Líneas rojas

Fernando Rueda
Fernando Rueda

Fragmento

Preámbulo. Una voz del pasado

Preámbulo

Una voz del pasado

1 de marzo de 2002, en un lugar desconocido

—¡Despierta, vamos, chico, deja de dormir! Corres peligro en esta habitación, en esta casa. No es un sueño, está pasando de verdad. Han salido hacia aquí, vienen a por ti. ¡Vamos!, espabila. Se te acaba el tiempo. Te van a pillar los israelíes. Los has jodido, desean hacértelo pagar. Deprisa, quieren matarte, huye. ¿Es que no me oyes? ¡Migueeeeeel!

Mikel Lejarza, alterado, abre los ojos con el pánico metido en el cuerpo. Está sudando, sujeta el embozo de la sábana a la altura de la boca. Busca moviendo los ojos a la mujer que ha hablado. Respira aceleradamente, escucha las pulsaciones de su corazón sobresaltado, no comprende nada. Se incorpora en la cama. Mira su reloj de muñeca, las 3.53 de la madrugada. Hora capicúa, buena suerte. Aparta la ropa, lanza los pies al suelo y permanece sentado unos segundos mientras intenta asimilar la situación. ¿Dónde estoy? ¿Qué hice ayer? ¿Por qué puedo estar en peligro? Lleva treinta años durmiendo mal, necesita tiempo para despejarse, pero hoy no puede permitírselo. Con una celeridad nada habitual, se mete el polo por la cabeza, se enfunda los vaqueros, se calza los mocasines, se pone la cazadora y sale apresuradamente. En el recibidor agarra con urgencia el pomo de la puerta que da a la calle y antes de presionarlo hacia abajo se frena. Piensa en avisar a los dueños de la casa: «Me voy, vienen a matarme, quizá sea una falsa alarma». Desecha la idea. No se despide, mejor no asustarlos.

Saca la pistola Sig Sauer P226 de la mochila, la carga intentando minimizar el ruido, ojea por la mirilla de la puerta, todo está oscuro, si hubiera alguien acechando la luz se habría encendido automáticamente. Abre despacio, busca señales del enemigo como si fuera un indio apache, baja los tres pisos por la escalera, sale a la calle y se mete en su Chrysler Voyager aparcada muy cerca. Se alegra de no haberla estacionado en el primer hueco que encontró. Deposita el arma en el asiento del copiloto, la mochila en el suelo, enciende el motor y sale disparado. No ha recorrido trescientos metros cuando se le despeja la cabeza. Le vienen imágenes sueltas de espías del Mossad, de una conspiración internacional, de asesinatos, de miembros de su equipo en peligro. Cambia de opinión y de sentido de marcha. Encuentra una esquina discreta desde donde tiene una visión alejada y clara del portal de la casa en la que estaba durmiendo.

No han pasado cinco minutos cuando el silencio de la noche es interrumpido por la aproximación de dos coches por vías distintas. Un todoterreno aparca en el mismo sitio donde un rato antes estaba su Chrysler. Bajan tres hombres musculosos con chalecos caquis, gorras y gafas de visión nocturna, armados con metralletas, mientras el conductor permanece en su sitio con el motor encendido. Del otro vehículo, fuera de su campo de visión, no tarda en aparecer un hombre con sombrero, al que escolta una mujer, también con aspecto paramilitar, que se dirige al portal, maniobra sin hacer ruido, lo abre y se hace a un lado para que los otros tres avancen en formación antiterrorista. Lejarza sigue con la mirada al del sombrero y a la chica hasta que desaparecen por el mismo lado izquierdo desde donde han entrado en escena. Las unidades del Kidon, el escuadrón de la muerte de Israel, el que aplica el ojo por ojo, se mueven en territorio hostil en pequeños grupos, en los que los ejecutores de asesinatos y secuestros van acompañados por expertos en técnicas especiales como la cerrajería. El grupo recibe órdenes firmadas por el primer ministro de Israel para acabar con enemigos del Estado en cuya identificación y seguimiento no han participado.

Dos golpes, una llamada de atención en el cristal de su coche, le hielan la sangre. No aparta la vista del portal, aunque en su campo de visión aparece una metralleta y un dedo en el gatillo con la uña pintada de rojo escarlata. De reojo mide la distancia que hay entre su pistola ya cargada, lista para ser disparada, y su mano derecha. Antes de que la alcance, esa killer le habrá volado la cabeza.

PRIMERA PARTE

Formar una unidad secreta de acción

con agentes desarraigados

1

Algo carece de sentido

(45 días antes) 15 de enero, Malta

Dos auxiliares del Aeropuerto Internacional de Malta, visibles a distancia gracias a sus chalecos reflectantes azafranados, esperan a que un Boeing 737 procedente de Madrid se estacione en la plataforma para organizar el vaciado de su bodega. A uno de ellos, Olivier, le temblequea todo el cuerpo, como si estuviera poseído por un frío polar imposible a esas horas de la madrugada en ese país. Está concentrado en la maniobra final del avión, pero la imagen que perciben sus retinas pierde fuerza al llegar al cerebro ante un recuerdo más intenso, contemplado varias veces en las últimas semanas: féretros de madera de varios modelos, unos de chopo, otros de cedro, algunos de contrachapado, todos con el brillo de lo recién terminado. Una imagen tenebrosa que le produce grima y ha excitado sus ansias de fisgonear.

