«Fosca», de Inma Pelegrín (Premio Lumen de novela 2025)
Los grillos se han callado de golpe y Gabi se despierta con un vacío en el estómago. Sus padres se han ido y sabe que algo está a punto de ocurrir. Los días anteriores en el campo los ha pasado como siempre: ayudando con el grano, perdiéndose bajo los calistros con su perra Sombra y soportando las bromas crueles de sus hermanos mayores. Se ríen de él porque es diferente: conoce los secretos de las plantas, unos guantes cubren las verrugas de sus manos y una extraña condición le impide reconocer las caras. Esta noche un crimen cambiará su vida para siempre. Aunque no consigue identificar al culpable, sabe que solo puede ser obra de alguien cercano. Mientras avanza la fosca, esa densa tolvanera que recorre las ramblas y cubre todo de calima, incluso las certezas, Gabi intenta sacar la verdad a la luz y vengarse... A continuación, LENGUA publica las primeras páginas de «Fosca» (Premio Lumen de novela 2025), el debut narrativo de Inma Pelegrín, ganadora de cinco premios de poesía, una «antinovela de iniciación con ecos que van de Ana María Matute a Jesús Carrasco y que lee con los sentidos y el corazón» (del acta del Jurado del Premio Lumen de novela).
Por Inma Pelegrín

Todavía no se han callado los grillos y ya están cantando las chicharras. A pesar de lo temprano que es, chillan como si fuera mediodía. Es un ruido tan aburrido que a veces se te olvida que las estás escuchando y de pronto, no sabes por qué, te das cuenta de que las habías dejado de oír aunque no han parado ni un segundo. Entonces es como si subieran el volumen, todas a la vez. Como si crujieran dentro de tu cabeza.
Los Hermanos siguen dormidos. En cuanto se despierten saldrán corriendo a mear a la calle en calzoncillos, haciéndose la zancadilla y pegándose empujones y castañetas en la picha. Mejor me levanto ahora, antes de que lo hagan estos tres y empiecen con sus chorradas. No quiero llevarme una colleja por estorbarles en su carrera hacia la tapia. Me ponen de muy mala leche y a ellos les gusta hacer todo lo que me encangrena. Su deporte favorito es verme jodido, a ser posible llorando. Mejor me voy con Madre a la cocina.
Esta noche no se movía una gota de aire. Padre salió a la calle a fumar un Celtas y al final se terminó el paquete. A mí me gusta sentarme en el poyete de la placeta cuando Padre no puede dormir. No hablamos de nada. Él sabe que estoy ahí, pero es como si no me viera. Enciende un cigarro tras otro y mira, sin mirar, hacia la noche. Como viendo algo que nadie más puede ver.
Sombra vino a poner la cabeza sobre mis rodillas, a reclamar su ración de mimos nocturnos. Metió el morro bajo mis manos para hacerse sitio y lo movió hacia los lados para acariciarse. Siempre está conmigo. En cuanto escuchó que salía —aún no había puesto yo un pie en la calle— ya estaba pegada a mí. A mi pierna derecha. Me sigue a donde vaya, excepto dentro de casa. Tiene prohibida la entrada. Según Madre, es una guarrería. Las casas son para las personas y sólo para las personas.
Sombra tiene su hoyo frente a la placeta. Allí es donde pasa la siesta y duerme. Donde se queda a esperarme cuando estoy dentro de casa. El hoyo le ayuda lo mismo para el calor que para el frío; allí se acurruca, perezosa, pendiente de la puerta. Sabe que soy yo antes de que se abra. Si es otro el que va a salir, levanta la cabeza y empina la oreja, que tiene gacha, con desinterés, sin sollisparse. Si soy yo, antes de que abra la puerta y pueda verme, ha dado un salto y está en la baldosa meneando el rabo.
Esta mañana ha llegado estirándose, medio dormida, para acompañarme a mear a la tapia del corral.
Madre sonríe al verme entrar y se pasa la mano por la frente.
—Menuda fosca. A la bendita hora que es y ya he visto una tolvanera por la rambla. ¿Malta, leche o maltileche? —me pregunta mientras me lavo la cara en el balde.
