Una novela en 52 obras maestras
Marta Pérez-Carbonell: «Estaba poseída por el mundo de Javier Marías cuando empecé a escribir "Nada más ilusorio"»
Durante un viaje nocturno en tren de Londres a Edimburgo, una mujer comparte trayecto con dos desconocidos y conversa con ellos sobre sus vidas. Uno de ellos relata su compleja relación con un joven que le confió su difícil infancia, la cual marcó profundamente su vida. Poco después, este hombre escribió una novela que parecía reflejar demasiado ese episodio. ¿Es ético escribir sobre lo que se nos confía en privado? ¿Dónde están los límites de la ficción? Esta historia atrapa a la protagonista y reaviva sus propios recuerdos, despertando su necesidad de descubrir qué sucedió realmente con esos dos desconocidos. «Nada más ilusorio» (Lumen, 2024), la primera novela de Marta Pérez-Carbonell, profesora de literatura española en la Universidad Colgate de Nueva York, explora las historias que nos contamos, el rol de la literatura y la delicada línea entre lo real y lo ficticio. El periodista y escritor Juan Cruz Ruiz conversa con ella sobre este debut, un relato marcado por las traiciones, la pérdida y la culpa que fue vendido en ocho países antes de su publicación.
Por Juan Cruz Ruiz

Marta Pérez-Carbonell. Crédito: Jeosm.
Esta novela, Nada más ilusorio, la primera de Marta Pérez-Carbonell, es una sorpresa y es, además, una emocionante contribución a la literatura que inspira su estilo, su modo de decir: la prosa de Javier Marías. Ella empezó a escribir la novela cuando estaba terminando una tesis sobre el autor de Negra espalda del tiempo. Lo que ella dice de esta inspiración decisiva en su formación literaria es en sí misma una explicación del trabajo narrativo con el que debuta en la ficción en lengua castellana: como si esta primera contribución fuera parte de una historia muy larga, realmente interminable.
Y, sin duda, ha de ser el principio de una historia fructífera, pues la esencia que derrama aquí, es lo que dice de la novela y de ella Rosa Montero: «Esta novela es una aventura inesperada. Una sutil telaraña de historias y palabras que fascina y envuelve, que te atrapa inadvertidamente, como le ocurre al niño que escucha boquiabierto un bello cuento; un debut poderoso e inolvidable».
Ella recoge en este debut poderoso una frase de Ricardo Piglia, raíz del título («No hay, a la vez, nada más real ni nada más ilusorio que el acto de leer»), para explicar su propia manera de acercarse a su propia pasión literaria. Como lectora se presenta con esta novela de lectores cuyo porvenir ya excede la sensación que ella tuvo al final de su propia escritura, que fue melancólico y abierto, como si no hubiera querido terminar el libro nunca.
Al periodista le pasó algo parecido hablando con ella: no hubiera querido que se acabara jamás esta entusiasta conversación sobre la escritura de alguien que parece soñar escribiendo, y leyendo, y soñando, siempre metida en un tren del que le da miedo o rabia o melancolía bajarse.
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Juan Cruz Ruiz: ¿Qué maestros hay detrás de tu literatura? ¿Quién te hizo decir primero «yo quiero ser una escritora»?
Marta Pérez-Carbonell: El primero fue Javier Marías. Ese destello dio lugar a que yo escribiera sobre él mi tesis doctoral. No sabía si hacerla hasta que empecé a adentrarme en su obra. Fue haciendo esa tesis, hace diez años, cuando yo empecé a concebir esta novela… Fue cuando tuve las primeras imágenes de este tren, este comienzo en que tres personajes se conocen… Lo tenía en la cabeza, y venía de la influencia de Marías. Su voz lo ocupaba todo, así que tuve que hacer un ejercicio para depurar un poco esa influencia, porque entonces yo escuchaba su voz más que ninguna otra. Hubo otras voces, como las de Rosa Montero o Juan José Millás, y ecos de Lucy Barton, de Elizabeth Strout… Uno escribe, me parece, intentando parecerse a lo que le gusta leer, atendiendo a la voz que escucha dentro. Esas voces tenían para mi una consecuencia: la pausa que me proporcionaban, cada una en su estilo. Esos destellos estaban conmigo antes de empezar a escuchar a los personajes que serían finalmente la esencia del libro.
