Entrevistas

Adrián Paenza: la vida secreta de los números

Uno de los autores argentinos más vendidos de la historia escribe libros sobre… ¡matemática! El fenómeno único de Adrián Paenza empezó en 2006 con «Matemática, ¿estás ahí?», el primero de una serie de libros sobre matemática recreativa que en muy pocos años vendieron más de un millón de ejemplares, y se coronó en 2014 con el Premio Leelavati, que se otorga al mejor divulgador de matemática del mundo. Hasta entonces, Paenza era un reconocido periodista deportivo y un apasionado y peculiar docente universitario. Entre los alumnos que pasaron por sus clases a lo largo de cinco décadas se cuenta Gerry Garbulsky, actual director de TED en español y responsable del exitoso podcast «Aprender de grandes». En esta entrevista exclusiva, Paenza recorre una vida que jamás soñó: un trabajo docente que alcanzó a miles de chicos y chicas, sus coberturas en los Mundiales para millones de personas, el haber instalado en el «prime time» televisivo la naturaleza abstracta de las operaciones numéricas, las míticas competencias que llevaban su nombre, su experimento sui géneris para anticipar resultados electorales, su reciente descubrimiento de las probabilidades del amor versus la lotería... Repleto de historias y ejemplos, con su libro número 19 recién publicado, Paenza mantiene su inagotable capacidad de asombro cuando reflexiona sobre las posibilidades que ofrece la ciencia, «ese detective».
25 minutos

Crédito: Max Rompo.

Hay personas que hacen muy bien lo suyo y son admirables por ello. Adrián Paenza llevó su especialidad a un nivel de excelencia y más allá. No solo logró innovar, sino que también cambió las reglas del juego. Paenza fue quien enseñó matemática a miles de personas de una manera increíble. Pero también es el hombre que enamoró a la Argentina con el básquet. En un país donde casi no se jugaba a ese deporte de manera profesional, decidió comprar los derechos de televisación y ahora Argentina lleva jugadores a la NBA y muchos de ellos reconocen que su enamoramiento empezó mirando esos programas. Además, es la persona que no solo comentaba fútbol, sino que introdujo el pensamiento crítico en ese deporte incorporando las estadísticas y los datos. También es quien, como comentarista deportivo, generaba tanto respeto y a la vez cercanía en sus entrevistados que Diego Maradona le dijo en el Mundial 94, al quedar eliminado, la famosa frase: «Me cortaron las piernas». Cambió las reglas del periodismo tanto político como de divulgación y dejó una estela de aprendices de matemática en los que generó un gran impacto como maestro. Doctor en matemática, periodista político, científico y deportivo, galardonado veintidós veces con el Premio Martín Fierro (por su labor en televisión y radio) y apasionado docente y divulgador: Paenza es todas esas personas.

Gerry Garbulsky: ¿Qué fue lo que disparó el primer libro?

Adrián Paenza: Mientras estábamos por publicar el primer libro se produjo un quiebre. Cuando estaba terminándolo, antes de firmar el contrato, dije que quería que el libro estuviera disponible de forma gratuita en internet. Estoy hablando del año 2004 o 2005. Se quedaron mirándome sorprendidos porque, como modelo de negocio, el hecho de que alguien publique un libro y que simultáneamente esté gratis en la web era fuerte. Porque si vos me decís que después de diez o quince años el libro adquiere un valor y que ya se vendió la cantidad de ejemplares para compensar la ganancia o la pérdida, es distinto. Yo les dije: «No me importa tanto la cifra inicial del contrato, sino que el libro se pueda bajar gratuitamente, porque necesitamos achicar la brecha entre aquellos que no saben y tampoco pueden porque no tienen acceso al dinero». Y lo notable es que me dijeron que sí, y por eso quiero darles crédito a Diego Golombek y Carlos Díaz, directores de la colección y de Siglo XXI, donde empezó este viaje. Todos mis libros están disponibles en la página de la facultad de matemática de la Universidad de Buenos Aires. Como yo era una persona conocida, en lugar de imprimir tres mil, hicieron cuatro mil. Solo para dar una idea de lo que pasó después, la primera reedición a los pocos días fue de cuarenta mil ejemplares. Lo cuento porque sé que fue una cosa transformadora. No pensé en escribir un libro para lograr algo, de ninguna manera. No me puedo quedar con el crédito porque yo no sabía que sería un éxito. El entorno que me rodeó me permitió pensar algunas cosas de manera distinta.

