Infancia
Yo tenía doce años y un mes. Mamá nos llenaba los platos de cappelletti mientras nos explicaba que el útero es el principio de la modernidad. Sirvió el caldo de gallina y dijo:
—Aprendamos de Francia, con sus oleadas de sufragistas que han liberado las conciencias.
—Y las mamadas.
Aquello fue el punto de inflexión. Mi padre soplando en la cuchara mientras sentenciaba: «Y las mamadas.»
Mamá se lo quedó mirando.
—No vuelvas a decir esas cosas delante del niño. —Se le escapó una sonrisa triste.
Él siguió enfriando los cappelletti y añadió:
—Son una de las maravillas del universo.
Corría el año 1975 y hacía poco que vivíamos en París, X Arrondissement, rue des Petits Hôtels. Nos habíamos marchado de Italia porque la empresa farmacéutica donde trabajaba mi padre lo había trasladado. Mamá había aceptado ir a Francia porque le encantaba el centelleo de la place Vendôme y el refinamiento libertino. Era una mujer elegante, religiosa, de cuerpo voluptuoso. Le gustaban mucho Jane Austen y la comodidad de su Bolonia natal. De joven, había emigrado a Milán para estudiar y conocer a algún burgués que la mantuviera mientras ella juraba fidelidad al proletariado. Tenía cuarenta y dos años cuando mostró aquella tristeza a la hora de la cena. Fue suficiente para devolverme al trauma del mes anterior, el día de la mudanza a la capital de Francia.
Aquella tarde, Emmanuel, un amigo de la familia, estaba en casa. Papá había salido a comprar un taladro y pasarse por la oficina. Yo estaba en mi habitación vaciando cajas y mamá me dijo que haría lo mismo en su dormitorio. Emmanuel la ayudaba, con los pantalones bajados hasta los tobillos. Pude verlos por la rendija de la puerta. Él, de pie y con los ojos entornados, delante de aquella mujer casada y arrodillada, con sus grandes pechos aprisionados en el vestido. Esos grandes pechos que yo rozaba en cada abrazo de buenas noches. Me quedé inmóvil, volví a mi habitación y seguí destripando cajas hasta que se abrió la puerta.
—¿Qué tal todo, amor mío? —preguntó mamá con los labios recién pintados.
—Muy bien.
Ella sonrió, con la misma mueca triste de la cena de los cappelletti, y se marchó. Sólo entonces me percaté de la hinchazón de mis pantalones; contenía el espasmo que aún no había sido capaz de desahogar. Aquel día, por primera vez en mi vida, me acaricié y supe intuir el movimiento que me llevaría a la liberación. Arriba y abajo con constancia. El engaño de mamá, el éxtasis de Emmanuel... mis celos. Me apliqué con la mano una última vez, la decisiva, y entonces supe cómo funcionaba el mundo y cómo acabaría funcionando mi vida.
Mi carácter cambió desde aquella liberación. El bautismo erótico me volvió dócil e inteligente. Mamá empezó a llamarme «hombrecito de mundo»; papá, cher Libero. Ese «querido» antepuesto al nombre ratificaba mi entrada oficial en su círculo de atenciones. La ecuación resultó sencilla: la sexualidad emancipada había dado lugar a la clarividencia. Empecé a entender a mi familia y la manera exacta de interpretarla. Ante cada preocupación, me refugiaba en el retrete y me liberaba. Correrse significaba corregir mis cuestiones interiores sin interpelar a quienes deberían haberme educado. Era un niño autodepurado, sereno y magnífico, atento y previsor. Aquel goce filtraba mis aflicciones. Recuerdo perfectamente tres elementos de aquellos primeros autoerotismos: las mejillas encendidas, la floración del corazón y un inesperado rebullir cerebral. Esos desahogos de cinco o seis segundos me provocaban temblores, y yo intuía que aquello era sólo la punta del iceberg. La realidad que me rodeaba era distinta y mi nuevo espíritu me estaba abriendo las puertas de los mayores:
—Cher Libero, hijo mío, voy a llevarte a Roland Garros.
Nunca he olvidado la tarde en que papá me invitó a asistir a un partido en la pista central del Open de Francia, privilegio que durante años sólo le había correspondido a Emmanuel. Mi padre llevaba una camisa blanca, un panamá arrugado y dos lapislázulis opacos en lugar de ojos. Las mujeres se lo quedaban mirando mientras él observaba ensimismado a Björn Borg, que asaeteaba a pelotazos a Ivan Lendl.
