1
Era un mal sitio para enamorarse.
En una finca llamada Hidden Beach, un castillo de madera en la cima de un risco monstruoso. Era un lugar repleto de
barbacoas, protector solar, guitarras acústicas y zambullidas a medianoche.
Pintura al óleo, escaramujos intrusivos. Perros hambrientos.
Dibujos sobre la piel, mentiras atroces y
tardes interminables junto a la orilla del mar.
Los tres chicos que vivían en el castillo cumplían unas normas extrañas, se valían por sí mismos y orbitaban los unos alrededor de los otros, manteniendo sus secretos confinados en una torre. Eran prisioneros en un paraíso infinito.
Había algo podrido allí, como un cuenco de frutos del bosque que se han estropeado al sol.
Yo era una chica de dieciocho años, una taza de té fría, una indeseada.
Tenía un arsenal de armas.
Fui la que trajo la locura.
Cuando mi padre empezó a construir el castillo en lo alto del risco, sus amigos se desplazaron para ir a visitarlo. Se alojaron en torres y edificios anexos a medio construir. Incluso en tiendas de campaña en el jardín. Cocinaban almejas en unas hogueras que encendían en la playa y por las mañanas se zambullían entre las olas del océano cuando tenían resaca. La idea era vivir apartados del resto del mundo, libres de obligaciones y creencias convencionales.
Algunos de esos amigos se quedaron durante años. Emprendieron una vida en las torres y en la casita de la piscina. Tocaron la guitarra, escribieron poesía, sacaron fotos y tejieron tapices. Tomaron drogas y criaron hijos.
Y posaron como modelos para mi padre. Se pasaba los días con el pincel en la mano, plasmando los rostros y cuerpos de sus amigos, el frenesí del mar que se extendía ante sus pies.
Pero eso ya se acabó.
2
Me llamo Matilda Avalon Klein. Soy la única hija de Isadora Hirschel Klein.
Mi madre se fue de casa cuando era muy joven. Sus padres le decían que era una inútil y ella no estaba de acuerdo. Apenas les dirigió la palabra mientras estaban vivos. Prefirió guardar las distancias, y ahora ellos ya no están.
Mi madre y yo siempre hemos sido una familia de dos.
Si le preguntaba por mi padre, Isadora me decía que estábamos mejor sin él y no daba más explicaciones. Los detalles no tenían importancia.
Hasta que, en mitad del verano, tras haberme graduado en el instituto, mi padre se presenta por email:
Matilda:
Soy Kingsley Cello. Soy un artista. Soy tu padre.
Sé que nunca he formado parte de tu vida, pero me gustaría cambiar eso.
Tengo un cuadro que me gustaría regalarte. Por favor, ven a visitarme a Hidden Beach.
Ni siquiera conocía el nombre de mi padre hasta hoy. Y tal vez debería odiar a ese tal Kingsley por no haber estado nunca presente, por lo que quiera que le hiciese a Isadora. Pero en vez de eso, ese mensaje acartonado ha hecho que el mundo empiece a vibrar.
Piénsalo de este modo: has desbloqueado un nivel secreto en un videojuego que ni te imaginabas que existía. Es una invitación para avanzar en una dirección inesperada. Hoy me han invitado a una cala oculta. Allí me está esperando el padre al que nunca he conocido.
Cuando lo busco en internet, me doy cuenta de que el nivel que he desbloqueado es inmenso. Kingsley Cello es tan famoso como puede llegar a serlo un pintor vivo. Hay cientos de entradas: artículos en revistas de arte con nombres sofisticados y reseñas de exposiciones en solitario en museos de primera categoría.
Estas son las preguntas que muestra el motor de búsqueda cuando introduzco su nombre:
¿Por qué es famoso Kingsley Cello? Cuadros neoclásicos controvertidos. (No tengo ni idea de lo que significa eso.)
¿Por qué es importante Kingsley Cello? La visión oscura del pintor y sus interpretaciones de los cuentos de hadas han influido a muchos otros artistas.
¿Qué escándalo está relacionado con Kingsley Cello? En una exposición de 2012 en el Museo Whitney, un cuadro de Cello extremadamente violento, Príncipe de Dinamarca, enfureció a los críticos.
¿Dónde vive Kingsley Cello? El artista ermitaño no ha revelado su lugar de residencia.
Busco «valor en dólares de los cuadros de Kingsley Cello».