Sabe que la isla está sumida en una contradicción existencial: es una roca y de sus tripas no sale nada productivo. Todo lo que consume su medio millón de habitantes les llega desde muchos lugares del mundo, especialmente de Sicilia, en barco o avión. Para él carece de sentido que en las dos últimas semanas hayan aterrizado cinco aviones con centenares de ataúdes procedentes de Francia y España. ¿Por qué la funeraria maltesa no se los encarga al mismo proveedor? Si no hay urgencia y el traslado es más barato en barco, ¿por qué se empeñan en mandarlos vía aérea? Y ¿por qué han acelerado los envíos?: cuarenta y ocho horas antes aterrizó otro vuelo procedente de París. Ese día confirmó sus sospechas y encontró la prueba que le daba la razón mientras ayudaba a cargar las cajas: pesaban más de la cuenta, no llegaban vacías.

A un mozo de carga le había chocado tanto como a él: «Deben enviarlos con muerto dentro». Quizá era droga, pero resultaba difícil de confirmar porque el envío sospechosamente no pasaba por la aduana. Los bajaban del avión, los cargaban en camiones y los trasladaban hasta una nave. Lo sabía porque les habían pedido el favor a él y a su compañero Paul de que participaran en el desplazamiento a cambio de una remuneración extra.

Paul pasaba de conspiraciones. «No me vengas con ese rollo», le contestó la última vez, harto de escuchar sus peroratas sobre lo que podían esconder. Para él Malta es una isla para pasárselo bien, a nadie le importa si te llevas un porcentaje por cada permiso de obra que concedes o si trabajas en un banco blanqueando dinero de procedencia turbia.

Olivier toma con frecuencia copas con este inglés rubio de piel transparente que llegó a la isla huyendo del control paterno, que bebe tanto como él, pero con una novia que le encanta, tan loca como los dos. Espera que algún día rompan para tirarle los tejos. Paul no es tonto: sabe que su amigo dispone de más pasta de lo habitual, desconoce en qué negocio está metido, pero no le interesa descubrir su procedencia. Si necesita dinero, su brother siempre se lo va a prestar. Olivier le habría contado el origen de sus ingresos extras si se lo hubiera preguntado.

De padre francés y madre maltesa, dejó los estudios por culpa de la vagancia y las drogas. ¿Para qué estudiar si podía vivir mucho mejor que sus compañeros de colegio ganando un sueldazo como camarero? Con el transcurrir de los años terminó hartándose del maltrato de algunos encargados y de ver cómo sus amigos acababan la carrera, subían en la escala social y él seguía ingresando el mismo número de billetes, que empezó a parecerle un sueldecito. Su padre era muy amigo del director del aeropuerto y le encontró un hueco como auxiliar de plataforma.

Después le cayó del cielo la oferta de aquel francés, Simon Morel, al que conoció por casualidad en un bar de Paceville, la zona de fiesta a la que acuden los que buscan diversión nocturna gracias a una oferta inigualable de discotecas, bares y clubes de striptease. A la cuarta copa —ese tío aguantaba la bebida tanto como él—, se dio cuenta de que ya conocía su ascendencia gala y otros detalles de su vida. Nada le pareció casual: Morel había buscado acercarse a ese chico que hablaba francés, de pelo moreno muy corto, barbilampiño, camiseta y vaqueros. Al despertarse al día siguiente, Olivier tomó conciencia de que lo único que sabía de aquel tipo es que era comercial en una empresa francesa con intereses en Malta y que viajaba allí al menos una vez al mes.

Dos visitas más tarde habían alcanzado un cierto grado de afabilidad y Morel se lo soltó: necesitaba contar con alguien de confianza en el aeropuerto para indagar sobre productos que llegaban a la isla y pudieran ser competencia de su negocio. A Olivier no le violentó el ofrecimiento, aunque quebraba la lealtad debida a su empresa. No le importaba el aeropuerto, no haría nada en contra del director porque era amigo de su padre, pero si podía lucrarse no pensaba dejar pasar la oportunidad.

Durante cinco meses estuvo sacando información sobre llegadas de vuelos, horas, procedencias, cargas y otros datos singulares, como si la policía revisaba o no el contenido de algunos envíos. Cuando su amigo francés visitaba Malta, se iban de copas a Paceville y recibía un sobre abultado lleno de billetes, muchos más de lo que podía imaginar.

Nunca le pidió detalles del uso que iba a dar a sus descubrimientos, ni mostró extrañeza cuando la documentación que le solicitaba sobrepasaba ampliamente los intereses de cualquier multinacional. Obtenía las respuestas y al llegar a su casa, compartida con Paul y su novia, entraba en una página web de sexo, buscaba siempre a la misma chica que hacía un striptease y escribía en el chat el resultado de sus indagaciones.

Al sexto mes todo cambió. El tipo aumentó el grosor del sobre y destapó sus cartas: era un policía francés encargado de investigar delitos cometidos por mafias internacionales. Malta era el país más corrupto del planeta, la mayor parte de sus políticos estaban comprados por las grandes corporaciones, y las operaciones bancarias con dinero negro amparaban a delincuentes franceses y de todo el mundo.

—Ya será menos —le contestó Olivier sin dejarse impresionar—. Me da igual lo que te mueva a pagarme, el trapicheo de drogas, el espionaje entre empresas o el blanqueo de pasta sucia. Has acabado con mis problemas económicos, paso de lo demás. He podido salir de casa de mis viejos y vivo con un colega. Voy a pagarme un curso por internet para aprender a invertir en bolsa y en el futuro quiero ser bróker. Entonces ya no te necesitaré.

Ha pasado casi un año y nada ha cambiado. Algo sí, Morel le ha dado manga ancha y confía en él para que tome la iniciativa, husmee durante su turno de noche y le informe de todo aquello que le resulte sospechoso. La carga de ese avión procedente de Madrid lo es.

