Skandar y el jinete fantasma (Skandar 2)

A.F. Steadman

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Dos unicornios cruzaban una llanura cicatrizada por la batalla en una noche sin luna. El primer unicornio galopaba a través de la Tierra Salvaje, espoleado por un jinete enmascarado. El segundo caminaba al compás del corazón corrompido de su jinete. Era un latido lento, un latido constante, el ritmo de un corazón acostumbrado al caos.

El jinete enmascarado fue el primero en llegar al punto de encuentro, las llamas de sus ojos eran la única luz en la infinita oscuridad. Vio acercarse a la Tejedora; el pam-pam de los cascos putrefactos de su unicornio repiqueteaba sobre el polvo como un tambor fúnebre.

Los ojos del jinete parpadearon por el miedo cuando la criatura inmortal de la Tejedora lo rodeó. Siempre la había temido. Y eso lo hacía sentirse vivo.

La Tejedora percibió el terror que le infundía. Siempre la temerían. Y eso no le hacía sentir nada.

—Es hora de empezar.

La voz de la Tejedora no era del todo humana, sus palabras se descomponían en el aire, como las alas de su unicornio.

El espía de los ojos en llamas hizo una pequeña reverencia y regresó hacia Cuatropuntos a lomos de su unicornio.

La Tejedora lo observó mientras se alejaba, y un soplo de viento furioso hizo ondear su mortaja negra. No pensaba en la derrota que había sufrido ni en el hijo que la había traicionado. Sólo pensaba en el futuro.

Porque si no podía ganar la partida... cambiaría las reglas.

Kenna — La llamada a la puerta

KENNA

La llamada a la puerta

La víspera del solsticio de verano, Kenna Smith estaba sentada en la playa viendo cómo el sol se hundía en el mar. Cuando las luces de Margate cobraron vida centelleando a sus espaldas, se sacó del bolsillo la carta de Skandar, se quedó mirando el sobre y la guardó de nuevo, sin abrirla. La tenía desde hacía tres días. Quería leerla. Tenía muchas ganas de leerla. Echaba tanto de menos a su hermano que, a veces, cuando estaba medio dormida, tomaba aliento para susurrarle algo en la oscuridad. Alguna tontería. Que estaba asustada. Algún secreto. Y entonces recordaba que su cama estaba vacía; que llevaba casi un año vacía. En vez de allí, él dormía en una de las casas del árbol y, durante el día, aprendía la magia de los elementos con su propio unicornio.

Ése era el problema de aquellas cartas. A Kenna le recordaban que nunca tendría un unicornio. Dos años antes había suspendido el examen de Cría que decidía si su destino era convertirse en jinete, lo que significaba que jamás se vincularía con un unicornio y jamás viviría en la Isla. Y ahora, después de haber visitado a Skandar unas semanas atrás y de haber conocido a su unicornio, Suerte del Pícaro, le costaba mucho leer las cartas de su hermano.

No podía dejar de pensar en la forma en que Skandar y Pícaro sincronizaban sus movimientos, como si estuvieran tallados de la misma alma. En la forma en que se habían tensado los músculos del cuello del unicornio negro, despidiendo chispas por las alas como motas de polvo de estrellas. En el intenso amor en los ojos de Skandar cuando miraba a Pícaro.

Aquél era un vínculo mucho más profundo que el de un hermano y una hermana. Un vínculo capaz de hacer magia.

Kenna se sacudió la arena de los pies y se puso de nuevo los zapatos del colegio. Sus amigos habían estado en la playa con ella. Los nuevos, a los que no les importaban los unicornios. Cuando volvió a Margate después de la Prueba de los Principiantes en la que había participado Skandar, la exasperó tanto que todo el mundo le preguntara por la Isla que, con toda la malicia, anunció que era una versión empeorada del Continente y que los unicornios no eran más que caballos que daban miedo con unas alas muy feas. A la mayoría no le había gustado nada oír aquello, pero el grupo de los antiunicornios la había convertido en su nueva reina.

Durante el recreo, se habían apiñado en torno a ella y se habían reído mientras Kenna les contaba que a los jinetes los obligaban a vestirse con viejas chaquetas harapientas y a vivir en árboles. Y había atisbado un rayito de esperanza al pensar que, después de todo, podía con aquello, y que su lugar tal vez estuviera allí, en el Continente. Incluso se había negado a ver la Copa del Caos de ese año con su padre, y había fingido no reparar en su gesto de dolor cuando lo dejó a solas frente al televisor viendo la gran carrera de unicornios, de fama mundial. Se había prohibido a sí misma pensar en la desilusión que se habría llevado su madre, y en vez de eso había deambulado con sus nuevos amigos por el centro de la ciudad, completamente desierto.

Aquel día Kenna se había perdido el momento en que Nina Kazama se convertía en comodoro del Caos, la primera continental de la historia en ganar la Copa del Caos. Kenna había actuado como si no le importara, pero, después de encerrarse en su cuarto, había visto cientos de vídeos de Nina y Error del Rayo, su unicornio hembra, pasando por debajo del arco de meta, y se había dado cuenta de que en realidad su sitio no estaba junto a sus nuevos amigos, de que sólo estaba fingiendo.

Al llegar a casa pulsó el código que abría la puerta de entrada de Sunset Heights y se puso a pensar en las casas de los árboles que había divisado en la Isla. Le gustaría tanto vivir con Skandar y sus amigos en el Nidal y tener un unicornio como Suerte del Pícaro en los establos que había debajo...

Aunque hubieran pasado ya dos años, Kenna seguía queriendo un unicornio más que ninguna otra cosa en el mundo.

—¿Kenna?

—¡Hola, papá! —exclamó la joven al entrar en el piso 207.