Gerry Garbulsky: Me parece increíble poder llegar a tanta gente e impactar positivamente en sus vidas. ¿Contás la historia de por qué no se puede dividir por cero?

Adrián Paenza: Qué privilegio, por otro lado, haber vivido tantas cosas. Voy a contar la historia de dividir por cero, pero no quiero dejar de decir que mientras te escucho se me cruzó por la cabeza esta pregunta: «¿Fue esto planificado?». Nunca me preparé para que esto sucediera. Hay mucha gente que con razón dice que ha logrado sus sueños, que logró hacer tal o cual cosa, no importa qué. Yo no recuerdo haber soñado nada de esto: ni escribir un libro, ni hablar de matemática, ni dar clase para tanta gente, ni trabajar en televisión, ni haber hablado para veinte millones de personas en el Mundial 90. Volviendo a dividir por cero, después de clase solía charlar con los alumnos y un día, después de la primera clase del año, se quedaron unos diez chicos y chicas, y le pregunté a cada uno qué carrera seguían. Uno me contestó «Matemática y Computación», entonces quise saber por qué había elegido esa carrera y me dijo: «Cuando estaba en el colegio primario, vi a un tipo por televisión que contó por qué no se podía dividir por cero. Yo estaba en mi casa con mi mamá saltando arriba de un colchón, y en el noticiero el tipo demostró que no se podía dividir por cero, y me sorprendí». No le dije que ese tipo era yo, pero lo invité a mi casa, lo cual también fue raro, y le mostré el video del año 1989 donde en el noticiero tuve el privilegio de que me permitieran hablar de lo que quisiera. Era una locura, la hora en que los noticieros competían por el rating un tipo agarraba un pizarrón y demostraba por qué no se podía dividir por cero.

Gerry Garbulsky: Ese es el impacto del que hablaba…

Adrián Paenza: Cristian, este alumno, terminó siendo amigo y fue muy activo en el Centro de Estudiantes, una persona muy comprometida socialmente, viene a mis cumpleaños y aún ahora somos amigos. Hoy en particular recibí un mail de él muy largo contándome todo lo que está viviendo con la pandemia. Aquello pasó en el año 94 o 95.

«Un día le pregunté a unos alumnos qué carrera seguían. Uno me contestó "Matemática y Computación", entonces quise saber por qué había elegido esa carrera y me dijo: "Cuando estaba en el colegio primario, vi a un tipo por televisión que contó por qué no se podía dividir por cero". Ese tipo era yo. Era una locura, la hora en que los noticieros competían por el rating un tipo agarraba un pizarrón y demostraba por qué no se podía dividir por cero».

Gerry Garbulsky: ¿Y cómo ves la ciencia hoy? ¿Estamos avanzando más allá de la maravilla de producir una vacuna en tan poco tiempo?

Adrián Paenza: No sé si tengo una respuesta con la que me sienta conforme. Voy a decirte lo primero que se me ocurre. Creo que sí hay una modificación. De hecho, por ejemplo, algo pasó para que la Argentina tuviera un Ministerio de Ciencia. Recuerdo que Néstor Kirchner me llamó y me dijo: «Juntame a los mejores diez o veinte científicos». Alguien tuvo la visión. Hoy están Alberto Kornblihtt, Jorge Aliaga, Andrea Gamarnik, o Carla Vizzotti como ministra de Salud: hay científicos metidos en lugares de responsabilidad. No sabemos cómo va a terminar la pandemia, pero creo que sí se va a modificar. Tengo ganas de ser optimista, y lo voy a poner en estos términos: en el año 1988 Carlos Ulanovsky me invitó a escribir sobre lo que quisiera en el diario Clarín. Y el título de esa nota fue justamente el título de mi primer libro: Matemática, ¿estás ahí? «No, me estoy poniendo las preguntas». Y conté algunos problemas que aparecieron después en los libros. Tuvo un impacto relativo dentro de la facultad, o dentro del sistema universitario académico, porque fue raro. Pero no me llamó al día siguiente Ulanovsky y me dijo: «Mirá, están rompiendo los teléfonos, la gente quiere más de esto». No hubo más de eso. Sin embargo, esas historias veinte años después tuvieron una aceptación distinta. Quiero decir que algo pasó en la sociedad que hizo que en aquel momento no tuviera ninguna repercusión. A lo mejor la tuvo y no teníamos los medios, porque no estaban las redes sociales que podían hacerlo notorio o hacerlo visible. En cambio, ahora se viraliza y hay alguien que ve la idea y después lo transforma en libro, o en programa de televisión, o en una canción, o lo que fuere. O sea, que el hecho de la comunicación, socializar el conocimiento de alguna manera para permitirles acceso a todos, es algo extraordinario.

