PRÓLOGO

la joven de diecisiete años lady Cecily Alistair cerró el puño izquierdo alrededor de una aguja de tejer y utilizó la punta para grabar en el lado de dentro de la puerta de su dormitorio una caricatura cruda y a tamaño natural de su padre. A continuación, se alejó unos pasos, descalza y en camisón, para contemplar aquel retrato regordete, cabezón y con aire estúpido hecho con arañazos marrones sobre la pintura blanca de la puerta. Podría haberle salido mucho mejor de haber tenido pintura o carboncillos, pero su padre se los había prohibido al encerrarla allí, una semana antes. También le había prohibido sus diarios, lápices, plumas y leer libros. Únicamente le había permitido tejer, una actividad que él sabía a la perfección que ella no disfrutaba, ni siquiera en el pasado.
Antes de que todo ocurriera, apenas un año atrás, lady Cecily era una hija obediente, incluso feliz, cuya única preocupación había consistido en prepararse para su presentación ante la reina, en practicar una reverencia casi hasta el suelo sin que las tres enormes plumas blancas que brotaban de forma ridícula de su peinado se movieran. Y, una vez hecho eso, presentarse en sociedad y encontrar un marido convenientemente rico y de noble cuna.
Al recordar aquellos tiempos, lady Cecily apuntó la aguja como si fuera un dardo y la arrojó con ímpetu hacia la diana imaginaria del corazón de su padre, o más bien hacia ese corazón ausente.
Aunque su mayor sueño no era presentarse en sociedad ni casarse, no habría tenido inconveniente en seguir los planes de sus padres; no fue ella quien los desbarató. Al fin y al cabo, no fue culpa suya que la hipnotizaran y, encima, la secuestraran.
Lady Cecily erró el tiro y el proyectil chocó con estrépito contra la puerta cerrada.
Frunciendo el ceño, lo recogió para intentarlo de nuevo mientras se preguntaba, y no por primera vez, cómo había podido ser tan dócil y sumisa para dejarse dominar sin reservas por… por las expectativas de su familia, sí, pero más alarmantemente por el poder de aquel villano. El carismático raptor la había mesmerizado de tal manera, que no habría llegado a escapar de no ser porque una muchacha desconocida, desgarbada y valiente llamada Enola apareció de la oscuridad y, después de rescatar a Cecily y salvarle la vida, desapareció de nuevo en la noche, como si de un fantasma se tratara.
Enola: misterio. Leído del revés y en inglés, el nombre de Enola significa «sola». Si Cenicienta tenía una hada madrina, Cecily parecía tener un hada amiga del alma bastante peculiar.
Si su vida fuera un cuento, habría regresado a casa y habría comido perdices, pero no. Papá soltó alaridos y maldiciones, pese a que no había ocurrido nada entre su hija y el raptor, excepto que este último la había matado de hambre, la había obligado a trabajar hasta la extenuación y, ah, por cierto, había intentado asesinarla. Sin embargo, para su padre —y para la mayor parte de la sociedad—, aquello constituía un escándalo y ella, Cecily, la víctima, había pasado a ser mercancía matrimonial mancillada, sucia, malograda. Ya no podría hacer su presentación en la corte, ni debutar en sociedad ni atraer a un marido aristócrata.
Su padre ni siquiera le dio tiempo de recuperarse de la terrible experiencia: la entregó a sus odiosas tías para que la casaran, a la fuerza, con un primo suyo que parecía un sapo. Faltó poco para que su querido padre la vendiera en matrimonio como si fuera una esclava. Pero ella se las arregló, en un encuentro casual y afortunado en unos baños públicos, para pasarle disimuladamente un mensaje en clave a Enola, pese a las pocas esperanzas de que pudiera rescatarla. En la mañana de las nupcias, Cecily estaba tan débil a causa del hambre y el maltrato a la que la sometían que se habría dejado arrastrar hasta el altar como si fuera una muñeca de trapo. Hubiese acabado encadenada por ley a un esposo aborrecible de no ser por Enola.
