Eros dulce y amargo

Anne Carson

Fragmento

cap-3

Dulce y amargo

Fue Safo quien por primera vez llamó a Eros «dulce y amargo». Nadie que haya estado enamorado se lo discute. ¿Qué significa la expresión?

Eros le parecía a Safo una experiencia de placer y dolor al mismo tiempo. Hay en ello contradicción y quizá paradoja. Percibir este Eros puede dividir la mente en dos. ¿Por qué? Los componentes de la contradicción pueden parecer, a primera vista, obvios: damos por descontado, como hizo Safo, la dulzura del deseo erótico; su naturaleza placentera nos sonríe abiertamente, pero su amargura es menos obvia. Podría haber varias razones por las que lo que es dulce debiera ser también amargo. Quizá haya relaciones diversas entre los dos sabores. Los poetas han resuelto el asunto de diferentes formas. La misma formulación de Safo es un buen lugar para empezar a rastrear posibilidades. El fragmento relevante dice:

Ἔροσ δηὖτέ μ’ ὀ λυσιμέλης δόνει,

γλυκύπικρον ἀμάχανον ὄρπετον

De nuevo Eros que desata los miembros me hace estremecerme, esa pequeña bestia dulce y amarga, contra la que no hay quien se defienda.

(SAFO, fragmento 130)

Es difícil de traducir. «Dulceamargo» suena erróneo y, sin embargo, nuestra traducción habitual «agridulce» invierte los términos reales del compuesto de Safo glukupikron. ¿Debería preocuparnos? Si su ordenamiento tiene una intención descriptiva, Eros aparece descrito como otorgador de dulzura, seguido luego de amargura: Safo está ordenando las posibilidades cronológicamente. La experiencia de muchos amantes validaría semejante cronología, especialmente en poesía, donde casi todo amor acaba mal. Pero es improbable que eso sea lo que quiere decir Safo. Su poema comienza con una localización dramática de la situación erótica en el tiempo (deute), y fija la acción erótica en el tiempo de presente de indicativo (donei). No está documentando la historia de un amor, sino el instante del deseo. Un momento se tambalea bajo la presión de Eros; un estado mental se escinde. Se trata de una simultaneidad de placer y dolor. El aspecto placentero se nombra primero, podemos suponer, porque es menos sorprendente. El énfasis se pone a merced de la otra cara del fenómeno, una cara problemática cuyos atributos avanzan entre una lluvia de vocales suaves (verso 2). Eros se mueve o avanza sigilosamente sobre su víctima desde algún lugar exterior a ella: orpeton. Ninguna batalla conseguirá combatir su avance: amachanon. El deseo, pues, no es ni habitante ni aliado del que desea. Extraño a su voluntad, se impone de manera irresistible desde fuera. Eros es un enemigo. Su amargor debe ser el sabor de la animadversión, es decir: el odio.

«Amar a los amigos y odiar a los enemigos» es una arcaica prescripción de la moral clásica. El amor y el odio conforman la maquinaria del contacto humano. ¿Tiene sentido localizar ambos polos de esta afección dentro del acontecimiento emocional único de Eros? Sí, en principio, si amigo y enemigo convergen en el ser que es su motivo. Esta convergencia crea una paradoja, pero una que es casi un cliché para la imaginación literaria moderna. «Y donde termina el amor empieza el odio...»,[2] susurra Anna Karénina mientras se dirige a la Estación de Moscú y al final del dilema del deseo. De hecho, la paradoja erótica es un problema que precede a Eros mismo. La encontramos por primera vez representado en la muralla de Troya, en una escena entre Helena y Afrodita. El intercambio es tan tenso como un paradigma: Homero nos muestra a Helena, encarnación del deseo, harta de las imposiciones de Eros y desafiando la orden de Afrodita de atender la cama de Paris. La diosa del amor responde con ira, blandiendo la paradoja erótica como arma:

μή μ’ ἔρεθε σχετλίη, μὴ χωσαμένη σε μεθείω,

τὼς δέ σ’ ἀπεχθήρω ὡς νῦν ἔκπαγλ’ ἐφίλησα

No me provoques, terca, no sea que de enojo te abandone,

que te odie con igual vehemencia que hasta ahora te he amado.

(HOMERO, Ilíada, 3, 414-415)

Helena obedece de inmediato; el amor y el odio combinados constituyen un enemigo irresistible.

