente, el despertar fue lento y pausado. El ambiente parecía cargado de una beatífica tranquilidad. La luz mortecina, de una consistencia lechosa, recorría el valle y parecía recomendar a los viajeros que continuasen durmiendo. Narcís alzó la cabeza como buscando algo. Inmediatamente se puso en pie y, con una voz cargada de desazón y rabia, henchida de incredulidad y desesperanza, comenzó a gritar:
—¡Dios mío! ¿Por qué a nosotros? ¡Piedad! ¡Piedad!
La bolsa donde guardaban el dinero, hábilmente sustraída de debajo de la cabeza de Narcís, había desaparecido.
Rosendo abrió los ojos. Lo primero que vio fue a su padre furioso y asustado a un tiempo, rebuscando con ojos vidriosos entre la ropa mientras su madre, que exclamaba también una retahíla de lamentos, intentaba sujetarlo para que no siguiese dándose más golpes en la cabeza con las manos. Estaba enfadado, posiblemente por haber sido tan ingenuo, tan inocentemente generoso con el desconocido que les había robado, pero también estaba desolado y, sobre todo, asustado. ¿Qué iba a ser de ellos ahora?, ¿cómo sobrevivirían?, clamaba. No podía creer que la vida fuera tan injusta. Trabajar como esclavos, sin descanso, sin una sola recompensa más que su sudor y el cansancio de sus cuerpos, para ahora toparse con el vacío más absoluto, con la falta de compasión de un desalmado que no sabía de sus sufrimientos para llegar hasta allí, a quien no le importaba lo más mínimo su futuro, más negro que nunca ahora.
El niño, deseando ignorar el ánimo de sus padres, se volvió hacia el lado contrario en busca de algo tranquilizador, y se encontró con el gran cencerro de Estrella. Lo cogió con cariño mientras se preguntaba dónde estaría su dueña. En ese momento, el ruido de la esquila llamó la atención de sus padres, que detuvieron la búsqueda: Rosendo sonreía haciendo repicar el cencerro.
Solo les quedaba la inocencia del pequeño. Todo lo demás se lo habían quitado. Todo.
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Iniciaron el camino con la resignación que concede la miseria. Narcís por fin había conseguido calmarse y Angustias, determinada a seguir hasta el final, impuso la idea de continuar con los planes previstos. Ya no podían hacer nada para volver atrás. El robo del dinero era grave, puesto que los dejaba desamparados y a merced de los elementos y la caridad. El ladrón, además del dinero y la vaca, se había llevado casi toda la comida, excepto los frascos con las conservas. De la ropa se llevó solo las mantas, que era lo único que tenía valor entre sus prendas. «Por fortuna —pensó Angustias—, seguimos vivos.» Resignados, volvieron al camino, Narcís tirando de la carreta y Angustias llevando en brazos a Rosendo.
—¿Es posible que lo entienda todo este criajo? —preguntó el padre—. ¿No dices nada? Pues mejor, pero no me mires así, ¿es que tú lo hubieras hecho mejor, eh?
—Deja al chiquillo, Narcís. Él no tiene la culpa.
—¿Ah, no? Entonces, ¿por qué estamos aquí?
—Ni caso, Rosendo, ya ves que tu padre está enfadado —dijo Angustias intentando recuperar la mirada del niño clavada en el suelo.
En Guardiola de Berguedà enlazaron con el Llobregat. Ahora el camino se suavizaba, habían dejado atrás la alta montaña y el ambiente era más cálido, podrían hacer noche en las márgenes del río. Al finalizar la tarde pararon tan pronto dieron con un buen recodo donde descansar. Angustias acercó a Rosendo al agua, le lavó la cara y se remojaron juntos los pies. El niño sonreía inocente. Narcís se tumbó cansado junto a la carreta. Con las conservas improvisaron una austera cena que les sirvió para calmar el hambre.
Los días se sucedieron monótonos. El viaje había adquirido su propia rutina. Cercs, Berga y Gironella quedaron atrás. La situación de los Roca, sin embargo, empezaba a ser delicada: hacía ya un par de días que avanzaban sin víveres en la carreta. Llevaban toda la mañana caminando cuando Angustias se fijó en unas bayas. Después de probarlas se dio cuenta de que no las conocía y prefirió no arriesgarse. Narcís tiraba de la carreta por inercia, casi exhausto. El sol, la distancia y la falta de alimento pesaban demasiado. Angustias pensó seriamente en pedir al siguiente viajero con el que toparan algo de comida, al menos para el pequeño. Siguieron así hasta que llegaron al cruce de Runera.
Entonces Narcís se detuvo, soltó la carreta y se llevó las manos a los riñones. No le sonaba el nombre de ese pueblo, pero poco importaba. Si había gente, habría comida, y su familia tenía que comer. Tomaron el desvío.
Poco más tarde vieron una casona próxima a un cerro yermo. De la construcción sobresalía una chimenea que humeaba y regaba de blanco el cielo. Se acercaron. Narcís llamó a la puerta con parsimonia, sin prisa, utilizando los nudillos con determinación. Los tres, al abrirse la hoja de madera, levantaron la cabeza y mostraron la misma luz en los ojos.
—¿Qué hay? —preguntó una voz de mujer.
—Señora, ¿podría darnos algo de comer? Tenemos hambre y se lo puedo pagar con trabajo —respondió Narcís, a la vez que se quitaba la gorra pero sin bajar la mirada.
