Las voces de Adriana

Elvira Navarro

Fragmento

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Cuando trabajaba, Adriana abría Twitter cada media hora. No solía haber nada interesante. Aunque echaba un vistazo distraído, como si deslizarse por el timeline fuese un tic, a veces se encontraba con algo que parecía una respuesta a sus pensamientos: así una mañana en la que reflexionaba sobre la enfermedad de su padre. «La muerte te acecha toda la vida. No escaparás a ella. ¿Y si te conviertes en su becaria?». Se trataba de la publicidad de un videojuego en el que la muerte tenía una becaria. Abrió el enlace y miró la carátula. La Parca era como un duendecillo enfadado, con guadaña reluciente y unos cuantos espíritus azules de ojos hundidos, parecidos a zombis. En ellos, el espíritu y la carne corrompida se fusionaban de manera amable. La putrefacción del cuerpo persistía en el Más Allá, donde carece de sentido.

El cuerpo solo tiene sentido en el mundo de los vivos. Adriana llevaba unos cuantos meses preguntándose cómo actuar con su padre, que maltrataba indolentemente el suyo. ¿Debía obligarle a ir a rehabilitación y darle la lata con los peligros del tabaco, o dejarle en paz?

Su padre se negaba a andar y se fumaba casi dos cajetillas de rubio al día. Quizá le estaba pidiendo que ella fuera la becaria de su muerte y en eso residía ser una buena hija: en permitir que se matara con la nicotina y sin levantarse de su butaca. Al fin y al cabo, el deseo de que mejorase, de que durara muchos años y recuperase las piernas, era de ella. No quería quedarse sin padre porque eso significaría la desaparición de su familia. Tampoco que se volviera dependiente, pues entonces la vida sería penosa para los dos. Y no sabría qué hacer: ¿llevárselo a vivir con ella o dejarle en manos de una cuidadora?

Por otra parte, ¿quién era ella para obligarle a actuar de un determinado modo? Siempre le había molestado que los adultos trataran a sus padres como si fueran niños. Si él se ventilaba cuarenta cigarros diarios y diez horas de televisión, no se debía a que quisiera matarse. Esa era la interpretación de Adriana. Él solamente disfrutaba a su manera, y la comodidad siempre había sido prioritaria. Bueno, no del todo. Antes del ictus, la comodidad había ido a la par con el servicio a los demás. Su generosidad no conocía límites. Pero ahora hacer favores se había convertido en algo doloroso. Le costaba demasiado moverse. Él, que nunca había tenido ningún problema de salud grave, por primera vez sufría el cuerpo, lo sentía como un enemigo. Caminaba con andador, y no sin esfuerzo; al haber perdido masa muscular y coordinación, arrastraba las piernas, una dañada por la embolia y la otra por una operación de cadera. Usaba la musculatura del abdomen, lo que le producía dolor en la espalda. También le dolían los pies y se ahogaba. Cuando ella le «obligaba» (¡de nuevo esa palabra!) a pasear, él se detenía cada cinco minutos para sentarse en el andador, encenderse un cigarro y mirarla con odio. Ella no soltaba el hueso. «Tienes que caminar», «Tienes que ir a rehabilitación», «Tienes que dejar de fumar», insistía. Acto seguido, se justificaba: «Te lo digo por tu bien». Aquellas seis palabras, que su madre le repitió siempre en vida y que Adriana detestaba, se escapaban ahora de su boca a borbotones. Se había convertido en una máquina expendedora de «Te lo digo por tu bien». Su madre se encarnaba en ella; la censora y la manipuladora la invadían, como en una película de posesiones diabólicas. Pero ¿qué sabía nadie sobre lo que era bueno para los demás? ¿No se moría de cáncer tanta gente joven atiborrada de aire puro, deporte y verduras crudas?

Que su padre fuese a morir antes que ella solo era una suposición basada en una estadística incumplida en su propia familia. A su sanísima madre se la había llevado un linfoma poco tiempo atrás. Su bisabuelo falleció nonagenario hartándose de Ducados y puros. Sus dos tías paternas continuaron con el Marlboro tras sendos tumores malignos en el pecho y aún seguían fumando, cumplidos ya los ochenta, mientras que una prima monja de costumbres celestiales se había ido al otro mundo a los treinta y nueve. Y la excepción no era solo cosa de su familia. La mujer más longeva del mundo vivió ciento veintidós años y solo renunció al tabaco al cumplir cien. Se había quedado ciega y le molestaba pedir fuego. «¡Está demostrado que, si fumas, te mueres antes!», tronaba Adriana a pesar de todo, como si se hubiera convertido en una representante de la OMS. Después de martirizar a su desolado padre con los hábitos saludables que él no seguía, se castigaba por torturarle para nada. Parecía que solo existiese una cosa a la que rindiera culto: provocar culpabilidad. Primero en los otros, y luego en sí misma como expiación.