Su padre ya estaba vestido para el turno de noche en la gasolinera, y Kenna se sintió aliviada. Algunos días tenía que convencerlo para ir a trabajar, y otras veces no había forma de persuadirlo... Pero hoy era un día fácil, uno de esos días de los que Kenna le hablaba a Skandar en sus cartas (los más difíciles se los guardaba para sí misma).

Se cruzaron y se rodearon en la entrada, la danza habitual de cada día. Ella colgó la chaqueta en el perchero detrás de la cabeza de su padre, mientras él se metía las llaves en el bolsillo delantero de la camisa.

—¿Has mirado el buzón? —preguntó su padre.

Lo que en realidad estaba preguntando era si había carta de Skandar.

—Sí, he mirado. Nada —mintió ella.

—Ah, bueno... No tardará. Espero. —Su padre le dio un beso en la coronilla—. Buenas noches, cariño. Hasta mañana por la mañana.

Cuando Kenna se retiró a su dormitorio, la carta de Skandar parecía arder en su bolsillo. Sabía que debería habérselo contado a su padre, pero no se sentía capaz de afrontarlo. Aquella noche no. Era la víspera del solsticio de verano. Ese día, los niños de trece años de todo el país habían hecho el examen de Cría, y todos ellos esperaban oír los cinco toques en la puerta a medianoche, con la esperanza de ser llamados a convertirse en jinetes de unicornio. Kenna estaba segura de que, si le hubiese contado a su padre que había carta, él sólo habría querido hablar de cómo el año anterior por aquellas fechas habían convocado a Skandar para ir a la Isla.

De hecho, de lo único de lo que su padre quería hablar siempre era de Skandar y de su unicornio, Suerte del Pícaro. Y Kenna tenía la sensación de que cualquier cosa que ella hiciera —sacar buena nota en un examen de matemáticas, hacer un nuevo amigo, quedarse dormida llorando...— ni siquiera merecía ser mencionada. Aunque tenía que admitir que le encantaba ver feliz a su padre, puesto que durante casi toda su infancia apenas lo había visto sonreír, así que Kenna se sentía atrapada entre sus propios sentimientos y los de él.

Pero su infelicidad no era lo único que le ocultaba a su padre. Kenna estaba convencida de que Skandar no les había contado toda la verdad sobre su extraño viaje a la Isla. Había peinado todos los libros de la biblioteca, todas las páginas web y todos los foros en busca de pruebas que demostraran que algunos niños tenían tanto talento que no se les exigía pasar el examen de Cría.

Pero no había encontrado nada. A todos los niños que cumplían trece años antes del solsticio de verano se les exigía presentarse al examen. Era parte del Tratado. Era la ley. Aunque, al parecer, la ley no se había aplicado en el caso de Skandar. Kenna se avergonzó de los malos pensamientos que revoloteaban en su cabeza: que ella siempre había sido más fuerte, más rápida, más inteligente. Que ella había ayudado a criar a Skandar y se habría dado cuenta de que era excepcional. Y que, por mucho que ella lo quisiera, no lo era.

Siempre la había necesitado, y eso significaba que su hermano estaba ocultando algo.

Se había hecho tarde. Se enroscó debajo del edredón y, con cuidado, colocó la carta de Skandar sobre la mesita de noche. La leería al día siguiente. Tal vez. Se quedó mirando al techo, deseando con todas sus fuerzas no esperar a la medianoche. Sería la tercera medianoche que no recibiría esa llamada en su puerta, la tercera que no recibiría una invitación para ir a la Isla. Intentó no imaginarse una vez más a su propio unicornio, como llevaba haciendo todos los solsticios de verano de su vida: su color, sus alas, su alianza elemental.

Toc, toc.

Kenna se incorporó de un salto en la cama. ¿Acaso su padre se había olvidado las llaves? No, eso no era posible. Había visto cómo se las metía en el bolsillo...

Toc, toc.

No estaba soñando. Sin duda estaba despierta.

Fue de puntillas hasta la puerta principal y se quedó allí, dudando. Si llamaban otra vez, respondería. Si no, sería sensata. Volvería a acostarse.

¡TOC!

Con el corazón latiéndole a mil por hora, Kenna abrió la puerta del piso 207 y se encontró delante de un hombre pálido vestido completamente de negro. Sus ojos verdes echaron un rápido vistazo a derecha e izquierda, y luego se posaron en ella. Kenna sintió un estremecimiento. Los pómulos de aquel hombre parecían peligrosamente afilados bajo la luz del pasillo, y un extraño destello de plata salió despedido de su lengua cuando abrió la boca para hablar.

—Dorian Manning. —El hombre le tendió una delgada mano.

Kenna no se la estrechó.

—Presidente del Criadero y líder del Círculo de Plata. —Carraspeó, dándose aires de importancia y arrugando exageradamente la nariz, como si esperara que ella dijera algo. Su rostro recordaba al de una rata de alcantarilla.

—Ajá... —El corazón de Kenna se desbocó al oír la palabra «Criadero», pero logró mantener el tono de voz mientras se recogía un mechón de pelo castaño detrás de la oreja—. ¿Y qué hace usted aquí?

—He venido a proponerte un trato —anunció él con tono pomposo.

Kenna empezó a cerrar la puerta. Saltaba a la vista que aquel hombre era una especie de chiflado de los unicornios. Era sólo una casualidad que hubiera llamado a su puerta durante los primeros minutos del solsticio de verano. Aquella desilusión se sumó a todas las demás que Kenna ya se había llevado y le endureció el corazón una pizca más.

Pero la puerta no se cerraba. Dorian Manning la había bloqueado con la punta de su reluciente bota negra.

—¿No te interesa encontrar al unicornio que el destino ha reservado para ti, Kenna Smith?

1. Un pícnic sangriento

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Un pícnic sangriento

Skandar Smith miró a su unicornio negro, Suerte del Pícaro, que estaba limpiándose la sangre de los dientes. Era un día precioso para ir de pícnic. El cielo de agosto era más azul que la magia del agua, y el calor del sol posponía con determinación el frío otoñal para el futuro.

