Klaus, ¿me perdonas? La cagué… Ahora ya has visto que no soy perfecta ;)
Goa le escribió este mensaje con cierta ironía cuando regresó a casa después de conocer a Martín en el hospital. Había nacido su hermano y estaba muy contenta. Tenía ganas de compartirlo con Klaus, pero él no respondía.
El lío de la goma lo había enredado todo. El fin de semana que ella y su madre habían ido de visita a casa de Klaus se había dejado olvidada una goma para el pelo y él pensó que lo había hecho a propósito como muestra de que entre los dos había algo más que amistad. Desde entonces, la había llevado en la muñeca, pero un día Goa, que no recordaba para nada haberse dejado ningún coletero en casa de Klaus, vio una foto de él llevándolo y dedujo erróneamente que se trataba de un regalo de alguna otra chica. El lío la hizo quedar como una celosa histérica, y él se sintió como un idiota por haberse hecho ilusiones. Goa se sentía fatal cada vez que lo recordaba, y no soportaba pensar que él estaba molesto con ella. Temía que después de todo lo que había pasado, Klaus no quisiera volver a verla nunca más.
Por otro lado, ahora que ya habían pasado unas cuantas horas y que había vivido un momento importantísimo en su vida (¡¡¡acababa de conocer a su hermano!!!), Goa pensaba que el tema de la goma era una bobada monumental. ¡Solo tenían doce años! «Es normal que no sepamos relacionarnos bien con alguien que nos gusta!», pensaba Goa, y recordaba lo que le había explicado su profe, la bomba Judit. Pero aun así sentía un runrún por dentro, porque no le había gustado nada mostrarse tan ofendida y celosa ante Klaus. ¿Qué pensaría de ella ahora? ¿Y si creía que era una histérica? Era cierto que a veces las emociones la abrumaban y no sabía qué hacer ni cómo actuar, ¡pero ella no era ninguna histérica! Tal vez fuera un poco drama queen, de acuerdo, pero ya está. Tenía que hablar con él ya, antes de que la bola se hiciera más grande.
¿Y qué, y qué, y qué? ¿Cómo es? ¿Es mono? ¿Lloraba? ¿Cagaba? ¿Qué hacía? ¿Lo has cogido en brazos?
Era Ana, que estaba emocionada.
Es un bomboncito precioso. Lo he cogido en brazos y me ha mirado, pero no lloraba. Era como si nos conociéramos de toda la vida. Tengo tantas ganas de volverlo a ver… Ayyyyyy… ¡¡¡Soy tan feliz, Ana!!!
Goa le contestó con un audio y su voz era tan aguda que su amiga tuvo que bajar el volumen del móvil. De pronto, a Goa le entró una llamada de Ana por Instagram.
—No quiero chatear, quiero verte la cara —dijo Ana, que estaba tumbada en la cama—. ¡Ayyy! ¡Tienes cara de hermana mayor, tía! ¡Qué fuerte! ¡Hasta te veo más vieja!
Goa imitó a su amiga y se tumbó en la cama. Ahora sí, ya estaba cómoda para hablar con Ana sobre el gran acontecimiento del día.
—Pero ¿qué dices? ¡¿Y de qué vas?!
—Ja, ja, ja… ¡Va! ¡¡¡Yo también lo quiero ver!!! En plan… ¿Cuándo podré?
—Pues cuando vuelvan a casa del hospital, vienes un día. ¡Ya verás qué monada!
—Ay… ¡Tengo tantas ganas de ser madre!
—Pero ¿qué dices, Ana? —exclamó Goa—. ¡¿Te has vuelto loca?!
—¿Qué pasa? Lo tengo clarísimo, aunque tenga que tenerlos yo sola, seré madre, LITERAL, y tendré una barriga bien gorda, y los pariré, y tipo… ¡seré una madre leona!
—¡Estás como una cabra loca, en serio! ¡Pero si todavía no te ha venido la regla!
—¡NO me lo recuerdes! ¡A veces pienso que seré la última de toda la clase en tenerla! Soy una desgraciada… ¿No te doy pena?
—¿Qué dices? ¡Mejor para ti! Y no te llames desgraciada o le diré a la bomba Judit que te hablas mal a ti misma.
—Pero, tía, yo quiero ser como vosotras, en plan cíclicas, menstruales, con las hormonas que me hagan tener mala leche y ciertas lloreras… Y tener hijos, porque son tan monoooooos… O sea, que me venga la regla YA. ¡No quiero ser una niña!
—En serio, Ana, a veces tengo la sensación de que vienes de otro planeta, ¡o que eres un robot y un día descubriré dónde guardas las pilas!
—¡Ja, ja, ja! ¿Te imaginas? «¡Soy un ro-bot, ven-go de Mar-te y mi mi-sión es ab-du-cir-te, Goa!».