La simultaneidad de lo amargo y lo dulce que nos sobresalta en el adjetivo de Safo dulce y amargo se vierte de forma distinta en el poema de Homero. La convención de la épica representa estados íntimos de sentimiento en un proceso dinámico y lineal, de manera que podemos interpretar, a partir de esa secuencia de acciones antitéticas, que hay una mente dividida. Homero y Safo concuerdan, sin embargo, al presentar la divinidad del deseo como un ser ambivalente, al mismo tiempo amigo y enemigo, que conforma la experiencia erótica mediante una paradoja emocional.

Eros aparece en otros géneros y poetas, también, como paradoja de amor y odio. Aristófanes, por ejemplo, nos dice que el joven seductor libertino Alcibíades era capaz de inspirar un sentimiento como la pasión de un amante en el demos griego:

ποθεῖ μέν, ἐχθαίρει δέ, βούλεται δ’ ἔχειν.

[La ciudad] le añora y le aborrece, pero desea tenerlo.

(ARISTÓFANES, Las ranas, 1425)

En el Agamenón de Esquilo se describe a Menelao vagando por el palacio vacío después de la partida de Helena. Las habitaciones parecen embrujadas por ella. En su cámara, se detiene y clama: «¡Ay, pasos presurosos tras el amor de un hombre!» (411). No cabe duda de que es deseo lo que siente (pothos, 414), aunque el odio se filtra para llenar el vacío (echthetai):

πόθοῳ δ’ ὑπερποντίας

φάσμα δόξει δόμων ἀνάσσειν

εὐμόρφων δὲ κολοσσῶν

ἔχθεται χάρις ἀνδρί,

ὀμμάτων δ’ ἐν ἀχηνίαις

ἔρρει πᾶς’Αφροδίτα.

En su amor creerá

que el espectro de la que está allende los mares reina en la casa.

La gracia de las bellas estatuas

se hace odiosa al esposo;

de aquellos ojos que no despiden luz

ha huido todo encanto.

(ESQUILO, Agamenón, 413-419)

El amor y el odio también proveen de tema al epigrama helenístico. La orden de Nicarco a su amada es típica:

Εἴ με φιλεῖς, μισεῖς με καὶ εἰ μισεῖς, σὺ φιλεῖς με

εἰ δέ με μὴ μισεῖς, φίλτατε, μή με φίλει.

Si me amas, me odias, y si me odias, me amas;

así que si no me odias, querida, ¡no me ames!

(Antología palatina, 11, 252)

El epigrama de Catulo es quizá el destilado más elegante que tenemos sobre este cliché:

Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris.

Nescio, sed fieri sentio et excrucior.

Odio y amo. Quizá te preguntes por qué lo hago.

No lo sé, pero siento que es así y me torturo.

(CATULO, epigrama 85)

Los poetas de la tradición lírica griega a veces conceptualizan el estado erótico de esta forma descarnada, pero Safo y sus sucesores en general prefieren la fisiología a los conceptos. El momento en que el alma se separa de sí misma a causa del deseo se concibe como un dilema entre el cuerpo y los sentidos. En el lenguaje de Safo, como hemos visto, es un momento dulce y amargo. Este gusto ambivalente se convierte, en poetas posteriores, en «miel amarga»,[3] «dulce herida»[4] y «Eros de dulces lágrimas».[5] Eros golpea contundentemente al amante con el impacto del calor y del frío en el poema de Anacreonte:

μεγάλῳ δηὖτέ μ’ ῎Ερως ἔκοψεν ὤστε χαλκεὺς

πελέκει, χειμερίῃ δ’ ἔλουσεν χαράδρῃ

De nuevo me partió Eros con enorme mazo,

cual un herrero, y en el tempestuoso torrente me templó,

(ANACREONTE, fragmento 413)

mientras que Sófocles compara la experiencia[6] con un trozo de hielo derritiéndose en manos cálidas.(1) Poetas posteriores mezclan las sensaciones de calor y frío con la metáfora sobre el gusto para confeccionar «dulce fuego»,[7] amantes «quemados por la miel»,[8] proyectiles eróticos «templados con miel».[9] Íbico enmarca a Eros dentro de una paradoja de humedad y sequedad, ya que la tormenta eléctrica del deseo lanza contra él no lluvia sino «agostadores arrebatos».[10] Estos tropos pueden encontrar su base en las teorías antiguas de fisiología y psicología, que asocian por un lado la acción placentera, deseable o buena con sensaciones de calor, de licuefacción, de disolución, y por otro la acción desagradable o aborrecible que ligan con el frío, la congelación, la rigidez.

