Prólogo
Prólogo
La pasión que puede llegar a sentirse por la historia de Cartago y su crepuscular declive, así como por su triste y doloroso final a manos de Roma no empaña ni menoscaba los logros que alcanzó esa civilización, la gloría que nos ha transmitido y el grado de progreso que nos ha legado, precisamente a través de su destructora y aniquiladora, Roma. Ya hemos sostenido antes que hay un antes y un después en la historia romana, y ese hito coincide con el enfrentamiento que ambas repúblicas mantuvieron durante las guerras púnicas.
En ese tiempo anterior a la Segunda Guerra Púnica, el relato de La conquista de Isphanya continúa lo ya apuntado en las dos novelas que la preceden: El León de Cartago y la Camada del León respecto de la cultura cartaginesa y la de los celtas, iberos y celtíberos prerromanos, así como el proceso por el que se fue formando el carácter del hombre más destacado de entre los cartagineses, Aníbal Barca o Baraq. En un marco histórico de aventuras, amor e intriga, sus páginas prolongan lo narrado en los anteriores relatos con Aníbal Barca como referente alrededor de quien gira toda la leyenda que se fue tejiendo a su alrededor; y cómo la influencia de lo hispano: el ardor guerrero, la fidelidad, la brutalidad, la lealtad a una causa hasta la muerte, la dureza extrema de su clima y su paisaje, cambiantes tras cualquier colina, fueron el eje alrededor del cual el gran caudillo cartaginés aunó, dentro de sí, lo púnico y lo hispano y fue moldeando su carácter y su genio personal.
Es un momento histórico en el que nos encontramos a un Aníbal que va dejando atrás sus dudas, sus tropiezos, sus dificultades... en brazos de una madurez más notoria e imparable, al frente de los ejércitos púnicos y el gobierno cartaginés de Isphanya. Aunque sigue habiendo recelos por parte de sus enemigos en el Senado de Cartago, es la etapa de su vida en la que consolida definitivamente su liderazgo político y militar, y en la que pone en marcha su premeditado y estudiado plan de preparación de sus mesnadas con un objetivo en el horizonte: la derrota de Roma; para llevar a cabo el objetivo y los planes de su padre, Amílcar, el León de Cartago.
Para alcanzar su meta, diseña y pone en marcha una minuciosa estrategia mediante la cual se internará en el interior misterioso de Isphanya para apoderarse de sus riquezas, intentará y, en parte logrará, atrapar el espíritu de sus combatientes celtíberos y, al mismo tiempo, adiestrará a sus tropas para hacer de ellas una auténtica máquina de combate, dotándola de la homogeneidad necesaria. No hay que olvidar que el ejército cartaginés estaba compuesto por docenas de pueblos, tribus y nacionalidades, y que era indispensable que sus componentes convivieran entre ellos, desarrollaran un espíritu de camaradería, sintiendo que pertenecían a un todo y se acostumbraran a combatir todos juntos bajo un mando único. De esta manera, Aníbal y sus hombres viajarán hacia el centro, el este y el oeste de la Península, atravesando los territorios de los carpetanos, los vetones, los vacceos y los olcades, para alcanzar aquellas tierras tan septentrionales, con un objetivo, además del propiamente militar, hacerse con el control de los pasos para la llegada del codiciado estaño, imprescindible para elaborar el bronce con el que fabricar las panoplias cartaginesas, apetecidas y valoradas en todo el ámbito comercial y militar mediterráneo.
Su ímpetu, coraje y empuje le llevarán a extender el poder púnico por el centro, el este y el oeste de la Península. De esta manera, Aníbal cruzará grandes ríos como el Tajo y el Duero, cabalgará a lo largo de las mesetas centrales peninsulares, subirá sus montañas coronadas de nieve, combatirá con cuantas coaliciones de nativos se alzarán a su paso contra su pujanza militar, y conquistará Altea, Salamanca, Toro, Zamora... Además, a lo largo de esos meses realizará severas campañas militares durante las que, en ocasiones, Aníbal llevará a su ejército hasta extremos físicos, de cansancio y de resistencia humana, tremendamente exigentes, pues él quiere que sus soldados se acostumbren y superen todo tipo de sacrificios y privaciones habida cuenta de que ya planea el itinerario alpino que los conducirá desde la península Ibérica hasta las puertas de Roma, atravesando los Alpes. En el desarrollo de esas campañas preparatorias, recorreremos buena parte de la España antigua entre los celtas, iberos y celtíberos que la habitaban, cuyas costumbres conoceremos.
