Introducción
Libertad. Una palabra que llena la boca de promesas. Un deseo universal que ha inspirado todo tipo de arte y movimientos. Pero ¿qué es en esencia eso que ansiamos tanto?
Para millones de personas en el mundo, este término significa algo urgente: el derecho básico a vivir con dignidad, igualdad, justicia, seguridad, tranquilidad y capacidad de elección.
Para quienes tenemos el privilegio de contar con nuestras necesidades básicas cubiertas, su destilado podría ser una mezcla de ligereza, fluidez, expansión, posibilidad, espontaneidad, capacidad de decisión, despreocupación y contento interior.
Su ansiada búsqueda nos impulsa a dar con esa química en todas las áreas de nuestra vida: relaciones, trabajo, ocio, posesiones… Libertad para decidir, actuar, sentir y ser en coherencia con nosotros mismos.
Muchos la hemos buscado en los lugares más inhóspitos: grandes viajes, cambios radicales, nuevos comienzos y amores. Y, aunque esas vivencias nos dejaron momentos inolvidables, esa libertad fue tan fugaz como la experiencia en sí misma. ¿Te suena?
Yo me preguntaba: ¿cuál es el denominador común en todas estas experiencias? ¿Qué es eso que nos acompaña allá donde vamos y que, a veces, nos impide habitar la libertad por completo?
Y, de pronto, la respuesta se volvió obvia, como si siempre hubiera estado allí: nuestra mente y nuestros pensamientos.
Se hizo evidente que la libertad que sentía dependía de la calidad de lo que pensaba, de cómo me percibía a mí misma y a mis circunstancias, y de la confianza en mi propio poder. En este sentido, lo más liberador de un viaje en soledad es que nos volvemos a imaginar a nosotros mismos.
En marzo de 2020 mis niveles de ansiedad y agotamiento eran extremos. Sentía la rutina como un gran peso sobre mi espalda y mi salud se había resentido. Las visitas al hospital eran más frecuentes de lo que cualquiera desearía. Me sentía completamente atrapada y no sabía por dónde empezar a buscar la salida.
Durante ocho años había trabajado como diseñadora web en Barcelona. Aunque lo mío con el diseño fue amor a primera vista, en ese momento lo estaba detestando y deseaba profundamente dejar el trabajo. No obstante, esa idea me aterrorizaba.
Por aquel entonces mi boca estaba llena de quejas. Culpaba de mi aprisionamiento a mi entorno laboral, a la sociedad, al funcionamiento del mundo, y a todo lo que se me pusiera por delante.
Vivir en mi cabeza era insoportable. Los argumentos lógicos a favor y en contra de dejar el trabajo eran incontables. Mis pensamientos saltaban del sí al no, del no al sí, y tiro porque me toca. Ese partido de tenis en mi mente se había alargado durante meses.
Entonces ocurrió algo extraordinario: una mañana me desperté con total claridad. Había tenido un sueño revelador, del que comprendí el significado a la perfección. Soñé que era una sirena y que unos pescadores venían a cazarme. Yo estaba en plenas facultades para escapar, era mucho más rápida, pero no lo hacía. Me dejaba atrapar y acababa presa en su red. En ese preciso momento me desperté y mi piel se erizó. Comprendí que yo era completamente libre, y que lo único que me impedía avanzar era yo misma, mi propia mente y mis pensamientos.
Dejé mi trabajo y cuatro días después se declaró el estado de alarma y el confinamiento. Había tardado meses en reunir el coraje necesario para actuar y liberarme, pero desde mi perspectiva parecía que la vida me ahogaba y que las circunstancias jugaban en mi contra.
Algo temblorosa y con total incertidumbre, empecé a caminar por un largo sendero con alguna que otra curva que me llevó de la ajetreada y ruidosa ciudad de Barcelona a la calmada y silenciosa isla desierta de Fuerteventura.
