Marlene Dietrich y la búsqueda del amor (Mujeres que nos inspiran 3)

C.W. Gortner

Fragmento

libro-4

La primera vez que me enamoré tenía doce años.

Ocurrió en la Auguste-Viktoria-Schule en Schöneberg, un barrio de las afueras al sudoeste de Berlín. Allí, en un edificio bajo defendido por verjas de hierro forjado cuya elegante fachada de yeso escondía un laberinto de aulas gélidas, yo estudiaba gramática, aritmética e historia y, luego, labores y una hora de calistenia tonificante antes de terminar el largo día con una clase de francés superficial.

No me gustaba la escuela, pero no porque no fuera inteligente. Cuando era pequeña, una serie de institutrices habían supervisado mi educación, aunque mi hermana Elisabeth, a quien en la familia llamábamos Liesel y que era un año mayor que yo, recibió casi toda su atención por sus problemas de salud. El inglés, el francés, la conducta, el baile y la música eran nuestra rutina diaria y nuestra madre nos exigía un dominio intachable de todo. Aunque estaba más preparada que la mayoría para la rigidez del aprendizaje institucionalizado, no me gustaba la escuela porque no me avenía con los dedos llenos de mermelada y las confidencias de mis compañeras, que se conocían desde la infancia y me llamaban Maus porque era igual de tímida que los ratones, ajenas a que esa era la última palabra que mi madre habría usado para describirme.

Tampoco es que Mutti tolerase ninguna queja. Tras la muerte de Papa de un infarto cuando yo tenía seis años, la necesidad urgente de ahorrar había subsumido nuestro dolor. Había que mantener las apariencias. Al fin y al cabo, la viuda Josephine Dietrich pertenecía a los distinguidos Felsing de Berlín, fundadores de la renombrada Relojería Felsing, que trabajaba con una patente imperial desde hacía más de un siglo. Mutti se negó a aceptar la ayuda económica de su familia a pesar de que la pensión por la defunción de mi padre, que había sido teniente de la policía local, no daba para mucho. En cuanto lo enterramos, las institutrices se esfumaron, dado que se habían convertido en un lujo que no nos podíamos permitir. Por las indisposiciones de Liesel, diagnosticadas con poca precisión, Mutti se empleó como ama de llaves y estableció un plan educativo para que mi hermana siguiera en casa. En cambio, a mí me embutió en un uniforme gris almidonado, me peinó el pelo rubio rojizo en unas trenzas, remató el peinado con un lazo de tafetán enorme y, con unos zapatos de charol que me apretaban los dedos, me llevó a la schule, donde unas solteronas intachables moldearían mi carácter.

«Compórtate —me advirtió Mutti—. Cuida los modales y haz lo que se te mande. ¿Me explico? Que no me entere de que te das aires de grandeza. Has tenido más facilidades que muchos, pero no quiero que ninguna hija mía se vanaglorie de sus logros».

No tenía de qué preocuparse. En casa, a menudo me reprendía por mi espíritu competitivo, por querer ser mejor que Liesel, pero, en cuanto pisé el patio de la escuela, me di cuenta de que era preferible hacer como si supiera lo menos posible, abrumada por las camarillas tribales y las miradas suspicaces de mis compañeras. Nadie podía sospechar que tenía más que conocimientos rudimentarios de nada, ni siquiera de francés, una lengua que todas las niñas de buena familia debían aprender, pero con la que ninguna niña de buena familia alemana debía familiarizarse demasiado, porque evocaba lo prohibido, con sus erres y sus eses seductoras. Fingiendo ignorancia para desviar la atención, me sentaba en la última silla del último pupitre del final del aula y era discreta, un ratón escondido a la vista de todos.

Hasta el día que llegó la nueva maestra de francés.

Se le escapaban mechones de pelo castaño del moño y tenía las mejillas redondas y sonrojadas, como si hubiera corrido por el pasillo porque llegaba tarde —y así era—. Había sonado el timbre y las niñas, que se pasaban notas garabateadas en trozos de papel arrancados de sus cartillas, se inclinaron entre las mesas para intercambiar susurros.

Entró en el aula como una exhalación. Era la muy esperada sustituta de madame Servine, quien había sufrido una caída repentina que había precipitado su jubilación. Con perlas de sudor en la frente por el calor impropio de julio, nuestra nueva maestra dejó caer los libros que llevaba encima del escritorio con un golpe sonoro que hizo que todas las niñas se pusieran derechas.

Madame Servine no toleraba la pérdida de tiempo. Muchas de las presentes habían sentido los golpes punzantes de su regla en las rodillas y los nudillos por lo que ella había considerado una insolencia. Aquella joven fascinante, con su aire desaliñado y su colección de tomos, resultaba igual de temible.

Desde mi sitio habitual al fondo del aula, me asomé por encima de los hombros de las que se sentaban delante para observarla mientras se secaba la frente con un pañuelo.

—Mon Dieu —dijo—. Il fait si chaud. No pensaba que en Alemania llegara a hacer tanto calor.

Un remolino de emoción me revolvió la tripa.

Nadie dijo una palabra. Con un gesto descuidado, se metió el pañuelo empapado en la blusa.

—Bonjour, mademoiselles. Soy mademoiselle Bréguand y seré vuestra nueva maestra hasta que termine el curso.

No hacían falta presentaciones. Sabíamos quién era, llevábamos semanas esperándola. Mientras la escuela buscaba una sustituta para madame Servine, nos habíamos pasado aquella hora en sesiones de estudio interminables supervisadas por la cáustica frau Becker. Ahora, el marcado acento de nuestra maestra espesaba el silencio. La tonada inconfundible de París sonaba en su voz y sentí que las chicas que tenía alrededor se estremecían. Llamaban L’Ancien Régime» a madame Servine por sus impertinentes —los anteojos con mango que usaba— y por el castañeo de su dentadura cuando enunciaba «accents graves» con una superioridad inexpresiva y su vestido negro de cuello alto de principios de siglo. En cambio, aquella mujer llevaba una blusa con un ribete de encaje en el cuello y en las muñecas y una falda a la moda hasta los tobillos que resaltaba su figura esbelta y mostraba unas elegantes botas de paseo. Era años más joven que madame Servine y seguro que sería más enérgica.

Yo me enderecé.

—Allez —declaró—. Ouvrez vos libres, s’il vous plaît.

Las niñas se quedaron inmóviles. Mientras yo estiraba la mano para coger mi cartilla, mademoiselle Bréguand suspiró y lo explicó en alemán:

—Los cuadernos, por favor. Ábranlos.

Reprimí una sonrisa.

—Hoy conjugaremos verbos, ¿de acuerdo? —dijo observando la clase.

