Mar Pacífico,
a 22 de julio del año de Nuestro Señor de 1526
El marino se llevó dos dedos entumecidos a la boca y se arrancó sin dificultad uno de los pocos dientes que le quedaban. Tenía las encías tan inflamadas que a duras penas podía hablar de manera inteligible. Lanzó la pieza al suelo y se limpió la sangre en el costado del viejo jubón.
Por la luz que empezaba a penetrar desde el este, en esa perversa calma que hacía tres semanas que los tenía varados en medio del Pacífico, meciéndose sobre las escasas olas como un mísero pedazo de corcho, se dio cuenta de que iba a amanecer.
Era el año 1526. Hacía cuatro ya que se había convertido en el primer hombre en dar la vuelta al mundo, y había cometido la locura de embarcarse de nuevo para intentarlo por segunda vez. En esta ocasión, no lo conseguiría; estaba condenado a muerte por el maldito escorbuto.
Don García Jofre de Loaísa había fallecido la noche antes, y a él le correspondía asumir el mando. Tras entregar el cuerpo del capitán general al mar y rezar por su alma, los oficiales habían roto los sellos de lacre del sobre con las instrucciones secretas de Su Majestad el rey don Carlos. En ellas se especificaba que, en caso de defunción de Loaísa, el mando de la Armada debía recaer en él, «tan ilustre navegante en quien depositamos toda nuestra real confianza, por haber sido él quien dio más gloria a nuestra Corona en completando en nuestro nombre la circunnavegación del mundo por vez primera».
Por fin había alcanzado su sueño de comandar una expedición con sello real. Y los elogios del rey pronunciados en alto por el maestre Alonso de Salazar le habían henchido de orgullo. Observó cómo le miraban de soslayo los oficiales, los pocos que quedaban ya a bordo, con admiración y quizá un poco de envidia. Pero la ironía quiso que se hiciera con el mando cuando no existía ya Armada alguna; de ella solo quedaba ese viejo cascarón que, aunque era la nao de mayor calado en la que él había navegado jamás con sus impresionantes trescientas sesenta toneladas, hacía aguas por doquier. Lo que subsistía de su tripulación estaba formada por un puñado de marinos enfermos, hambrientos y de baja moral.
Iba a ser un mandato breve, de eso no había duda. El terror de los marineros, esa plaga que azotaba a sus hermanos y diezmaba tripulaciones sin distinción de rango, le había escogido a él como su próxima víctima. Tan solo esperaba que le diese tiempo de revisar su testamento, que había redactado el día antes dictando al bueno de Ortés de Perea, contador de la expedición. Quería cumplir con sus obligaciones, no dejar cabos sueltos, y hacer las paces en la tierra antes de enfrentarse al juicio divino. Y, para ello, tenía pensado redactar también una misiva a los procuradores de la Casa de Contratación de La Coruña para que intercediesen para que sus herederos cobrasen lo que a él se le debía.
Contaba alrededor de cuarenta años. Era la segunda vez que surcaba este vasto océano tranquilo, este infierno azul donde los vientos eran tan caprichosos y poco fiables como una mujer de las que buscan marineros en los puertos.
Al verlo agitarse, el joven Juanito Vélez, su fiel criado, se levantó. Él pensó que le tocaba hacer el supremo esfuerzo de vestirse con algo más de decencia y salir al puente a aceptar el mando. Aquella mañana todos los supervivientes de la expedición le rendirían honores en la cubierta de la Santa María de la Victoria, la maltrecha nao capitana, aun a sabiendas de que su muerte estaba próxima, y de que deberían buscarle un sustituto en cuestión de días. Pero ni en esas circunstancias se atrevía nadie a soliviantar la cadena de mando o las órdenes reales nombrando general a otro de los muy capaces marineros que aún quedaban. Lo harían después de su muerte.
—Señor, aún es pronto.
—Juanito, más vale que empecemos, no sea que me llegue la muerte a medio desvestir. Esperaremos en
