DE CUANDO ACTUÉ
EN UN TANATORIO
El taxi que me lleva a hacer el monólogo se detiene delante del tanatorio.
—Bueno, pues ya estamos —dice el conductor.
—¿Qué?
Tiene que haber un error. Espero que haya un error.
—Sí, ¿necesitas factura o algo? —me pregunta, ajeno a que me está destrozando la vida parándose aquí.
De golpe recuerdo las fatídicas decisiones que me han llevado a este momento. Hace un par de días me contactó un tal @pedrogetafe67 por Instagram. El tal Pedro decía ser «muy fan de la comedia» y aseguraba verme por la tele mientras desayunaba, que mi programa le gustaba más que el de Ana Rosa, que además «ahora Ana Rosa lleva el pelo muy raro y parece un periquito». El programa al que se refería Pedro es Enganchados y consiste en tres horas de vídeos sacados de internet, en su mayoría de gatos cayéndose o de británicos encendiendo un mechero después de tirarse un pedo. «Mi favorito es el perro que hace skate», incidía Pedro en el mensaje. Desde hace un tiempo me llaman para participar una vez al mes, con suerte. Una participación que exprimo al máximo para sacarme cuatrocientas fotos, subirlas a mis redes sociales y fingir que he tenido trabajo todas las semanas. Triste, lo sé. Pero con el tal Pedro ha funcionado.
El caso es que el tal Pedro quería contratarme para hacer «uno de tus monólogos» en un evento privado. «Una reunión de amigos», lo definió. Avisaba con muy poco tiempo de antelación, pero gracias a eso pude sacarle un buen precio.
Dos días después, me encuentro aquí, delante de un tanatorio en Getafe.
—No, no, pero aquí no es. —Saco el móvil y me inclino hacia delante para mostrárselo al taxista, que claramente está equivocado—. Mira, esta es la dirección.
Él me lanza una mirada que implora que le deje en paz.
—Efectivamente, es aquí. ¿Quieres factura? —repite, intentando que capte que esto es una despedida y que me vaya.
Le digo que no hace falta y bajo del taxi. Quizá el tal Pedro viva cerca del tanatorio y por eso me haya dado esta dirección. Quizá el tal Pedro trabaje en el tanatorio y ahora salga a recogerme y me lleve al sitio donde tengo que actuar. Quizá el tal Pedro haya muerto.
No lo sé.
Saco el móvil y lo llamo.
—¡Hola, Lola! —saluda de una forma demasiado enérgica como para alguien que ha muerto.
—Hola, Pedro, estoy delante del tanatorio —respondo, esperando que me diga que ahora baja y que nos vamos.
—Genial, segunda planta, sala C.
Y cuelga sin darme tiempo a reaccionar.
Entro y subo las escaleras pensando que es imposible que este señor quiera que cuente chistes en un tanatorio y que habrá una explicación lógica para todo esto. Miro a mi alrededor. El ambiente que se respira es frío y deprimente, como un restaurante de Pesadilla en la cocina antes de que llegue Chicote. Un niño que va con quien supongo que es su madre se saca un moco para quitarle dramatismo al lugar.
Llego a la segunda planta y en la puerta que reza «Sala C» hay un hombre de unos cincuenta y tantos, con la cara redonda y simpática. Va vestido con vaqueros y una chaqueta oscura; es decir, apropiado para lo que es un tanatorio. Miro hacia abajo y veo mi camiseta en la que se lee en letras grandes y rosas «TRISTECHONDA».
—Hola, Lola, bienvenida. —Me recibe dándome dos besos. «Bienvenida a tu peor pesadilla».
—¿Qué hacemos aquí? —le pregunto directamente con una sonrisa que intenta esconder mi pánico.
—Bueno, es lo que te dije, nos gustaría que hicieras uno de tus monólogos. Me gusta mucho tu programa, no sabes lo que me reí con el perro que hace skate.