Paul y él dirigen con soltura la maniobra de descarga del material. Intenta concentrarse y arrancar de su cabeza la obsesión por descubrir el contenido, seguro ilegal, de los ataúdes. El equipo de ganapanes atiende sus instrucciones y con modales toscos llevan a cabo el traslado a los camiones. Aunque no sea su labor, Olivier les echa una mano en un par de momentos para comprobar el peso, distinto al que deberían tener si estuvieran vacíos.

Como en anteriores ocasiones, los camioneros, unos cachas de gimnasio, vigilan la operación más como fuerza de protección que como profesionales de la carretera. Casi todos llevan una pistola metida en una cartuchera colocada cerca del sobaco, Olivier las divisa cuando el viento agita sus ligeras chupas.

Paul se sube a la cabina del conductor de un camión y él a otra, mientras los peones lo hacen en los remolques, junto a los féretros. La caravana de diez vehículos se dirige al almacén, no está lejos. Pertenece a la empresa funeraria Árbol de la Vida, un nombre que le parece de guasa. Sus piernas vuelven a temblar, el chófer lo mira de reojo: «Me he quedado frío».

Es Tabone, el mismo treintañero corpulento con quien ha viajado en ocasiones anteriores, uno de los pocos que no va armado y siempre le ha mostrado simpatía. Tras el segundo transporte, se lo encontró una noche mientras tomaba copas y estuvieron charlando un rato largo. El conductor le contó que se estaba volviendo loco por vivir en una isla, necesitaba largarse urgentemente, romper el perímetro que lo oprimía.

Olivier sintió que Tabone empatizaba con él, como casi todos los chicos y chicas con los que se relacionaba. Escuchaba con atención sus penas entre cerveza y cerveza, los aconsejaba poniéndose en su lugar y él también compartía sus inquietudes. Era un gran conversador, el conductor quedó encantado y nunca volvieron a encontrarse fuera del trabajo.

En el siguiente transporte, Tabone lo sorprendió mientras intentaba abrir con las manos una de las cajas. Le preguntó qué hacía con la misma incredulidad de quien pilla a su mejor amigo intentando ligar con su novia. Olivier titubeó y, al no encontrar una respuesta convincente, terminó aduciendo que nunca había visto un ataúd por dentro. Los dos rieron y ahí quedó la cosa. En el siguiente viaje, Olivier se separó del grupo para entrar en el despacho de la nave cuya puerta habían dejado entreabierta. Apenas llevaba unos segundos revolviendo los papeles de encima de la mesa para buscar datos sobre la empresa en la que estaban, de la remitente o de cualquier otra, cuando casi le da un soponcio al oír unos toques en la cristalera y ver a Tabone sonriéndole desde el otro lado. No supo cómo salir del entuerto y optó por decirle la verdad, al menos una parte: «Me ha podido la curiosidad, no sé qué mierda hay dentro de los féretros que los hace pesar tanto. ¿Tú lo sabes?». El camionero sustituyó su cara de «¿Qué haces, macho?» por otra de «Ni puñetera idea».

La pierna de Olivier se relaja cuando piensa en el buen rollo que tiene con el conductor. Si en lugar de pillarlo él lo hubiera hecho uno de los pistoleros, especialmente Adam, no sabe lo que podría haber pasado. Es un tipo mal encarado que lo vigila continuamente, el típico matón acosador que no se fía de nadie y está buscando bronca.

Veinte minutos después de haber salido del aeropuerto, llegan a las proximidades de una nave en mitad del campo, dentro de un terreno cercado. Los camiones se colocan mirando al edificio rectangular con las luces largas encendidas para iluminar la operación de descarga. El encargado los recibe y toma el mando. La mano de obra se concentra en descargar el primer camión mientras los conductores no les quitan ojo y se sitúan como si una amenaza procedente de la oscuridad de la noche pudiera aparecer en cualquier momento.

El primer día que fueron a la nave, dispusieron los féretros pegados a la pared del fondo, formando varias hileras en dirección a la puerta de entrada, uno al lado del otro, con un pasillo poco holgado entre medias, dibujando una postal de espanto, de esas que hielan la sangre tras un accidente aéreo o un atentado salvaje lleno de víctimas. En los siguientes envíos acomodaron las cajas encima de las anteriores y prolongaron, como ese día, la línea de la muerte.

Olivier ve desplazarse a los hombres en una larga y disciplinada comitiva. En el campo cargan los féretros a hombros, sin recurrir a la ayuda de máquinas, y cuando todos están sujetando alguno, caminan en procesión hacia el interior siguiendo las instrucciones del encargado que los conduce hasta el lugar de la nave donde deben depositarlos. Esperan a que todos estén libres de carga y solo entonces salen a por más material. Varios de los camioneros los acompañan y vigilan mientras el resto permanece fuera, cerca de los camiones. Es como si en lugar de féretros transportaran lingotes de oro.

Nota la mirada escrutadora y altanera de Adam, por suerte tiene mucha gente a la que vigilar. Cuando está lejos de su alcance, hace un gesto al encargado y se dirige al cuarto de baño, en el centro del almacén, junto a la pequeña oficina, esa con pocos muebles y varios archivadores en la que lo sorprendieron olisqueando lo que no debía. Entra y echa un vistazo a su espalda antes de que se cierre la puerta: los ve a todos dirigirse afuera.

Sale con premura, dispone de poco tiempo, se ubica detrás de una torre de féretros, en un punto desde donde no pueden divisarlo desde la entrada. Cerca de su escondite elige uno al azar de los de esa noche. La plancha superior está dividida en dos partes, decide atacar la que se abre para ver al difunto. Saca un destornillador escondido dentro del chaleco de trabajo. Lo mete en la hendidura que une la tapa con la base de la caja y trata de separarlas. Frena en cuanto oye que regresa la comitiva. Se guarece un poco más al fondo, perdido en una explanada con más de trescientos féretros. Oye murmullos y órdenes, pero no los ve; perfecto, así tampoco lo verán a él. Huele intensamente a madera y barniz. Le asalta el recuerdo de cuando de pequeño se colocaba con pegamento, ¡qué barbaridad!, qué mal se lo hizo pasar a sus padres.

