El libro de ruta.
Manual de supervivencia en el París-Dakar
El libro que tienes entre tus manos reúne historias emocionantes contadas por sus protagonistas, mujeres y hombres que fueron a África para competir en una carrera y se encontraron de frente con una prueba que no olvidarían nunca, que marcaría sus vidas para siempre. Cada uno de ellos lo cuenta cuarenta y cinco años después de que se celebrara por primera vez el París-Dakar en el continente africano.
Entre sus páginas te aguardan las experiencias a las que se enfrentaron narradas como nunca antes lo habían hecho. Y comprenderás las razones que los llevaron a lanzarse a competir en condiciones extremas en un lugar inhóspito y salvaje. El Dakar los puso a prueba.
No están todos los españoles que corrieron en África, porque muchos nos han dejado para siempre, otros ya no tienen nada que ver con el mundo del motor y a algunos desafortunadamente nos los he podido localizar para formar parte de este gran proyecto. Aunque sus vivencias están en este libro en boca de sus compañeros o amigas.
He tenido la suerte de poder hablar con más de cuarenta valientes que me han explicado muchos años después, aún llenos de pasión, aquellas jornadas maratonianas. Todavía recuerdo cómo se les iluminaban los ojos durante las entrevistas cuando pronunciaban en la misma frase palabras como «Dakar», «África», «desierto»... Este rally les cambió la vida.
Todos los capítulos arrancan con alguna situación límite que les marcó. Era lógico que Juan Porcar fuese el primero. Él fue el que abrió el camino al resto, el primero que comprobó que aquello de correr en la carrera de Thierry Sabine no era ninguna broma, por su culpa muchas y muchos más quisieron intentarlo. Nombres que son parte de la leyenda, solo te pongo algunos: Carlos Mas, Jordi Arcarons, Salvador Cañellas, los hermanos Servià, Miguel Prieto, Óscar Gallardo, Antonio Boluda, Nani Roma, Isidre Esteve, Marc Coma, Juan Hernández y Agustín Fernández, Carlos Sotelo... Ya verás que hay muchos más, espero que no eches en falta a nadie.
Hay una invitada especial en el segundo capítulo. A principios de los ochenta, mi madre me enviaba en verano unos días a la casa que tenía la familia en el sur de Francia, cerca de Montélimar, para que aprendiera francés y comenzara a mirar la vida con otros ojos. Fue precisamente durante esos días que descubrí en una revista francesa lo que era el París-Dakar. Lo contaba una mujer que había corrido en 1979 y había llegado al Lago Rosa, ganando además en su categoría. Ella era Martine de Cortanze.
Me quedé fascinado por cómo relataba lo que había sido su primer Dakar, el año en que Thierry Sabine puso en marcha la que fue sin duda la gran carrera del siglo XX. Martine fue en moto, algo que aún me pareció más heroico. Estuvo a punto de morir en África, tal y como lo narra en su capítulo. Vivió para contarlo y para participar en unas cuantas ediciones más.
Las mujeres que fueron al París-Dakar durante los ochenta no lo tuvieron fácil. Pilotos profesionales, aventureras y alguna que otra famosa se atrevieron con el reto... Hasta Carolina de Mónaco participó con su marido, Stefano Casiraghi, en 1985. Los dos se subieron en un camión y atravesaron las dunas, pero no terminaron el rally. En una de las etapas, no pudieron evitar volcar su vehículo y abandonaron el día de Reyes. Entre las nuestras hay un puñado de nombres y muchos éxitos. Maite Blasco, Ariadna Tortosa, Begoña Kaibel y Susana Cabal abrieron pista; por detrás llegaron Rosa Romero y dos nombres más que, aunque no corrieron en África, son historia viva de esta prueba. Me estoy refiriendo a Laia Sanz y Cristina Gutiérrez. He querido, por eso, sumar sus recuerdos y sus triunfos a estas páginas.
La mayoría de los protagonistas de estas historias estuvieron en algún instante al borde de la muerte. La aventura era muy extrema, hasta el punto de no poder regresar nunca más. A algunos de ellos estaba claro que no les tocaba morir, como Hansi Bäbler, que tres veces huyó de la parca durante el mismo día. Todos consiguieron sobreponerse y cada rally fue un aprendizaje. Allí, en medio del desierto, cuando apenas podían más, adquirieron una serie de herramientas y aprendizajes que pudieron aplicar posteriormente en su día a día.
El cierre, el epílogo, es una historia que se sigue escribiendo, la de Carlos Sainz, incombustible al desaliento y que también cuenta cómo arrancó en tierras africanas el que es hoy en día uno de sus grandes proyectos. ¿Hasta cuándo? Solo él tiene la última palabra.
SOBREVIVIR EN EL DAKAR
Te quiero recomendar unas cuantas cosas para salir bien parado en este viaje y que no te pase como a nuestros protagonistas cuando pisaban por primera vez las tierras africanas. Antes de subirte en este libro y atravesar el desierto entre sus páginas, unos cuantos consejos prácticos para que no te pierdas entre sus letras.
Para empezar, es importante reconocer la hierba de camello, las dunas y el fesh-fesh, que es una arena fina como el polvo de talco. Nunca, bajo ningún concepto, puedes abandonar tu moto o tu coche en medio del desierto antes de ser rescatado. Thierry Sabine siempre decía a los corredores que era más fácil encontrar a un piloto y su moto que a un hombre caminando por el desierto. Además, el agua y la baliza de emergencia están siempre en el vehículo y con eso puedes pedir ayuda y sobrevivir.