—¿Adónde han ido a parar todos los sándwiches? —preguntó Mitchell Henderson, con las gafas marrones medio bajadas sobre la nariz.

El muchacho se puso de rodillas y empezó a rebuscar metódicamente dentro de una cesta de mimbre.

—Me los he comido yo, por supuesto —respondió Bobby Bruna, tumbada sobre la manta y sin molestarse en abrir los ojos.

—¡Se suponía que eran para todos! —exclamó Mitchell—. Los he repartido de forma equitativa precisamente para que esto no ocurriera...

Bobby se apoyó sobre un codo.

—Creía que esto era un pícnic. ¿No se supone que comer sándwiches es justo lo que hay que hacer?

—Toma, Mitchell. —Flo Shekoni se acercó a él arrastrándose por la manta sobre la que estaban sentados. Coge uno de los míos, los saqué antes de la bolsa.

Las discusiones eran lo que menos le gustaba a Flo, así que no era de extrañar que estuviera dispuesta a renunciar a uno de sus sándwiches con tal de mantener la paz.

—¿Éste lo ha hecho Bobby? —Mitchell mordisqueó con desconfianza el borde del triángulo que Flo le había dado.

Su amiga se echó a reír.

—No lo sé, pero ¡ahora ya no me lo devuelvas! Dáselo a Roja si no lo quieres.

Skandar estaba echado sobre el costado de Pícaro, y las plumas de una de sus alas le hacían cosquillas en el cuello. Desde que llegó a la Isla, hacía ya más de un año, jamás se había sentido tan relajado como ahora. Y era feliz, ¿cómo no iba a serlo? Por fin había encontrado su lugar. Estaba vinculado a un unicornio, tenía amigos —Bobby, Flo y Mitchell— que querían ir de pícnic con él, y los cuatro componían un cuarteto, lo que significaba que compartían una casa del árbol en la escuela de entrenamiento para jinetes conocida como el Nidal. Todos habían pasado la Prueba de los Principiantes al final de su primer curso como cascarones, y ahora estaban a punto de empezar las clases como pichones.

El corazón de Skandar se aceleró al recordar el día de la Prueba de los Principiantes, y Pícaro emitió un ruido sordo y profundo, tratando de calmarlo. Después de acabar la carrera por los pelos, Skandar y sus amigos se habían enfrentado cara a cara con un enemigo mortal, la Tejedora, y habían luchado para que su ejército de unicornios salvajes no atacara el Continente.

Skandar había intentado no pensar en la Tejedora desde entonces... Intentaba no pensar en la aterradora verdad que había descubierto: que la Tejedora era su madre. Intentaba no revivir el momento en que ella había avanzado hacia él y Pícaro a lomos de su corrompido unicornio salvaje, e intentaba no pensar en que no le había contado a su hermana que su madre estaba viva. Hurgó en el bolsillo para comprobar que la carta que ella le había enviado justo antes del solsticio de verano seguía allí. No la sacó. Se limitó a pasarle el pulgar por el borde, como si eso pudiera acercarlo a ella; como si eso pudiera hacerlo sentir mejor sobre lo que le estaba ocultando.

—¿Os podéis creer que el entrenamiento empieza otra vez dentro de unas pocas semanas? —dijo Flo, nerviosa, mientras miraba a su unicornio, Puñal de Plata, beber agua del río unos metros más adelante.

—¡Por mí, ojalá empezáramos mañana! —comentó Bobby, emocionada. Las plumas de su mutación se estremecieron sobre sus brazos.

—Tú lo único que quieres es empezar a machacar a los demás con tus armas elementales —refunfuñó Mitchell.

Bobby esbozó una sonrisita amenazadora.

—Pues claro. ¡En eso consisten las justas! Como dicen los continentales, me lo voy a pasar mejor que una mosca en una feria.

Skandar sonrió al oír la expresión inventada por Bobby, que le guiñó un ojo.

—Yo preferiría quedarme aquí. —Mitchell se tumbó y cerró los ojos—. Es más sencillo.

Skandar coincidía con él al cien por cien. Cuando llegó a la Isla, pensaba que sólo había cuatro elementos: fuego, agua, tierra y aire. Pero después de que Pícaro saliera del cascarón, había quedado claro que estaban aliados con un quinto elemento que era ilegal, el elemento espíritu, igual que la Tejedora. Con muchísima ayuda de su cuarteto, Skandar se las había arreglado para fingir ser diestro en agua durante casi todo su primer año. La verdad, sin embargo, había acabado saliendo a la luz, y ahora que todos —excepto Kenna y su padre— sabían que estaba aliado con el llamado «elemento muerte», los murmullos lo perseguían cada vez que cruzaba un puente colgante o subía una escalera. Aún tendría que pasar mucho tiempo antes de que el Nidal confiara en un diestro en espíritu.

—Nos pondrán monturas antes de empezar el entrenamiento —señaló Flo.

Skandar suspiró.

—A vosotros os pondrán monturas. No sé yo si algún guarnicionero querrá saber nada de mí.

Flo frunció el ceño.

—No dejas de decir eso, pero a Jamie no le importó que fueses diestro en espíritu. Si tu herrero no tiene ningún problema con ese detalle, ¿por qué iba a tenerlo un guarnicionero?

—Jamie me conoce. Es distinto.

—Y es buena gente —añadió Mitchell—. Dijo que mi pelo era guay. —Los mechones en llamas de su pelo brillaron con más fuerza, como si se pavoneara de su mutación.

—Hablando de la Ceremonia de las Monturas... —Bobby se había incorporado ya totalmente—. Me ha llegado el rumor de que Guarniciones Shekoni no elige a un jinete todos los años. Son tan famosos que sólo les ofrecen monturas a los jinetes que consideran que llegarán a la Copa del Caos... —Sus ojos se empañaron, como si soñara despierta—. Flo, tú eres literalmente una Shekoni, seguro que sabes algo al respecto, ¿no?

