Bad Bunny frente al algoritmo: música, memoria y resistencia cultural
En tiempos de pantallas infinitas, algoritmos voraces e inteligencia artificial capaz de imitar casi cualquier gesto humano, «Bad Bunny ganó a las máquinas» (Debate, junio de 2026) propone una pregunta tan urgente como luminosa: ¿qué nos queda cuando la tecnología parece querer contarlo todo por nosotros? La respuesta, según Marta Fernández, autora de la obra, late en el cuerpo, en la memoria y en la música de Benito Antonio Martínez Ocasio, el artista puertorriqueño que convirtió la fiesta en lenguaje generacional y la pista de baile en territorio de resistencia cultural. Lejos de la biografía convencional, estas páginas cruzan crónica cultural, ensayo contemporáneo y pasión musical para explicar por qué Bad Bunny no solo acumula éxitos, sino que encarna una forma de creatividad nacida del asombro, el deseo, el error y la libertad. LENGUA publica bajo estas líneas el primer capítulo del libro: «Mientras uno está vivo…».
Por Marta Fernández

Madrid, 30 de mayo de 2026. Bad Bunny actúa sobre el escenario del Estadio Metropolitano durante su gira DeBÍ TiRAR MáS FOToS. Crédito: Getty Images.
Es tan poderoso sobre el escenario que un golpe de sus caderas podría desplazar el eje de la Tierra. Quizá ya lo ha desplazado. Lo ha movido lo suficiente como para dejarnos suspendidos en un extraño momento de ingravidez: con los pies a unos milímetros del suelo y la conciencia flotando a la espera de que todo cambie, sin comprender todavía que ya ha cambiado.
Benito –hijo del otro Benito y nieto de Benito– ha venido para que sepamos que no todo está perdido. Diréis que su voz no es perfecta, ni lo es su dicción. Diréis que se atropella cantando. Pretenderéis no entenderlo. Pero precisamente por eso es nuestra única esperanza. Porque Benito es la prueba hecha carne de lo lejos que estamos del silicio y del algoritmo. De que las máquinas no pueden hacer lo que realmente nos define.
Ha venido a desconcertarnos con un descaro que, por momentos, se tiñe de la inocencia de un crío que celebra el último día del colegio. Ha venido a revivir la alegría de chapotear en la orilla de la playa cuando las tardes parecen interminables y el futuro está muy lejos. Ha venido a contonearse para contonearnos. A compartir. A plantar su silla de plástico en la puerta de la casa en las noches de verano. A juntar a los mayores y a los pequeños. A enseñarles a los niños a defender lo que son y a sus abuelos a estar orgullosos de lo que, durante mucho tiempo, no pudieron decir que eran. Puertorriqueños. Latinos. Hispanos. Taínos. Reguetoneros. Luchadores. Trabajadores. Colonizados. Jíbaros. Blancos. Negros.
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Ha venido a hacer de la revolución una fiesta. Y de la fiesta una afirmación de su identidad y de su herencia. A decirnos quiénes son sus maestros y a demostrarnos que el pasado se puede asimilar hasta sudarlo, hasta bailarlo, hasta convertirlo en un aliento que hace retumbar al mundo entero.
Las máquinas no disfrutan, ni saben contagiarnos de alegría. Las máquinas no se lo pasan bien cuando hacen su trabajo. Ni se paran para sentir el viento en la cara con los ojos cerrados mientras el público ruge. No son valientes, ni desvergonzadas. No han aprendido a mezclar la lujuria con la reivindicación. No saben de deseo, ni de palpitaciones. Ni de nostalgias, ni de sueños cumplidos. Ni entienden de desamores, ni de ligues tórridos. Ni saben de amistades que duran una vida. Ni de noches en blanco que desembocan en resacas. Ni de lo que escondemos.
Las máquinas ignoran todo lo que de verdad nos hace humanos.

Madrid, 30 de mayo de 2026. Ambiente del estadio Metropolitano durante la gira DeBÍ TiRAR MáS FOToS, de Bas Bunny. Crédito: Getty Images.
Pero Benito lo sabe sin necesidad de explicarlo. Y a cada momento nos lo recuerda.
Su música es todo eso.
Es el pie que no puede evitar moverse cuando un ritmo suena. La emoción que acompaña a cada uno de los recuerdos de la infancia. Es el orgullo de tus padres cuando aprendías algo nuevo. La irrepetible sensación repetida de que te has enamorado. La gloria de los atardeceres que jamás pueden captar las cámaras porque no están hechos de colores sino de sentimientos. Es el efecto embriagador del agua salada si tiene forma de gota y resbala por la piel del ser amado. La inexplicable atracción de la carne del otro. Y la repulsión, inexplicable también, cuando ya no deseamos. Es el desamor. Los celos. El desasosiego. Los errores. El miedo. La alegría porque sí. La tristeza porque no. Y la tristeza sin saber por qué de las tardes de domingo. Es la densidad viscosa del calor húmedo. Es el frío inesperado. Es el otro frío, el que se siente en el alma. Y la añoranza. La alegría de volver con los tuyos. Es la vida latiendo feroz.
No hay inteligencia artificial que pueda explicar todo eso que nos pasa y nos atraviesa. Ningún superordenador sentirá jamás que mientras uno está vivo uno debe amar lo más que pueda.
Pero Benito nos lo ha enseñado con sus canciones. Y cada vez que dice «hey» lo está diciendo por todos nosotros. Por todo lo que nos impresiona. Por todo lo que el algoritmo no podrá anticipar.
Porque la emoción no admite cálculos. Y menos aún los complicados cálculos con los que las máquinas quieren deslumbrarnos.
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