Ana ponía voz de robot y se movía frente a la pantalla con movimientos bruscos y rítmicos, y como iba sin sus coletas de siempre, el pelo suelto le tapaba la cara y estaba muy divertida. Goa no podía parar de reír.
Cuando por fin recuperó la respiración, dijo con voz apagada:
—Por cierto, Ana, Klaus no me responde.
—¿No? A ver… Debe de estar muerto de vergüenza por haber pensado que le habías dejado la goma a propósito y luego descubrir que no, que solo te la habías olvidado en su casa. Él, pobre, llevándola en plan: «Estamos juntos», y vas tú y le montas aquel pollo… ¡Es que menuda cagada, Goa!
—«Ana, la persona que sabe consolar y animar más que nadie en el mundo». ¿Quién no te querría como amiga?
—¡Las buenas amigas somos las que decimos las verdades!
—¡Y las que animáis, joder!
—De acueeerdo… Ahora que ya te he hundido, te refloto: mira, tienes doce años, ¡¿qué quieres?! Si a esta edad no la cagásemos, seríamos niñas raras medio adultas que darían mucho cringe, ¿no crees? Lo llamas, le dices, en plan, que te perdone y ¡ya está!
—Ahora lo has hecho mejor… Pero ¿llamarlo? ¿Así sin más? ¡Menuda vergüenza!
—Pues te jorobas, no haberla cagado. Lo llamas y lo arreglas, ¿vale? Y ahora te dejo, que tengo que ir a inglés dentro de nada. Por cierto, ¿cómo llevas el examen de mates?
—Pfff, no he estudiado demasiado. Esta tarde lo intentaré.
—¿Estudiamos juntas mañana?
—¡Sí, por favor!
—¿Me dejas que le cuente a Nadia por WhatsApp que ya has conocido a Martín? Le encantará saberlo, y como tú no le puedes escribir porque ella no tiene Insta y tú no tienes WhatsApp… De verdad, ¡no sé qué les pasa a vuestros padres!
—De acuerdo. Y pregúntale cómo está y si necesita que hagamos «misión ayuda» para sus ataques de ansiedad.
—Se lo diré. ¡Va, adiós, hermana mayor!
—¡Adiós! ¡Te quiero!
—¡Y yo más!
Después de colgar, Goa se dio cuenta de que no le había contado que había visto a Leo en el hospital con una niña sin pelo que parecía que era su hermana. Al día siguiente se lo tenía que contar sin falta.
Goa se armó de valor y llamó a Klaus por Instagram. No quería enviarle más mensajes. Sin embargo, él no respondió. O estaba muy enfadado, o simplemente no podía hablar con ella en ese momento. Decidió dejar de intentarlo y dedicarse a pensar en Martín, aquel bebé tan pequeñín y tan bonito que de pronto se había convertido en su hermano.
«Qué fuerte», pensaba cada vez que recordaba aquella cara tan redonda y bonita…
Al cabo de un rato, Julia llegó a casa y subió corriendo a la habitación de su hija. Llevaba una falda larga, de las que tienen un buen vuelo y se mueven con el viento, y una blusa verde que le quedaba muy bien. Cuando entró en la habitación de Goa, se quitó los zapatos de tacón y, en un instante, se recogió el pelo en un moño desordenado pero elegante en lo alto de la cabeza que le quedaba superbién y dejaba su cuello largo al descubierto.
—¡Hola, guapa! ¿Cómo ha ido? ¿Cómo es Martín? —le preguntó, y le dio un beso en la cabeza, cosa que Goa no soportaba porque la hacía sentir como si todavía tuviera siete años.
—Muy bien. ¡Es tan pequeño…!
—¡Qué ganas tengo de verlo! Y Carla, ¿cómo está?
—Cansada, pero creo que bien. Y papá está que no caga… ¿Se puso así cuando nací yo?
—¡Claro! Los dos estábamos tan emocionados y perdidos que no podíamos ni hablar… No teníamos ni idea de lo que era tener hijos, y todo era nuevo. Recuerdo el primer pañal que cambiamos en el hospital… Ja, ja, ja… ¡Creo que te lo pusimos y te lo quitamos cuatro veces! Y cuando llorabas, nos poníamos supernerviosos… Pero éramos tan felices que, de algún modo, salíamos adelante.
Escuchar a su madre decir eso hizo sentir bien a Goa. Nunca les había preguntado a sus padres cómo habían ido las cosas cuando ella nació, pero ahora que Martín ya estaba aquí, tenía ganas de saberlo, como si necesitara confirmar que su llegada también había sido importante para ellos.
—Por cierto, dentro de nada iremos con Zu y los niños al apartamento que los abuelos de Klaus y Marcus tienen en la playa. Qué ganas, ¿verdad?