Flo negó con la cabeza, y el plateado de su negra melena afro reflejó la luz del sol.

—Mi padre no me cuenta nada. Dice que no sería justo, y yo creo que tiene razón...

—¡Justo, qué susto! Mira que eres diestra en tierra... —rezongó Bobby mientras se levantaba para cepillar el barro de la pata gris de Halcón. El unicornio hembra no le quitaba ojo a su jinete para asegurarse de que se lo limpiaba todo—. ¿Qué gracia tiene ser amiga de la hija de un guarnicionero si no suelta prenda?

Bobby no era la única que había estado dándole la lata a Flo en las últimas semanas para que les proporcionara información sobre los guarnicioneros. Y como a Flo no le gustaba defraudar a sus amigos jinetes, había empezado a esconderse en la casa del árbol para evitarlos. Skandar no podía culpar a los pichones por su interés. Conseguir un buen guarnicionero era fundamental para que un jinete tuviera éxito, por lo que todo el mundo se moría de ganas de saber si Guarniciones Shekoni estaría en la ceremonia. Olu Shekoni era el mejor guarnicionero de la Isla, pero también era el guarnicionero de la nueva comodoro del Caos, Nina Kazama. Skandar todavía no se creía que, a pesar de ser una continental como él, Nina hubiera ganado la Copa del Caos, y menos aún que ahora fuera comodoro, la persona más importante de toda la Isla.

Pícaro se puso de pie, golpeando a Skandar juguetonamente con una de sus alas, y en compañía de Halcón se dirigió hacia el río para unirse a Roja y Puñal. Empezaron a jugar a un juego que consistía en algo así como «qué unicornio es capaz de matar a más peces». Skandar ni siquiera estaba seguro de que los unicornios comieran peces, pero Pícaro y Roja parecían estar pasándoselo en grande sacándolos del agua con sus afilados dientes. Pícaro incluso logró ensartar uno con la punta de su cuerno negro. Al cabo de unas cuantas rondas, sin embargo, Halcón tuvo la picardía de congelar un tramo del río con una ráfaga elemental, y Roja y Pícaro chocaron con sus fauces contra el duro hielo. Puñal resopló imperiosamente, al parecer reprochándoles lo tontos que habían sido, y se quedó mirando cómo los peces nadaban con los ojos desorbitados bajo la superficie vítrea para ponerse a salvo.

Skandar se alegraba de que hubieran elegido la zona del agua para el pícnic. Aunque habían tardado menos de media hora en llegar volando desde el Nidal, el terreno era totalmente distinto. Los ríos y sus afluentes corrían como venas azules por la superficie plana, y la hierba crecía exuberante en torno a sus recodos. Por el camino habían sobrevolado unos sauces encorvados en los que los residentes de la zona construían sus casas de los árboles, y también habían avistado algún que otro barco pesquero que crujía bajo los puentes para peatones que cruzaban los canales.

Al pasar por el centro de la zona, Mitchell les había mostrado el famoso mercado flotante, en el que los comerciantes de toda la Isla instalaban sus puestos sobre el agua. Algunos clientes mantenían el equilibrio sobre nenúfares de madera para examinar el género, mientras otros navegaban río abajo con sus compras. Cerca de los recodos del río, el agua caía en cascada sobre unos lagos donde los isleños podían nadar en aguas cristalinas y los animales sedientos podían beber, siempre y cuando los unicornios hambrientos no se los zamparan como aperitivo. La zona tenía incluso un tipo de olor distinto...

De pronto, a Skandar le dieron arcadas.

—¿Te has comido uno de los sándwiches de Bobby? —le preguntó Mitchell de inmediato, compadeciéndose de él—. Ya le advertí que los bocadillos de mermelada, queso y Marmite no le gustan a nadie, pero ella nunca escucha, ¡faltaría más!

—¿Es que tú no lo hueles? —preguntó Skandar con urgencia.

Los unicornios, que seguían junto al agua, empezaron a chillar muy fuerte. Pícaro retrocedió patinando para remontar la orilla, agitando con inquietud sus alas negras, y el miedo del joven unicornio se unió en espiral con el de Skandar en torno al vínculo de ambos.

«Aquí no —pensó Skandar—. Aquí no puede ser.»

Flo lo agarró del brazo.

—Skar, ¿qué pasa?

Una ráfaga de viento se alzó de repente. Los ojos de Flo se abrieron de par en par aterrorizados, y Skandar supo que el peligro no era producto de su imaginación. Ella también lo olía: aquel olor rancio a piel podrida, a heridas purulentas, a muerte. Sólo había una criatura que pudiera oler así.

—Tenemos que largarnos de aquí cuanto antes. Si el olor es así de fuerte, ¡debe de estar cerca! —Skandar fue corriendo hacia Pícaro para huir volando con él antes de que el peligro cayera sobre ellos.

En la orilla del río, el cuello del unicornio estaba bañado en sudor. Le estaba chillando a algo que había en el agua, sus ojos cambiaban del negro al rojo y luego otra vez al negro. Skandar bajó la vista hacia el agua, y los demás se pusieron a su lado.

La sangre bullía en los oídos del muchacho. Oyó el chillido de Flo como a lo lejos, amortiguado. La maldición de Mitchell, el grito ahogado de Bobby.

Había un unicornio salvaje en el agua.

Y estaba muerto.

La mente de Skandar se bloqueó. Era imposible que aquello fuera real.

—No lo entiendo —graznó Mitchell. Era muy raro oírlo admitir algo así.