—¿Por qué no has venido con Emmanuel? —le pregunté a bocajarro.
Papá permaneció en silencio ese día y los siguientes.
Emmanuel no se dejó ver por casa durante un mes, y nadie lo nombró hasta que a mamá, mientras nos servía un asado con ciruelas, se le escapó que era el plato preferido de Manù.
Aquella noche estuvo llorando. Papá había salido para su partida de bridge y yo estaba en la cocina acabando mi puzle de la Pantera Rosa. Cuando la oí gimotear, me acerqué al salón. Ella culpó a Orgullo y prejuicio, que estaba releyendo, y volvió a decirme que yo era su hombrecito de mundo, abrazándome con fuerza. Fue entonces cuando formulé mis mandamientos: escogería con cuidado a mi mejor amigo y nunca me casaría.
Emmanuel volvió una noche, varias semanas después. Cuando sonó el timbre, fue mi padre quien se adelantó a abrir. Mamá se quedó en su habitación y me llamó:
—¿Sabes lo que hace que la humanidad funcione, hombrecito de mundo?
—¿El útero y Francia?
—El silencio, el maquillaje y Dios.
Sacó el carmín del bolso y se pintó los labios. Me revolvió el pelo y se marchó al salón. Yo me quedé con la cara hundida en su almohada —mamá olía a glicinias— y esperé a que me llamaran para el rosbif con patatas y tomillo. De aquella velada lo recuerdo todo: el cambio de sitios en la mesa —a mí me colocaron entre Emmanuel y papá—, la televisión de fondo y, por primera y única vez, mamá todo el rato de pie, sirviendo comida... Recuerdo también un par de detalles: que Emmanuel no me miró en toda la noche y cómo se despidieron él y mi madre al final, ya en la escalera, mientras papá estaba en la cocina metiendo los platos en el lavavajillas. Ella hizo el gesto de darle un beso en la mejilla, pero él se limitó a estrecharle la mano para agradecerle la cena.
Cuando nuestro invitado se marchó, mamá se quitó el carmín, se atrevió con una broma sobre el rosbif francés, asegurando que era de lo más soso, y después me preguntó si al día siguiente me apetecía ir a conocer al Creador.
Acepté, por más que papá dijera que la religión era la mayor illusion del hombre.
—Por dos razones, cher Libero: la primera, que Dios nunca se ha dejado ver para confirmar su presencia, y la segunda, que nadie ha regresado jamás de la muerte para confirmar tal presencia.
Le dije a mamá que quizá fuera cierto, y ella me contestó que era hora de irnos. Se había puesto el traje de chaqueta gris, de modo que la teoría de mi padre iba a saltar por los aires: Dios se dejaría ver ese día, como se dejaban ver los profesores, los pintores, los directores de sucursal bancaria, los vendedores de congelados y los padres de mis amigos de Milán cada vez que mamá invitaba a sus hijos a casa. Venían a recogerlos anticipadamente, incluso una hora antes, porque sabían que mi madre los entretendría charlando en gris. Tela de calidad, corte aceptable... de no haber sido por el tercer botón de la chaquetilla, que se estremecía de lujuria: una minúscula gema al borde del colapso. Unos pechos aprisionados valen lo que cien pechos libres. Lo intuí más adelante; si lo hubiera sabido por aquel entonces, habría comprendido por qué tantos hombres se arriesgaban a sufrir tortícolis con tal de mirarla. Alcanzamos la paz al entrar en Notre-Dame. Mamá me llevó delante de un crucifijo y dijo:
—Libero, ¿ves a Jesús en el centro del grupo? Bueno, pues no lo mires a él, mira a esa señora a sus pies.
—La Virgen.
—El útero que ve y provee.
Fue acabar de decirlo y el botón cedió. Mamá lo recogió, y yo le pedí a la Virgen que no dejara volver a entrar a Emmanuel en mi casa. La Virgen no me hizo caso, pero, a cambio, aquel verano se encargaría del más inesperado y misericordioso de los bautismos.