Africa Tours son los que te dan de comer y si no están, toca pasar hambre; por eso, si te encuentras su camión volcado en el desierto, lo tienes que asaltar. El Teneré es uno de los puntos míticos que cruzarás en esta carrera, va desde el nordeste del Níger hasta el oeste del Chad. También tienes que entender que hay tres puntos más que son leyenda: el paso de Nega, un barranco montañoso donde se apoyan las dunas en Mauritania; el Paso de los Elefantes, una piedra inmensa que parece un elefante, lugar utilizado por los bandidos para provocar emboscadas y robar a los participantes, y el Árbol de Thierry Sabine, al norte de Achegour, en el Níger, donde hay una placa y descansa para siempre el creador del rally.
No te fíes de nadie, aunque vaya vestido de militar; igual no lo es. Hay varios asuntos que te vendrá muy bien saber. Cuando tienes que cruzar un «plató» o plateau, es una meseta. El camión balai, el camión escoba, en muchas ocasiones es tu última oportunidad de ser rescatado, pero es un calvario ir en uno de estos vehículos hasta el campamento o vivac, que es donde al final del día se reúnen todos los pilotos para pasar la noche, reparar las máquinas y contar las aventuras del día.
En los desayunos no se habla, la tensión es tan grande entre los participantes que es mejor decir lo justo. Sin embargo, las noches son para celebrar, porque se ha sobrevivido un día más y es tiempo de compartir.
El briefing por la mañana es sagrado, pues te darán las claves de lo que te puedes encontrar durante la etapa. Perderse es lo normal, las roderas o huellas no siempre te pueden guiar por el camino correcto.
Cuidado con la gasolina que te ponen, porque lo hacen en los mismos bidones donde los locales recogen el agua y tienen arena y piedras. No es lo mismo cruzar una duna a primera hora de la mañana cuando el sol aún no la ha calentado que según va pasando el día. A primera hora es más fácil y la arena es más dura, pero ya al mediodía la arena parece nieve que se derrite y te puedes quedar atrapado sin remedio.
Los tuaregs, pueblo bereber del Sáhara, son amigos o no, según les convenga. Te tocará negociar si necesitas algo de ellos. Hay dos expresiones demoledoras si tienes problemas y te las sueltan durante el rally: «Désolé», en el desierto, no es «lo siento mucho», sino que su significado exacto es «ahí te quedas, ya te apañarás»; la otra expresión, más terrible si cabe, es: «C’est l’Afrique, patron»; cuando te dicen eso es que ya estás bien fastidiado y que no hay remedio al problema que tengas, estas cosas pasan en África y punto.
Este solo es un pequeño manual de supervivencia para comprender algunas de las cosas que se cuentan en el libro. Seguro que te son útiles en la travesía.
LOS ACOMPAÑANTES DE THIERRY SABINE
Si hay un espíritu que campa por todas estas páginas es el de Thierry Sabine. Su presencia es indiscutible. El creador del rally nunca estuvo solo en esta aventura. En el libro lo irás encontrando y conociendo, pero hay nombres muy importantes que tienes que tener en cuenta para entender mejor lo que era el París-Dakar.
El primero, Mano Dayak, compañero tuareg inseparable de Sabine, ayudó a que la caravana cruzara sin excesivos problemas territorios controlados por los tuaregs y llegó incluso a participar como corredor en alguna edición. Cuando Sabine falleció, su vida fue liderar la rebelión de los hombres azules. Murió en un extraño accidente de avión en 1995 y descansa en el desierto como su amigo Sabine. Hoy se le conoce como la persona que recordó al mundo la existencia y el sufrimiento del pueblo tuareg.
Gilbert Sabine, el padre de Thierry, se puso al frente del Dakar tras la trágica muerte de su hijo. «Fenouil», Jean-Claude Morellet, estuvo desde los comienzos junto a Thierry. Fue el creador del primer rally de Túnez, fundador del rally de los Faraones, trazó el primer recorrido del Dakar para Sabine y participó en moto y coche en esa aventura en trece ocasiones. Llegó a ser director de carrera una vez falleció Thierry. La TSO, la organización de Thierry Sabine, fue la compañía que él mismo creó para organizar el rally y muchas cosas más.
Estos son solo algunos de los datos, nombres y advertencias que te harán este recorrido más fácil. En este viaje que vas a emprender comprenderás lo que fueron los años africanos del Dakar, una aventura romántica y peligrosa que hizo soñar a muchas generaciones de aventureros a finales del siglo XX y principios del XXI. Espero que lo disfrutes, y si no es así, solo te puedo decir una cosa: C’est l’Afrique, patron.
Feliz aventura.
1.
JOAN PORCAR, EL PIONERO ESPAÑOL QUE LO EMPEZÓ TODO
1992
En algún lugar del sur de Libia
Etapa Tumu (Libia) a Dirkou (Níger), camino al desierto del Teneré
Rosendo Touriñán, copiloto, trataba de guiar a Joan Porcar en medio de la tormenta de arena. Rosendo tenía un espíritu inquebrantable, no se rendía ante nada. Era un hombre que tenía soluciones para casi todo, con casi nada a su alcance. No se veía nada, tan solo el morro del todoterreno. Los dos hombres buscaban un pequeño paso, marcado por los tuaregs. Intentaban localizar el único lugar por el que se podía cruzar esa cordillera a la que supuestamente se dirigían. No tenían referencias. Tan solo sabían que se encontraban muy al sur y todavía en territorio libio.
Los tuaregs eran los dueños del desierto, un pueblo nómada que habitaba en esas tierras. Auténticos maestros del engaño, mantenían un raro equilibrio: o eran pastores nómadas de camellos y cabras, o se enfundaban el traje de ladrones de caravanas o de escoltas, según se les pagaran más por proteger o por asaltar. Realmente como mejor se ganaban la vida era como bandidos y guerrilleros. Hacía mucho tiempo que habían señalado el paso al que se enfrentaban aquel día un puñado de aventureros del Dakar. Le habían puesto una marca, una estaca gruesa de dos metros de alto, para tener una referencia en medio de la nada.
