Así empieza «El susurro del fuego», la nueva novela de Javier Castillo
Tenerife, 2019. Mario y Laura Ardoz, hermanos mellizos, visitan las islas Canarias: él acaba de recibir su última sesión de quimioterapia; ella cree que ese viaje es la mejor manera de volver a empezar tras el cáncer. Pero Mario sufre una recaída que lo mantiene ingresado en el hospital un par de días. A su salida descubre que su hermana ha desaparecido y su móvil la ubica en un paraje desolado por la lava. Se inicia así una búsqueda contrarreloj y una lucha con el fuego que parece abrirse bajo sus pies... ¿Qué le sucedió a Laura Ardoz?
Bajo estas líneas tenéis las primeras páginas de «El susurro del fuego», el esperadísimo regreso de Javier Castillo, fenómeno de éxito mundial con más de 2.500.000 ejemplares vendidos. Editado de nuevo por Suma, el título estará disponible en librerías y plataformas digitales desde el 1 de octubre de 2025.

El susurro del fuego, el nuevo libro de Javier Castillo, estará disponible el 1 de octubre de 2025, pero puedes adquirirlo en preventa pinchando en este enlace.
Introducción
Tenerife, islas Canarias
Sábado, 19 de octubre de 2019
Solo aprendemos la lección cuando la vida
nos pone a nosotros mismos de ejemplo.
Mario conducía en soledad bajo un sol radiante. Los rayos de luz se colaban entre los árboles como pilares fantasmales y golpeaban su piel pálida. Tenía la capucha de la sudadera puesta y agarraba el volante del coche de alquiler con fuerza. En la muñeca derecha aún llevaba puesta la pulsera del Hospital Universitario de Canarias donde se podía leer: «M. Ardoz, 23/04/1994». La arrancó de un tirón y susurró:
—¿Dónde estás, Laura?
Giró en una curva pronunciada a la derecha en la carretera de la Esperanza y continuó el ascenso hacia el Teide desde el norte de la isla. Estaba molesto con su hermana por no haber vuelto al hospital por la mañana tal y como habían acordado. Él había estado tres días allí por culpa de una fiebre inoportuna y aquel ingreso había supuesto un parón imprevisto de las vacaciones que estaban pasando juntos. Había sufrido una caída en picado de sus defensas, que se había manifestado como una fiebre intermitente seguida de escalofríos esporádicos, como si su cuerpo rugiera desde dentro anunciando un temblor de tierra.
—Se te ve mejor —le había dicho Laura en voz baja el día anterior a los pies de la cama—. Tu piel ha pasado de blanco a color hueso. Es un avance —bromeó.
—Creo que ya estoy bien —respondió Mario—. Ahora solo necesito que me den el alta y salir de aquí. Odio esta ropa. Necesito taparme la cabeza. No me gusta que me veas así —añadió al tiempo que se pasaba la mano por ella y acariciaba su piel.
—Yo te veo guapo —le contestó su hermana—. Sin pelo pero guapo —aclaró—. A ver, estás un poco marciano, pero sigues siendo atractivo. —Sonrió. Luego bajó la voz y se acercó a él—: ¿No has visto cómo te miraba la enfermera?
—Sí. Con pena —respondió él, irónico—. Seguro que ha pensado: «Ese chico guapo se está muriendo».
—No seas idiota —protestó ella tratando de levantarle la moral—. No te vas a morir. Es solo una caída de las defensas. Le pasa a mucha gente que se somete a quimioterapia.
—Sabes que no me refiero a esto de ahora.
Mario agachó la mirada y bufó por la nariz.
—¿A qué te refieres? —inquirió Laura dejando ver que le molestaba su manera de abordar aquel tema.
—A si crees que habrá salido todo bien —preguntó él de repente con la voz apagada—. La operación, la quimio, ya sabes. Si ha terminado todo y no se ha extendido.
—Mírame, Mario —le ordenó, pero él batalló contra ella y agachó la cabeza—. ¡Eh! ¡Mírame! —insistió mientras se acercaba y se sentaba a su lado en la cama—. Claro que ha salido bien. ¿Me oyes? Se acabó el cáncer. Se acabó. Tienes veinticinco años. Toda la vida por delante. El índice de supervivencia es del ochenta y cinco por ciento. ¿Acaso crees que formarás parte de ese quince que muere?
—Y de apenas el cincuenta por ciento a los cinco años… —replicó él—. ¿Tienes una moneda?
—A veces pienso que eres idiota. Un cerebrito pero idiota.
—A alguien le tiene que tocar, ¿no?
—¿Y por qué a ti? —cuestionó ella.