Aunque no disponemos de un mapa sencillo para las emociones: el deseo no es simple. En griego el acto del amor es una mezcla (mignumi) y el deseo desata los miembros (lusimeles).[11] Los límites del cuerpo y las categorías del pensamiento se confunden. El dios que debilita los miembros procede a quebrar al que ama (damnatai) como haría un enemigo en el épico campo de batalla:

ἀλλά μ’ ὁ λυσιμελὴς ὦταῖρε δάμναται πόθος.

Pero el deseo me debilita,

sumiso me tiene, compañero.

(ARQUÍLOCO, fragmento 196)

La forma del amor y del odio es perceptible, entonces, en una variedad de crisis sensacionales. Cada crisis requiere decisión y acción, pero la decisión resulta imposible y la acción una paradoja cuando Eros perturba los sentidos. La vida cotidiana se vuelve difícil: los poetas hablan de sus consecuencias en el comportamiento y en el juicio:

οὐκ οἶδ ὄττι θέω δίχα μοι τὰ νοήμματα

No sé lo que me hago: son dobles mis deseos...

(SAFO, fragmento 51)

dice Safo, y se calla.

ἐρέω τε δηὖτε κοὐκ ἐρέω

καὶ μαίνομαι κοὐ μαίνομαι

De nuevo amo y no amo, estoy loco y no estoy loco

(ANACREONTE, fragmento 428)

exclama Anacreonte.

ἐξ οὗ δὴ νέον ἔρνος ἐν ἠϊθέοις Διόφαντον

λεύσσων οὔτε φυγεῖν οὔτε μένειν δύναμαι

En cuanto a Diofanto, nuevo retoño entre los jóvenes, veo,

ni huir ni quedarme puedo.

(Antología palatina, 12, 126, vv. 5-6)

«A los amantes este anhelo los empuja muchas veces a actuar y a no actuar»,[12] es la conclusión de Sófocles. No solo la acción zozobra: la evaluación moral también se fractura bajo la presión de la paradoja, el deseo se divide en algo bueno y malo al mismo tiempo. El Eros de Eurípides empuña un arco que es «doble» en su efecto, ya que puede conllevar una vida preciosa o un desplome completo.[13] Eurípides llega incluso a duplicar al mismo dios del amor: Erotes gemelos aparecen en un fragmento de su obra perdida Estenobea. Uno de ellos guía al amante a la vida virtuosa. El otro es el peor enemigo del que ama (echthistos) y lo lleva directamente a la casa de los muertos. Eros se bifurca en amor y en odio.

Volvamos a la pregunta con la que comenzamos, a saber: el significado del adjetivo de Safo «glukupikron». A partir de nuestro examen de los textos poéticos ha ido apareciendo su contorno. «Eros dulce y amargo» es lo que impacta en la película en crudo de la mente del que ama. La paradoja es lo que toma forma en la placa sensible del poema, una imagen en negativo de la que se pueden crear fotografías en positivo. Aprehendido tanto como dilema de los sentidos, acción o valor, Eros se imprime como el mismo hecho contradictorio: amor y odio convergen dentro del deseo erótico.

¿Por qué?

Desaparecido

Quizá haya muchas maneras de responder a esto. Una se ve con más claridad en griego: la palabra griega eros denota «necesidad», «carencia», «deseo por lo que falta». El que ama desea lo que no tiene. Es por definición imposible para él tener lo que desea si, en cuanto lo posee, ya no lo desea. Es más que un juego de palabras; hay un dilema incluido en Eros que los pensadores han considerado crucial desde Safo hasta el tiempo presente. Platón regresa una y otra vez a él. Cuatro de sus diálogos investigan qué significa decir que el deseo solo puede ser por lo que falta, lo que no está disponible ni presente ni en nuestra posesión ni en el propio ser: eros conlleva endeia. Como dice Diotima en el Banquete, Eros es el bastardo de la Salud y la Pobreza y siempre se siente como en casa en una vida de deseo.[14] El hambre es la analogía elegida por Simone Weil para este acertijo:

Todos los deseos resultan igual de contradictorios que el de alimentarse. Querer que aquel al que amo me amara a mí. Pero si se me entrega totalmente entonces deja de existir, y yo dejo de amarle. Mientras que si no se me entrega totalmente es que no me ama lo suficiente. Hambre y saciedad.

