Dos como nosotros

Luna Dueñas

Fragmento

1

1

Santa Clarita, California, 1999

Aún recuerdo el llanto y los gritos de mamá cuando echó a papá de casa. Los observaba agachada, detrás del leve refugio que me daba la barandilla de madera desconchada, la cual terminaba en las escaleras para llegar al segundo piso donde yo me encontraba observando. Tiraba sus cosas con rabia por la puerta mientras escupía insultos que, si yo pronunciara, me pasaría tres días castigada sin salir de casa seguro. Las nubes descargaban su furia sobre el pavimento de las calles con la misma fuerza que mi madre pateaba macutos y objetos que pertenecían a mi progenitor.

―¡Para ya! ―Mi padre se enfurece mientras intenta contenerla―. Precisamente por esto me has obligado a hacerlo. No hay quien te soporte. Ni a ti, ni a la chalada de tu tía. Odié esta ciudad desde el momento en que puse un pie en este lugar y me da asco toda la vida de mierda que hemos llevado aquí.

Mamá patea sus palos de golf otra vez con más rabia y pierde uno de sus zapatos de estar por casa, que también desaparece en algún punto de la acera, junto con las herramientas deportivas. Rompe incluso un cristal de la puerta. Ni a cosa hecha logras hacer todo eso a la vez; mamá tenía cierto talento.

―Lárgate de mi casa. ―Su voz apenas es un susurro mientras respira agitada a causa del disgusto.

Él no se mueve. Da la sensación de que quiere decir algo más, o que se arrepiente de las palabras que acaba de pronunciar. Pero otro grito de mamá le hace salir de sus cavilaciones.

―¡Que te largues!

―Katherine, yo...

Ella lo agarra de la chaqueta con brusquedad y lo arrastra hasta el umbral de lo que un día fue un hogar feliz, aunque tan solo en apariencia. Aprieto con fuerza los gruesos barrotes de madera y siento un nudo en algún lugar que no sé explicar. No entiendo nada.

―No te quiero volver a ver en mi vida, Ryan ―sentencia, llamándolo por su nombre completo, en vez de Ry, como solía llamarle.

―Se te olvida que tenemos a Mia. ―La lluvia cae sobre él, empapándole―. Y no me vas a negar el derecho a ver a mi hija.

Me tenso cuando escucho que me nombran. La voz de mamá se rompe un poco más. Nunca la he visto así.

―Perdiste ese derecho cuando decidiste acostarte con tu compañera de trabajo sin pensar en tu familia. ―Toma aire intentando mantenerse cuerda―. Ve ahora a jugar a las casitas con ella y destrózala también, es lo único que sabes hacer.

―Te la voy a quitar si es necesario, Katherine. No me vas a prohibir ver a Mia.

―Inténtalo ―lo provoca―. Por suerte, ella sí tiene una madre que la quiere y que haría lo que fuera por ella. Incluso mantener unida a una familia que se cae a pedazos cuando otros salen huyendo.

―¡Di que sí, ahijada!, siempre fue un sinvergüenza. Espero que se le pongan los huevos de corbata, ¡Vergüenza debería sentir de lo que ha hecho!

Descubro a mi tía abuela Ava de repente a mi lado, en la parte superior de las escaleras, señalando con su bastón, inquisitiva, en dirección a ellos. Lleva el pelo cano recogido en un moño bajo, como siempre suele peinárselo, los labios pintados de un color rojo que no pasa desapercibido y prepara el mejor chocolate caliente con tortitas del mundo mundial. También me río mucho con ella, dice unas cosas muy divertidas que a los adultos les resultan escandalosas y que, por algún motivo, no quieren que yo escuche.

Papá las señala a ambas con el dedo, amenazante, pero, como en la calle se está armando revuelo y algunos vecinos están acudiendo para ver qué ocurre, decide terminar con la escena. Todos nos quedamos inmóviles mientras él agarra sus pertenencias maltratadas y esparcidas tanto por el césped como por el camino de entrada a la casa y se sube al coche. Las ruedas chirrían en el pavimento mojado cuando el vehículo desaparece entre la llovizna y las demás casas de nuestro hogar en Santa Clarita, California.

Hasta entonces mamá, que se había mantenido digna aguantando un chaparrón muy diferente al que estaba cayendo fuera, se permite derrumbarse. Cae, quedando sentada en el frío suelo de cemento, y rompe a llorar desconsolada.

La tía abuela comienza a bajar las escaleras como buenamente puede a pesar de sus setenta y pico y sus achaques, canturreando, como es normal en ella, y yo la sigo. Bajamos la suficiente cantidad de escalones para ver que varios vecinos se han acercado a ayudar a mamá, entre ellos los Sullivan, que viven en la casa de enfrente. Ethan y Oliver. También está Claire, la vecina de tres casas más abajo y madre de mi mejor amigo, Liam. Entre todos intentan calmarla y se agachan a su lado para aportarle el consuelo que necesita. Lo que no saben, ni yo tampoco, es que ese consuelo no llegaría.

―Mia, vete a tu cuarto ―me ordena la tía abuela.

