Prólogo
CARLOS ALCARAZ.
SER EL MEJOR DE LA HISTORIA
Ser el mejor en algo, lo que sea, no es sencillo. Nada sencillo. Supone destacar por encima de los 8.200 millones de personas que habitan en el planeta Tierra. Nada más ni nada menos. Además, ser el mejor de la historia supone mejorar los logros alcanzados por cientos de miles de millones de personas que dejaron su impronta a lo largo de los siglos. Es algo tan inabarcable, tan inimaginable, que no está de más que bajemos al suelo con algunos ejemplos.
Ser el mejor estratega de la historia supondrá mejorar los aciertos de, por citar a tres célebres, Alejandro Magno, Julio César y Napoleón. Ser el mejor escritor, los de William Shakespeare, Miguel de Cervantes o Mary Shelley. Si el campo profesional que se elige es la pintura, se tendrá en frente a Leonardo da Vinci, Caravaggio o Diego Velázquez.
Lo mismo sucede en otras disciplinas como la música (Mozart, Bach o Beethoven, ahí es nada), la ciencia —donde podemos repetir el nombre de Leonardo da Vinci y ponerlo al lado de Thomas Edison o Nikola Tesla— e incluso el fútbol, deporte reciente, apenas un siglo y medio, en el que destacan figuras como Diego Armando Maradona, Pelé o Lionel Messi.
En todo caso, si imaginar ser el mejor de la historia en cualquier disciplina después de semejantes talentos es realmente difícil, todavía no es suficiente. Faltaría añadir, por ejemplo, las cualidades naturales necesarias para practicar un deporte al nivel que exige la alta competición; la destreza que demanda la primera línea del arte; la visión estratégica, el aplomo, el carisma y la confianza que requiere ser un líder que movilice masas en una batalla o la dedicación y la paciencia que implica llevar a cabo una investigación científica. Definitivamente, ser el mejor de la historia en algo es una empresa imposible. ¿O no?
En palabras de Carlos Alcaraz:
«Estoy construyendo mi camino para ser el mejor jugador de la historia».
Aunque el español puntualiza que «lo haré a mi manera», para conseguirlo deberá superar las marcas de campeones como John McEnroe, Ivan Lendl, Martina Navratilova, Rafael Nadal, Novak Djokovic, Arantxa Sánchez Vicario, Roger Federer, Andre Agassi, Björn Borg, Steffi Graf, Pete Sampras o Serena Williams. Sin entrar mucho en detalle, así, a primera vista, no parece tarea sencilla.
No obstante, una cosa es ser pragmático, y otra, derrotista. En el primer caso, se es consciente de la dificultad del objetivo e incluso de las escasas posibilidades de alcanzarlo; en el segundo, implica pensar de antemano que ese empeño está abocado al fracaso.
EL EFECTO PIGMALIÓN…
A pesar de haber salido vencedora de la UEFA Nations League 2023, eran muy pocos los que consideraban a la selección española de fútbol una de las favoritas de la Eurocopa de Alemania 2024. Ni siquiera la propia UEFA tenía al combinado nacional entre los posibles ganadores, como demostró el hecho de que España no estuviera incluida en el cartel oficial que promocionaba la competición.
El detalle no pasó desapercibido para los jugadores, que demostraron su descontento con la decisión de la organización y comenzaron a dar muestras de cierto desánimo. Una actitud que, sin duda, podía tener efectos negativos en su rendimiento en el campo, hasta el punto de aumentar las posibilidades de derrota y que se confirmara aquella predicción.
Conscientes del riesgo que una derrota suponía para sus intereses como anunciante, uno de los patrocinadores de la selección española decidió intervenir y buscar una solución a la previsible debacle. Para ello recurrieron al llamado «efecto Pigmalión», un concepto de la psicología que toma su nombre de la conocida historia de Pigmalión y Galatea. Según este mito griego que inspiró la película My Fair Lady, Pigmalión, escultor de gran talento para trabajar la piedra, creó la estatua de una mujer de tal belleza que acabó enamorándose de ella. Conmovida por el sufrimiento del artista, Afrodita, la diosa del amor, se compadeció de él y convirtió la escultura en una mujer de carne y hueso que, enamorada también de Pigmalión, accedió a casarse con él.
Se aplicó al campo de la psicología por primera vez en 1965 por el psicólogo social Robert Rosenthal. El efecto Pigmalión sería el fenómeno por el cual las expectativas, deseos y convencimientos que demuestra una persona influyen directamente en el rendimiento de otra, a la hora de obtener un determinado objetivo profesional o vital.
Funciona tanto en positivo como en negativo; en otras palabras, si las expectativas son buenas, ayudarán al éxito de la empresa; si son malas, contribuirán a su fracaso.