Nadie respondió. Ninguna de las niñas se había molestado siquiera en echarle un vistazo a la cartilla desde que madame Servine había sufrido su oportuna caída. No les importaba. Por las pocas conversaciones que había oído, sus aspiraciones vitales consistían en casarse lo antes posible para alejarse de sus padres. Kinder, Küche, Kirche: ‘hijos, cocina e iglesia’. Esa era la única ambición que les inculcaban a todas las niñas alemanas, como lo habían hecho con nuestras madres y abuelas. ¿De qué iba a servirles hablar francés, si no es que tenían la desgracia de casarse con un extranjero?

Mademoiselle Bréguand observó el paso agitado de las páginas sin reparar en el frenesí en los movimientos de sus alumnas o sin querer comentarlo. La negligencia a la hora de hacer los deberes era una ofensa con la que todo el mundo flirteaba, pero a la que todo el mundo temía. Sabíamos que madame Servine había obligado a algunas niñas a quedarse en su pupitre hasta el anochecer trabajando hasta terminar los deberes o desplomarse por el agotamiento.

Entonces, con incredulidad, vi que mademoiselle Bréguand amagaba una sonrisa traviesa. Fue un gesto tan inesperado en un sitio tan contenido en el que las maestras se cernían sobre nosotras como cuervos que su calidez me aturdió y convirtió el remolino de emoción que tenía en la tripa en nata montada.

—Empecemos con el verbo ser. Être: je suis, je serai, j’étais. Tu es, tu seras, tu étais. Il est, il sera, il était. Nous sommes, nous serons, nous étions…

Mientras hablaba, recorría los pasillos estrechos entre los pupitres con la cabeza inclinada, escuchando el recital chapucero de las estudiantes. Era un espectáculo patético que evidenciaba el absentismo escolar y la desconsideración absoluta por el idioma, pero no corrigió a nadie. Iba repitiendo las conjugaciones mientras las niñas la seguían.

Entonces se puso delante de mí. Se detuvo. Levantó una mano. Las niñas callaron. Mademoiselle Bréguand fijó su mirada verde y ámbar en mí y dijo:

—Répétez, s’il vous plaît.

Yo quería sonar tan mal como las otras para evitar que me señalasen, pero la lengua me desobedeció y me oí diciendo entrecortadamente:

—Vous êtes. Vous serez. Vous étiez.

Una risita ahogada de una niña que se sentaba cerca sonó, en mis oídos, como un bofetón.

La sonrisa cálida volvió a los labios de mademoiselle Bréguand. Esta vez, para mi consternación y simultánea alegría, me la dirigió a mí.

—¿Y el resto?

—Vous soyez. Vous seriez. Vous fûtes. Vous fussiez —dije en un susurro.

—Ahora use el verbo en una frase.

Yo me mordí el labio inferior, cavilando.

—Je voudrais être connue comme personne qui vous plaise —solté de pronto.

En cuanto cerré la boca, me arrepentí. ¿Qué se había adueñado de mí para que dijera algo tan… tan descarado, atrevido e impropio de mí?

Aunque no osé mirar, sentí que las otras tenían los ojos fijos en mí. Puede que no hubieran entendido lo que había dicho, pero la forma en la que lo había pronunciado era suficiente.

Me había descubierto.

—Oui —dijo mademoiselle Bréguand con suavidad—. Parfait.

Siguió andando por el pasillo, recitando la cancioncilla e indicando a las niñas que repitiesen con ella. Yo me quedé helada en el pupitre hasta que un dedo me pinchó las costillas. Me volví y vi a una niña delgada de pelo oscuro y cara élfica guiñándome un ojo.

—Parfait —susurró—. Perfecto.

No era la reacción que esperaba. Pensaba que las otras aguardarían a que sonara el timbre, me abordarían fuera de la verja y me pegarían por haberlas engañado y por intentar caerle en gracia a la nueva maestra. En cambio, lo que veía en la cara de aquella niña no era resentimiento ni rabia. Era… admiración.

Después de que mademoiselle Bréguand nos pusiera los deberes, cuando las niñas salían del aula, intenté pasar desapercibida por el lado de su escritorio. Casi había llegado a la puerta cuando dijo:

—Mademoiselle, un momento, por favor.

Yo me detuve y miré con recelo por encima del hombro. Las otras pasaron por mi lado a empujones.

—Maria Maus está a punto de ganarse su primer punto positivo —se burló una.

Entonces me quedé sola ante la mirada pensativa de la maestra. El sol de la tarde que se filtraba por la ventana polvorienta del aula le bruñía de cobre el moño despeinado. Tenía la piel rosada y un vello fino en las mejillas. Me flaquearon las rodillas. No entendía por qué había dicho lo que había dicho, pero tenía la inquietante sensación de que ella sí.

—¿Maria? —preguntó—. ¿Te llamas Maria?

—Sí. Maria Magdalene —respondí forzando la voz para que pasara por el nudo que tenía en la garganta—. Maria Magdalene Dietrich. Pero prefiero… En mi casa todo el mundo me llama Marlene. O Lena, más corto.

—Un nombre muy bonito. Hablas muy bien francés, Marlene. ¿Lo has aprendido aquí?

Antes siquiera de que yo contestara, se rio.

—Claro que no. Las otras…, c’est terrible, combien peu ils savent. No deberías estar en esta clase. Tienes un nivel demasiado alto.

—Por favor, mademoiselle. —Me apreté la cartera contra el pecho—. Si la directora se entera…

—¿Qué? —Ladeó la cabeza—. ¿Qué hará? No es un delito saber hablar otra lengua. Aquí perderás el tiempo. ¿No preferirías aprovechar esta hora para aprender otra cosa?

—No. —Estaba a punto de llorar—. Me… Me gusta aprender francés.

—Ya veo. Bueno. Entonces debemos ver qué podemos hacer. Te guardaré el secreto, pero no puedo asegurarte que las otras hagan lo mismo. Puede que sean descuidadas, pero no están sordas.

—Merci, mademoiselle. Estudiaré mucho, ya verá. Solo quiero complacerla.

Esa era mi declaración estándar, acompañada de una reverencia torpe que Mutti me había enseñado a hacer en las visitas sociales de después de la iglesia, cuando íbamos a casa de otras viudas respetables a tomar chocolate caliente y strudel. Me dirigí a la puerta, desesperada por escapar de su mirada divertida y de mi propia impulsividad.

Cuando me iba, la oí decir:

—Marlene, me complaces. Me complaces mucho.

libro-5

Me fui a casa dando saltos, con la cartera columpiándose. Crucé las vías del tranvía y esquivé vendedores ambulantes que gritaban el precio de sus productos, ignorándolo todo, oyendo su voz en mi cabeza como un eco en el suave susurro de los tilos frondosos que bordeaban la avenida.

«Me complaces. Me complaces mucho».

Para cuando subí corriendo las escaleras de mármol agrietadas hasta nuestro piso en el número 10 de la Tauentzienstrasse, ya iba tarareando en voz baja. Tiré la cartera en la mesa del recibidor y entré en el salón inmaculado, en el que mi hermana, Liesel, estaba encorvada sobre sus libros. Levantó la vista con un aspecto tan cansado como si llevara semanas allí sentada.

