No ficción

El fervor de los anillos: las historias y figuras más increíbles de los Juegos Olímpicos

La cábala sexual del saltador que sorprendió al mundo; el italiano que perdió la maratón más recordada escoltado por el autor de Sherlock Holmes; las discutibles licencias históricas de «Carrozas de fuego» («Carros de fuego» en España); los oscuros episodios de racismo y antisemitismo de principios del siglo XX; la ambigua genitalidad de una atleta única; el Black Power y su «hermano blanco»; los atentados (y lo que nadie recuerda) de Múnich; el encanto incandescente de Nadia Comăneci; el pentatleta más tramposo de la historia; los boicots y contraboicots de los ochenta... En su nuevo libro, «Pasión olímpica: la llama sigue encendida», Gonzalo Bonadeo, uno de los mayores referentes de esta competencia en el periodismo latinoamericano, rescata las anécdotas más increíbles de un siglo de Juegos Olímpicos desde una mirada íntima y reflexiva, propia de un conocedor obsesivo que siempre está abierto al asombro.
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¿Cómo no enamorarse de Nadia Comăneci? La gimnasta rumana que obnubiló al mundo (y a Bonadeo) en los Juegos de Montreal, 1976. / Foto: Getty Images.

 

De un lado, la vanidad del historiador que cree ser dueño del relato definitivo. Del otro, la necesidad del curioso, que disfruta del episodio sin más pretensión que la de descubrir una historia nueva. Parecen posturas irreconciliables, pero conviven permanentemente en el juego —a veces, cínico— entre quien busca minuciosamente el dato final y la mayoría de los mortales que «queremos saber». A veces, pareciera darnos lo mismo el origen de la epopeya de Juana de Arco que el de las nalgas de Kim Kardashian. Shakespeare termina siendo poco más que un señor inglés que se dedicó a lo mismo que Alberto Migré, pero mucho antes y sin televisión.

En todo caso, no es ni dramático ni decisivo ser más o menos laxo en el detalle. La raíz del asunto pasa por generar interés en la historia. Desde luego que no da lo mismo un sabio que no para de buscar y de aprender que un oportunista que convierte en libro un puñado de leyendas populares.

Con los Juegos Olímpicos pasa algo único respecto del resto de las competencias deportivas. En ningún otro ámbito del músculo al servicio del talento, la historia sublima episodios, héroes y villanos hasta emparejarlos con las Cruzadas, los viajes de Marco Polo o el Cruce de los Andes.

Jamás me animaría a poner en un plano de equivalencia los episodios más sensibles de la humanidad con la leyenda de Dorando Pietri o la charla secreta entre Manu Ginóbili y Gregg Popovich camino a Beijing. Pero cuesta encontrar alrededor de otro certamen atlético tanta historia para contar, tanto cuento por conocer.

No es culpa del olimpismo que seamos sustancialmente ignorantes respecto de sus verdades. Al fin y al cabo, la historia en general —especialmente, la doméstica— empezó poco tiempo atrás a contarse fuera de los convencionalismos de los manuales escolares o de los pregones del cuentito básico en formato de próceres inmaculados y malvados muy bien elegidos o apenas mencionados. La paradoja de una historia que empieza a contarse ahora, después de que se la deformó o parcializó durante más de un siglo.

Como en cualquier rubro, también las gestas de los héroes olímpicos están tan llenas de fantasías como de verdades. Les propongo honrar sus memorias despojándonos de prejuicios. Llevo años leyendo sus historias según la óptica de infinidad de investigadores. Rigurosos algunos; entrañablemente exagerados, otros. 

No busquemos la verdad final. Disfrutemos de la existencia de esos hombres y mujeres que merecen quedar para siempre en la memoria. 


1. El papá de Sherlock Holmes y el taxista italiano

Cada edición de un Juego Olímpico merece un libro entero —incluso las más precarias que acabo de recordar—, pero esto vale sobre todo para Londres 1908, que, por varios factores, fue un tiempo reivindicatorio para Coubertin y sus socios.

Fueron los Juegos del sueco Oscar Swahn, medalla dorada en tiro (blanco móvil) a los setenta y dos años, el campeón olímpico más viejo de la historia. Y los de John Taylor, el primer campeón olímpico norteamericano negro, que murió de tifus un par de meses después del certamen.

También fueron los Juegos en los que el equipo británico ganó casi tantas medallas como el resto de los diecinueve países cuyos atletas ocuparon un lugar en el podio. Y los de otra presencia argentina fuera de los registros convencionales. Según la investigación de Herrmann DeWael, un tal Horatio Torromé —nació en Río de Janeiro y vivió casi toda su vida en Inglaterra— representó a la Argentina en patinaje artístico, competencia realizada en un club de Knightsbridge durante octubre pero bajo la órbita de los Juegos de verano, ya que aún no existían los de invierno. Torromé había intentado integrar el equipo británico y finalmente logró el aval del Comité Argentino. Fue último en la prueba individual.

Sin embargo, por encima de todo, Londres 1908 fueron los Juegos de Dorando Pietri, el italiano retacón que fue descalificado luego de llegar primero en la maratón más famosa de la historia. Se largó en la mañana del 24 de julio, uno de los días más calurosos de aquel año. Algunas de las escasas imágenes de la época muestran a varios de los 56 atletas detenidos en los puestos de aprovisionamiento como acodados en la barra de un bar, sin la menor intención de sostener su ritmo de carrera.

El primero en entrar en el estadio de White City fue Pietri, un italiano que jamás había corrido los 42 kilómetros y 195 metros, pero que había ganado claramente el selectivo olímpico seis meses antes.

