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El nuevo libro de la aclamada autora de «Federico»
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En agosto de 1929, mientras Nueva York ardía en vértigo, ruido y modernidad, Federico García Lorca se apartó durante diez días hacia una cabaña junto al lago Eden, en el norte de Vermont. Allí lo esperaba Philip Cummings, un joven profesor estadounidense al que había conocido en Madrid y con quien mantuvo una relación amorosa marcada por la distancia, el deseo y las convenciones de una sociedad que no estaba dispuesta a nombrarlo todo. «Lorca en Vermont» (Taurus, 2026), de Patricia A. Billingsley, reconstruye ahora ese episodio apenas explorado de la biografía lorquiana y lo sitúa en el centro de una nueva lectura de «Poeta en Nueva York». Fruto de más de una década de investigación y de un riguroso trabajo con fuentes de primera mano, el libro ilumina una dimensión íntima del poeta granadino que fue silenciada tras su asesinato en 1936. LENGUA publica el prólogo del libro, una puerta de entrada a este hallazgo literario.

Federico García Lorca y Philip Cummings a orillas del lago Eden, agosto de 1929. Crédito: páginas interiores del libro Lorca en Vermont (Taurus).
El 12 de julio de 1936, el poeta español Federico García Lorca llevó una carpeta llena de papeles desordenados a la oficina de José Bergamín, su editor en Madrid. Al enterarse de que Bergamín no estaba, decidió dejarla en su escritorio, junto a una nota en la que prometía regresar al día siguiente.
Pero Federico nunca volvió. A la tarde del día siguiente, partió para una improvisada visita a su familia en Granada, quizá ajeno a la intensa convulsión política que se había desatado en su ciudad natal. A causa del aumento de la extrema violencia en Granada, unos simpatizantes franquistas que detestaban sus ideas políticas y su homosexualidad detuvieron a Federico en casa de un amigo de la familia. En la madrugada del 18 de agosto de 1936, el poeta de treinta y ocho años fue ejecutado sumariamente en un barranco a las afueras de la ciudad, en una de las primeras atrocidades de la guerra civil española.
El paquete que Federico había dejado a Bergamín era el esperado manuscrito de lo que acabaría siendo Poeta en Nueva York, una colección de treinta y cinco poemas escritos durante su estancia de diez meses en Estados Unidos y Cuba, entre 1929 y 1930. A medida que los enfrentamientos en Madrid y alrededores se volvían cada vez más peligrosos para sus habitantes, Bergamín abandonó la ciudad y se exilió a México, llevándose el manuscrito. Allí fundó la nueva Editorial Séneca, en la que publicó en 1940 la primera edición de Poeta en Nueva York. Ese mismo año se publicaron las primeras traducciones al inglés, pero el manuscrito original se perdió poco más tarde, dejando una gran cantidad de preguntas sin resolver sobre su contenido.
Dos de esas preguntas son particularmente interesantes: ¿por qué en una obra claramente centrada en la ciudad de Nueva York había tantos poemas ambientados en un paisaje campestre? ¿Y por qué en dos de los títulos de las secciones se mencionaba específicamente Vermont? En las primeras décadas tras la muerte de Federico, los académicos y críticos descartaron esas preguntas por su imposible respuesta, y los pocos que conocían la conexión de Federico con Vermont optaron por callar lo que sabían.
A mediados de la década de 1950, comenzaron a saberse algunos detalles sobre el viaje a Vermont, lo que animó a una nueva generación de académicos y biógrafos a tratar de averiguar algo más sobre la visita de Federico y su amistad con Philip Cummings, el joven de Vermont que lo había invitado. Los investigadores buscaron a Philip y documentaron todo lo que pudieron, pero en el camino se encontraron con una serie de obstáculos —incluido el propio Philip— que les impidieron descubrir toda la verdad sobre su relación con Federico. Vieron a Philip tal y como él quería ser visto: un hombre de familia decididamente heterosexual que conservaba buenos recuerdos de su antigua amistad platónica con Federico. A principios de la década de 1970, Philip reveló al fin a un académico especializado en Lorca que él y Federico habían tenido un encuentro sexual en una ocasión, pero no compartió la historia completa con nadie casi hasta el final de su vida.

Philip Cummings y Federico García Lorca junto al muro de piedra de la casa de las hermanas Tyler, agosto de 1929. Lorca había recogido flores silvestres para decorar el centro de mesa a la hora de la cena. Crédito: páginas interiores del libro Lorca en Vermont (Taurus).
A finales de la década de 1990, reapareció el manuscrito que Federico había dejado a Bergamín en 1936, y en 2003 la Fundación Federico García Lorca lo adquirió en una subasta. Cuando los académicos por fin tuvieron la oportunidad de examinarlo, descubrieron que lo que parecían cuestionables decisiones editoriales, o incluso errores evidentes del propio Bergamín en su edición de la Editorial Séneca, reflejaban en realidad la intención original de Federico. Entre otras novedades, el manuscrito confirmaba los títulos que hacían referencia a Vermont elegidos por el poeta, así como el repertorio de poemas que había elegido para cada sección. Por desgracia, en aquel momento se dio por descontado que no había nada más que saber acerca de la visita de Federico a Vermont ni de cómo pudo afectar al poeta, por lo que el tema pasó a un segundo plano… hasta ahora.
Aún existen importantes lagunas sobre lo que ocurrió entre Federico García Lorca y Philip Cummings antes, durante y después de su estancia compartida en Vermont, pero en los últimos años ha ido revelándose un gran número de evidencias que, sumadas a un minucioso replanteamiento del material conocido, han permitido completar algunas de esas lagunas y arrojar una nueva luz sobre la compleja relación que mantuvieron ambos durante tres años, y su influencia en casi una cuarta parte de los poemas de la emblemática obra de Federico, Poeta en Nueva York.
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