Se cotizan a una media de dos millones de dólares.
3
Escribo a mi madre: He recibido un email de Kingsley Cello.
Ella me responde enseguida: Hm.
Espero, pero no escribe nada más. Hm ¿qué?, pregunto al cabo de un rato.
No es trigo limpio.
¿En qué sentido?, inquiero.
No lo es y punto. ¿Por qué te ha escrito?
¿Cómo es?
Extraño, responde. Obsesivo. Atormentado.
Es mi padre, le replico.
No hay respuesta de Isadora.
¿Es mi padre?, pregunto. Él dice que sí.
No responde.
HOLA ES MI PADRE PORQUE ÉL DICE QUE SÍ.
Espera, me escribe. Estoy en la frutería.
ME DA IGUAL LA FRUTA ESCRIBE SÍ O NO.
Sí. Después añade otro mensaje: Pensaba que me había perdido la pista. Y otro: ¿Ha preguntado por mí?
Paso de ella y leo algunas cosas más sobre Kingsley en internet. Los artículos de las revistas de arte están llenos de frases como «una imaginación de lo más sórdida» y «el enfant terrible del neoclasicismo del siglo XXI». Según la Wikipedia, Cello irrumpió en el mundo del arte cuando tenía veintitantos años. (A cada entrevistador le da una fecha de nacimiento distinta.) Nunca admite haber asistido a alguna escuela de arte y la primera vez que llamó la atención fue con una exposición temporal en Nueva York, en una nave que alquiló para él un mecenas anónimo.
Sus primeros cuadros fueron considerados audaces. Salen mujeres (y algún que otro hombre) riendo. Algunas figuras aparecen en bañeras o duchas. Otras están viendo la televisión, preparando la cena o realizando alguna otra actividad mundana. Todos sus modelos aparecen desnudos.
Los artículos describen su ascenso a la fama hasta ser el ojito derecho de los críticos, aunque más tarde se convirtió en una figura controvertida. Empezó a trabajar con referencias a la literatura clásica y los cuentos de hadas. Algunas personas dicen que Kingsley «erotiza el sufrimiento», mientras que otros opinan que su trabajo es «pueril e innecesariamente violento».
Nunca invita a los periodistas a su estudio y por lo visto realiza todas sus entrevistas sentado en el banco de un parque en diferentes ciudades, ingeniándoselas casi siempre para no revelar gran cosa de sí mismo. Dice que es estadounidense, pero que se crio en Italia con una abuela estricta y autoritaria. También dice que creció en un pueblo de mala muerte del Medio Oeste.
Y que pasó su juventud en un sanatorio sueco para tuberculosos.
Y que lo criaron unos pescadores gais en Alaska.
Busco algunos de sus cuadros más famosos. Mares turbulentos, bosques quemados, monstruos desnudos, personas con atuendos contemporáneos enfrentándose a criaturas de los cuentos de hadas, castillos desmoronándose, animales transformándose en personas. Resultan hermosos y perturbadores al mismo tiempo.
Entonces me encuentro con un retrato de mi madre.
4
Perséfone escapa del inframundo muestra
un castillo construido en piedra.
Está ardiendo.
Da igual que la piedra no arda. Aquí lo hace de todos modos.
De las ventanas más altas emerge un humo negro.
El puente levadizo también está en llamas.
Kingsley ha pintado a Isadora Hirschel Klein
como Perséfone, esposa de Hades.
En la mitología griega, Hades era el señor del inframundo. Pero Perséfone no quería vivir ahí abajo con él. Quería respirar un aire distinto.
Mi madre lleva puesto un camisón blanco con un
tejido transparente.
La vemos a través de una
nube de humo que se expande hacia el frente.
Está encogida a causa del cansancio, pero su rostro se ilumina con un gesto risueño, como si estuviera maravillada de su propia
huida.
El móvil suena en mi mano y me sobresalto.
Mi madre no me llama casi nunca. Vive en Ciudad de México.
—¿Por qué eres la reina del inframundo que huye medio desnuda? —inquiero sin decir ni hola.
—¿Qué quería Kingsley? —contraataca.
—Me ha invitado a hacerle una visita. Quiere regalarme un cuadro.
—¿Regalarte un cuadro? Uf, pues valen una millonada.
—No pienso venderlo, así que me da igual.
—¿Por qué no? Claro que deberías venderlo.