La cara de la mujer se enterneció al encontrarse sus ojos con los del pequeño Rosendo, que a su vez le devolvió una mirada de una limpieza rotunda. Sus ojos oscuros estaban humedecidos por el esfuerzo y, de tan profundos, parecían casi angelicales. En ese momento, la mujer retiró el pie de detrás de la puerta y esta empezó a abrirse lentamente.
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Habían pasado tres años desde que la familia Roca llegara a la casa comunal asentada en los lindes de Runera. Cuando aquella mujer les abrió la puerta, se les presentó la posibilidad de volver a empezar y reconstruir su vida. En la casa vivían varias familias contratadas por el amo de aquellas tierras, el señor Casamunt. Tenían el encargo de deforestar amplias zonas de bosque y conseguir así nuevas tierras de cultivo. Narcís no desaprovechó la oportunidad de conseguir sustento y techo para su familia.
Del terreno liberado, además, los campesinos podían obtener una parcela en régimen enfitéutico: los Casamunt reclamaban a cambio una cuota anual fija que dependía del tamaño y del rendimiento del terreno. Los propietarios arrendaban de este modo las tierras y su explotación de manera perpetua, algo que no era en absoluto inusual en aquel 1818 en que las estructuras del Antiguo Régimen, a pesar de los cambios acaecidos en los últimos años, se mantenían estables. Poco había podido hacer por las penurias cotidianas de los campesinos y obreros la Constitución aprobada por las Cortes de Cádiz en 1812. Las condiciones de vida en el campo eran las mismas, si no peores, tras la guerra de la Independencia, ya que numerosas aldeas quedaron abandonadas ante el avance de las tropas mientras otras fueron saqueadas o se convirtieron en involuntarios escenarios de conflictos armados.
De nada sirvieron los intentos liberales de modernizar el país, en cuanto la contienda terminó y Fernando VII el Deseado ocupó el trono que antes había pertenecido a su padre, Carlos IV, abolió la Constitución para recuperar la antigua forma de gobierno y restituir el poder y los privilegios a aquellos que, según él, nunca debieron perderlos. Así pues, los nobles y terratenientes salieron reforzados, como los Casamunt, que exigían a los arrendatarios de sus tierras un canon del cuarenta por ciento de los beneficios que calculaban que los campesinos podrían obtener. Si un año el campesino no podía hacer frente al pago del canon, lo perdía todo. Pero esto poco importaba a los señores, interesados en impedir las reformas económicas que el país necesitaba para salir de la crisis a cambio de perpetuar, y a ser posible acrecentar, sus prebendas.
Después de trabajar denodadamente durante un año entero talando aquellos macizos árboles y desmenuzando a golpe de hacha los tocones resultantes, Narcís, con la ayuda de los vecinos, construyó su nuevo hogar y empezó a cultivar el campo que el viudo Casamunt les había arrendado. El trigo sería la elección más acertada debido a las características de la tierra y las innumerables posibilidades de trueque y venta que ofrecía.
Angustias estaba embarazada pero aún podía encargarse de cuidar los animales que habían ido adquiriendo. Ahora tenían una vaca bruna del Pirineo, un viejo buey, tres gallinas y un gallo. La leche y los huevos eran otro de los bienes que poseían y que también vendían o intercambiaban por comida procedente de frutales o de huerta.
Rosendo, por su parte, a pesar de su corta edad, acompañaba a su padre siempre que podía para aprender el oficio, aunque esto era sobre todo una excusa de Narcís para tenerlo vigilado y que no sucediera nada extraño. Poco a poco fue involucrándose cada vez más en las tareas agrícolas, y se mostraba como un niño fuerte y duro, a quien no le asustaba el trabajo. Su carácter callado y solitario parecía encajar con su constancia tanto a la hora de desempeñar sus ocupaciones como también a la hora de aprender.
Su madre se había impuesto la tarea de enseñarle a leer y a escribir, consciente del privilegio que había tenido ella cuando trabajó de niña en la casa parroquial de su pueblo. Angustias iba señalando con el dedo índice la frase a leer de la Biblia usada que Narcís había adquirido en el mercado. Cuando Rosendo se atascaba en alguna palabra, Angustias hacía que la escribiera con tiza en una pequeña pizarra. Quería que su hijo aprendiera, por lo menos, todo lo que ella había tenido oportunidad de conocer.
—Mejor es el pobre que camina en integridad, que el de perversos labios y fatuo. El alma sin ciencia no es buena, y aquel que se apresura con los pies, peca. La insen, insen...
—Insensatez —lo ayudó Angustias mientras le acariciaba la mano con ternura.
Rosendo, acostumbrado ya a esta técnica, cogió la tiza y escribió bien despacio y con letras redondeadas que imitaban a las impresas en la Biblia la palabra «insensatez». Sus ojos bailaban entre el texto impreso y el que él había escrito para asegurarse de que ambos fueran iguales. Cuando terminó de escribir, continuó con la lectura:
—La insensatez del hombre tuerce su camino, y luego contra Jehová se irrita su corazón. Las riquezas traen muchos amigos; mas el pobre es apartado de su amigo.
Rosendo leía despacio, separando las sílabas que componían las palabras intentando no atorarse con ninguna. Angustias lo estaba escuchando atenta cuando, de repente, dejó escapar un gemido y se irguió sentada en la silla. Soltó la mano de Rosendo y la posó encima de su vientre.
—¿Por qué le hace daño, madre? —le preguntó Rosendo mientras observaba con sus profundos ojos la barriga de su madre, como si así pudiera atravesarla y ver qué era lo que estaba ocurriendo en su interior. Angustias sonrió mientras acariciaba su vientre con las dos manos.