—¿Está der Gouverneur? —pregunté.

Tendí la mano para coger el trozo de strudel que quedaba en un plato que tenía al lado. La arruga de desaprobación entre sus cejas se volvió más profunda.

—No debes llamar así a Mutti, es muy irrespetuoso. Y ya sabes que los jueves trabaja hasta tarde en la residencia de los Von Losch. Llegará a las siete. Lena, coge un plato, estás echando migas por todas partes. La criada acaba de irse.

Yo me agaché sobre la alfombra raída y cogí algunas migas con el dedo.

—Ya está. —Me lo lamí.

—Mejor con la escoba.

Me fui a la cocina a por ella, aunque era inútil. Mutti volvería a barrer la alfombra cuando nos acostásemos y también fregaría y enceraría el suelo. Nunca se cansaba de limpiar, a pesar de que se pasaba el día haciéndolo para otros. Había despedido a cuatro criadas en cuatro meses afirmando que eran descuidadas. Era algo tan frecuente que Liesel y yo ya no nos preocupábamos por aprendernos el nombre de la criada del momento.

Todavía tarareando en voz baja, me acerqué al violín y el fortepiano que había en la sala de estar. Ambos necesitaban con urgencia que los afinara un experto. El violín había sido el regalo de mi octavo cumpleaños. Me lo había comprado Oma, mi abuela, cuando mi tutor de música privado le había asegurado a Mutti que tenía talento. El tutor se había ido por el mismo camino que las institutrices, pero yo había seguido practicando. Me encantaba la música, era uno de los pocos intereses que compartía con Mutti, que era una pianista dotada tras años de lecciones en la infancia. A menudo tocábamos juntas después de cenar, y, aquella tarde, me encontré sobre la tapa del piano un estudio de Bach que me había dejado ella para que ensayase.

—Hoy te encuentro de muy buen humor —dijo Liesel cuando me coloqué el violín en el hombro—. ¿Ha pasado algo especial en la escuela?

—Nada.

Ajusté las clavijas esperando no romper las cuerdas desgastadas. Mutti me compraría unas nuevas por mi cumpleaños, pero todavía faltaban meses para diciembre. Tenía que aprovechar esas al máximo.

—¿Nada? —continuó Liesel mientras yo pasaba el arco por el puente y el violín soltaba un tañido discordante—. Nunca llegas a casa sonriendo. Y nunca empiezas a ensayar tan pronto. Tiene que haber pasado algo.

Yo empecé a tocar la sonata, haciendo una mueca al sentir que las cuerdas se resistían.

—Tengo una maestra nueva de francés. Se llama mademoiselle Bréguand.

Liesel se quedó callada observando cómo tocaba. Yo solo miré un par de veces la partitura. A pesar de la mala calidad de las cuerdas, había memorizado la pieza. Mutti estaría orgullosa.

—¿Estás contenta porque tienes una maestra nueva? No me lo creo. Sé lo poco que te gusta esa escuela. Siempre dices que las maestras son unos espantajos y que las niñas hablan de tonterías. Dímelo ya, ¿has conocido a un chico?

Se me resbaló el arco y perdí la concentración. Me quedé mirándola con incredulidad antes de soltar una risa burlona.

—¿Dónde iba a conocer a un chico? Todas mis compañeras de clase son chicas.

—Vienes a casa a pie todos los días. Verás chicos por la calle, ¿no?

Parecía seria. Y también un poco enfadada.

—Los únicos chicos que veo son los que les dan patadas a los perros callejeros y corren por ahí como vándalos. No me paro a conocerlos, los evito.

Quería añadir que, si tanto le interesaban los chicos, debería salir más, pero me mordí la lengua, porque no era culpa suya tener los pulmones débiles o bronquios flemáticos o la enfermedad que fuera que tuviera en ese momento. Mutti siempre estaba preocupándose por ella, lo cual no le hacía ningún bien, a mi modo de ver, pero la realidad era que mi hermana era «delicada» y ella aceptaba aquella condición sin reservas.

—Solo te lo pregunto porque me preocupo —dijo—. No quiero entrometerme, pero este año cumplirás trece años, eres casi una mujer, y los chicos…, bueno, suelen…

Se le apagó la voz y dejó paso a un silencio incómodo. Volviendo al violín, pensé en lo que había dicho y, sobre todo, en lo que no.

La experiencia de Liesel con el sexo opuesto era un reflejo de la mía. Desde la muerte de nuestro padre, el único hombre al que veíamos con frecuencia era nuestro tío Willi, en Berlín. No obstante, no se lo señalé, porque no estábamos muy unidas, no como deberían estarlo dos hermanas. Tampoco nos llevábamos mal —compartíamos habitación y casi nunca nos peleábamos—, pero nuestros temperamentos eran tan dispares que hasta Mutti se daba cuenta. Físicamente, las diferencias eran evidentes. Liesel era delgada y pálida, como una lámpara atenuada bajo su pantalla, con la tez cetrina de nuestro padre. Yo había heredado la complexión carnosa de mi madre, sus ojos azules, su nariz respingona y la piel casi translúcida que se volvía roja como un tomate si pasaba demasiado tiempo al sol. Sin embargo, nuestras diferencias eran más profundas. Conforme me fui haciendo mayor, me di cuenta de que mi timidez cuando estaba en público se debía a que Mutti no había dejado de repetirme que así debían comportarse las niñas. A Liesel nunca tuvo que recordárselo, porque le resultaba natural. Llamar la atención era algo que aterrorizaba a mi hermana. Por eso nunca salía de casa excepto para nuestras visitas sociales de los domingos, algún viaje al mercado y nuestras salidas mensuales a Berlín.

—¿Quieres decir que puede que los chicos me molesten? —dije levantando la vista poco a poco.

Ella se puso rígida en la silla, revelando que eso era precisamente lo que intentaba decir.

—¿Te molestan? —susurró.

—No. O, por lo menos, yo no lo he notado. —Hice una pausa—. ¿Por qué? ¿Debería fijarme?

—Nunca. —Parecía horrorizada—. Si en algún momento te molestan o te dicen algo inapropiado, debes ignorarlos y decírselo a Mutti inmediatamente.

—Lo haré. —Acaricié las cuerdas con el arco—. Lo prometo.

No mentía. Ningún chico me había prestado atención. Aunque, ese día, alguien sí que se había fijado en mí. Y yo sabía que lo que me había hecho sentir era algo que no debía confesarle a nadie.

«Te guardaré el secreto».

Nunca había tenido un secreto. Ese tenía la intención de guardarlo.

