I. INTROITO
¡Mi reino por una editorial!
El título de este libro, «El arte de rechazar manuscritos», no lo ha elegido el autor, vino con la propuesta que me hicieron llegar los editores y que no dudé ni un segundo en aceptar. Al fin y al cabo, rechazar manuscritos fue, durante gran parte de mi vida profesional como editor, una tarea cotidiana sobre la que en muchos y en muy distintos momentos me vi llevado a reflexionar. Acepté encantado, pero a continuación, como cuando el golpe de lluvia anuncia la tormenta, cayó sobre mí una duda que casi me aplasta: ¿Todavía existe hoy, cuando cualquiera puede «publicar» lo que quiera en veinte mil redes y plataformas, el tan doloroso y comentado fenómeno del rechazo editorial? Estuve a punto de declinar el encargo. Con la aparición de internet, la expansión acelerada del mundo digital, el crecimiento de la autoedición o la brusca irrupción de la inteligencia artificial, ¿aquella vieja historia del escribo, mando el manuscrito a una editorial, me siento y espero una respuesta no era ya cosa del pasado? Estuve, repito, a punto de dejarlo. Llegué a pensar que ese mundo de la edición literaria en el que estuve sumergido durante años y años ya casi no existía. Por un momento me sentí una reliquia. Fue entonces cuando, bastante apesadumbrado, dándole vueltas en la cabeza, me di cuenta de lo que yo mismo acababa de decirme: un mundo que ya «casi» no existía. Y ese casi, como ese punto de apoyo desde el que una palanca puede mover el mundo, cambió de arriba abajo toda mi perspectiva. Porque un casi, «No totalmente, pero faltando poco para ello», como lo define la RAE, más allá de su valor cuantitativo como medida de frecuencia, puede, al tiempo, contener y transportar una señal de relevancia tan fuerte que haga evidente la incertidumbre que las apariencias no siempre dejan ver. Ya saben: algo así como cuando hablamos, entre la ironía, el humor y el sarcasmo, de la buena salud de quien casi se muere o de la riqueza de alguien al que casi le tocó la lotería. El adverbio como ese matiz que modifica una existencia. Porque, en efecto, en el mundo digital son tantos y tantos los «textos literarios» presentes a través de las mil redes, plataformas y demás soportes digitales que hasta Amazon, preocupada por la superinflación de textos que la IA facilita, se ha visto obligada a limitar a tres los títulos que un mismo autor puede «publicar» al día en su plataforma. A pesar de las ventas tan extraordinarias que Javier Castillo (dos millones y medio de ejemplares vendidos) o Elísabet Benavent (cuatro millones de ejemplares vendidos) han conseguido a partir de la puesta de largo de sus novelas en el medio digital, ¿no es cierto que la verdadera confirmación de su éxito se produjo cuando sus textos se empezaron a publicar en papel? Porque, y esta es la razón principal sobre la que descansa el «casi», lo real es que publicar en edición tradicional sigue siendo lo que todo escritor desea: el prestigio sigue ahí, del mismo modo que quien entra en ese parto con los fórceps de la autoedición desea también tener cabida en el mundo editorial de siempre, el que, en definitiva, legitima y homologa los textos aceptados en el campo literario.
No faltan respetables opiniones que enuncian y proclaman que el papel decisivo de la edición convencional como guardiana del ser y el estar de la sacrosanta literatura está muerto o agonizante, ya que, hoy, en la era digital, las escritoras o escritores pueden producir tranquilamente sus obras en su casa y llegar directamente al público, colgando sus textos en su blog, su web o en cualquier plataforma en línea, sin necesidad de que ninguna instancia intermedia controle el proceso. Esto, evidentemente, supondría «la muerte del no», la desaparición del rechazo, la desaparición de la espera.