Transcurren los minutos, los operarios se alejan charlando, el encargado les exige premura, el ruido de las voces regresa al campo. Espera hasta confirmar la ausencia de gente en el interior. Vuelve a hacer palanca con el destornillador, esta vez con más fuerza. La puñetera caja no se abre. Regresan los ruidos, se precipita a su escondite. Si pudiera, se bebería una cerveza bien fresca y fumaría un pitillo para apaciguar los nervios, que empiezan a desbordarlo. Su ausencia prolongada va a llamar la atención, tiene que resolverlo en la próxima oportunidad o dejarlo para otra ocasión. Empieza a sudar por las axilas. Aguanta la respiración para captar cuanto antes el momento en el que abandonan la nave, no les debe quedar mucho para concluir. Regresa a la faena. Descarga toda la energía que le queda, reprime un grito para impulsarse mejor y, finalmente, lo consigue. Siente el placer de haber abierto el cofre, aunque desconoce si contendrá el tesoro buscado.

Sube la tapa y contempla su interior: «¡Madre mía!». Sorprendido por lo que tiene delante, expulsa por la boca todo el aire. No puede retirar la mirada, jamás podría habérselo imaginado. Embelesado, con la guardia baja, oye unos pasos suaves, discretos, como los de una bailarina, que se acercan por detrás sin tiempo para escabullirse.

Gira el cuello con violencia, con pavor, sin soltar la tapa sujeta con la mano izquierda. Percibe un golpe en la cabeza, se le nubla la vista y pierde la conciencia. Cae junto al féretro. Sus últimos pensamientos son para sus padres, a los que no volverá a ver; para Morel, con el que nunca debió trabajar, y para la novia de Paul, a la que ya nunca podrá besar.

2

Los putos féretros

17 de enero, Malta

El capitán Simon Morel se sintió culpable tras conocer la noticia de la muerte de Olivier. Pidió viajar a Malta, y el comandante Duval, su jefe, le hizo ver lo obvio: carecía de competencias para investigar, no pintaba nada en la isla. Solo pudo convencerlo cuando le enseñó la pista, un mensaje que podría llegar a ser incriminatorio contra un sospechoso. Le prometió ser discreto, no meterse en líos y, a regañadientes, terminó aceptando que lo acompañara la teniente Stella Breton, a la que no soportaba y media oficina le ponía ojitos cuando la veían pasar con su melena rubia ceniza recogida en una coleta tirante y sus jerséis de lana muy amplios escondiendo las sensuales curvas de su cuerpo. Obligarlo a ir acompañado pretendía ser una garantía para evitar que se descontrolara durante la investigación.

Morel y Breton llegan al aeropuerto en un día con el cielo plomizo, acompañante perfecto de sus sentimientos. Alquilan un Renault francés, guardan el equipaje en el maletero y, sin pasar por el hotel, se desplazan a casa de los padres de Olivier. Conduce Morel, conoce la isla al detalle.

Tres años antes lo enviaron para investigar a un banco que supuestamente blanqueaba dinero de una banda mafiosa de Córcega. Comenzó su despliegue arropado únicamente por una tarjeta de visita en la que aparecía su nombre auténtico acompañado de un cargo inventado en unos conocidos grandes almacenes parisinos. Si alguien sospechaba, el número de teléfono que figuraba sería contestado por su secretaria, en realidad una funcionaria de policía. En unos meses localizó, investigó, abordó y convenció a un empleado de la sección de mantenimiento informático del banco para que sustrajera información reservada. Siempre se refería a él como «un ayudante voluntario», mejor que describirlo como un yonqui con problemas para distinguir la noche del día, al que obligó a comprender el infierno en que podía convertirse su vida si no arrimaba el hombro.

Tras ese primer éxito, le encargaron la creación de una red de informadores para investigar las tramas ilegales montadas en Malta con ramificaciones en Francia. Ahí apareció Olivier, un colaborador inmejorable, hábil y despierto, entregado a la causa desde el primer momento, sin escrúpulos estúpidos y con iniciativa para detectar cambalaches camuflados. Sus luces de alarma las encendieron unas cajas mortuorias que pesaban más de la cuenta, nadie las revisaba y procedían de dos países. Parecía un tema menor. Morel erró al pensar que Olivier no se arriesgaría hasta el extremo de ponerse en peligro. Estaba seguro: lo habían matado. Las pruebas le explicarían quién y cómo.

Breton va en el asiento del acompañante. Nota al capitán abstraído desde que salieron del aeropuerto de Orly, no le ha prestado a la teniente la mínima atención. La barba sin rasurar, el cansancio de no haber dormido marcado en sus ojos y la extraña mezcla de un jersey azul marino con un pantalón negro, rarezas en un hombre clásico, siempre pulcro y conjuntado, delatan lo desnortado que está por la pérdida del colaborador. No le dirige la palabra, lo imagina centrado en sus disquisiciones intentando digerir uno de los peores tragos para un policía: ¿podía haber evitado su muerte? Ella solo lleva un año compartiendo destino con él, un obseso del trabajo, pero sabe que la pérdida de Olivier es como si le hubieran arrancado un brazo y no permitirá que quede impune.

