Juan Esteban Constaín: «El fanatismo es la deshonra del mensaje cristiano»
«El Hijo del Hombre» (Debate, 2026) es un ensayo de 544 páginas con el que Juan Esteban Constaín arroja luz sobre los tres primeros siglos del cristianismo: la mezcla, casi accidental, de Atenas, Jerusalén y Roma que devino en una religión imperial.
Por Daniel Arjona

Detalle de Virgen y niño, obra del artista Giovanni Battista Cima da Conegliano (circa 1459). Crédito: Getty Images.
Roma, época imperial. Cuando un general regresaba victorioso de campaña, la ciudad le concedía el triunfo: un carro tirado por caballos, una multitud aclamándolo a su paso, una corona de laurel y, durante unas horas, la equivalencia tácita con un dios. Lo que el público no alcanzaba a oír, escondido bajo el ruido de la procesión, era la voz de un esclavo que iba al lado del general y le susurraba sin descanso la misma frase: «Recuerda que eres mortal». Tertuliano, padre de la Iglesia, transcribió la costumbre en el siglo II con una variante: «Mira hacia atrás, recuerda que eres humano». Con esa escena, la del hombre divinizado y el esclavo que le devuelve la mortalidad, abre Juan Esteban Constaín (Popayán, Colombia,1979) El Hijo del Hombre (Debate).
La obra empezó como un ensayo de veinte páginas. Constaín, escritor colombiano con libros previos sobre Chesterton, García Márquez, Álvaro Gómez Hurtado y los orígenes del fútbol, la concibió tras una visita con sus hijas a las catacumbas de Roma, recién levantado el confinamiento del covid. Una de ellas reparó en una imagen de Orfeo y preguntó qué hacía un dios pagano en una catacumba cristiana. La respuesta acabó ocupando 544 páginas: las que componen El Hijo del Hombre, donde se reconstruye el largo cruce entre Atenas, Jerusalén y Roma del que terminó saliendo la religión imperial.
La tesis avanza por acumulación. Charles Guignebert, citado por Constaín, condensó la paradoja: si el cristianismo se expandió con milagros, entonces Jesús era el hijo de Dios; si se expandió sin milagros, el hecho mismo de que se expandiera fue el milagro. La cifra contiene el asombro: tres siglos bastaron para que un predicador crucificado en provincias, un fracasado a ojos de quienes lo conocieron en vida, según la lectura desapasionada de Antonio Piñero, ocupara desde Roma el lugar que antes correspondía al César.
Constaín se acerca al material como historiador y como creyente, dos sensibilidades que en la búsqueda del Jesús histórico llevan más de dos siglos negociando con dificultad un mismo terreno. Su epígrafe es una frase de Nicolás Gómez Dávila que el autor hace suya: «Más que cristiano, quizá soy un pagano que cree en Cristo». Desde esa posición rastrea la genealogía pagana del primer cristianismo: el Orfeo de las catacumbas que rescata a los muertos del Hades como Cristo a las almas, o la misa católica como la última oportunidad, escribió Oscar Wilde desde la cárcel, que nos queda en este mundo de asistir a una tragedia griega.
El libro se cierra antes del éxito. La narración termina con la crucifixión y con San Pablo, cuando el cristianismo es todavía una secta minoritaria y perseguida. Lo que vino después, Constantino, la cruz vuelta espada, los perseguidos vueltos perseguidores, queda fuera del relato. La conversación que sigue recorre ese tramo anterior al triunfo, las razones del éxito improbable, la estética de la derrota como reparación de los humillados, y un presente en el que la inquietud trascendente, sostiene Constaín, ha vuelto a desbordar la orinoterapia y los demás sucedáneos espirituales de la modernidad.
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LENGUA: Este libro nació como un ensayo de 20 páginas sobre Orfeo en las catacumbas que se le fue de las manos. ¿Cuál fue exactamente el momento en el que se dio cuenta de que no iban a ser suficientes?