Cuando le dio el ictus, su padre estuvo veintisiete horas tumbado en el suelo con un brasero eléctrico encendido que chamuscó la punta de un cojín. Logró alcanzar el teléfono fijo y marcar el único número que le vino a la cabeza —sorprendentemente, el de una cuñada—. Era un milagro que siguiese vivo, tanto por el tiempo que había pasado sin que nadie le asistiera, como porque el cojín no hubiese prendido. No pudieron apagarse, en cambio, las consecuencias de la apoplejía. Llegó al hospital con una pierna, una mano y la mitad del rostro paralizadas. No era consciente de haber pasado veintisiete horas sobre un terrazo frío, apenas arropado por las enagüillas de una mesa donde el brasero eléctrico seguía ardiendo. Ella pensó en la paradoja de que el brasero, que podría haberle matado si el cojín se hubiera incendiado, finalmente le salvara de una hipotermia. Fue un enero gélido incluso en Valencia; ese año nevó, aunque sin cuajar, y helaba dentro de aquella casa de muros gruesos.

La obstrucción arterial solo le afectó el hemisferio derecho y no perdió el habla. Pasó tres meses en una residencia hasta que pudo sostenerse de nuevo sobre sus dos piernas. Adriana fue a verle todos los fines de semana. Tomaba el mismo tren en el que llevaba tres lustros viajando para visitar a su familia. Jamás en todo ese tiempo se había fijado en que, en la parte superior de las ventanillas, ponía «Ventana de socorro». Solo cuando su padre enfermó, aquel «socorro» se tornó nítido, como un reflejo de su llamada de auxilio. ¡Socorro! La palabra se perfilaba contra las nubes, contra un firmamento pletórico. La ventana pedía ayuda al cielo, o indicaba que el camino para la salvación estaba en las alturas, fuera de este mundo.

Al fallecer su madre, le dijeron que se había quedado huérfana. Le pareció excesivo. Asociaba esa palabra a niños o adolescentes, a la precocidad en la desgracia, a orfanatos. Pero ella había cumplido los treinta cuando la enterraron. Era una adulta y su madre llevaba mucho tiempo enferma: la muerte se presentó como una liberación. Sin embargo, ante el ictus de su padre sintió miedo. De repente experimentó esa orfandad que antes había estimado impropia de su edad. Cuando los hijos empiezan a ser padres de sus padres, ¿comienzan a estar definitivamente solos? La razón le decía que no, pero en el corazón llevaba un desgarro anticipado. ¿Se moriría pronto su padre? Recuerda que cuando, en una calurosa tarde de mayo, su madre le reveló que tenía cáncer, a pesar de que los mé­dicos le habían dado esperanzas, Adriana supo que no se iba a curar. Después pensó que aquello no se debió a ninguna intuición, sino al descubrimiento de la propia finitud, vista de cerca en quien la había parido. Adriana era carne de su carne y no se iba a quedar aquí eternamente: solo asumió esa obviedad cuando su madre le mostró el camino de salida. Esa había sido su última lección.

Sobre su padre, en cambio, no tenía seguridad alguna, ningún presentimiento. Ignoraba si tras ese infarto cerebral iban a venir otros o si viviría veinte años más en una nube de humo, apurando cigarrillo tras cigarrillo. Ignoraba asimismo cuál iba a ser aquí la lección, si es que había alguna. No es que creyera en fuerzas cósmicas conspirando para aleccionar a humanos despistados, pero le resultaba absurdo no aprender nada. Era como esos tuits que le parecían respuestas a sus pensamientos, aunque no lo fuesen. «La muerte es un maltrato para los adictos a la narrativa»: ahí otro que se le había quedado zumbando, pues se trataba de una forma ingeniosa de decir lo de siempre, que morir es una putada.