—No lo hace a propósito, Rosendo. Pero a veces se mueve y sin querer me mueve a mí también.
—¿Cómo puede crecer un niño ahí adentro?
Angustias no cesaba en su sonrisa. Había vuelto a coger la mano de Rosendo y la estaba acariciando. El niño continuaba impertérrito. Ahora miraba la mano de su madre entrelazada a la suya.
—Bueno, tu padre introdujo en mi vientre una semilla que ha ido creciendo y creciendo hasta convertirse en un bebé.
Narcís llamó a Rosendo desde el exterior de la casa. Este no dijo nada, solo permaneció quieto e inquirió a Angustias en silencio. Ella comprendió al instante lo que su hijo pensaba; entre ellos existía esa conexión: no necesitaban hablarse.
—Estoy bien. Anda, ve a ayudar a tu padre un rato. Luego seguimos.
El chico se levantó rápidamente, no sin antes besar a su madre en la mejilla, y salió al campo. Debía ayudar a su padre a sacar las malas hierbas. Ya era media mañana, llevaba demasiado tiempo sentado y quedaba mucho trabajo por hacer.
—Tú sigue por el otro lado, yo acabaré este —le indicó Narcís sin mirarlo.
Rosendo cogió un canasto y tras arrodillarse entre las cañas del trigo comenzó a arrancar los herbajes sobrantes. Lo hacía con las manos y de vez en cuando se ayudaba de una vieja hoz. Durante la época en la que estuvieron talando árboles para la familia Casamunt habían dispuesto de diversas y variadas herramientas, pero ahora estaban solos. Y debían sobrevivir con lo que tenían.
Habían pasado un par de horas cuando Rosendo escuchó el grito de su padre desde el otro extremo del terreno. No alcanzó a entender la totalidad de lo que decía, pero sí que era algo referente a su madre. Rosendo se levantó y comenzó a correr precipitadamente, abriéndose paso entre el crecido trigo, nublado por la preocupación y sin considerar siquiera que sus pies podían estar partiendo algunos de los tallos. Cuando llegó al interior de la casa, su padre estaba junto a Angustias y esta se retorcía de dolor en su camastro, con las piernas empapadas en un líquido viscoso. Rosendo no entendía, ¿por qué sufría madre?
—Corre a buscar a la partera, Rosendo, que tu hermano ya está aquí —anunció un Narcís deseoso de que el bebé que estaba a punto de llegar fuera un niño.
Al poco rato, Rosendo regresó a casa acompañado de Emilia Sobaler, una mujer de figura redonda y bonachona. La partera entró rápidamente para ocuparse de Angustias. Lo primero que hizo fue despejar la sala de espectadores. Afuera, tras enrollar el papel, Narcís se encendió rápidamente el cigarrillo que acababa de prepararse. Rosendo cogió un palo y lo tiró al aire, después se metió las manos en los bolsillos y fijó la atención en la puerta de la casa. Narcís se quedó pensativo y, por un instante, deseó que el hijo que estaba a punto de llegar fuera un niño «normal». Tosió mientras se reprochaba haber pensado así, sin atreverse a mirar a Rosendo, quien escuchaba callado y asustado los gritos de su madre.
Tras tres largas horas, la partera avisó al padre y al hermano de que ya podían entrar.
Ahí estaba Angustias con un bebé entre sus brazos.
—Otro niño —anunció la madre, cansada.
El rostro de Narcís, que ya se había abalanzado sobre el bebé, expresó una emoción que Rosendo no le había visto antes. Parecía alegría. El chico observó al recién nacido llorar.
—Rosendo, ven a conocer a tu hermanito —le dijo Angustias—. Nos gustaría llamarlo Narcís, como padre.
Rosendo se acercó al camastro vacilando.
—Con cuidado —añadió Narcís.
Rosendo permaneció a los pies de la cama vigilando el llanto de la criatura mientras su padre y su madre la miraban sonrientes y alegres. Ese diminuto ser se había convertido en el centro de atención de su familia.
Observando tal escena, el chico no pudo evitar preguntarse si cuando él llegó a la vida sus padres se habían comportado igual.
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Entró con gesto de cansancio pero animado: se olía el intenso y rico aroma del potaje caliente. Rosendo, tras ayudar a su padre en el campo, tenía hambre. En lugar de junto a la mesa, descubrió a su madre sentada, amamantando al bebé. Angustias tenía dibujada esa serena sonrisa que se le escapaba mientras daba el pecho. Al ver la sorpresa de Rosendo, le dijo:
—En cuanto tu hermanito termine de mamar, te pongo la comida, cariño.
Él contempló la glotonería de esa criatura tan pequeña y se llevó la mano a la barriga: las tripas le rugían. Habían pasado tres meses desde la llegada del bebé y su madre ya no le daba un beso ni le acariciaba el pelo en cuanto entraba. Ya no, ahora estaba esa criatura pequeña que la mantenía ocupada todo el día.
Angustias, de reojo, vio a Rosendo mirar fijamente al bebé y al comprender lo que estaba pensando le señaló un trozo de pan que había sobre la mesa.
—Anda, hijo, ve comiendo algo de pan, está todavía calentito. ¿Tu padre viene para acá?
Rosendo movió la cabeza para indicar que no y agregó:
—Padre dijo que tardaría un poco más. Dijo que viniera yo a comer, que luego viene él.
El bebé tosió.
—¡Uy! ¿Ya ha terminado mi niño? A ver esa boquita... —Angustias limpió los labios del pequeño. Tras cubrirse el pecho, se puso de pie, colocó al bebé sobre su hombro y le dio suaves palmaditas en la espalda.