Me quito las vendas y las dejo en su lebrillo. Madre me las ata a las manos cada noche. Les deja al final un nudo flojo para que me las pueda soltar yo solo a la otra mañana. Sólo tengo que tirar con los dientes de uno de los extremos.
—Tanta tolvanera tan temprano no abarrunta na bueno —me advierte.
—Mejor maltileche —le respondo cuando veo la fuente llena de trozos de pan duro sobre la mesa. Las sopas de pan me gustan más con maltileche.
Me pongo los guantes después de ver que las verrugas continúan en mis manos. Antes me despertaba cada mañana convencido de que ya no estarían. O bien lo soñaba o bien quería creer que lo había soñado. Ya he aprendido a no hacerme ilusiones. Ahora me quito las vendas pensando que seguirán ahí, pegadas a mi piel, y es verdad que aquí siguen; esta mañana también.
Marcela le comentó a Madre que las verrugas se van si las cubres en la noche con vinagre. Los gases acaban por ahogarlas y se secan desde la raíz. Al parecer, las mías, como los calistros, tienen raíces fuertes y hondas. Las raíces de los calistros pueden llegar a muchos kilómetros de sus troncos. Cavas en donde sea, das con una raíz y lo mismo el árbol ni lo ves de lo lejos que está. Me pregunto hasta dónde llegarán, dentro de mi cuerpo, las raíces de mis verrugas que tanto tardan en secarse.
Lo único que ha conseguido el vinagre es que mis Hermanos tengan un motivo para llamarme boquerón, muñones, cebolleta, aceituno o apestado. Que a imaginación para inventar motes que jodan no los gana nadie. También ha servido para que me asusten con la idea de que si me pajeo se me llenarán mis partes de verrugas. Cuando lo hago, siempre me toco arriba y abajo por encima del calzoncillo, con las vendas puestas y nada más que con las puntas de los dedos, porque justo en las yemas es el único sitio en el que no tengo. No sé por qué ahí no me salen. Para todo lo demás llevo mis guantes. Nada más levantarme me los pongo y los uso hasta que me acuesto, cuando Madre me vuelve a poner las mismas vendas mojadas, y vueltas a mojar, en vinagre.
Me sirve un tazón de maltileche y me entretengo en hundir las sopas con la cuchara. Les echo el azúcar por encima para ver cómo cambian de color y se crea una corteza que desaparece al momento, disuelta en el líquido. Las empujo con la cabeza de la cuchara en lo que tardan en empaparse para ponerse blandas. En cuanto empiezan a hundirse es como me gustan. Ni demasiado blandas, que se me deshaga el trozo y ya no lo encuentre en el vaso, ni demasiado secas, porque me gusta notar el caldo de la maltileche al apretarlas con la lengua.
Madre coge un trozo de pan duro de la fuente, sosteniéndolo con el índice y el pulgar, lo moja por un extremo en su manzanilla y lo muerde. Veo las migas caer hacia el fondo del vaso. Al poco, el líquido amarillo brillante se pone turbio.
—Ha dicho Padre que sigáis con el grano —me informa.
Asiento con la cabeza mientras oigo a mis Hermanos hacer el bruto fuera.
—Antes, en un llampo, te acercas a lo de Marcela y me traes una poca creciente.
Marcela es nuestra vecina más cercana. Sombra y yo andamos sin prisa el kilómetro y algo que separa su casa de la nuestra. Las chicharras chillan y chillan. Sombra avanza sin levantar polvo y sin dejar huella en el camino cuando pisa. Es una perra silenciosa, se le nota la sangre de cazadora. Sólo por el gusto de intentar hacerlo como ella, pruebo a caminar yo también sin hacer ruido, como si pisara huevos. No sé si me sale bien del todo. Sombra me mira de reojo.
—Dice Madre que si me das creciente que quiere amasar, que se la agriao la suya, que no me entretenga —le digo extendiendo la olla minúscula de hierro— y que te diga que por favor y que te dé las gracias.
—Pues sí que nos hemos levantao azogaos esta mañana —me responde Marcela sin inmutarse—. Siéntate un rato que tengo agua de cebada fresquica. Aluego dimpués lo arreglo yo con tu madre.
De normal me encanta el agua de cebada, pero, como Marcela tiene el frigorífico a butano, en su casa está más buena todavía.