Los padres viven en una urbanización cerrada en Sliema, a poco más de media hora paseando por la costa desde La Valeta, la capital. Es un complejo de reciente construcción de varios edificios de cuatro plantas, con un diseño moderno para gente pudiente. El color pardusco intenta adaptarse al clima invernal cálido, pero lluvioso y ventoso, que disfrutan en la isla y que en ese momento, con 13 grados, alcanza la temperatura más fría del año. La verja del jardín comunitario está abierta y también el portal. No obstante, utilizan el portero automático para avisar de su llegada, aunque da igual, les franquean la entrada sin identificarlos. Suben hasta el primer piso, aprietan el timbre y les abre un señor maduro con aspecto desangelado, bolsas debajo de los ojos y pelo alborotado. Los mira sin sorpresa.

—¿Son amigos de Olivier? —pregunta en maltés.

—Lo era —responde Morel en francés—. ¿Usted era su padre?

—Vincent Leblanc. —Los invita a entrar cambiando al idioma de su infancia.

El mármol del suelo del recibidor, de color marfil, añade frialdad al momento. Es la antecámara de un salón de sesenta metros cuadrados, con grandes muebles de anticuario y estanterías de madera tallada atestadas de libros. El espacio gira alrededor de un sofá enorme con chaise longue pegado a la pared que está frente a la puerta, en el que hay dos parejas sentadas. Morel coge por el brazo al señor Leblanc y le susurra al oído:

—Somos de la Police Nationale, no se altere, me gustaría hablar a solas con usted.

—¿La policía francesa? —contesta sorprendido y añade disgustado—: Me acaba de decir que es amigo de mi hijo.

—Las dos cosas son ciertas.

—¿Qué tiene que ver mi hijo con la policía francesa?

Leblanc no ha subido la voz, las últimas cuarenta y ocho horas le han consumido el vigor y no lo ha podido recuperar ni con la ayuda de los continuos cafés dobles bien cargados. Los amigos y familiares sentados los contemplan, más tensos desde que han oído pronunciar la palabra «policía». La esposa entra en el salón y se acerca a su marido, lo rodea por la cintura con su brazo izquierdo y apoya la cabeza en su pecho. No dice nada, aunque se queda mirando fijamente a Morel.

—Teresa, este es el inspector…

—Capitán Morel y esta es la teniente Breton, pertenecemos a la Police Nationale.

La mujer, apocada, les extiende la mano blanda sin apartarse de su marido, ya nada le importa.

—Voy a ir a hablar con el capitán a nuestra habitación —le dice Vincent a su mujer mientras la acompaña a un sillón que forma un ángulo de noventa grados con el sofá en el que está sentada la familia.

El hombre más cercano le coge una mano y se la besa. Breton acerca una silla de las que rodean la mesa de comedor y se coloca junto a la madre. Le hubiera gustado asistir a la reunión, pero Morel la ha dejado al margen.

El dormitorio está igual de recargado de muebles que el salón. Una cama muy amplia, una cómoda antigua a los pies, un armario hasta cerca del techo en el tabique de la puerta y al fondo una mesita baja con dos pequeños butacones, de esos de adorno que nunca se usan. Morel se sienta en uno y Leblanc lo hace en la cama.

—Tenemos otra habitación más espaciosa, donde mi mujer hace punto, y el dormitorio de Olivier, pero no me apetece entrar.

—Lo entiendo perfectamente, aquí está bien.

—Soy francés, bueno, eso ya lo sabe, imagino. Mi hijo es maltés, como su madre, está encantado de serlo. Es un chico estupendo, mal estudiante, odia los libros, pero cuando se pone a trabajar en algo no lo supera nadie. Le dije: «Ve al aeropuerto y pregunta por el director, le cuentas que eres mi hijo». No quiso, «Que no, papá, paso de recomendaciones». Tuve que ir yo y le conseguí el trabajo. Al principio remoloneaba, luego quedó encantado. Le iba tan bien que se independizó hace unos meses y se fue a vivir a casa de su compañero de trabajo. De repente empezó a tener ingresos extras, me preocupé, ¿no habrá vuelto otra vez a trapichear con drogas? Su madre también sospechaba, nunca me lo comentó, como si pensara que no me daría cuenta.

Relata la historia triste y apático, mirando a Morel a la cara. La angustia le aflora, le cuesta respirar para sacar algo que le acongoja.

—¿En qué está metido mi hijo para que lo maten?

Morel nota su rigidez, no quiere aceptar que su hijo ha muerto y le cuesta verbalizarlo.

—En nada malo y no había vuelto a consumir drogas.

—¿Por qué lo perseguía usted?

—No lo hice nunca, todo lo contrario.

Compartir los interrogantes que lo torturan libera a Leblanc de una pesada carga.

—¿De dónde procedía el dinero extra que le permitió salir de esta casa?

—Colaboraba conmigo en trabajos puntuales.

No le convence la respuesta, siente desasosiego por los errores que su hijo ha podido cometer y que él debería haber evitado.

—¿Convirtió a mi hijo en un soplón? ¿Lo obligó a traicionar la confianza que en el aeropuerto habían depositado en él?

—No hizo nada ilegal, si es eso lo que le preocupa.

—¿Se lo ha contado a la policía maltesa?

—No puedo. Mi trabajo de varios años se iría al traste. Me he enterado de lo de Olivier de una manera indirecta y he venido lo más rápido posible.

—¿Su trabajo al traste? ¿Y mi hijo qué? —La intranquilidad está convirtiéndose en congoja. Quiere controlarse, pero el dolor está saliendo a borbotones de lo más profundo de su corazón—. Lo han matado por su culpa, y que se joda él y nos jodamos nosotros.