—Porque sería lo único en el mundo que tengo de mi padre. ¿Le diste tú mi correo?
—No he vuelto a tener noticias suyas desde antes de que tú nacieras.
—Hm.
—En serio.
—Entonces, ¿cómo es posible que exista ese cuadro donde eres Perséfone? —inquiero.
—Posé para él —responde—. Cuando estaba en la universidad.
—Pero es una obra de arte famosa, ¿no? Eso dicen en internet.
—Ya.
—¿Y nunca me lo has contado? ¿Ni lo has mencionado delante de mí?
—Ni siquiera quería que supieras que era tu padre. No me gusta hablar de Kingsley Cello. Ya sabes que nuestra familia somos solo las dos.
No me puedo creer que haya dicho «solo las dos» cuando vive en México y yo en Los Ángeles, pero no quiero discutir con ella. Ya ha tomado su decisión.
—Está en el Museo de Arte de San Luis —añado.
—Lo sé. Oye, no creo que debas ir a visitarlo. Es una persona complicada. ¿Te va a enviar un billete de avión?
—No. Puede ser. No lo creo.
—¿Cómo te ha localizado?
—Eso te lo he preguntado a ti. Pero mi correo es MatildaAvalonKlein@gmail. Supongo que lo habrá deducido.
Mi madre chasquea la lengua.
—Tú no eres un juguete al que puede recurrir cuando se aburre.
—No seas así. ¿Me lo vas a contar o no?
—¿El qué?
—Lo que pasó entre Kingsley y tú.
5
Isadora tenía diecinueve años cuando conoció a mi padre. Él tenía cuarenta y tres. O puede que incluso más. No está segura.
Ella estudiaba en la Universidad de Fordham, en Nueva York. Ganaba algo de dinero posando como modelo en una escuela de arte llamada Cooper Union, en pleno casco urbano. Kingsley era amigo de un profesor de dibujo. Una tarde, se presentó al final de la clase. Los estudiantes se agolparon alrededor de aquel pintor famoso, acribillándolo a preguntas, deseosos de bañarse en su luz.
Kingsley no vio desnuda a mi madre, pero sí vio quince retratos suyos repartidos por el aula, en diversas etapas de culminación. Mientras ella se ponía el abrigo, Kingsley le dijo que podría convertirla en un «cuadro de verdad», si estaba dispuesta.
Y lo estaba. Isadora me cuenta que lo hizo porque estaba sin blanca. Pero yo creo que le gustaba la idea de que la inmortalizase, le gustaba pensar que era digna de la atención de ese gran hombre. Su belleza interesaba a un pintor que se había hecho famoso especializándose en la belleza.
Isadora acudió a su estudio, que estaba instalado en una nave en Brooklyn. El piso de arriba era un apartamento diáfano donde Kingsley vivía sumido en un esplendor caótico. Isadora pensó que le pagaría por el posado, pero nunca hablaron de dinero. En vez de eso, se mudó allí con él durante tres meses y compartieron cama. Se enteró de que estaba embarazada varios días después de que Kingsley le dijese que recogiera sus cosas.
Añade varias llamadas de teléfono subidas de tono, discusiones furibundas y la revelación de que Kingsley se estaba viendo con otra mujer. Se negó a ayudarla con el embarazo o con el bebé, y antes de que yo naciese siquiera, él había desaparecido de ese loft en Williamsburg.
Fue imposible localizarlo. Isadora no volvió a tener noticias suyas. Envió una tarjeta para anunciar el nacimiento a su antigua dirección.
Luego volvió a mudarse con sus padres durante una temporada, pero los Klein le dijeron que era una tarambana perezosa y sin estudios que no estaba hecha para ser madre, así que Isadora se fue a vivir con otra madre soltera y compartieron los cuidados de los niños. Poco después conoció a otro artista, esta vez un escultor. Nos mudamos a Santa Fe para irnos a vivir con él.
Más tarde, mi madre se enteró de que el retrato que le hizo Kingsley, Perséfone escapa del inframundo, se había vendido por más de cuatro millones de dólares a un coleccionista privado que lo acabó donando a ese museo de San Luis. Ahora lo utilizan para anunciar su colección de arte del siglo XXI.
Isadora nunca vio ni un céntimo por ese cuadro.
6
No he explicado por qué ya no vivo con mi madre. Se debe a que es una musa. O quizá, podría decirse, una grupi. Esa es su vocación.