Pronto establecieron una rutina. Ella llegaba al geriátrico el viernes por la noche, le acompañaba hasta el comedor, esperaba a que cenase y luego le ayudaba con el aseo y el pijama. Después se volvía al piso familiar, donde había vivido hasta los dieciocho años e ido de visita cada mes y medio. Recorría las habitaciones y abría la nevera vacía. Nada le impedía guardar allí unas cuantas cosas de una semana para otra, yogures o huevos, pero le gustaba observar esa soledad extraña de la casa, no dejar rastro de su estancia. Pasaba todo el sábado con su padre en la residencia. Le sacaba a pasear en silla de ruedas y se sentaban en una horchatería. A veces recibían visitas de amigos, de sus tías paternas y de algunas sobrinas; aquella escasa vida social se concentraba siempre en el fin de semana, pues su padre apenas se relacionaba con jubilados como él. Ponerse en el papel de anciano le espantaba. «Yo tengo entre treinta y cuarenta años —decía—, pero mi cuerpo tiene más». Ella se lo imaginaba entre semana, solo, aburrido y paciente, con un amago de tristeza, una desesperanza pequeña e insólita en él, que jamás había estado desesperado ni triste durante mucho tiempo.

Siempre había sido optimista, tolerante, capaz de trasmitir alegría y paz. Su padre tenía una fortaleza total, desmesurada. Pero en el geriátrico su alegría se había resentido. Convivir con viejos ensimismados, casi muertos, a veces atrapados en movimientos espasmódicos o en algún lugar del pasado, era un golpe demasiado duro. No se reconocía en ellos. No podía hablar con nadie que no tuviera un pie en la tumba, salvo con el personal de la clínica, todos esos auxiliares y médicos y fisioterapeutas de los que se hizo amigo y que le procuraban un consuelo relativo, pues no se relacionaban con él de igual a igual. Aquella gente iba allí a desempeñar un trabajo y su padre era un paciente más, uno privilegiado, eso sí, pues no iba a salir de la residencia metido en un ataúd, sino por su propio pie. Por esa razón, los rehabilitadores se esmeraban con él.

¿Tenía sentido, se preguntaba Adriana cada vez que observaba a todos aquellos viejos apiñados frente a un televisor en una sala común, que la medicina siempre buscara alargar la vida, aun a costa de que un ser humano pasara sus últimos años como un vegetal? Siempre se contestaba lo mismo: ¿qué sabía ella sobre cuándo era mejor morirse, sobre las circunstancias de aquellos ancianos, de si a sus hijos les confortaba verlos o de si, a pesar de todo, ellos preferían tener la existencia de un mueble antes que estirar la pata?

Él se esforzó como nunca para recuperar mínimamente la movilidad. Tenía unos pocos ahorros por haberle ganado un juicio a la Seguridad Social sobre sus años cotizados, pero no le alcanzaban para pasar más de tres meses en ese geriátrico, caro porque ofrecía rehabilitación diaria. Así que, a pesar de lo que detestaba el esfuerzo físico, batalló para sostenerse de nuevo en pie. No se saltaba ni una sesión de ejercicios. Dejó de fumar no por voluntad propia sino porque estaba prohibido, y además no encontró a nadie que le consiguiera tabaco. El personal no se dejaba engatusar, y la mayoría de los ancianos ya no pensaba en fumar ni en nada.

Para darle algo de fiesta y quitarle el sabor de los purés sin sal y sin gracia de aquel lugar, los domingos Adriana preparaba unos bocadillos de jamón de bellota y hacían un pícnic en el jardín. Después iban a la horchatería y a las siete ella le dejaba en su cuarto y se marchaba a la estación. Arrastraba una maleta hasta el paseo marítimo, pues el geriátrico no estaba lejos de la Patacona, y caminaba hasta casi el final de la Malvarrosa, donde tomaba un autobús.

Al final, su padre logró hacerse amigo del único viejo que no parecía un alma del Purgatorio, pues no padecía demencia ni era demasiado mayor. Pero estaba sordo.

—Está aquí mi hija —le decía cada viernes cuando ella llegaba.

—¿Qué? —respondía el señor sordo.

—¡Mi hija!

—¡Ya me la presentaste! ¿Qué tal estás?

El hombre le estrechaba la mano a Adriana y le hacía una reverencia. Caminaba veloz con un andador, como si no lo necesitara salvo para sentarse a hacer las colas que había para todo. Cola para comer; cola para el podólogo, que arreglaba pies que eran como muñones o rocas; cola para el peluquero y para la revisión médica y para los turnos de terapia ocu­pacional. El hombre sordo había entrado allí voluntariamente para acompañar a su mujer, que tenía alzhéimer y falleció al poco. Él se quedó; le había encontrado el gusto a que le prepararan la comida y le limpiasen la habitación. Además, salía y entraba a su antojo. Y lo fundamental: a nadie le estorbaba que estuviera sordo. Se había convertido en una suerte de animador de zombilandia. Sabía el nombre y la habitación de todos los residentes, les saludaba, les hacía favores y fiestas y, como no oía, el que los ancianos no dijeran nada o le respondieran alguna barbaridad no le importaba. Su padre y él mantenían una tertulia imposible, y la conversación retumbaba por todo el comedor mientras los otros viejos castañeaban las dentaduras postizas en las cucharas de sopa. El hombre sordo rezu­maba buen humor; cuando ella iba en el tren y miraba el «Ventana de socorro» proyectado en las nubes blanquísimas, le parecía que ese blanco era el cabello del señor sordo y de los demás ancianos, y que el tren atravesaba una senectud purísima con parada en la residencia, donde la esperaba devotamente su padre en una sillita de ruedas, recortado contra la luz que restallaba en las cortinas. La habitación era grande y el servicio decente; en cuanto él la veía, se alzaba sobre sus dos patitas, que eran como hebras, y le enseñaba sus proezas con el andador. Primero fue capaz de moverse por la habitación, más tarde por el pasillo y luego ya pudo ir solo a comer. Entonces abandonó el geriátrico.