Tengo, sin embargo, para mí que el legendario grito de «mi reino por una editorial» sigue oyéndose en los campos de batalla donde la literatura lucha por su reproducción y existencia. Porque publicar, a pesar de los pesares del espacio digital, las mil plataformas, la constelación creciente de redes sociales y demás soportes, sigue teniendo en la edición en papel, que tantos consideraban en peligro de extinción hace unos años, el requerimiento necesario para que un libro se convierta en medio de creación, acumulación y transporte de lo que, desde Bourdieu, llamamos capital simbólico o prestigio o aura. La edición tradicional, la impresión en papel, es esa «condición de felicidad» que la inmensa mayoría de quienes escriben buscan, pretenden y reclaman.
A partir de esas dos palabras, «casi», «publicar», que entrecomillo como aviso para navegantes, descubrí que este libro era posible, es decir, que todavía hoy reflexionar sobre las sombras y luces que el rechazo editorial contiene podría tener utilidad y sentido y, ¿por qué no?, algunas gotas de instructivo divertimento para escribientes y editores.
Hambrientos de publicar
Curiosamente, y a modo de aliento o confirmación de lo anterior, durante los meses que el tema de este libro me ha ocupado he podido observar que la controvertida relación entre unos y otros, al menos en los mentideros culturales, sigue estando viva. Muy viva. Así, por ejemplo, la escritora Rosa Montero, que sacó su primera novela cuando ya tenía peso y «renombre» en el mundo periodístico, publicaba un artículo, «La mayoría de los lectores», en el que afirmaba: «La mayoría de los autores son en realidad unos tipos marginales y muertos de hambre, sobre todo de hambre de publicación». Recurría a dos ejemplos de ese desencuentro, el rechazo, que con tanta frecuencia se produce entre los escritores y los editores, para señalar algunas de «las humillaciones que sufren los novelistas. Que no te publiquen. Que te publiquen y tu propia editorial no te haga ni caso. Que te saquen críticas horrendas. Que no te saquen ninguna crítica. Que te pidan una novela de seiscientas páginas y luego te dejen tirada». Casi al mismo tiempo y contra su idea de que «El sistema es durísimo para los escritores que quieren publicar, hay pasos que cumplir muy humillantes», Arturo Pérez Reverte, uno de los pocos autores españoles condenados por plagio, denunciaba la poca vergüenza de un mundo editorial donde las editoriales «que antes eran criba y filtro de calidad, se han lanzado a la ofensiva descarada del todo vale», provocando una sobresaturación que «como una mancha infame envilece lo que aún llamamos literatura. Cada año, cada mes, cada semana, una cantidad enorme de novelas aparece en librerías, plataformas digitales y redes sociales. Algunos de sus autores son mediocres o innecesarios, publicados por sus editores a ver si suena la flauta». En medio de la polémica, Sergio C. Fanjul, periodista siempre atento a la actualidad del mundo cultural, desplegaba en un oportuno artículo, «Los libros no leídos», algunos de los intríngulis del mundo editorial que estarían detrás de esas contradicciones y enfrentamientos entre los intereses de los escritores y las editoriales, un buen reportaje que entraba directamente en algunas de las cuestiones que durante la redacción de este texto estaba tratando de abordar. En él, por ejemplo, la editora María Fasce aclaraba: «Recibimos todo el tiempo manuscritos, ya sea por la web, por correo electrónico o físicamente, folios encanutados. Algunos hasta diseñan la cubierta, como para ahorrarnos trabajo. O mandan su libro autoeditado, como si eso aumentara la posibilidad de ser seleccionado», y Miguel Alcázar, autor de un sarcástico y surrealista libro, Manuscritos no solicitados, entraba también en materia semejante desde su experimentada posición de ex lector editorial (en algún momento abordaremos las características de tal desempeño laboral) y sentenciaba: «Los manuscritos que llegan suelen ser aburridos, o normales, o mediocres… Pero eso no es muy diferente de la mayoría de lo que se publica».
Estuve mandando mi novela Submáquina durante seis años a diferentes editoriales y muchas hacen esa cosa tan española que es que no te dicen que no, no te dicen nada, y entonces yo esperaba y esperaba.
Esther García Llovet