La sangre inmortal del unicornio se arremolinaba y daba vueltas en la corriente. Las rocas lisas y los juncos de los alrededores estaban bañados en ella, y las moscas ya revoloteaban en torno a una gran herida en el pecho del unicornio. Skandar se dijo que el cuerpo debía de haber sido arrastrado corriente abajo antes de detenerse allí, en aquel recodo del río.

—¿Seguro que está muerto? —susurró Flo.

Mitchell se cruzó de brazos.

—Bueno, yo no voy a comprobarlo.

Skandar y Bobby saltaron desde la zona más baja de la orilla y se abrieron paso vadeando el río. El olor a descomposición era tan insoportable que se les saltaban las lágrimas. Pícaro chilló preocupado por encima de él, y su voz sonó como si acabara de salir del cascarón. Skandar trató de transmitirle seguridad a través del vínculo, pese a que hasta el último nervio de su cuerpo estaba en alerta total: preparado para regresar corriendo a la orilla ante el menor movimiento del unicornio salvaje. La boca de Bobby era una afilada línea de determinación cuando se arrodilló cerca del cuerno transparente de aquel unicornio castaño.

Negó con la cabeza y Skandar se agachó a su lado, con los pantalones ya empapados en agua sanguinolenta. Uno de los ojos rojos del unicornio salvaje quedaba a la vista en un lado de la cabeza, con la mirada perdida en el vacío. Skandar acercó una mano y, con delicadeza, cerró el arrugado párpado. Algo en sus tupidas pestañas, tan parecidas a las de su propio unicornio, lo sumió en una profunda tristeza. Desde la orilla le llegó un murmullo de aprobación de Pícaro.

—Creo que es uno muy joven —murmuró Bobby—. No es tan asqueroso como algunos de los que vimos en la Tierra Salvaje.

—¡Skandar! —La voz de Mitchell resonó por encima del delicado susurro del río—. ¡Tenemos que largarnos de aquí! ¿Un diestro en espíritu? ¿Un unicornio salvaje? Nadie puede verte cerca de esto.

Skandar pestañeó incrédulo hacia él y Roja, que lo miraban desde la orilla.

—Los diestros en espíritu no pueden matar unicornios salvajes.

—¡Nada puede matar unicornios salvajes! ¡Se supone que son inmortales e invencibles! Y aun así, ya ves lo que tienes delante. —Mitchell se pasó la mano por el pelo en llamas, nervioso.

—Venga, Skar. Larguémonos de aquí. —Flo estaba ya trepando como podía sobre el plateado lomo de Puñal—. Se me ocurren unas cuantas personas a las que les encantaría echarte la culpa de esto.

El rostro de Dorian Manning se materializó ante Skandar. A finales del año pasado, el líder del Círculo de Plata se había opuesto rotundamente a que un diestro en espíritu regresara al Nidal.

En cuanto Skandar estuvo a salvo a lomos de Pícaro, echó un último vistazo al cuerpo del unicornio salvaje que seguía allí abajo, en el río, y un estremecimiento reptó por su columna. Los unicornios salvajes no morían. Se suponía que vivían para siempre, se suponía que eran indestructibles... Pero si podían matarlos, si existía alguna forma... ¿Qué oscuro poder le habría arrebatado la vida a un alma inmortal que se suponía que vivía, y moría, para siempre?

«¿Mamá?» Skandar intentó ahuyentar la respuesta más evidente. El simple hecho de pensar que ella ya hubiera recobrado las fuerzas necesarias para matar a una criatura inmortal era realmente espeluznante. Quería creer que su madre no era la responsable, que haría falta alguien más poderoso, más malvado, para cometer aquel imposible asesinato.

Pero a Skandar no se le ocurría nadie peor que la Tejedora.

2. El problema de la canción veraz

2

El problema de la canción veraz

En cuestión de días, el Nidal bullía por el misterio de la muerte del unicornio salvaje. Mientras hacía su ronda, un centinela había encontrado el cuerpo pocas horas después de que el cuarteto de Skandar abandonara la zona del agua. Los monitores habían instado a los jóvenes jinetes a no precipitarse a sacar conclusiones sobre quién podría ser el responsable y a esperar a los resultados de la investigación que llevaría a cabo la comodoro Kazama. Aun así, abundaban los rumores respecto a la Tejedora, sobre todo porque, excepto los nuevos cascarones, todos los jinetes seguían de vacaciones de verano antes de retomar los entrenamientos. No tenían ninguna ocupación que los distrajera del unicornio salvaje o la Tejedora, y Skandar empezó a notar que cada vez se oían más cuchicheos a su alrededor.

Todo el mundo sabía que Skandar se había enfrentado a la Tejedora al final de su año como cascarón, aunque la mayoría no conocía los detalles. Pero desde que se había descubierto el asesinato del unicornio salvaje, el joven jinete no dejaba de oír conversaciones sobre la posibilidad de que él supiera algo al respecto.

En el Comedero, la casa del árbol donde comían, algunos incluso insinuaban que Skandar podía estar implicado, por algo estaba aliado con el elemento espíritu, igual que la Tejedora. Ser el único diestro en espíritu del Nidal siempre iba a ser difícil, eso lo tenía claro, pero Skandar no había contado con la misteriosa muerte de un unicornio salvaje. Y a ninguno de los presentes parecía importarle mucho que el elemento espíritu sólo pudiera matar unicornios vinculados, no salvajes.

—No les hagas caso —le aconsejó Flo días después de encontrar al unicornio muerto—. Pronto se olvidarán del asunto, ya lo verás.

—Yo no las tendría todas conmigo —repuso Mitchell.

Flo le lanzó una mirada de reproche.

—¡¿Qué?! —Mitchell se subió las gafas por la nariz con el dedo—. ¡Tienes que reconocer que es de lo más intrigante! ¿Cómo se mata a un monstruo al que es imposible matar?