Juan Cruz Ruiz: ¿Y cómo vino esa coincidencia de tren y literatura? Es como si el tren fuera escribiendo contigo…
Marta Pérez-Carbonell: Sí, totalmente. Es aquella noche que va avanzando, como el tren, a través de la negrura, mientras que yo misma caminaba a través de la misma oscuridad, en pos de inventar una historia. La imagen más clara que sentí fue la de esta mujer que viajaba en el tren de noche y se encontraba con aquellos desconocidos. Uno de ellos había escrito una historia, una novela que había sido controvertida. Yo misma quería escribir una novela, de modo que la que él había escrito iba a ser parte de la que se me estaba ocurriendo. Si yo misma hubiera tenido un libro no me hubiera acercado a esa historia. Yo leo en los trenes, porque ahí no me mareo, así que ahí empecé a darme cuenta de que el tren y esos personajes que me surgieron no solo me ofrecían una historia, sino que me estaban contando un libro que yo a mi vez iba a contar.
«Su voz [la de Javier Marías] lo ocupaba todo, así que tuve que hacer un ejercicio para depurar un poco esa influencia, porque entonces yo escuchaba su voz más que ninguna otra. Hubo otras voces, como las de Rosa Montero o Juan José Millás, y ecos de Lucy Barton, de Elizabeth Strout… Uno escribe, me parece, intentando parecerse a lo que le gusta leer».
Juan Cruz Ruiz: ¿No sería que tú ya llevabas esa historia dentro?
Marta Pérez-Carbonell: Yo creo que sí, y por mucho tiempo… Cuando tenía 18 años hice por primera vez esos viajes del Interrail, con esos billetes ilimitados del verano que te permitían viajar por toda Europa. Como era estudiante y no tenía dinero, siempre dormía en el tren. Ahí pasaba las noches. De modo que estaba la latencia de esa escritura. Pero era difícil tirar del hilo, me daba mucho respeto escribir, y más aun tirar de un hilo que convirtiera mis pensamientos o mis ocurrencias en ficción. Cuando fueron pasando los años y yo supe más de literatura y, además, fui estudiando a los grandes autores que forman parte de mi vida, sí me atreví a tirar de ese hilo de la imaginación. Así que esa historia que ahora cuento, el tren, la imaginación, la novela, que había estado congelada, surgió de nuevo y, precisamente, en un tren. Diez años estuvo congelada esa imagen. Me fui a Estados Unidos, terminé la tesis, la dejé porque no me atrevía, conseguí otro trabajo, y ahí seguía el libro que quería escribir; la historia existía como si alguien me la estuviera contando.
Juan Cruz Ruiz: O sea, existía la historia, tenía huesos y carne y sangre, estaban los personajes, seguían acompañándote en el tren…
Marta Pérez-Carbonell: Así es. Como si realmente fueran pasajeros del tren y como si yo estuviera agazapada en la esquina del compartimento, escuchándolos, fijándome en lo que se decían entre ellos. Ahí estaba Terry, el autor de la novela que figura como eje del libro, lo sentí con sus vulnerabilidades y con sus aspiraciones.

Marta Pérez-Carbonell. Crédito: Jeosm.
Juan Cruz Ruiz: Y ese Terry que no existe, y que aparece enseguida en el libro, se dirige a la autora y le pregunta qué siente ante lo que ocurre en su propia novela, que va de un amigo que puede estar enrabietado porque él, en su propia novela, ha dado cuenta de sus intimidades… Le parece al lector, que en este caso soy yo, que eso ocurrió de veras.
Marta Pérez-Carbonell: Y ocurrió de veras… Bueno, no ocurrió. No pasó como si hubiera sucedido entre estas cuatro paredes de la oficina en la que estamos hablando, por supuesto que no. Pero ocurrió. Ocurrió en esa Negra espalda del tiempo que es la literatura, por decirlo con el título tan hermoso de Javier Marías. Ocurrió en este caso que Terry, aquel autor, me preguntó algo y yo sentí que tenía que ocuparme desde entonces de la historia que él mismo había escrito.