—¿No pruebas el pan, cielo?
—Con la comida. Me gusta el pan con la comida —contestó neutro sin apartar la vista del bebé.
Angustias dejó escapar un leve suspiro.
—Está bien, hijo, espera un momento que ya voy.
Rosendo siguió a su madre a la otra habitación, la acompañó hasta la tosca cuna de madera que le había hecho Narcís. Angustias tapó con mimo al bebé mientras le canturreaba con dulzura. Al pequeño se le cayeron suaves los párpados. Angustias se dio la vuelta y tomando la mano de Rosendo lo condujo hasta el comedor. El hermano mayor se dejó llevar aunque sus ojos no dejaron de mirar fijamente la camita hasta que salió del dormitorio.
Narcís llegó cuando Rosendo estaba terminando de comer. Al pasarse la manga de la camisa por la frente, Angustias le dijo:
—Hoy vienes muy cansado, ¿verdad?
—Para arar hay que desbrozar el campo entero. Ya nos queda menos —contestó mientras se lavaba las manos en la palangana. Después le pidió con un gesto un trapo a Angustias—. ¿Ha comido bien el niño? —añadió tras señalar al chico, que todavía sentado recogía unas miguitas.
—Sí, ¡y con qué apetito!
—Pues venga, ve a hacer un rato de siesta —dijo serio Narcís.
Rosendo asintió y, levantándose de la silla, se dirigió al cuarto. Mientras entraba en la habitación pudo oír unas palabras más de su padre:
—Hoy ha trabajado duro. Mejor que descanse ahora un poco, que luego tenemos faena.
Rosendo infló el pecho.
Al ir a tumbarse sobre el camastro, oyó balbucear a su hermano. Con el rostro ceñudo, se acercó a la cuna y se asomó: el bebé se había despertado. Rosendo recordó cómo en otras ocasiones, sin motivo aparente, rompía a llorar. Ahora estaba tranquilo. Lo observó con curiosidad. Narcís hijo agitaba los bracitos mientras fruncía los labios. Entonces empezó a gimotear.
Rosendo miró a su espalda para ver si venía alguien. Del comedor se oían las voces despreocupadas de sus padres. Miró de nuevo al bebé: parecía que en cualquier momento iba a ponerse a llorar. Si lloraba, él no podría dormir la siesta. Los ojos oscuros y grandes de Rosendo se clavaron en su hermano, como queriendo detener el llanto antes de que apareciera. El bebé, sin embargo, seguía moviéndose inquieto. Rosendo paseó la mirada por la alcoba buscando algo sin saber bien qué, hasta que tropezó con la almohada de su cama. La cogió con las dos manos y sin titubeos se agachó para asomarse a la cuna.
De repente, el bebé se aferró a la mano izquierda de Rosendo. Este, perplejo, se fijó en esa manita que le sujetaba un dedo: el tacto suave, las uñas minúsculas, los dedos perfectamente pequeños... Como quien toca un ala de mariposa, le acarició la piel rosácea y contempló absorto cómo iba apretando su meñique ahora gigante. La manita se soltó. En ese instante los ojos de Rosendo se dirigieron al rostro de su hermanito. El pequeño Narcís, viendo ese perfil que lo miraba, fue transformando su gimoteo en un balbuceo. Rosendo, todavía con la almohada en las manos, no supo qué hacer. En su rostro se dibujó una mueca de duda, un gesto que hizo que el bebé sonriera y que dejara escapar un gorjeo mientras se llevaba las manitas a la cara. Ante la risa de su hermano, relajó su semblante y tiró la almohada sobre el camastro.
Buscó las manitas del pequeño para volver a notar esa sensación agradable de sentirlo agarrándose a él. Mientras le hacía mimos, Rosendo sintió que debía proteger a aquel pequeñín que, al contrario que casi todo el mundo, le sonreía.
Días más tarde, Rosendo se asomó a la parte posterior de la pequeña casa donde Narcís trabajaba en la construcción de un cobertizo y preguntó si podía ir al río. El padre torció el gesto y se quedó dudando unos instantes. Lo miró y, viendo el remolino que al crío se le formaba en la coronilla, esas rodillas sucias y esos ojos grandes que esperaban expectantes, le dijo que sí, que podía ir a jugar. Angustias, al verlo entrar rápido a casa, le dijo:
—Pero recuerda que luego tenemos que leer el libro y practicar un poco la copia, ¿de acuerdo?
A Rosendo le gustaba pasear por la ribera del río, en una zona repleta de álamos. Allí siempre encontraba cosas con las que entretenerse y podía estar solo. Esta vez, buscó piedras en la orilla que fueran planas. Con unas cuantas en una mano, comenzó a lanzarlas con la otra, una a una, intentando que rebotaran lo máximo posible: dos, tres, cuatro... De repente, apareció una piedra que saltó nada menos que siete veces. Pero esa no la había lanzado él. Se volvió sorprendido: había otro niño de su edad, aunque más delgado, de pelo rubio oscuro y ojos más bien pequeños.
—El secreto está en la muñeca —dijo mientras se acercaba—. ¿Ves? Tienes que hacer este gesto para que la piedra se levante. Hazlo así, va.
Rosendo, azorado por la timidez, lanzó una piedra de una forma un tanto brusca. El chico se acercó un poco más:
—No, no, tiene que ser un movimiento suave, mira... —Esta vez la piedra dio cinco saltos largos antes de desaparecer bajo las aguas.