Como colofón a sus campañas y planes, la política y los propósitos del caudillo cartaginés lo llevarán junto con sus entrenadas tropas hasta Arse-Sagunto, cuyo asedio será parte final del relato y el detonante de la Segunda Guerra Púnica. La caída de la urbe saguntina será el comienzo del brutal y nuevo enfrentamiento entre Cartago y su enemiga, Roma, cuyos hombres principales, a lo largo de las páginas de La conquista de Isphanya, han estado espiando y siguiendo los pasos de Aníbal.
Aravaca, noviembre de 2014
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El sol, saliendo desde más allá de las murallas, desde más allá de los extensos campos sembrados que se ven por doquier, desde más allá del acertado laberinto de canales de riego que se entrelaza entre las inmensas plantaciones, desde más allá del gran lago que se extiende al sur, desde más allá del mar azul y misterioso..., ese mar que separa dos mundos rivales y enfrentados: el romano y el cartaginés; se eleva y va iluminando todo al paso de sus benéficos rayos que traen luz y calor.
Entonces, el gran puerto comercial, rectangular y amurallado va apareciendo de entre las sombras y la neblina que se produce como consecuencia de la diferencia de temperatura entre la noche y el día, sombras que solo disipaban apenas las antorchas y hachones colocados a lo largo de sus murallas y de sus muelles. Y, como por ensalmo, lentamente, comienzan a brillar los coloridos y broncíneos mascarones de proa de las embarcaciones allí amarradas, los metales de sus cordajes y mástiles, las banderolas... Poco después, el manto nocturno se va retirando del puerto militar, el cothom, imponente y severo, y desvela un gran espacio ovalado, casi una circunferencia de agua, que está rodeada por murallas y cuarteles, en cuyo centro se alza el edificio circular del Almirantazgo, que está dotado de defensas, almacenes, cuarteles y dársenas en las que, en tiempos pretéritos, encontraron cobijo doscientas galeras de guerra, temibles y marineras; hoy apenas hay cincuenta de ellas.
Los rayos del sol siguen su imparable avance y sacan a la luz la gran ágora central que se extiende a partir de los muros del puerto militar. Entonces, como si fueran espejos, comienzan a refulgir los adornos de bronce y plata de las hermosas columnas que sostienen el pórtico que rodea ese foro, así como las estatuas de bronce de factura helénica que han aportado los pueblos tributarios como contribución. A su alrededor, se unen a este festival de luz hileras de casas blancas edificadas a lo largo de calles y avenidas, trazadas a cuadrícula en estos barrios nuevos, que descubren sus pequeñas huertas, sus jardines con palmeras, sicómoros, pinos mediterráneos, sus techos de tejas intensamente coloradas.
El sol prosigue su avance, en su particular combate diario con la penumbra nocturna, y comienza a trepar hacia la cumbre de la gran colina principal de la ciudad. Así pues, va iluminando las plazas de los templos menores y sus alrededores, los barrios de los artesanos de la plata, el gran mercado donde todo se distribuye en puestos atiborrados de especias, de brocados, de elegantes y delicadas manufacturas de lino, tejidos prodigiosos, ropas de fino algodón, maravillosas alfombras, vestimentas de seda, las bien protegidas tiendas que venden espléndidas confecciones teñidas de púrpura... Los rayos del sol pasan sin detenerse junto a las platerías, que destellan como estrellas en un cielo nocturno, donde se ofrecen todo tipo de artesanías realizadas con los más nobles metales y las más ricas y elaboradas piedras preciosas.
Enseguida, estos dejan atrás, bien iluminada ya, la imponente Plaza Central y callejean por las laberínticas, estrechas y empinadas calles de la ciudad vieja. Como si se persiguieran en una carrera vertiginosa, corren raudos por el barrio de los tintoreros, alcanzan una plazoleta alargada y desierta donde se sitúa el tofet1 y dejan atrás su estremecedora evocación de muerte y redención. A continuación, ascienden alumbrando todo a su paso hasta alcanzar la plaza de los grandes oratorios, discurriendo por callejones más empinados todavía, y comienzan a iluminar la gran plaza donde están situados los santuarios de las divinidades principales de la ciudad: Baal Hammon y Tanit Pené Baal. La arquitectura exterior de ambos templos es austera, dos enormes edificios rectangulares de techo plano, rodeados por altas tapias almenadas que protegen un gran patio interior, un santuario y un sanctasanctórum con paso reservado al sumo sacerdote porque es la morada de la estatua del dios. Dispuestos el uno enfrente del otro, los rayos del sol resplandecen su bien tallada piedra caliza revestida de cal. Al instante, refulgen los símbolos áureos de la divinidad.