Juan Cruz Ruiz: A lo mejor eso es lo que se llama inspiración…
Marta Pérez-Carbonell: A lo mejor es eso. Esa es la magia, que parece un misterio recóndito que viene desde dentro, aunque la sientas como ajena. Yo sentía que llegaba de lejos, sabiendo que sólo podía estar en un órgano interno y que, en cuanto salió a flote, se convirtió para mi en adictiva una vez empecé a tirar del hilo. Y claro que fue adictivo todo el proceso, porque de pronto lo único que me interesaba era precisamente esto, escuchar a estos personajes hablando en el tren, escuchándolos, comprobando cuáles eran sus padecimientos, cuál era el padecer de Terry sintiendo que su amigo estuviera enfadado por las intimidades que él había contado sobre su vida…
«Yo me sentía escribiendo y ahora me siento agazapada en ese tren y metida en un sueño que era la novela que iba a salir. La melancolía, tan presente, era lo que se producía ante la incertidumbre de si iba a salir de ese estado de ensueño que es la escritura».
Juan Cruz Ruiz: Esa expectación que siente, la que oye estas confesiones, que eres tú, se mantiene siempre en alto. En alto y siempre con melancolía.
Marta Pérez-Carbonell: La melancolía está intrínseca en esta historia. Son personajes que ocupan un tren que no se va a parar, y esa sensación que traspaso a los que protagonizan la novela me produjo a mí misma un encantamiento, como el encantamiento que tiene la vida cuando sientes que estás flotando y sabes que ese estado va a bajar, va a cesar. Es un globo que va a explotar o a deshincharse.
Juan Cruz Ruiz: A este lector todo le pareció real, pero es evidente que es ficción. ¿Hasta qué punto no sentiste que escribías una historia que le sucedía a personas que tú misma conoces?
Marta Pérez-Carbonell: Sí, yo sentí que a esas personas yo las conocía, que tenían verdaderamente dimensiones reales, aunque figuraran en otro plano narrativo. Yo misma sentía que estaba entre esas muñecas rusas. No me parecía que estuviera por encima de esos personajes o manejando un control perfecto de lo que estaba pasando, sino que, dentro de esas líneas, todo, ellos, la propia autora, se estaban difuminando, como ocurre en esta maravillosa portada con la que Lumen presenta el libro. Ahí se difumina todo y hasta la palabra ilusorio, que tanto tiene que ver con la novela, resalta de una manera que a mi me resultó inesperada. Yo me sentía escribiendo y ahora, viendo esa portada, como si fuera los sucesivos personajes de la novela, me siento agazapada en ese tren y metida en un sueño que era la novela que iba a salir. La melancolía, tan presente, era lo que se producía ante la incertidumbre de si iba a salir de ese estado de ensueño que es la escritura.
Juan Cruz Ruiz: Es la novela de Terry y es tu novela. ¿En algún momento sentiste que era una traición a Terry, tu ser de ficción?
Marta Pérez-Carbonell: Yo sabía que a Terry esa novela que había escrito le iba a costar algo, y que mi propia novela era el precio, su condena también. En el tren cuenta qué hizo con la novela, de qué modo su propia escritura había sido una traición. Pero lo que yo hago es tomar otra decisión para que no le resultara tan duro lo que le había ocurrido… Esa noche él ha contado por primera vez lo que hizo que enfadara a su amigo, del que está distanciado, y yo le ayudo a que no fuera tan potente su condena.

Marta Pérez-Carbonell. Crédito: Jeosm.