Yo pongo un gesto de fastidio. ¿Acaso yo con ocho años no tengo derecho a consolar a mi madre? No entiendo muy bien qué es todo esto, pero quiero ayudar. Agacharme, abrazarla y consolarla al igual que están haciendo todos los demás.

―Pero yo...

―Ni peros, ni peras, ni leches en vinagre niña ―me regaña con su peculiar humor y vocabulario―. Vete a tu habitación y escucha a esos cinco pandilleros horteras con cara de chulos que tanto te gustan a toda pastilla y no salgas hasta que vaya a por ti. ¿Me has entendido?

¿Se refería a mis Back Street Boys? Sea como fuere, yo asiento, porque no quiero que se enfade conmigo, y obedezco. Luego, se encamina hacia donde están los demás.

―Terminemos con esto, Kate ―comenta dirigiéndose a todos, cuando los alcanza―. Te prometo que las tres primeras veces son las peores, después ya hasta das las gracias de que se vayan solos. Hay que agradecer al cielo cuando la basura se saca sola.

Antes de darme la vuelta para subir las escaleras y obedecer las órdenes de la tía abuela, lo veo a él. Se me revuelven las tripas con solo mirarlo. Me observa al abrigo del porche frontal de su casa, refugiado de la lluvia.

Nunca conocí en los días de mi vida a un niño más tonto que Adam Sullivan. Y, para colmo, no solo tenía que aguantarlo en la escuela, sino también en mi vecindario, desde que Ethan y Oliver lo adoptaron hacía un par de años. Fingíamos llevarnos bien delante de nuestras familias, mientras que en el colegio nos llevábamos como dos ratas peleando por un trozo de pan en una alcantarilla. Me observa fijamente y puedo notar, incluso en la distancia, cómo brillan sus ojos del color más azul que he visto. Sé que, sea lo que sea que esté pasando, le agrada verme fastidiada.

Le saco la lengua en un arrebato infantil y me marcho corriendo a mi cuarto dejándolo plantado.

2

A la mañana siguiente, mamá no me despierta con un beso como suele hacer siempre para prepararme para el colegio. En su lugar, viene la tía Ava y me comenta, con una dulzura inusual en ella, que mi madre se encuentra mal y que ella se encargaría de ayudarme estos días. En parte, me siento extraña y triste, pero se me pasa cuando veo la taza humeante de chocolate que me espera en la cocina. La devoro mientras ella se afana en hacerme un par coletas en mi larga y ondulada cabellera rubia oscura. Con la boca llena de bizcocho de zanahoria aún, hablo con mi tía sobre lo de ayer.

―Las cosas ahora han cambiado, Mia ―me explica por encima mientras maldice los pelitos que se le escapan del peinado―. Tu madre no se encuentra bien, ha sido muy duro para ella. Así que vamos a darle su espacio. ¿De acuerdo? Cuando esté mejor, te contará todo.

―¿Me voy a quedar en la calle como Punky Brewster? ―pregunto realmente consternada.

Mi tía ríe y pone sus manos sobre mis hombros zarandeándome con cariño.

―Podrías. Y encima ni perro tienes, como Punky, para que te haga compañía. ¿Qué va a ser de ti?

Trago saliva con dificultad y ella nota que me tenso y sigue riendo, fruto de su broma.

―A buenas horas te puse esa serie... ―Me insta a levantarme y me tiende la mochila con mi almuerzo dentro―. Anda, vete ya o llegarás tarde. Nadie va a dejar huérfano ni abandonado a nadie, ¿De acuerdo? Al menos por ahora.

Asiento, no muy convencida. En mi mochila, Punky me devuelve la mirada sonriente, con exactamente el mismo peinado que el mío. Mejor será que me centre en marcharme y no pensar, ya que me recorre un escalofrío. Mi tía abuela me despide en la puerta y me desea un estupendo día y que tire de los pelos a quien sea necesario para darme mi lugar. No creo que a mamá le haga gracia ese consejo, así que le digo adiós con la mano y la cabeza gacha por el desánimo. Quizá debería pensar en pedirle a mamá o a papá que adoptemos un perro.

―¿Aún sigues dormida, Pelopaja? Mucho jaleo anoche en tu casa, ¿no?

Me detengo en la acera y pongo los ojos en blanco antes de mirar a mi izquierda. Porque sé que él está ahí, como todas las mañanas. En la acera de enfrente. Ambos caminábamos en paralelo hacia la escuela, cada uno por su lado y dirigiéndonos miradas matadoras de vez en cuando. Pero, algunos días como este, también Adam se ponía charlatán.

―¿Y tú no estás demasiado despierto, Moscardón? ―Era un buen mote para él, ya que era un bicho pequeño, negro como su pelo, estaba por todas partes y solo sabía fastidiar―. ¿Por qué no caminamos como cada día y me ignoras?

―Es más divertido así.

Retomo mi marcha por Vía Milagro mientras el aire frío de finales de año hacía de las suyas, aunque por estos lares teníamos sol el resto del año para rato. Tan solo nos separaban cuatro largas calles de nuestro colegio, Tesoro del Valle, y me afano con ahínco en ignorar a esta mosca pesada todo el camino, a pesar de sus provocaciones. No es tarea fácil, desde luego.