—No es intrigante, ¡es horrible! —replicó Flo—. Y cazar unicornios salvajes va en contra de las leyes de la Isla, forman parte de este lugar tanto o más que los jinetes. ¡Llevan aquí más tiempo! Aunque no sean... en fin, aunque no sean muy agradables.

Bobby resopló.

—Sólo tú podrías describir a un unicornio salvaje como «no muy agradable», Flo. —Se volvió hacia Skandar, inclinándose en la silla sobre las patas traseras, en precario equilibrio—. ¿Por qué tu madre siempre quiere hacer cosas que nunca nadie ha hecho? —La joven jinete se puso a enumerar con los dedos—: Robar el unicornio más poderoso de la Copa del Caos, formar un ejército de unicornios salvajes, ahora matar a un...

Mitchell agarró la silla de Bobby y la empujó hacia delante, para que las patas volvieran a estar seguras en el suelo.

—No tenemos ninguna prueba de que la Tejedora esté detrás de esto. Al menos no todavía.

—¿Y quién más puede haber hecho algo así? —replicó Skandar, apesadumbrado.

Los cuatro amigos se quedaron callados unos instantes. Luego Flo empezó a hablar sobre lo preocupada que estaba por su primera reunión con el Círculo de Plata. Puñal, su joven unicornio, no sólo tenía un aspecto impresionante, con su pelaje que brillaba igual que la plata fundida, sino que era impresionante. Los plateados eran especiales en la Isla, eran los unicornios menos comunes y los más poderosos por naturaleza, y todo eso conllevaba una gran responsabilidad... y también peligro. Ahora que ella había pasado la Prueba de los Principiantes e iba a empezar el curso como pichón, su unicornio se estaba volviendo cada vez más fuerte, y ya iba siendo hora de que Flo empezara a asistir a las reuniones con los demás jinetes plateados para aprender su historia y, lo que era más importante, para desarrollar técnicas con las que controlar la magia de su unicornio.

—Lo único que quiero es no defraudarlos. ¡Soy la primera jinete plateada en muchos años! ¿Y si lo hago todo fatal? ¿Y si soy incapaz de aprender a controlar a Puñal? ¿Y si no les gusto?

—No seas ridícula, Flo —se burló Bobby—. ¡Tú le gustas a todo el mundo! Eres la persona más agradable del planeta... Aunque también eres agotadora, la verdad.

—¿En serio? —dijo Flo con un hilo de voz.

—En serio —Bobby, Skandar y Mitchell respondieron al unísono.

—¿De verdad creéis que va a salir bien? ¿Yo, entrenándome con los plateados del Círculo de plata?

Skandar sabía que aquella pregunta iba dirigida en especial a él. Los plateados y los diestros en espíritu tenían una larga historia de rivalidad, sobre todo porque los plateados eran los únicos unicornios vinculados demasiado poderosos para morir a manos de un diestro en espíritu como él.

Trató de sonreír para tranquilizar a su amiga.

—Lo harás genial, Flo.

—Eso sí, tal vez sea mejor que no hables demasiado de Skandar —le aconsejó Mitchell.

Mientras Flo continuaba contándoles lo que esperaba de su primera reunión del Círculo de Plata, Skandar se sintió agradecido por que la conversación se hubiera desviado de la Tejedora.

Llegó el final de agosto, y la noche antes de la Ceremonia de las Monturas Skandar, Bobby y Mitchell estaban en la casa del árbol, estresándose, básicamente. Mitchell estaba sentado en el puf pera de color rojo al lado de la estantería, pasando con decisión las páginas de un enorme volumen titulado Manual completo sobre monturas y soltando sin ton ni son datos al azar, como si creyera que les iban a hacer un examen: «El Nidal corre con los gastos de las monturas... ¿Sabíais que los guarnicioneros se pusieron en huelga en 1982?» Bobby, por su parte, iba murmurando tácticas para la carrera aérea que disputarían ante los guarnicioneros a la mañana siguiente, a la vez que preparaba uno de sus sándwiches de emergencia de queso, mermelada y Marmite, y Skandar estaba sentado junto a la estufa apagada, preocupado por la Tejedora y la Ceremonia de las Monturas, mientras releía la última carta que había recibido de Kenna, la que le había enviado justo antes del solsticio de verano:

Hola, Skar:

Gracias por preguntar, pero la verdad es que no hay mucho que pueda decirte. Estoy bien. Las clases van bien. Los amigos van bien. Papá va bien. El dinero va bien, gracias a su trabajo y a tu paga de jinete. En tu última carta decías que esperabas que estuviera contenta, pero creo que en realidad tú sabes la verdad. No dejo de pensar en subirme a lomos de Pícaro. Estoy triste por no estar destinada a tener un unicornio, Skar. Creo que siempre lo estaré. Estoy triste porque ya no podamos vernos, te echo muchísimo de menos y una vez al año sabe a muy poco, ¿no crees? Y estoy triste porque cuando éramos pequeños no teníamos secretos el uno para el otro. Sé que ahora probablemente estarás ocultándome cosas. Estoy segura de que tienes tus motivos, pero... No importa, supongo que sólo tendré que esperar y que algún día volveré a estar contenta. Se me pasará, pero estoy tardando más de lo que pensaba. ¿Cómo va en el Nidal? ¿Cómo está Pícaro?

Te quiero.

Un beso,

Kenn

Skandar llevaba semanas releyendo las sinceras palabras de Kenna y todavía le dolía el estómago al hacerlo. Su hermana estaba triste. Tan triste que ni siquiera fingía estar bien, como hacía cuando eran más pequeños. Era como si se le hubiera agotado la energía para poner buena cara. Y de algún modo había adivinado que él estaba ocultándole cosas. Cuando Kenna había ido a la Isla en junio le había dicho: «Tiene que haber secretos; tiene que haber más.»