Me siento a la mesa con cajón de su cocina y le doy tragos pequeños a mi vaso para que no se me hielen los dientes y para que me dure más la bebida. Ella se sienta frente a mí. Cuando he llegado estaba limpiando bajocas. Les quita las puntas y las corta en trozos. Las puntas las deja en un montoncito en la mesa y los trozos los mete en un cazo con agua y tajadas de limón para que no se pongan negros. Encima les ha puesto un plato para que se hundan sin flotar.
Al primer trago, ya se me ha olvidado que Madre me espera y que mis Hermanos estarán subiendo el grano a cubos a la falsa. Bueno, quizá no se me ha olvidado y lo que pasa es que prefiero quedarme aquí. Ojalá que Marcela cumpla con lo de arreglarlo con Madre y no me lleve una bronca. A ver si luego no quiere venirse conmigo a mi casa y me la gano.
—Mejor me haces compaña y aluego voy contigo y les digo que tas quedao a ayudarme —me dice Marcela.
Yo respiro aliviado. A veces, Marcela es como si me leyera el pensamiento.
—Platicamos nosotros un rato que ya tendrás tiempo dimpués de ayudar a tus hermanos. Tú no te apures —me tranquiliza, por si me queda alguna duda.
Tiene en la encimera una olla de hierro enana, idéntica a la nuestra, donde guarda la creciente. La pone cerca del fogón, a tempero, tapada con un paño para que no le dé un mal aire y se le eche a perder, lo mismo que hace Madre en casa. Cada vez que hacen una creciente nueva, recitan la misma letrilla: «Crece, creciente, como creció Jesús en su vientre» y luego se persignan.
—Es que se meten muncho conmigo —le confieso con ganas de echarme a llorar—, pero muncho muncho. Cuando güelva me van a empezar a decir que no hago na, que soy un mimao. Siempre están con lo mesmo.
A nadie más que a Marcela le podría contar mis cosas.
—Ya sabes tú que no eres como ellos —me responde—. Tú eres más listo que to eso.
—Ya me lo dice Madre, pero es que no paran. Los tengo engollipaos. Engollipaos del to. Les he cogío tirria. A lo mejor la mesma que me tienen ellos a mí. Me tienen inquina. A veces pienso que les gustaría hacerme argo malo, por cómo me miran.
—¡Jesús mil veces! Eso ni se piensa ni muncho menos se dice, Grabiel, que no hay que llamar a la malaventura.
Marcela se persigna rápido varias veces, mete la mano en el vaso que se iba a beber y me la espurrea por encima. Luego se levanta de la silla, agarra unas tijeras que hay en el fregador y se pone a cortar el aire, como partiendo hilos imaginarios que sólo ella puede ver. Murmura palabras que no entiendo. Después, dando un golpe en la mesa, las deja entre nosotros.
—Ni de broma, Grabiel —me dice mirándome muy seria—. ¿Me oyes? Ni de broma. Ya os haréis grandes y tendrás tú que echarte a ver a ellos. ¿Es que no te das cuenta? Tos se han dejao el colegio. Tos al bancal de cabeza. Tú sigue con tus letras y hazte de provecho.
—Si yo quiero seguir —le digo para tranquilizarla.
—Me ha dicho tu madre que el maestro piensa que eres avispao, que te ve posibles.
Un calor me recorre la cara al escucharlo. Es un calor bueno que me pone alegre. Es verdad que soy el único de mi casa que va al colegio y que sabe leer de carrerilla. Los otros se atrancan y van tan despacio que, al final, no se entiende lo que están diciendo. No lo entiende ni el que lo lee. Serafín antes sí leía, pero después de ponerse malo nada más sabe las vocales. Madre ni eso.
—En el colegio hay libros y el maestro nos los deja a algunos. No a tos. Sólo a los que él ve que se los puede dejar. A mí me presta siempre los que quiera. Vino a mi casa a pedirle a Madre que no me dejara el colegio. Echó el viaje sólo pa eso —le digo con orgullo—. A Padre no le dio gusto ninguno. Se le torció el morro.
—¿Ves? Y aluego serás el más listo de tos. Y ellos te lo preguntarán toíco a ti.
No me lo acabo de creer, pero igualmente me siento feliz al escucharlo.
