«Lucy y el mar», el regreso de Elizabeth Strout: «Escribo sobre la gente más común del mundo»
Elizabeth Strout ha cautivado tanto a los lectores como a la crítica centrándose en lo que otros escritores pasan por alto: la gente común. Tras el éxito de «Me llamo Lucy Barton», «Ay William» y «Olive Kitteridge», se publica ahora en España su nueva novela, «Lucy y el mar», protagonizada por el personaje que la ha convertido en todo un fenómeno literario.

Elizabeth Strout. Crédito: Getty Images.
Es autora de un total de nueve novelas, todas ellas con gran éxito de ventas; ha ganado un premio Pulitzer; sus obras han sido adaptadas a las tablas y a la pantalla; recibió el premio Booker por su novela Ay, William y publica ahora en español Lucy y el mar, considerado uno de los mejores libros del año según The New York Times Book Review. Sin embargo, para una escritora cuyas novelas habitan lo desgastado por el uso y lo pasado por alto, las comodidades hogareñas de los manteles descoloridos y la madera recalentada por el sol, Elizabeth Strout parece hoy excesivamente formal. Strout, de sesenta y seis años, lleva publicando ficción literaria inspirada por los recovecos emocionales de la vida cotidiana desde 1998, cuando se publicó su novela debut, Amy and Isabelle, con muy buenas críticas y un lugar en la lista de superventas. Desde entonces, ha mantenido ese raro equilibrio: el de ser igual de atractiva para el gran público y para la crítica, granjeándose la admiración de Zadie Smith y la difunta Hilary Mantel, mientras es devorada y comentada en los clubes de lectura de todo el mundo. Es una habilidad que procede de la observación profunda: la obra de Strout versa sobre cosas que otros escritores deciden no mirar. «Creo que todo sobre todos es extraordinario», dice la autora de Portland.
Por eso consigue crear personajes tan vívidos, tan indefectiblemente humanos, que ni siquiera las interpretaciones de actrices como Laura Linney (en el papel de Lucy Barton en Broadway y Londres) y Frances McDormand (la adorable cascarrabias Olive Kitteridge en la serie televisiva premiada en los Emmy) llegan a eclipsar a las Lucies y las Olives como se las imaginan los lectores.
Strout no tenía previsto, explica, traer de vuelta a Lucy Barton —sexagenaria en Lucy y el mar—. «Nunca tuve la intención de escribir otro más sobre ese personaje. Pero, después, lo típico: Olive aparece otra vez. Y dije: "Vale, ¿voy a tener que ocuparme de ti?". Y después apareció Ay, William, por lo de Laura Linney [durante los ensayos de la adaptación teatral de My name is Lucy Barton, Linney se dio una palmada en la cabeza y dijo: "¡Ay, William!", una referencia a su primer marido que no aparecía en el libreto y que inspiró a Strout, que estaba observándola]. Así que pensé: "Vale, va a tener su historia"».
Strout «justo había acabado» Ay, William, cuando empezó la pandemia: «Seguía tan vivo en mi cabeza que pensé que tenía que hacer algo con ellos durante ese tiempo. Pensé: "Vamos a llevarlos a una parte distinta de Maine. Los metemos en una casa y a ver qué pasa"».
Lo que transcurre en Lucy y el mar es ese edredón a base de parches que es la memoria, la historia y el pensamiento que los lectores de Strout reconocerán por sus otras novelas: Olive Kitteridge, Olive, Again y My name is Lucy Barton. Y pasan cosas: Lucy y William salen de Nueva York justo antes de la pandemia; de fondo transcurre en silencio una guerra cultural trumpiana y una crisis de opiáceos. Pero Strout abunda en el ámbito de las emociones: lo que ocurre en los pequeños y desastrosos malentendidos entre amigos y la desgarradora y muda distancia que se va colando en las familias. Infidelidades, divorcios, historias de amor y la larga y traumática sombra del maltrato infantil derivan en los viajes a L.L.Bean y los cafés de Dunkin' Donuts.
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Durante esta entrevista, Strout lleva unas gafas de montura gruesa negra, un toque de carmín granate y una bufanda de seda alrededor del cuello. Le pregunto qué dice cuando la gente que no conoce su obra le pregunta sobre qué escribe, y responde tajante: «Ah, sobre la gente más común del mundo. Me interesa mucho la gente más común del mundo porque, en realidad, no creo que nadie sea común. Creo que estamos llenos de diferentes multitudes de experiencia, pensamiento y sentimiento, cada persona».
Ella escribe, asegura, «para mostrarle a la gente que no están solos en el mundo, que pueden conocer a otros a través de mis obras y, después decirse: "Ah, eso es lo que esa persona que va por la acera podría estar sintiendo". O pueden reconocerse ellos mismos». Puede sonar un poco serio, pero los libros de Strout deshacen con delicadeza el sentimiento y sus ecos hasta que queda algo tierno y verdadero. Le digo que he sentido mucho más la necesidad de llamar a mis padres al releer su obra, lo que a Strout le parece interesante.