Sonaba a chiste el poder encontrar ese pequeño punto marcado con un palo largo en mitad de la tormenta. Pero lo peor estaba por llegar. Si Porcar y Touriñán lograban cruzar, el siguiente paso los llevaba directos hacia el desierto del Teneré. Salían de un infierno para entrar en otro.
El Teneré era una extensión desértica, tan grande como toda la península Ibérica. Hace millones de años tal vez estuvo cubierto de agua, como un lago, pero ahora no había casi nada. En algunos puntos podían vislumbrarse diminutos poblados con unas pocas chozas y no más de doscientos habitantes. Todo un misterio cómo se podían localizar esas aldeas.
—Rosendo, esto es como ir de Madrid a Barcelona, sin nada en ningún lado, y encontrar una tienda de longanizas en un pueblecito.
Rosendo soltó una carcajada, era cierto lo que le decía su amigo de aventura. Exactamente de eso se trataba, era parte de la esencia del rally más increíble pensado por Thierry Sabine, el inventor y el creador del rally París-Dakar.
Porcar y Touriñán seguían luchando en la quinta etapa del Dakar de 1992. Aquel año la meta no era Dakar, sino Ciudad del Cabo, en Sudáfrica. El objetivo era cruzar la frontera entre Libia y el Níger para adentrarse en el todopoderoso y temido Teneré. Durante la reunión de la mañana habían avisado a los pilotos y a los navegantes de la posibilidad de toparse con una tormenta de arena, al menos esa era la previsión del día, aunque en realidad eso siempre podía pasar, lo avisaran o no.
Aquel año todos disfrutaban de un nuevo juguete, el GPS. La navegación vía satélite hacía su aparición en la carrera, pero no todos estaban contentos con esa ayuda extra. A muchos veteranos, entre ellos Porcar, les molestaba. Sentían esta nueva tecnología como una amenaza.
Todo lo que habían aprendido y asimilado durante las primeras ediciones, utilizando la brújula, el libro de ruta y el compás, quedaba borrado de un plumazo con ese nuevo aparato. La experiencia ya servía de poco.
Esa mañana del mes de enero se estaba complicando todo demasiado. No era la primera tormenta a la que se habían enfrentado, pero tocaba probar si la vida era más fácil o más difícil con el GPS. Rosendo y Joan habían estudiado bien el artefacto y se habían entrenado en su funcionamiento, pero hasta este instante no lo habían utilizado en la carrera.
Aún faltaban unos trescientos kilómetros para encontrar el punto de paso. La tormenta no daba tregua. No se intuía ni una sola pista. En algunos momentos Porcar creyó ver algunas roderas, pero de poco servía. Se notaba la tensión y el miedo. Miedo a caer en todo tipo de trampas, como agujeros en los que cabía un coche, pero que con aquella tormenta no podían verse. A pesar de todos los obstáculos, los dos estaban conversando sobre si usar o no el GPS.
—No me gusta, Rosendo, me molesta. Durante estos cuatro días no hemos necesitado usarlo.
—Pero, Joan, en medio de esta tormenta nos ayudará. Tenemos que encontrar un paso que no tiene más de doscientos metros de ancho. No creo que seamos capaces de verlo en medio de todo esto.
—Lo sé. Como no encontremos el palo, vamos a estar jodidos.
A regañadientes, Joan Porcar aceptó utilizar el GPS; aunque no paró ni un segundo de darle vueltas a la cabeza, pues era mucho lo que quedaba por delante. Durante las instrucciones que les daban por la mañana, ya habían comentado que el paso tenía pinta de ser parecido al de Nega (Mauritania), quizá uno de los lugares más míticos y temidos por los participantes de la carrera. Sin embargo, tenía una peculiaridad importante respecto a este: era de bajada. Se llegaba hasta él cruzando una meseta, para descender entonces unos cuatrocientos metros y entrar en un erg, un mar de dunas. Diez o doce kilómetros después deberían encontrar el palo, el punto por el que cruzaban las caravanas. Ahí estaba el waypoint, el punto de paso, de la organización.
En condiciones normales, cuando estuvieran cerca, desde el plateau, como llamaban los franceses a la meseta, tenían que ver el dichoso palo de los tuaregs, pero la tormenta era cada vez más intensa. Sin el GPS, Joan y Rosendo marcarían un punto en el mapa algo más a la derecha del palo, unos cuatro o cinco grados. Una vez alcanzasen ese punto, tratarían de girar a la izquierda y seguir los kilómetros necesarios hasta toparse de frente con el sitio que intentaban localizar. Así se funcionaba con brújula, pero ahora dependían de lo que la máquina dispusiera.
La voz de Rosendo sacó a Porcar de sus pensamientos:
—Atento, Joan, doscientos metros.
—No veo nada, Rosendo, ¿tú ves algo?
—Tranquilo, estoy pendiente del GPS. Vamos bien.
No se distinguía nada, casi ni el reflejo de las luces, que no servían de mucho en esas condiciones.
—Cien metros, Joan, afloja un poco, que nos lo vamos a comer.
—¿Qué nos vamos a comer? ¿El palo?
Porcar no creía mucho en lo que estaba haciendo, pero por puro instinto levantó el pie del acelerador. Ese instinto lo había aprendido a base de recorrer kilómetros y kilómetros por aquellas tierras. El Range Rover ya no rugía tanto.
—Cincuenta metros, Joan. ¡Cuidado!
Porcar dio un volantazo hacia la izquierda, esquivando ese poste gigante en mitad de la nada que apareció de repente. Casi se comen la famosa estaca. El coche estaba parado. Porcar la había esquivado y frenado el vehículo, todo a la vez. Sus reflejos y la decisión de aflojar en el último minuto les habían salvado.
