El cerebro de la gente con suerte

Nobuko Nakano

Fragmento

Prólogo

Prólogo

¿Qué tipo de personas tienen suerte?

¿Has observado que algunas personas parecen tener una suerte difícil de explicar? Da la impresión de que todo les sale bien, y cuando las ves no puedes evitar pensar: «¡Qué suerte tienen!». En algún rincón de nuestra mente siempre somos conscientes de la suerte. Quizá estás conduciendo, encuentras un semáforo en verde y piensas: «¡Qué suerte!». O en la caja del supermercado ves que solo tu cola avanza y te sientes un poco afortunado. O tal vez crees que has tenido suerte porque has ganado un premio fantástico en un concurso, pero a la vez te preocupa un poco la idea de que se te acabe la buena fortuna. Y puede que haya momentos en los que pienses: «¡Ojalá tuviera suerte!».

Quizá creas que la suerte, tanto la buena como la mala, es algo que no puede cambiarse y que los que no tenemos buena suerte no podemos hacer nada al respecto, pero yo pondría en cuestión la idea de que nuestra suerte escapa a nuestro control. Pensemos en Konosuke Matsushita, fundador de Matsushita Electric Housewares Manufacturing Works, la empresa que se convirtió en la actual Panasonic. A Matsushita lo llaman «el dios de la gestión» en Japón, y también podríamos considerarlo una de las personas más afortunadas del país, un hombre que se hizo a sí mismo, sin dinero ni contactos, y que consiguió convertir una pequeña fábrica en una importante empresa internacional.

Todas las pruebas de selección de personal de Matsu­shita terminaban con la misma pregunta: «¿Es usted una persona con suerte?», y solo contrataba a las que respondían que sí, porque consideraba que las personas que se creían afortunadas eran menos propensas a rendirse o desa­nimarse ante la adversidad. Pensaba que su fe en sí mismas y la confianza en que todo saldría bien las capacitaban para enfrentarse a cualquier problema y superarlo. Entendía que la suerte no estaba predestinada ni era algo con lo que se nace, sino que estaba determinada por la mentalidad y los patrones de comportamiento de cada individuo. En su opinión, el hecho de que las personas con suerte compartan ciertas mentalidades y patrones de comportamiento significaba que la suerte es algo que podemos controlar. Y si esas mentalidades y esos patrones de comportamiento conducen a la buena suerte, debería ser posible mejorar nuestra suerte convirtiéndolos en hábitos. Deberíamos ser capaces de entrenar el cerebro para atraer la buena suerte.

Este libro se basa en la idea de que la suerte puede cultivarse. Soy investigadora independiente y neurocientí­fica. Estudié Neurología en la facultad de Medicina de la Universidad de Tokio y seguí investigando en el Centro de Investigación Nuclear de Saclay, en Francia, hasta 2010. La suerte parece poco científica y quizá sea un tema que los científicos no suelen abordar, pero he recurrido a mi formación en neurociencia para identificar la mentalidad, los patrones de comportamiento y la conducta que conducen a la buena suerte y nos dan pistas para cultivar un «cerebro con suerte». Creo que el análisis minucioso de la ciencia puede arrojar luz sobre aspectos que a primera vista podrían parecer poco científicos y mostrar profundidades científicas inesperadas y ocultas.

Las personas con suerte suelen decir cosas como «Es bueno decir en voz alta: “¡Tengo suerte! ¡Tengo suerte!”», «Escribe tus sueños, metas y deseos en un papel, pégalo en la pared y se harán realidad» y «Sé agradecido con los demás». Estas afirmaciones a menudo se basan en experiencias personales y prácticamente no tienen base científica. Sin embargo, esas personas tienen buena suerte. ¿Por qué? ¿Cómo llegamos a tener suerte? ¿Qué tipo de persona tiene la suerte de su lado? En este libro abordo estas preguntas desde un punto de vista científico.

Supervivencia del más afortunado

¿Qué consideramos una persona con suerte? ¿Alguien que tiene una buena situación económica o que trabaja en algo que le encanta? ¿Quizá alguien que vive una vida larga y saludable o que comparte su vida con la persona a la que ama? ¿Alguien que hace lo que le apetece? Cada quien tiene su propia interpretación sobre en qué consiste la buena suerte, pero, desde un punto de vista científico, la palabra clave es «supervivencia».

Charles Darwin se vio influenciado por el concepto de la supervivencia del más apto al desarrollar su teoría de la evolución, la idea de que los organismos mejor adaptados a un entorno sobrevivirán. Un ejemplo famoso es el cuello de las jirafas. Los animales con el cuello más largo pueden ver a más distancia y protegerse de los enemigos, además de comer hojas de árboles altos con mayor facilidad, por lo que las jirafas con cuello largo son el resultado del entorno en el que viven. Sin embargo, la supervivencia del más afortunado es bastante diferente. Este concepto, que procede de la teoría neutral de la evolución molecular, solo dice que los afortunados sobreviven, de modo que las jirafas que tuvieron la suerte de sobrevivir casualmente tenían el cuello largo.