Más arriba aún, sin detenerse ni un momento para tomar aliento, los rayos solares alcanzan la gran plaza donde se ubica el Senado de la República, un imponente caserón rectangular, enjalbegado y rematado por una preciosa cúpula, abierta en su coronación, que está alicatada con azulejos y baldosines de vivos colores rojo sangre, crema y azul esmaltados al fuego, que resplandecen como pequeños soles, y sobre cuya entrada, flanqueada por dos espléndidas columnas de granito de Asuán de una sola pieza, comienza a brillar como una estrella el emblema oficial de la República: un caballo, unas hojas de palma y una media luna enormes, símbolos de la diosa Tanit; todos ellos manufacturados con plata pura.
Sin sosiego, los mensajeros del sol entran y encienden la plaza donde se yergue el albo edificio de la Lonja del Gremio de Comerciantes y Banqueros,2 que está coronado por una cúpula semicerrada adornada por azulejos vidriados de vivos colores, y que hace las veces de Bolsa de cotizaciones de las sociedades de participación, así como de los intercambios de comercio exterior. De inmediato, el edificio parece hecho de plata y ciega a quienes miran sus muros encalados.
Por último, dan calor, vida y luz a los orgullosos barrios residenciales que coronan la colina Byrsa, donde se alzan los palacios, las residencias y las mansiones de los más acaudalados, los más privilegiados y pudientes de la ciudad, construidos entre arbolados exóticos, calles y plazoletas exclusivas, y el maravilloso vergel de frescor y vida que forman sus cuidados jardines, sus rosaledas y las terrazas colgantes rebosantes de floresta.
El sol se impone, las tinieblas se deshacen, un nuevo día comienza y ya toda la ciudad cobra vida y se despierta. Kart Hadasht, la reina de los mares, la que gobierna sobre las aguas, la morada del Señor de los Altares de Incienso, ante quien las naciones tiemblan y se doblegan, llamada por sus enemigos latinos, Carthago...
Aníbal Barca observaba maravillado y estremecido el amanecer de Kart Hadasht. Tanta belleza le subyugaba. No había otra ciudad como aquella. Los ojos se le humedecieron. Estaba apoyado en una balaustrada de mármol que rodeaba una enorme terraza en el palacio de la familia Bárquida, su hogar de la niñez, edificado entre jardines y dependencias coronando la colina Byrsa. Un balcón desde el que se divisaba, a sus pies, una gran parte de la ciudad. Qué poco tiempo había pasado allí. Una parte exigua de su infancia, pues desde bastante niño marchó junto a su padre, el gran Amílcar, el León de Cartago, primero a Iboshim,3 donde era gobernador y, posteriormente, a la isla de Gadir4 base de operaciones y cabeza de puente del desembarco del ejército con el que se inició la conquista de Isphanya.5 Ahí, en esa tierra extraña al principio, y ahora amada como ninguna, había pasado su niñez y juventud, donde se convirtió en un hombre, donde luchó y derramó su sangre, donde vio morir a su padre, donde perdió a su cuñado Asdrúbal, el sucesor de Amílcar al frente del ejército, donde se enamoró...
Hoy era un gran día, ya lo creo. Se iba a casar. Contraía matrimonio con Saphanbaal, de la familia de los Jhanto, una hermosa joven perteneciente a una de las más importante familias de Kart Hadasht. El enlace había sido pactado por la casamentera, como mandaba la tradición, y esta había visitado la casa de los padres de la pretendida, había realizado los pactos prenupciales correspondientes, había negociado los trámites del acuerdo, pues no había que olvidar que el matrimonio era un contrato y, tras las consabidas transacciones, había obtenido el consentimiento de los rectores de la familia Jhanto; todo ello organizado, naturalmente, desde la sombra, por su querida madre, Sapaníbal, que no descansaba nunca.