—¿Y por qué no a mí? La vida va de esto, ¿no? De jugar una y otra vez a la ruleta hasta que lo perdemos todo. Nos arriesgamos cada día, una y otra vez, hasta que se acaba. Cruzamos la calle corriendo, volamos en avión, montamos en coche, masticamos con prisa la comida. ¿Sabes cuánta gente muere al año por atragantamiento?
Laura negó con la cabeza y luego suspiró, dolida.
—La vida no solo son matemáticas, Mario. Yo lo sé bien. Deberías haberte venido aquí conmigo y no quedarte en Madrid, consumiéndote en la soledad y la luz fluorescente. Podríamos haber estudiado juntos. Hay mucha más vida lejos de una pantalla de ordenador.
—Pero respóndeme, ¿qué tengo distinto a los demás con osteosarcoma que haga que merezca caer del lado bueno de las estadísticas? ¿Por qué no me debería tocar a mí?
—Porque ya hemos tenido suficiente, Mario —sentenció ella en un tono que parecía estar cargado de demasiados recuerdos difíciles.
Él advirtió que aquellas palabras habían cruzado una línea de tristeza y guardó silencio un instante. Le acarició la mano a Laura y se fijó un segundo en la clara diferencia que existía entre la piel de ambos y en cómo la distancia entre los dos, a pesar de ser hermanos, la había moldeado. La de ella, más tostada y tersa, consecuencia de su vida y estudios en la isla; la de él, pálida, fría y desde los últimos meses visiblemente más frágil. La de Laura parecía surgir del fuego; la de Mario, un fragmento desprendido de un iceberg que se derretía. Ambos tenían personalidades opuestas surgidas de los mismos padres, pero orbitaban como dos cuerpos celestiales inseparables.
Ella agachó la cabeza para no mirarlo y él se dio cuenta de que verbalizar su desesperanza solo empeoraba las cosas. Se fijó en la pulsera de hilo en la muñeca de su hermana y en que la había llevado tanto tiempo puesta que su rojo oscuro había dejado paso a un rosa apagado. De pronto, Mario sintió sobre su mano el ligero impacto de algo cálido, una lágrima de Laura.
—«Siempre juntos, para siempre». ¿No era así? —dijo Mario—. Nuestra promesa. Cuando uno de los dos no encuentra las palabras adecuadas, podemos usarla y el otro está obligado a perdonarlo.
Laura esbozó una débil sonrisa sin mirarlo.
—Ya no somos niños, Mario —exhaló con un bufido.
—Lo siento, Laura. Sé que solo quieres animarme, pero yo no veo las cosas del mismo modo que tú.
Ella asintió y tragó saliva con evidente tristeza. En silencio, él acarició la lágrima que descansaba sobre su mano. Laura se echó sobre su hermano y lo abrazó.
—Siempre juntos, para siempre —respondió ella al fin con su voz convertida en un suspiro.
Estuvieron varios segundos así, callados, unidos y distantes, hablando el idioma del dolor, hasta que de pronto ella miró la hora y se puso en pie. Con el fin de recomponerse, se secó el rostro y se apartó el pelo de la cara mientras buscaba por la habitación su bolso y su móvil.
—¿Te marchas ya? —preguntó él, contrariado.
—Tengo que hacer algunas cosas y quiero aprovechar que mi huésped está bien cuidado aquí —dijo esquiva—. Así te dejo algo de intimidad con tu enfermera —bromeó, algo distante.
—Pero es temprano —le reprochó Mario—. Ayer también te fuiste a esta hora. Son las tres. Podrías quedarte un par de horas más. Incluso te puedes comer luego mi merienda o quedarte a cenar. El día es larguísimo aquí solo. Yo tengo el estómago cerrado.
—¿Comida de hospital? Creo que voy a pasar. Es solo una noche más. Y tienes la tele. Mañana seguro que te darán el alta y seguimos con nuestro viaje juntos por la isla, ¿vale? Tienes mucho que ver aún. Estaré aquí a primera hora.
Laura se colgó el bolso, se acercó a su hermano y lo besó en la frente, en un gesto que duró más que de costumbre.
—Está bien. Pero mañana, si al fin me dan el alta, quiero que me lleves a tu lugar favorito de la isla. Yo conduzco, ¿vale?
—Prometido. Empezamos por Los Gigantes. No lo busques en internet —dijo al tiempo que sacudía su iPhone en el aire—. Mejor que no sepas lo que es. Que te sorprenda como la primera vez que yo estuve allí. Es un lugar… —rebuscó la mejor forma de describirlo sin dar pistas— que te enseña demasiado.
—Tengo ya poco tiempo para aprender —respondió Mario con media sonrisa.
Laura emitió un ligero bufido y asintió. Luego se dirigió hacia la puerta y, al llegar, se giró y contempló a su hermano en silencio.