“¿Cómo llegamos a tener suerte? ¿Qué tipo de persona tiene la suerte de su lado? En este libro abordo estas preguntas desde un punto de vista científico.

Aún no sabemos con exactitud por qué las jirafas tienen el cuello largo. Si la causa fuera la supervivencia del más apto, deberíamos tener pruebas de que el cuello fue alargándose de forma progresiva, pero no se ha encontrado ningún fósil de alguna etapa intermedia. Aun así, la supervivencia del más apto sigue pareciendo la explicación más plausible.

¿Cómo se explica entonces el caso del pez luna? Este pez pone 270 millones de huevos a la vez, de los cuales solo uno o dos sobreviven. En términos de la supervivencia del más apto, el pez superviviente se consideraría más adecuado para el entorno que los otros 269.999.999 huevos, mientras que la supervivencia del más afortunado implicaría que el pez superviviente tiene más suerte que los demás. Parece poco probable y antinatural que solo uno o dos de tantos huevos puedan ser genéticamente aptos para la supervivencia, de modo que la explicación más plausible de que sobreviva un solo pez parece ser la buena suerte. Sin embargo, si consideramos este fenómeno desde una perspectiva macro (la supervivencia de toda la especie durante periodos muy largos), la mejor explicación sigue siendo la supervivencia del más apto, mientras que en periodos más cortos (como la vida de un ser humano), o en una población con un número relativamente pequeño de individuos, suele aplicarse el principio de la supervivencia del más afortunado.

La idea de que solo los afortunados sobreviven y de que, en última instancia, no hay nada que hacer al respecto puede resultar bastante desalentadora. El único huevo de pez luna que sobrevive se lo debe a numerosos casos de suerte: no se ha encontrado con ningún enemigo o ha podido protegerse de los enemigos con los que se ha encontrado y no le ha faltado comida. Esto hace que nos dé la impresión de que la suerte es como el destino y que está fuera de nuestro control; cada huevo tiene una suerte innata predeterminada, y solo los más afortunados sobreviven. Podría parecer que ese huevo no tiene ninguna participación activa en su suerte.

¿Sucede lo mismo con los seres humanos? ¿No tenemos la esperanza de poder cambiar nuestra suerte si lo intentamos y nuestra única opción es resignarnos? No lo creo. Creo que la suerte, tanto la buena como la mala, es aleatoria e imparcial, pero que como mínimo podemos ser proactivos para sacarle el mayor partido.

La naturaleza aleatoria de la suerte

Analicemos por qué surge la suerte mediante una teoría numérica llamada modelo de paseo aleatorio. Si se lanza una moneda y sale cara, se avanza un paso; si sale cruz, se retrocede un paso. ¿Qué sucede si se lanza la moneda 10.000 veces y se representan los resultados en un eje de coordenadas? El resultado final casi nunca se situará exactamente en el cero; la mayoría de las veces acabará entre 200 y 300 pasos por delante o por detrás del cero. Del mismo modo, es improbable que los 10.000 lanzamientos den como resultado solo cara (un paso adelante) o solo cruz (un paso atrás).

Lo mismo podemos decir de la suerte. El modelo de paseo aleatorio nos ayuda a ilustrar por qué algunas personas sienten que siempre han tenido buena o mala suerte. Podemos pensar que la buena y la mala suerte se producen más o menos en la misma medida a lo largo de nuestra existencia, pero, si vemos la vida como un paseo aleatorio, observamos que las probabilidades siempre se inclinan en un sentido o en otro durante el limitado periodo de una vida. Para muy pocas personas, por no decir para ninguna, es abrumadoramente negativo o positivo.

Desde una perspectiva neurocientífica, las personas suelen percibir un periodo prolongado de resultados negativos como mala suerte, y una serie de resultados positivos consecutivos como buena suerte. A nuestro cerebro, cinco resultados positivos consecutivos le parecen demasiados para ser aleatorios, aunque lo sean. Las secuencias continuas de acontecimientos buenos o malos pueden prolongarse más, pero al cerebro le cuesta aceptarlas como algo más que pura coincidencia. Los intentos conscientes de análisis racional no logran disipar la impresión de sesgo en un sentido u otro. Este tipo de razonamiento erróneo se denomina «falacia».

En la conocida ilusión de Münsterberg se intercalan cuadrados blancos y negros ligeramente escalonados entre líneas horizontales paralelas, lo que hace que parezcan inclinados. Es imposible percibirlos de otra manera. El mismo mecanismo que se produce en las ilusiones ópticas también influye en el cerebro al observar los acontecimientos que tienen lugar en nuestra vida. En otras palabras, la suerte depende de si el cerebro la percibe como buena o mala, y el análisis basado solo en las apariencias puede no ser más que una ilusión.

Imagen de la ilusión óptica de Münerberg.

Cómo percibimos la suerte

A nuestro alrededor se producen muchos casos de buena y mala suerte, pero no nos damos cuenta. Digamos, por ejemplo, que a alguien se le cayó un sobre con un millón de yenes (casi 6.000 euros) en efectivo en la calle por la que siempre pasas para ir al trabajo.

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