Enola, que apareció en el último momento como una heroína estatuaria o, al menos, como una de bastante estatura. Cecily descubrió mucho más sobre Enola aquel día, puesto que Enola le encomendó la custodia de Cecily a su hermano, ¡quien resultó ser el gran detective Sherlock Holmes! Por tanto, Enola era Enola Holmes, aunque a Cecily más bien le parecía… En efecto, sin saber cómo, Enola se había convertido en su mejor amiga, pese a que solo se habían visto en dos ocasiones, en los pasados meses de enero y marzo. Bueno, en tres si incluía un breve encuentro en el que no intercambiaron palabra en los Baños Públicos para Damas de Londres.
Sherlock Holmes fue el encargado de devolver a Cecily a la seguridad de los brazos de su madre y después, durante un tiempo, pareció que todo iría bien. Sin embargo, papá las encontró al poco tiempo, las obligó a regresar y encerró a Cecily en su habitación, anunciando su intención de casarla con quien fuera, como fuera y a la primera oportunidad. No solo la había castigado privándola de sus libros y cualquier otro placer artístico, sino que, para prevenir la más remota posibilidad de fuga, la había dejado sin sus prendas de vestir.
Y esa era la razón por la que, en una tarde soleada de octubre, no tenía otra cosa que ponerse que un camisón, ni nada mejor que hacer que retratar a su padre gordo y grande a rasponazos sobre la puerta cerrada.
Cecily volvió a cerrar el puño alrededor de la aguja de tejer. Y en lugar de apuntar y lanzarla contra su diana, fue derecha hacia la puerta y clavó la punta en la madera. Desafiante, apuñaló la efigie del baronet sir Eustace Alistair con la mano izquierda, esa que le prohibían usar.
1
Octubre, 1889
al apearme del carruaje aquel soleado día de octubre, me inundó una extraordinaria sensación de bienestar. La imprenta acababa de enviar mis nuevas tarjetas de visita, y en ellas figuraba mi nombre: Enola Holmes. Ataviada con mi recién estrenada chaqueta polonesa de color rojo cereza, me dirigía a visitar a mi mejor amiga, y teníamos mucho de que hablar. Habían sucedido incontables acontecimientos desde la última vez que la había visto, hacía varios meses.
Lo primero y más importante, que ya no huía de mis dos hermanos mayores, Sherlock y Mycroft Holmes. Desde aquel fatídico día de julio en que mi madre desapareció, aproximadamente un año atrás, habían tratado por todos los medios de hacerse cargo de mí, de enviarme a un internado para jóvenes damas, etcétera, y yo me había dedicado a escapar de ellos. Sin embargo, y gracias a mis correrías —en realidad golpes maestros— de por aquel entonces, se reconciliaron conmigo y acordamos que yo, ¡Enola Eudoria Hadassah Holmes!, era lo suficientemente capaz de cuidar de mí misma y de vivir sola, pese a que aún no contaba con la edad legal para hacerlo.
Igualmente, los tres también nos enteramos a la vez del paradero de nuestra madre. En una carta de lo más esclarecedora, nos transmitía que en aquel momento había fallecido, que había sabido que no le quedaba mucho tiempo y que había decidido pasar sus últimos días en paz, fuera de las garras de los dictados de la sociedad. Descansaba en una tumba sin nombre y nos encomiaba a que no guardáramos ningún luto ridículo y ritualista por ella.
Como consecuencia de todo esto —reconciliarme con mis hermanos al mismo tiempo que perdía a mi madre—, me había permitido tomarme un respiro, por así decirlo, en mi vida joven pero no por ello exenta de incidentes. En aquel momento me alojaba en una habitación del Club para Mujeres Profesionales, donde incluso mi hermano Mycroft se veía obligado a admitir que estaba sana y salva, puesto que en sus instalaciones no se les permitía la entrada a los hombres. Y también había postergado mi actividad como «perditoriana científica», la que encuentra aquello que se pierde, para un futuro. Como mis días ya no trascurrían en el despacho del «doctor Ragostin», asistía a las clases de la Academia para Mujeres de Londres, donde en particular disfrutaba de los retos que me planteaban el álgebra, la geometría y la filosofía natural. Es más, disfrutaba de socializar —o tal vez debería llamarlo «fraternizar»—, con mis hermanos, en especial con Sherlock. Conocerlo mejor resultaba una actividad de lo más interesante.