Sí, Isadora preparaba galletas, me enseñó a nadar y me llevaba a las revisiones médicas.
Me arropaba en la cama y me llevaba en coche al colegio.
Pero en el fondo no le gusta ser madre.
A sus treinta y ocho años, Isadora parece una ninfa de los bosques: terrenal, indómita y con un aura mágica. Es menuda, con facciones marcadas y una maraña de rizos negros. Nos parecemos, si nos describes tan solo como mujeres de un metro cincuenta y siete con ojos grandes y una mata generosa de pelo oscuro.
Pero Isadora tiene un aspecto novelesco. Los hombres creativos a los que les gusta sentirse fuertes y vitales la adoran. Y el sentimiento es mutuo.
Posee una habilidad notable para encandilar a personas que son más sofisticadas o instruidas que ella. Nunca actúa con remilgos, jamás se disculpa y siempre se deja llevar por sus impulsos. Para ella, todos sus caprichos son válidos. Se antepone a sí misma a todo lo demás, porque nadie le concedió esa prioridad cuando era joven.
La admiro por todo eso, pero se me eriza la piel al ver cómo reluce bajo el fulgor de la aprobación de un nuevo hombre.
Durante mi infancia, Isadora fue musa (o amante, o compañera) de una larga lista de artistas masculinos, de los cuales mi padre parece haber sido el primero. Es el único al que no conocí. Hasta que cumplí tres años, vivimos en un estudio de arte en Santa Fe con ese escultor. Yo dormía en un colchón en el suelo, rodeada de plantas de aloe vera.
Entonces Isadora dejó al escultor por un videoartista que estaba haciendo un documental sobre gente que decoraba sus coches. Vivimos con él hasta que encontró a otro. Y luego a otro más.
Cuando tenía seis años, Isadora preparó dos pequeñas maletas y nos llevó a Roma. Allí fue la amante de un famoso artista conceptual. Vivimos con él en una villa alquilada. Yo cenaba espaguetis todas las noches y dormía debajo de un dosel.
Unos meses después, cuando empezaba a entender el italiano, el artista nos abandonó. Isadora y yo nos despertamos una mañana y vimos que estábamos solas. Su novio y su séquito se habían largado en mitad de la noche. Sin dejar ningún mensaje.
Mi madre no tenía dinero, ni permiso de trabajo, ni crédito en la tarjeta. Sobrevivimos con lo que quedaba en la nevera mientras el propietario de la villa intentaba echarnos. Aguantamos allí varias semanas. Nos alimentamos a base de pepinillos y panecillos rancios.
Al final nos rescataron porque Isadora se puso su vestido más bonito y se fue a la inauguración de una galería, donde conoció a un ceramista entrado en años cuya obra se exponía en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Era inglés y nos llevó sin perder un segundo a una cabaña con el techo de paja que poseía en su país natal. Vivimos con él hasta que Isadora se arrejuntó con un cantante y compositor que estaba pegando fuerte en el circuito de la música folk.
Un año después, estábamos viviendo con su rival.
Vivimos con (deja que los cuente) siete hombres más, y yo pasé por otros tantos colegios o escuelas a distancia. En un momento dado, Isadora me compró una videoconsola portátil. Y más tarde, un iPhone. Aunque estaba limitada a pantallas pequeñas, los videojuegos se convirtieron en lo más importante para mí, supongo que igual que los libros son la sal de la vida para los lectores. Los videojuegos eran amigos con los que podía contar. Podía evadirme en sus mundos e historias, pero lo más importante era la sensación de estar en movimiento: surfeando vagones de metro o corriendo por un templo. La emoción de resolver un puzle. El desahogo de derrotar a los enemigos. El entusiasmo de ser buena en algo.
Saar Adler es el penúltimo novio de mi madre. Cuando lo conocimos, Isadora tenía treinta y cinco años y yo quince. Saar había ganado un Oscar a los veintisiete años con un papel secundario, donde interpretaba a un gánster nervioso y cargado de ansiedad en una película que hacía gala de una fotografía oscura y una violencia brutal. Pero, después de eso, no se convirtió en una estrella. No es el típico actor guapete. Es bajito y un poco peludo, un tipo blanco con barba de dos días y semblante alicaído. Acabó interpretando papeles menores: criminales y esbirros, sobre todo. Se casó y luego se divorció. Sin hijos.