Papá decidió que pasaríamos las vacaciones en territorio francés. Teníamos que contribuir a la buena marcha de la economía del país que nos había acogido. Él y mamá optaron por Deauville, el litoral de los parisinos de coches caros y vicios dudosos. Nosotros teníamos un Peugeot 305 y verdadero terror a pasar las vacaciones solos. Acabaron invitando a Emmanuel. Me imaginé a mamá en pareo y a él mirándola desde la tumbona. Los celos me provocaban excitaciones amargas y mortificaciones corporales. Me examinaba desnudo delante del espejo, lampiño y tardío en mi desarrollo, aún porfiado en las eyaculaciones. Todo lo contrario que Mario y Lorenzo, mis amigos de Milán, ya florecidos los dos. Yo, en cambio, todavía era un fruto por madurar, con los hombros más estrechos que las caderas. Me salvaban mis ojos azules y un aura que transmitía paz. Jamás había recibido una mirada ambigua por parte de una compañera de clase: yo sólo era el mejor amigo de Stefania, el confidente de Lucía, el cómplice de María y el criado de Giulia, a quien Mario se había comido a besos.
Para Deauville, le pedí a mi madre un bañador nuevo.
Me lo puse el día que nos marchamos, un resplandeciente viernes de julio en un París desierto. Mientras bajábamos por la escalera, papá me comentó que Emmanuel iba a traer a una amiga. Lo esperamos delante de casa con el Peugeot 305 cargado como una mula, y con mamá enfundada en un caftán celeste. Lo que vimos tres minutos después provocó una mueca de satisfacción en mi padre y un silencio prolongado en mi madre. En el asiento del pasajero iba una treintañera de pelo castaño claro y una piel como la luna y moteada de pecas. Se presentó con un italiano inseguro: Marie. Nos fuimos presentando todos y, cuando llegó mi turno, ella exclamó:
—Y tú debes de ser le Grand Liberò.
El gran Libero. Titubeé y mamá me ganó por la mano:
—Le petit Libero.
Todos rieron, menos Marie; se colocó un fular de seda y me dijo:
—¿Por qué no te vienes con Manù y conmigo?
De aquel viaje me acuerdo de Emmanuel, que entonaba las canciones de la radio, y de nosotros, que coreábamos los estribillos. También del sombrero de paja que Marie encasquetó a su Grand Liberò. Era la primera vez que no tenía miedo de molestar. Me había colocado en el centro del asiento trasero, y por el retrovisor podía ver un hombro de Marie y parte de su blanco cuello. Poseía ya la perspicacia de las perspectivas, de modo que me desplacé a la izquierda y ensanché mi campo visual. Ahora entraron en él más hombro y menos cuello, y la silueta de uno de sus pechos. Era desproporcionado comparado con su osamenta y la dulzura de sus gestos. La observé en el reflejo y me encontré con su mirada. Me sonrojé.
Fue entonces cuando me pidió que tendiera una mano.
—Vamos, Grand Liberò, no muerdo.
—Yo no me fiaría —terció Emmanuel.
Me arriesgué y me sorprendí con tres cerezas en la mano. Me las comí mientras Charles Aznavour cantaba en la radio.
—Dame los huesos.
Y fue en ese momento, cuando Marie los cogió y me limpió los dedos con una servilleta húmeda, cuando le di las gracias a la Virgen de Notre-Dame por no haberme hecho caso.
Me mareé dos veces. La primera, a causa de las curvas del camino; la segunda, porque las dieciséis cerezas que me zampé me facilitaron breves encuentros con Marie.
Me explicó que era bibliotecaria y trabajaba en el IV Arrondissement. Allí había conocido a Emmanuel —Manù, el profesor más atractivo de París— unos meses antes.
Mi carácter dócil ocultaba premeditaciones insospechadas. Cuando Marie me preguntó si ya tenía amigos en París, dije que no, que era una isla sin mar. «Una isla sin mar...» Era una frase que papá me había aconsejado usar para causar impresión a las chicas. Ahondaba en un fondo de verdad y daba de lleno en el concepto de «ternura».
—Tu es adorable —susurró ella mientras me pellizcaba la mejilla—. El mar que buscas estará en Deauville, Grand Liberò. Y nosotros seremos tu archipiélago.
Cuando llegamos a nuestro destino, sentí que había derrotado a la soledad.