—Ojalá pudieses ver la vida con otros ojos, Mario. Quizá la isla te enseñe a hacerlo.
—Enséñame tú, Laura —respondió Mario—. Puede que tenga mucho que aprender de ti.
—Lo estoy intentando —replicó ella a modo de despedida, justo antes de desaparecer al otro lado de la puerta.
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Mario desvió la mirada de su móvil, que se deslizaba de un lado a otro del asiento del copiloto, y comprobó de nuevo en el mapa el lugar de la última conexión de Laura, que se mostraba como un punto azul en mitad del Parque Nacional del Teide en la aplicación Buscar del iPhone. Compartían cuenta de iCloud, al igual que toda una infancia, y según el móvil ella estaba allí, pero no atendía a las llamadas.
—¿A qué estás jugando, Laura? ¿Qué hace tu teléfono ahí? —susurró al tiempo que volvía a fijar su vista en la carretera, que se deslizaba bajo el coche como un río negro que se había abierto paso entre los árboles sin pedir permiso. A ojos de Mario, su hermana estaba en mitad de la nada, en un tramo recto de una carretera solitaria—. ¿Por qué no respondes? —protestó, preocupado.
Avanzó durante unos minutos entre el bosque de pinos y la alfombra de acículas marrones que la naturaleza había tejido a ambos lados de la carretera, hasta que al fin el paisaje se abrió y observó desde el vehículo cómo la vegetación profunda del norte de la isla se desparramaba como un manto verde hasta encontrarse con el Atlántico. Se fijó en el Teide, el volcán que se elevaba imponente en la lejanía hacia la que él se dirigía, y recordó que su hermana y él se habían prometido subir juntos al parque nacional como broche final de aquel viaje.
Mario se tocó la pierna al sentir una ligera molestia tras pisar un bache en la carretera. Se había recuperado bien de la operación tres meses antes, pero de vez en cuando notaba una punzada sobre la rodilla que le hacía apretar la mandíbula. Palpó la cicatriz bajo la tela del vaquero y recordó en imágenes rápidas los primeros pasos con las muletas, la bolsa con el tratamiento colgando a su lado, el instante en que se le quedó en la mano el primer mechón de pelo. Ya caminaba sin muletas pero con esfuerzo. La quimio, en cambio, cuya última sesión había sido dos semanas antes en Madrid, había evaporado sus defensas al mismo tiempo que había reducido al mínimo el hambre que pudiese tener y el vello de los brazos, las piernas y la cabeza; era un precio que pagar por destruir lo que estaba devorándolo por dentro. Había tenido la suerte de mantener las cejas y las pestañas, pero con menor densidad, y su piel se había convertido en una fina capa que se descamaba con facilidad si la acariciabas con fuerza.
Marcó el teléfono de su hermana una vez más, pero, tras varios tonos, el buzón de voz lo invitó a dejar un mensaje.
—¡Joder! —gritó nervioso al tiempo que tiraba el móvil sobre el asiento del copiloto.
Se la imaginó allí a su lado, con el perfil contorneado sobre la ventanilla del coche, con los pies descalzos, apoyados sobre el salpicadero. Y, mientras, él iba conduciendo a la vez que seguía las indicaciones de Laura hacia los secretos de la isla.
Aceleró el ritmo del coche y, al girar en una curva pronunciada a la izquierda, se encontró de bruces con la Tarta del Teide, una formación rocosa que se imponía delante de él como un muro vertical colorido. En su pared se podían ver las distintas coladas volcánicas que se habían superpuesto las unas sobre las otras, en blancos, negros y rojizos, como un pastel que se había horneado a fuego lento durante milenios. Tras dejarla atrás y avanzar por un paisaje desolador conforme más ascendía hacia las tierras marcianas de la isla, sintió un escalofrío. Se estaba dirigiendo a los pies del Observatorio Astronómico del Teide, cuyo blanco perfecto destacaba sobre la montaña como si fuesen huevos plantados por la humanidad. Allí estaba terminando Laura su posgrado en Astrofísica y desde allí lo había llamado innumerables veces en mitad de la noche.
—Joder, Laura. Esto no me hace gracia —masculló en voz alta, con una intranquilidad creciente en el pecho.
Esa mañana se había despertado a las ocho y media por culpa de una enfermera que había entrado a la habitación a tomarle la temperatura. Fue entonces cuando comprobó que tenía una llamada perdida de su hermana. No la había escuchado y fue realizada a las 7:14. Confuso, él le escribió varios mensajes y la llamó de vuelta una decena de veces, pero no obtuvo respuesta. Mientras esperaba la confirmación de que se había recuperado y le daban el alta, se la había imaginado tumbada en la cama de su estudio en La Laguna, dormida sobre el ordenador, ni siquiera allí lo soltaba. Era la única explicación que lograba articular en su mente.