Durante el camino, la búsqueda de la anhelada libertad me llevó al confín de mis propios temores y más allá. Me di el permiso de explorar vías poco transitadas, en sentido literal y figurativo. Empecé de cero en tres ocasiones. Probé lo que creía que quería, para darme cuenta de que había algo mejor para mí. En ese periodo tuve la sensación de vivir varias vidas. Me acostumbré a convivir con el miedo y a mirarlo a los ojos: miedo a lo desconocido, al cambio, a la incertidumbre, a la soledad, a ser rechazada por mis seres queridos, a quedarme sin dinero, a perderme, a equivocarme, al fracaso…
Con todo ese miedo llamando a mi puerta, tanto personal como colectivo (pandemia), hubiera vuelto corriendo a la vida conocida si no hubiese sido porque hallé un refugio esperanzador.
Manejar la incertidumbre se tornó más fácil cuando las circunstancias favorecieron el descubrimiento de un espacio interior de silencio y libertad. Desde ese espacio cálido y envolvente, es posible elegir qué pensamientos cultivar y cuáles dejar pasar para alinearnos con el bienestar. Habitarlo requiere la férrea voluntad de no tocar ninguno de nuestros pensamientos. Lo alcanzamos con práctica, como cualquier arte, con una mente calmada y una herramienta poderosa: nuestra atención.
Pero ¿qué ocurre cuando nuestra atención está secuestrada por los estímulos que nos rodean? Lo que ocurre, en mi experiencia, es que perdemos nuestro poder.
En cierto punto de mi camino me topé con una certeza: cuanto más me alejaba del ruido exterior con el que estaba acostumbrada a convivir —la ciudad, la televisión, las noticias, la publicidad, las redes sociales, la opinión de los demás…—, más fácil era escuchar mi propia voz y darle dirección.
La atención, según he podido experimentar, es una brújula muy bien calibrada. Nos advierte cuando la mente comienza a perderse por caminos que nos alejan de nosotros mismos o nos acercan al miedo.
Como si no bastara con la tendencia intrínseca de la mente a perderse y dispersarse, además vivimos rodeados de distracciones. Y no solo eso, junto a nuestros pensamientos hay algo más que nos acompaña a todas partes: el móvil. Bebiendo cada día de este mejunje, no es de extrañar que perdamos el norte.
Sin darnos cuenta, llevamos en el bolsillo un dispositivo que puede hipnotizarnos, atraparnos, sobreestimularnos y nublar nuestra mente allá donde vayamos si se lo permitimos, incluso en el desierto o el lugar más remoto.
Recuperar nuestra atención es entonces urgente, puesto que, si la libertad interior se encuentra en un espacio de placidez y calma mental, la hiperestimulación es, por lo tanto, el punto más alejado. Si ya convivimos con el ruido natural de la mente, quizá tenga sentido empezar por reducir el ruido añadido. Y ahí el primer candidato es evidente: el móvil.
Llegados a este punto, quizá te estés preguntando: ¿de qué manera no soy libre cuando uso el móvil o consulto las redes sociales?
Por poner algunos ejemplos, a mi parecer, no somos libres cuando:
- No podemos separarnos del móvil o nos parece impensable dejarlo en casa.
- Nos impide concentrarnos.
- Lo cogemos por automatismo y nos dejamos atrapar.
- Sentimos la necesidad de controlar todo lo que está sucediendo en el entorno digital.
- Viene con nosotros a todas partes, y es lo primero que cogemos cuando no tenemos nada que hacer.
- Sentimos que tenemos que contestar a esa llamada, mensaje o email aunque no nos apetece.
- Nos invade la ansiedad al ver decenas de notificaciones.
- Creemos que debemos estar siempre disponibles y conectados.
- Un pensamiento nos mantiene enganchados: ¿me habrán escrito?, ¿habrá pasado algo?
- Dependemos del móvil para entretenernos.
- No podemos parar de scrollear.
- Sentimos la presión de publicar, compartir o hacer una foto.
- Nuestra autoestima depende de los likes.
- Actuamos por tendencia, simplemente replicando lo que hacen otros.
Cultivar el arte de estar en redes sin perderte trasciende de una simple práctica de bienestar digital: representa un acto de libertad, un entrenamiento para recuperar la atención, la conexión con uno mismo, la capacidad de elegir y de darle dirección a la propia vida. Es un viaje hacia dentro que, día tras día, te alinea con tu plenitud.
Al final de este viaje, tu manera de relacionarte con el móvil y las redes atraviesa una transformación.
