Rodrigo Cortés, premio Cavia 2024: «La sátira no tiene como función ser justa, sólo reveladora»
Como escritor, Rodrigo Cortés debutó a finales de 2013 con «A las 3 son las 2», una colección de antiaforismos; un año más tarde publicó «Sí importa el modo en que un hombre se hunde», su primera novela. En 2016 reaparece con un nuevo libro de breverías, «Dormir es de patos», y en 2021 publica «Los años extraordinarios» (Random House), su segunda novela. Firma para el diario «ABC» la sección «Verbolario», diccionario satírico que inspira su quinto libro, de igual título. «Cuentos telúricos» (también Random House, 2024) es su primera antología de cuentos y su sexto libro. Esta carrera literaria (y el artículo titulado «La tortilla, ¿con tilde o sin tilde?», publicado en ABC el 11 de marzo de 2023) le ha valido el premio Mariano de Cavia 2024, cuyo discurso de aceptación reproducimos en LENGUA a continuación.
Por Rodrigo Cortés
Crédito: ABC. Imagen de apertura: Marta Calvo.
Majestades, autoridades, peces gordos en general y gente del montón, que de todo hay, aquí y en la vida, y este escribidor, a quien le gusta la variedad como al que más, se alegra mucho por ello. Gracias por estar aquí.
No es fácil recibir un Cavia. No es fácil hacerlo bien. Ciento tres personas lo han hecho antes que yo, de 1920 acá, cada con su credo y a su aire.
Se me ocurren dos maneras posibles de empezar este discurso. En una de ellas digo: «En cuanto leí los nombres de los ganadores de este premio: Wenceslao, Chaves Nogales, González-Ruano, Camba, Alberti, Umbral, Cela, Fernán Gómez, Sánchez Ferlosio, Vargas Llosa… supe de inmediato que el Cavia era mío». En la otra, repaso los mismos nombres, me confieso abrumado y aturdido, aseguro no merecer el galardón y digo: «… Hasta que leí el nombre de Jabois. Entonces pensé: "Si Manu ha podido, también yo puedo"».
Así que quedo agradecido y honrado por que el error del jurado, no en vano llamado «fallo», quede indeleble ya en tan insigne lista, que servidor emborrona hoy encantado.
Es un extraño mundo. El Cavia es, seguramente, el más prestigioso y libre galardón del periodismo, y lo recibe este escribidor, que sólo sin querer ha usado alguna vez la palabra «periodístico» de forma edificante. La autocita es siempre sospechosa, pero hoy recurro a ella con ganas de exponerme, más que de presumir. Jaime Fanjul, protagonista de Los años extraordinarios, novela, en mi opinión, baratísima, dedica un breve período de su vida a hacerse el periodista en París. Y dice: «Como cronista, mentí cuanto supe y tergiversé cuanto pude. El periodista llega tarde a los sitios, pregunta qué ha pasado e improvisa una fábula moral. En cuanto le pillé el truco, dejé de preguntar». Es una descripción injusta, claro está. Pero tengo más. «Verbolario», sección diaria en ABC y diccionario satírico hecho libro (en mi opinión, baratísimo), describe la voz «periodismo» como el «arte de contar lo que ha pasado como si de verdad hubiera pasado para que parezca que ha pasado». Entenderá el jurado el pasmo con el que reaccioné a la llamada de su egregio presidente.
Insisto en que la sátira no tiene como función ser justa, sólo reveladora, del mismo modo que no hay definición alguna que sirva para abarcar el perímetro completo de un objeto. Para eso inventó Dios las acepciones, que son la salvación del lexicógrafo.
No soy, despejo la duda, periodista. Araño cada día este diario que hoy nos da de cenar, y lo hago muy contento, pero practico a ratos libres el oficio de la literatura, no el de la investigación, la crónica o la entrevista. Ni el de la crítica siquiera, bastante tiene mi mitad de cineasta con lo que le toca leer de otros. Si me divierte infamar a los amigos es porque lo hago en un periódico, precisamente; en un periódico, además, que nunca me ha pedido cuentas; como me divertiría hablar de baloncesto dentro del vestuario —a ver cuánto aguanto sin llevarme una torta— o comentaría en los Goya esa manía de echarse a llorar en los premios, como si se los hubieran dado a otro. Porque este oficio, del que soy fisgón e intruso, tiene, como lo tienen los demás, las fallas y carencias del hombre, pero a nadie se le escapa que el mundo sería peor sin él. ¿Qué harían nuestros gobernantes, no importa la camiseta o temporada, si nadie tuviera nada que afearles? Se vestirían, para empezar, de cualquier manera.
Para mí pensar en el Cavia es pensar, no sé por qué, en Mingote. Y en su eterna novia, Isabel, que tan feliz habría sido esta noche y a quien tanto echo de menos. Y, por tanto, en Summers y en Gila, en Chumy Chúmez. Es pensar en Foxá, Alcántara y Arrabal, claro. Es pensar en Cunqueiro, Ortega, Azorín o la Pardo Bazán, que nunca lo ganaron; en plumas verdaderas, de las que hacen música al rozar el papel. Es también pensar en gente muy querida, con carpetas de madre llenas de recortes. Es recordar a mi padre.
Recibo, pues, con alegría y gratitud, este galardón inmerecido tan merecido que también habría sido inmerecido si lo hubiera logrado otro.
Gracias.