―¿Estás bien? ―Su pregunta me toma por sorpresa, ya que no acostumbra a ser para nada amable, y menos conmigo.

―No sé a qué viene eso ahora ―contesto, seca, sin mirarle, aunque escucho sus pisadas en la acera de enfrente intentando seguirme el ritmo.

―Si me porto mal, porque me porto mal; y ahora que me porto bien, tampoco te gusta. ¡No hay quien te entienda!

―No te he pedido que lo hagas.

De un momento a otro, sus pasos se escuchan más cerca de mi posición, apresurados, rápidos y me asusto cuando sé que lo tengo detrás. Con rapidez y travesura, agarra una de mis coletas y me quita la goma, despeinándome al instante. Luego lanza el coletero al suelo y las cerecitas de plástico decorativas que tenía la goma se parten por el impacto.

―¡Vas a llegar tarde como siempre! ―se burla riendo y echa a correr con su mochila de Pikachu golpeando ambos lados de su espalda de manera brusca con el movimiento.

―¡Eres un pedazo de tonto del culo! ―le grito furiosa mientras recojo mi coletero del suelo y las piezas rotas también. Hago el amago de correr detrás de él para vengarme de algún modo, pero algo me lo impide.

―No tan rápido, señorita Brooks. En la escuela no le enseñamos esas palabras tan feas. Voy a tener que hablar con tus padres.

Cuando me doy la vuelta el profesor Davis me mira con un gesto reprobador. Voy a matar a ese moscardón.

Al final, entre unos y otros, llego a la escuela cinco minutos tarde, con las coletas disparejas por mi intento de recrearlas y con una pequeña reprimenda del profesor. Cuando camino hacia mi asiento, Adam sonríe triunfal. Le dirijo una mirada cargada de odio, intentando transmitirle, con mis grandes ojos verdes oscuros, que esto no se quedará así. Y, aunque intento ignorarlo el resto del día, él no está muy por la labor de ayudarme en tal tarea. Me tira papelitos, me esconde los libros y me pone caras tontas cuando salgo a la pizarra a exponer un ejercicio. Le iba a meter la tiza con la que escribía hasta la campanilla, a ver si así dejaba de reírse.

En el descanso, la cosa no mejora, ya que, aunque estoy comiéndome mi sándwich y mi fruta en paz con mi compañera de clase Joanne mientras jugamos a hacer teatro, una de nuestras grandes pasiones, él aparece para seguir molestando.

―Joanne, no me he podido resistir. ―Se acerca a nosotras con aire teatrero. Le siguen algunos chicos más de la clase, que se aguantan una risita que no augura nada bueno―. Me gusta mirar por el bien de mis compañeras.

―Déjate de teatros y lárgate ―le escupo con la boca llena de plátano, lo que me hace sonar como una gangosa y les provoca otro ataque de risa. Bien empezamos.

―La teatrera eres tú. ¿No es más que obvio? ―Arrugo el entrecejo porque se burla de mi sueño de ser actriz―. He venido a ponerte en alerta, Joanne, porque seguramente Mia no te ha comentado que tiene un brote de piojos que pretende ocultar. En serio, veo su casa desde mi ventana y su madre ayer se pasó toda la tarde escarbando en su pelo y poniendo muecas extrañas.

Escupo el plátano mientras abro los ojos como platos. Aunque no más grandes que los de Joanne, que mostrando una sonrisita forzada se marcha a jugar con otras niñas pidiéndome perdón. Se les va a partir una costilla de reír a estos niños malvados. Decido ofrecer guerra en vez de huir como suelo hacer siempre. Y me acerco poco a poco a Adam. Él me observa curioso, con los ojos llorosos mientras deja de reír gradualmente conforme me voy acercando a él sin abrir la boca. Cuando me quedo a tan solo unos centímetros, le encaro.

―¿Sabes cuál dice mi tía Ava que es una de mis virtudes, Moscardón? ¡La generosidad! ―Le pongo mis dos manos en su espesa cabeza llena de pelo negro liso, con fuerza―. Así que... toma unos poquitos pipis, querido vecino. Compartir es vivir, eso dicen los adultos.

Con fuerza, comienzo a restregar mi cabeza con la suya mientras creamos un reguero de espectadores a lo largo de todo el patio, que ríen, chillan o algunos más inconscientes, incluso, animan. Él intenta zafarse de mi agarre, pero ambos tenemos una fuerza similar en nuestros cuerpecitos de ocho años y así nos quedamos un rato más con nuestros miembros pegados, como si fuesen dos piedras buscando inventar el fuego, mientras los manotazos vuelan e intentamos liberarnos el uno del otro. No sé cuándo se acaba convirtiendo en una suerte de pequeña pelea. Ni en qué momento llegan algunos profesores a separarnos y mandarnos con voz firme al despacho del director.