Él tenía muchas ganas de hablarle del elemento espíritu, de sus sospechas de que ella también pudiera ser diestra en espíritu y de que, por culpa de eso, se le hubieran cerrado injustamente las puertas del Criadero. También quería contarle que su madre estaba viva, pero no lo había hecho. Le preocupaba que aquello sólo empeorara las cosas para ella, y ahora se preguntaba si no se habría equivocado. Había respondido a su demoledora carta enseguida, haciéndole más preguntas sobre cómo se sentía, y Kenna llevaba ya más de dos meses sin enviarle una respuesta. Las cartas siempre tardaban un par de semanas en pasar por la Oficina de Enlace con los Jinetes, pero aquello ya pasaba de castaño oscuro... Nunca habían tardado tanto.

¡CRASH!

Flo prácticamente se dio de bruces al franquear la puerta de la casa del árbol, sonriendo de oreja a oreja. Medio lanzó y medio dejó cuatro grandes cubos en el suelo.

—¡Sorpresa!

Bobby miró los cubos con incredulidad.

—Sorpresa... ¿nos has traído mil litros de leche?

Mitchell levantó la vista de su libro.

—Florence, mañana tenemos un día muy importante...

Flo avanzó a zancadas hasta él y le cerró el libro en las narices. Mitchell pareció más ofendido que si le hubiera pegado un puñetazo.

—Escuchad —ordenó su amiga, mirándolos a todos uno a uno—. Entre el unicornio muerto y la Ceremonia de las Monturas de mañana, llevamos una racha muy estresante. He pensado que esta noche deberíamos hacer algo divertido. —Señaló los cubos—. Llevo siglos planeando esto... —añadió, un tanto dubitativa.

—Genial —dijo Skandar, avanzando hacia ella.

Bobby dejó su sándwich en la mesa, Mitchel devolvió el libro a su estante y los cuatro se quedaron mirando los cubos. Dentro había un líquido repugnante, y cada uno contenía un color elemental distinto: rojo, amarillo, verde y azul.

—¿Es pintura? —preguntó Bobby.

Flo asintió con entusiasmo.

—Pero no es sólo pintura. Me lo ha preparado mi madre, y como es sanadora de unicornios ha puesto hierbas elementales para que tenga algunas cualidades mágicas. Ya se lo he preguntado a los monitores y dicen que no va en contra de las normas, así que estaba pensando que quizá podríamos pintar la casa del árbol por dentro. —Flo hablaba tan rápido que Skandar tardó un minuto en comprender lo que estaba proponiendo.

Bobby fue más rápida.

—¿Pintarla como queramos?

—¡Sí! —respondió Flo casi sin aliento—. He pensado que cada uno podría escoger una pared y pintarla del color de su elemento.

—¡Me encanta! —Bobby parecía genuinamente sorprendida.

Flo le entregó la pintura amarilla para el aire. Ahora que Skandar la veía más de cerca, su amiga parecía despedir chispas eléctricas.

—Fascinante. —Mitchell cogió el cubo rojo. La pintura burbujeaba como lava fundida y humeaba un poco.

Bobby se pidió la pared frente a la puerta; Mitchell, la de detrás de la estufa.

—Skar —dijo Flo, entregándole el cubo azul—. Lo siento muchísimo, pero no he podido conseguir pintura de espíritu. Mi madre no sabía muy bien cómo hacerla, y yo también pensé que probablemente no estaría permitida, así que...

—No te preocupes —Skandar intentó parecer animado—. Además, una pared blanca sería aburrida.

Flo pareció aliviada.

—¿Quieres pintar la pared de detrás de la estantería?

Skandar sonrió.

—Claro.

Aunque le encantaba dibujar, era la primera vez que Skandar pintaba una pared; ni siquiera les habían permitido decorar su piso de Sunset Heights. Hecho un manojo de nervios, hundió la brocha en el mejunje elemental de color azul. Salpicaba como el agua y también olía un poco a sal, y eso le dio una idea. Empezó a pintar un mar con olas ondulantes. El color despedía destellos azules, como el sol sobre el agua, y algunos trazos incluso aparecieron con brillantes escamas de peces color zafiro. Cuando Skandar acercó la cabeza, pudo oír el batir de las olas en una orilla lejana, como si estuviera sosteniendo una caracola junto al oído.

Al dar un paso atrás para admirar el resultado final, se sorprendió al darse cuenta de que había pintado las vistas desde la playa de Margate. Kenna y él habían pasado horas y horas en aquella medialuna de arena, deseando un futuro distinto. Soñando con unicornios. La echaba muchísimo de menos. Pero al mirar aquellas vistas del mar, casi le parecía que ella estaba a su lado.

Los demás también habían acabado. La pared amarilla de Bobby era un burbujeo chisporroteante de caóticas espirales, con relámpagos afilados y ráfagas de tornados embravecidos. Había movimiento por todas partes y, de pie a su lado, Skandar casi podía sentir el viento azotándole el pelo. La pared de Mitchell estaba hecha con mucho más esmero. La había cubierto con intrincadas y flameantes llamas, la pintura roja chisporroteaba y humeaba, imitando las llamaradas reales en la estufa de leña que había debajo de ella. Y la pared de Flo, en la parte que daba a la fachada de la casa del árbol, era una jungla de plantas verdes entrelazadas: los árboles se veían rodeados de flores que crecían a sus pies, y la pintura elemental olía a tierra húmeda, con una textura rugosa y surcada como la de las hojas.

El cuarteto arrastró los cuatro pufs al centro de la casa del árbol, y todos se sentaron para admirar su trabajo.

—Ha sido una idea buenísima —dijo Skandar suspirando, con una sonrisa tonta en la cara.

—Sí —Mitchell abrió la boca en un largo bostezo—, me ha distraído por completo de...

—¡Eso es, las monturas! —Bobby se volvió hacia Flo—. Tú tienes que saber ya si Guarniciones Shekoni va a presentarse. ¡La ceremonia es mañana!