—¿Estás bien, Joan? —preguntó Rosendo, extrañado.
Su compañero, el piloto, no ponía en marcha el coche.
—No, Rosendo, no estoy bien. ¿Te das cuenta de lo que ha pasado?
Rosendo no entendía lo que le estaba diciendo Porcar.
—Van a llegar todos, todos. Esto es el fin, amigo. De nada sirve ya nuestro conocimiento.
Ese día, en ese instante, junto al palo que servía de paso a las caravanas de los tuaregs, Joan Porcar decidió que no volvería nunca más a correr el Dakar, era su última vez. Él no era tan rápido como los Vatanen, Ickx y otros grandes pilotos que competían. Su arma secreta era su habilidad en orientarse, conocía el terreno mejor que los demás, era muy bueno y no se perdía en donde otros lo hacían, pero el maldito GPS le había ganado la partida. Hasta ese momento había sido el único español que había terminado dos veces en el top diez.
EL PRINCIPIO DE TODO
Arrancó el coche y continuó con la mirada perdida mientras se dirigía hacia el Teneré. Vio pasar por delante de él diez años de aventuras. Se fue atrás en el tiempo, hasta 1982. Estaba montado en su Ossa, la primera máquina y la elegida para cumplir el sueño de su vida. Ahí comenzó todo. La preparó con un depósito inmenso de gasolina. Era uno de los requisitos de la organización, justo durante los años en que el Dakar tenía las temidas etapas maratón, alguna de unos dos mil kilómetros. Iba cargado con la mochila, el plato de metal para poder comer el rancho (si es que podía), el saco de dormir, la tienda y toda la ilusión del mundo.
Porcar hasta ese momento tenía una vida distinta. Trabajaba a tiempo completo como periodista deportivo, especializado en motor. Escribía para El Periódico de Catalunya y Solo moto. Cuando podía, competía en toda carrera que se le pusiera por delante. Este era su mayor hobby.
Una vez consiguió reunir algo de dinero y le dejaron la Ossa (todavía no habían llegado a España las motos japonesas), se apuntó a la cuarta edición del París-Dakar. Fue el primero de los nuestros. Así se aventuró a experimentar las temperaturas bajas de finales de diciembre en Francia para pasar al calor de Argelia durante el día y las frías noches en el desierto.
Fueron precisamente el calor y la falta de experiencia los que le hicieron quedarse sin agua en el sur de Argelia. Estaba muerto de sed y estaba pensando en cómo superaría ese obstáculo. No era fácil encontrar agua por los lugares por donde pasaba el rally, pero en un golpe increíble de suerte llegó hasta un poblado con un pozo. «Esta es la tuya, Joan. Si beben los de aquí, tiene que estar buena», pensó para sí mismo.
No lo dudó, el agua estaba limpia y cristalina. Bebió mucho, llenó la cantimplora y se subió a la Ossa. La aventura debía continuar. No había pasado ni una hora cuando sintió que algo no andaba bien. Estaba muy incómodo, mareado. Para colmo, hacía mucho calor. Cada vez se sentía peor. Notó que le subía la fiebre y que tenía escalofríos. No quería pararse, porque estaba en medio de la nada. «Mejor seguir», se repetía una y otra vez.
De pronto, se sintió sin fuerzas. Se asustó mucho, pero se resistía a terminar con su sueño. Era evidente que algo le estaba ocurriendo. No podía acabar así su primer París-Dakar. «¿Quizá ha sido el agua? No ha podido ser otra cosa. O ¿me ha podido picar algo?», hablaba consigo mismo en voz alta, mientras seguía dándole gas a la Ossa. Pero ya empezaba a no tener claro cuántas horas llevaba así ni cuánto hacía que había estado en el poblado bebiendo agua. Perdió la noción del tiempo. «¿Llevo dos o tres días así...?». Eso fue lo último que se preguntó, porque al levantar la mirada, vio que estaba sentado en el suelo junto a la moto. «¿Por qué me he parado?». Intentó levantarse, pero no se tenía en pie. Debió de pasar un buen rato hasta que un coche de la organización divisó al motorista con el dorsal número 38 tirado en el suelo.
—El treinta y ocho es un español, Joan Porcar. Vamos a ver si se ha roto algo. Ha debido de tener un accidente —comentaban los médicos mientras se acercaban.
Pero Porcar no se había caído, sino que, desorientado, con fiebre y sin fuerzas, se había visto obligado a parar. En ese momento no era capaz de recordar nada. Solo quería seguir, pero no estaba en condiciones ni de intentarlo.
—Este chico tiene muchísima fiebre. Hay que sacarle de aquí. —El diagnóstico fue rápido—. Estamos cerca de la aldea que marca el libro de ruta, ¿verdad? Lo podemos dejar ahí para que se recupere. Allí hay un pequeño centro médico.
Lo que identificaban como centro médico era una pequeña construcción de barro en una aldea perdida. Ahí terminó el Dakar para Porcar. No alcanzó el destino que tenía previsto: el Lago Rosa.
Los dos médicos franceses de la organización acomodaron al piloto español al final del recinto para que tuviese un poco de intimidad. Le pusieron un gotero con suero y dejaron varias botellas para que se lo fueran suministrando durante los días siguientes. Le prometieron que regresarían a por él, pero eso nunca sucedió.
En el centro había un joven médico indio que estaba a cargo de varios hombres. La mayoría de ellos pertenecían a la última caravana que había pasado por allí. A los que se encontraban mal durante el trayecto los dejaban ahí para recogerlos después, de vuelta a casa. Muchos de ellos estaban como Joan, con fiebre y malestar. Nada grave. Pero había otros en una situación mucho más complicada, incluso dos de ellos tenían lepra.