3

Nos sentamos como dos niños buenos, cada uno en una silla, al otro lado de su escritorio. Ya es la segunda reprimenda que me como hoy por culpa de este bicho. Antes de salir, el director nos advierte de que nuestras familias están en camino y que no quería escuchar ni una mosca mientras él estaba fuera de la sala o el castigo sería peor, así que nos mantenemos cautos y obedientes.

Lo miro y no puedo evitar soltar una carcajada. Su pelo negro está todo enredado, con cada punta señalando un lado de la habitación en la que nos encontramos, lleno de electricidad, y su cara tiene algún moratón a causa de los golpes certeros que nos hemos dado.

―No te rías porque tú eres más pelopaja que nunca ―susurra con rabia y fastidiado―. Menuda tía loca.

―Loco serás tú. ¿Cómo se te ocurre decirle eso a mi amiga?

―¿Y a ti agarrarme de ese modo de la cabeza?

―Te lo has ganado por gracioso ―sentencio cruzándome de brazos. Las piernas nos cuelgan en la silla a causa de nuestra baja estatura y me concentro en moverlas con nerviosismo mientras esperamos a los mayores y sus sentencias―. Querías hacer reír a tus amigos y te he ayudado. Deberías darme las gracias por el espectáculo.

Veo que se tapa la cara con la mano, en un gesto compungido, y me sorprende que se vaya a echar a llorar. Él, el Adam que lleva dos años, sin parar, amargándome la existencia.

―Es cierto... ―susurra con una vocecilla débil―. Lo siento, Mia, me he pasado mucho. ¿Me perdonas?

Trago saliva, sin saber cómo reaccionar. No es nuestra dinámica normal. Pero, sorprendentemente, me siento mal de verlo triste. Él me tiende la mano en un gesto de paz. Y yo, algo dubitativa, se la estrecho, queriendo acabar con esta guerra de una vez, porque en mi interior estoy muy cansada de esto. Es realmente agotador vivir en alerta con él veinticuatro horas. Siento algo viscoso en la palma de mi mano cuando la junto con la suya y la aparto de manera brusca. Miro su saliva en mi piel, aguantando con dificultad una arcada.

―¡No me lo puedo creer! Es que eres tonto a rabiar, ¡Qué asco!

―Moscardón 2, Pelopaja 1 ―sonríe con suficiencia.

Intento secar la saliva en su jersey mientras él me da manotazos para que me aparte, pero la puerta se abre de repente y nuestros padres nos miran llenos de decepción y rabia contenida. Oliver y Ethan se ponen detrás de Adam, y mi madre detrás de mí. Me sorprende verla aquí, después de que esta mañana no se encontrase bien. Automáticamente, me siento muy mal por haberle supuesto otra preocupación más con mis tonterías y agacho la cabeza.

El director Wilson, que se sienta frente a todos detrás de su escritorio, pone a nuestros padres al día de la situación que viene ocurriendo con nosotros dos. Ya no saben qué hacer para que no nos enzarcemos como gatos callejeros. Y pide, por favor, disciplina en casa y que nos ayuden a llevarnos bien y a superar nuestras diferencias.

¿Yo? ¿Amiga de Adam Sullivan? Cuando los cerdos vuelen.

Volvemos a casa caminando cada uno por su acera, justo como hacemos siempre Adam y yo, mientras nuestras respectivas figuras parentales hacen su parte. Los padres de Adam no dejan de regañarle y mamá hace lo mismo conmigo.

―No te eduqué para que insultes y pegues a un compañero, Mia, estoy muy decepcionada contigo.

―Pero siempre es él el que empieza, no para de meterse conmigo desde que llegó y encima ¿me tengo que quedar callada? ―rebato furiosa.

―Pues sí, eso precisamente es lo que tienes que hacer. Porque tú eres una buena niña. Una cosa es ponerlo en su lugar y otra llegar a las manos.

Muestro una pequeña sonrisa mientras miro sus ojos del mismo color que los míos.

―Entonces, si yo soy la buena, estás reconociendo que Adam es el malo.

Un matrimonio pasa por nuestro lado y mamá se agacha para ponerse a mi altura. Antes de contestarme, ambas podemos escuchar parte de la conversación que mantienen.

―Pobrecita, mira qué cara tiene... Su marido la ha dejado por otra casi veinte años menor. ¿Lo sabías? Y esa pobre niña... ¿Cómo la va a sacar adelante solo limpiando las casas a sus cuatro vecinos ricos?

Mamá hace como que no los escucha y me mira fijamente mientras sigue con nuestra conversación y esos dos estúpidos se alejan.

―Las personas buenas hacen cosas buenas, Mia ―explica―. Las personas buenas no se rebajan, por mucho daño que les hagan, porque tú das lo que eres y eso dice mucho de ti. Eso quiero decir. Vamos, que no entres al trapo. ¿Entendido?

Asiento, un poco perdida sin acabar de entenderlo del todo. Además, la conversación de esa pareja... ¿Es que mi padre nos ha abandonado?