La verdad es que Saphanbaal le había causado una gran impresión. De estatura adecuada, parecía esbelta y de formas armoniosas, o eso es lo que le pareció, a través de las protectoras y castas vestimentas que portó las escasas veces que se habían visto, claro está, en presencia de la casamentera, las madres y una cohorte de servidores. Su futura esposa, en todo momento una mujer recatada y modesta, se había conducido con toda prudencia ante él. Supo jugar acertadamente con el tenue velo de lino que cubría parte de su faz, para dejar entrever un rostro moreno y atractivo de facciones marcadamente púnicas. Discreta, sin hablar más de lo estrictamente correcto, de modales suaves y moderados, se había conducido de la manera en que se podía esperar de una dama de la alta sociedad cartaginesa, de antigua familia de tirios y con un pasado influyente en la historia de Cartago. Sus ojos fueron más elocuentes. Negros, profundos, vivos, fueron velados, cuando la ocasión lo requirió, por el conveniente movimiento de sus párpados acompañados por unas pestañas primorosas, en caída libre.
Cuando se pronunciaron los votos matrimoniales y se fijó la fecha para la ceremonia nupcial, Aníbal se alegró de que su madre se hubiera entrometido en su vida, una vez más, arreglando su matrimonio con Saphanbaal. Eso le satisfizo y produjo una sensación de normalidad. Le pareció que era un joven aristócrata más que estaba a punto de casarse. Como un simple mortal. Y olvidó durante unos instantes que era el comandante en jefe de las tropas púnicas de Isphanya y Libia, el gobernador de esos territorios y el hombre más poderoso, militarmente hablando, del orbe cartaginés. Un general que iba a emprender una serie de campañas para entrenar a su ejército, que pensaba emprender una larga marcha hasta Italia y soñaba con derrotar a Roma en sus mismas puertas. Sí, definitivamente era mejor ser únicamente un joven aristócrata que se iba a casar en breve plazo de tiempo...
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El palacio de la familia Barca resplandecía como en un cuento fabuloso cananeo o babilonio. Situado en lo alto de la colina Byrsa, durante días sus muros exteriores habían sido enjalbegados, se habían abrillantado los azulejos esmaltados que coronaban las almenas de estos, se habían limpiado todos los lienzos de ladrillo vidriado hasta hacer que refulgieran. Con betunes y barnices especiales se trataron los portones, puertas y contraventanas hasta que quedaron como recién puestas. Todas las pasamanerías de bronce lanzaban destellos metálicos. Los dinteles y cercos de las ventanas lucían renovados con un cerco de color ocre, las tejas de los tejados habían sido limpiadas, los paseos de gravilla se habían rellenado con adecuada zahorra machacada, el arbolado de los cuidados jardines se mostraba más hermoso que nunca. Docenas de servidores y especialistas bajo la dirección de los mayordomos del palacio, habían realizado una labor excepcional, eso sí, bajo la atenta mirada y supervisión de Sapaníbal, la viuda de Amílcar Barca, el León de Cartago, que no descansó hasta que todo estuvo a su gusto.
Aníbal tampoco había parado quieto y, a través de los secretarios de su cancillería, había cursado invitaciones de boda a los diversos reinos mediterráneos con los que deseaba entablar estrechas relaciones políticas de alianza, para establecer una coalición antirromana. Antíoco III, el soberano del imperio seléucida, y el Egipto de Ptolomeo IV habían confirmado la asistencia de un representante. Ambos reinos eran rivales porque Antíoco deseaba extenderse por Siria y Palestina, bajo dominio ptolemaico. Desde Macedonia, su rey Filipo V envió un embajador. Hierón, el tirano de Siracusa, único reino vecino de los romanos en la antaño cartaginesa isla de Sicilia, había prometido que acudiría su primo Arquímedes. Y, naturalmente, el todo Kart Hadasht. Representantes del Senado, de la banca, de los comerciantes, del ejército, de la cada vez más poderosa Asamblea Popular. Los príncipes de los númidas, los principales de entre los libio-fenicios, de los pueblos tributarios del sur...