Juan Esteban Constaín: Me di cuenta de eso muy rápido, porque en efecto yo quería escribir un pequeño ensayo de 20 páginas a lo sumo sobre el vínculo entre Orfeo y el cristianismo, sobre todo para continuar una conversación que tuve con una de mis hijas en un viaje a Roma. Fuimos a una catacumba justo después del covid, en el primer viaje cuando abrieron de nuevo las puertas del mundo, después de aquella cosa apocalíptica y terrible que nos tocó atravesar. Teníamos además una sensación de supervivencia y de asombro renovado con las cosas del mundo que pensábamos que ya nunca íbamos a volver a ver. Yo me fui a Roma porque tengo familia allá y porque dos de mis hijas viven en Alemania. El reencuentro fue en Roma y les propuse ir a ver las catacumbas, que a mí me parece un plan delicioso e interesantísimo. Ellas estaban agotadas y en la segunda catacumba ya no querían ver una inscripción más. En un momento dado, una de ellas vio una imagen de Orfeo. Ella había estado trabajando en el colegio el mito de Orfeo, entonces me preguntó por qué en una catacumba cristiana aparecía una figura del mundo pagano y de la mitología griega. Empecé a hablar con ella sobre ese diálogo entre el paganismo y el primer cristianismo. Cuando volví a Colombia dije que iba a hacer un ensayo, que sería o una columna periodística o de pronto algo más, de unas 20 páginas. Me senté a escribir, y además yo que soy muy agorero, fue el 25 de diciembre de 2023. Empecé por la mañana y ya en la noche llevaba como 32 páginas, entonces me di cuenta de que esto tenía mucho más recorrido. Muy rápido me planteé ese dilema entre la contención y la desmesura, y me lancé dichoso a la desmesura hasta donde llegara. Empecé a escribir sin pensar en nada más, sino en el placer y la fortuna de escribir un ensayo que ahí descubrí que era el que quería escribir desde hacía mucho en mi vida.
«Empecé a escribir sin pensar en nada más, sino en el placer y la fortuna de escribir un ensayo que ahí descubrí que era el que quería escribir desde hacía mucho en mi vida».
LENGUA: Si yo fuera su hija y le estuviera preguntando lo mismo… ¿qué relación tiene Orfeo con Cristo y por qué rondaba aquella figura pagana por las catacumbas de Roma?
Juan Esteban Constaín: Esa invocación órfica en el primer cristianismo es muy fuerte porque para esos primeros cristianos hay una homologación teológica entre Orfeo y Cristo, que prestan más o menos el mismo servicio. En el fondo, Orfeo es este semidiós que va al inframundo, al Hades, y rescata por amor a los muertos. Lo que dicen los primeros cristianos es que nuestro Dios hace lo mismo: nos rescata de la muerte por amor, con la diferencia de que el nuestro además nos da la vida eterna. Desde el punto de vista iconográfico, la invocación órfica sirve también para que en muchos de esos viejos templos los primeros cristianos simplemente le añadan algún elemento a un Orfeo que ya estaba allí, dándose una transposición entre Orfeo y Cristo desde la imagen. El Cristo que tenemos todos en el imaginario, el Cristo filosófico, barbado y griego, es más del siglo IV en adelante. El Cristo anterior, sobre el que hay pocos rastros, casi siempre está emparentado con ese tipo de figuras del mundo pagano y griego.
LENGUA: Ha escrito sobre los orígenes del fútbol, sobre Chesterton, sobre Álvaro Gómez Hurtado, García Márquez, y ahora sobre el nacimiento del cristianismo. ¿Diría que hay un hilo que conecta de alguna forma todo esto o es puro y sencillo apetito intelectual?
Juan Esteban Constaín: El hilo conductor es el apetito intelectual, es la perfecta respuesta, y también una cierta devoción nostálgica por esos temas. Por ejemplo, el protagonista de la novela es un erudito judío, Arnaldo Momigliano, al que yo menciono mucho en El Hijo del Hombre, porque se ocupó profusamente de la relación entre el judaísmo del Segundo Templo y la cultura grecorromana. Al final empiezo a ver que sí hay un diálogo entre todos esos libros que deben estar unidos por esa voracidad intelectual.
LENGUA: ¿Se podría resumir la tesis del libro o condensarla afirmando que el cristianismo fue la consecuencia natural y casi inevitable del encuentro entre Grecia, Roma y el judaísmo?
Juan Esteban Constaín: Es difícil hacerlo, pero hay un autor e historiador de las religiones y del cristianismo francés llamado Charles Guignebert, que escribió un libro muy bueno que además existe en una traducción al español del Fondo de Cultura Económica de México, llamado El cristianismo antiguo. Él ahí dice que si el cristianismo se expandió con milagros, pues entonces es cierto que Jesús era el hijo de Dios; pero si se expandió sin milagros, el hecho de que se hubiera expandido fue el milagro. Claro, desde una perspectiva cristiana sí está permitido ese sesgo providencialista, pero desde un punto de vista histórico, no. Cuando pensamos en que fue inevitable que se diera el cristianismo, está muy claro que es la síntesis histórica de esas fuerzas que estaban allí gravitando y que venían dialogando desde hacía mucho. Fuerzas que se consuman en un proyecto religioso, cultural, filosófico y literario tan fuerte y arrollador, que a la vuelta de tres siglos domina el Imperio Romano.