Pietri comenzó a tambalearse apenas pisó la pista. Cayó y se levantó varias veces en pocos metros, entre otras cosas porque un grupo de oficiales lo sujetó de los brazos y ayudó a orientarlo hasta la meta. Tanto lo ayudaron que Dorando fue descalificado y la victoria fue adjudicada al norteamericano John Hayes, uno de los campeones olímpicos menos populares de la historia. Por el contrario, tal fue la simpatía provocada por el italiano que, durante el año siguiente, fue invitado a participar de una serie de exhibiciones contra Hayes en los Estados Unidos: ganó 17 de las 22 que disputaron.

Como tantos otros íconos del olimpismo, la leyenda de Dorando fue creciendo con el tiempo. Por ejemplo, algunos dicen que Pietri no llegó agotado al estadio, sino mareado de tanto tomar vino tinto en los puestos de aprovisionamiento, algo habitual para la época en la que se pensaba más en el estímulo que en la posibilidad de que semejante calor terminara en una borrachera. Quien hubiera podido dar fe de ello fue uno de los periodistas que acompañó a Pietri en los metros decisivos de aquella maratón. En los segundos finales de la filmación de esa competencia se ve a un cronista de The Times, un escocés grandote, de traje y espléndidos mostachos, llamado Arthur Conan Doyle, que veinte años antes había parido a un tal Sherlock Holmes.

Las crónicas vinculadas con Pietri en los años posteriores a su lanzamiento al estrellato van de la gloria a la tragedia sin escalas. Hay quien lo idealiza y destaca que, desde 1908, ganó 84 de las 128 carreras de fondo que disputó y que hizo una auténtica fortuna corriendo por dinero. Otros recuerdan que se ganó la vida manejando un taxi en Nápoles luego de que su hermano se quedara con toda su plata.

2. La Maratón, Filípides y el misterio de los 195 metros

Los Juegos Olímpicos están repletos de leyendas y fantasías. Y está muy bien que así sea. Más allá de lo tentadora que es la desmitificación para muchos periodistas, aquello de que un puñado de competencias deportivas pueden interrumpir, por acuerdo tácito, hasta las invasiones de un pueblo a otro tiene un encanto que ojalá pudiéramos endosarle al presente. Una de esas leyendas adjudica al mérito del sacrificado Filípides el origen de la carrera de Maratón.

La versión más común indica que Filípides fue un soldado griego que falleció después de haber recorrido 37 kilómetros entre Olimpia y Atenas justo después de anunciar la victoria ante el ejército persa. Algo así como el «muero contento, hemos batido al enemigo» del sargento Cabral. Sin embargo, las crónicas de Heródoto señalan que Filípides falleció agotado luego de caminar los más de doscientos kilómetros que hay entre Atenas y Esparta, donde fue a solicitar refuerzos. Tampoco hay que descartar que Filípides haya sido solo un personaje de ficción detrás del cual el autor homenajeó la notable condición atlética de muchos de los soldados de aquel ejército griego, capaces de correr desde Maratón hasta Atenas para defender a la ciudad del asedio persa.

Como sea, el barón de Coubertin decidió homenajearlo incluyendo en los primeros Juegos modernos (Atenas 1896) una carrera denominada «maratón» reservada para hombres.

Cuestionado Filípides, recalculadas las distancias entre Maratón y Atenas, ¿de dónde salen los 42 kilómetros y 195 metros como distancia oficial de la competencia? De los ingleses, claro.

Durante los primeros Juegos de esos tiempos, la carrera era de 42 kilómetros. Los 195 metros se agregaron en la versión de Londres 1908 y llegaron para quedarse. Esa fue la distancia a la que hubo que extender la prueba para llegar desde el castillo de Windsor (largada) hasta el estadio de White City (llegada).

¿No se podía asegurar el redondeo en 42 kilómetros? Fue la idea original, pero los organizadores se vieron obligados a retrasar el punto de partida en casi dos cuadras ya que la reina Alexandra quería ver el comienzo de la prueba desde el ventanal de su dormitorio.

En su debido momento —por la indefinición, el menos debido de los momentos, diría mi querido Laya—, ampliaremos sobre la misoginia del padre de los Juegos de la modernidad.

Algunos historiadores señalan que, en realidad, la largada fue justo debajo de la enfermería real del castillo, donde la reina acababa de dar a luz. Sin embargo, en el momento de la prueba Alexandra tenía sesenta y tres años y sus cinco hijos ya habían nacido a finales del siglo anterior.

¿No se podía asegurar el redondeo en 42 kilómetros? Fue la idea original, pero los organizadores se vieron obligados a retrasar el punto de partida en casi dos cuadras ya que la reina Alexandra quería ver el comienzo de la maratón desde el ventanal de su dormitorio.

Dorando Pietri (Italia), al borde del colapso, es asistido para alcanzar la línea de llegada en los Juegos Olímpicos de Londres, el 24 de julio de 1908. Entre quienes ayudaron a Pietri se encontraba Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes. / Wikicommons.


3. Carrozas de fuego: ¿el cine o la vida real?

No hay duda de que Carrozas de fuego (película que se estrenó en 1981, con dirección de Hugh Hudson y música de Vangelis) es el más acabado y entrañable homenaje que el cine le ha realizado a los Juegos Olímpicos. Verla sirve para entender por qué la magia de los Juegos les permite sobrevivir a tantas miserias fuera de las canchas, las pistas y las piletas. Sin embargo, la historia escrita por Colin Welland difiere bastante respecto de lo que realmente sucedió con Eric Liddell y Harold Abrahams, sus protagonistas.

Empecemos con Liddell. Devoto cristiano nacido en China, ciudadano británico de padres escoceses, Eric tenía previsto competir en 200 y 400 metros varios meses antes de partir. Es decir, no se enteró en el barco sobre la programación en día domingo de los 100 y la posta, lo que lo excluyó de sus pruebas favoritas. Lo que sí es cierto es que Liddell decidió jugarse todas las cartas en los 400, luego de ser tercero en los 200, corriendo de una manera poco ortodoxa, casi con la intensidad y la desesperación de las imágenes de los entrenamientos a orillas del mar en Saint Andrews. Liddell murió en 1945 en un campo de concentración japonés en tierra china, adonde había regresado para sumarse a las tareas evangelizadoras de su padre.