Habíamos alquilado un chalet con terraza y dos habitaciones en la rue Laplace. El verano precedente en Cerdeña, y el anterior en la Costa Azul, me había correspondido una habitación toda para mí. Aquel año, me dijo papá, tendría que conformarme.
Me limité a descargar la maleta y esperar en una hamaca colgada entre dos higueras en el jardín del chalet. Observé a los demás afanándose en los maleteros. Mamá tenía el maquillaje corrido y una de sus manos martirizaba a la otra. Vino hacia mí y me enseñó dónde iba a dormir: una especie de habitáculo encajado en un entrante del pasillo. Tenía a mi disposición poco más que un catre de acampada. Pegué la oreja al tabique de pladur: oí la voz de Emmanuel... y la de mi Marie.
Papá era un hombre práctico. Había salido al abuelo, oficial en la Primera Guerra Mundial, un temerario capaz de eludir siete emboscadas aéreas mientras cruzaba el canal de la Mancha en un monoplano destartalado. Al igual que él, papá desbarataba las detonaciones de mi madre y sobrevolaba sentimientos impetuosos. El año anterior lo habían elegido mejor vendedor de flores de Bach de Europa central y meridional, y había celebrado catorce años de matrimonio con mamá.
Para festejar la primera noche en Deauville, decidió llevarnos al casino. De ese modo, consolidaría su complicidad en las cartas con Emmanuel y ofrecería a mi madre utopías de prosperidad económica.
—¿Y Libero? —preguntó Marie.
—Esperaré fuera —dije.
Papá entró con Emmanuel y mamá se ofreció a quedarse conmigo. Pedí y conseguí que me dejaran solo. Me dediqué a contemplar las casetas de la playa con nombres de estrellas del cine: Cary Grant, Jean-Paul Belmondo, Federico Fellini y muchos más. Cuando llegué a la altura del Bar du Soleil, oí que alguien me llamaba.
—Es una injusticia, Grand Liberò. —Marie venía hacia mí.
La saludé.
Me alcanzó y dijo:
—Es una injusticia que tú puedas quedarte fuera y yo no.
Así conocí un poco más a Marie Lafontaine. Me invitó a un jus d’orange y se pidió un rosé. Descubrí que poseía el arte de escuchar y de beber con el borde de los labios, que era capaz de deshuesar las aceitunas en la boca reteniéndolas contra la mejilla, que era seguidora del Saint-Germain y que su libro preferido era El extranjero, de Camus. Pizza de cuatro quesos, las películas sin final feliz, los morenos y los entrecanos, Provenza mejor que Normandía... Detestaba la ruleta y los caniches. ¿Si había tenido grandes amores?, se preguntó: uno, magnífico, durante cinco años; los demás, cosas sin importancia, por mala suerte o demérito propio. Repicaba con los dedos en mi rodilla cada vez que se reía —lo hacía muy a menudo—, y se retorcía el pendiente derecho cuando se abstraía, también muy a menudo.
Y esto fue lo que le revelé de mí: había hecho una huelga de hambre de dos comidas para oponerme a nuestro traslado a Francia, no me gustaba el fútbol pero sí John McEnroe, era un as de los puzles y me encantaba el puré de patatas. También era capaz de dormir hasta quince horas seguidas. Y mi tortuga Robespierre había vivido veintiún años y muerto el día de mi cumpleaños.
—¿Qué más, Grand?
De mayor me gustaría tener el mismo trabajo que mi padre o ser guarda forestal; los libros me aburrían, excepto los de historias de indios. Me preguntó que por qué los indios. Dije que habían quedado pocos y a mí me gustaban los pocos.
—¿Te gusta Dios, Marie? —le pregunté.
—Depende.
—¿Y el útero?
Se me quedó mirando, luego dijo:
—No he tenido hijos, y no me importa. Y tú, Grand Liberò, ¿has tenido grandes amores?
Me acabé el jus d’orange de un trago y me quedé callado. Ella me abrazó de repente: se inclinó hacia delante, arrastró mi taburete hacia el suyo y me rodeó con sus cálidos brazos. Noté un aroma a tarta en el horno y la presión de sus grandes pechos. Unos pechos que se apretaron contra mi esternón, más que los de mamá, mejor que los de mamá.