Rosendo lanzó otra imitando el gesto del niño: el canto no llegó tan lejos, pero sí que consiguió que rebotara unas cuantas veces.
—¡Eso es! Aprendes rápido, ¿eh? —Y alargando la mano se presentó—: Me llamo Héctor.
El otro extendió la suya con torpeza.
—Yo, Rosendo.
—¿Vives aquí desde hace mucho tiempo? —preguntó el recién llegado. Rosendo movió la cabeza afirmativamente—. Yo no, llegamos la otra semana. ¿Te gusta venir al río a jugar? —Después de obtener un rápido «sí», Héctor sonrió—. Veo que no eres de hablar mucho, ¿eh? —Y dándole una palmada en el hombro continuó—: Vamos un poco más arriba, que el otro día vi que allí había muchas ranas.
Pronto, los dos críos corretearon por los alrededores del río: tras cansarse de perseguir ranas y coger renacuajos buscaron un par de ramas para usarlas como espadas. Después, a iniciativa de Rosendo, se subieron a un árbol. Héctor no las tenía todas consigo, pero no quiso confesarle nada a su nuevo amigo, que trepaba sorprendentemente ágil y seguro. Una vez arriba, sentados a horcajadas en sendas ramas, Rosendo le señaló el horizonte diciendo:
—Me gusta aquella montaña. Y por allí vivo yo.
Héctor, usando la mano como visera, oteó en búsqueda de la suya, pero no lograba localizarla.
—Mi casa no se ve desde aquí... Mira, allá al fondo hay un hombre que nos saluda. ¿No estaba ahí tu casa?
Rosendo entornó los ojos tratando de ver más claramente. De repente, los abrió de par en par:
—Es padre.
Guardó silencio y en ese instante el viento le trajo la voz de Narcís que lo estaba llamando.
—Me tengo que ir.
Y bajó rápidamente del árbol. En cuanto llegó al suelo, escuchó de nuevo la voz que lo reclamaba apremiante y empezó a correr mientras Héctor, sentado en la rama, protestaba atemorizado:
—¡Eh! ¡No me dejes aquí arriba!
Rosendo, sin bajar el ritmo de sus pasos, se volvió para gritarle un seco «ahora vuelvo». Narcís se acercaba con paso ligero. No sabía qué podía pasar, pero notaba que algo malo estaba sucediendo. Cuando todavía faltaba un buen trecho para llegar a la altura de su padre, le oyó decir:
—¡Es madre, corre, vamos, chaval!
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Rosendo siguió las instrucciones de su padre y fue a buscar a la partera, la única persona en la zona que tenía conocimientos de medicina. Corrió asustado, más veloz que nunca. Cuando llegó jadeando a la casucha de Emilia Sobaler no podía hablar.
—¿Tú eres Rosendo, verdad? ¿Qué ha pasado? —le preguntó ella.
A Rosendo, con la respiración todavía agitada por la carrera, le costaba encadenar las palabras.
—Mi... mi madre... Mi, mi... madre... desmayada...
—Está bien, está bien, tranquilo —dijo Emilia mientras sacudía su regordeta mano—. Deja que coja mis cosas y nos vamos. Iremos en el carro.
No era habitual en la zona ver a una mujer conduciendo un carro, pero al tratarse de Emilia, nadie decía nada. De hecho, el carro —una carreta pequeña en la que apenas cabía una persona medio tumbada— fue un regalo de un paciente agradecido. Espoleando a la vieja mula, Emilia emprendió la marcha junto a un Rosendo incapaz de permanecer sentado y que consideró en diversas ocasiones bajar para empujar al animal. La mula aceleraba el paso en cuanto la azuzaban, pero a los pocos pasos volvía a descender el ritmo. Además, el estado precario de los caminos dificultaba la marcha y ponía en peligro las ya casi oblongas ruedas de madera.
Nada más llegar, Emilia bajó resoplando. En la puerta la esperaba Narcís, quien la puso al corriente del estado de salud de su mujer. Por lo visto se había quejado de sentirse mareada y, al momento, palideció y cayó al suelo. Ahora estaba estirada medio despierta. Emilia asintió y pidió que la dejaran nuevamente a solas con Angustias. Narcís se quedó en la puerta y se lio un tosco cigarrillo sentado en una piedra. Rosendo permaneció de pie recordando que esa misma situación ya se había dado meses atrás. Ambos aguardaron en silencio.
Nada más salir de la casa, Emilia hizo un gesto a Narcís para que se tranquilizara.
—No te preocupes, no es nada grave, aunque va a tener que cuidarse. Angustias tiene que descansar, trabajar menos. Necesita comer hígado y carne roja al menos una vez a la semana. Pon a macerar un puñado de romero en vino blanco y haz que se tome dos vasos al día de ese vino. Está cansada, Narcís, eso es todo, pero si no se pone remedio, empeorará. He visto otras veces esa debilidad, se lleva en la sangre, y el mejor remedio que conozco es el buen alimento.
Narcís asentía en silencio mientras anotaba mentalmente todo lo que le decía la partera.
—Una vez al mes debería lavarse completamente con agua del río recogida en noche de luna llena —apuntó Emilia convencida de que con ese viejo truco conseguiría una vez más mejorar la higiene de su paciente—. Se pondrá mejor, no temáis, pero sobre todo que descanse, ¿eh?
—Está bien. Así será —respondió Narcís—. ¿Qué le debo?
Emilia se encogió de hombros:
—¿Todavía tienes la vaca?
—Sí, ahí sigue. ¿Le mando mañana al chiquillo con una tinaja?