Por su parte, Harold Abrahams jamás corrió la célebre carrera del Trinity College de Cambridge. Tampoco consideraba los 100 metros como la revancha del fracaso en los 200: desde siempre y aún hoy, la prueba más corta se realiza antes que la otra en el calendario olímpico. Tampoco hubo un finalista de apellido Watson, sino un neozelandés llamado Arthur Porritt, que ganó la medalla de bronce y se negó a que su nombre figurara en la película. Son sutilezas que no consiguen opacar ni el brillo de la película ni la épica del triunfo de Abrahams, último británico campeón de los 100 metros hasta Moscú 1980.

Como siempre, hay espacio para las leyendas. Una, que fue el propio Abrahams —con un seudónimo— quien escribió una carta a The London Times criticando su designación para representar a Gran Bretaña en cuatro pruebas de esos Juegos. Otra, el valor del recurso que le impuso su entrenador, Sam Mussabini, de poner trozos de papel a lo largo del recorrido marcando dónde debía dar cada paso, mientras que Abrahams debía recogerlos pisándolos con los clavos de sus spikes (zapatillas especiales utilizadas en el atletismo y que suelen estar dotadas de clavos para lograr un mayor agarre).

Finalmente, la paradoja. La mayoría de los trofeos de Abrahams fueron subastados por Christie’s a principios de los noventa. Todos fueron comprados por el millonario Mohamed Al Fayed, quien los exhibió largo tiempo en Harrods de Londres. Su hijo, Dodi, fue quien murió junto con la princesa Diana en la tragedia del túnel del Alma, en París. Dodi fue uno de los productores de Carrozas de fuego, aunque aseguran que la película en sí no le importaba demasiado. En una entrevista a David Puttnam que publicó el Daily Mail el 13 de julio de 2012, el productor ejecutivo de la película ganadora de cuatro premios Oscar en 1982 aseguró que tuvo que echar del set a Dodi tras descubrirlo tratando de repartir cocaína entre quienes estaban allí en ese momento.

Antes de que el cine modificara los parámetros, los de París 1924 fueron los Juegos del estreno argentino con la dorada del polo, del primer título olímpico del fútbol uruguayo —un auténtico Mundial—, de la consagración definitiva del fondista finlandés Paavo Nurmi, ganador de los 1500 metros, los 5000 y el cross country, y de la aparición del más famoso Tarzán de todos los tiempos: Johnny Weissmüller ganó tres medallas doradas en natación y una de bronce con el equipo norteamericano de waterpolo.


4. ¿Mujer? ¿Hombre? ¿Ambos?

En Los Ángeles 1932 debutaron las villas olímpicas y se estrenaron los podios y los himnos de los países campeones. Uno de esos himnos fue el de Polonia, que sonó en homenaje al triunfo de Stanislava Walasieviczowna en los 100 metros llanos. En tiempos en los que casi no existía la posibilidad de ver atletas negros en las principales competencias, no debía sorprender demasiado el triunfo en la velocidad de una atleta europea. Mucho menos si esa atleta se había instalado a los pocos meses de nacida en los Estados Unidos y había competido desde pequeña por su colegio en Cleveland. Es más, bajo el nombre de Stella Walsh ganó varios torneos de la Asociación Atlética Amateur y se apuraron los trámites para incorporarla en el equipo norteamericano en Los Ángeles. Sin embargo, dos días antes de que le dieran oficialmente la ciudadanía, Stella aceptó un trabajo en el consulado polaco en Nueva York y decidió representar a Polonia. Ganó los 100 metros de modo contundente aunque, al decir del entrenador de su escolta, la canadiense Hilda Strike, lo hizo «dando zancadas casi masculinas» o lo que sea que eso quiera decir.

Heroína en su tierra natal, Stella solo aceptó la ciudadanía estadounidense en 1947, cuando Polonia quedó bajo dominio soviético. De todos modos, siempre radicada en Cleveland, siguió vinculada con distintas actividades de polacos en los Estados Unidos. Como tal, el 4 de diciembre de 1978 fue a una tienda a comprar cintas rojas y blancas en ocasión de una gira del seleccionado polaco de básquet. Stella murió baleada en medio de un incidente producido en el estacionamiento del centro comercial, sin que tuviera nada que ver con el asunto. Autopsia mediante, se estableció un cuadro de genitalidad ambigua donde no solo no se advertía claramente la condición femenina, sino que se detectaron unos pequeños pene y testículos. Según David Wallechinsky, quizás el más notable y enfático historiador olímpico, su característica era la de mosaicismo, condición en realidad más relacionada con lo genético. Otra investigación aseguró que Stella tenía tanto cromosomas 45, XO, como 46, XY.

Nadie se animó —ni entonces ni ahora— a discutir su condición y sus logros siguen firmes en la historia. Pero cuesta ignorar que, a partir de su caso, el control de la femineidad pasó a ser una obsesión olímpica que cayó sobre las espaldas —y algunas barbas— de, especialmente, las atletas alemanas del Este. Y de Caster Semenya, la fenomenal mediofondista sudafricana a quien las groseras insinuaciones del dirigente olímpico Dick Pound, prejuzgando su aspecto físico, le arruinaron tanto la carrera deportiva como su adolescencia.

Algo parecido a lo que hizo Hitler cuando, ofendido porque la campeona de los 100 metros, la norteamericana Helen Stephens, se negó a ser agasajada en el salón privado del dictador nazi en el estadio olímpico, aseguró que «esa mujer no pasaría un test de sexualidad». Estuvo cerca: Stella Walsh fue segunda en esa final.