Mutti llegó justo a las siete y cinco. Nosotras ya habíamos quitado de la mesa los materiales de estudio de Liesel y habíamos puesto los platos de cerámica desconchados, porque la vajilla de porcelana de Meissen se reservaba para ocasiones especiales. Yo estaba calentando una olla de weisse bohnensuppe, un potaje de judías blancas que había preparado el día anterior. Mutti se negaba a dejar que la criada cocinase y me había encargado que hiciese la cena todos los días. A mí me gustaba cocinar y se me daba mejor que a Liesel, que siempre terminaba chamuscando la salsa o sirviendo el asado poco hecho. Igual que la música, me parecía que había cierto orden tranquilizador en seguir una receta y mezclar unos ingredientes concretos para conseguir el resultado deseado. Mutti me había enseñado, pero, como en todo lo demás, no confiaba en las habilidades de nadie que no fuera ella, así que entró directamente a la cocina sin quitarse los guantes siquiera para examinar el contenido de la olla.

—Más sal —decretó—. Y bájale el fuego. Si no, se convertirá en papilla.

Se dio la vuelta y se fue hacia su habitación. Salió minutos más tarde, con su vestido de andar por casa y su delantal y el pelo rubio oscuro hecho un ovillo en la nuca. Nunca había visto a Mutti con el pelo suelto, ni siquiera cuando se bañaba. Al parecer, las viudas no se lo soltaban.

—¿Cómo ha ido hoy la escuela? —me preguntó, indicándome que llevase el potaje a la mesa.

—Bien —respondí.

Ella asintió. Dudaba que se enterase si le decía que la escuela se había quemado hasta los cimientos. Me preguntaba cada día cómo había ido porque era de buena educación. Mi respuesta importaba poco.

Comimos en silencio, la conversación no estaba bien vista en la mesa. Cuando rebañé el plato con el pan (tenía un gran apetito), hizo un chasquido con la lengua.

—Lena, ¿qué te digo siempre?

Yo podría haber recitado su letanía de memoria: «Las jovencitas bien educadas no tragan la comida como pueblerinos. Si quieres repetir, pídelo».

Nunca lo pedía. Si lo hiciera, me diría que las jovencitas bien educadas no pedían repetir. Un apetito incontrolado era una muestra de falta de refinamiento.

Lavamos los platos y los guardamos en el armario. Antes de que muriese Papa, aquel era el momento en el que nos quitábamos de en medio para que nuestros padres se retirasen a la sala de estar, donde Mutti tocaba el fortepiano mientras Papa fumaba en pipa y sorbía su weinbrand vespertino. Pero él ya no estaba, y, como ya éramos mayores, mi hermana se tumbó en el sofá mientras Mutti supervisaba mi interpretación de la sonata de Bach.

Como siempre, yo estaba nerviosa. Puede que mi madre no tuviera experiencia con el violín, pero tenía un oído infalible y yo quería demostrarle que estaba practicando todas las tardes, como me había mandado. No nos disciplinaba en el sentido físico, solo me había dado un bofetón en la vida. Tenía diez años y estaba en clase de danza, donde me había negado a ser la pareja de un chico cuyo aliento apestaba a cebolla. Nunca me olvidaré de cómo avanzó a grandes pasos por la pista delante de los otros niños y sus padres y me propinó el humillante golpe a la vez que decía con severidad:

—Nunca mostramos nuestros sentimientos en público. Es de mala educación.

Desde entonces, había hecho todo lo posible por no volver a provocarla. Pero, aunque no tuviera la mano suelta, podía hacerte el mismo daño con la lengua. Y tenía todavía menos paciencia con la pereza que con la suciedad o la mala educación. Su lema era «Tu etwas», ‘Haz algo’. Habíamos aprendido que la pereza era el peor pecado de todos, el que debíamos evitar a toda costa.

Terminé la sonata sin errores. Mutti se echó atrás en el banco del fortepiano.

—Has estado excelente, Lena.

Habló con un afecto que nunca mostraba si no era porque había superado sus expectativas.

Me llené de alivio. Me elogiaba tan pocas veces que me sentía como si hubiera logrado una gran hazaña.

—Has estado ensayando —continuó—. Se nota. Debes seguir así. No tardaremos en organizar una audición para el conservatorio de música de Weimar.

—Sí, Mutti —respondí.

El prestigioso conservatorio de Weimar era una ambición suya, no mía. Ella creía que, con mi talento, podía abrirme camino para acabar siendo solista de conciertos, y no me había preguntado mi opinión. Las jovencitas bien educadas hacían lo que su madre les decía.

—¿Y tú, querida? —Le lanzó una mirada a Liesel, que había aplaudido al final de mi interpretación—. ¿Te gustaría tocar algo en el piano para nosotras?

Al parecer, pensé resentida, la opinión de mi hermana sí que importaba, porque, cuando se negó alegando que le dolía la cabeza y se disculpó, Mutti suspiró y cerró la tapa de las teclas.

—En ese caso, debéis acostaros. Se está haciendo tarde y mañana hay que levantarse temprano.

¿Más que de costumbre? Por dentro solté un quejido. Eso quería decir que había tareas que quería que hiciésemos antes de que yo me fuera a la escuela y ella a trabajar. Mientras dejaba el violín en la funda, me pregunté para qué teníamos una criada. Entre las labores que nos mandaba a diario y su ritual nocturno —se le notaba que quería que nos fuésemos a la cama para abordar el parqué del recibidor—, pagarle a una criada era un gasto del todo innecesario.

—Antes de retirarnos —dijo Mutti—, tengo una noticia importante.

Yo me detuve sorprendida. ¿Una noticia?

Esperamos mientras ella se miraba las manos irritadas, algo que, por mucha crema que se pusiese, no conseguía aliviar y que era la prueba visible de que Wilhelmina Josephine Felsing, conocida por la comunidad como la viuda Dietrich, era una mujer venida a menos. Todavía llevaba la alianza de oro apretándole el dedo hinchado. La toqueteó. Algo en ese gesto me puso nerviosa.

—Voy a volver a casarme.

Liesel se quedó helada en su asiento.

—¿Casarte? —dije yo—. ¿Con quién?

Frunció el ceño. Cuando yo me estaba preparando para su réplica de que los hijos no cuestionan a sus mayores, respondió:

—Con herr Von Losch. Como sabéis, es viudo y no tiene hijos. Después de considerarlo detenidamente, he decidido aceptar su proposición.

—¿Herr Von Losch? —Yo estaba horrorizada—. ¿El hombre al que le limpias la casa?

—Yo no la limpio —dijo y, aunque no levantó la voz, su tono se volvió cortante—. Superviso su mantenimiento. Soy su haushälterin. Las criadas limpian y yo las superviso. ¿Has terminado ya con tus preguntas, Lena?

No había acabado. Tenía un centenar más resonando en la cabeza, pero le respondí solo:

—Sí, Mutti.

Me acerqué a mi hermana, sintiendo que me acababa de llevar un segundo bofetón.

—La boda será el año que viene.

Mutti se puso de pie, alisándose el delantal con las manos.