—Su hijo llevaba dos meses, casi tres, sin hacer ningún trabajo para mí —miente para reconducir la situación a su favor—. No he venido porque sospeche que lo han matado, solo quiero darles mi pésame y acompañarlos. Llegamos a ser amigos, me hablaba de lo que les hizo sufrir desde aquel día en que usted le estaba tomando la lección para ayudarlo a estudiar y él no aguantaba más, odiaba quedarse solo delante del libro y se escapó corriendo de casa. Estuvo veinticuatro horas desaparecido, hasta que la madre de un compañero del cole delató su paradero. Me contaba que nunca le había dicho a usted ni a su madre que lo sentía, que comprendía que lo hacían por su bien. Me explicó que algún día, cuando tuviera un hijo, esperaba ser tan buen padre como ustedes lo habían sido con él.

—Le agradezco sus palabras. Me duele tanto su pérdida que temo hundirme en la desesperación si lo pienso y no poder cuidar de Teresa. —Por primera vez retira la mirada del capitán, la dirige a un punto indeterminado de la pared y se emociona—. Nunca volverá a ser la misma.

Guarda un momento de silencio que el capitán no se atreve a romper.

—Solo me han contado que se cayó borracho por un precipicio. No me lo han dicho así, pero casi. Mi hijo bebía mucho, lo sé; hacía muchas tonterías, lo sé; si le tocaban mucho las narices terminaba peleándose, lo sé. Pero no me creo lo que me han contado, mi hijo es un buen chico.

—Pienso como usted. Aún más, le propongo una idea: si usted quiere, intento que la Pulizija me cuente los detalles del caso, Malta no es mi jurisdicción, pero puedo pedirle ayuda a mi jefe en París para intervenir.

—Se lo agradecería.

—Me vendría bien poder decir que usted como francés nos ha solicitado que nos interesemos por el caso.

—Adelante. Pero antes le quiero preguntar algo: ¿me da su palabra de honor de que a mi hijo no lo ha matado ninguno de los miles de delincuentes que hay en Malta mientras hacía algún trabajo para usted?

—Se lo aseguro, y le prometo que le mantendré al tanto de los datos que vayamos conociendo. Eso sí, le pido que no desvele a nadie que Olivier colaboraba con nosotros.

Vincent Leblanc se queda un momento callado, una idea se le pasa por la cabeza y cambia el gesto.

—Guardaré silencio y le tomo la palabra. Le autoricen o no a participar en las indagaciones, me contará lo que sepa y me cogerá el teléfono siempre para responder a mis preguntas. —Se levanta y le tiende la mano para sellar el acuerdo.

Cinco minutos después Morel y Breton salen del hogar hecho añicos. Leblanc pide disculpas a su mujer y al resto de las visitas y se va al cuarto de baño. Cierra la puerta, saca el móvil y marca un número de teléfono de España.

—Frédéric, soy tu primo Vincent, escúchame bien. Acabo de descubrir que la muerte de Olivier no tuvo nada que ver con un accidente, ni con drogas, gracias a Dios. ¡Lo han matado!

—¿Qué estás diciendo, hombre?

—Acaba de venir un policía francés que tenía contratado a Olivier como informante. Se ha pensado que soy gilipollas y me ha contado una sarta de mentiras que ni te imaginas. Sé que estás jubilado, que ya no eres espía, pero hace un año estuviste en Dubái ayudando a ese agente tuyo tan complicado al que tanto quieres, ese al que llamas El Lobo. Así que no me alegues ni vejez ni lumbago crónico, tienes que descubrir quién ha matado a mi Olivier. Sabes lo que hice en mi juventud, para quién trabajé, y no me temblará el pulso para encargar su muerte. Tengo un montón de dinero guardado de mi época mafiosa que iba a ser para Olivier, y ahora lo será para el que reviente a tiros a ese hijo de puta.

3

No me fío de nadie

(Cuatro días después) 21 de enero, Bilbao

La Biblioteca Central de Bidebarrieta, ubicada en el animado Casco Viejo, es el último lugar donde alguien podría imaginar la presencia de Mikel Lejarza, el más famoso infiltrado en la historia de la banda terrorista ETA, de la que salió veintisiete años atrás. Un antiguo miembro de la organización ha escrito un libro sobre la historia de Euskadi y lo presenta en sociedad con la sala llena de viejos camaradas de armas y miembros de la izquierda política abertzale.

El Lobo se acomoda en la penúltima fila, en la butaca junto al pasillo, la más adecuada para salir con celeridad y discreción sin obligar a otros a levantarse. Posa su mirada vigilante sobre ella, tres filas por delante, en el otro lado, la mujer que le ha incitado a arrinconar por un día la sagrada norma de seguridad de no pisar el territorio de Euskadi que lo vio nacer y, especialmente, la de no relacionarse con el mundo de la banda a la que engañó y persiguió.

Acababa de empezar a buscarla cuando se enteró de que iba a acudir a este acto y decidió abordarla a la salida. Tras pegarse una espesa barba postiza para falsear su rostro, se había acercado a las proximidades de la biblioteca municipal. En la calle vio a los líderes de Batasuna que con frecuencia aparecen en los informativos de televisión y a un par de exmiembros de ETA, entrados en años, a los que había conocido durante su infiltración. Con uno de ellos no pudo evitar la maniobra disuasoria de dirigirse hacia él como un coche de carreras que pretende chocar de frente con otro. En el último momento dio un volantazo imaginario para evitar el contacto. Por un segundo, quizá menos, el etarra clavó su mirada en el semblante del viejo camarada que lo llevó a la cárcel, pero no halló nada familiar en él. Lejarza sintió el efecto del chute de adrenalina, de nuevo era un lobo estepario capaz de sobrevivir entre sus cazadores. No lo pensó dos veces, ni siquiera una, cambió de sentido y se dirigió al salón de actos. Ella ya estaba sentada y él escogió un cómodo lugar para observarla. Ninguno de los dos debía estar allí, ella todavía menos que él.