5. Los Juegos de Hitler

El 14 de mayo de 1938, en el Estadio Olímpico de Berlín, el seleccionado inglés de fútbol enfrentó por última vez al de la Alemania unificada hasta la semifinal del Mundial 1990, en Italia. Inglaterra ganó por 6 a 3, pero para los medios alemanes el resultado fue lo de menos. El real triunfo había sido el del aparato de propaganda de Hitler, ya que el mundo vio las imágenes —en este instante podrían verlas en YouTube— del seleccionado visitante rindiéndole pleitesía al dictador practicando en la previa el saludo nazi por orden del Foreign Office. Esto sucedió dos años después de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, que, lejos de haber expuesto a Hitler en sus excesos, afianzó la sensación de que ninguna potencia le daba la espalda al monstruo en ciernes. En aquel mismo 1938, por ejemplo, la revista Time eligió a Hitler como Hombre del Año.

Los Juegos del 36 fueron un éxito en organización. Los estadios son, aún hoy, un portento de belleza arquitectónica y su película oficial —Olympia, la primera del olimpismo— es una maravilla más de la mítica y polémica Leni Riefenstahl, la cineasta favorita y amiga personal de Hitler.

En línea con el homenaje británico apenas un año antes de comenzar la guerra, la delegación norteamericana hizo lo suyo durante Berlín 1936 cuando bajó de la posta 4×100 al judío Marty Glickman bajo el argumento de que ya habían fastidiado lo suficiente a Hitler con el suceso de un negro (Jesse Owens).

La decisión la tomó el jefe de misión estadounidense, un tal Avery Brundage, el mismo que había sido compañero de equipo de Jim Thorpe en 1912, el mismo que, como presidente del COI, anunció la continuidad de Múnich 1972 en medio de la matanza de atletas israelíes. Un antisemita hecho y derecho.

Para mediados de 1936, Luz Long era el segundo mejor saltador en largo del mundo, solo superado por Jesse Owens. Rubio, ojos azules, 1,84 metros de altura y nacido en Leipzig, la cuna adoptiva de Johann Sebastian Bach: pocos deportistas representaban más fielmente el prototipo del ideal ario que Hitler pretendía imponer durante los Juegos de Berlín. Y ninguno lo decepcionó más. No fue, justamente, una decepción deportiva. En efecto, Long ganó la medalla plateada para la que era favorito y Owens confirmó su hegemonía ganando la dorada. Long defraudó a Hitler por haber ayudado a su rival, quien a esa altura, con la dorada en los 100 metros y el pase a la final de los 200 garantizados, era poco menos que el enemigo de toda Alemania. Según la visión del déspota, claro.

Los registros audiovisuales de la prueba del salto en largo solo muestran los tramos decisivos de la final del 4 de agosto por la tarde. Owens, líder durante las cuatro primeras ruedas, se vio sorprendido por un quinto salto de Long (7,87 metros), que pasó a ser primero por desempate de segunda mejor marca. El norteamericano respondió de inmediato: 7,94 metros en la quinta rueda y 8,06 metros en la sexta. Long fue el primero en alentar a Owens durante las ruedas finales. Según la leyenda, trasladada al cine en 1984 (The Jesse Owens Story), Long estimuló al público alemán para que, también ellos, gritaran por su adversario.

Sin embargo, el real motivo del fastidio del Führer fue cuando, por la mañana, Long ayudó a que Owens se clasificara para la final luego de que los árbitros lo sancionaran con dos saltos nulos de los tres disponibles en la rueda previa. El alemán sugirió al norteamericano que marcara con su buzo de entrenamiento una referencia de pique lejana a la tabla para evitar una nueva sanción. «Una marca tuya mediocre bastará para clasificarte», aseguran que le dijo Long. ¿En inglés? ¿En alemán? ¿Se lo dijo alguna vez? Testigos presenciales niegan que eso haya sucedido.

El desempate lo dio la vida misma: Long combatió en la Segunda Guerra Mundial como miembro de la unidad Hermann Göhring de la Luftwaffe, la Fuerza Aérea alemana. Herido durante la entrada de los aliados en Sicilia, murió en un hospital británico en 1943. Poco antes, alcanzó a mandar una carta a su amigo Owens pidiendo que, por favor, algún día volviera a Berlín a contarle a su hijo que habían sido grandes amigos. Tan real fue aquella historia que hay un documental que muestra el regreso de Owens al estadio de sus días más gloriosos, ya veterano y de la mano del hijo de Long.


6. Bob Beamon: ¿débil es la carne?

Ralph Boston quedó en la historia como un formidable saltador en largo, ganador de la medalla dorada en Roma, la plateada en Tokio y la de bronce en México. Sin embargo, a los efectos de la historia grande del atletismo —y de los Juegos mexicanos— su influencia también fuera del cajón de saltos puede ser considerada decisiva.

En las eliminatorias del 17 de octubre, Boston se había garantizado el lugar en la final con un primer salto de 8,27 metros, un récord olímpico que duró 24 horas. Desde entonces, se convirtió en una especie de entrenador informal de su compatriota Bob Beamon, quien había llegado a México sin un entrenador oficial, sanción que se le había impuesto seis meses atrás cuando el equipo de la Universidad de Texas lo suspendió por haberse negado a competir en un meeting contra la de BYU, en señal de protesta por la política racial de la Iglesia mormona.

Luego de dos ruedas, Beamon estaba último y sin marcas, consecuencia de dos nulos en la aproximación a la tabla de salto. Boston se le acercó, le pidió calma y le sugirió que en el salto final picara bien detrás de la tabla, ya que le sobraban centímetros para lograr el objetivo, lo mismo que el alemán Luz Long le había sugerido a Jesse Owens en la gran final de Berlín 1936. Como Owens, Beamon pasó sin inconvenientes la última rueda y se metió entre los trece de la final del día siguiente.