Si bien el programa saca vídeos de perretes monos y caídas graciosas, un monólogo poco tiene que ver con eso, a no ser que dentro de la sala haya un proyector y pueda basar mi actuación en pasar vídeos dándole a un botón. Intento explicárselo.
—Pero estamos en un tanatorio —acierto a decir.
—Ah, bueno —dice él, como si se acabara de dar cuenta—. Pero tú no te preocupes, es lo que te dije —repite—, tómatelo como una reunión de amigos. Nos gusta mucho el humor y creemos que en un momento así puede venirnos bien. A ellos también les gusta mucho el perro que hace skate.
Ojalá me hubiera muerto yo.
Repaso mentalmente el material buscando desesperada algo que me pueda valer. Traía un texto preparado pero, desde luego, no para un tanatorio. Recuerdo ese chiste en el que digo que una vez mi padre se comunicó a través de la güija y el vaso no paraba de moverse porque estaba todo el rato «escribiendo», como en WhatsApp.
—Eso sí, para nosotros es un momento complicado. Así que no hagas chistes con temas complicados, ¿vale? —Y me guiña un ojo que me parece el equivalente al beso de Judas—. Bueno, voy a decirles que ya estás aquí y tú, cuando estés lista, entras y haces lo tuyo —me sonríe y entra en la sala C.
Se me pasa por la cabeza irme. Sin avisar ni nada. Dar media vuelta ahora mismo, bajar por las escaleras, pasar al lado del niño del moco e irme andando desde Getafe hasta mi casa, en el centro de Madrid. Cuando me doy cuenta, llevo un rato fantaseando con las múltiples formas de salir de aquí, incluyendo marcarme un John McClane y tirarme por la ventana con una manguera, pero parpadeo y veo que sigo de pie mirando la puerta de la sala C.
Intento ser coherente. Soy una profesional, me han contratado para esto y, sobre todo, el dinero me viene muy bien para pagar el alquiler. Empiezo a repasar los temas que puedo tratar sin peligro. ¿Debería hablar con el público? Eso está muy de moda ahora entre los cómicos. A la gente le gusta. Me imagino preguntándole a la vieja de la primera fila si tiene pareja y ella contestándome que se ha muerto. Vale, no hablaré con ellos.
Respiro hondo y entro.
En la sala C hay unas cinco filas de sillas ocupadas por quince personas muy serias. Varias se enjugan las lágrimas en silencio. Dos susurran entre ellas. Alguien se suena la nariz y Pedro, desde la esquina de la primera fila, me saluda con una sonrisa. La tensión en el ambiente se puede cortar con un cuchillo. Claramente es el único que quiere que yo esté aquí. Pero lo peor de todo no es el público. Lo peor de todo es el enorme ataúd abierto que preside la habitación con el cuerpo de un señor que seguramente era alguien muy querido por todos los presentes, pero no lo suficiente como para organizarle un funeral digno.
Me meto en personaje; da igual, hemos venido a esto.
Me coloco delante del «público», lo que hace que, irremediablemente, el ataúd y el cuerpo que contiene estén detrás de mí.
—¡Hola! Bueno, vaya caras, ¡que parece que estamos en un funeral! —me lanzo sin ningún tipo de red ni de consciencia.
Veo que a Pedro le ha hecho gracia.
A la señora que se ha puesto a llorar, no.
Pongo el piloto automático y vomito todo lo que se me ocurre. Pedro me ha contratado para veinte minutos, y eso ahora me parece una eternidad inalcanzable. Veinte minutos haciendo llorar a señoras.
—Son momentos duros, pero yo también he pasado por algo duro hace poco: mi novio me ha dejado.
A un señor de la última fila no parece haberle gustado la comparación, porque resopla como un jabalí.
—Bueno, no tengo claro si era mi novio. Siempre me decía «no somos novios, no quiero etiquetas, pero tampoco quiero que salgas con nadie más». ¿No es curioso que no quiera etiquetas alguien que lleva «gilipollas» escrito en la frente?