—Yo no sé nada —repuso Flo malhumorada—. Lo único que sé es que, si mi padre se presenta, no me escogerá a mí. Está claro que eso no sería justo. Además, se suponía que todo esto era para relajarnos, ¿recuerdas?

—Roberta —intervino Mitchell—, incluso si Guarniciones Shekoni aparece, nada te garantiza que el padre de Flo vaya a elegirte.

Bobby pareció ofenderse.

—¡Sí que lo hará! ¡Yo gané la Prueba de los Principiantes!

Skandar hizo una mueca y miró a Mitchell.

—Qué humilde, ¿eh?

—Si este año hay una montura Shekoni, llevará mi nombre escrito. Soy diestra en aire y continental, como Nina, y voy a ganar la carrera de la ceremonia porque soy la mejor. —Bobby se alisó las plumas grises en torno a la muñeca—. Tiene todo el sentido del mundo.

—El tamaño de tu ego es verdaderamente pasmoso... —El asombro de Mitchell era genuino.

—¡Gracias! —Bobby se levantó y fue hacia la pared azul de Skandar.

Él la siguió, con la extraña sensación de que tenía que proteger su pared.

—¿Qué vas a...?

Bobby se sacó un trozo de tiza blanca del bolsillo. La partió y le dio la mitad a Skandar. Escudriñó las crestas de las olas, y luego se detuvo para dibujar algo donde debería haber habido espuma blanca. A él no le hizo ninguna gracia, hasta que se dio cuenta de lo que su amiga estaba haciendo.

Bobby había dibujado cuatro círculos blancos que se interconectaban: el símbolo del elemento espíritu.

—A ver, tú no eres en realidad diestro en agua, ¿no? —Le guiñó el ojo.

A Skandar lo embargó la emoción al coger su tiza y dibujar otro símbolo donde debería haber estado la espuma de otra ola.

Mitchell y Flo se acercaron, y Bobby les entregó un trozo de tiza a cada uno: las olas no tardaron en volverse espumosas gracias a los símbolos blancos del elemento espíritu.

Cuando acabaron, Skandar respiró hondo.

—Gracias... por, ya sabéis, ser mi cuarteto y...

—Vale, ya basta con el rollo sensiblero —anunció Bobby mientras cogía su brocha.

—¿Qué haces? —preguntó Mitchell—. Ya hemos acabado con las paredes, ¿no?

Bobby lo salpicó de pintura amarilla en toda la cara.

—¡Eso por haberme llamado antes Roberta!

—¡Muy bien, tú lo has querido! —Mitchell cogió su propia brocha y le lanzó otro chorreón de pintura roja.

—¡Eh, parad, parad...! —exclamó Flo, aunque ya se estaba medio riendo.

Skandar esbozó una sonrisita, agarró su cubo y salpicó a Flo de pintura azul.

—¡Oye!

Su amiga contratacó con la verde, y en poco tiempo todos estaban intentando esquivar los chorreones de pintura que volaban, persiguiéndose alrededor del tronco central de la casa del árbol.

Al cabo de diez minutos, los cuatro y el tronco del árbol estaban cubiertos de una mezcla de salpicaduras elementales. Skandar notaba el cosquilleo de la pintura del aire, olía el frescor de la tierra, oía el chisporroteo del fuego, saboreaba la sal del agua... Se derrumbaron sobre los pufs muertos de risa, con toda la piel embadurnada y la mirada puesta en el tronco.

—¿Creéis que deberíamos limpiarlo? —preguntó Flo.

Skandar se levantó, cogió la tiza blanca y empezó a pintarrajear aquí y allá entre los demás colores del tronco.

—Nah —dijo sonriendo—. Creo que deberíamos dejarlo así.

El día de la Ceremonia de las Monturas, el bosque del Nidal amaneció bañado por la luminosa luz matinal y un fuerte y fresco olor a pino. La maraña de puentes colgantes se mecía con suavidad, las casas de los árboles de los jinetes se acurrucaban plácidamente bajo la frondosa bóveda, y los rayos de luz chocaban con los árboles acorazados. Toda la escuela de entrenamiento resplandecía tan hermosa que Skandar debería haberse sentido eufórico, pero en vez de eso se marchó temprano del desayuno para ir al establo de Pícaro, incapaz de soportar el hervidero de conversaciones que bullían en el Comedero.

Normalmente disfrutaba mucho comiendo en aquellas mesas encaramadas sobre las plataformas enclavadas en los árboles, sobre todo dada la generosa abundancia de su alimento favorito: la mayonesa. Pero hoy las conversaciones sobre la Tejedora le molestaban más que nunca. ¿Era ella la responsable del asesinato del unicornio salvaje? ¿Cómo lo había hecho? ¿Por qué lo había hecho? ¿Qué iba a hacer después?

«¿Qué iba a hacer después...?» Aquello lo obsesionaba más que ninguna otra cosa.

Pero hoy no podía pensar en nada de eso. En vez de preocuparse por si su madre había matado o no a un unicornio salvaje, tenía que concentrarse en la carrera que iba a llevarse a cabo delante de los guarnicioneros. Aquella carrera era la última oportunidad de los jinetes y los unicornios para impresionar a los guarnicioneros antes de que ellos tomaran su decisión final.

Se le escapó un grito. Pícaro acababa de darle una descarga de elemento aire porque se había detenido a mitad del cepillado.

—¿Era necesario? —Skandar enarcó las cejas mirando al unicornio, con el brazo todavía escociéndole.

Pícaro le enseñó los dientes imitando una sonrisa bobalicona. La mayoría de las personas habrían salido pitando para huir de los dientes de un unicornio sanguinario, pero Skandar era capaz de distinguir entre la expresión «Voy a morderte» de Pícaro y su expresión de «Te estoy tomando el pelo para animarte».

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