—Le he pedido tiempo para prepararme y él me lo ha concedido. Quiero informar a vuestra abuela y al tío Willi antes, claro. Deben dar su consentimiento y llevarme al altar. Por eso tenemos que levantarnos más temprano mañana. Los he invitado a venir. Tenemos mucho que hacer para poner en orden esta casa antes de que lleguen.

Como no quisiera que cambiásemos los muebles, no sabía qué más había que hacer. Todos los sábados después de ir al mercado fregábamos el piso entero, limpiábamos cada rincón que la criada se hubiera dejado. Y, por mucho que lo hiciéramos, cualquiera podía ver que, a diferencia de Oma y mi tío Willi, nosotras vivíamos en un piso alquilado que, aunque no era miserable, tampoco era lujoso. No obstante, no me atreví a decir ni una palabra más. Aquella noticia inesperada me había dejado demasiado estupefacta.

Iba a volver a casarse. Liesel y yo tendríamos un padrastro, un hombre al que no conocíamos y al que se esperaba que respetásemos y obedeciésemos.

—Todavía no hemos decidido cómo viviremos, pero supongo que, después de la boda, nos mudaremos a su casa de Dessau. Iré allí la semana que viene para ver si es adecuada. Mientras tanto, no debéis decirle una palabra a nadie. No quiero que los vecinos cuchicheen ni avisen al casero de que nos marcharemos. ¿Entendido?

—Sí, Mutti —dijimos Liesel y yo al unísono.

—Bien.

Intentó sonreír, pero era un gesto tan poco frecuente en ella que le salió una mueca.

—Ahora lavaos la cara y rezad.

Y, cuando nos volvimos para irnos, añadió:

—Lena, lávate bien detrás de las orejas.

Liesel no habló mientras nos aseábamos por turnos en el baño apretado, nos desvestíamos y nos metíamos en las camas estrechas. Nos separaba una mesita de noche. Podría haber tendido el brazo para tocarla, pero no lo hice. Me tumbé bocarriba y me quedé mirando el techo. Cuando oí a Mutti en el recibidor, arrodillada y equipada con paños y cera, susurré:

—¿Por qué lo hace, a su edad?

Mi hermana suspiró.

—Solo tiene treinta y ocho años, no es tan mayor. Y herr Von Losch es coronel de los granaderos del Ejército Imperial, como Papa. Debe de ser un hombre decente.

—Treinta y ocho me parece bastante —repliqué—. ¿Y cómo sabemos si es decente? Mutti supervisa a sus criadas. ¿Qué sabrá de él aparte de cuánto debe almidonarle las camisas? —Mi tono se endureció—. Y Dessau está tan lejos que tendré que dejar la escuela.

—Lena. —Liesel se volvió hacia mí con los ojos como dos agujeros finos en la penumbra—. No debes desafiarla. Solo hace lo mejor para nosotras.

De algún modo, lo dudaba. Casarse con un desconocido y poner patas arriba nuestra existencia no parecía lo mejor para nadie más que para ella y herr Von Losch.

—Que una mujer esté sola es algo terrible —continuó—. Tú no lo entiendes, pero ser una viuda con dos hijas que criar… pone a prueba la perseverancia de una.

Se puso de espaldas y tiró de la sábana hasta que la tuvo a la altura de la barbilla. Pocos minutos después, estaba roncando. Liesel no protestaba por nada. Daba igual lo que Mutti dijese o hiciese, ella siempre obedecía. Le daba igual una cosa que otra.

En cambio, yo tenía otros intereses. Tenía el secreto.

Con las sábanas apretadas dentro de los puños, tardé mucho en dormirme.

libro-6

Me pasé el fin de semana arrastrando los pies. Mutti no pudo evitar darse cuenta, sobre todo cuando Liesel me susurró: «¡Deja de poner mala cara!», pero se abstuvo de reñirme y nos hizo limpiar el piso entero, suelos y ventanas incluidos, antes de saber que mi tío Willi no podía venir a vernos. En lugar de eso, para mi alegría, Mutti nos dijo que iríamos a verlo a Berlín.

Me encantaba Unter den Linden, el extenso bulevar con sus tiendas de lujo. Allí visitamos la Relojería Felsing, que mi tío Willi dirigía. Encantado de vernos, nos llevó a una confiserie, donde compramos bizcocho de vainilla y mazapanes, y luego fuimos al Café Bauer, en la Friedrichstrasse, donde pedimos chocolate a la taza para acompañar los dulces. Yo era una golosa insaciable y Mutti, a pesar de ser tan estricta en la mesa, me consentía, porque una jovencita con carne en los huesos evidenciaba que venía de una familia de bien. Me comí mi parte, pero también envolví unos cuantos mazapanes en mi pañuelo a escondidas y me los metí en el bolsillo mientras mi tío Willi pagaba la cuenta y mi hermana me miraba consternada.

Mutti no volvió a mencionar su futuro matrimonio, por lo menos no delante de nosotras, aunque di por hecho que, en algún momento, había informado al tío Willi. No consideraba que debiera debatir con nosotras sus decisiones y, por supuesto, no estábamos en situación de discutírselas, pero la rebeldía hervía dentro de mí. A la semana siguiente, sentía tanta impotencia ante aquel cambio tan trascendental en mi vida que dejé de fingir en clase y me esforcé abiertamente por captar la atención de mademoiselle Bréguand. Era la primera en entregar unos deberes impecables y en levantar la mano para responder a cualquier pregunta que nos hiciera, ignorando las miradas fulminantes de las demás cuando me felicitaba por mi diligencia.

—Que Maria les sirva de ejemplo —dijo a la clase dirigiéndome esa sonrisa que yo tanto anhelaba—. Ella nos demuestra que, con la actitud y la diligencia adecuadas, cualquiera puede aprender francés.

Como casi todas sospechaban que había empezado con una ventaja que a ellas les faltaba, no me granjeé el cariño de mis compañeras, y no me importó. El único cariño que quería ganarme era el de mademoiselle Bréguand. Los mazapanes que me había llevado terminaron siendo regalitos envueltos en retales de encaje adornados con una amapola que le dejaba en el escritorio todos los días antes de irme, con la mirada baja mientras ella exclamaba: «¡Qué considerada!» y yo le respondía: «De rien, mademoiselle». Que el mazapán estuviera deformado, revenido por haberlo tenido guardado en el bolsillo, daba igual. Lo importante era el gesto de aprecio.

La semana siguiente, cuando Mutti se fue a Dessau para decidir si la casa de Von Losch sería adecuada como nueva residencia, lo cual quería decir que llegaría a casa más tarde que de costumbre, mademoiselle Bréguand me invitó a dar un paseo después de clase. Aunque había prometido ir directa a casa para ayudar a Liesel con las tareas y con la cena —como era de esperar, Mutti había despedido a la criada—, esperé a la maestra delante de la verja de la escuela. Ella salió con su cartera abarrotada de libros y un canotier en la cabeza.