(SIMONE WEIL, La gravedad y la gracia)

Emily Dickinson expone el caso con más impertinencia en «Tuve hambre»:

Descubrí

que el hambre era un estado

que tiene la gente afuera de las ventanas

y que al entrar lo pierde.

Petrarca interpreta el problema bajo los términos de la antigua fisiología del fuego y el hielo:

So, seguendo ’l mio fuoco ovunque e’ fugge,

arder da lunge, ed agghiacciar da presso.

Sé, siguiendo mi fuego a donde huye,

arder de lejos y de cerca helarme.

(PETRARCA, Triunfo del amor, 3, 167-168)

Sartre tiene menos paciencia con el ideal contradictorio del deseo, esa «estafa». Él ve en las relaciones eróticas un sistema de reflejos infinitos, un juego de espejos decepcionante que lleva dentro de sí su propia frustración. Para Simone de Beauvoir, el juego es una tortura: «El caballero que parte hacia nuevas proezas ofende a su dama; pero ella le desprecia si permanece sentado a sus pies. Es la tortura del amor imposible...».[15] Jacques Lacan expone el problema un poco más enigmáticamente cuando dice: «El deseo [...] evoca la carencia de ser bajo las tres figuras de la nada que constituye el fondo de la demanda de amor, del odio que viene a negar el ser del otro, y de lo indecible de lo que se ignora en su petición».[16]

Pareciera que estas voces variadas persiguen una percepción común. Todo deseo humano está suspendido sobre un eje de paradoja, ausencia y presencia son los brazos, amor y odio, las energías motoras. Volvamos una vez más al poema de Safo con el que comenzamos. Este fragmento, tal y como se preserva en el texto y en los escolios de Hefestión, viene seguido sin interrupción por dos versos con la misma métrica; quizá pertenezcan al mismo poema:

Ἄτθι, σοὶ δ’ ἔμεθεν μὲν ἀπήχθετο

φροντίσδην, ἐπὶ δ’ Ἀνδρομέδαν πόται

Atis, has cobrado aborrecimiento a acordarte de mí

y vuelas hacia Andrómeda.

(SAFO, fragmento 131)

¿Quién desea acaso lo que no ha desaparecido? Nadie. Los griegos tuvieron esto muy claro. Inventaron a Eros para expresarlo.

Treta

No entre aquí quien sea ignorante en geometría.

 

(Inscripción sobre la puerta de entrada
a la Academia platónica)

Hay algo puro e indudable en la noción de que Eros es carencia. Además, es una noción que, una vez adoptada, tiene un efecto poderoso en nuestros hábitos y representaciones. Podemos ver esto más claramente con un ejemplo: consideremos el fragmento 31 de Safo, que es uno de los poemas de amor más conocidos de nuestra tradición:

φαίνεταί μοι κῦνος ἴσος θέοισιν

ἔμμεν ὤνηρ, ὄττις ἐνάντιός τοι

ἰσδάνει καὶ πλάσιον ἆδυ φωνείσας

ὐπακούει

καὶ γελαίσας ἰμέροεν, τό μ’ ἦ μὰν

καρδίαν ἐν στήθεσιν ἐπτόαισεν,

ὠς γὰρ ἔς σ’ ἴδω βρόχε ὤς με φώναισ’ οὐδ’ ἔν ἔτ’ εἴκει,

ἀλλ’ ἄκαν μὲν γλῶσσα ἔαγε λὲπτον

δ’ αὔτικα χρῷ πῦρ ὐπαδεδρόμηκεν,

ὀππάτεσσι δ’ οὐδ’ ἔν ὄρημμ, ἐπιρρόμβεισι δ’ἄκοναι,

έκαδε μ’ ἴδρως ψῦχρος κακχέεται τρόμος δὲ

παῖσαν ἄγρει, χλωροτέρα δὲ ποίας

ἔμμι, τεθνάκην δ’ ὀλίγω ‘πιδεύης

φαίνομ’ αι

Me parece igual a los dioses aquel varón

que está sentado frente a ti

y a tu lado te escucha

mientras le hablas dulcemente

y mientras ríes con amor.

Ello en verdad ha hecho desmayarse mi corazón

dentro del pecho:

pues si te miro un punto, mi voz no me obedece,

mi lengua queda rota,

un suave fuego corre bajo mi piel,

nada veo con mis ojos,

me zumban los oídos,

... brota de mí el sudor, un temblor se apodera

de mí toda,

pálida cual la hierba me quedo

y a punto de morir

me veo a mí misma.

(SAFO, fragmento 31)

El poema flota hacia nosotros como sobre u

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