―Adam es un niño adoptado, ya te expliqué qué significaba. ¿Recuerdas? Necesita un tiempo para adaptarse a su nueva familia y es hasta lógico que sea más rebelde de lo normal. Es su modo de llamar la atención, pero en el fondo es un buen chico. Quiero que os llevéis bien. Ethan y Oliver son una pareja estupenda y estoy segura de que ese chico también lo será cuando encuentre su lugar entre ellos. Por favor, tenle paciencia. Y no vuelvas a tirarle de los pelos a nadie, como mal aconseja tu tía abuela, hazme el favor.

Suspira dando por finalizado su discurso. Luego mira en dirección a donde ha desaparecido la pareja de antes y vuelve a tomar aire.

―Y creo que tenemos pendiente otra charla. Vamos a casa, es tu derecho saberlo.

Precisamente eso hacemos, caminamos hasta casa y allí, sentada en el salón con mamá y la tía Ava, me explican con todo el tacto del mundo lo que acaba de suceder. Papá ya no quería a mamá; papá se ha ido con su nueva novia. Papá ya no va a vivir con nosotros. Ahora seremos una familia de tres. La tía abuela Ava, mamá y yo. Papá me quiere llevar lejos, pero mamá no lo permitirá.

Mis lágrimas comienzan a brotar y también llora mamá y la tía; nos abrazamos las tres. Nadie acaba de entender por qué ha preferido irse y abandonarnos, sacrificar todo. Pero es una pregunta que nunca tendría respuesta o que nunca comprenderíamos si la tuviésemos. Y tendríamos que pasar el resto de nuestra vida llenando entre nosotras el hueco que mi padre ausente dejaría dentro de mí y de todas.

Así que nos tomamos unos días libres de trabajo y escuela para acomodarnos a nuestra nueva realidad. Mamá lloraba mucho abrazada a la tía Ava, y yo también lloraba a veces extrañando a mi padre. Muchas veces. Lo echaba mucho de menos. Y lo único que me daba consuelo era correr al refugio en mi cuarto y ver sin parar mis cintas de Punky Brewster, bailar y cantar con los videoclips de los Back Streets Boys que me grababa mi tía en cintas VHS y ver una y otra vez Titanic, película que me obsesionaba y de la cual recreaba incluso los diálogos mientras la veía en la soledad de mi cuarto.

Soñaba con algún día ser al menos la mitad de espectacular que Kate Winslet bajándose tan elegantemente de ese coche antiguo y mirando el trasatlántico con la intensidad de mil mares y todas sus ilusiones por delante. Practicaba mucho mis miradas en el espejo para cuando yo pudiese debutar. Lo tenía claro. Mi destino era ser actriz. Y que mi madre y mi tía pudiesen tener una vida acomodada y que no llorasen ya nunca más.

Tenía tan solo ocho años y estaba llena de sueños e ilusiones, pero todo fuego comienza con una chispa, ¿verdad? Y yo podía ver dos de ellas brillando con gran intensidad en el reflejo que me devolvía el espejo.

Lo conseguiría. Algún día.

4

―No estás aún en condiciones de exponerte, Kate. ¿Estás segura de que quieres meter en casa a tanta gente?

―Mia cumple nueve años. Bastante ha cambiado ya su vida con su padre ausente. Quiero que tenga una fiesta como cualquier niño de su edad y que disfrute.

Escucho a tía Ava y a mamá detrás de la pared que conecta la cocina y el comedor. Sus voces llegan a mi sin complicaciones a través del amplio arco abierto que une las dos estancias mientras juego con una de las patitas de lana del reno que decora con relieve mi pijama navideño. Me hace feliz escuchar que tendría un cumpleaños con todos mis amigos, estaba deseando invitar a mis compañeros de clase. Y quizá Liam, mi mejor amigo, que vivía tan solo a tres casas de diferencia, ya estaría bien para venir también a mi fiesta, recuperado de sus fiebres.

―Ya sabes que por mí encantada de darle a todos esos palurdos que hablan de nosotras con un canto en los dientes. Pero tampoco quiero que lo pases peor. ¿Qué te dice tu psicóloga del tema?

Mamá estaba viendo a una psico... ¿Qué?

―Mi psicóloga está más que encantada de que retome mi rutina, mi vida y me centre en lo que sí está y me importa, en vez de lo que se ha ido por su propio pie y ha demostrado lo que es ―contesta orgullosa de sus avances a pesar de que tan solo han pasado dos meses desde que papá se marchó.

Tía Ava sonríe feliz de escuchar eso. Porque ella sabe lo mucho que la hemos escuchado llorar y los muchísimos días que no ha podido salir de la cama. No es fácil para ella y aun así se expone. Qué valiente es mi mamá. Yo también tenía que serlo con Adam.

―Pensaré de qué sabor hacer la tarta por si hay que estampársela a alguien en la cara ―bromea ella con su peculiar humor―. ¿Hacemos una especial para eso? ¿Que tenga trozos de galleta duros?

―¡Tía Ava! ―la regaña mamá―. Nadie va a clavarle a nadie trozos de galleta en la cara. ―Aunque la risa la delata un poquito pensando en tal idea.

El timbre suena y quiero lanzarme al suelo y patalear como una niña pequeña al saber quién está al otro lado del trozo de madera al que llamamos puerta de entrada. En cambio, doy patadas desordenadas al aire para aliviar mi rabia mientras arrugo la cara con fastidio.