—¿Vamos? —dijo, y yo me encontré caminando a su lado en dirección al bulevar, pasando al lado de señoras estiradas que llevaban parasoles y perros con correa, señores que llevaban bombines y cadenas con relojes de oro colgando del chaleco e institutrices cansadas arrastrando a cuestas a los niños protestones a su cargo. Cualquiera de ellas podía conocer a Mutti. A pesar de estar tan cerca de Berlín, Schöneberg seguía siendo un pueblo en el que el káiser acuartelaba a sus tropas. Todo el mundo se conocía. Yo mantuve la cabeza gacha bajo el sombrero, esperando que el uniforme escondiera mi identidad. Para mi alivio, nadie nos prestó especial atención. Los hombres se quitaban el sombrero y las mujeres murmuraban: «Guten Tag».

—Tomemos un café.

Mademoiselle Bréguand se detuvo en el café que había en una esquina y se sentó a una de las mesas de mármol de fuera. Cuando me senté frente a ella, me di cuenta de que a la luz del día era todavía más bonita que en el aula. Tenía los ojos de color avellana salpicados de verde y los labios tan rosados como el lazo de su sombrero. Unos pocos pelos que se le habían soltado del moño se le pegaban a la mejilla. Tuve que apretar las manos en el regazo para no tenderlas y apartárselos.

Ella pidió. El camarero puso mala cara.

—¿Café para la fräulein?

—Ay, qué tonta. —Se rio—. Marlene, ¿prefieres chocolate o una limonada?

—No, gracias. —Me puse derecha—. Café está bien.

Nunca lo había probado. Mutti bebía té. Era lo único que tomaban las señoras de bien. A pesar de su popularidad, según mi madre, el café era una predilección extranjera que amargaba el aliento.

Mientras esperábamos a que nos sirvieran, mademoiselle Bréguand suspiró, se quitó el sombrero y se pasó los dedos por el pelo, lo que hizo que más mechones le cayeran a la cara. Luego, sin preaviso, dijo:

—Ahora debes contarme qué te preocupa.

Me quedé sorprendida.

—¿Qué me preocupa? Nada, mademoiselle.

Excepto que estaba sentada en un café en el bulevar con ella y tenía miedo de que alguien que conociera a Mutti nos viese.

—No, no. —Movió el dedo—. Tengo la experiencia suficiente para saber cuándo una alumna intenta esconder algo.

—¿Experiencia?

—Sí.

Asintió mientras el camarero dejaba dos tazas de líquido oscuro delante de nosotras y se ponía nata de una jarra. Me la tendió.

—Así está menos amargo. Ponle azúcar también. —Y, mientras lo hacía, continuó—: Antes de aceptar este puesto, trabajaba de institutriz en una casa grande. Tenía tres niños a cargo. Sé cuándo una niña tiene miedo de contar lo que le ronda la cabeza.

Por un momento paralizante, pensé que me había leído los pensamientos, que mis mazapanes de regalo y mi afán por llamar su atención me habían delatado. Sin embargo, me di cuenta de que no parecía enfadada ni molesta.

—Te prometo que lo que me cuentes quedará entre nosotras —me dijo con la mirada sincera puesta en mí.

—¿Como… un secreto? —pregunté.

Le di un sorbo al café. Sabía a terciopelo dulce y fundido.

—Si quieres llamarlo así, un secret entre nous.

Puede que mi francés fuese bueno, pero no lo suficiente como para describir la oleada de emoción que sentí. No quería abusar de su asombrosa informalidad, por muy emocionante que fuera. Nadie me había preguntado cómo me sentía y mucho menos había querido conocer mis pensamientos más profundos. Como si tuviese a Mutti a mi lado cual sombra sibilante, oí: «Nunca mostramos nuestros sentimientos en público».

Aparté la mirada de su cara.

—No es nada, de verdad —mascullé.

Deslizó una mano sobre la mía. Tenía los dedos tan cálidos que la sensación me llegó hasta la punta de los pies.

—Por favor. Quiero ayudarte, si puedo.

¿Tanto se me notaba? ¿O era más bien que hasta ese momento nadie se había dignado siquiera a verme como una persona con sentimientos en los que valía la pena fijarse?

—Es… mi madre. Va a volver a casarse.

—¿Eso es todo? Tenía la impresión de que era otra cosa.

—¿Como qué?

Me aterrorizaba saber qué era lo que había supuesto y estaba preparada para que me dijera que mis afectos, aunque eran halagadores, no eran apropiados entre una alumna y su maestra.

En lugar de eso, dijo:

—Pensaba que quizás te gustaba un chico o que tal vez tenías algún problema femenino.

Entendí el eufemismo y negué con la cabeza. Había tenido la primera menstruación tres meses antes.

—Entonces ¿es solo que tu madre se casa? ¿Por qué? ¿No te gusta su prometido?

—No lo conozco. Mi padre murió cuando yo tenía seis años. Hasta ahora, solo hemos sido Mutti, mi hermana y yo…

Antes de darme cuenta, le estaba contando toda la historia de herr Von Losch y la amenaza de la mudanza a Dessau, mi talento con el violín y la ambición de Mutti de verme entrar en el conservatorio. Solo me contuve cuando estaba a punto de confesarle que ella también me atormentaba, porque no tenía palabras para expresar lo que me hacía sentir, pero no quería irme lejos de ella.

Le dio un sorbo al café.

—Entiendo lo aterradores que pueden ser los cambios —dijo por fin—. Mon Dieu, lo entiendo muy bien, pero no parece que tengas motivos para preocuparte. Tu madre parece una mujer decente que ha encontrado un marido que la cuide. Tú quieres que sea feliz, ¿no? Y Dessau no está muy lejos. Seguro que allí hay escuelas con otras niñas. —Hizo una pausa—. Aquí no has hecho amigas. Esa chica de pelo oscuro que se sienta a tu lado, Hilde, siempre está intentando que le hagas caso, pero tú haces como si fuera invisible.

Ah, ¿sí? No me había dado cuenta, pero la verdad era que no le prestaba mucha atención a nada últimamente en la escuela, excepto a ella.

—Una chica como tú —dijo—, tan bonita e inteligente, podría tener cientos de amigas si quisiera, pero nunca intentas hacer amistades, ¿verdad?

La conversación había dado un giro incómodo. Yo no quería hablar de mi falta de amigas, quería…

Señaló mi taza.

—Deberías bebértelo antes de que se enfríe.

Mientras yo tragaba el café, que estaba tibio, ella me miraba con aquella mezcla desconcertante de sinceridad e inteligencia que me hacía pensar que podía leerme los pensamientos más profundos.

—¿Alguna vez has ido a un cinématographe? —me preguntó de pronto.

—¿Un qué?

Me desconcertó tanto la pregunta que no tenía ni la menor idea de a qué se refería.