Cuatro días después, harto ya de que le pusieran suero a lo bestia, sin apenas higiene ni cuidado alguno (ni siquiera contaban con alcohol), se animó a levantarse de la camilla. Necesitaba huir del calor y del olor de ese lugar. Lo que no se esperaba fue encontrarse con su moto intacta, apoyada en el muro del centro médico, junto a la puerta. Volvió a entrar y le preguntó al médico que si sabía quién había dejado la Ossa ahí. La respuesta fue sorprendente:
—Hace dos días, un grupo de militares con un camión, que andaban recogiendo a los que habían abandonado el rally, se toparon con la moto y la trajeron. Lo que no sé es cómo sabían que estabas aquí.
Porcar no daba crédito a su suerte. Ese era el billete para salir de ese lugar. Comprobó si tenía combustible suficiente para unos cientos de kilómetros. Después echó un vistazo para ver si el saco de dormir con el pijama seguían sujetos a la parte trasera de la moto. Tan solo llevaba encima su traje de motorista y la cartera, pero pensó que era más que suficiente para ponerse en marcha. Estaba asustado y preocupado, pues nadie venía a buscarle. El miedo le hizo tomar esa decisión. Pensó que si allí le sucedía algo, nadie se enteraría. Trazó el plan más sencillo: regresar por donde había venido. Iría hacia el norte y volvería a casa. Mientras Joan se ponía el traje, el médico lo miraba un tanto extrañado.
—Estás demasiado débil para marcharte.
Pero Joan no quería escuchar nada que no fuera salir de ahí. No aguantaba ni un segundo más. Estaba claro que nadie de la organización regresaría a por él, porque la carrera estaba ya muy al sur, a cientos de kilómetros. El doctor, viendo que estaba decidido, le aconsejó:
—Pero si lo haces, no bebas agua de ningún pozo, ni nada que no esté embotellado y bien precintado.
Porcar asintió a lo que le dijo el médico. Estaba muy claro que su error había sido beber agua, que por lo visto no estaba ni tan cristalina ni tan limpia.
Le dio a la palanca de arranque con fuerza y a la segunda la Ossa empezó a rugir. Le agradeció al doctor todo lo que había hecho por él, se puso el casco y se marchó veloz. Sin recambios, sin mochila, sin nada más que lo puesto, se dirigió hacia el norte. La falta de experiencia le había jugado una mala pasada, pero había aprendido muy bien la lección. En una semana estaba ya en casa.
Al año siguiente cambió la Ossa por una BMW, pero tampoco consiguió llegar al final. Esta vez perdió el coche de asistencia y con él se fueron los recambios y el dinero. Así que dos días después, Porcar no tenía ruedas, ni dinero, ni nada ante cualquier percance que surgiese. Lo más prudente era abandonar. Cruzó los dedos para no tener problemas durante el regreso, porque no podía ni pinchar. Por suerte, en Hassi Messaoud, Argelia, encontró a su mecánico, las piezas de recambio y el dinero que había dejado oculto en el coche. Fue un alivio, porque la moto no hubiese podido llegar mucho más lejos. Pusieron todo en marcha y en condiciones, tanto el coche como la moto, y continuaron hacia el norte para volver, por fin, a casa.
Los siguientes años, Joan cambió la moto por el coche, participó con un Mercedes, robusto y muy fiable. Ya no era el único español que corría en el Dakar, pero sí fueron años donde siguió creciendo su relación con el creador de esta aventura de locos.
Thierry Sabine soñó con el Dakar estando perdido en el Teneré. En 1977, cuando participaba en moto en el rally Abiyán-Niza, se perdió. Intentaba llegar desde Dirkou hasta Madama. Aquella mañana ocupaba el cuarto puesto en la clasificación general. Ese día interpretó mal el libro de ruta y se equivocó en el camino trazado. Se adentró en una zona alejada de la carrera, en mitad del desierto. Sin combustible y sin agua, Sabine pasó varios días y noches solo. Una de esas frías noches se juró a sí mismo que si salía vivo de esa aventura, regresaría a aquel lugar increíble. Pero, sobre todo, que jamás lo haría solo. Afortunadamente, una avioneta lo vio y lo rescató. Así que cumplió su promesa y creó una de las mayores aventuras del siglo XX. En realidad, África le regaló nueve años más de vida. En 1986, mientras volaba en su helicóptero en medio de una tormenta de arena, chocó contra una duna. El desierto que tanto amaba se cobró la vida que le había perdonado años atrás.
THIERRY SABINE, EL ARTE DE SER UN LÍDER
Porcar seguía en silencio junto a Rosendo, camino a Ciudad del Cabo, y recordaba a Sabine después de lo que le había ocurrido con el GPS.
—No le habría gustado que se utilizaran los GPS en su carrera. Estoy seguro de que no.
—¿De qué me hablas, Joan? —preguntó Rosendo, que andaba preocupado por la cara de pocos amigos que llevaba su piloto desde que habían cruzado el paso dichoso de las caravanas.
Porcar no respondió, pero siguió recordando y se trasladó mentalmente al año del motín. El día que Cyril Neveu alzó su voz para convencer al puñado de supervivientes, mucho menos de la mitad de los que habían comenzado el rally, de que Sabine estaba loco y que lo único que iba a lograr era matarlos si seguían adelante.
Algo de razón llevaba el francés. Estaban cruzando el Níger por una zona con grandes dunas que nunca habían hecho. Y todo este nuevo trayecto bajo una tormenta de arena aterradora que provocó que más de la mitad de los participantes abandonaran el rally. Neveu, enfadado, casi fuera de sí, alzó la voz para que le escucharan:
—Si continuamos hacia el sur por las grandes dunas, no vamos a poder volver atrás. Es imposible dar la vuelta y hacer las dunas en sentido contrario. De aquí no salimos vivos.