—Un día te digo cómo se escribe tu nombre. Aunque es largo. Tiene siete letras —le advierto, después de contarlas en silencio—, igual que el mío.
Marcela no ha ido al colegio. Entonces no había colegios, o a lo mejor sí, pero aquí no había, que se sepa, y menos iban a ir las niñas. Porque ¿para qué iban ellas a querer ir?
—Un día si quieres me enseñas, que naide nace enseñao.
—Se te ha apagao una mariposa —le aviso, señalando el plato con aceite que hay junto a la olla de la creciente.
Ella se levanta para sacar una velilla de la caja de las de San Juan Bosco, la enciende y la deja junto a las otras dos que arden en el plato.
Marcela no tiene hijos. Una vez tuvo uno, pero ya no. Por eso en su cocina hay siempre tres mariposas encendidas que flotan en un plato de aceite. Todo el mundo lo sabe, pero ninguno le decimos nada.
Tengo un problema con las caras. Cuentan que al padre de Madre, yo no lo conocí, le pasaba lo mismo. La gente dice que no podía verlas, que no podía ver las caras de la gente. Todo lo demás lo veía, pero las caras no. Para las caras estaba ciego. También dicen que nunca subía al pueblo solo, ni iba al mercado sin mi abuela para que le dijera quién era este o el otro, para avisarle de cada cual con los que hablaba, de los tratos que hacía o había hecho. Mi abuelo no se fiaba de nadie más que de mi abuela. Hasta que mi abuela no se lo indicaba, no le daba un apretón de manos a nadie.
En mi caso no es verdad, yo sí puedo verlas. Puedo ver la cara de quien sea. Yo no estoy ciego para eso. Le puedo ver los ojos, la nariz, la boca. Todo eso puedo verlo, pero es como si no las entendiera. Es como si todas esas partes las viera por separado. Como si viera cada cosa por su lado, pero no la suma. No consigo distinguir a la persona que hay detrás de todo eso.
Entonces, se me confunden unas personas con otras y saludo porque me saludan. Porque alguien conocido será cuando lo hace. Si me saludan, yo los saludo, fijo; si no me saludan, a veces, lo hago yo primero porque me creo que esa persona me suena de algo y luego resulta que es la primera vez que me la encuentro. Si por casualidad me da plática, pongo una excusa y me voy en cuanto puedo.
Normalmente sé que alguien es alguien por el sitio en el que está, por el peinado, por la ropa o por lo que está haciendo. Cuando veo muchas veces a la misma persona es más difícil liarme, aunque no imposible. Por ejemplo, Madre es Madre porque está en mi casa, porque se peina con un moño en forma de mazorca de maíz tumbada y porque lleva su bata de alivio de luto. A las mujeres mayores siempre se les ha muerto alguien, aunque haga mucho tiempo, así que se ponen de alivio por respeto. Porque es como tiene que ser. La de Madre es gris con pintas negras. Pero si un día se va a una boda, se viste y se peina de otra manera, tengo que acordarme del hato que lleva para saber que es ella. Si hubiese otra mujer vestida igual, del mismo tamaño y con el mismo color de pelo, yo no sabría que no es Madre, a no ser que la viera moverse o la escuchase hablar. Con las voces nunca me equivoco ni se me olvidan. También me fijo en cómo se mueve la gente. Cada cual se mueve a su manera, y con eso también me apaño, a veces. Otras me lío y no le saco punta por más que quiera. Entonces quedo como un imbécil. Un imbécil de remate.
Este año el maestro se afeitó el bigote. Como se lo había quitado, yo no podía saber que era él y le pregunté el nombre y que si don Cosme estaba enfermo y había enviado un sustituto. Lo hice delante de los demás y, claro, todos rompieron a reír. El maestro pensó que había sido una gracia mía y me pegó un soplamocos que me dejó en el sitio. La gente, para mí, se resume en un bigote o un lunar o unas gafas o una ceja partida. Todo lo demás me sobra. Esa es mi manera de acordarme.
El olor no me ayuda. En el pueblo la gente huele distinto; quiero decir, distinto a nosotros y distinto entre ellos. En el campo olemos todos a lo mismo: una mezcla de cerdo y gallinaza con cebolla y leche agria. El sudor de los hombres huele más a cebolla rancia y el de las mujeres más a leche agria. En el campo no se puede distinguir mucho más.