Si uno se detiene a ver minuciosamente la previa de una prueba de cualquiera de los saltos, podrá observar que los atletas hacen marcas con cinta adhesiva a un costado de la pista para fijar referencias de ritmo y distancia en los diferentes tramos de la carrera. Beamon jamás lo hizo. No fue esa, sin embargo, su mayor transgresión camino a la gloria olímpica. Beamon admitió haber tenido una noche intensa en la previa de la final: por primera vez en su carrera, había tenido relaciones sexuales antes de una competencia.

En el atletismo, en las pruebas de lanzamientos y en saltos horizontales, se puede ganar en el último suspiro…, o resolverlo todo en un primer intento. Beamon saltó en cuarto lugar. Los tres anteriores tuvieron nulos, toda una advertencia para el norteamericano, que pasó buena parte de la previa a su corrida concentrándose solo en no repetir el error. Suelen explicar los maestros del deporte que, a veces, lo fundamental es fijar la atención en resolver una sola cosa: aquella que más preocupa al deportista, esa faceta en la que menos cómodo se siente. El resto va a fluir, aseguran. Ese primer salto de Beamon se constituyó, para muchos, en el momento más poderoso de la historia olímpica. Boston y los principales adversarios de Beamon no podían creer lo que estaban viendo. Los jueces tuvieron que apelar a las viejas cintas metálicas para medir un salto que superaba la extensión de las más modernas herramientas de registro estrenadas en México; aún estábamos lejos de la medición electrónica actual. Registraron 8,90 metros. ¿8,90 metros? Dos y hasta tres veces hubo que repetir el procedimiento antes de anunciar oficialmente una marca que parecía ridícula. ¡Si a Boston le había parecido un salto enorme, «como de 8 metros y medio»!

Beamon destrozó la prueba de un único salto y solo intentó hacerlo una vez más de las cinco que le permitía el reglamento. No hizo falta. Además, le costó recuperarse de un estado de descontrol, angustia, náuseas y lágrimas. Aun habiendo llegado a México invicto en 22 de sus últimos 23 torneos —la única derrota había sido bajo techo— nada le permitía imaginar a Beamon semejante proeza. Había superado en más de medio metro el récord mundial que poseía el soviético Ter Ovanesian desde hacía un año. Justamente Ovanesian fue la principal víctima de aquel salto a la eternidad. Pese a ser favorito al podio, finalizó en cuarto lugar. «No pude reponerme del impacto de sentir que mi ilusión de ser campeón olímpico se había terminado en la primera rueda, con ese salto absurdo», explicó.

Beamon no volvió a estar a la altura de sí mismo y nunca más saltó por encima de los 8,20 metros. Como tantas otras marcas notables de esos Juegos, se le pretendió adjudicar a la altura mexicana una influencia decisiva. Lo cierto es que el récord de Beamon duró más de veinte años y aun hoy bastaría para ganar cualquier competencia: en Río 2016, el estadounidense Jeff Henderson ganó con un registro ¡52 centímetros menor! Además, cientos de atletas saltaron en México durante las décadas siguientes y ninguno se acercó al registro del norteamericano. Tal vez les faltó tener sexo la noche anterior.

Beamon admitió haber tenido una noche intensa en la previa de la final: por primera vez en su carrera, había tenido relaciones sexuales antes de una competencia. Su récord duró más de veinte años y aun hoy bastaría para ganar cualquier competencia.

La amistad entre el estadounidense Jesse Owens y su rival alemán Luz Long enfureció a Hitler en los Juegos de 1936. Foto del Bundesarchiv Bild 183-G00630. / Wikicommons.


7. El hermano blanco del Black Power

Tommie Smith y John Carlos son nombres y apellidos que en el olimpismo se pronuncian de corrido, casi como si se tratase de una sola persona. Mucho más allá de su notable performance atlética que los llevó a compartir el podio en los 200 metros llanos, estos dos deportistas estadounidenses negros —afronorteamericanos o de color, dirían algunos culposos— subieron al podio en el Estadio Olímpico mexicano con el puño izquierdo cubierto por un guante de cuero negro (lo de las zapatillas Puma apoyadas a un costado también generó escándalo, pero con los muchachos de Adidas). En el momento del himno de su país, agacharon la cabeza y levantaron el brazo en elocuente señal de reivindicación del Black Power. Probablemente más cerca de Malcolm X que de Martin Luther King, fueron inmediatamente sancionados tanto por la dirigencia norteamericana como por el Comité Olímpico Internacional. Esa misma noche se les retiró la credencial de atleta y se los expulsó de la Villa Olímpica bajo el pretexto de que el olimpismo prohibía en sus ámbitos todo tipo de manifestación política. De regreso a los Estados Unidos, lejos de ser reconocidos como campeones, ambos deportistas tuvieron infinidad de problemas tanto para seguir estudiando como para ganarse la vida: se los marginó de toda competencia posible.

Solo por el poder de la imagen de los puños enguantados, a las crónicas de la época se les escapó un detalle imperceptible. Un australiano (blanco) llamado Peter Norman, fue el tercer hombre del podio; es más, Norman fue quien finalizó en segundo lugar entre los dos norteamericanos. En solidaridad con sus adversarios —«y en repudio a la política inmigratoria de la Australia blanca», explicó— él también se manifestó como miembro del Proyecto Olímpico por los Derechos Humanos (la OPHR —por sus siglas en inglés— fue una organización creada para luchar contra el racismo en el deporte), solo que no lo hizo enguantando un puño, sino llevando en la solapa de su buzo el mismo logo alusivo que llevaron Smith y Carlos. La del australiano también fue, entonces, una manifestación política. ¿Inadvertida? ¿No sancionada? No, al menos durante los Juegos. De regreso a Australia, las autoridades de su país castigaron a Norman, quien fue marginado del equipo que participó en Múnich. Además, en una muestra de peculiar rencor, tampoco lo incluyeron en la lista de medallistas olímpicos invitados a participar de la ceremonia inaugural de Sídney 2000.