Gerry Garbulsky: Siento que escribís como hablás. Cuando leo uno de tus libros, siento que estoy sentado en un café y que me estás contando las historias y que usás las mismas palabras y los mismos puntos suspensivos que usás cuando estamos tomando un café. ¿Fue una decisión consciente de estilo? ¿Te acordás de cómo se desarrolló?

Adrián Paenza: Lo que decís es muy cierto. Es que no sé escribir, sé hablar, y lo que puedo hacer es sentarme y escribir. Lo único que lamento es que no exista el diálogo, porque si pudiera lo haría. Si uno puede leer un libro, ver una película, mirar un programa de televisión o lo que sea, en donde uno entra de una manera y sale con una idea que no tenía, sin importar la calidad de la idea, pero con algo que no tenía al empezar, ya valió la pena el tiempo invertido. En algún momento hacíamos la Competencia Paenza...

«No hay problemas difíciles ni fáciles, sino que hay problemas. Hay algunos que la humanidad lleva muchos años sin poder responder y, de pronto, viene alguien con una idea que nadie tuvo. Esa capacidad de creatividad que tenemos los humanos que no sabemos dónde está ni en qué consiste».

Gerry Garbulsky: Participé de las tres primeras…

Adrián Paenza: Sí, se hizo durante 25 años. En un momento determinado eran ocho problemas que se hacían en todos los departamentos de matemática de todas las universidades del país (después se amplió a Uruguay). La idea era que los problemas tuvieran un grado de dificultad que no alcanzara las cinco horas para resolverlo. A cada problema le dábamos 20 puntos. Una noche me llamó a la casa de mis padres Alberto Calderón, presidente honorario de la fundación, y me dice: «Paenza, ¿usted sabe cómo sale el ejercicio 4?». Eso fue un domingo a la noche, la competencia era el lunes. Los problemas ya se habían distribuido por todo el país, los delegados ya tenían todo. Yo le digo: «Mire, yo no sé exactamente cómo se resuelve, pero Alicia Dickenstein sí». Y me responde: «Yo le quiero decir algo. A mí me llevó mucho tiempo resolver ese problema, me parece que es muy complicado». No sabíamos cómo arreglarlo, no lo podíamos sacar. Entonces me sugirió que le pusiéramos una carga distinta, es decir, advertir a la gente que ese problema iba a otorgar más puntos. Lo hicimos. Tuvimos que comunicarnos por teléfono con cada uno de los delegados. No había internet en ese momento. El resultado fue que nadie lo pudo resolver. Pero yo se lo había mandado también a Baldomero Rubio Segovia, que en ese momento era el decano de la Universidad Complutense de Madrid, un matemático que pasó por la Argentina dejando una huella muy importante. Baldomero me escribió una carta que me llegó como dos meses después diciéndome que nadie había podido resolver el problema, y me preguntó cuál era la respuesta. Yo se la mandé. Años después, en 1994, yo tenía que viajar a Europa con el seleccionado argentino de fútbol. Pasé por Madrid, y Baldomero me dijo que había puesto el problema como un agregado extra, como un problema auxiliar en un examen de Análisis 1 (la primera materia). Yo le dije que estaba loco por poner un problema de ese tipo en un examen. Pero una alumna de primer año lo había resuelto: me mostró la solución, que ocupaba tres o cuatro renglones. En