En último lugar, también me divertía yendo de compras. ¡Era maravilloso que la figura del reloj de arena hubiese pasado por fin de moda! Justo cuando ya no necesitaba ni los reguladores de caderas ni los aumentadores de busto para esconderme de mis hermanos, ¡dejaron de ser inevitables! Aquel día en particular, había recorrido las tiendas de ropa de Londres con mis nuevas amigas Tish y Flossie, había comprado un atuendo muy moderno que no me disfrazaba más que de mí misma y mi delgadez, y en aquel preciso momento, lo único que deseaba era reencontrarme con mi querida mejor amiga, lady Cecily Alistair, para ver mi dicha colmada.
Sí, así era: de algún modo se había convertido en mi mejor amiga pese a que solo la había visto en dos ocasiones, en los pasados meses de enero y marzo… Bueno, en tres, si nos empeñábamos en incluir el encuentro en los baños.
Tras zigzaguear por el lujoso caminito de acceso enladrillado de los Alistair, llamé a la aldaba con unos alegres golpecitos.
Después de lo que me pareció una eternidad, el impasible mayordomo de siempre abrió la puerta principal.
—¿Está lady Cecily en casa? —le pregunté sin rodeos, tendiéndole mi tarjeta.
—La ilustre lady Cecily no recibe visitas —respondió, empezando a cerrar la puerta.
—¡Espere!
Dando un paso adelante, puse un pie dentro de la mansión para evitar que la cerrara. Estaba segura de que Cecily no desearía perderse mi visita, ni aunque estuviese durmiendo la siesta.
—Llévele mi tarjeta y ya veremos.
Sin embargo, el mayordomo permaneció inmóvil, y ni siquiera hizo ademán de tenderme la bandeja.
—La ilustre lady Cecily no recibe visitas —repitió en tono inflexible.
Y aunque el sol seguía brillando —algo poco habitual en Londres, especialmente en otoño—, sentí un lúgubre escalofrío. ¿Qué estaba ocurriendo con lady Cecily? Siendo zurda de nacimiento, una desgracia en la clase alta, lady Cecily había recibido una educación incluso más draconiana que el resto de las chicas como ella, que pretendía moldearla para convertirla en un adorno social dócil, recatado y diestro. Sin embargo, ella, en secreto, se había rebelado dibujando con atrevimiento unos bocetos al carboncillo con su mano izquierda y había llegado a desarrollar dos caligrafías por completo diferentes. Y dos personalidades: una dulce y femenina; y la otra, de reformadora social. ¿Tal vez había comentado sus opiniones con sus padres? ¿Se había metido en problemas por ello? ¿O había algo más siniestro en el asunto? Ya había sido para mí una triste sorpresa cuando me enteré de que su madre se había reconciliado con su marido y había regresado a Londres. ¿Podría ser que «reconciliar» no fuera el término más adecuado para describir los acontecimientos?
—En ese caso, me gustaría hablar con lady Theodora—dije al impasible mayordomo, tendiéndole de nuevo la tarjeta.
De nuevo, la ignoró.
—Su Excelencia no recibe visitas.
¿Cómo? ¿Que lady Theodora no recibía? Algo andaba mal.
—¡Por las barbas de Neptuno! —exclamé, furiosa—. Sabe perfectamente que a mí me verá. ¿Es que no se acuerda de mí? —Me encorvé un poco, bajé los hombros y la cabeza, miré hacia el suelo, adopté la voz de un gorrión amaestrado y me convertí en la «señora Ragostin», que había trabado amistad con lady Theodora en un periodo difícil—. ¿De verdad no me recuerda? —pregunté de nuevo en tono cantarín antes de enderezarme de nuevo para fulminar con la mirada al mayordomo desde debajo del ala de mi canotier—. ¿Y bien? —espeté.