—Eso es. Ya me habrás pagado con eso. Chico, ayúdame, anda —dijo Emilia señalando a Rosendo—. Mis piernas ya no son como antes, ahora se agotan y me cuesta hasta subirme a este carro...
Ayudándose del brazo tendido de Rosendo, la partera logró sentarse de nuevo en el carro. Le indicó que le pasara su bolsa y tras coger las bridas añadió:
—Tu mujer es tozuda, Narcís, me ha costado convencerla de que se quede hoy en la cama.
Narcís sonrió:
—Es trabajadora, como todos aquí.
En cuanto la partera maniobró y se dio la vuelta de regreso a casa, Narcís apoyó sus manos en los hombros de Rosendo y, con voz seria, le dijo:
—Hijo, vamos a tener que trabajar más duro. Comprar carne roja para tu madre es muy caro y ella a partir de ahora no podrá llevar el ritmo de antes. Debemos hacer todo lo posible para que se ponga bien, ¿entiendes?
Rosendo, con expresión severa, contestó afirmativamente.
—Bien... —le palmeó la espalda—. Mientras tu madre descansa ve a cuidar de tu hermano. Yo iré a Runera a ver si consigo el vino, el romero y algo de carne. Si ves que empieza a anochecer y no he vuelto, no te olvides de avivar el fuego para que pueda hacer la cena en cuanto llegue. ¿De acuerdo?
Narcís comenzó su camino y Rosendo entró en la casa. Fue hacia el dormitorio con paso sigiloso y allí vio a su madre tendida, durmiendo. Sin hacer apenas ruido, se dirigió a la cuna. Narcís Xic estaba con los ojos abiertos, pero tranquilo. Rosendo se puso el índice en los labios para indicarle que no hiciera ruido y lo tomó entre sus brazos. Lo llevó hasta el comedor para que en el caso de que se pusiera a llorar no despertara a Angustias.
En el comedor, cuando vio un par de troncos preparados para echar a la chimenea, se acordó de Héctor: le había prometido volver. Se dio cuenta de que no podía dejar al bebé solo...
Buscó una tela grande que había visto usar a su madre y trató de atar a Narcís a su cuerpo. No sabía muy bien cómo conseguir que quedara bien sujeto, así que fue probando posturas. Finalmente decidió que era mejor colocar al bebé apoyado contra su pecho. Tras comprobar que podía caminar sin que se cayera, salió de la casa y volvió al árbol con paso resuelto.
Allí seguía Héctor, sentado en su rama y con cara de haber llorado. Rosendo nada más acercarse, se disculpó:
—Perdón. Mi madre está enferma y he ido a por la Emilia.
Héctor se frotó la cara con el dorso de la mano y trató de mostrar calma.
—No pasa nada —dijo desde arriba intentando que su voz no lo traicionara—, solo que no he bajado porque esperaba a que volvieras. Desde aquí se ve todo muy bien. ¿Ese es hermano tuyo?
Rosendo agachó la cabeza. El bebé, gracias al calor del cuerpo de Rosendo, estaba cabeceando de sueño.
—Sí, es mi hermano. Se llama Narcís, como mi padre.
Héctor lo miró con mal disimulada preocupación:
—Y... ¿cómo vas a subir con el niño así, atado?
Rosendo lo miró fijamente. Estuvo unos segundos sin decir nada. Héctor llegó a pensar que no había oído la pregunta.
—No voy a subir, has de bajar tú. —Y empezó a explicarle—: Coloca este pie ahí, en esa rama, ahora agárrate a esa otra, vale, mueve el otro pie hacia allí. Ahora baja a esta rama como si fuera una escalera. Ya puedes saltar.
Con las indicaciones de Rosendo, Héctor pudo bajar del árbol sin ningún problema.
—Se nota que conoces este árbol, yo hubiera bajado por otro sitio —dijo Héctor tratando de disimular que se le habían subido los colores. Al ver que Rosendo no hacía comentario ni burla alguna, se relajó y añadió:
—¿Nos veremos mañana en la alameda?
—No lo sé. Dice mi padre que tengo que trabajar mucho. Si puedo, iré.
—Bueno, me voy a casa. ¡Hasta mañana! —se despidió Héctor.
Rosendo le correspondió con un saludo precipitado. Después de comprobar que su hermano seguía dormido, volvió rápidamente a casa. Tenía que encender el fuego. Su madre lo necesitaba.
7
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El tiempo avanzaba en aquellas tierras al ritmo lento de sus frutos. En una calurosa tarde de verano, Rosendo, con catorce años ya cumplidos, estaba acabando por fin la siega de esa temporada. Su padre le había enseñado cuando todavía no llegaba a los ocho años, así que Rosendo contaba ya con mucha práctica. El sol intenso hacía todavía más pesada la exigente tarea. El chico mostraba, sin embargo, su entera dedicación y su fuerza encargándose de la cosecha sin ninguna queja, algo por lo que se ganaba el callado reconocimiento de su padre. Tras finalizar la jornada agotadora, Rosendo pasó por la casa y se despidió de su madre y de su hermano: había quedado con Héctor. Angustias, que, con los años, había aprendido a cuidarse algo mejor y a convivir con su precaria salud y la perenne sombra en su quehacer cotidiano de la fatiga y la anemia, disfrutaba viendo que su hijo tenía al fin un amigo, que empezaba a abrirse a los demás.
—Eh, Rosendo, ¿puedo ir contigo? —preguntó Narcís Xic.
—¡Otro día, pequeñajo! —gritó Rosendo cuando ya se alejaba.
