Mucho más que pechuga y lechuga

Julia Palacios

Fragmento

cap-1

PRÓLOGO

Llegué a la cuenta de Julia por su forma de hablar de temas de los que no se suele hablar; sin filtros, de una manera tan directa, clara y transparente que desarma. Y me quedé por su sentido del humor, su ironía y su preocupación real por las personas, que se ha transformado en una lucha para hablar de lo incómodo, de lo invisible, del tabú. Y luego nos hicimos amigas.

Creo que fui una de las primeras personas en saber que iba a escribir un libro.

—Tía, yo no quiero escribir un tostón —me dijo.

Julia es así: coloquial, sincera, directa; es parte de su encanto. Pero también es exigente, se preocupa por hacer las cosas bien, está comprometida con acompañar a cada persona que se cruza en su camino de la mejor manera que puede y sabe, que no es poco, porque, aunque en muchas ocasiones ella no se lo crea, es una pedazo de profesional.

Cuando me pidió que escribiera el prólogo de su libro, lloré. Lloré porque sé que Julia pone el alma en cada cosa que hace y sé también que confiarme el inicio de su primer libro no es moco de pavo. En mitad de una conversación banal, ella, en su línea de ir a lo práctico, me cortó mientras yo estaba hablando y soltó:

—Mira, te lo digo sin rodeos: que si me quieres escribir el prólogo.

Así, como si nada. Y luego, cuando añadió lo siguiente, lloramos las dos:

—Esto lo suele hacer gente más conocida, pero yo he dicho que o lo escribes tú, o no hay prólogo.

Así es Julia: ella hace las cosas como cree que deben hacerse, no como las hace el resto del mundo. Si no lo hace así, no duerme; si no duerme, no rinde, y, si no rinde, pues no le gusta.

Te cuento todo esto porque creo que refleja de una manera muy acertada lo que vas a encontrar aquí; al ser un libro de divulgación escrito por una nutricionista, encontrarás ciencia, realidad y profesionalidad, pero también, y sobre todo, empatía, humanidad y cercanía. Julia trabaja desde hace años con personas que sufren trastornos de la conducta alimentaria y que tienen una mala relación con la comida (que, por desgracia, representan un porcentaje bastante alto de la población), así que en este libro vas a encontrar información basada en estudios, sí, pero también claridad, crítica social y el contexto de todo lo que ocurre alrededor de la alimentación. Y todo ello lo explica desde el cuidado y la preocupación por hacer un buen trabajo (sin duda, lo que hay en este libro va a ser lo mejor que ella pueda hacer, porque me consta que se ha encargado de que así sea) regado con un poquito (o un muchito) de su humor característico.

Cuando pienso en nuestro bienestar, me vienen a la mente muchas escenas de la vida cotidiana. ¿Cuántas veces has debatido contigo misma en un monólogo interior que se asemeja al siguiente: «Hacer deporte es sano, pero ¿quizá estoy haciendo demasiado deporte… o tal vez es demasiado poco? ¿Cuánto deporte es sano? ¿Me estoy pasando? ¿Y si no llego al mínimo? ¿Lo estoy haciendo con el objetivo adecuado? ¿Cuál era el objetivo adecuado? ¿Me estoy cuidando o estoy siendo egoísta? ¿Comer X es autocuidado o autoexigencia?»?.

Hoy en día, hablar de nutrición es meterse en un jardín lleno de contradicciones. Como humanos en general, y como mujeres en particular, estamos expuestos a miles de inputs, a muchísima información y consejos, y parece que hacer lo correcto respecto a la alimentación consiste en una cosa diferente cada minuto; y, de hecho, en muchas ocasiones es contradictoria con lo que has visto el minuto anterior.

«¿Qué es más sano: la alimentación intuitiva o lo de tener un plato con todos los componentes nutricionales? Porque, claro, eso no es intuitivo, pero es que, si no, no como lo que me está apeteciendo, y, claro, entonces ¿me estoy restringiendo? ¿O restringir es otra cosa…?». Vamos, que estamos más perdidos que el barco del arroz.

Y ahí que viene Julia a poner un poco de claridad al asunto, a hablar de gordofobia, contexto, biología, privilegios y placer, culpa, presión estética y de muchas más cosas que no estamos acostumbradas a encontrar en un libro de nutrición. Y lo hace acompañada de Marta, una chica con cuyas experiencias abre muchos de los capítulos de este libro y que podría ser cualquiera de nosotras en muchos momentos de nuestra vida.

No sé cuál es tu relación con la comida, si habrás pasado o estarás pasando por un TCA, si tienes claro lo que te viene bien o andas como un pulpo en un garaje buscando una luz. Pero estoy segura de que, sea cual sea tu situación en este momento, este libro te aportará claridad y te acompañará.

A mi amiga Julia: gracias por contar conmigo para poner voz al inicio de este proyecto y por compartir conmigo esos cafés interminables en los que hablamos de cualquier cosa, desde la mejor receta de empanadillas hasta cómo la sociedad te aturulla con la presión estética.

Al final, no solo no has escrito un tostón. Has escrito un librazo más que necesario. Porque Marta somos, un poco, todas.

Ester Pantano

Psicóloga general sanitaria

@esterpantanopsicologa

INTRODUCCIÓN

 

 

 

¿Te imaginas que cada vez que te sientas a comer alguien te sometiese a un interrogatorio?: «¿Qué es eso?», «Pero ¿eso toca ahora?», «¿Te lo vas a comer todo?», «¿No es mucho?», «¿Otra vez pan?», «¿Te quedarás con hambre?», «¿De verdad te mereces ese postre?».