El francés estaba siendo muy elocuente. Además, entre lo que faltaba por hacer, la tormenta y los abandonos, pintaba que la gente no iba a continuar. La carrera había llegado en medio del caos a su final. Pero apareció Sabine. Su sola presencia calmó los ánimos. Se situó en medio del grupo de hombres que le rodeaban. Todos iban con gafas de moto para protegerse de la arena. El silencio en el campamento era total, solo se escuchaba el viento y la arena golpeándoles la ropa y en la cara.
—Sé lo que estáis pensando, pero voy a contaros una historia. Decidí venir hasta aquí porque estoy seguro de que vosotros podéis superar las dunas gigantes. Es un lugar maravilloso y cuando pase la tormenta, os parecerá que estamos en el cielo. Tenéis que saber que el auténtico Dakar empieza ahora. Los que se han quedado atrás no pertenecen al auténtico Dakar, vosotros sois el Dakar. Confío en vosotros y vamos a llegar al Lago Rosa.
Por unos instantes nadie dijo nada. Neveu, tampoco. No podía negar que Sabine había acabado con sus argumentos y que había aplacado el motín. Les había convencido una vez más. No pedía nada que su equipo o él mismo no hubiera hecho meses atrás cuando reconocían la ruta por donde pasaría la carrera. Una vez más, el Dakar siguió adelante y cruzaron las grandes dunas. Era un líder excepcional, cada año sumaba experiencia. Atravesaban paisajes inmensos, todo tenía mucho riesgo, porque de eso se trataba. Era parte de la competición.
Porcar sonrió al recordar que la única medida de protección obligatoria durante los dos primeros años que corrió en moto era una pegatina naranja fosforito que se pegaba en la parte superior del casco. «Por si te pierdes», le decían en la organización. «Para que los aviones o los helicópteros te puedan ver en medio de la nada». En esos años no había ni radio, baliza, ni teléfono satélite, ni nada de nada. Brújula; libro de ruta hecho a mano en donde, en algunas partes, había referencias cada cien kilómetros; espejitos para señales; una bengala que solo podías lanzar en caso de que vieras un avión o un helicóptero muy cerca de donde estabas, y una manta térmica... Eran tiempos en los que si te perdías, te perdías de verdad... Y si no, que se lo pregunten al hijo de Margaret Thatcher.
MARK THATCHER, EL HIJO PRÓDIGO
El año que Porcar comenzó en el Dakar, 1982, con la Ossa, Mark Thatcher era un bala perdida que no terminaba de saber exactamente qué quería hacer en esta vida. Así que allí estaba, como copiloto en el equipo que formaban la piloto francesa Anne-Charlotte Verney y el mecánico Jackie Garnier. Mark consiguió el trabajo gracias a uno de sus patrocinadores, nada tenía que ver con los otros dos componentes franceses del equipo.
Mark Thatcher hacía pocos años que había decidido ser piloto. Se formó en la escuela de Brands Hatch y llegó a tener su propia escudería. Su talento como piloto era limitado. En las carreras en las que participaba terminaba protagonizando un accidente. Pero era hijo de quien era, así que los contactos funcionaban. De hecho, corrió en dos ocasiones las 24 horas de Le Mans y las dos veces terminó igual: con un accidente.
Con cero preparación y mucha arrogancia, se presentó el hijo de la Dama de Hierro a la salida del Dakar. El resultado estaba cantado, pero hubo una interesante historia entre bambalinas con Sabine como protagonista. Todo comenzó en Gao, en Mali, el 10 de enero. Sabine estaba leyendo la lista de los coches que habían abandonado y los que seguían en carrera. Estaba informándose de cómo estaba funcionando la primera parte del rally ese año. Entre los que habían abandonado estaba el propio Joan Porcar, también dejado de la mano de Dios en un lejano centro médico. Pero detectó que no todo estaba bajo control. En el recuento faltaba un coche, el de la piloto francesa Anne-Charlotte Verney.
—¿Ese coche no es el que lleva a Thatcher?
La pregunta de Sabine hizo saltar las alarmas inmediatamente, estaba claro que el organizador de la prueba sabía muy bien en qué coches tenía a personas VIP, porque podían dar notoriedad a la carrera, pero perder al hijo de la primera ministra británica no era un buen plan... o ¿quizá sí?
De inmediato se preguntó al resto de los participantes que habían llegado hasta Gao si alguien había visto al Peugeot de Anne, con el número 178. Resultó que sí: un motorista, Michel Bosi, los había visto dos días antes fuera de la ruta con problemas mecánicos.
Mientras comunicaban a la primera ministra la desaparición de su hijo, los franceses iniciaron la misión de búsqueda y rescate. No era ninguna tontería lo que había ocurrido; Mark y compañía podían haber sido secuestrados por todo tipo de grupos rebeldes para pedir una buena recompensa.
Sabine no aceptó ayuda de nadie. Era una carrera francesa y los franceses se encargarían de encontrarlo. Los periódicos de todo el mundo publicaron en portada la desaparición de Mark. Esa noticia le dio a la carrera una difusión descomunal.
Las horas pasaban, las especulaciones crecían y la paciencia de Margaret Thatcher tocaba a su fin. Tremendamente preocupada y sin noticias de los rescatadores franceses, decidió tomar la iniciativa y contactó con la embajada británica en Argelia pidiendo ayuda. Cuatro aviones argelinos y un helicóptero se sumaron a la misión de rescate, también lo hizo la RAF. El padre de Mark, Denis Thatcher, se trasladó a Tamanrasset, en Argelia.