A Rosendo le gustaba acudir allí, a lo alto de la cascada de una torrentera que más abajo se transformaba en afluente del Llobregat. Rodeado de montañas y vegetación podía pensar en sus cosas mientras disfrutaba de la soledad. Estaba sumido en sus pensamientos cuando sintió un leve empujón en la espalda seguido de una carcajada. Rosendo, tendido en el suelo, se volvió violentamente.
—¡Qué susto! —gritó Rosendo al levantarse y empujarlo también.
—¿Qué pasa? ¿Acaso pensabas en tirarte? —respondió Héctor sin dar importancia a esa manera exagerada que tenía Rosendo de tomarse sus bromas.
—¿Qué hacemos? —le preguntó Rosendo.
—¿Con este bochorno? ¡Bajemos al río!
Después de trabajar todo el día, ese baño era como el paraíso para los chicos: se refrescaban mientras disfrutaban, unas veces haciéndose ahogadillas, otras retándose en carreras. Al recuperar el aliento con el agua a la altura del ombligo, Héctor le comentó:
—Este domingo hay baile en Runera, ¿cuándo te vas a decidir a venir?
Rosendo se mostró algo turbado. Negó con la cabeza sin despegar los labios. Héctor dibujó una sonrisa socarrona.
—Mira que hace meses que te lo digo, ¿eh? Al baile acuden unas chavalas... ¡Uff!
Rosendo, que permanecía en silencio, no pudo evitar ponerse algo colorado. Héctor continuó insistiendo:
—Seguro que te gusta alguna, ¿no? Venga, va, dime quién es... A mí me gusta la hija del molinero, la Isabelita, sabes quién te digo, ¿no? —le preguntó mientras hacía con las manos el gesto de un busto prominente—. ¿Y a ti? ¿También te gusta Isabelita?
Rosendo negó con la cabeza.
—No, n... no —empezó a balbucear—, bueno, es guapa Isabelita, pero... —sus mejillas se iban encendiendo por momentos—, pero hay otra... una con el pelo largo, así, rizado, con ojos claros, como de miel...
—¿Verónica? —exclamó Héctor levantando las cejas. Ante la silenciosa afirmación de Rosendo, continuó—: ¡Anda que no! —Rio—. ¡Verónica nada menos! ¡Pues apúntate a la cola, chaval, porque a esa no le faltan pretendientes!
De repente, Rosendo salió del agua y se dirigió hacia la orilla, donde habían dejado la ropa. Con el gesto serio se vistió y, sin dar tiempo a reaccionar a Héctor, le dijo:
—Tengo cosas que hacer. Adiós.
Héctor se quedó chapoteando en el agua, lamentando la timidez de su amigo. Se encogió de hombros y se dijo a sí mismo: «Ya espabilará», y sin prisas apuró los últimos rayos de sol mientras daba unas brazadas más en las frescas aguas del río.
La cantidad de forraje evidenciaba que las patatas ya estaban listas. Rosendo removió la tierra con la azada y recogió orgulloso los tubérculos escondidos; aquella había sido una iniciativa suya. Se había tomado en serio lo que su padre le dijo de niño, la necesidad de trabajar duro para ayudar a la familia. Ahora tenían más comida y más mercancía para vender. Ese día Rosendo volvió satisfecho a casa con la idea de mostrarle a su madre la primera patata de los Roca. Estaría contenta, seguro. Pero al abrir la puerta el chico se encontró a Angustias dormida en el camastro y a Narcís dibujando desganados garabatos en la pizarra. La había vencido el cansancio. Rosendo tomó entonces a su hermano de la mano y permaneció de pie, observando a su madre respirar pesadamente.
—Yo cuidaré de todos —le dijo a Narcís en un susurro.
Rosendo y su padre recorrían Runera y los alrededores para vender lo que habían almacenado aquella última semana: sacos de patatas, de trigo, los huevos y el delicioso queso que Angustias había preparado con la leche ordeñada. Esta vez les acompañaba el pequeño Narcís, de seis años. Su pelo y ojos castaños le asemejaban a Rosendo, pero la figura enclenque y nerviosa nada tenía que ver con la de su hermano. La mula que habían podido comprar gracias a las ganancias, tiraba del pesado carro.
Mientras el padre negociaba con los compradores, Rosendo y Narcís Xic se quedaron junto a las provisiones. Sin hacer nada, el pequeño Narcís empezó a inquietarse, de modo que Rosendo lo tomó de la mano para pasear y distraerlo. A medida que caminaban iban ampliando el círculo: el pequeño tiraba de Rosendo hacia los árboles que rodeaban la masía. Se acercaron a un manzano repleto de rojas piezas. Las manzanas tenían un aspecto tan lozano y fresco que, con cuidado de que nadie lo viera, Rosendo extendió la mano y tomó una de ellas. Se la metió en el bolsillo al mismo tiempo que le pedía a su hermano que guardara silencio llevándose el dedo a los labios. «Es para mamá», le susurró. Al poco salió el padre sin los sacos y sonriendo satisfecho: había hecho una buena venta.
Tras otras tres paradas volvieron a casa contentos, con el carro vacío. Angustias los esperaba sentada. Cuando el padre se entretuvo a aupar a Narcís y a celebrar el buen negocio que había llevado a cabo ese día, Rosendo se acercó a su madre.
—Tome —le dijo dándole la manzana—, es para usted.