Con esta idea en mente, el anunciante pidió que los aficionados enviasen a través de una web mensajes de audio en los que expresaran su apoyo a los jugadores y compartieran con ellos su convencimiento de que podían llevarse la Eurocopa. Unos mensajes positivos que se recopilaron en una playlist disponible en plataformas de audio en streaming y que también se podían escuchar en un rincón promocional, ubicado en el hotel de concentración del equipo; de hecho, los propios jugadores se acercaron allí para escuchar esos mensajes de aliento.
Fuera por esto o por otra cosa, lo que es un hecho es que, en contra de lo que indicaban las previsiones, la selección española fue avanzando en la competición. Primero superó la fase de grupos, después los cuartos de final, más tarde la semifinal, para jugar la final contra Inglaterra el 14 de julio de 2024 en el Estadio Olímpico de Berlín. Transcurridos los noventa minutos, la selección española se llevó la victoria por 2-1, gracias a los goles de Nico Williams en el minuto 47 y de Mikel Oyarzabal en el 86…, y gracias, ¿por qué no?, al efecto Pigmalión.
... Y EL EFECTO GALATEA
Una variante del efecto Pigmalión es el efecto Galatea. Si bien el mecanismo psicológico es prácticamente el mismo, se diferencia del primero porque esas esperanzas y expectativas no proceden de terceras personas, sino del propio interesado.
Cuando uno confía en sus capacidades y está convencido de que tiene posibilidades de ganar, las probabilidades de que eso suceda aumentan.
No obstante, a diferencia de lo que sucede con el efecto Pigmalión, el efecto Galatea tiene otras dos consecuencias añadidas: la primera es que la convicción del sujeto sobre sus capacidades provoca también efectos en el ánimo de las personas que lo rodean. De esta forma, si su entorno lo percibe como una persona débil, lo considerará fácil de derrotar o poco merecedor de apoyo; si se lo ve como un individuo fuerte y decidido, provocará respeto y, en el entorno de una competición, incluso una imagen de vencedor o, al menos, de contrincante difícil de derrotar. El segundo efecto añadido es la mayor tendencia que muestra una persona segura de sus capacidades a la hora de ser constante y perseverante en el trabajo, por entender que sus logros en una determinada actividad dependen más de sí mismo que del azar, la suerte.
¿Quiere decir eso que si el entorno de Carlos Alcaraz confía en su talento, si el jugador ratifica ese análisis de manera que se fortalece anímicamente ante sí mismo y ante los demás, y si entrena lo suficiente se convertirá inmediatamente en el mejor jugador de la historia? Lamentablemente, no.
Cualquier actividad humana, por muy ensayada que esté y por muy hábil que sea la persona que la lleva a cabo, está sujeta a una serie de variables que escapan a la voluntad y el control del individuo. Es lo que se llama tan comúnmente «suerte» o «azar», y que, a pesar de cierto halo mágico o poético, cuando se analiza desde el punto de vista de las ciencias del comportamiento humano, es un fenómeno tremendamente prosaico que no depende de cábalas, magos o hechiceros. De hecho, y sin negar esa naturaleza imprevisible o incontrolable del azar, la psicología nos explica que la suerte depende, en muchas ocasiones, de nosotros mismos. Por tanto, se la puede atraer en el caso de la buena suerte y alejar en el caso de la mala. Algo para lo que no son necesarios amuletos o rituales, sino, simplemente, conocerse a uno mismo, analizar las situaciones y actuar en consecuencia.
Como explica el psicólogo Juan Armando Corbin: «Pese a que en algunas situaciones el azar puede jugarnos una mala pasada, generalmente los comportamientos diarios que tenemos aumentan las probabilidades de que las cosas nos salgan bien o nos salgan mal».
Corbin propone una serie de hábitos para atraer la buena suerte o, más correctamente, para minimizar los efectos del azar y alejar eso a lo que, simplonamente, se podría llamar «mala suerte»:
HÁBITOS PARA ATRAER LA BUENA SUERTE
1. Buscar las oportunidades de forma proactiva. Aquellos que no se resignan a quedarse de brazos cruzados mientras esperan que las cosas sucedan, sino que las hacen suceder, tienen más posibilidades de que aquello que desean se haga realidad.
2. Generar vínculos y relaciones con tanta gente como sea posible para ayudar a fomentar esas oportunidades y para minimizar los efectos de los malos momentos, en caso de que los haya (que los habrá) gracias a esa tupida red de apoyo.
3. Centrarse en sacar el máximo partido a las fortalezas personales, en lugar de intentar mejorar las debil