Efectivamente, era un gran día, y él tenía que aprovecharlo. Nada podía perturbarlo, no iba a consentir ni siquiera las preocupaciones ante el caudal inmediato e incesante de todas las tareas que tenía que abordar en Isphanya, ni las dificultades para alcanzar acuerdos y lazos de amistad con los reinos helenísticos, ni la sombra alargada de Roma, su enemiga en el horizonte, que ahora estaba a punto de iniciar una nueva guerra en Iliria para asentar su dominio y acabar con los piratas que tanto daño estaban haciendo al comercio en esa parte del gran mar interior. Ni siquiera... Himilce, su esposa oretana, de la que se despidió de manera tan desabrida en Cartago Nova,6 en una de cuyas mazmorras lo esperaba Sodalis, el asesino de su cuñado Asdrúbal, atrapado en Sagunto por un comando enviado por él, a quien tenía que interrogar para sonsacarle qué hubo detrás de aquel magnicidio y quiénes lo planificaron...
¡Oh, Himilce!, la dulce ibera, a la que había enviado a su ciudad natal, Kastilo,7 para residir junto a su hermano el régulo Cerdubeles, a quien habían sentado en el trono los cartagineses para que fuera un títere que siguiera los dictados políticos y económicos que surgieran desde Cartago Nova, la capital del dominio cartaginés en Isphanya... Cómo se acordaba de Himilce. Cada vez más... Ahora que sus agentes habían matado a Orisón,8 el padre de ella, y estaba lavada con sangre la afrenta perpetrada por aquel cuando atacó a traición al gran Amílcar y lo asesinó, ahora que la venganza estaba cumplida y el honor satisfecho de nuevo estaba a salvo; él podía perdonarla y volver a ser felices juntos en Isphanya, mientras Saphanbaal permanecía en Kart Hadasht en el hogar de los Barca, junto con su entrometida y adorable madre, Sapaníbal.
—¿En qué estará pensando mi querido hijo Aníbal, tan de mañana, el día de su boda? —exclamó una sonriente Sapaníbal, que llegaba caminando a buen paso por la terraza.
Este alzó la vista y la detuvo en la figura de su madre.
—Buena mañana, ¿haciendo una última ronda de inspección de cara a la ceremonia de esta noche? —respondió el interpelado con una sonrisa en los labios, pues estaba de muy buen humor.
Sapaníbal torció ligeramente la cabeza y sonrió a su hijo.
—El penúltimo, Aníbal, el penúltimo. Habrá que dar una última vuelta cuando el sol comience su declive más allá de las columnas de los templos de Melkart el Santo —contestó ella en referencia al occidente de Kart Hadasht, por donde se ponía el sol, concretamente a los templos dedicados a este dios, convertido por los griegos en Hércules, los cuales al parecer se situaban en aquella época a ambos lados del estrecho de Gibraltar.9
Aníbal sonrió.
—¿Estás feliz y satisfecho? —inquirió ella mientras se transformaba en una madre más.
—Sí, mucho... Y quiero agradecerte tu desvelo, tus esfuerzos, cómo has organizado todo...
Sapaníbal hizo un gracioso mohín al tiempo que alzaba los brazos y hacía un gesto con las manos para silenciar al caudillo cartaginés.
—Hijo mío, por Baal el misericordioso, soy tu madre..., una madre más que únicamente desea lo mejor para los suyos —replicó ella, convirtiéndose aún más en una progenitora protectora de los suyos.
—Por fin contraeré matrimonio con quien tú deseabas —dejó caer Aníbal con un tono ligeramente irónico.
Sapaníbal endureció la mirada, pues era una mujer resuelta y de carácter fuerte que, a lo largo de sus años de viudez, se había acostumbrado a mandar sin réplica alguna.
—Es lo más conveniente para todos. Tú, el primogénito de los Barca, no puedes estar casado únicamente con una bárbara de las tierras del norte, ni tus hermanas y yo podíamos estar aquí solas, en Kart Hadasht, sin tener la protección de otra familia poderosa, además de la nuestra y los amigos y clientes... Repara en que tú y tus hermanos estáis con el ejército en las tierras bárbaras de Isphanya...
—Madre, el ejército sirve a la República no a nosotros... —aclaró Aníbal.
Ella hizo un gesto impaciente.
—Tú ya me entiendes... Una palabra tuya... y te serviría únicamente a ti como un solo hombre...
Aníbal hizo oídos sordos a las palabras de su madre, que eran a todas luces una traición contra la República cartaginesa, y recondujo el asunto de nuevo hacia el ámbito marital.
—Como dispongas, madre. Celebraré solemnes esponsales con Saphanbaal e intentaré hacerle un hijo de inmediato —aceptó Aníbal, que sentía una creciente excitación interior—, y cuando vuelva a Isphanya..., ella se quedará aquí, contigo, para estar a salvo... Esperemos que embarazada...