Nada más salir del casino, nos encontraron en el muelle hablando de la caseta que alquilaríamos al día siguiente. Yo elegí la de Fellini y Marie la de Cary Grant. Papá y los demás dijeron que había que volver a casa para acabar con aquella horrible velada en la mesa de juego. Novecientos francos a la basura.
Cuando llegamos, me tumbé en la hamaca para escuchar el Deauville nocturno y el eco de las fiestas, mientras las luces de los dormitorios se iban apagando. Después, fui al baño y me lavé los dientes y la cara. Lo hice todo muy deprisa; desde que mi tía había muerto en un retrete, no podía permanecer allí demasiado tiempo, porque si no mamá venía a llamarme. Cogí un trozo de papel higiénico y me retiré a mi cubículo. Me tumbé en el catre.
Empecé a dar vueltas. Los muelles rechinaban en el lado derecho, pero podía usar el brazo izquierdo con una mínima rotación de la muñeca. Recobré entonces el sentido práctico de papá y consumé una masturbación circense que habría de mantener durante toda mi existencia. Aguardé a que los demás se quedaran dormidos y empleé la espera preparando mis pensamientos. A los doce años, uno suele ser de mucha mano y de poca cabeza; yo era distinto. Me había dado cuenta de que el eros es el arte de imaginarse situaciones realistas con posibilidades de fracaso: estoy de nuevo en el Bar du Soleil, con Marie, que lleva un vestido escotado. Ya se ha tomado dos rosé y me confiesa un amor que ha acabado en decepción. Él era un granuja, pero ahora ella se siente a gusto gracias a mí. Se echa a llorar, me atrae hacia ella con el taburete y, en vez de abrazarme, se apoya en mi hombro y yo noto sus lágrimas.
Me detuve. La goma elástica del pijama me estorbaba, me lo bajé. Presté atención al chirrido, todo estribaba en mantener elevado el codo y ser el John McEnroe del onanismo: usar la empuñadura Continental. Controlé la respiración y volví al punto en que había quedado: yo que noto las lágrimas de Marie, se las seco y la abrazo con fuerza. Ella hace lo mismo, me abraza con fuerza, con más fuerza aún, y yo siento que es el momento, preparo el papel higiénico —aunque sé que se quedará seco—, doy el golpe de gracia y el catre tiembla mientras abro la boca. La voz de papá resonó al otro lado de la pared:
—¿Quieres estarte quieto de una vez o qué?
Por la mañana desperté antes que nadie, salí furtivamente y me dediqué a armar un pequeño puzle de la Tour Eiffel en la mesa del jardín. Al cabo de una hora, sólo había encajado un mísero puñado de piezas y seguía mirando hacia la ventana de mis padres con la vergüenza de quien ha sido pillado en flagrante delito. Cuando mamá me llamó, todos estaban en la cocina poniéndose morados de cruasanes y otras delicias que Emmanuel había comprado en la boulangerie St. Augustin. Me quedé mirando las baldosas de color turquesa de la pared del fregadero, evitando intercambiar una mirada con ninguno de ellos.
—¿Qué tal has dormido, hombrecito? —me preguntó mamá.
Levanté la cabeza. Papá dejó de comer su cruasán y me guiñó un ojo. Fue el primer sello de nuestra alianza.
El segundo llegó en el mar. Fuimos a la playa y yo elegí la caseta de Fellini. Cuando vi que Marie salía de la de Cary Grant, en bikini, supe que esa noche reincidiría, y que el eros me causaba timidez.
Permanecí en mi tumbona sin sacarme la camiseta ni el sombrero, me negué a dar un paseo y rechacé las palas que me ofreció Emmanuel, que se puso a jugar con mamá. Mi padre charlaba con Marie en la orilla. Me llamó para que me acercara. Le hice gestos de que quería estar solo, pero insistió y acabé yendo hacia él.
—Vamos a darnos un baño.
Respondí que no tenía ganas. Entonces noté que alguien me tocaba por detrás: era la mano de Marie, que me levantaba la camiseta y me quitaba el sombrero. «Vamos, Grand Liberò, un baño corto», sonrió, y fue a la sombrilla para dejar las gafas y mi ropa. Echó una ojeada a Emmanuel, que seguía jugando con mamá. También papá los estaba mirando, así que lo agarré del brazo y lo arrastré al agua. Nos zambullimos, y cuando volvimos a salir Marie seguía en la sombrilla y se había sentado en la tumbona.