Nuestras casas están contiguas a los cebaderos, así que más cerca de los cerdos no podemos vivir; sólo nos separamos de ellos por una pared. Entre eso y que nos pasamos el día echándoles de comer o cambiándoles la paja de la cama, es imposible oler a otra cosa. Por más que te laves en el barreño y te des con el jabón de sosa, la peste a marrano se te queda entrapizada en la piel.
Nosotros, los del campo, casi no notamos la peste que llevamos encima, porque la nariz se acostumbra a oler a lo mismo a todas horas. Aunque no nos la notemos, siempre está. Hagas lo que hagas, está. Los del pueblo ¡vaya que sí la sienten! Por eso algunos nos hablan con el labio arrugado y la cabeza echada hacia atrás.
Si viviera en el pueblo, el olor sí me ayudaría. Allí cada uno huele a cada uno. Madre guarda una pastilla de jabón de Heno de Pravia sin abrir en el cajón de su ropa, para que esté perfumada al ponérsela. Algunas mujeres del pueblo huelen a lo mismo que el cajón. Lo juro, no sé cómo lo hacen, pero huelen exactas al cajón de las bragas de Madre.
Tampoco me ayuda, para aclararme con mi lío de las caras, tener tres Hermanos que se llevan menos de un año, del mismo tamaño y que se intercambian la ropa. Dos de ellos, melguizos. Entre los cuatro nos llevamos tres años en total y yo soy el pequeño.
Madre los obliga a sentarse siempre en el mismo lugar y a no cambiarse de cama. A ella no le gusta que mi desbarajuste con las caras me venga de su casta. Como era su padre el que lo tenía, y yo lo he heredado de él, se siente mal cuando me confundo y armo cualquier estropicio.
Si por lo que sea Madre no está, mis Hermanos se cambian de sitio y se quedan callados esperando a que me equivoque, para burlarse de mí. Cuando ella vuelve, se llevan algún pescozón, pero ellos siguen haciéndolo igual cada vez que pueden.
Si hay mucha gente, me llega a dar miedo. Cuando subo al mercado me aprendo la ropa que llevan mis Padres, atiendo a si llevan chaqueta y a qué se han puesto debajo por si se la quitan. Intento no separarme, no dejar de mirarlos por si me pierdo. ¿Y si me dejan olvidado porque no atino a volverme con ellos? ¿Y si me cogen unos extraños? Me asusta la idea de acabar vete tú a saber dónde, en la casa de quien sea.
Padre se cabrea cuando me quedo pasmado en la acera de enfrente de la bodega, sin dejar de mirar hacia la puerta. Me dice que parezco gilipollas, que lo avergüenzo, que soy lo mismo que Sombra esperando a que se abra la puerta de casa, que la gente va a decir que soy un anormal, que esa es la última vez que lo acompaño al pueblo. Lo dice muy en serio y muy cabreado y yo no le replico, no vaya a ser verdad y un día, por culpa de mis maneras, no me deje subir al mercado.
Marcela ha cumplido su palabra. No sólo le hemos traído la creciente a Madre, sino que además le ha regalado dos panes grandes para que no tenga prisa en amasar y unos pimientos verdes y una trenza de ajos para que nos haga pipirrana de Jaén. Antes de ver los panes, Madre tenía mala cara, pero luego se ha puesto risueña, me ha pasado la mano por la cabeza y me ha dicho que me ponga con el grano.
Miguel no lo ha dejado pasar. Es un empecinado. Por más que le he dicho que estaba ayudando a la vecina, le ha dado lo mismo y ahora cada vez que paso a su lado encuentra la manera de pegarme una patada en el tobillo para hacerme tropezar o de darme un golpe con el hombro como si no hubiera sitio bastante para pasar los dos.
Me dice mangurrián y mastuerzo, en voz baja, y así me tiene toda la tarde. Sube escalera, empujón, baja escalera, calzo. Yo no rechisto para no acabar de ganármela. Si me chivo a Madre, se pondrán los tres en mi contra más todavía; si me revuelvo y le digo a Miguel que me deje tranquilo, me dirá que no me está haciendo nada y que soy un delicado y un melindroso, que me ha rozado sin querer, que si la princesita no tiene espacio para pasar, y me hará reverencias, me dirá todo lo que se le ocurra, así que mejor me espero a que se canse y le dé por otra cosa.