Tres años antes de que lo conociéramos, Saar fue contratado en el último momento para una serie de la tele, sustituyendo a un actor protagonista que se lesionó durante el segundo día de rodaje. Cuando Alto secreto se convirtió en un éxito, Saar se encontró con unos ingresos regulares a sus cuarenta años. Interpreta a un criminal de poca monta reconvertido en agente de élite de la CIA, y su trabajo le ha permitido comprarse un buen coche y un bungaló de dos dormitorios en Venice Beach, California. El bungaló es pequeño, pero se reformó hace poco y cuenta con una pequeña piscina privada.
Según mi madre, Saar era otra clase de artista. Había estudiado en Juilliard. Había ganado ese Oscar. Ella pensaba que esa serie de la tele no estaba a la altura de su talento y que pronto se convertiría en una estrella del celuloide de proporciones bíblicas. Pero Saar estaba satisfecho en su bungaló de dos dormitorios. Después de haber tenido tan poco trabajo como actor durante tantos años, se sentía muy afortunado de contar con esa serie continuada. No era un tipo agresivo ni obstinado, como su personaje. Tenía ansiedad, que se trataba con medicación y una sesión semanal de terapia. Por las mañanas hacía ejercicio durante noventa minutos. Por las tardes memorizaba sus diálogos. Los fines de semana se levantaba tarde, preparaba tortillas vegetales, jugaba a la consola y salía a cenar con sus amigos.
Eso era todo. Saar no se dejaba llevar demasiado por la pulsión creativa. No era un visionario misterioso, ni una sensación internacional, ni un enfant terrible del neoclasicismo del siglo XX. Era un actor de televisión que estaba satisfecho con echar raíces en la soleada California con su chica y la hija de ella.
Una noche, Saar se marchó temprano de una fiesta. A menudo tenía que levantarse a las cinco de la mañana para hacer sus ejercicios antes de trabajar. Mi madre se quedó.
En la fiesta había un escultor estadounidense que vivía en Ciudad de México. Aquella noche, Isadora se quedó a dormir con el escultor en su hotel, y una semana más tarde recibió la invitación de acompañarlo a México y asentarse allí con él.
La misma historia de siempre. La única diferencia era que esta vez yo acababa de cumplir los dieciocho. Estaba en el último año del instituto y era una mujer adulta desde el punto de vista legal.
Me negué a ir con ella. Me había echado un novio, Luca, que traía consigo un grupo de amigos que me caían muy bien: gente interesante y dicharachera que organizaba fiestas y tocaba en bandas. Luca soñaba con dirigir películas explosivas y provocadoras, como Robert Rodriguez y Quentin Tarantino. Su risita ronca, cuando se le ocurría algo gracioso, me producía mariposas en el estómago de lo dulce que era. Cuando me preguntó por primera vez si podía besarme, se mordió el labio y miró al suelo como si creyera que le iba a decir que no. Pero por supuesto que lo besé.
Después de eso, Luca y Matilda se sumieron en el placer de
hacerse reír el uno al otro,
recorrer la autopista en su coche y
perder el hilo de lo que dijeran los profesores en las asambleas,
tan embebidos como estábamos en el roce
de la piel del otro,
palma sobre palma.
Sentí que podía estar enamorada de él. Y él de mí. No estaba segura, pero quería averiguarlo.
Me pareció importante comprobar lo que podía suceder entre los dos.
Además, me estaba postulando a varias universidades que ofrecían cursos para el diseño de videojuegos y quería visitar algunas de ellas. Mudarme a Ciudad de México con Isadora lo habría hecho imposible.
Saar me dijo que podía quedarme a vivir con él mientras terminaba mi último curso en el instituto. Le gustaba tener a una joven cerca, ya que no tenía hijos propios. Y a mí me gustaba vivir en su casa. Era majo. Tenía la piscina privada, una nevera llena de comida y esa consola tan molona.
Así que mi madre se marchó.
7
Aquello sucedió en noviembre. Cuando Isadora se fue, sentí una oleada de ira hacia ella. Hacia nuestra forma de vida. Me invadió una rabia homicida por haber tenido esa infancia itinerante,
por no ser tan importante para Isadora como para que quisiera quedarse,
por los patrones que seguían repitiéndose, como si no hubiera manera de frenarlos.