Por encima de todo esto, para Smith y Carlos, el de Norman fue un gesto aún más poderoso que el suyo. «Siempre lo respetaré y amaré. En ese preciso instante, tan sensible para todos, Peter se convirtió en un hermano para mí», explicó Smith, quien asistió con Carlos al funeral de su colega, fallecido de un ataque cardíaco en octubre de 2006. Más allá de las polémicas y las condenas, Carlos sintetizó su pensamiento en una reflexión cercana a la utopía pero de una lógica rabiosa: «¿Por qué tenemos que usar el uniforme de nuestro país? ¿Por qué se tocan nuestros himnos? ¿Por qué tenemos que ganarles a los rusos? ¿Por qué los alemanes del Este tienen que derrotar a los del Oeste? En definitiva, ¿dónde quedó el ideal olímpico del hombre contra el hombre?».


8. La interminable noche de Tlatelolco

Si bien fue el más trascendente, el del Black Power estuvo lejos de ser el único episodio extradeportivo de México 68. Los Juegos se vieron condicionados por la Masacre de Tlatelolco, producida apenas diez días antes de la inauguración. En el atardecer del 2 de octubre comenzó el triste desenlace de un conflicto que duró varios meses, que tuvo a obreros, granjeros y estudiantes como fogoneros y a los importantes gastos generados por los Juegos como uno de los motivos de reclamo.

Notablemente narrados en el libro La noche de Tlatelolco, de la escritora mexicana Elena Poniatowska, los episodios del 2 de octubre atravesaron dramáticamente el aire olímpico mexicano, fundamentalmente debido al asesinato de entre 30 y 300 de los 50.000 manifestantes que se expresaron pacíficamente durante la jornada en la plaza de las Tres Culturas.

El gobierno mexicano quiso mostrar un país en calma durante las competencias, pero se negó a discutir los reclamos realizados por el Consejo Nacional de Huelga. Y eligió la represión como la vía directa para limpiar el camino de los Juegos. Las consecuencias no se manifestaron de inmediato y, una vez más, los Juegos se desarrollaron sin alteraciones. Sin embargo, las heridas que el episodio dejó en la sociedad mexicana siguen abiertas hasta nuestros días. Mientras 40.000 personas participaron de la marcha del 40.º aniversario, en 2008, el expresidente Luis Echeverría, ministro del Interior durante la masacre, estuvo detenido en 2006 y solo fue absuelto de los cargos de genocidio en 2009.

Pero hubo más que eso. Luego de que varios países africanos, otros del bloque soviético y numerosos atletas negros norteamericanos amenazaran con retirarse de los Juegos, Sudáfrica fue invitada sutilmente a no participar. «Consideramos poco sabia la presencia sudafricana en estos Juegos», avisó el mismo Comité Olímpico Internacional que había invitado a sus deportistas con la promesa de eliminar la discriminación en el deporte para Múnich 1972.

Además, tras tres Juegos Olímpicos a los que habían concurrido bajo una sola bandera —la amarilla, roja y negra tradicional con los anillos olímpicos en el centro—, y con la Oda a la alegría de Beethoven como himno, Alemania Occidental y Oriental participaron por primera vez por separado. Así sería, con singular éxito para la del Este, hasta Barcelona 1992, primeros Juegos luego de la caída del Muro de Berlín.


9. Vera Caslavska: persona non grata

El caso más emblemático en la combinación entre suceso deportivo y manifestación política fue el de la formidable gimnasta checoslovaca Vera Caslavska. Triple campeona olímpica en Tokio, la mejor gimnasta de la historia hasta ese entonces sumó cuatro doradas más en México para un total impresionante de seis medallas. Dicho de otro modo, no hubo disciplina en la que no ganara una medalla en 1968.

La única prueba individual en la que no ganó, la de la viga de equilibrio, tuvo un fallo polémico en favor de la soviética Natalia Kuchinskaya. Durante la premiación, Caslavska bajó la cabeza y la giró hacia un costado en evidente señal de desaprobación del himno del país de su adversaria. Inicialmente, la prensa simplificó el incidente argumentando que Vera se había expresado así enojada por el resultado de la prueba: lo mismo había hecho cuando sonó el himno soviético en la premiación del ejercicio de suelo, en el que compartió el primer lugar con Larissa Petrik, cuyo puntaje fue ajustado —y aumentado— después de la rutina de Caslavska. En realidad, la gimnasta ya se había expresado públicamente en favor del Manifiesto de las dos mil palabras, de Ludwig Vaculik, y había sido una ferviente partidaria de la Primavera de Praga y del presidente Dubček. Como tal, no dudó en repudiar a las fuerzas invasoras despreciando su himno nacional.

Fue la atleta más premiada de esos Juegos y una de las quince figuras olímpicas con más títulos en la historia. Usó su talento para brillar en el deporte y su popularidad para defender lo que consideraba mejor para su pueblo, sin pensar en el precio que pagaría: la prohibición definitiva para competir por su país y viajar fuera de él y ser considerada persona no grata en su propia tierra. Una síntesis de rebeldía entrañable, de extraño compromiso en medio de un universo de jóvenes que dicen pensar exclusivamente en su deporte.

México 68 fue, finalmente, mucho más que el escenario de su más notable performance atlética. Fue en la catedral de Ciudad de México donde se casó con el también gimnasta (y también checoslovaco) Josef Odlozil, semanas después de los Juegos. Y fue México el lugar que le dio cobijo garantizándole trabajo como entrenadora del equipo nacional de gimnasia artística. La caída del Muro también cambió brutalmente su vida. Primero fue consejera del presidente Vaclav Havel. Poco después, la eligieron presidenta del Comité Olímpico de la República Checa. En 1995 se convirtió en miembro del Comité Ejecutivo del COI.

En honor a su genialidad y a su grandeza, nadie se animó a decir en qué lugar de esta historia había quedado el indulto con el que Havel benefició en 1997 a su hijo Martin, condenado en 1993 por el asesinato de Odlozil, de quien Caslavska se había separado tiempo atrás.