Rafa no se mete conmigo. La verdad es que Rafa es el más bueno de los tres. No es que venga en mi defensa, pero al menos no se mete conmigo casi nunca. Él siempre está a lo suyo, pensando en sus cosas. Serafín, en cambio, se lo pasa bien haciendo lo mismo que Miguel. Yo creo que se divierte de dos formas. Una haciéndome la vida imposible y otra viendo cómo Miguel me la hace. De las dos maneras le vale para gozarla. Miguel no. Miguel sólo disfruta cuando es él quien me incordia.
Serafín es un tuso sarnoso. Siempre pendiente de lo que dice Miguel. Dispuesto a reírle las tonterías como si tuvieran gracia, como si se fuera a partir por la mitad de las carcajadas. Cuando a Miguel, para variar, le da por meterse con Serafín, entonces se acobarda y se pone llorica, se pone más tuso que nunca, porque Serafín sólo sabe meterse con los que son menos que él. Sin embargo, con Rafa no se mete nadie. Ni Miguel siquiera.
Rafa y Serafín nacieron a la vez, pero por dentro no se parecen en nada. Son melguizos y tienen la cara casi igual. La gente que los conoce desde pequeños los distingue sin mucha dificultad, porque no son iguales del todo, sólo casi. Yo no. Yo me lío con ellos y con Miguel. Si se están quietos y callados no tengo forma de distinguirlos. A Serafín sí que lo distingo justo cuando va a empezar a hablar. Desde que estuvo enfermo, se atranca y al hacerlo parece una ametralladora.
Cada año lo mismo. Ayer por la mañana, el remolque del tractor dejó la montaña de trigo en la puerta para que lo subamos en cubos a la falsa. Desde allí, a lo largo del año, conforme nos va haciendo falta, lo bajamos poco a poco y lo llevamos al molino para hacer harina. Luego nos traemos los sacos del molino para que Madre pueda cocinar pan, tortas, empanadas, gurullos. Porque es mucho todo lo que se hace con harina.
Es mejor no tardar en subir el grano a la falsa por si las cabañuelas vienen adelantadas y se moja. Entonces corre riesgo de malvarse. El grano tiene que estar seco. Entre los cuatro diría que vamos a tardar, por lo menos, otros dos días más en acabar de subirlo. A lo peor, tres. Cuando terminemos, Padre ha dicho que iremos a la playa. Hace cuatro años ya estuvimos y fue el día que más feliz he sido.
Son doce escalones más el recodo. El recodo está partido en dos en forma de pañuelo y tuerce a la izquierda para subir y a la derecha para bajar. Seis escalones hasta el quiebre y seis escalones después hasta la falsa. Hay que llevar cuidado de que el trigo no se nos caiga en el camino, porque si no acabaremos resbalando y partiéndonos la crisma por los peldaños. No es al primer descuidado al que le ha pasado esto mismo. Madre nos lo recuerda cada año y nosotros ponemos los ojos en blanco. Dice que ningún descalabrado pensaba, el momento antes de descalabrarse, que se iba a descalabrar. Nosotros para reírnos, cuando no nos ve, lo decimos rápido como si fuera un trabalenguas y movemos el culo para los lados andando ligeros, con muchos ardiles, mientras llevamos los cubos.
Intento no llenar mucho los míos para que me cueste menos acarrearlos, pero tengo que hacerlo con picardía, sin que se note demasiado. Como se fijen Miguel o Serafín en que no los lleno del todo, me la cargo. Ellos están siempre pendientes de lo que hago y de cómo lo hago para sacarme faltas.
No me gusta subir el grano a la falsa. Creo que a nadie le gusta. Es un aburrimiento. Subirlo para luego bajarlo me parece la cosa más tonta del mundo. Un trabajo inútil. Padre se empeña y no hay discusión. A mí se me ocurre que podíamos guardarlo en cualquier otro sitio; no sé, en la cuadra, que ahora está vacía, por ejemplo, o en la parte de dentro del gallinero, que está techado, así no habría que estar para arriba y para abajo con los cubos. Pero ¿qué voy a saber yo de lo que hay que hacer o dejar de hacer en la casa? Son cosas que pienso para mí y que no sé si alguien más lo hace. No se me ocurriría decirlas en voz alta. A Padre no se le discute.