―Mia, abre a Adam, anda ―comenta desde la cocina mientras ella y mi tía, que canta a pleno pulmón una canción sobre festines de la película La bella y la bestia, se afanan en buscar los moldes metálicos de las tartas en la pequeña despensa―. ¡Y sé amable!

―Pero, mamá... ―refunfuño, como todos los días desde hace meses, porque nos obligaban a pasar tiempo juntos para reconciliarnos y ser los mejores amigos. Como si eso pudiese ser posible.

El timbre vuelve a sonar con insistencia y mi madre pierde los nervios.

―¡Abre por Dios! Que deje de sonar ese cacharro.

La cara de tía de Ava asoma por el arco, sus ojos brillan y su labial rojo intenso también mientras me canta la canción Hay un amigo en mí, de la película Toy Story, a modo de mofa.

―¡Y tú deja de cantar ya y ven a preparar los ingredientes! Que el chocolate se va a derretir solo de escuchar esos agudos.

Tía Ava me guiña el ojo y regresa a su puesto en la cocina. Por mi parte, arrastro los pies hasta la puerta, con gran desgana, e intento respirar un par de veces mientras sujeto el pomo redondo y dorado. ¿Qué haría Kate Winslet en una situación así? Por supuesto, es la mejor actriz de todas y sería la mar de profesional aguantando a su vecino insoportable con esa elegancia que la caracteriza. Si quería ser actriz, tendría que comenzar a practicar el fingir ser amable con gente que no me caía bien. Me tomaría como un entrenamiento estas tardes de terror con Adam a las que nos obligaban tres veces por semana.

Abro la puerta y allí está él, sonriendo de manera inquietante, unos centímetros más alto que yo y con su pelo negro repeinado con raya al lado. Sostiene un par de juegos de mesa. Da un poquito de miedo, la verdad.

Cuando alzo la mirada, sus padres nos observan desde el porche de su casa felices de la vida.

―Hemos pensado que estaríais mejor hoy dentro, fuera hace fresquito ―chilla Ethan desde su posición―. ¡Que os divirtáis!

Muestro una sonrisa también, poniendo en práctica mis dotes artísticas, e invito a pasar a Adam.

Decido subir a mi habitación, las canciones de tía Ava mientras cocinaba podían poner de los nervios a cualquiera, aunque yo siempre le veía cierto encanto a sus desafines; era el sonido de mi hogar. Cuando entramos, él observa mi cuarto con curiosidad y con una sonrisilla que no sé descifrar. Aparte de mi cama decorada con mantas y cojines en malva, mis pósteres de Titanic, de Punky Brewster y de los Back Streets Boys, mi casita de muñecas, el escritorio repleto de libros y cintas de VHS, mi armario y mi pequeñita televisión, no sé qué podría llamarle tanto la atención. Se acerca a mi póster de los Back Streets Boys y vuelve a sonreír.

―¿A ti también te gustan estos feos? ―pregunta en tono de burla.

―Qué sabrás tú de lo bonito y de lo feo ―refunfuño mientras busco un VHS que contiene los últimos episodios grabados de Pokemon. A ambos nos gustaba la serie de anime y no teníamos que hablar demasiado―. Además, no te creas gracioso u original llamándolos así, la tía abuela Ava ya te ha ganado llamándolos pandilleros cutres y chulos.

Eso le hace reír aún más y, en verdad, su risa se me contagia, aunque no me guste que se metan con ellos y sus maravillosas canciones. Nos sentamos en el suelo, apoyados en la parte inferior de la cama, y disfrutamos ―o al menos lo intentamos― de los dos últimos capítulos que han emitido y que mamá me ha grabado. Aunque nos enzarzamos en una discusión sobre qué pokemon es mejor: él defiende a Pikachu, ya que es el más importante y el protagonista, y yo hago lo mismo con Jigglypuff.

―Pero si es una bola rosa que no vale para nada ―se queja.

―Lo primero, es adorable ―rebato―. Y lo segundo, es el más listo, porque sabe cómo engañarlos siendo un algodoncito de azúcar. ¡Y luego se ríe de todos pintándole las caras cuando menos se lo esperan! Es genial.

―Mira, como tú, entonces. Pareces adorable, pero luego eres más mala...

―¡El malo y molesto eres tú, Moscardón!

―¿Quizá debería cambiarte el mote de Pelopaja a Jigglypaja? Te pones muy rosa cuando te enfadas.

La puerta se abre de repente y asoma la cabeza de mamá con gesto serio. Visita de control, debemos de haber alzado la voz.

―Niños, haya paz, por favor.

Adam pone su mejor cara de no haber roto un plato y le sonríe.

―Perdón, Katherine, no volverá a ocurrir.

Mi madre pone los ojos en blanco, porque sabe que sí, que volverá a ocurrir como lleva ocurriendo desde hace dos años. No sé por qué no se dan ya cuenta de que Adam y yo somos como el agua y el aceite, el día y la noche, Pikachu y Jigglypuff.