Vera Caslavska fue la atleta más premiada de esos Juegos y una de las quince figuras olímpicas con más títulos en la historia. Usó su talento para brillar en el deporte y su popularidad para defender lo que consideraba mejor para su pueblo, sin pensar en el precio que pagaría: la prohibición definitiva para competir por su país y viajar fuera de él y ser considerada persona no grata en su propia tierra.

El podio de la polémica en México 1968. Tommie Smith (centro), ganador de la medalla dorada, y John Carlos, ganador de la medalla de bronce, hacen el saludo del Black Power como parte de la protesta por los derechos civiles de los negros. Comparten el podio con el australiano Peter Norman, quien se solidarizó con ellos y luego fue castigado. Angelo Cozzi (Mondadori Publishers). / Wikicommons.


10. Lo que nadie recuerda de Múnich

Es realmente difícil prescindir de esta historia siempre que se quiera decir algo sobre Múnich 1972. Resulta ingrato minimizar las cinco medallas de la nadadora australiana Shane Gould, el regreso a los Juegos de la arquería y el hándbol o la victoria del soviético Valery Borzov en 100 y 200 metros llanos, seguramente beneficiado por la eliminación de los favoritos norteamericanos Robinson y Hart, quienes llegaron tarde a sus series de cuartos de final por un error de información de sus entrenadores.

¿Cómo no dedicarle el capítulo entero a Spitz, que ganó cada uno de sus títulos batiendo el récord mundial? ¿En qué lugar de nuestra memoria quedan los norteamericanos Vincent Matthews y Wayne Cole —dignos sucesores de Smith y Carlos—, los dos primeros en los 400 metros llanos, que fueron suspendidos de por vida después de bromear intercambiando medallas en el podio y haberse negado a mirar la bandera norteamericana durante el himno?

En memoria de los Juegos de Múnich, deberían haberle dedicado varias películas a la historia de la final de básquet más bochornosa de la historia, en la que los soviéticos les ganaron por un punto a los norteamericanos un partido en el que tres veces se obligó a repetir la última jugada por un defecto en el cronómetro, hasta que Alexander Belov metió el doble decisivo y, camino al vestuario, al entrenador perdedor, Hank Iva, además del partido le robaron la billetera. Sin embargo, desde 21 horas en Múnich, con William Holden, hasta Múnich, de Steven Spielberg, el cine y la tele dedicaron decenas de títulos a la Masacre de Septiembre Negro. Si hasta Un día en septiembre, un filme imprescindible e impactante, ganó un Oscar al mejor documental en 2000.

A veces, la excepcionalidad del drama supera a la excelencia del deporte. Y les aseguro que no hay nada que se parezca a los Juegos Olímpicos. Para Múnich 1972, Milos Forman fue invitado a filmar un documental sobre el decatlón, prueba que se disputó poco después del desastre. El director checoslovaco, para entonces radicado en los Estados Unidos, vivió en la Villa Olímpica sin formar parte de ninguna delegación. Un privilegio que hoy parece imposible.

Así recordó el mago de Atrapado sin salida su experiencia del 5 de septiembre durante una serie de documentales emitidos por el COI en la previa de Atenas 2004: «Temprano en la mañana del 5, llamó a mi teléfono la secretaria de la oficina preguntándome si estaba al tanto de lo que estaba pasando. "No", le dije. Me gritó que saliera a la ventana. Yo vivía en el piso superior del edificio más alto de la Villa, ubicado a cincuenta metros del lugar de los israelíes. No era el lugar que yo conocía. Decenas de policías, unidades similares a las de SWAT, ambulancias, soldados apuntando con ametralladoras. A diez metros de allí, había atletas jugando al minigolf y al ping-pong. Bajé de inmediato y les pregunté si sabían lo que estaba pasando en ese mismo momento. No comprendía cómo podían seguir en lo suyo. "Escuche —me dijeron—, mientras no se suspendan los Juegos, no vamos a dejar que nada altere nuestra concentración. Trabajamos toda nuestra vida para esto". De algún modo, pude comprenderlos».

11. Nadia Comăneci, la chica diez

La forma más contundente para explicarle a un distraído qué significó Comăneci para la historia del deporte es contarle que la rumana no solo fue la primera gimnasta en merecer un 10 por parte de los jurados —barras paralelas en la prueba completa—, sino que alcanzó la máxima calificación siete veces durante el torneo. A diferencia de muchas otras disciplinas, la calificación en gimnasia es decreciente. Es decir, que todos los ejercicios arrancan en 10 y se van descontando décimas a partir de imperfecciones, omisiones o inconvenientes en el desarrollo de la rutina. Actualmente, debido a controversias que se produjeron durante Atenas 2004, se mide independientemente la dificultad respecto de la ejecución aun cuando el puntaje final sea el acumulado en ambos rubros. Por cierto, tal vez hartos de que los aplausos sean ajenos, los jurados determinaron que, aunque exista por reglamento esa posibilidad, no se debe calificar a nadie con un 10, porque —como dijo el Indio Solari— «nadie es perfecto». Excepto Nadia, claro. 

Tanta razón tienen los jueces —miento, siempre detesté que unas señoras sentadas detrás de una computadora dijeran que una chiquita de esas debe ser capaz de hacerlo mejor— que ni siquiera los tableros electrónicos estaban preparados para la ocasión. En Montreal, la tele jamás mostró un «10», sino un «1.00». 