Saar se quedó hecho polvo. Bebía los vientos por Isadora e imaginaba que se había convertido en un puerto seguro para esa mujer mágica e indómita. Pensó que se acabarían casando. Cuando se marchó de esa cena, Saar le dio un beso de buenas noches, feliz y confiado, sin el menor indicio de que su cariño se agotaría por la mañana.
Ahora traía a casa tartas de chocolate inmensas y se comía una porción bien grande todas las noches, después de cenar, a pesar de que seguía una dieta muy estricta. Se sentaba en el sofá a jugar a la consola, sin afeitar y vestido con unos pantalones de chándal de Juilliard muy feos y raídos.
Aun así, no bebía demasiado. Tampoco tomaba drogas. Nunca se saltaba sus noventa minutos de ejercicio. Entre semana, iba a trabajar todos los días. Memorizaba sus diálogos y me preguntaba qué alimentos quería incluir en la lista de la compra.
Saar era una persona muy responsable.
Isadora nunca preguntó por él, aunque me escribía a menudo. Me contaba que seguramente siempre había estado destinada a vivir en Ciudad de México. ¡Por primera vez me siento viva!, aseguró. También me llamaba de vez en cuando, pero no con regularidad. Casi siempre lo hacía cuando estaba en clase y no podía responder.
Cada semana que transcurrió desde su marcha, sentí que conocía menos a mi madre. Iba a bordo de un barco que se adentraba en el océano a toda velocidad. Estaba desapareciendo, haciéndose cada vez más y más pequeña.
Dentro de poco ya no podría verla.
Durante las vacaciones de invierno, celebré Hanukkah con la familia de Saar en un pequeño pueblo de Oregón. Él pagó los billetes de avión. A finales de enero, ya había redactado todas mis cartas de presentación para la universidad y entregado mis solicitudes.
Por las noches, Saar y yo cenábamos delante de su enorme pantalla. La comida consistía más que nada en proteínas magras y ensalada, y los juegos acostumbraban a ser en primera persona y violentos (aunque no siempre): Grand Theft Auto, Luigi’s Mansion, Arkham City, Red Dead Redemption. Más o menos cuando nos pasamos el Luigi’s Mansion, Saar empezó a salir con mujeres otra vez. Primero quedó con Nicki, una maquilladora profesional. Después llegó Serena, que imparte clases de escritura creativa en UCLA.
En abril, me admitieron en la Universidad de California en Irvine. Ofrece matrículas asequibles para los residentes en el estado y un programa especializado en diseño de videojuegos. Saar me compró una sudadera con el logo de la universidad y me ayudó a presentar la solicitud para la residencia de estudiantes. Rellené los formularios para pedir una beca, alegando que ya no vivía con ningún progenitor, y encontré trabajo atendiendo la barra en una cafetería. Tengo previsto trabajar allí a jornada completa hasta que empiecen las clases.
Me las apaño.
Estoy bien.
Me siento furiosa y abandonada, pero también soy una persona responsable.
Cumplo con mis tareas, vacío el lavaplatos e intento actuar como una mujer adulta, aunque me sienta como una niña perdida.
Entonces Luca rompe conmigo.
8
Estamos montados en su coche, de camino a una fiesta. Luca va conduciendo y yo estoy hablando de un juego que acabo de empezar, titulado Killer Odyssey. Le cuento mi opinión y las cosas que habría cambiado si lo hubiera creado yo. Me gusta el diseño de sonido. Estoy intentando determinar qué hace que un paisaje sonoro resulte efectivo para un juego, porque la música no es lo único que importa. También cuentan los efectos de sonido, los golpes, el silbido de un arma al surcar el aire.
Saco mi cuaderno de apuntes de la mochila. Es un cuaderno con papel cuadriculado donde anoto ideas y bosquejo niveles. Hablo mientras dibujo, con los pies apoyados en el salpicadero.
—En lugar de que Ulises mate al Cíclope clavándole una espada en el ojo, que es la manera de superar el nivel —le explico—, estaría guay que pudieras sacarle el ojo de cuajo al monstruo y después utilizarlo como herramienta. El ojo podría permitirte ver al otro lado de una esquina, por ejemplo. O podrías arrojarlo al aire para obtener una panorámica del mapa del juego que no podrías conseguir de ninguna otra manera. Para localizar atajos y cosas así. O quizá podría ser un ojo explosivo, o contener un gas venenoso. ¿Qué te parecería utilizar un ojo como arma? En plan, imagínate que es un globo ocular gigantesco.