—A ver una película. Un filme.

Conocía la palabra, pero nunca había visto uno. A Mutti no le gustaban.

—No has ido nunca. ¡Fantástico! Hay uno cerca. No es tan espectacular como los de Berlín, pero tampoco es tan caro. Está en una sala de cabaret, ponen películas por las tardes entre semana. ¿Te gustaría ir? A mí me encanta el cine. Creo que es la nueva forma de entretenimiento de la era moderna y hará que hasta el teatro parezca demodé. Pasan El hundimiento del Titanic. ¿Sabes de qué trata?

Asentí.

—Del hundimiento del Titanic tras chocar con un iceberg.

Me acordaba porque, cuando había ocurrido, dos años antes, todos los chicos que repartían periódicos habían repetido el titular durante días.

—Exacto. Muchas personas perdieron la vida. Dicen que esta película es increíble. La ha producido Continental-Kunstfilm, de Berlín. Están construyendo unos estudios que se dedicarán por completo al cine.

Le hizo una señal al camarero para que trajera la cuenta.

—Si nos damos prisa, llegamos a la primera proyección.

Sabía que debía rechazar la invitación, darle las gracias por el café y los consejos y volver a casa antes de que fuera demasiado tarde. Liesel se preocuparía. Le contaría a Mutti que había llegado tarde a casa y…

Mademoiselle Bréguand dejó caer unas monedas en la bandeja en la que estaba la cuenta y se puso de pie tendiéndome la mano.

—¡Deprisa, Marlene, o perderemos el stadtbahn!

¿Cómo podía resistirme? Le cogí la mano y dejé que me llevara por el mal camino.

Lloré.

No pude evitarlo. La pena y el asombro me abrumaron cuando las imágenes granuladas proyectadas en la tela arrugada que habían colgado en la pared a modo de pantalla cobraron vida, representando un titán perdido en el mar, a los hombres desamparados esperando en la cubierta mientras la orquesta tocaba y a las mujeres trágicas que se apiñaban en los botes salvavidas, siendo testigos de la tragedia. En un momento, hasta me agarré a la rodilla de mademoiselle Bréguand, tan abrumada que me olvidé de que estábamos en público, aunque fuese en una sala oscura que apestaba a cerveza y cigarrillos rancios, con otras personas sentadas a nuestro alrededor cuyos suspiros ahogados y comentarios en voz baja intensificaban aquella exhibición muda.

Cuando terminó, me quedé aturdida.

—¿No ha sido maravilloso? —Mademoiselle Bréguand tenía la cara radiante—. Algún día quiero estar ahí.

—¿En el Titanic? —conseguí decir, intentando deshacerme de la sensación de que estaba perdida en alta mar viendo a mis seres queridos hundirse en aquellas aguas negras y frías.

—No, tontina. Ahí arriba, en la pantalla. Quiero ser actriz, por eso dejé París y vine aquí. Trabajo de maestra hasta ganar lo suficiente para pagarme una habitación en Berlín. Ahora mismo, vivir allí es carísimo. Es la ciudad más próspera del mundo y necesito dinero para pagar el alquiler y las clases de interpretación. —Volvió a cogerme la mano mientras esperábamos el tranvía—. Ahora las dos tenemos secretos que guardar. Yo te acabo de contar el mío.

Deseaba preguntarle si había alguien a quien quisiera o a quien echara de menos que hubiese tenido que dejar en Francia para perseguir su sueño, pero no conseguí desenredar las palabras que tenía en la boca y enseguida llegamos al bulevar, donde la nueva iluminación eléctrica emanaba un resplandor sulfúrico sobre la gente que se arremolinaba alrededor de las terrazas de bares y cafés.

Fuimos deprisa hacia la escuela, que estaba cerrada.

Cuando llegamos delante de la verja, se detuvo.

—Yo vivo por ahí —dijo, señalando una calle secundaria que serpenteaba entre edificios viejos y destartalados—. Pero puedo acompañarte a casa y explicar por qué llegas tarde. —Se le arrugó la boca con su sonrisa traviesa—. Tendremos que decir que no has terminado la tarea a tiempo. Puede que tu madre se disguste.

Yo pensé que disgusto era lo mínimo que me esperaba.

—No hace falta. Hoy trabaja hasta tarde. Puede que no haya llegado a casa todavía.

Aunque parecía que había pasado una eternidad, la película había durado solo cuarenta minutos. Liesel me reñiría, sin duda, pero Mutti no volvería hasta las nueve, como mínimo.

—Ah, sí. Se me olvidaba, está en Dessau. Pues bien. Si estás segura de que llegarás bien…

—Sí.

Empecé a hacerle una reverencia, pero ella se acercó y me abrazó. Olía a sudor con un leve rastro de agua de lavanda y café y el hedor acre de la sala de cabaret, que le había impregnado la ropa. Yo me fundí en su abrazo.

—Merci, mademoiselle.

—Mais non, ma fille. —Me cogió la cara con las dos manos y me dio dos besos en las mejillas—. Debes llamarme Marguerite cuando estemos solas. Las mujeres que comparten secretos deben ser amigas, oui?

Dio media vuelta con gracia y se alejó. Cuando las sombras de los edificios inclinados oscurecieron su camino, volvió un poco la cabeza y levantó la mano.

—À bientôt, mon amie Marlene!

Yo no quería que se fuera. Tal vez no volviese a lavarme para no borrar su olor de mis manos. De camino a casa, no dejaba de levantarlas para inhalarlo, ignorando el frío cortante.

Nuestro calor de julio nos había dejado.

Y nunca volvería a ver a Marguerite Bréguand.

libro-7

Se ha ido —dijo Hilde.

Estábamos sentadas en el patio de la escuela después de que frau Becker nos hubiera informado de que no tendríamos clase de francés ese día ni ningún otro del futuro próximo.

—No sé por qué —concluyó.

Abatida por la ausencia inesperada de mademoiselle Bréguand, había abordado a Hilde, la niña delgada de pelo oscuro que me había dicho que parfait significaba ‘perfecto’ y que quería que le prestase atención. Ella no dejó pasar la oportunidad de convertirse en mi confidente, pero, para mi frustración, parecía no saber nada que arrojara algo de luz sobre aquel sorprendente giro de los acontecimientos.

Estábamos sentadas juntas mientras las otras niñas saltaban a la cuerda, encantadas de tener la tarde libre. Yo noté en el bolsillo el último mazapán, lo saqué y se lo di a Hilde.

—Toma.

—Oh. —Lo aceptó como si le hubiera regalado una perla—. Gracias, Maria.

—Marlene —dije, buscando a mademoiselle Bréguand por el patio—, me llamo Marlene.

—¿Sí? Pensaba que era Maria… Marlene es un nombre muy raro, pero también es bonito.

Se encogió de hombros, masticando el mazapán.