—¡¿Cómo!? —exclamó contrariada Sapaníbal.
—Lo que has oído, querida madre... Ella permanecerá aquí, en Kart Hadasht, junto a ti... Ella es un tesoro demasiado valioso como para ponerla en peligro en las bárbaras tierras hispanas..., ¿no es cierto? —terminó con un tono casi burlón en su voz.
Sapaníbal torció el gesto visiblemente irritada, hizo un ademán con las manos y contraatacó.
—Claro, y tú mientras tanto, con las manos libres en las tierras del norte, podrás dedicarte a tu bárbara ibera...
Aníbal hizo un aspaviento de enfado con ambas manos.
—No olvides que estoy casado con ella, y que...
—Sí, sí... —le interrumpió la madre sin miramiento—, que gracias a ello cientos de tribus nos son fieles e innumerables tesoros de plata abarrotan el cuarto del funcionario que lleva las finanzas del Tesoro...
—¡Eso es! —afirmó enfadado Aníbal con simplicidad masculina.
—Y si ofendemos a la familia Jhanto, pues nada, no pasa nada... el señor tiene que convivir amorosamente con su bárbara, en el norte, estrechando lazos de inquebrantable amistad con las tribus iberas, contando los lingotes de plata... ¿No?
Aníbal reparó en el tono irónico de su madre, y no pudo por menos de sonreír antes de responder.
—Soy el hombre más poderoso del ámbito occidental cartaginés. Tengo que llevar a cabo misiones diplomáticas, campañas militares inaplazables, tengo que entrenar y adiestrar a setenta mil soldados... Y, por encima de todo, tengo una misión que cumplir —terminó diciendo mientras miraba hacia el cielo, buscando una señal de su padre—. Tal vez no seas plenamente consciente de todo ello.
Sapaníbal hizo un teatral gesto de humildad suprema.
—Naturalmente, ¿cómo voy yo a penetrar los misterios insondables de la mente superior de los hombres, de la política, de todo... si solo soy una pobre mujer con un corto entendimiento inferior al tuyo, verdad?
Aníbal miró con cariño el rostro de ella y contestó con suavidad.
—Nada de eso. Eres una espléndida mujer y una gran madre, tal vez no terminas de alcanzar que, al igual que tú gobiernas con todo acierto esta casa, yo tengo que dirigir el orbe cartaginés, sacarlo de la nociva influencia de Hannón el Grande y los suyos, de un Senado de mercaderes, de una aristocracia talasocrática de negociantes que prefiere vivir de rodillas ante Roma con tal de poder seguir enriqueciéndose...
Sapaníbal sostuvo la magnética mirada de su hijo, ante la que temblaban sus generales, oficiales y soldados.
—Madre, no puedo llevar a mi nueva esposa al interior salvaje y misterioso de Isphanya, que debo conquistar por el bien estratégico de Kart Hadasht...
La madre se pasó la lengua por los labios para humedecerlos. Los tenía resecos de la tensión.
—Necesito la tranquilidad de saberla segura, aquí, quiera Melkart el Santo que con un hijo mío dentro de su vientre —prosiguió Aníbal—, para poder llevar a cabo todas las tareas y fatigas que no pudo abordar mi padre, asesinado vilmente por Orisón, para alcanzar los objetivos finales que él y yo soñamos y planeamos no hace tanto tiempo... Está decidido, Saphanbaal no puede venir conmigo.
Sapaníbal le miró de una manera extraña.
—Aníbal, ¡Proclámate rey!... Todo Kart Hadasht te seguirá —le propuso ella con un tono de desesperación en la voz.
Él la miró de una manera rara, distante, como si fueran de mundos distintos, antes de zanjar la cuestión con una voz dura y metálica que no admitía ningún tipo de objeción, mientras Sapaníbal bajaba la mirada abrumada por primera vez.
—Madre, yo seguiré sirviendo fiel y lealmente a la República de Kart Hadasht, a su Senado, a su Asamblea Popular... Comandaré los ejércitos del norte... Haré lo que tenga que hacer. Llevaré a cabo los planes de padre... Y Saphanbaal se quedará aquí, contigo, a tu cuidado... Y no hablemos nunca más de ello.