Narcís, con un oído en la conversación que mantenían Angustias y Rosendo, dejó al pequeño en el suelo y tras acercarse a ellos y coger la fruta con su mano preguntó:
—¿De dónde ha salido esto? —dijo mientras sostenía la manzana ante su cara—. Dime, ¿de dónde? Esas manzanas yo las conozco, mocoso, la has cogido sin pagar. ¡Eso es ser un ladrón y nosotros no somos ladrones! ¡Imagina si te hubieran pillado! ¡Qué vergüenza! —gritó fuera de sí, y, sin ni siquiera mirar a Rosendo, se sacó el cinturón dispuesto a darle una paliza.
—¿Para esto sirve leer, escribir y todas esas tonterías? —proseguía, ciego de ira, rabioso por sentirse deshonrado—. ¿Es que quieres que nos echen del pueblo?
Rosendo no entendía por qué su padre había reaccionado así. Solo era una manzana y era un regalo para su madre, que necesitaba comer bien para luchar contra su enfermedad. La débil voz de Angustias solo acertaba a pedir a Narcís que tratara de calmarse.
Sabía que su hijo se había equivocado, pero esa no era la manera de hacérselo entender.
Narcís no se detuvo.
Rosendo no dijo nada. Narcís cogió del brazo a su hijo y, sin que este ofreciera resistencia alguna, lo arrodilló en el suelo y comenzó a fustigarle la espalda y las nalgas.
—Esto es para que aprendas a ser honrado, para que no hagas caer la vergüenza nunca más sobre tu nombre y tu familia.
Tan solo una leve mueca arrugada en los labios del chico y la congestión en su rostro enrojecido mostraban el sufrimiento que debía de estar sintiendo. El padre paró de golpear; sofocado, se atusó el pelo. Narcís hijo lloraba abrazado a las piernas de Angustias y esta, de pie, repetía:
—No volverá a hacerlo..., no volverá a hacerlo —musitaba sollozando, con los brazos extendidos hacia su marido aunque sin atreverse a tocarlo.
Tras un momento de vacilación, Narcís dejó caer el cinturón al suelo como si le quemara. Con la mirada un tanto aturdida, poseído por el arrepentimiento, cogió a su hijo pequeño entre los brazos y salió de la casa dando un portazo y dejando solos a Angustias y a su hijo mayor.
Rosendo se levantó lentamente. Se acercó a su madre y cogiéndola por los hombros hizo que se sentara. Angustias, ya más calmada, dijo:
—Rosendo...
—No hable, madre, tiene que descansar.
—Escúchame, Rosendo, es importante —insistió Angustias con voz queda—. Tu padre es una buena persona, quiere lo mejor para ti, para nosotros.
—No, no me quiere —espetó de repente Rosendo—. Está enfadado conmigo desde el día que pegué al Bonilla. Por eso no sonríe. Y por eso no me mira nunca, como hace con Narcís.
Angustias, sorprendida, esbozó una sonrisa triste:
—No, cariño, no... Pero si tenías cinco añitos, ¿cómo puede enfadarse nadie con un niño de esa edad? No, Rosendo, lo que pasa es que tu padre no soportaría tener que volver a empezar de nuevo. Se siente a gusto en Runera y no quiere por nada del mundo verse obligado a abandonar estas tierras.
—Trabajaré duro, madre —afirmó Rosendo—. Trabajaré tanto que nunca más tendremos que agachar la cabeza ante nadie, que nada nos obligará nunca a irnos de aquí.
Ella asintió.
—Ya lo haces, Rosendo, ya lo haces. Pero prométeme una cosa... —Ante el tono de su madre el chico prestó mucha atención, como si tuviera que memorizar lo que venía a continuación—. Jamás disfrutes de algo que no te hayas ganado con tu esfuerzo. Jamás, pues no te traerá más que desgracias.
8
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Casi sin darse cuenta, las semanas pasaron y llegó el invierno. Esa fría mañana Rosendo se levantó con una nueva ilusión: cuando se había ido a dormir la noche anterior estaba nevando. El manto blanco que lo cubría todo era un espectáculo fascinante. Además, ese día iría al mercado semanal de Runera. Su padre tenía otras cosas que hacer y pensó que ya tenía edad suficiente como para ir él solo a vender los huevos y el queso.
La madre le tenía preparado un hatillo con un trozo de cecina y un pedazo de pan. En el pueblo ya conocían la calidad de lo que criaban y elaboraban los Roca, así que normalmente acababan pronto. La nieve, sin embargo, podía alejar a posibles clientes. Rosendo, despreocupado, siguió disfrutando del día camino de Runera.
Acababa de llegar al mercado cuando Paco el Porras le indicó con un guiño que se acercara. Era uno de los clientes habituales: ese día no tendría problemas para colocar los huevos. Para sorpresa de Rosendo, Paco le compró también el queso.
—Cuando se pone a nevar, mejor tener la alacena llena, que luego se cortan los caminos y ¿de qué comemos, eh?
Rosendo no recordaba que Runera se hubiera quedado nunca aislada por la nieve, pero no le replicó. Si lo vendía todo de golpe, mejor para él. En casa no lo esperaban, así que ahora podría curiosear por los puestos. Aquella frenética actividad, la mezcla de olores y gritos, el vaho de los bueyes o el constante balar de las ovejas que se apiñaban en pequeños cercados despertaban en él un interés inusitado.
Enfilando el corredor principal, Rosendo giró la cabeza para observar la pericia de una mujer desplumando un laxo pollo encima de un barreño. De pronto chocó despistado contra alguien. Al mirar al frente se encontró con una muchacha de negro pelo rizado e increíblemente largo. Los o