Tras el toque de atención, intentamos volver a mantener la compostura. Jugamos al Scrabble, donde nos insultamos en silencio continuamente colocando palabras sobre el tablero, todas las reprobables que niños de ocho años podrían poner. Luego, jugamos a Mr. Mouth, un juego donde, mediante una mano que hace las veces de catapulta, debemos encestar mosquitas de plástico de colores en la boca de nuestra rana. No tengo que explicar dónde estaban acabando esos pequeños insectos, solo diré que, en todos lados, menos en la boca de nuestra amiga anfibia.

Después, mamá me llama para que merendemos un zumo con galletas recién horneadas. Bajo a por ellas y las comemos en mi cuarto, que está manga por hombro, mientras desviamos la vista por la habitación en silencio sin saber de qué hablar; solo el ruido de nuestras bocas ronchando esas delicias de harina y azúcar rompe la quietud. Es Adam el que habla primero cuando se termina su zumo:

―¿Dónde está tu padre?

5

Detengo el camino de la galleta que estaba a punto de alcanzar mi boca y la vuelvo a dejar en la bandeja.

―No lo sé ―confieso con sinceridad―. Aquel día peleó con mamá y él se marchó con otra mujer. Desde entonces no le he vuelto a ver.

Agacho la mirada intentando no llorar. Y menos delante de Moscardón. Le daría motivos para burlarse de por vida. Pero, en vez de reírse o mofarse, él se acerca un poco más a mí y me mira frunciendo el ceño.

―Mis padres me abandonaron en un contenedor de basura ―comenta él, también cabizbajo―. No recuerdo mucho de la casa de acogida, pero leí todo en unos papeles que guardan Ethan y Oliver.

Lo miro con compasión, algo que no sabía que podía llegar a sentir por él, nunca. ¿Estará mintiendo para dar pena? Sea de un modo u otro no quiero hacerle sentir mal, ahora mismo no.

―Pero ahora tienes una familia que te quiere ―le consuelo, porque me sale así hacerlo, aunque no soporte a este niño.

―Y tengo dos padres. Si quieres te puedo prestar uno.

Me hace reír con su ocurrencia. Nada más me faltaba a mí a Ethan u Oliver de padre y a Adam de hermanastro.

―El mayor favor que me puedes hacer es dejar de molestarme.

―Eso ni lo sueñes, Pelopaja. ¿Qué haría yo sin ti? ―Mira su reloj de muñeca―. Me tengo que ir a casa a hacer los deberes.

El alivio me inunda. Dos horas con Adam eran como cinco días en el infierno. Asiento y lo invito a marcharse y a llevarse sus juegos. Cuando mamá lo despide en la puerta, y yo lo recojo todo en mi cuarto, bajo a ver la tele con ellas un rato y me enseñan la tarta que degustaremos en mi cumpleaños dentro de un par de días.

Quedo entusiasmada con la idea de probar ese enorme pastel de chocolate con relleno de vainilla y galletas muy pronto. Cuando subo a dormir, cosa que cada vez me gusta más hacer sola como una niña de casi nueve años que soy, me siento con el corazón un poquito mejor después de la horrenda tarde con Adam. Como todas las noches, me siento en mi cama y admiro mis pósteres soñando con algún día convertirme en una gran estrella como ellos y empapelar las habitaciones de otros niños con mi cara. Es toda una motivación para mí. Hasta que detengo mi mirada en el póster de mis Back Streets Boys y reparo en el gran bigote negro que tiene pintado Nick Carter. Y en las ojeras que tiene Bryan. ¡Y en los mocos que le cuelgan de la nariz de A. J., Kevin y Howie!

Debajo de ellos, estropeando mi póster aún más, una frase: «No fui yo, fue tu Jigglypuff ^-^».

Dejo escapar un grito agudo que rompe con el silencio de la noche.

A la mañana siguiente, intento no pensar en mi póster destruido mientras reparto las invitaciones de mi cumpleaños a mis compañeros de clase. Todos se muestran emocionados de recibirla y sonríen confirmando su asistencia. Cuando se la tiendo a Liam, mi mejor amigo, que ya recuperado ha vuelto a clase, los dos chillamos de emoción.

―Tu madre siempre prepara los mejores cumpleaños de Santa Clarita ―comenta emocionado mientras se echa un mechón de pelo castaño hacia atrás, liberando sus ojos―. ¡Qué digo de Santa Clarita!, ¡de California entera!

―La verdad que sí. Estoy deseando ver mi sorpresa de este año.

―¿Crees que te regalarán ese perrito que tanto quieres desde hace unos años?

Abro los ojos como platos de imaginármelo y mi corazón explota de alegría y expectación.

―¿Te imaginas, Liam? ―pregunto llena de nervios y emoción.

―¡Sería tan chulo! Ni papá ni mamá me quieren comprar un triste hámster, dicen que no entran animales en la casa mientras ellos vivan. ―Intenta imitar la voz de su padre―: «Cuando seas mayor tendrás lo que te dé la gana, Liam», pero es que yo lo quiero ahora. Dios, Mia, ¡qué envidia!