ese momento nos dimos cuenta de que, si hubiéramos visto que el problema tenía otra solución, no la que habíamos pensado nosotros, no lo hubiéramos puesto porque era muy fácil. Una chica vino desde cualquier lugar, sin tener conciencia de nada, le pusieron el problema delante y habrá pensado: «Bueno, por algo me lo habrán puesto. Es optativo, pero igual lo voy a hacer». Lo hizo, lo resolvió. Fijate: no hay problemas difíciles ni fáciles, sino que hay problemas. Hay algunos que la humanidad lleva muchos años, o a lo mejor siglos, sin poder responder, y de pronto viene alguien con una idea que nadie tuvo. Como pasó con los que diseñaron el programa de inteligencia artificial AlphaGo que derrotara a Lee Sedol en Go, que era el campeón mundial, y cuando hizo una de las jugadas (creo que la jugada 37 de la partida número 1) en un momento determinado todos se miraron sorprendidos por lo que había hecho la máquina. O sea, la máquina nos enseñó a los humanos. Y quiero incluir otra cosa: que la inteligencia artificial permitió que el programa que juegue al póquer les haya ganado a los cuatro mejores jugadores del mundo que se juntaron durante una semana, y que la máquina lo haya hecho haciendo un bluff, como el que juega al truco y canta envido sin tener carta... Porque si cada vez que canta tiene, entonces obviamente todo lo que uno tiene que hacer es mirar sus cartas y discernir entre si le da o no pie al juego del otro. Y no es solamente mentir, como en el envido, sino que vos necesitas que el otro te encuentre mintiendo en algún momento, o sea mentir y perder. La ciencia ofrece eso que es detectivesco. Hay un montón de cosas dando vueltas y uno de pronto encuentra una herramienta que no sabía ni que tenía. Esa capacidad de creatividad que tenemos los humanos que no sabemos dónde está ni en qué consiste. Lo único que uno hace es aplicar eso de que ojalá cuando llegue ese momento de inspiración te encuentre trabajando.

Adrián Paenza. Crédito: Télam.

Gerry Garbulsky: Hablando de ideas nuevas, podríamos contar la historia de las elecciones legislativas de 1987. 

Adrián Paenza: Contá vos la historia, porque tuviste mucho que ver…

Gerry Garbulsky: En aquel momento se tardaba mucho en hacer el recuento, había resultados de boca de urna pero puntuales y para nada representativas. Sin embargo, Adrián tuvo la idea de ver si se podía hacer algo distinto: usar la red de radiotaxis (que ya eran toda una novedad en la época) para hacer lo que ahora se llamaría una boca de urna computarizada y en la nube, por así decirlo. Entonces Adrián contrató cien o doscientos taxis que recorrieron estratégicamente distintos lugares de votación y los choferes tenían la indicación de conseguir los datos de los primeros recuentos de las primeras mesas de estos lugares. La idea era estar en la central de radiotaxis, escuchando y conectados con todos estos taxistas que nos iban a ir contando los resultados parciales de las elecciones con el objetivo de ver si éramos los primeros en la radio en poder decir quién había ganado las elecciones en la provincia de Buenos Aires. Adrián me pidió si podría ayudarlo y hacer un programa de computación que pudiera consolidar esos datos.

Adrián Paenza: Tenías un Commodore 64, ¿no?