Juan Esteban Constaín. Crédito: David Rugeles. Cortesía de la revista Diners.
LENGUA: Vamos a hablar de ese peculiar milagro. ¿Cuál diría que fue la peculiar razón del éxito de la expansión del cristianismo?
Juan Esteban Constaín: Como siempre en estos casos, es una suma de peculiares razones que explican por qué pasó lo que pasó. En esa suma uno encuentra, por un lado, la intuición clarividente y casi providencial de Pablo, que saca el cristianismo de la entraña judía y lo lleva a los gentiles. Ellos ya habían empezado ese diálogo, pero él es el que le da un cauce definitivo. Lo otro que explica mucho por qué el cristianismo va arraigando tanto en el siglo I y II, bajo el signo de la persecución imperial cada vez más implacable, es que es una respuesta a una profunda crisis espiritual que había en el mundo antiguo, sobre todo en el mundo helenístico desde hacía un par de siglos. Había una necesidad de trascendencia, porque el panteón de dioses clásico ya no era suficiente para las necesidades emocionales de la gente. Si lo piensas, la filosofía había sido una respuesta a esa crisis con el cinismo y sobre todo con el estoicismo. Ahí se ve una búsqueda trascendente que el cristianismo resuelve con dos ofertas muy poderosas que son la salvación y la vida eterna, por lo que en esa crisis tan profunda el cristianismo va arraigando. Lo otro es que constituye una estructura organizativa muy sólida que se va decantando con la persecución. La persecución le sirve mucho al cristianismo para constituir su estructura administrativa, que en últimas es una apuesta por la supervivencia. Muchos buscaban el martirio, pero otros decían que debían organizarse para no ser aniquilados y lograr llegar al fin de los tiempos, dada la obsesión milenarista y apocalíptica. Todo eso sumado explica ese hecho, para unos azaroso y para otros providencial, de que el cristianismo se vuelva una religión universal que domina el Imperio Romano.
«La derrota tiene una belleza que no tiene la victoria, y darles a los derrotados de la Tierra una reparación en el más acá y en el más allá tiene mucho valor».
LENGUA: Traza una línea entre el Jesús de la historia y el Cristo de la fe, algo que durante mucho tiempo fue problemático, sobre todo para los historiadores creyentes, por aquello de que si Jesús no ha muerto y resucitado, vana es nuestra fe.
Juan Esteban Constaín: Sí, y es una tradición historiográfica muy larga que empieza en el siglo XVIII. El contexto de la Ilustración y del surgimiento de la perspectiva crítica y racionalista influyó en muchos ámbitos, entre ellos el de la arqueología y la teología, que empiezan a juntarse en lo que se llama la búsqueda del Jesús histórico. Quienes se ocupan de ese tema han hecho aportes reveladores sobre el contexto y el mundo de Jesús. Es una rareza porque hay un espíritu colaborativo que no es tan común en la academia, donde a veces los egos se imponen; allí todo el mundo se celebra, aunque hay debates muy intensos porque es una disciplina superrigurosa que exige control de idiomas y altas capacidades. Uno se abisma en la búsqueda del Jesús histórico porque se encuentra con unas voces brillantes en Alemania, Francia e Inglaterra. En España tenemos a Piñero...
LENGUA: Es buenísimo Piñero.
Juan Esteban Constaín: Es buenísimo y serísimo, la tradición española, como siempre, es muy sólida.
LENGUA: Piñero me decía, sobre el éxito del cristianismo, que el personaje del Jesús histórico en realidad fracasa porque es crucificado y no había acumulado una legión de seguidores. Es verdaderamente fascinante e intrigante cómo un fracaso acaba tornándose en semejante expansión y éxito.
Juan Esteban Constaín: Me encanta esa idea de Piñero porque al final es una reivindicación de la derrota que se vuelve un éxito, una paradoja muy bella desde el punto de vista épico. La derrota tiene una belleza que no tiene la victoria, y darles a los derrotados de la Tierra una reparación en el más acá y en el más allá tiene mucho valor. Yo hablo en mi libro de la conversión de Oscar Wilde. No ahondo en el proceso, pero menciono cómo en la cárcel, envilecido, él, que era una especie de sacerdote neopagano de la religión del amor en la Inglaterra victoriana, derrotado dice que se va a convertir al catolicismo. Él lo hace por una razón estética, y es que la misa católica es la última oportunidad que nos queda en este mundo ruin de asistir a una tragedia griega, en la que un héroe va a la derrota y el coro, que somos los fieles, señala el camino. Luego, claro, el cristianismo pasó de derrotado a victorioso y de perseguido a perseguidor.