Contempla desde atrás su pelo moreno cayendo por los hombros, recogido en parte por una pinza blanca. Tiene el bolso de piel en el regazo, con las manos envolviéndolo, seguramente para sentir el tacto de una pistola. Gira la cabeza para observar al resto de los asistentes simulando hacer tiempo hasta que comience el acto. Parece distinta a la de las fotos de su juventud que le han enseñado, ha cambiado con acierto su apariencia para evitar la venganza de aquellos a los que embaucó. ¿Habrá pasado, como él, por las manos de un cirujano plástico? ¿Cambiará frecuentemente el peinado y el color de pelo, como él? ¿Elegirá cuidadosamente el vestuario según el papel que piensa representar, como él? Está seguro de que sí.

Durante la hora siguiente, Lejarza se despreocupa de los problemas que podría generar que alguien lo identificara como el infiltrado que llevó a la cárcel a más de doscientos miembros de la organización, y no para de observar a su objetivo. Solo la ve volverse dos veces para inspeccionar detrás de ella, momentos en los que él sube la barbilla para mostrar un interés desmedido por lo que pasa en el escenario.

De repente se percata de que al lado de la chica está sentado un viejo camarada de armas suyo que ignora su auténtica identidad y de vez en cuando le hace comentarios, ante los que ella sonríe amablemente sin rehusar el contacto. Le parece detectar una intención seductora en su sonrisa, pero deben ser imaginaciones suyas. Si él conoce el historial sangriento de ese etarra, ella no puede ser ajena. Seguro que ese encuentro ha sido una maldita casualidad. O quizá no.

Momentos antes de acabar la presentación, la chica abandona la sala con la celeridad de quien quiere evitar los apretujones de salida, en los que la proximidad puede conducir a que algún enemigo la reconozca. Mikel la contempla por primera vez de frente. Sabe por su ficha que tiene treinta años y comprueba que el cirujano no ha usado el bisturí en su cara, los cambios proceden de una acertada mezcla de maquillaje y pequeños arreglos. Las reducidas líneas de arrugas junto a los ojos son el pago por los momentos aterradores padecidos.

Espera en su sitio, se cerciora de que nadie va tras ella y la sigue. Son las ocho y media, las calles están oscuras, le da igual, conoce a la perfección el Casco Viejo, sus intríngulis, sus atajos. Muchos años de ir de copas con la cuadrilla y otros tantos de perseguir etarras en sus escondrijos para identificárselos a la Guardia Civil. Cambian los bares y las apariencias de algunos edificios, pero tiene en la cabeza el esqueleto del mapa de las vías. Quiere evitar perderla, aunque tampoco le conviene asustarla y que desaparezca. Su objetivo no tarda en pulsar el teclado de un portero automático, abren el portal y entra. ¿Lo habrá descubierto y se esconde en el edificio para ganar tiempo o, simplemente, ha ido a casa de un amigo? Decide averiguarlo. Llama a varios pisos, se cruzan dos voces, «¿Quién es?», una de ellas le allana el camino. El portal está oscuro, lo intuye pequeño. No oye que se abra ninguna puerta, quien le ha permitido entrar no tiene intención de identificarlo. Busca a tientas el interruptor de la luz, lo presiona y se queda petrificado. La chica está sentada en la desgastada escalera de madera, frente a él, apuntándole con una pistola. Tiene esa expresión de agotadora alerta de quien una vez jugó un papel dramáticamente crudo en el mundo de las alcantarillas del espionaje y no ha vuelto a ser el mismo. Lejarza percibe su mirada amenazante y por instinto de supervivencia separa los brazos como si fueran alas y muestra las palmas de las manos desnudas.

—No voy a hacerte nada.

—¿Por qué coño me sigues?

—Quiero hablar contigo.

—Yo prefiero descerrajarte un tiro en la frente y largarme a tomar zuritos con mis amigos.

—¿A una herriko taberna de esas que frecuentabas hace cuatro años con tus colegas de entonces? Quizá todavía esté colgada tu foto con el «Se busca» debajo.

—Por tu edad solo puedes ser un pirao con ansia de tomarse la justicia por su mano.

—No has matado, ni metido en la cárcel, a alguien que yo apreciara.

—¡Cabrón! —grita la chica—, dime quién mierda eres o te dejo seco.

—Cálmate —responde bajando y subiendo las palmas en dirección al suelo—, me llamo Mikel Lejarza, estuve infiltrado antes que tú, Lorna Aranda. O si lo prefieres Izaskun Etxeberri, como te llamaban los de ETA.

—¿Cómo sé que eres El Lobo?

—No puedes saberlo, en tu DNI figura tu nombre real pero en el mío pone Miguel Bueno, ninguna referencia a los apellidos de mis padres.

—¿Quién te manda?

—Complicado. ¿Quieres la verdad?

Ahora es Lorna la que mueve la pistola de arriba abajo.

—Nadie, soy yo el que quiere hablar contigo.

—¿Cómo me has encontrado?

—Tengo amigos en la policía. Me contaron que de vez en cuando te saltas la orden tajante de no pisar el País Vasco.

—Has hablado con el comisario… —Deja la frase sin acabar con la intención de que rellene el vacío.

—Ventura. Le prometí que no le mencionaría.

—Entiendo que puedas conocer al tipo que más sabe de antiterrorismo en la policía, pero eso no explica por qué has venido a buscarme a Bilbao, a una gala abertzale, cuando con una simple llamada podíamos haber quedado en Madrid.

Oyen el ruido de una puerta abriéndose y unos besos sonoros, de esos que reparten los abuelos a los nietos que intentan escapar de sus muestras de cariño.

—Vamos a tomar algo a mi hotel —sugiere Mikel—, te lo contaré despacio.