La maternidad —ser madre y tenerla— también reverbera en los libros de Strout, así como el dolor y la alegría. La madre de Lucy Barton aparece poco después de que se nos presente al personaje en My name is Lucy Barton, y sigue siendo un faro de revelación y anhelo hasta Lucy y el mar. A sus sesenta y pico años, Lucy sigue llamando a su «buena madre» imaginaria en momentos de angustia. También reflexiona sobre la creciente distancia entre ella y sus hijas, que ahora están casadas y viven sus propias vidas. Strout escribe sobre ello «porque la mayoría tenemos madre, ¿verdad? Y muchos tenemos hijos. Así es como es el mundo».
Strout tiene una hija de treinta y nueve años. Su mera mención provoca la efervescencia de la escritora. «La he querido mucho —dice, resplandeciente—. Me llevó a un ámbito de la maternidad que por fuerza no tenía. Y para mí fue muy reconstituyente poder tener esta preciosa niña, y poder amarla como yo no fui amada. Me ayudó enormemente». Admite, no obstante, la necesidad de representar con más realismo la maternidad: «Sigo pensando que se empaqueta de tal modo que nadie habla directamente de sus sentimientos. Porque todas deberíamos estar tan contentas, y nunca se habla mucho de inquietudes o preocupaciones».
Cuando se publicó la primera novela de Strout, su hija tenía dieciséis años y había sido criada por una madre que había escrito desde que era joven. «Se comía los cereales del desayuno junto a los manuscritos apilados por todas partes. No parecía importarle —recuerda Strout—, y llegaba a casa del colegio y decía: "¿Todavía no tienes agente, mami?". Yo le contestaba: "Todavía no". "Bueno, lo tendrás", decía ella».
El nuevo libro de la aclamada autora de «Me lla...
Y así fue, aunque Strout admite que «tardó más de lo que imaginaba, porque siempre supe que era escritora». Hasta entonces, tuvo toda clase de trabajos: de camarera, de pianista en coctelerías, en una fábrica de zapatos («Lo que me ayudó para Amy e Isabelle, porque conocí bien el oficio») y de secretaria en la universidad donde había estudiado. «Fue fascinante, porque fue una visión completamente distinta. Los que habían sido mis profesores eran ahora muy esnobs conmigo, porque no era más que la secretaria». Perfeccionó la costumbre de observar que dice que lleva con ella «toda la vida»: «Observaba a la gente y la escuchaba. Y, cuando de verdad lo haces, aprendes mucho».
Es en Lucy y el mar donde más nos cuenta el personaje qué es ser escritora; nos permite conocer una historia que está escribiendo sobre un policía pro Trump que debe ejercer de cuidador y sus encuentros con personas que la conocen de ver su nombre en los lomos de sus libros. Lucy no es una versión ficticia de sí misma, dice Strout, aunque es consciente de que la gente podría pensarlo. «He dejado de preocuparme por eso. No soy Lucy, pero siento que la comprendo muy bien». Durante el confinamiento, mientras escribía el libro, Strout volvió a Maine, el lugar donde creció. «Conozco tanto la costa donde crecí que casi ya no la veo, así que, cuando me di cuenta de que Lucy nunca la había visto, empecé a verlo todo a través de sus ojos. Y fue fascinante, porque me dije: "Oh, Dios mío: es verdaderamente bello"».
Los premios que Strout ha ganado siguen siendo menos importantes para ella que sus lectores, confiesa; sigue escribiendo con uno imaginario en la cabeza. «Siento que mantengo una relación con el lector mientras escribo el libro. Lo que te dan para leer tiene que ser sincero. Así que esa es mi primera responsabilidad. Mi segunda responsabilidad es no caer jamás en la jactancia. No caer nunca en los vicios del escritor». No es fácil, admite, escribir con la eficacia directa de sus frases, sino que se trata de algo que sucede tras seis décadas de escritura. «He acabado identificando las frases sinceras. No sé decirte ahora mismo qué es una frase sincera, pero sé reconocerla cuando escribo una. Eso es lo que intento hacer».
Cuando estaba escribiendo su novela debut, Strout se imaginaba a una lectora: «a una mujer joven de, curiosamente, Illinois; una mujer que miraba las pilas de las bibliotecas, se encontraba mi libro, lo leía y se sentía mejor. Y eso es lo que me hizo seguir, esta lectora concreta».
Antes de acabar saco a colación la ceremonia del Premio Booker, y ella casi le resta importancia: por una parte es autocrítica profesional; por otra, pura apatía. Stout parece reacia a reconocer los elogios que sus libros le han granjeado: «Muy a menudo, pienso: "Ah, mira lo que he hecho", admite, un poco a regañadientes. Pero ha conseguido algo mucho más elevado: «He llegado a la gente a través de mis libros, que es lo único que siempre quise hacer».
Texto de Alice Vincent publicado originalmente en Penguin.co.uk.