La Resurrección de Cristo, obra de Pedro Pablo Rubens (circa 1616). Crédito: Getty Images.
LENGUA: El libro termina con la crucifixión y con San Pablo. No decide llegar hasta otro momento razonable para finalizar la narración como es Constantino. ¿Por qué detenerse justo antes del éxito?
Juan Esteban Constaín: Le confieso que mi idea original sí era llegar hasta Constantino. Lo que más me interesaba eran los primeros tres siglos del cristianismo, ese periodo de la patrística y el diálogo de la filosofía griega pagana con el cristianismo. Pero fui escribiendo, y cuando llegué a San Pablo llevaba 600 páginas en el Word, por lo que mi editor me sugirió parar ahí, comentando que el resto daba para otro libro de otras 600 páginas. Tenía suficiente material para darle un cierre y, visto en retrospectiva, tiene más sentido contar la historia que cuento en El Hijo del Hombre, y después vendrá la historia triunfal.
LENGUA: Leí en una entrevista que escribir este libro no cambió su percepción personal de la figura de Jesús.
Juan Esteban Constaín: Puede haber una confusión, porque la pregunta de la periodista tenía que ver con mi fe, y le dije que no había cambiado porque yo soy cristiano católico, pero sobre todo soy, como dice el epígrafe de Nicolás Gómez Dávila, un pagano que cree en Cristo. Gómez Dávila tenía la obsesión del primer cristianismo y una vertiente teológica muy profunda sobre el diálogo entre el paganismo y el cristianismo. Esa frase resume mi fe y en ese sentido no me había cambiado, más bien me reafirmé. Pero la visión del personaje histórico sí cambió; leí y releí los evangelios canónicos y apócrifos con mucho más cuidado. Algo que antes me parecía forzado, que es la equiparación del socratismo de Cristo propuesta por Justino Mártir y explicada por Antonio Tovar, no la tenía clara, pero con las lecturas me quedó más clara, la entendí y me gustó. Jesús a veces es un personaje elusivo y no es festivo como Sócrates, salvo cuando convertía el agua en vino. El Sócrates platónico es muy vital, en cambio Jesús es un poquito más solemne. Pero Jesús sí tiene una cosa a veces como sarcástica en sus diálogos con los fariseos. Por ejemplo, cuando los discípulos comen espigas en sábado y los fariseos les reclaman, Jesús les contesta citando momentos de la Escritura en que se ha violentado la ley en el templo.
«Ese vacío de la religión que significa la modernidad se fue llenando con unos sucedáneos muy superficiales como la orinoterapia, a la que le llamamos espiritualidad, pero ya eso no es suficiente».
LENGUA: Ha escrito recientemente contra los fundamentalistas cristianos, que se sirven del mensaje de Jesús para defender realidades que lo niegan, ¿verdad?
Juan Esteban Constaín: Sí, lo pienso así, y creo que esa deriva del fanatismo y del fundamentalismo es la deshonra del mensaje cristiano. Por eso me parece tan importante este Papa, que está plantándole cara a esa vertiente del catolicismo recalcitrante y pérfido del candidato a vicepresidente de los Estados Unidos con Trump, que es un cínico absoluto que no cree en nada y se sirve de eso. No parece muy buena idea meterse con el Papa, tradicionalmente no ha sido buena idea; muchos enemigos del Papa no lograron su cometido y es una torpeza. Me encantó esa polémica entre Vance y el Papa, en la que Vance utiliza el concepto agustiniano del ordo amoris para hablar de los extranjeros, y el Papa le respondió con gran contundencia.
LENGUA: Vamos terminando, Juan Esteban. Si el cristianismo, como sostiene en el libro, es la consecuencia natural de ese cruce de civilizaciones, ¿qué futuro le ve ahora en un mundo donde esas civilizaciones se están disolviendo?
Juan Esteban Constaín: Goethe decía que es más difícil predecir el pasado, y tiene toda la razón, pero la verdad es que hay un resurgimiento de un interés trascendente, no sé si religioso, que nace de una crisis parecida a la que hubo en el mundo helenístico. Ese vacío de la religión que significa la modernidad se fue llenando con unos sucedáneos muy superficiales como la orinoterapia, a la que le llamamos espiritualidad, pero ya eso no es suficiente. Con Trump imantado por una cantidad de fanáticos, la gente quiere asideros más sólidos. Eso explica el auge del ensayo, porque la gente tiene la necesidad de asomarse a unos relatos. He tenido mucha suerte y he sido feliz haciéndolo, me siento privilegiado.