Llegó el turno de Vilma, una mujer ecuatoriana que le cuidó en la casa sin que ello supusiera un alivio para la es­trechez económica de su padre. Vilma estaba en régimen de interna y libraba los fines de semana, cuando Adriana le hacía el relevo. Él tenía que seguir con la rehabilitación, que la Seguridad Social no le cubría; Vilma, el fisio privado y los gastos corrientes volvían a comerse la pensión entera y lo poco que le quedaba del dinero ganado en el juicio a la Seguridad Social. Pidieron una ayuda a la dependencia, pero se la denegaron porque su padre recibía una buena pensión. Era verdad, y sin embargo no le llegaba para cubrir sus necesidades. El Estado daba por hecho que todo el mundo contaba con alguien dispuesto a hacerse cargo de una persona impedida. ¿Qué pasaba con quienes no tenían a nadie?

Demostró enseguida que podía estar solo en casa, pero no porque su movilidad mejorase, sino porque aquel era su hogar, un espacio que formaba parte de sí mismo. Había vivido allí casi tres décadas y lo llevaba en los huesos. Jamás se tropezaba porque se sabía de memoria dónde había una baldosa suelta, y sin pensarlo era precavido al pisar el suelo recién fregado de la cocina. Le tenía tomada la medida al baño, a la cama, a los botones de sus camisas, que tardaba unos diez minutos en ponerse al habérsele quedado una mano tonta, como permanentemente dormida o permanentemente despertándose, a punto de volver a ejecutar movimientos con precisión y frustrada en el intento de asir la cucharilla, el tenedor. Pero mientras no se obstinara en hacer lo que no podía —o hasta que se acostumbró a ello, a que estaba limitado para hacer gestos cotidianos incluso en su casa, como rebanar el pan o cortarse las uñas—, todo iba bien. Aunque caminaba con andador, no había que acompañarle al baño, podía abrir los cajones más bajos de los armarios y no vacilaba en sus pasos, en su lentitud, como le ocurría en el geriátrico. El sentirse a salvo le llevó a querer apañárselas solo.

Pero Adriana se negó a que prescindiera de la cuidadora, al menos al principio. Los viernes, cuando llegaba a Valencia para relevar a Vilma, le daba unas instrucciones neuróticamente precisas sobre los hábitos que tenía que adquirir su padre. Al tercer fin de semana que la sustituyó, Vilma le dijo:

—Su papá ha vuelto a fumar.

Esperó hasta la noche para sorprenderle. Cuando olió el humo del cigarro, que llegaba hasta su balcón abierto, entró en el dormitorio de él llena de furia y poco le faltó para despertar al vecindario entero. Al día siguiente se sintió miserable y pensó que prefería verle incurrir en todo lo que el neurólogo le había prohibido —prefirió, en fin, que le diera otro infarto cerebral— a abroncarle de ese modo. También le robó un cigarro, que se fumó en el balcón con suma culpabilidad y aprovechando que él había ido a pasear. Solo fumaba cuando bebía o con amigos, pero tras el ictus de su padre se había jurado no dar una sola calada más.

Él estaba dispuesto a no doblegarse ante su enfermedad, ante los médicos ni ante ella. El tabaco no fue la única prohibición que se saltó. Enseguida volvió a usar el coche. El neurólogo le había aconsejado no conducir hasta que no mejorara sus movimientos, pero su padre arrancó una tarde su Toyota y se puso a dar vueltas por la ciudad, eufórico y con su mano tonta, con la que apenas podía agarrar el volante. Asimismo, despidió a Vilma. Con el mes de antelación requerido, le dijo que ya no contaría más con sus servicios porque era capaz de estar solo.

—Eso no fue lo que acordamos —le espetó Adriana—. Vilma iba a que

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