Por cierto, no fue la perfección de sus ejercicios lo que convirtió a la rumana en —para muchos— única en su especie. Por suerte, aun en una disciplina tan llena de esfuerzo y atada a la frialdad de un número, el resultado final no lo es todo. Comăneci no es, por ejemplo, la gimnasta olímpica más exitosa. Es, apenas, la decimocuarta en la nómina de medallistas múltiples que encabeza Larissa Latynina, con un disparate de dieciocho podios en tres Juegos, el doble que la rumana entre Montreal y Moscú. Es más, ni siquiera fue la más ganadora en su deporte en Canadá: la rusa Nelli Kim ganó, como ella, tres doradas (Comăneci sumó, además, una plateada y otra de bronce), y otro ruso, Nikolay Andrianov, cuatro. Dudo mucho que sean demasiados los que recuerden a alguno de ellos antes que a la rumana. 

¿Por qué Comăneci, entonces? ¿Por qué el cine jugó con ella desde la ficción hasta el documental? Lo suyo en Montreal fue de una dimensión mágica tal que hasta podría decirse que ella misma fue, desde entonces, víctima de su sombra de sonrisa permanente y peinado con colitas de novia de salita de cinco. Cuando compitió en Moscú, cuatro años después, buena parte del mundo de la gimnasia despreció otra performance admirable que mereció cuatro medallas olímpicas más. La vieron gorda: pesaba tres kilos más de los 45 que acusó en Montreal. Aun así, volvió a ser la mejor. Pero Nadia no podía superarse a ella misma en gracia, creatividad y esmero. Lo mejor ya había sido hecho. 

Su carrera deportiva terminó en 1981, pero siguió haciendo exhibiciones durante varios años más, incluso una en Buenos Aires a mediados de los ochenta (viajé al aeropuerto de Ezeiza con la ilusión de hacerle la entrevista que jamás pude concretar). Fue unos años antes de que, después de avisarle a su hermano Adrián, decidiera desertar. Salió por la frontera con Hungría junto con otros gimnastas. De allí, derecho a Nueva York patrocinada por el gobierno norteamericano. Nadia admitió que jamás se hubiera ido de su tierra —y de su casa y de su familia— de haber imaginado que, poco después de su huida, caería el gobierno de Ceausescu. 

«Fueron mis peores días —explicó Nadia después, ya instalada en Oklahoma junto con su esposo, el exgimnasta norteamericano Bart Conner, y su hijo Dylan Paul—. No solo me fui de mi casa pensando que jamás volvería, sino que ni siquiera pude despedirme de mi madre: se hubiera muerto de un infarto de haber sabido lo que yo planeaba». Para colmo, sus primeros tiempos del otro lado del mundo incluyeron una relación afectiva traumática que concluyó cuando Nadia descubrió que su pareja la había estafado y se había quedado con parte de sus ahorros. 

Habrá sido a principios de los noventa cuando me quedé congelado en pleno verano neoyorquino: de caminata por Broadway, vi un anuncio suyo recostada y en ropa interior; el cartel me pareció largo como la cuadra misma. La marca, creo, era Jockey; más bien deportiva y poco sensual. Para mí, erotismo en estado puro. 

De todos modos, no fue nada de esto lo que la convirtió en única. Una vez más, los desafío a descubrir una imagen suya durante Montreal 1976, fija o en movimiento, en la que no se la vea sonreír, en la que algún mínimo rictus de esfuerzo deforme la gracia de sus rutinas. Cero. Imposible. Nadia Comăneci fue única porque durante sus ejercicios jamás transmitió ni una minúscula parte de las presiones y los abusos que soportó. Porque hizo maravillas sin esfuerzo aparente. Los que amamos ver sus rutinas, solo la vemos feliz, libre, plena. Porque si, por tradición, aquella gimnasta que inventa un nuevo movimiento merece que esa acción lleve su nombre, Nadia le puso su apellido a la mismísima gimnasia.

La rumana Nadia Comaneci no solo fue la primera gimnasta en merecer un 10 por parte de los jurados —barras paralelas en la prueba completa—, sino que alcanzó la máxima calificación siete veces durante el torneo. Ni siquiera los tableros electrónicos estaban preparados para la ocasión: la tele jamás mostró un «10», sino un «1.00».

12. Pentatramposo

Ni siquiera los amantes profundos del olimpismo estamos a resguardo de la ingratitud. Difícilmente el pentatlón moderno hubiera tenido un espacio destacado entre estas historias de no haber existido Boris Onishchenko, un ucraniano considerado —hasta Montreal— uno de los más notables pentatletas de todos los tiempos. Llegó a Canadá como cuádruple campeón mundial, subcampeón por equipos en México 1968, subcampeón individual y campeón por equipos en Múnich 1972. Un héroe nacional, miembro del ejército de su país. 

Su disciplina consta de cinco especialidades por disputarse una cada día: equitación, esgrima, tiro, natación y cross country. Programada para el 19 de julio en el gimnasio de la Universidad de Montreal, la prueba de esgrima fue la del escándalo. 

El equipo soviético estaba cuarto después de la prueba ecuestre y, por antecedentes, su superioridad en tres de las cuatro disciplinas restantes le auguraba una fuerte chance de repetir la victoria de cuatro años atrás. Para colmo, Onishchenko, un formidable esgrimista, debía enfrentarse con Jim Fox, capitán británico. Al promediar el combate, netamente favorable al soviético, Fox reclamó al árbitro que algo extraño estaba sucediendo: su rival sumaba puntos por estocadas que no se habían producido. El árbitro pidió la espada de Onishchenko y se descubrió que tenía un mecanismo oculto en la empuñadura que le permitía sumar puntos con solo accionar un botón oculto que hacía contacto con los sensores. Alta tecnología, alta trampa. 

El equipo soviético fue descalificado y Onishchenko, sacado esa misma noche de una Villa Olímpica en la que un par de compañeros de delegación lo esperaban y no para invitarlo a un trago justamente. En octubre, Leónidas Brezhnev, líder soviético, citó a Onishchenko para un encuentro personal. Malas noticias: le quitaron el título militar así como todos los honores deportivos. Pudo haber sido peor. El más grande pentatleta de la historia —y el más tramposo— pasó sus días, desde entonces, trabajando como taxista en su Kiev natal.



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