Gerry Garbulsky: Venía usando la Commodore 64 que me había regalado mi abuelo, que es uno de los regalos más lindos que me hicieron en la vida porque me abrió un mundo increíble. Pero en ese momento acababa de hacer el upgrade a la Commodore 128, que tenía memoria de 128 kilobytes, y debía generar dentro de esa computadora ese sistema. La idea de Adrián fue poco antes de las elecciones, así que en un par de semanas tenía que construir un sistema informático que permitiera procesar eso en tiempo real, que estuviera testeado y que no cometiera errores. Imagínense el papelón que hubiese sido decir algo y que estuviera mal. Me acuerdo que fui a la oficina de mi vieja y de mi viejo y me instalé. Dormí ahí diez días, más o menos, en una colchoneta muy finita. Estuve diecinueve horas corridas durante diez días programando, testeando, probando y llegamos. Nos instalamos en la central de radiotaxis para hacer todo esto el día de las elecciones. Ese día, empiezan a llegar los resultados. Con cada uno de estos taxistas estaba comunicado el operador, que me gritaba: «Mesa 34, tantos votos para este, tantos para el otro», y yo rápidamente lo trataba de poner en la computadora. Al rato llega Adrián y me pregunta quién iba ganando. Yo vi el sistema que había hecho y veía que en los resultados Cafiero le ganaba a Casella. Esa fue fácil de predecir, y fuimos efectivamente en ese momento el primer medio que pudo dar ese resultado. Pero lo más interesante, que para mí es un recuerdo imborrable, es que había un partido que se llamaba Partido Intransigente. El programita me daba como resultado que con alta confianza podíamos decir que el Partido Intransigente iba a ganar una banca en diputados. Yo le dije eso a Adrián, a lo que él me contestó que era imposible, que no podía ser, que debía de haber un error en el programa. Yo empecé a transpirar, me empecé a poner nervioso y pensaba que había hecho algo mal. Finalmente, el PI terminó ganando un escaño.

Adrián Paenza: Por suerte tengo amigos como vos que se acuerdan de tantos detalles...

«Las cosas que atentan contra la intuición me parece que son el objetivo. A mí me fascina intuir algo y estar tan equivocado. Eso me descoloca, me alegra y me interesa. Generar eso, aprender a dudar, a tolerarse dudar, a no saber».

Gerry Garbulsky: Vos también te detenés en los detalles. ¿Cómo hacés para seguir publicando y encontrando historias?

Adrián Paenza: Voy a tratar de seguir publicando porque a mí me hace sentir bien. Yo me siento bien viendo y escuchando. Por ejemplo, en la UNESCO conocí a un matemático alemán que se llama Elharn Bern que contó dos episodios que quiero narrar porque me parece que es muy interesante, porque permite concluir que no hay que jugar a la lotería ni apostar a nada. Dio dos ejemplos que me parecieron maravillosos. Por supuesto, hay muchas variantes de la lotería en cada país del mundo, él ejemplificó diciendo que había que elegir seis números de los primeros 49, como se hace en Alemania. Resulta que uno hace lo siguiente: se compra un billete, se lo guarda en el bolsillo. O sea, ha elegido seis números sin repetición. Entonces ahora sucede lo siguiente: esa persona viaja en colectivo un día de lluvia, y en un asiento hay una señorita sentada con su paraguas. En un momento determinado el colectivo frena y ella se da cuenta de que es la parada donde debe bajar y sale corriendo, olvidándose el paraguas. El colectivo arranca y el señor ya no tiene manera de alcanzarla, entonces se lleva el paraguas a su casa y a la noche toma su teléfono y disca un número de siete cifras al azar. Es más probable que la chica atienda el teléfono a que el billete que tiene en el bolsillo haya sido el ganador. Ese es el primer ejemplo. El segundo ejemplo es el siguiente: si uno apoya arriba de una mesa un mazo de cartas francesas (con el cual se juega al póquer, con 52 cartas si se le quitan los comodines) tiene aproximadamente 2 centímetros y medio de altura. Supongamos que compro 270.000 mazos (eso da arriba de catorce millones de cartas); después agarro una de las cartas, que son casi 7 kilómetros de altura, y la marco. Una vez hecho esto, te pido que elijas una carta al azar. Es más probable que vos elijas la carta que yo marqué, a que ganes la lotería. Esto tiene que ver con la percepción, con la intuición… Y me fascinan este tipo de cosas que tienen que ver con atentar contra la intuición.