Juan Cruz Ruiz: A veces, este lector tiene la sensación de que las cosas ocurren como en El viaje al fondo de la noche, de Celine, o en Ulises, de Joyce, que todo pasa en un día, o en la eternidad de un día, quizá porque su estilo acompaña siempre con una intensidad parecida. Quizá también porque el tren parece viajar siempre, como hasta Siberia…
Marta Pérez-Carbonell: Es un trayecto muy largo, en todo caso, siempre en continuo. Porque los saltos que se producen fuera del tren para mi siguen siendo dentro, obedeciendo al ritmo que marca el propio tren al moverse. Me planteé muchas cuestiones: ¿Qué pasa cuando llega el tren? ¿El tren tiene que llegar? ¿Por qué ha de llegar a un destino? Para mí fue un reto escribir los últimos capítulos, cuando ya no están los personajes en el tren. Porque esa intimidad que se crea dentro del compartimente, con esa luz amarillenta, en ese cobijo que acoge la conversación entre extraños, es parte de un encantamiento que también termina. Eso me llevó a mi a optar por tres finales…
Juan Cruz Ruiz: Que el lector irá buscando… Esos finales producen la mayor melancolía, como si la autora considerara, en medio de una tangible emoción, que el libro no debe acabar, como la historia misma…
Marta Pérez-Carbonell: Sí, fue muy emocionante escribirlo. Yo escribí todo eso conmovida, conmovida con la idea de que iba a acabar. Quizá cuando escriba más de una novela estaré ya más acostumbrada, pero en lo que respecta a esta novela, mi primera novela, hay una despedida en cada uno de esos finales. Ellos tenían que acabar sus viajes metafóricos y también literarios, y a mi me correspondía hacer exactamente lo mismo. Y, bueno, yo también soy de lágrima fácil, de modo que me emocionó acabar una historia que a ellos los marcó igual que a mí, esas conversaciones los marcaron, y en mí dejaron una huella similar, como si algo hubiera cambiado dentro de ese tren…
«Cuando empecé a escribir Nada más ilusorio, el mío era un estado de ánimo caótico, pero encendido. Estaba con la tesis doctoral, debía entregarla, estaba poseída por el mundo de Javier Marías. Era aquel un estado de posesión del que no pude salir hasta que hubo que hacer otras cosas y el propio libro quedó en reposo».
Juan Cruz Ruiz: Es un atrevimiento, tú has firmado un atrevimiento. ¿Con qué estado de ánimo fuiste escribiendo la novela y en qué estado de ánimo la entregaste a los editores?
Marta Pérez-Carbonell: Cuando la empecé a escribir, el mío era un estado de ánimo caótico, pero encendido. Estaba con la tesis doctoral, debía entregarla, estaba poseída por el mundo de Javier Marías. Entraba en la ducha, y ahí estaban la tesis, el libro... Era aquel un estado de posesión del que no pude salir hasta que hubo que hacer otras cosas y el propio libro quedó en reposo. Lo retomé hace ahora un año, y para mí eso fue un estado de encantamiento, sentí una especie de incredulidad ante la idea de que aquello se estuviera convirtiendo en algo. Jamás pensé que se podría publicar en Lumen, pero sí que ahí había una historia, un ritmo que la seguía… La terminé en medio de un calor intenso, sentada en la cocina, comía frío y me levantaba tempranísimo, hasta me duchaba rápido y dormía poco porque estaba en un estado un poco mágico. ¡Yo no quería pinchar! Cuando terminé la novela me sentí en un estado de melancolía; era el final del verano, pasé unas semanas reescribiendo, preguntándome ahora qué… Y ahora estoy asombrada, feliz. Aquí tengo un periodista preguntándome, ahora se produce lo que de ilusorio tiene el título del libro, estoy respondiendo sobre la obra que he escrito, y siento todo el tiempo que esto le está pasando a otra persona. Siento el vértigo de pensar que la novela ya no es mía, que ya no estoy en ese tren, y eso me produce la tristeza de pensar que ahora no sé quién va a entrar en el vagón, de modo que tengo un sufrimiento más allá de la preocupación práctica de cómo le va a ir a la novela.
Juan Cruz Ruiz: Dices que le debes mucho a Javier Marías. ¿A qué te ayudó?
Marta Pérez-Carbonell: Me ayudó a sentir la voz. La primera imagen que tuve para abordar el libro era que yo no tenía voz, un latido, un ritmo. Y, a mí, Javier Marías me ayudó a sentir esa voz. Por encima de la historia y de la trama tenía que haber una voz, y esa voz tenía que ir modulando, dándole pausa a la escritura. Me ayudó a sentir que cada párrafo tenía que redondearse para que esa voz tuviera su tiempo y su ritmo… Yo sentí el sonido de la prosa de Javier Marías. Él cuidaba la voz de manera muy especial, era la que generaban sus personajes. Y a mí me ayudó eso: su voz.