Mi interpretación debió de impresionarlo, porque su fachada tallada en mármol se resquebrajó y su actitud se desmoronó.
—Señorita, ejem, Ragostin. Señora, quiero decir… Ruego me disculpe, pero sir Eustace ha dado órdenes estrictas de que no deje entrar a nadie… —El anterior tono firme se había esfumado—. Solo con rozar su tarjeta, señora, podría perder mi puesto de trabajo.
—¡Órdenes de sir Eustace! —repetí horrorizada, llevándome las manos enguantadas a la boca.
Todo lo que había llegado a mis oídos sobre el padre de lady Cecily no eran elogios, sino más bien comentarios deplorables.
El pobre mayordomo se encogió de miedo.
—Oh, no, señora, no quise decir que…
Pero no esperé a oír qué no quería decir. Confundida y alarmada, di media vuelta, descendí la escalinata y me encaminé en dirección a la calle, donde me esperaba un carruaje.
Desde su posición elevada, el conductor se tomó la poco habitual libertad de expresar su preocupación.
—¿Cambio de planes, señorita Enola?
Era uno de mis favoritos porque una vez me había alquilado su carruaje y su sumamente capaz caballo, Brownie, y lo había convertido en mi conductor habitual.
—Todo un cambio, Harold —respondí. Se hacía llamar «Harry», pero yo lo llamaba Harold—. Por favor, llévame a casa.
Ante aquella conversación, el mayordomo de los Alistair, si estaba escuchando, seguramente concluyó que había logrado librarse de mí. De ser así, se equivocaba por completo. Tenía el firme propósito de ver a lady Cecily y hablar con ella, costara lo que costara, antes de acabar el día.
Sentada en el interior del carruaje, me alisé la falda estrecha y tan a la moda que llevaba y lancé un suspiro. Mi atuendo no tenía bolsillos; solo un cuello abrochado hasta arriba en el que almacenaba algunas provisiones para contingencias. ¡Jamás habría imaginado que iba a echar de menos las sobrefaldas, polisones, crinolinas y todo el espacio de almacenamiento que ocultaban! Tendría que inventarme nuevos escondites para mis actividades detectivescas.
Una vez en casa, en el Club para Mujeres Profesionales, no fui directamente a retirarme a los aposentos en los que me alojaba en la primera planta. En lugar de eso, me desabroché la polonesa, me quité el sombrero y, balanceándolo de las tiras con despreocupación, crucé la sala de lectura y la biblioteca, sonriendo a las mujeres que alzaban la vista a mi paso. Hay que entender que esto era el primer club de Londres, y tal vez del mundo entero, exclusivo para mujeres. Una vez sanas y salvas en el interior de aquella ciudadela, podíamos relajarnos sin temer a los depredadores masculinos o a protocolos impuestos por la sociedad; mis compañeras me devolvieron la sonrisa, incluso si jamás nos habían presentado.
Como no conseguía localizar a la persona que estaba buscando, continué asintiendo con la cabeza hacia las mujeres que reconocía, pasando por el salón de té, con su delicado mobiliario de estilo japonés, después por la sala de juegos, hasta llegar a un alegre saloncito tapizado de chintz. Allí estaba, en pie junto a una ventana: una mujer alta y de cierta edad que me había llamado la atención desde el primer momento.
Su manera de vestir no le hubiese permitido pasar desapercibida en ningún ambiente: un ligero vestido de color amarillo girasol que seguía los cánones de la moda estética la envolvía desde los hombros hasta las zapatillas y su larga melena cana flotaba suelta por la espalda. Ignoraba cómo se llamaba, pero deseaba conocerla porque la había oído mencionar a mi madre en sus charlas con sus amigas, todas ellas sumamente cultas.
Había conocido a mamá.
Así que yo quería conocerla a ella, aunque sin revelarle aún quién era, porque si le refería mi apellido, me vería obligada a contarle que mamá había f