—Es muy guapa, n’est-ce pas? —aseguró papá mientras me subía a sus hombros como si yo fuera un gimnasta.
La brisa de Normandía me congeló.
—¿Te gusta?
—Moi, j’aime ta mère. —Y me arrojó al agua.
Volví a emerger y me encontré solo; mi padre se encaminaba rápidamente hacia la orilla y hacia quien era su esposa desde hacía más de una década. Así pues, me dejó con su segundo sello y mi futuro patrimonio: la devoción.
Volví el primero a casa y terminé el pilón occidental de la Tour Eiffel. Algo estaba enmarañándome la cabeza y el eros: Dios, el útero, la sensación de que todas las mujeres se me escaparían, y sobre todo la carrera de mi padre hacia su mujer. ¿Obsesionándome con los rompecabezas conseguiría poner en su sitio las piezas de mi infancia? Cuando empecé la tercera pata de la Torre, vi llegar a papá con gesto sombrío: me advirtió que Emmanuel y Marie habían discutido, y que yo tenía que hacer como si no pasara nada.
Me duché, cogí uno de mis libros sobre indios y me tumbé en la hamaca. Era sólo cuestión de tiempo. Mamá apareció poco después y se detuvo ante mí. Me besó y se quitó las gafas de sol. Estaba lívida.
—Mantente alejado de Marie, ¿entendido? —Y entró ella también.
Había habido una trama de úteros, y tal vez una víctima. Deauville era célebre por el glamour, las ambiciones pequeñoburguesas y los parvenu. Por el juego también, por supuesto, y su atmósfera proclive al azar me convenció de tomar mi cuaderno y anotar un desvarío: «Consuela a la rubia.» Era un cuaderno con Arsenio Lupin y su chaqueta roja en la cubierta. Tenía la costumbre de escribir las cosas que me superaban. Lo había llenado en Milán con una veintena de chispazos como aquél: «Los pieles rojas acompañan con el tambor a los que mueren»; «Lucía: besarla o casarme con ella», o «Aprende del camaleón: desaparece».
Me quedé balanceándome bajo la higuera. Emmanuel y Marie llegaron poco después, mudos y apresurados. Ella aceleró el paso, él lo aminoró y, antes de entrar, me sonrió. Lo ignoré y me convertí en un camaleón hasta que papá apareció con la sentencia definitiva: nuestros invitados regresarían a París a la mañana siguiente.
Fui a la habitación y saqué las cartas de brisca que me había traído de Italia: las barajé y corté el mazo con la izquierda. Salió el as de espadas. En el simbolismo de mamá, anunciaba un éxito abrumador. Fue el momento que decidió mi destino en Deauville.
Había aprendido a interrogar el futuro cuando aún estábamos en Milán. Vivíamos en Porta Venezia, el barrio de la burguesía joven. La casa la pagaba la empresa de mi padre, que suministraba flores de Bach y remedios homeopáticos a las farmacias. Mamá daba clases particulares de italiano y se gastaba el dinero en Montenapoleone y con sus santones. Tenía tratos con un grupo de fanáticos que le habían inculcado el culto a las premoniciones a cambio de cien mil liras por sesión. Examinaba los posos de café y los signos zodiacales, leía las cartas. Hasta que se cansó de todo aquello, porque el útero está hecho para generar, no para contener: mamá siempre justificaba así sus giros pasionales. Entretanto, yo había aprendido. Interpretaba una baraja de cartas mejor que el instinto. Me fiaba del futuro más que de mí mismo. Y esa noche, antes de la marcha de Emmanuel y Marie, el futuro preparó su coup de théâtre con detalles significativos.
Mis planetas se alinearon para la cena cuando papá se puso a leer L’Équipe en el jardín. Silbaba en chaqueta y camisa blanca. Mamá salió del baño con un peinado estilo piña. Yo me encerré en mi cubículo y apoyé una oreja en la pared: en la habitación de nuestros invitados no se oía una mosca. Emmanuel y Marie aparecieron de repente, vestidos como el día anterior. Ella tenía los ojos hinchados, él iba fumando un cigarro y se encaminó hacia el restaurante. Yo me quedé unos pasos por detrás y conseguí sonreír a Marie, que me devolvió la sonrisa. Caminaba rápido, todos caminaban rápido, y tan pronto como llegamos papá le pidió al maître una mesa en la terraza. El as de espadas dio su primera señal cuando me encontré sentado frente a Marie. Recuerdo que tomé media sopa de ostras y dos bocados de salmón. Papá mantuvo viva la conversación y Emmanuel lo secundó. Todo transcurrió sin problemas hasta que mamá se inmiscuyó con una filípica sobre la gauche italiana. ¿Qué había quedado del comunismo? ¿Adónde habían ido a parar las enseñanzas de Gramsci?