¿Te lo imaginas… o lo vives?

Antes de que te adentres en esta lectura, necesito que tengas algo muy claro: no estás rota, no necesitas más disciplina ni fuerza de voluntad, ni tampoco otra aplicación que te lea las etiquetas. No necesitas a nadie que te diga lo que es «correcto» ni lo que debes comer, ni otro papel más en la nevera. No te falta información.

Lo que necesitas es una perspectiva de la alimentación compatible con tu realidad y tu contexto, esa que te permita respetarte como persona y con la que puedas disfrutar sin condiciones.

Comer es esencial para vivir, y no hay negociación posible con esta afirmación, por lo que no debería ser una carga ni un privilegio ni una fuente de culpa.

Nadie debería sentir que tiene que pedir perdón por tener hambre o por no querer pasar una vida contando nutrientes, calorías, porciones…, como si estuviésemos en una permanente oposición al «cuerpo perfecto».

Este libro no viene a ordenarte nada, de hecho, todo lo contrario: viene a desordenar. Porque nace de una necesidad rebelde: la de acabar con la cultura de la dieta. Viene a cuestionar todas esas normas rancias que continuamos repitiendo sin pensar.

Como sociedad, nos urge entender que no solo cuenta lo que haces tú como individuo, sino que tu «envoltorio» influye en tus elecciones alimentarias. Y, cuando digo «envoltorio», me refiero a cosas como tus condiciones laborales, tu poder adquisitivo, el clima y las costumbres del lugar donde vives, la educación que has recibido, los cánones estéticos, tu historia de vida, tus gustos y preferencias, tus habilidades culinarias, el tiempo del que dispones… y un largo larguísimo etcétera.

Somos seres humanos que comemos cuando tenemos hambre, y también cuando no.

Comemos por costumbre, por placer, por memoria, por supervivencia, por celebrar, por pertenecer. Y esto no es ningún problema, sino una realidad que debemos entender.

En general, nuestra relación con la comida —con lo que comemos, cómo lo comemos y cómo nos sentimos al hacerlo— deja mucho que desear. Aunque de entrada pueda parecer una exageración, esa sensación se disipa cuando una empieza a darse cuenta de que, desde que nacemos, se nos transmite y refuerza constantemente la idea de que nuestra corporalidad, y el espacio que ocupa nuestro cuerpo, es moldeable. Y no solo eso: es que, encima, se nos hace creer que son cien por cien nuestra responsabilidad, prioridad y obligación. ¿Las piezas clave en este juego de plastilina?: la comida y el ejercicio.

Si mi foco constante es que hay algo en mí que necesita arreglarse —y ese algo es mi cuerpo—, es muy difícil dejar espacio al placer, al disfrute, a la experiencia…, a la paz mental. Nos enseñan que debemos controlar lo que comemos para alcanzar un cuerpo «ideal», que, sorpresa, siempre se asocia con la delgadez. Y el mundo nos recuerda a cada paso que nuestro cuerpo no es suficiente: no es suficientemente delgado, ni suficientemente sano, ni está suficientemente definido, ni suficientemente algo… Y, mientras, nos venden un libro de instrucciones para conseguir ese cuerpo «ideal»: las dietas.

Sin embargo, la realidad es que todo esto no termina de funcionar. Y probablemente ya has pasado por ahí más de una vez. Puede que no se llamara «dieta», sino «estilo de vida» o «cambio de hábitos». Al fin y al cabo, todo se resume en lo mismo: controlar tu alimentación de una forma rígida y predeterminada. Pero ¿cuál ha sido el resultado? Siempre el mismo: una relación aún más compleja con tu cuerpo y con la comida. Porque, incluso cuando logras lo que se supone que deberías lograr, sigue sin ser suficiente. Y esta es la trampa de las dietas.

La cultura del «bienestar» nos promete salud; a pesar de eso, muchas veces nos encontramos con culpa. Nos pintan de autocuidado lo que acaba convirtiéndose en autovigilancia.

Y por ese camino nos vamos perdiendo: dejamos de confiar en nosotras y en nuestro cuerpo, tenemos miedo al hambre, sospechamos del placer.

En este punto, empezamos a depender de otra gente que nos diga lo que debemos hacer, lo que está bien y lo que necesitamos, aunque no nos conozcan de nada, porque nosotras ya no entendemos lo que nos pasa. Y la comida está siempre bajo un foco que, en vez de iluminar, quema.

¿Y por qué sé todo esto? Amiga, porque también vivo en este mundo. Y porque acompaño a diario a personas que, aunque desde lugares muy distintos y con vidas muy distintas, me cuentan historias tremendamente similares. Y no es producto del azar, es una construcción social muy rentable para una industria que, cada dos por tres, se saca de la manga un nuevo método «infalible»: pastillas, inyecciones, complementos…, y que está encantadísima de ofrecerte «la solución definitiva» a tus problemas y «defectos».

Y, así, la rueda sigue girando, monótona, asfixiante, implacable. Nos mete en un bucle del que no sabemos salir y nos lleva a vivir la misma historia una y otra vez, hasta que, de tanto repetirse, llegamos al hartazgo.

No es casualidad que te sientas culpable en un sistema que está diseñado para que falles. Pero ¿y si tú no fueras el problema? ¿Y si lo que falla es el sistema? Para responder a estas preguntas, necesi

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