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Atardecía y el viento del norte azotaba las ramas, las hojas y las copas de los árboles del bosque de sabinas y enebros. Todo el conjunto arbóreo se movía a un mismo compás provocando una ola vegetal que, a su vez, desencadenaba pequeñas ventiscas volátiles de nieve, según se iba desprendiendo a montones de las ramas por efecto del tremendo movimiento. Todo el ramaje se retiraba al unísono y parecía como si intentara huir estremecido ante el poderío irresistible del frío viento del norte, que soplaba con un ímpetu feroz. Las intensas ráfagas ventosas se colaban sin dificultad a través de los enormes espacios que dejaban los árboles entre sí, como correspondía a un sabinar del centro de la península Ibérica, haciendo que se plegara a su imperioso mandato hasta la corta hierba verde que tapizaba toda la pradera que se extendía entre los imponentes y centenarios árboles. Los torbellinos de aire eran tan violentos que barrían y acumulaban contra los troncos y cualquier obstáculo pétreo la nieve caída la noche anterior que, cual níveo manto, todavía cubría aquí y allá de manera caprichosa la pradera de hierba, según jugaba con ella Eolo.
En medio del bosque, clavadas en círculo en el césped cual menhires rectangulares, se erigían unas antiquísimas piedras muy desgastadas por los meteoros. Estas estaban talladas y mostraban espirales, extraños rostros de divinidades ancestrales y esvásticas girando a derecha e izquierda. El conjunto de piedras constituía un santuario que se alzaba en medio de la arboleda, a los pies de la ciudad fortificada arévaca de Voluce,10 que era visitado y venerado por los pueblos celtíberos de los alrededores desde tiempo inmemorial.
Dentro del círculo pétreo, varias figuras humanas tiritaban arropadas bajo oscuros mantos de gruesa lana y portaban antorchas para iluminar las inminentes tinieblas. Mientras caminaban hasta su centro hacían crujir la nieve helada con sus pisadas. Fueron llegando de uno en uno hasta el corazón del santuario lítico, donde les esperaba un hombretón alto y fornido, parado junto a una hoguera que ahuyentaba el frío y las sombras de la inminente noche, cuyas llamas también eran objeto de vaivenes exagerados por obra del viento.
El aspecto de todos ellos era imponente, como correspondía a la categoría política que ostentaban. Eran los caudillos de varias plazas fortificadas de los pueblos celtíberos arévacos y carpetanos, así como de los ibéricos olcades.11 Y en consecuencia con su estatus social, bajo los negros sagos portaban vestiduras ricamente adornadas con geométricos dibujos de colores, vestían fuertes pantalones de buen cuero curtido y maleable, calzaban recias botas de piel. Por último, sus cabezas estaban tocadas con cascos de bronce bruñido, en los que destacaba un artístico repujado de hilo de oro en las carrilleras que dibujaba complicadas espirales unidas entre sí, alguno de los cuales exhibía una cimera de pelos de caballo teñidos de rojo sangre, y otros presentaban cuernos del mismo metal broncíneo y alas con plumas de buitre leonado, muy abundante en sus territorios; un ave rapaz a la que habían conferido un carácter cuasi divino, dado que creían que ayudaba a la migración de las almas, tras la muerte.
Enseguida, todos los dirigentes celtíberos estuvieron juntos formando un círculo alrededor del fuego.
—¡Salve, Alucio, caudillo de la poderosa ciudad de Konbouto...12 Bienvenido, Tirreso, líder de la valiente y fortificada Konsabura...;13 que los dioses te sean propicios; Tibaste, guía de los poderosos guerreros de Kontrebia Karbika...;14 te saludo, Baitesir, tú que gobiernas a los olcades de Kelin y a cuantos alcanza su vigoroso brazo armado!... Yo, Kaukirino, rector de los arévacos15 de Voluce y su comarca, saludo con respeto a los caudillos de los carpetanos16 y olcades que han acudido a mi llamada —les dijo con una voz profunda y poderosa, a manera de saludo, el paladín de los arévacos que les había estado esperando junto a las llamas.