Pasaron cuatro días y no había ni rastro de los desaparecidos. Corrieron todo tipo de especulaciones: que si los tuaregs, que si el Frente Polisario, que si Sabine los tenía escondidos en una maniobra publicitaria para lanzar su carrera a nivel mundial… Sin embargo, nada de todo eso era cierto. La verdad pasaba por problemas mecánicos y la falta de preparación y conocimiento de Mark como copiloto. Mientras medio mundo los buscaba, ellos estaban junto al coche con una lona que les hacía de carpa, racionando el agua y la comida y escuchando las noticias de su desaparición en un pequeño transistor que llevaban.
Seis días pasaron hasta que los argelinos los localizaron y los rescataron. El bueno de Mark no les dio ni las gracias. Se limitó a pedir una cerveza, un sándwich, un baño y algo para poder afeitarse. Gracias a los argelinos se reunió con su padre, y con él voló a casa en el avión oficial del presidente argelino. La polémica estaba servida. Los británicos se preguntaron quién había pagado la fiesta. El rescate del hijo caprichoso de la primera dama había tenido un coste, pero la Thatcher dijo que había sido de su bolsillo. Esto no fue así. Ella tan solo aportó dos mil libras dentro de una cuenta millonaria de gastos, debido a los aviones franceses, británicos y argelinos que participaron en la búsqueda. Pero lo peor fue que la imagen de Margaret cayó en picado como consecuencia de esa historia.
Sabine supo jugar muy bien sus cartas. El Dakar eclipsó al mundo y aumentó su popularidad... Tanto, que se afianzó como la carrera-aventura más fascinante del siglo XX, y eso atrajo a un sinfín de famosos.
AFRICA TOURS, EL RANCHO DEL DAKAR
Quizá uno de los recuerdos más vivos para Porcar, de sus primeros años en el Dakar, era el hambre. Hasta que no se bajó de la moto para ir en coche, el tema de la comida no era fácil. En la mochila no solo podía llevar comida, sino que necesitaba espacio para otras prioridades importantes, como las piezas de repuesto.
En aquellos años ya estaba Africa Tours como responsable de alimentar a todos los participantes. Rancho puro y duro, cuscús, mermelada, café... Era obligatorio llevar un plato y un cazo de metal en donde se servía la comida. Si no tenías dónde poner la comida o el café, no te lo daban. El trato era absolutamente militar: largas colas, comida al plato, el líquido en la taza y adiós muy buenas. Por la noche facilitaban algo caliente y de día sumaban algo más de comida para que la llevaras encima y no pasaras toda la jornada sin nada. Era una dieta estupenda para adelgazar.
Entre los participantes había una máxima: si en la carrera atrapabas un camión de Africa Tours con problemas, encallado en la arena o volcado, había que parar y saquearlo. Ese camión no llegaría al campamento ni esa noche ni a la mañana siguiente; por tanto, no habría comida. Tenías que parar y llevarte tantas cosas como pudieras, porque de ello dependía que comieses o no las siguientes cuarenta y ocho horas. Todos se paraban; si no lo hacías, estabas condenado a pasarlo muy mal.
Con los años el rancho fue cambiando y aparecieron unas latas que se calentaban solas, las mismas que utilizaba el ejército francés. Todas tenían nombres de guisos exquisitos, pero era solo el nombre. Todas sabían igual.
Pero no solo pasaban hambre ellos, también los vehículos. En 1987, todos los participantes de la carrera acabaron tirados dos días en medio del Teneré, sin combustible, porque los camiones de la organización no habían llegado a tiempo. Nadie se podía mover, pues no quedaba ni un litro de gasolina. Hubo que esperar durante dos días hasta que llegaron, se llenaron los depósitos y se pudo continuar. Esto era parte del Dakar. Nunca sabías qué podía suceder, aunque siempre ocurría alguna cosa.
Joan seguía recordando todas esas aventuras, saboreando lo que habían sido esos primeros años, pero ahí seguía sentado, en el coche junto a Rosendo, su copiloto, donde esas aventuras le sonaban a pasado. Estaba más tocado de lo que pensaba por la aparición de ese artilugio, el GPS. De alguna manera, pensaba que estaba en un punto de inflexión de la historia de esa carrera con aires épicos y no sabía si quería estar presente en ese futuro próximo. No, ya nada sería igual. No repetirían un año glorioso, como el de 1988. Prefería seguir soñando, no le apetecía dar tema de conversación a Rosendo, aunque sabía que su compañero se estaba preocupando.
1988, EL AÑO EN QUE TODO PASÓ
Para Joan Porcar cada año era un desafío, pero lo que sucedió en la edición de 1988 superaba todo lo que había vivido hasta entonces. Estaba siendo un buen año porque se había trabajado mucho y bien en el equipo Camel, del que formaba parte junto a Salvador Cañellas, Patrick Tambay, Patrick Zaniroli y Fernando Capdevila.
Porcar comenzó fuerte y se situó en la sexta posición en las primeras etapas hasta llegar al Teneré. La arena fina les pasó factura, pues se rompió la transmisión del Range Rover, y todo se complicó más todavía cuando el camión que debía darles asistencia volcó. Joan y Rosendo estaban abandonados a su suerte, aparentemente sin opciones, en algún lugar más allá de Djado, en el Teneré, en el Níger. Pero con Touriñán nunca se sabía. No se quedó quieto y se las ingenió para que la transmisión funcionase con dos ruedas motrices.
—Se puede, Joan, se puede, pero vamos a perder mucho tiempo.
—Estamos encima ya de la jornada de descanso, Rosendo. No te preocupes. Si lo logras, nos salvas la carrera.
—A ver si lo consigo, Joan. Menuda tengo liada.