—¿Y no has oído nada? —le volví a preguntar—. ¿Cómo puede haberse ido así, sin más? Era la sustituta de madame Servine, tardaron semanas en contratarla y solo llevaba aquí unos días.

Hilde hizo una pausa mientras pensaba.

—Puede que tenga que ver con la guerra.

—¿La guerra? —La miré—. No hay ninguna guerra.

—Todavía no.

Adoptó la expresión ávida de alguien que conocía una noticia importante, algo que su nueva amiga no sabía.

—Pero hay rumores de que el káiser declarará la guerra contra… —Frunció el ceño—. Bueno, no estoy segura de contra quién, pero mi padre está en la infantería y le escribió a mi madre la semana pasada para decirnos que habían movilizado a su regimiento y que la guerra estaba a punto de estallar.

—Pues yo no he oído nada de eso —declaré con más convicción de la que sentía.

Claro que no había oído nada. Podría estallar la guerra en nuestra calle y, si el enemigo no venía a llamarnos a la puerta, Mutti seguiría impasible.

Me aterrorizaba la idea de que alguien nos hubiese visto juntas y hubiese denunciado a mademoiselle Bréguand a la schulleiterin, la directora. Hacer que una alumna se quedase después de la lección para corregir sus deficiencias era aceptable, pero llevarla a tomar café y al cine podía ser motivo de despido. ¿Había sido yo la causa involuntaria de su misteriosa desaparición?

Si era así, no podía quedarme ahí sentada.

—Tu etwas —dije, me puse en pie de un salto y cogí la cartera.

Hilde me miró boquiabierta. Tenía migas de mazapán en la barbilla.

—¿Adónde vas?

—Voy a salir.

Me disponía a cruzar el patio cuando me agarró por la correa de la cartera.

—Marlene, no puedes. El timbre aún no ha sonado. La verja está cerrada.

—Dumme Kühe —solté—, ¡serán brujas! ¿Qué es esto, un colegio o una cárcel?

—Las dos cosas —dijo Hilde.

Yo me sorprendí sonriendo. A pesar de su apariencia ordinaria, era bastante ingeniosa.

—Pero nunca cierran con llave la puerta de atrás. El jefe de bomberos les dijo que tiene que quedarse abierta por si hay una emergencia. Como todo el mundo está aquí…

Sonrió.

Cruzamos a hurtadillas el edificio casi desierto hasta la puerta de atrás, que daba a un camino embarrado que bordeaba los campos abandonados. Hasta hacía poco, habían sido la principal atracción de Schöneberg, pero ahora, donde habían crecido patatas y lechugas, se levantaban bloques de viviendas baratos para albergar a la población que rebosaba de Berlín. Me acordé de lo que mademoiselle Bréguand me había contado acerca de sus aspiraciones. ¿Acaso nuestra experiencia de la tarde anterior había hecho que dejase de lado la precaución y se marchase a «la ciudad más próspera del mundo»?

El camino llevaba a la calle secundaria en la que me había dicho que vivía, pero, cuando salimos a la calzada de adoquines irregulares, llena de perros callejeros tumbados en el suelo y niños flacos jugando a las canicas en cuclillas, se me cayó el alma a los pies. No la había visto dirigirse hacia el edificio en el que vivía, no tenía ni idea de cuál de aquellas casas de huéspedes decrépitas era la suya.

—¿Y bien? —dijo Hilde.

No podía sino admirar su valor. No había dudado ni un momento y nos había guiado hasta la salida sin reparos, a pesar de que se jugaba un castigo tanto como yo.

Solté un suspiro exasperado.

—Vino por aquí, pero…

Se me apagó la voz cuando un estruendo lejano llegó hasta nosotras. Eran pies desfilando y gritos. Yo me volví desconcertada hacia Hilde.

—¡Ha empezado! —gritó.

Corrió por la calle secundaria hasta la avenida, obligándome a seguirla. Yo eché un vistazo hacia atrás, esperando que el estruendo alertase a los vecinos de los edificios, pero solo los perros indolentes levantaron las orejas. La ropa tendida colgaba fuera de las ventanas, por las que nadie miraba.

Me detuve jadeando al lado de Hilde. Ante nosotras, los peatones se agolpaban en las aceras mientras una multitud avanzaba por el centro de la calle, ondeando pancartas y banderas que llevaban el águila negra del káiser. La mayoría de los manifestantes eran jóvenes de manos toscas y con las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos, obreros de las fábricas de la zona —«chusma», como diría Mutti— que cantaban: «¡Llama sagrada, brilla! Brilla y no te extingas. ¡Por la patria nos levantamos! Valientes por un hombre. ¡Luchando y sangrando a mucha honra por el trono y por el imperio!».

—Es el «Heil dir im Siegerkranz» —me gritó Hilde a la oreja—. ¿Ves? ¡Estamos en guerra!

No me lo podía creer. Mientras los manifestantes se agolpaban, vi a las señoras con sus parasoles y sus perritos con correa, a los señores con sus bombines y a las institutrices con niños con la boca abierta, todos aplaudiendo y levantando el puño a modo de saludo, como si fuese un circo que había llegado a la ciudad.

—¿Están locos? —pregunté, pero nadie me oyó.

Los cánticos se habían vuelto ensordecedores y resonaban por toda la avenida y por el cielo de nubes rizadas, tanto que por poco no oímos el timbre de la escuela.

Hilde ahogó un grito.

—Nos dejan salir antes. ¡Corre!

Me arrastró entre la multitud, empujando y dando codazos hasta que llegamos a la verja, que estaba abierta de par en par. Las niñas estaban ahí apiñadas observando el desfile con los ojos como platos y los lazos enormes sobre la cabeza temblando mientras las maestras las retenían.

Frau Becker nos vio.

—¡Hilde, Maria! —ladró—. Entrad ahora mismo.

Nos abrimos paso entre las demás y nos ganamos un tirón de oreja de las maestras.

—¿Cómo se os ocurre escaparos? —quiso saber frau Becker—. ¿Se puede saber en qué pensabais?

Hilde me miró. Creían que nos habíamos escabullido cuando habían abierto las puertas, así que me di prisa en decir:

—Queríamos ver qué pasaba. No hemos ido muy lejos.

—Habéis ido demasiado lejos —replicó frau Becker—. Informaré a la directora. Qué cara… Mira que escaparos cuando el mundo está a punto de estallar.

—¿Estallar?

De pronto, aquella supuesta guerra se volvió tan real que daba miedo.

—Sí. Su majestad imperial ha jurado vengar el asesinato del archiduque Fernando de Austria. Alemania debe defender su honor. Pero da lo mismo, a ninguna jovencita se le puede permitir tal insubordinación.

Nos llevó directamente al despacho de la directora. Mientras Hilde y yo soportábamos una reprimenda severa seguida del castigo de más horas de estudio aquella semana y quedarnos sin recreo, fuera la nación entera iba de cabeza al desastre.

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