Los cuatro cabecillas hicieron una respetuosa inclinación de cabeza, mientras miraban de reojo a sus compañeros y sujetaban con firmeza sus espadas y falcatas, ocultas tras los espesos sagos, prestos a desenvainarlas a la primera señal de peligro, ya que cada uno de ellos desconfiaba de Kaukirino tanto como del resto de caudillos allí presentes, como era habitual entre los habitantes de la península Ibérica, tan dados a todo tipo de engaños, trampas y traiciones con tal de aniquilar a un odioso castro fortificado muy próximo al propio, a un clan rival en auge o a cualquier grupo étnico que hubiera prosperado lo suficiente como para atraer la envidia de sus vecinos.
Kaukirino se dio cuenta del casi imperceptible movimiento de sables bajo los negros sagos que acababan de efectuar los cabecillas celtíberos, y sonrió.
—No receléis de mí ni de mis intenciones —les intentó tranquilizar con su voz ronca—, sabed que no albergo propósitos aviesos contra ninguno de vosotros... Es más, estáis aquí porque no hay querella alguna entre vosotros.
Alucio de Konbouto torció el gesto con una mueca sarcástica.
—Sí, ya sé que en un pasado muy reciente hemos peleado entre nosotros por razones de tierras, propiedades y botín —prosiguió el caudillo arévaco—, pero ahora debemos olvidar nuestras diferencias...
—¿Por qué tenemos que olvidarnos de las acciones de rapiña que no hace tanto dirigisteis contra los nuestros, los arévacos de Nomantika aliados con los de Voluce? —interrumpió Tirreso de Konsabura, mientras el resto de los caciques celtíberos se agitaba presa de la indignación y se volvía hacia Kaukirino en busca de una respuesta contundente.
El arévaco miró a los otros cabecillas y contestó bajando el volumen de su voz para atraer la atención de todos.
—Por los oretanos.
—¿Qué les pasa a esos perros sarnosos? —inquirió extrañado el olcade Baitesir con un mohín de desagrado.
—Desde que asesinaron al León de Cartago en Heliké,17 se han crecido mucho como nación, son más ricos, acumulan plata, trigo, aceite... y han descuidado la vigilancia de sus fronteras.
Los demás caudillos le miraron con caras plenas de escepticismo.
—Les protege una guarnición cartaginesa —precisó Tibaste con cara de triunfo, encantado de quedar por encima del caudillo arévaco delante de los demás.
—No hay guarniciones importantes. Mis espías me han informado de que Aníbal, el hijo del León, el que manda ahora sobre los cartagineses, se ha ido a Kart Hadasht... Y las guarniciones de Cartago Nova están muy alejadas.
El resto de los conspiradores se quedó en silencio, arrebujándose como podía bajo los mantos para combatir el frío, urdiendo, dando vueltas en su cabeza a los beneficios que podía haber detrás de lo que les estaba sugiriendo Kaukirino.
—En Kastilo tan solo se encuentra su hermano Asdrúbal Barca, convaleciendo de una herida en la pierna, con una escolta cartaginesa no demasiado numerosa, y unos pocos guerreros oretanos...
El silencio se volvió a cernir sobre los pensativos conspiradores, que interrumpió Kaukirino para precisar.
—Además, los guerreros de Baikor18 aprovecharán para atacar y desquitarse de sus indeseables y ricos vecinos tan pronto como vean a nuestras bandas de guerreros.
Los conjurados siguieron meditando durante unos instantes. Al cabo de un momento intervino Baitesir, el olcade, pasándose la mano libre de la espada por la frente para quitarse de la misma algunos copitos de nieve que le habían caído desde los árboles.
—Si he entendido bien... Lo que tú propones es una expedición a la tierra de los perros oretanos, ¿y allí qué?
—Sencillo, aprovechando que no está Aníbal y los oretanos están muy apaciguados dedicados a sus negocios de aceite —les explicó Kaukirino mientras revoloteaban bajo el casco sus largas trenzas—, podemos atacar Kastilo..., una vez dentro, será fácil asaltar su palacio, entrar en la Sala del Tesoro, y apoderarnos de los lingotes de plata que tienen en abundancia.
Los conjurados se miraron entre sí olvidando pasadas injurias y recientes desconfianzas, haciendo signos de aprobación.
—Pero ¿cómo repartiremos el botín? —quiso el olcade que le matizaran.
—Dividiremos entre todos...
—¡De eso nada, repartiremos en proporción a los guerreros que cada uno aportemos a la expedición! —le corrigió Alucio a Tirreso.
—¡No estoy conforme! —saltó Tibaste, evidenciando las viejas y centenarias rencillas y suspicacias entre los pueblos de la península Ibérica, mientras