A mí no me gusta aprender las cosas que sabe él. Sabe mucho de lo que hay que hacer en una finca, de cerrar tratos, de cuándo sembrar, plantar y regar, sabe decir cuándo va a llover y cuándo no. Está tan tranquilo en la placeta y ve un nubarrón a lo lejos, un nubarrón normal y corriente, y ya nos está gritando que tapemos la paja. No se equivoca nunca.
A Padre lo llaman de todos sitios para que vaya a nivelar una pieza de tierra y él se agacha en una punta y luego en otra, así, desde todas las puntas, y les dice a los obreros dónde hay que atrajillar más o menos para que se quede plano y con la inclinación que requiere. La gente lo llama porque saben que, si va a verlos, luego no hay problema ninguno y en la riega el agua llega a todas las hileras que se planten, mansa y repartida en la misma cantidad. Desde la primera hasta la última.
También sabe ver debajo de la tierra, lo buscan para señalar dónde cavar los pozos. Él va caminando y siente un vértigo, un vértigo que nadie más puede sentir, y es el agua que, aunque tú no la veas, está debajo, enterrada muy honda, bajo metros y metros de tierra sequísima, sin gota de humedad. Nota la corriente debajo de sus pies y la grieta que se forma a su paso, y por eso le da el vértigo y por eso lo llaman y los hombres le dan palmadas en la espalda cuando por fin, después de cavar, mana el agua. Luego le pagan con algo de la cosecha; unas veces más, otras menos, según vaya el año.
Padre sabe mucho de muchas cosas, pero a mí me gustan más las cosas que sabe Marcela. Pienso yo que esas cosas no tienen por qué ser de mujeres. Hay hombres que curan con las manos, son pocos, pero los hay; conocen las hierbas y pintan con una pluma mojada en tinta los herpes. En el pueblo hay uno que le dicen José el de los huesos. Llegas a su casa con una torcedura que no puedes dar un paso y sales corriendo. Si se te ha despegado la carne de las costillas, se moja un dedo en su saliva y, apretando, te la vuelve a pegar. Esas cosas son de las que me nace aprender.
Sombra espera en la placeta a que termine de subir el grano, acostada bajo la parra. De vez en cuando, pega algún lengüetazo al aire para comerse las moscas que vuelan cerca de sus orejas. Hace tanto calor que cuando cruzo la placeta, cubo va, cubo viene, ya ni se levanta y pega golpes con la cola en el suelo, sin empinar la cabeza ni abrir los ojos siquiera para comprobar que soy yo.
Las tres primeras horas ha estado haciendo el camino junto a mí, dando saltos del montón de trigo a la puerta y de la puerta al montón de trigo. Se ponía loca cada vez que me veía al bajar de la falsa, como si no hiciera treinta segundos que me acababa de ver. Ha estado yendo y viniendo conmigo hasta que se ha cansado y ahora espera, paciente, a que acabe con este trasiego de hormiga cosechera para irnos a buscar ranas.
El atardecer es la mejor hora para cazarlas, cuando se arrancan a cantar los machos para llamar a las hembras y nada más piensan en montarlas. Se quedan tan ciegos de las ganas que les entran con el celo que se pueden coger fácil. Están tan puestos en el reclamo que ni se enteran de cuando te acercas. Las hembras también se pueden coger porque cuando no les gusta el macho se hacen las muertas para que no las cubra. No se mueven ni una miaja.
Me paro en cada vuelta a beber agua de la cántara y me entretengo en rascarle a Sombra la cabeza o en ponerme bien la zapatilla o en sacarme una piedra imaginaria. Así, con un poco de suerte, a las muchas vueltas que damos, para arriba y para abajo, al final me ahorro un viaje.
El sol sigue alto y la fosca aplasta lo vivo contra el suelo, agostándolo. Las horas pasan lentas como bueyes. Todavía no anochece. En verano los días no se terminan nunca.
(...)
Fosca, de Inma Pelegrín, sigue aquí.