Tras recibir el alta del hospital, se vistió con su ropa de calle —pantalón corto, sudadera gris, Converse negras y un viejo reloj de su padre— y la esperó sentado en la entrada del hospital con la esperanza de que apareciera por allí como le había prometido.
Sin su hermana a su lado y sin poder comunicarse con ella, se sentía un simple turista en tierras extrañas. Esperó unos minutos en la puerta y, tras un último intento al teléfono sin éxito, pidió un taxi que lo llevó al centro de La Laguna, donde vivía su hermana y donde él había dormido una sola noche antes de caer enfermo. No tenía llaves, así que llamó al timbre de su portal y esperó impaciente, pero no obtuvo respuesta.
Fue entonces cuando recordó que compartían cuenta en iCloud, así que abrió la aplicación con prisa y se sorprendió cuando vio en el mapa que su hermana estaba en el Teide convertida en un punto azul inmóvil.
—¿Qué quieres decirme, Laura? —dijo en voz alta mientras subía un último tramo por la carretera de montaña escoltado por hierbas pajoneras y tajinastes rojos, que emergían aquí y allá sobre la omnipresente roca volcánica gris rojiza.
Pasó de largo junto al teleférico que ascendía al Teide y, poco después, se fijó sin querer en la cruz que lideraba una pequeña ermita construida junto al centro de visitantes del parque nacional. Estaba cerca y, al ver que durante todo el camino el punto azul en el mapa no se había movido lo más mínimo, en las profundidades de su mente habían empezado a fraguarse distintas ideas que ya habían dado sus primeras dentelladas a su entereza. Tal vez alguien podría haberle robado el teléfono y haberlo tirado por allí. O quizá ella, el día anterior, tras marcharse del hospital, había ido hasta aquel lugar y lo había perdido sin darse cuenta.
Giró una última vez a la derecha y se adentró en una carretera recta que le hizo contener el aliento al sentirse rodeado de una lava negra que ofrecía un paisaje desolado. Estaba cerca, era allí, a media altura de aquel tramo solitario. La colada negra se extendía frente a él como un río petrificado de rocas, tierra y fragmentos del interior de la isla, y Mario se sorprendió al comprobar que podía ver exactamente el cráter desde el que había surgido aquella erupción. De repente, divisó frente a él varios coches que se agolpaban en el camino y que cortaban el paso a pocos metros de donde indicaba el móvil que debía estar Laura.
—Pero ¿qué…? —dijo confuso en voz alta mientras detenía el vehículo detrás de un Peugeot blanco con pegatina de alquiler.
Se bajó para ver qué bloqueaba el camino y, al levantar la vista por encima de los demás coches, sintió aquel golpe interior en su corazón al identificar tres unidades de la Guardia Civil en el epicentro de aquel atasco.
—¡Laura! —exclamó preocupado.
Corrió abriéndose paso entre los automóviles y los turistas que también se habían bajado para ver qué estaba ocurriendo y por qué no podían avanzar, hasta que se encontró de bruces con la cinta de un cordón policial que circundaba el perímetro de los tres vehículos policiales. A un lado, parado junto al borde del casi inexistente arcén, destacaba el coche de su hermana, un Toyota gris, con la puerta abierta y sin rastro de ella en su interior.
—¡Laura! —chilló Mario con rabia colándose por debajo de la cinta en dirección al vehículo.
—¡Oiga, no puede pasar! —le ordenó una guardia civil de melena castaña que le cortó el paso.
—¡Es el coche de mi hermana! —gritó—. ¿Dónde está? ¿Le ha pasado algo?
—¡Quédese ahí! —le gritó la mujer justo en el momento en que otros dos agentes se acercaban y hacían aspavientos con las manos para que no pasara.
Pero Mario sintió aquel ímpetu imposible de contener, corrió hacia ella con desesperación y trató de rodearla. La mujer lo agarró como pudo, pero él tiró de ella con un grito de angustia. La cicatriz de la pierna le lanzó una punzada de dolor, como si lo avisara de que no diese un paso más, justo en el instante en que otro agente le daba alcance y también trataba de inmovilizarlo, pero fue insuficiente.
—¡Mi hermana! —chilló Mario al tiempo que se revolvía sobre sí mismo y conseguía zafarse de la mujer, que cayó al suelo con impotencia.
El otro agente tiraba de él desde atrás mientras él forcejeaba con rabia hasta ascender el desnivel entre la carretera y la lava fría, y fue entonces cuando lo vio: a pocos metros de la carretera, sobre las rocas y en una posición imposible, descansaba el cuerpo semidesnudo de su hermana, que miraba al cielo con expresión inerte.
—¡No! —aulló Mario colérico—. ¡Laura!
