«Soldados de Salamina», 25 años después: el disparo que no sonó… y cambió la literatura española
A finales de enero de 1939, cuando la Guerra Civil española agonizaba entre derrotas y huidas hacia la frontera francesa, un disparo que no se oyó cambió la historia literaria de nuestro tiempo. Rafael Sánchez Mazas, fundador de la Falange, fue fusilado y, sin embargo, sobrevivió. Un soldado republicano lo encañonó en el bosque y, tras mirarlo a los ojos, decidió perdonarle la vida. De ese gesto enigmático nació décadas después «Soldados de Salamina» (primera edición: 2001), la novela de Javier Cercas que redefinió el relato sobre la memoria y la guerra. Al hilo de la reciente reedición (2026) de este clásico imprescindible del siglo XXI -con un epílogo escrito por el propio Cercas-, el editor Miguel Aguilar conversa con él en exclusiva para LENGUA.
Por Miguel Aguilar

Javier Cercas en una imagen de 2025. Crédito: Getty Images.
Un ideólogo falangista huye entre los árboles, escucha los disparos que rematan a sus compañeros y siente el aliento de sus perseguidores. Lo descubren. Un soldado republicano lo apunta. Lo mira. Y, contra toda lógica bélica, decide no disparar. Ese instante suspendido en el tiempo es el corazón secreto de Soldados de Salamina, la novela con la que Javier Cercas transformó para siempre la narrativa española sobre la Guerra Civil.
Publicada en 2001 con un éxito inesperado y sostenido, Soldados de Salamina no solo rescató un episodio casi olvidado de enero de 1939, sino que cuestionó las fronteras entre ficción, crónica e investigación histórica. A través de la figura de un novelista en crisis que indaga en la peripecia de Rafael Sánchez Mazas, Cercas construyó un artefacto literario donde la memoria se vuelve territorio de duda, los héroes son ambiguos y la verdad nunca es simple.
Casi nueve décadas después de aquel fusilamiento fallido, la pregunta sigue intacta: ¿quién fue realmente el soldado que perdonó la vida a Sánchez Mazas y qué vio en sus ojos? Con la nueva edición de Soldados de Salamina (Random House, febrero de 2026), revisada a fondo por el autor y acompañada de un epílogo esclarecedor, la novela regresa 25 años después como lo que siempre ha sido: un libro necesario para entender cómo la literatura puede iluminar las zonas más complejas y humanas de nuestra historia reciente.
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Miguel Aguilar: Sueles citar la frase de Richard Rorty por la que el éxito de un libro depende de que coincidan las obsesiones privadas de un escritor con las necesidades públicas de una sociedad. Claramente la sociedad española necesitaba hablar de la Guerra Civil de otra manera, pero ¿qué obsesiones privadas volcaste en esa novela?
Javier Cercas: En realidad, toda la novela surge de mi obsesión con una imagen: la de un soldado republicano que, al final de la Guerra Civil, después de un fusilamiento colectivo, decide salvar la vida de un jerarca falangista cuando todo conspiraba para que lo matase. De esa obsesión brotaron los temas esenciales del libro -la supervivencia del pasado en el presente y de los muertos en los vivos, el instinto de la virtud, la literatura como instrumento de salvación personal-. Por lo demás, la novela concluye con una reivindicación de la memoria republicana, que durante años había permanecido enterrada, y esa reivindicación se convirtió más tarde en una necesidad nacional, colectiva; la prueba es que, tras la publicación del libro, se desencadenó el llamado Movimiento para la Recuperación de la Memoria Histórica, que tal vez debió de llamarse Movimiento para la Recuperación de la Memoria Republicana.
«Toda la novela surge de mi obsesión con una imagen: la de un soldado republicano que, al final de la Guerra Civil, después de un fusilamiento colectivo, decide salvar la vida de un jerarca falangista cuando todo conspiraba para que lo matase. De esa obsesión brotaron los temas esenciales del libro».
Miguel Aguilar: El libro se iba llamar Los amigos del bosque. ¿Qué pasó para cambiar de título?
Javier Cercas: Los amigos del bosque era el título que Sánchez Mazas había pensado para el libro que quería escribir sobre su peripecia en los bosques de Gerona tras su fusilamiento frustrado en El Collell, la anécdota de la que parte el libro; pero ese título me pareció enseguida totalmente insuficiente para mi libro (y por eso es solo el título de la primera parte). Como me ocurre con los títulos de todos o casi todos mis libros, el título definitivo cayó por su propio peso, entre otras razones porque Soldados de Salamina no aludía solo a Sánchez Mazas -que era el protagonista aparente del libro-, sino también a Miralles -que es el protagonista real, aunque se hable mucho menos de él que de Sánchez Mazas-. En el fondo, en el libro Sánchez Mazas es solo una excusa para llegar a Miralles.

Javier Cercas. Crédito: Getty Images.
Miguel Aguilar: Cuando salió el libro, mucha gente juraba haber conocido a Miralles. ¿Dónde cabe rastrear los orígenes de este antihéroe?
Javier Cercas: Yo no le llamaría antihéroe: le llamaría, con todas las sílabas, héroe, que es lo que es; al menos en su caso, no hay que tenerle miedo a la palabra. Miralles es tal vez el único héroe de verdad que yo he creado (y eso que me he pasado la vida preguntándome qué es un héroe; es decir: qué es la excelencia moral). ¿De dónde salió ese tipo? No lo sé: de mi corazón, supongo, o de mis tripas, que es de donde salen los personajes que están vivos. Y la prueba de que están vivos es que todo el mundo cree haberlos conocido.
«Lo que más me gusta es que Soldados de Salamina no tiene un solo tipo de lector: lo leen las mujeres y los hombres, los viejos y los jóvenes, sobre todo los jóvenes (y eso me encanta); también se sigue leyendo no solo en nuestro país, y no solo en nuestra lengua: por todas partes se reedita constantemente».
Miguel Aguilar: ¿Has notado un cambio en cómo las nuevas generaciones leen Soldados de Salamina?
Javier Cercas: Claro. El libro ha ido evolucionando, y además en todos los sentidos: moral, estético, ideológico. Es lo que ocurre con los libros que se leen de manera continuada durante muchos años, como felizmente le ocurre a este. Lo que más me gusta es que Soldados de Salamina no tiene un solo tipo de lector: lo leen las mujeres y los hombres, los viejos y los jóvenes, sobre todo los jóvenes (y eso me encanta); también se sigue leyendo no solo en nuestro país, y no solo en nuestra lengua: por todas partes se reedita constantemente. Por supuesto, el mérito no es mío, ni siquiera del libro, sino del lector, que sigue encontrando en sus páginas cosas que ni yo mismo era del todo consciente de haber escrito en ellas.
Miguel Aguilar: En muchos sentidos, Soldados inaugura literariamente el siglo XXI, al mismo tiempo pertenece a un linaje muy antiguo de estirpe cervantina. 25 años después, ¿con qué te quedas de la novela?
Javier Cercas: Con la alegría que me produjo escribirla; con las alegrías que me dio en cuanto empezó a leerse; con las alegrías que me sigue dando, un cuarto de siglo después de su publicación. En el fondo, ese es otro de los temas esenciales del libro, si no el esencial (y por eso alude a él la cita de Hesíodo que lo abre): la alegría, entendida como adhesión sin resquicios a lo real. Esa alegría esencial es la que define a Miralles. También la que, al menos en mi recuerdo, permea el libro.
Las conferencias Weidenfeld 2015