Aprendes a detenerte antes de entrar en piloto automático y a elegir cuándo y cómo usarlos desde un estado neutral.
Observas lo que ocurre en tu mente cuando consultas las redes, identificas las historias que inventa acerca de lo que ve y dejas de creerlas como verdades absolutas.
Aprendes a habitar los silencios y los espacios vacíos sin necesidad de llenarlos con la pantalla, y descubres que ahí también hay plenitud y creatividad.
Diferencias la conexión superficial de los vínculos reales, y priorizas relaciones que te nutren y te sostienen.
Tu valor ya no depende de la aprobación externa: te validas a ti mismo y encuentras satisfacción en lo que haces, aunque nadie lo vea. En este sentido dejas de vincular atención con amor.
Desde ahí, consultas las redes con claridad y propósito: buscas inspiración, conexión o diversión, y sabes retirarte cuando lo has encontrado.
Seleccionas el contenido que resuena contigo y publicas desde tu autenticidad, transformando el móvil en un aliado que potencia tu creatividad y tus talentos, en lugar de un refugio para escapar del malestar.
Y si alguna vez te dejas atrapar más de lo que quisieras, te das cuenta, te detienes y te tratas con amabilidad.
Este libro acompaña a quienes desean recuperar su poder y soltar los lazos invisibles que los atan al móvil. A quienes anhelan rescatar su creatividad y reclamar su tiempo para entregarlo a lo que verdaderamente los hace sentirse vivos. Y también a quienes quieren aprender a vivir en paz en un mundo de distracciones.
Seguir las pautas que recojo en estas páginas me ha ayudado a decidir cómo quiero estar en el mundo y a comprender qué significa la libertad para mí en este momento. La encuentro en el tiempo que dedico a conectar con el silencio, la plenitud y la expansión. En los paisajes salvajes y vírgenes que me elevan hasta la cima y me llevan a creer que todo es posible. También en los deportes acuáticos, que despiertan en mí la fuerza, la confianza, el fluir y el soltar el control.
La inmensidad de la tierra, el océano y el cielo se han convertido en grandes maestros. Sentir el poder del sol, del viento y del mar. Habitar escenarios en los que me descubro muy pequeña y, a la vez, infinitamente grande.
Aquí, con poca cobertura y mucha conexión interior, mi alma está feliz.
«Estaba mejor antes»
El uso de las pantallas es una expresión más de algo intrínsecamente humano. La tecnología cambia, pero nuestra manera de relacionarnos con lo que nos rodea no es tan distinta. Quizá la tecnología ha evolucionado más rápido que nuestro nivel de consciencia, y en ese desfase aparece cierta fricción.
A menudo nos quedamos en lo que se ve, en lo inmediato, en lo que brilla. Y hoy lo que brilla y que está al alcance de todas las personas es una pantalla. No siempre es huida; muchas veces es simple inercia. Consumimos lo que aparece delante sin preguntarnos qué hay debajo, a qué estamos renunciando. Y cuando esa falta de mirada profunda se traslada al entorno digital, la inercia adopta su forma más accesible.
Por experiencia, siento que lo que ocurre responde a un propósito, aunque no siempre lo entendamos al instante. Diré algo que puede incomodar: me resulta curioso observar cómo la misma generación que pasó horas frente al televisor se escandaliza al ver a jóvenes mirando el móvil. A efectos simples, ambos están frente a una pantalla. Una proponía una experiencia más pasiva; la otra nos implica, nos invita a interactuar. Cambia el formato, cambia el grado de participación pero, en esencia, seguimos ante un dispositivo que brilla y captura nuestra atención.
Quizá, si dejamos de alarmarnos ante el uso digital de los jóvenes, si dejamos de repetir que todo está mal o que no debería ser así, si dejamos de discutir con la realidad tal y como se presenta, podamos situarnos en un lugar más lúcido. Un lugar desde el que actuar con efectividad y sin fricción, en vez de reaccionar desde el miedo.
La realidad, por incómoda o desafiante que parezca, no hace más que empujarnos a despertar a la verdad de quienes somos. Lo digital añade una capa más a un entramado que ya nos resultaba complejo. Siempre nos hemos proyectado en nuestros pensamient