—Menos monsergas —replicó Marie: ahora estábamos en Francia y había que echar cuentas con Giscard d’Estaing. ¿O es que nos habíamos mudado sólo por los museos?
Temblé yo y tembló mi padre.
—Así que es cierto lo que se dice sobre la insolencia de los parisinos —respondió mamá.
—¿Y qué es lo que se dice sobre los parisinos?
—Pregúntaselo a tu Emmanuel, así por lo menos tendréis un tema de conversación.
—Pregúntaselo tú, a tu Emmanuel. —Marie se levantó de la mesa, pidió disculpas y se marchó.
Nadie la siguió, y yo tuve que asistir a las dos naturalezas de mi madre: su satisfacción por haber ganado la batalla de los úteros y sus lágrimas de disgusto. Terminamos los sorbetes y fuimos a dar una vuelta por el paseo marítimo de Deauville. Pasamos por delante del Bar du Soleil, donde divisé los dos taburetes en que Marie y yo nos habíamos sentado. Sentí nostalgia. Le dije a papá que estaba cansado y él supo a qué me refería. Cuando volvimos a casa, evité despedirme de Emmanuel. Él se encerró en su habitación y mis padres hicieron lo mismo. Marie aún no había regresado.
Aquella noche me costó mucho conciliar el sueño, y cuando por fin lo conseguí me despertaron la sed y un aroma a profecía. Me levanté, salí de mi cubículo y fui a la cocina. Ella estaba sentada a la mesa.
Había dos cosas que no soportaba: que me vieran en calzoncillos y comprender que una situación me asustaba. Aquella noche, delante de Marie Lafontaine, viví ambas al mismo tiempo. Intenté retroceder, pero ella alzó la cabeza y se me quedó mirando. Luego dijo en voz baja:
—Grand, c’est toi?
Me adelanté y le dije que tenía sed. Ella se levantó para sacar una botella de agua de la nevera. Me sirvió un vaso y me lo tendió. Tenía el rímel corrido en una mejilla y el pelo revuelto. Bebí y fui a dejar el vaso sobre la mesa. Entonces ella dijo:
—Salgo un rato fuera, bonne nuit.
La única apuesta que se hizo en Deauville aquella noche fue la de un chico de casi trece años que, en lugar de volverse a la cama, salió al jardín de un chalet y esperó a que una treintañera se percatara de su presencia por segunda vez. Cuando eso ocurrió, ella lo llamó a su lado.
—¿Tú tampoco puedes pegar ojo, Grand?
Me acerqué a la hamaca. Marie estaba tumbada y yo me quedé pasmado.
Ella sonrió y se sentó. Me dijo que lamentaba lo de la cena y lo de las vacaciones, y la mala imagen que había dado. Era sólo que se sentía un poco nerviosa e insegura.
—¿Insegura?
Asintió.
Le dije que a mí también me había pasado. Al menos dos veces el año anterior, y hacía dos años con Lucía y Giulia.
—Se ve que no te merecían, Libero.
—Ni tampoco a ti.
Me abrazó y me dijo que me sentara con ella. Obedecí, no sin miedo, no sin estupor. Ella me dejó sitio y yo me acurruqué en un rincón.
—Eres un caballero. Menuda suerte la que se case contigo.
Se le había levantado el vestido hasta las rodillas y la parte de arriba se confundía con la noche. Agarró mi mano y la sostuvo entre las suyas. Miré la casa oscura.
—No te preocupes, dormiré aquí. —Me atrajo hacia ella y me dejó más sitio.
Acabé entre su pelo, con la pierna derecha rozando su costado izquierdo y con las manos sobre mi estómago, como los muertos. Notaba su pecho contra mi hombro, me volví y lo vi allí,