Rosendo sabía muy bien lo que se hacía. Para entonces ya eran conscientes de que nadie les iba a ayudar, así que tenían que salir de esa por sí mismos. Durante el resto del día y toda la noche estuvieron solos, mientras trabajaban en el Range. Por ahí no pasaba ni un alma. Tuvieron suerte de que el único coche que se había cruzado con ellos el día anterior les hubiese avisado de que su camión había volcado; estaba claro que su asistencia nunca llegaría. Pero todo estaba a punto de cambiar. Una vez había anochecido y estaba todo oscuro, de la nada aparecieron dos tuaregs. Joan miró a Rosendo.
—A ver qué quieren estos, que no estamos para sustos a estas horas.
No siempre era bueno que apareciese alguien en mitad del desierto, pero esta vez estaban de suerte: los tuaregs no venían con malas intenciones, también se habían quedado tirados. Tenían un Toyota averiado, unas cuantas dunas más allá. Rosendo terminó de arreglar el Range y se ofreció a acompañar a uno de ellos para asistir al Toyota. Así que ahí en medio de la nada, Porcar se quedó con el coche reparado y con un tipo que no le hablaba y que solo miraba el coche. A las dos o tres horas, el tipo se cansó de estar en medio de la nada junto a Joan en silencio. Se acercó a él y le dijo que sabía cómo salir de ahí sin necesidad de pasar por las dunas. Porcar lo miró fijamente, pues sabía que eso le iba a costar un precio.
—¿Cuánto me va a costar? ¿Qué quieres por sacarme de aquí?
Sin responder, el tuareg agarró algo de ropa, unas mantas y le pidió dos ruedas de recambio.
—Lo siento, pero solo te puedo dar una, la otra la necesito.
El trato le pareció bien, salieron de las dunas del Teneré y llegaron a una pista. Esa era una ruta paralela donde el Range no sufría tanto. Para entonces Rosendo estaba ya de vuelta, los tuaregs hablaron entre ellos y el que había hecho el trato con Porcar los llevó hasta Agadez, donde concluía la etapa y también donde la organización había montado la jornada de descanso.
Ya a salvo y superado el mal trago, mientras salía del coche, el tuareg le reclamó a Porcar la segunda rueda de repuesto.
—Ya te dije que no, que la necesitamos. No nos podemos quedar sin nada. Un trato es un trato.
El tuareg lo miró y se fue.
Una vez llegaron al campamento, ya estaba desmontado y los mecánicos habían subido a los aviones. Sin embargo, habían llegado con veinte minutos de tiempo antes del cierre del control. Porcar corrió hacia el avión de la organización y agarró al tipo de control que daba la salida antes de que subiese la escalerilla.
—Oye, estás cerrando antes de tiempo. Mi salida es a las seis y veinticinco y son las seis y cinco.
El control miró su reloj.
—Es verdad, pensaba que ya no llegaría nadie más.
Le selló el cartón en la misma escalerilla. Mientras esto pasaba, Emilio Bosser, el mánager del equipo de Porcar, ordenó a los mecánicos del Camel Team que bajaran del avión. En cuarenta y cinco minutos el coche quedó de nuevo listo para salir a competir.
Habían desaparecido del top diez de la carrera, pero el Dakar era muy largo y todo podía suceder, y sucedió. Desde ese momento, Porcar se dedicó a remontar todo lo que pudo durante las siguientes etapas, hasta llegar a Mauritania. El 18 de enero tenían por delante más de setecientos kilómetros. Partían de Moudjeria y tenían que llegar hasta Nuakchot. Esta última parte de la etapa consistía en cruzar unas dunas enormes.
Rosendo y Porcar habían trazado un plan. Tenían que seguir remontando e intentar ganar posiciones, pero estaban muy lejos aún de los diez primeros puestos. Sin embargo, les esperaba una buena sorpresa.
La jornada se fue complicando. Al principio fue un viento que levantaba mucha arena y que no dejaba ver el horizonte, pero rápidamente se transformó en una tormenta muy violenta que limitó a muy pocos metros la visibilidad.
Avanzaban a ciegas y no les quedaba más remedio que confiar en el compás, en el terratrip y el cuentakilómetros. Comenzaron a encontrar coches y motos que no se atrevían a seguir porque estaban tan perdidos como ellos, y casi sin darse cuenta alcanzaron a los de cabeza. Ari Vatanen, su copiloto y algunos más consultaban un mapa que a punto estuvo de salir volando por el fuerte viento. Joan y Rosendo se miraron, no había nada que decir. La oportunidad que querían había llegado. Todos estaban igual de perdidos y había que aprovechar el momento.
Estaban en las grandes dunas. Habían recorrido ya doscientos kilómetros y la visibilidad era prácticamente nula. Tenían además otro reto, las propias dunas. La tormenta llevaba dos días en esa zona y las dunas habían cambiado. Una vez llegaban a tres o cuatro metros del vértice, la arena acumulada era blanda, como polvo de talco, y era clave calcular muy bien cómo manejar la inercia del coche, porque podía hundirse. Pero tampoco podían acelerar demasiado, porque podían saltar y terminar volcando. Las bajadas eran tan verticales, que una de las veces aterrizó con el morro y rompieron los dos faros delanteros de largo alcance. Llegado ese momento, Porcar habló con Rosendo:
—En la próxima te bajas y me esperas abajo.
—¡Qué dices! Me tiro contigo. No te voy a dejar solo.
—No, hombre, no. Te lo pido por favor, porque, si me la doy, tú me puedes sacar de aquí. Uno de los dos tiene que estar entero para ayudar al otro.
La situación era muy peligrosa y lo de calcular el vértice, una locura. Pero seguían, quedaban unas cuantas dunas mÃ