Mientras hablo, dibujo armas con forma de ojo en mi cuaderno, y la respuesta de Luca es un gruñido que yo creo que es de admiración, cuando me doy cuenta de que ha aparcado el coche. Me giro para mirarlo.
—¿Ya hemos llegado?
—¿Tú te escuchas cuando hablas, Matilda?
—¿Eh?
Sinceramente, creo que va a decirme lo lista que soy.
—Eres... eres muy intensa.
—Ya. Pero eso es lo que te gusta de mí.
Lo digo con confianza, pero estoy empezando a hundirme por dentro.
Luca suspira. Tamborilea sobre el volante con esas manos fuertes y bonitas.
—Deberíamos dejarlo.
—¿Qué?
—Es que eres un poco obsesiva —añade. La luz de las farolas traza la silueta de su perfil. Parece muy factible que deje de hablar de un momento a otro y me sujete la nuca para presionar sus labios carnosos sobre los míos—. Con los videojuegos. Con el cabreo con tu madre. Y hablas un montón. No es fácil llevarlo.
De repente, veo todas las señales que he pasado por alto.
Luca solo me mira cuando quiere cacho.
Llega tarde.
No me hace preguntas.
Tarda en responder a mis mensajes.
Luca se ha cansado de mí, igual que le pasó a mi madre con Saar. Igual que le ha pasado con todo el mundo.
Continúa explicándose mientras yo intento no llorar. Me concentro en enroscarme las puntas del pelo entre mis dedos.
Soy demasiado demandante, demasiado obcecada, me dice. Siempre tengo la cabeza metida en mi cuaderno de apuntes. Resulta raro. No entiende por qué siempre tengo una opinión para todo, aunque sea una minucia. Mis sentimientos están a flor de piel en todo momento. Hablo tanto que le pongo la cabeza como un bombo.
—Está bien —lo interrumpo—. He pillado que ya no te gusto. Lo has dejado cristalino.
Entonces Luca dice que llegamos tarde a la fiesta, así que deberíamos entrar. Nuestros amigos nos están esperando.
—¿Vale?
No, no vale. Ahora mismo no pienso ir a una fiesta ni de coña. Tiene que llevarme a casa.
Luca se niega, porque la gente lo está esperando, dentro.
Entonces pierdo los papeles. Le digo que no sabe escuchar. Que no es lo bastante inteligente para mí. Y que siempre le dejo ganar cuando jugamos a la consola, porque si le gano se enfurruña como un bebé.
A veces besa raro. En el mal sentido. Nunca se esfuerza por nada, porque cree que esforzarse es de pringados, como también lo es querer algo y tratar de conseguirlo. Pero se equivoca. Tener miedo de intentarlo es lo que le hace débil. Yo soy una estratega, una contendiente, y pienso a lo grande, mientras que él es un holgazán que sabotea su propio futuro y que ha tocado techo en el instituto.
Esas cosas son ciertas. Pero la verdad es que adoro a Luca, a pesar de todo. Nada de eso importaba hasta que rompió conmigo. Solo me estoy defendiendo.
Luca sale del coche con un portazo y me deja sola. Lo llamo para que vuelva, pero él entra en la fiesta sin girarse siquiera.
Me quedo sentada en su coche. Llorando.
Con las llaves.
No se me ocurre ni un solo amigo en esa fiesta que esté dispuesto a llevarme a casa si se lo pidiera, y no puedo permitirme pagar un taxi cuando el trayecto durará casi una hora. Así que me deslizo hacia el otro asiento.
Conduzco el coche de Luca hasta casa.
Lo dejo aparcado cerca del bungaló de Saar, con las llaves dentro.
Cuando me despierto a la mañana siguiente, Luca lo ha recogido. Hay una ristra de mensajes furibundos en mi móvil.
No respondo.
Después de eso, nuestros amigos cortan lazos conmigo. Conocen a Luca desde hace más tiempo. Les cae mejor. Además, los convence de que soy un bicho raro, una friki, una pirada. Le robé el coche.
Desde entonces como sola y no quedo con nadie después de clase. Dejan de invitarme a las fiestas.
Estoy totalmente aislada. Sin amigos, sin novio, sin familia, sin madre.
No tengo motivos para estar en ninguna parte.