Gerry Garbulsky: Acabás de publicar tu libro número 19, Matemática y fascinación

Adrián Paenza: Y habla justamente de eso, de la fascinación que a mí me produjeron. Las cosas que atentan contra la intuición me parece que son el objetivo. A mí me fascina intuir algo y estar tan equivocado. Eso me descoloca, me alegra y me interesa. Si tuviera que resumir, lo único que me interesa en este momento de mi vida es leer y estudiar sobre temas de los que no sé lo que pienso. Estar sentado frente a algo en lo que no tengo posición, y yo creo que podría elegir una, pero si otra persona me diera argumentos que me convoquen a pensar que estoy equivocado... Tener la libertad mental, tener el espíritu crítico. Generar eso, aprender a dudar, a tolerarse dudar, a no saber. Como dijo una vez un amigo y matemático, Eduardo Dubuc: «Voy a decir algo, pero no sé si estoy de acuerdo con lo que voy a decir». Tolerar más poder decir «no sé». La provocación todo el tiempo a la persona que lee y la persona que escucha, al tener un problema sin resolver en la cabeza... Ese fue el título de la charla de TEDxRíodelaPlata, ¿no?

Gerry Garbulsky: Sí, fue la primera. El título era «El placer de tener un problema sin resolver en la cabeza». 

Adrián Paenza: A mí me parece que eso es, en definitiva, lo que pasa en el mundo académico. El otro día me preguntaba Manu Ginóbili por qué razón en las universidades norteamericanas se produce lo que se produce y hay tantas. Matemática de calidad, por ejemplo, en la Argentina hay, sin ninguna duda. La matemática produce matemáticos, pero la diferencia está en la masa crítica de profesores e investigadores de todo el mundo (y no solamente matemáticos) que vienen y hablan sobre lo que están pensando, en los bares y en las distintas cafeterías, en Estados Unidos. Son constantes. Uno escucha y, aunque no sepa, está participando en un grupo de personas que están compartiendo con uno lo que no saben, no lo que sí saben. Yo disfruto de sentarme y escuchar. Cuando uno habla, uno no aprende. Hace poco estuve hablando con una persona que trabaja en Nevada programando las máquinas tragamonedas, y tuvo que preparar un algoritmo de manera que en algún momento la máquina pierda. Alguna vez tiene que salir la combinación de tres. Cada tanto alguien tiene que ganar, y además tiene que hacer ruido cuando caigan las monedas. Necesitan que la gente que está jugando alrededor escuche. 

Gerry Garbulsky: Eso es para dar la sensación de que si marcás el número al azar en el teléfono, te va a atender la dueña del paraguas, ¿no? 

Adrián Paenza: Exactamente. Aparte, yo creo que jugar es el impuesto a la ignorancia. Salvo que vos decidas agarrar 50 o 100 dólares, vayas al casino y no te preocupe si lo perdés. 

Gerry Garbulsky: Creo que cerraste por ahí con un posible título para el libro número 20: Jugar es el impuesto a la ignorancia. Adrián, me encanta como siempre conversar y quiero imaginarme y soñar con las otras cosas que vas a inventar en los próximos veinte o treinta años, que seguro nos van a seguir sorprendiendo.

Adrián Paenza: Primero te agradezco. Solo te pido algo: como vos tenés muchos menos años que yo, la cronología indica que yo me voy a morir antes; entonces espero que en algún momento vaya a aparecer algo y vos digas que, si yo viviera, estaría disfrutando ese quiebre, que no sabemos cuál es. Cuando yo nací no había televisión. Después, de chico, mi vieja nos llevaba a mi hermana y a mí a mirar la televisión en la casa de mis tíos. Yo siempre le preguntaba a mi vieja si creía que ellos nos miraban a nosotros en lugar de nosotros a ellos. Nos sentábamos a mirar la televisión... y mirá lo que produjo la televisión, ahora internet. Bueno, ¿qué va a pasar en el mundo? Cuando suceda, yo quisiera que vos puedas pensar que, si yo viviera, lo disfrutaría como una de esas cosas. El apetito en la vida pasa por eso. Ojalá que el hombre lo logre. Yo creo que sí, aunque no sé qué es. La teletransportación, implantarse un chip y de pronto decir «hoy voy a ser médico», y con tu huella digital apoyás acá y hoy sos médico y tenés todo el conocimiento que provee la medicina. Disparates, pero por qué no voy a pensar, si, total, por fantasear, uno puede fantasear cualquier cosa.



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