Una anciana de la segunda fila rompe a llorar y me pregunto si ella también ha estado en una relación tóxica.
Un hombre que se parece demasiado al perro que perseguía a Tom y Jerry se levanta de la silla haciendo mucho ruido y acompaña fuera a la anciana de la segunda fila. Veo que Pedro también se levanta y, pasando por delante de mí, empieza a correr tras ellos.
Mi único apoyo en la sala la ha abandonado sin mirar atrás. Me quedo «sola» con las personas que siguen sentadas enfrente, seguramente demasiado en shock para levantarse, y con el muerto detrás, seguramente agradeciendo estarlo.
Algunos han sacado el móvil y teclean rápidamente. Otros, la mayoría, miran al suelo sin decir nada. Yo ya ni soy consciente de qué chistes estoy lanzando porque tengo puesto el piloto automático. Me siento como en Interstellar: debo de llevar como tres minutos aquí, pero parece que han pasado siete años.
—Por cierto, Pedro es muy fan de Enganchados, no sé si alguien más lo ve —digo, aprovechando la salida del susodicho.
Mi voz sale quebrada.
Me sudan tanto las manos que se podría plantar arroz. Intento remontar a la desesperada:
—¿Os acordáis del perro que hace skate?
Justo entonces, un dedo toca mi espalda. El corazón se me sale por la boca.
—¡HOSTIAS, EL MUERTO!
Salto hacia delante en un arranque impulsivo. Por supuesto, el dedo que me ha tocado la espalda no es del difunto, que sigue quieto en el ataúd abierto tras el cristal, sino de Pedro, que al parecer acaba de entrar con el sigilo propio de un gato. Tengo una mano en el pecho y la otra apoyada en la silla de una señora que no me atrevo a mirar, pero que supongo que tiene los ojos inyectados en sangre.
—Lola, perdona —dice Pedro, serio—. No ha sido una buena idea. Lo vamos a dejar aquí.
Estoy sentada en la cafetería del tanatorio con un café con leche y un bollo con pasas que he apartado a un lado. Lo he pedido pensando que eran pepitas de chocolate. La prueba de que Dios no existe es que los bollos con pasas se parecen demasiado a los de chocolate. La prueba de que el diablo existe es que los venden en la cafetería de un tanatorio. Me imagino a un familiar de un fallecido viniendo aquí, pasando el peor momento de su vida y, cuando va a por algo dulce, ¡zas!, recibe la segunda mala noticia del día. Ya, seguramente si acabas de perder a alguien querido, no le des tanta importancia a una magdalena como se la estoy dando yo ahora. Pero no se puede negar que es muy engañoso. Entonces pienso en Pedro. Yo he sido el bollo de pasas que él creía de pepitas de chocolate.
Si me he quedado esperando es por una razón horrible: no he cobrado. Sé que probablemente va a ser la situación más incómoda de mi vida, pero sigue siendo trabajo. He venido hasta aquí y he preparado un texto para Pedro. Y lo más importante: tengo que pagar el alquiler.
Tecleo rápido mientras le cuento a Berta lo que ha pasado. Berta es mi mejor amiga desde hace tres años, desde que empecé a hacer monólogos. Cuando la conocí, ella trabajaba organizando los shows y los micros abiertos de un bar en el centro de Madrid, aunque ahora, después de haber pasado por unos cuarenta y dos trabajos, es la ayudante del auxiliar del ayudante de Producción de Por la night, el late night más visto del país. Lleva cafés e imprime guiones, aunque la mayor parte del tiempo se lo pasa durmiendo en el baño o leyendo artículos conspiranoicos —«¿Por qué crees que el agua del grifo del baño sabe peor que la de la cocina? Porque nos echan cosas malas para que tengamos que ir al dentista», me dice a veces.
