Libros para celebrar a los gatos en su día

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ALERTA SPOILER: Este artículo ha sido escrito por un amante devoto de los gatos, de modo que no habrá aquí ni una pizca de imparcialidad.


«Puede que la mayor división del mundo no sea entre hombres y mujeres, sino entre las personas a las que les gustan los gatos y aquellas a la que les gustan los perros», dijo una vez Stephen King, amante confeso de los felinos y orgulloso guionista de la película «Cat's Eye», basada en sus relatos «Quitters, Inc.» y «The Ledge» y protagonizada, por supuesto, por un gato. La debilidad de los escritores por los gatos es comprensible: observadores y perezosos; elegantes, independientes y arrogantes; de modales aristocráticos y gustos caprichosos; siempre en calma y en alerta, los gatos han sido mucho más que animales de compañía para escritores y artistas. Han sido, más que nada, una fuente de inspiración.

Los gatos aman los libros tanto como nosotros

«Los gitanos y los traductores internacionales no tienen gatos. Un gato es territorio fijo, límite armonioso; un gato no viaja, su órbita es lenta y pequeña, va de una mata a una silla, de un zaguán a un cantero de pensamientos; su dibujo es pausado como el de Matisse, jamás Jackson Pollock o Appell». El argentino Julio Cortázar tenía un gato llamado Teodoro W. Adorno sobre el que escribió extensamente en La vuelta al día en ochenta mundos: «A veces anhelaba a alguien que, como yo, no se hubiera ajustado perfectamente a su edad, y una persona así era difícil de encontrar; pero pronto descubrí los gatos, en los que podía imaginar una condición como la mía, y los libros, donde la encontraba con bastante frecuencia».

Con un gato cerca se escribe mejor

La historia de la literatura ofrece ejemplos de sobra de la afinidad extrema entre libros y gatos. Edgar Allan Poe, que escribió el terrorífico relato «El gato negro», tenía un deseo literario que no se esforzaba en ocultar: «Ojalá pudiera escribir de modo tan misterioso como un gato». Para Aldous Huxley, autor de la novela distópica Un mundo feliz, la buena escritura era un motivo inapelable para rodearse de gatos: «Si alguien quiere hacer una novela psicológica y escribir sobre seres humanos, lo mejor que puede hacer es tener un par de gatos».

Los gatos nos hacen mejores humanos

Otros autores confían en que el influjo benéfico de los gatos se extiende más allá de sus libros. El poeta estadounidense Charles Bukowski tenía un gato de una sola oreja llamado Butch Van Gogh Artaud Bukowski y estaba convencido –con razón– de que «tener un montón de gatos alrededor es bueno. Si te sientes mal, solo tienes que mirar a los gatos y te sentirás mejor, porque ellos saben que todo es tal y como es».

Para Ernest Hemingway, el atractivo felino se debía a que «un gato tiene una honestidad emocional absoluta: los seres humanos, por una u otra razón, pueden ocultar sus sentimientos, pero un gato no». El primer gato de Hemingway, Snowball, seguramente sea uno de los casos más prolongados de esa fascinación que los felinos ejercen sobre los humanos: en la antigua casa que el autor estadounidense tuvo en las afueras de La Habana durante los años cuarenta y cincuenta viven hoy docenas de descendientes de Snowball: son «los gatos Hemingway».

Cómics y libros ilustrados sobre gatos

Los gatos saben que son mejores que los humanos

Alejandro Dumas, el autor francés de El conde de Montecristo y Los tres mosqueteros que tenía nada menos que tres gatos, reconocía en ellos una cualidad social: «El gato, un aristócrata, merece nuestra estima, mientras que el perro no es más que un tipo escurridizo que consiguió su posición mediante bajas adulaciones».

Es que «no hay gatos ordinarios», sentenció la novelista francesa Colette. Ese carácter aristocrático del gato, hay que reconocerlo, suele ser un eufemismo para referirse a su displicencia: «Mi gato no me habla con tanto respeto como yo a ella», reconoció Colette, famosa por su novela Gigi y por vivir rodeada de gatos: la primera crazy cat lady declarada del mundo literario.

No son aristocráticos, ¡son tiranos!

Raymond Chandler amaba tanto a los gatos que su agente, H.N. Swanson, dijo que el gato del escritor «sabía de él más que nadie». Ese conocimiento era mutuo, al parecer, por un pasaje de una carta que Chandler escribió a un amigo sobre su gato Taki: «Nuestro gato se está volviendo positivamente tiránico. Si se encuentra solo en algún sitio, emite gritos que hielan la sangre hasta que alguien viene corriendo. Duerme sobre una mesa en el porche de servicio y ahora exige que lo levanten y lo bajen de ella. Recibe leche caliente sobre las ocho de la noche y empieza a gritar por ella sobre las siete y media».

Ya lo había diagnosticado el inmenso poeta inglés T.S. Eliot, autor del libro Old Possum's Book of Practical Cats, una suerte de biblia para los amantes de los gatos: «Cuando un gato te adopta no hay nada que hacer al respecto, salvo soportarlo y esperar a que cambie el viento».

Y también son divinos

«Siempre preferí el enigma que suponen los gatos», dijo una vez el gran escritor argentino Jorge Luis Borges, que tuvo varios gatos. El más fotografiado fue uno blanco al que llamó Beppo, como el personaje de un poema de Lord Byron, otro devoto confeso de los gatos: «Nadie cree que los gatos son buenos compañeros, pero lo son. Estoy solo, acostado, y de pronto siento un poderoso brinco: es Beppo, que se sienta a dormir a mi lado, y yo percibo su presencia como la de un dios que me protegiera». A ellos les dedicó el poema «A un gato», que termina con esta estrofa:

En otro tiempo estás. Eres el dueño
de un ámbito cerrado como un sueño.

Gatos de ficción

¿Cuánto amor cabe en seis kilos?

No hay medias tintas con los gatos: quienes los aman, los veneran, y forman una cofradía invisible. El escritor estadounidense Mark Twain, que vivía con once gatos en una granja en Connecticut y tenía autoridad en materia felina, era muy claro al respecto: «Cuando un hombre ama a los gatos, soy su amigo y camarada, sin más presentación».

El autor de Las aventuras de Tom Sawyer y de Las aventuras de Huckleberry Finn seguramente habría sido gran amigo del Nobel de Literatura V.S. Naipaul, que se lamentó de la muerte de su gato Augustus como si se tratase del miembro más querido de su familia: «Fue calamitoso para mí. Siento una profunda, profunda pena. Pienso en Augustus. Era la suma de mis experiencias. Había asumido mi perspectiva, mi manera de vivir».

A ellos dos podría unirse sin duda un gran escritor inglés que reunió en una frase lo que todos los amantes de los gatos pensamos: «¿Qué mayor regalo que el amor de un gato?», se preguntó Charles Dickens que, como nosotros, conocía perfectamente la respuesta. 

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