Lorna baja la pistola, la mete en el bolso y sale a la calle traspasando la puerta que El Lobo ha abierto, mientras este contempla las curvas de su cuerpo. Capta su fortaleza, su aspecto sano, le parece muy atractiva. En la calle, la luz de una farola ilumina su cara, se queda fascinado con sus tremendos ojos verdes y nota que la piel lechosa le iría más a juego con el pelo rubio original, aunque el color moreno contribuye acertadamente al cambio de apariencia.

Pasean durante veinte minutos, Lejarza siempre por delante. No hablan, excepto cuando él hace un comentario con humor negro que arranca una sonrisa cómplice de Aranda.

—Si supieran en la organización que nos pueden encontrar juntos, ordenarían a sus comandos que lo dejaran todo y vinieran a pegarnos dos tiros.

En una esquina del amplio vestíbulo del hotel, bastante vacío a la hora de la cena, comparten un espacioso e incómodo sofá para gozar de cierta intimidad. Giran sus respectivos cuerpos hacia el otro, ninguno rehúye la proximidad ni piensa en cambiarse al sillón cercano para disfrutar de más amplitud. Podrían ser una pareja bien avenida o dos enemigos desafiándose.

—No sé qué haces aquí —toma ella la iniciativa, marca territorio—, trabajo para la policía, siempre he trabajado para la policía y en mi cabeza no existe la posibilidad de hacerlo para tu servicio.

—Hiciste un gran trabajo durante la infiltración. Me apetecía mucho conocerte. —Frena un momento para remarcar su siguiente frase—: Jamás se me ocurriría ofrecerle nada a alguien que esté feliz en su trabajo.

—No te desvelo nada si te recuerdo que no fui una infiltrada por libre, era una agente encubierta, mis compañeros me protegieron siempre y el juez amparó mi actuación, todo salió a la perfección.

—Te descubrieron y todo cambió.

—Nadie me descubrió, mis compañeros procedieron a las detenciones. Era más que evidente que habían tenido un topo y antes o después me identificarían. Mi manipulador esperó todo lo que pudo y procedió a mi extracción. Deberías saber cómo funciona.

—Sin duda —confirma El Lobo sin interés por hablar de su propia experiencia—. Estuviste en un comando de los más sanguinarios, ¿te dejó secuelas la relación con los etarras?

El viaje a Bilbao ha avivado en Lorna las pesadillas que llevan años atormentándola. Izaskun, una identidad falsa perfecta y legal que adoptó para ser miembro de ETA, nunca se ha ido. En su cabeza es una persona real, de carne y hueso, una joven congelada en los veintimuchos años, con desparpajo, temperamento, metiéndose en charcos que debía evitar, antisistema, soñadora y buscadora de causas motivadoras para construir un mundo mejor. Alguien que si hubiera nacido en Irlanda habría formado parte del IRA, pero como lo ha hecho en Euskadi ansía ayudar a su pueblo a recuperar sus derechos legítimos.

Cuando unos años atrás empezó a relacionarse con la izquierda nacionalista, hablaba mal el euskera, pero estaba haciendo un curso por internet, lástima que sus padres no se lo hubieran enseñado desde niña. Tardó menos tiempo de lo esperado en ganarse la confianza del entorno de la banda, pronto se dio cuenta de que ser mujer le ofrecía ventajas, y más siendo bonita. Cuando dejó de llamar la atención, cuando ya nadie la presentaba porque todos la conocían, era cuestión de tiempo que los pistoleros llegaran hasta ella. Tesón y paciencia, sobre todo mucha paciencia.

Ese día de viaje relámpago a Bilbao afloran en su memoria abundantes recuerdos procedentes de esa mitad del cerebro que le enseñaron a reservar para su vida como miembro de ETA. Imágenes del pasado, como cuando los dos etarras de su comando, con abundante sangre de inocentes en las manos, se pelearon violentamente por ella, como si tuvieran el poder de decidir quién se quedaba con su compañera, el miembro legal que les daba cobijo en su casa. Una Izaskun que sin querer había infectado con el olor del cuerpo de los dos etarras el lado del cerebro que pertenecía exclusivamente a las vivencias de Lorna, la policía.

—Ninguna secuela. Lo sabrás por experiencia.

Mikel cambia de tema:

—¿Qué tal te ha ido desde que saliste? Te destinaron a una embajada.

—Afirmativo. Pasé unos años estupendos en Lima como jefa de seguridad de la delegación, ganando una pasta y acostándome pronto.

—Hace seis meses volviste.

—Fin de etapa, regreso a casa. Padres, hermanos, compañeros. Ya sabes.

—No lo sé, yo me infiltré con mi propia identidad y no he podido volver a relacionarme con ellos. En España, ¿qué tal?

—Vida normal. Levantarte pronto, trabajar ocho horas con intensidad, comer de táper, llegar reventada a casa, juergas de fin de semana. Una vida como la del 99 por ciento de los españoles. Imagino que parecida a la tuya.

—La mía no tiene nada que ver.

Mikel clava una mirada invasiva en sus ojos. Desde fuera puede parecer un enamorado, pero es un inquisidor, transmite incertidumbre. Lorna no se inmuta, nada la impulsa a intervenir. El momento de tensión lo rompe él:

—No te conozco, solo sé las cosas que me han contado. Si tu vida es tan idílica, me he equivocado al venir a buscarte.

Lorna calla, ha hablado demasiado. Ese hombre no es nadie, le habría encantado haber conocido a un mito de las infiltraciones antes de entrar en ETA, ahora le da igual. Es, simplemente, un espía del que alguna gente habla mal, metido en muchos fangos. Dios sabrá con qué estará lidiando ahora.

—Te voy a dejar en paz, discúlpame por el

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