«Pero entonces, ¿estaba muerto o no?», escribe Berta. «En nada es Navidad, igual sales en Inocente, Inocente». Le respondo que si fuera tan famosa como para salir en Inocente, Inocente, no tendría que ir aceptando bolos en tanatorios. Me imagino que el muerto es en realidad Bertín Osborne maquillado y que se levanta del ataúd para darme un ramo de flores mientras suena la sintonía del programa. Yo lo acepto entre risas mientras Pedro se revela como el gancho de la broma y la vieja a la que he hecho llorar me tira confeti por encima. Todos somos felices y nadie ha hecho el ridículo.
Justo entonces veo pasar al verdadero Pedro y a la verdadera vieja. Me levanto y me dirijo hacia la puerta de la cafetería. Ambos se han parado cerca de la entrada. Los acompañan el señor que parece el perro de Tom y Jerry y un par de personas más que no reconozco. Espero que ninguno se gire ahora mismo, porque estoy observándolos desde detrás de una planta.
Me acerco a ellos apretando mucho los puños.
—Pedro, perdona… —digo. Pedro se gira y la cara amable que le ofrecía a la vieja se desvanece en cuanto me ve. Noto las miradas punzantes de todos sus acompañantes. Me parece que en cualquier momento la vieja va a echar fuego por la boca—. ¿Podemos hablar un momento?
Pedro acepta y se retira un poco del grupo, mucho menos de lo que me gustaría.
—Bueno, es que… —empiezo. Se me da muy mal pedir que me paguen. Cuando es una factura, por lo menos puedo disimularlo por mail con un «Por favor, pásame los datos» o un «¿Recibiste mi factura?». Pero ahora, a la cara y en un tanatorio, la cosa se me resiste—. Cuando me escribiste, acordamos un precio. —Veo con el rabillo del ojo que todo el grupo, encabezado por la vieja, nos está mirando—. Y sé que no ha salido como queríamos, pero he venido hasta aquí —digo de carrerilla.
Oigo que la vieja suelta un bufido enorme. Me preocupa que se desinfle.
—Sí, pero acordamos veinte minutos —se defiende Pedro.
Pienso que si llego a estar veinte minutos haciendo chistes en la sala C, ahora mismo habría otra sala con un ataúd conmigo dentro, pero no se lo digo.
—Sí, pero… —vuelvo a empezar.
—Mira, siento haberte hecho venir hasta aquí, pero no te voy a pagar por un monólogo que no se ha hecho —sentencia Pedro. Vuelven a sudarme las manos. Veo que la vieja sonríe—. Puedo pagarte el taxi que has cogido, pero…
—Vale —salto demasiado rápido.
Pedro saca su cartera y rebusca mientras yo espero durante los segundos más largos de mi vida. Me tiende un billete de diez euros y se marcha con su séquito antes de que pueda decirle que el taxi me ha costado veinte.
Me doy la vuelta y entro en la cafetería dispuesta a gastarme el sueldo en un bollo que no lleve pasas.
DE CUANDO MI AMIGA
«OKUPÓ» UNA CASA
«Me gusta mucho el agua porque hidrata», dice Georgina Rodríguez desde el televisor. Berta y yo estamos viendo la nueva temporada de su documental apoltronadas en un sofá insultantemente grande y, seguramente, insultantemente caro. De hecho, el terciopelo verde que lo cubre se vería precioso si Berta y yo no lo hubiéramos espolvoreado con restos de Cheetos. Un gato me mira suplicante a los pies de la mesa en la que hemos dejado nuestro cargamento: patatas, chocolatinas y una caja de orfidales que me he traído por si a mi cabeza le daba por recordarme el episodio de esta tarde en el tanatorio.
—Creo que tiene hambre —digo, señalando al gato con la cabeza.
—Ya va, ya va… —Berta se levanta para ir a la cocina y deja en pausa el documental justo cuando Georgina está pas