Alguien pasa por mi lado empujándome levemente. Me apoyo en el pupitre de mi amigo para no perder del todo el equilibrio.

―Si te regalan un perro, igual se escapa a los dos días, Pelopaja. No hay quien te aguante.

Me enfurece su comentario y todo lo que me hace. Los bigotes, ojeras y mocos de mis adorados cinco ángeles cantores vuelven a mi mente. Y toda la rabia que tenía acumulada me hace soltar algo que no pienso antes de decir.

―Tus padres tampoco lo hacían, te dejaron tirado porque tampoco te aguantaban.

Liam contiene el aliento y varios niños de la clase también. Adam se pone blanco. Automáticamente deja de mirarme y agacha la cabeza muy ofendido. Y, aunque he logrado mi cometido de devolverle un poco todo el daño que me hace, no me siento orgullosa en absoluto, y eso que he omitido la parte de la basura. Las palabras de mamá vuelven a mi cabeza: «La gente buena hace cosas buenas, no te rebajes a su nivel».

Avergonzada, intento contener las lágrimas y, tras rebuscar en las pocas invitaciones que me quedan por repartir, me encamino hacia él con una en la mano y se la tiendo. Él la mira, dolido y con desprecio.

―No quiero ir a tu estúpida fiesta ―sentencia.

―Mamá me ha obligado a invitarte ―contesto con demasiada sinceridad y resoplando―. Cógela.

Él sigue ignorándome mientras saca su libro y sus libretas.

―Lo siento, Adam. ―Él ahora sí que me mira―. No debí haber dicho eso. Acepta la invitación a modo de perdón.

Él me la arrebata de la mano con brusquedad, la lee y sonríe.

―Supongo que será divertido asistir a la fiesta de una niña a la que su padre ha cambiado por otra familia.

Vale, me lo merecía. Pero, aun así, no puedo evitar salir corriendo y llorar en los baños hasta que la profesora White me encuentra desconsolada.

Esta vez no acabamos en la sala del director del colegio, sino en el salón de la casa de los Sullivan, con nuestros tres progenitores volviendo a regañarnos.

―Chicos, de verdad... ¡Basta ya! ―ordena Oliver enfadado mientras Ethan se cruza de brazos y suspira. Mamá imita su posición con cara de cansada también―. No sabemos qué hacer ya para que os tratéis bien y con respeto. Sois vecinos, sois de la misma edad y podríais ser unos amigos estupendos si dejaseis de lado lo orgullosos y lo testarudos que sois ambos.

―Y mirad, sí ―rompe el silencio Ethan dando un paso al frente para retomar la charla de su marido―, para la sociedad de hoy, por muy moderna que nos quieran vender que es, somos familias extrañas. Dos homosexuales adoptando un hijo y una madre divorciada que se ha quedado sola criando a su hija. Pasa cada día. Pero aún nos atrevemos a criticarlo y a convertirlo en un arma para hacer daño en vez de centrarnos en el muchísimo amor que hay en nuestras familias. Con sus cosas buenas y sus fallos.

Ambos escuchamos sin mediar palabra desde su cómodo sofá de terciopelo azul turquesa.

―No podemos elegir nuestras circunstancias, pero sí qué hacer con ellas. ―Mamá se acerca a nosotros―. Por favor, trataos bien. Vamos a ser todos felices y construir algo bonito. Ya bastante malo hemos tenido.

Nos miramos Adam y yo en silencio, firmando una pequeña tregua sin mediar palabra al ver a nuestros padres tan afectados. Aunque, de repente, una vocecilla familiar a nuestras espaldas nos interrumpe a todos.

―Yo creo que en realidad se gustan mucho.

Esa frase nos hace volvernos hacia atrás, sobresaltados. Liam está de pie, en el vestíbulo de la casa de los Sullivan, con sus pequeños ojillos negros brillando y sonriendo.

―¿Cómo has entrado? ―pregunta Oliver con sus ojos verdes bien abiertos, tanto por su presencia como por la afirmación que acaba de soltar.

―Estaba la puerta entreabierta y me dio curiosidad ―se excusa él como si colarse en casas ajenas fuese lo más normal del universo. Liam era así: loquito y bastante inquieto y perspicaz.

―¿Qué es lo que acabas de decir? ―pregunta mi madre con voz ahogada, refiriéndose a lo de antes.

―Mi madre siempre dice que los que se pelean se desean ―explica―. Y ellos vaya que se tiran los trastos un montón. Además, muchas veces veo a Adam observando a Mia mientras ella no se da cuenta...

Adam se pone de pie de repente y le grita que se calle. Liam se asusta y echa a correr hacia su casa y tanto Ethan como Oliver intentan calmar a su hijo. Yo estoy tan impactada que ni siquiera reacciono.

¡Qué tonterías tenía este Liam! Él y yo vamos a hablar seriamente.

―Venga, chicos, da igual lo que ha dicho ese niño, vamos a hacer como que no ha pasado nada, ¿vale? Daos la mano y pediros perdón como buenos amiguitos.

Nos empujan a acercarnos y a tender las manos. Nos sostenemos la mirada mientras sopesamos cómo actuar. Pero, como la

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