Escribir, amar, recordar: Milena Busquets en dos pinceladas
Hay escritoras que convierten la vida cotidiana en una forma de pensamiento. Milena Busquets pertenece a esa estirpe: la de quienes miran el amor, la belleza, la amistad, la maternidad o el paso del tiempo sin solemnidad, pero con una lucidez que corta como una frase perfecta. En «Mujeres elegantes» (Lumen, junio de 2026), la autora reúne una serie de textos situados entre el ensayo personal, la autobiografía y la poética, donde Proust convive con Cadaqués, la ropa con los hombres, la memoria de la madre con la escritura. Nada parece accesorio en estas páginas: todo entra en una voz irónica, vivísima y reconocible, capaz de hacer de la aparente levedad una forma de inteligencia literaria. LENGUA publica a continuación los dos primeros textos del libro, titulados «Escribir y enamorarse» y «Piensa mal y no acertarás».
Por Milena Busquets
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Milena Busquets. Crédito: Gregori Civera (cortesía de Lumen).
Escribir y enamorarse
Tengo un hijo, el mayor (veinticuatro años), que en lo relativo al amor parece un monje tibetano. En lo relativo a la conducción de mi coche, en cambio, parece un psicópata desatado. Tal vez ambas cosas estén relacionadas, no lo sé. Y tengo un hijo, el pequeño (diecisiete), que desde los tres va por el mundo como si fuese Marcello Mastroianni.
A los cuatro años, cada vez que íbamos a una boda o a un evento social y una mujer con escote pronunciado se acercaba a saludarnos y a hacerle carantoñas, las manos de mi hijito se dirigían automáticamente hacia su escote. La señora acababa huyendo despavorida mientras yo me moría de vergüenza y mi madre de risa («Es culpa tuya, Milena: no quisiste darle el pecho cuando nació y ahora está obsesionado», me decía).
A veces, Marcello Mastroianni y yo hablamos de amor. El otro día, mientras intentaba convencer al monje tibetano de que hiciese una carta a los Reyes Magos, se sentó delante de mí y me dijo:
—Bueno, ya he acabado de leer todos los libros de Leonard Cohen y de escuchar todas sus canciones.
—Es bueno, ¿verdad?
—Es un resumen, una guía universal sobre el amor —dijo—.
Te imprimes cinco canciones y si te las lees bien, ya está, ahí lo tienes todo. Sigue esos patrones. En realidad lo que uno puede hacer para que lo quieran es muy poco; uno tiene una participación de menos del diez por ciento en el amor. El problema es que la gente piensa que tiene más, pero yo creo que tienes máximo un diez por ciento. Y ahora me voy, que he quedado.
Y se marchó.
«Tal vez sí que sea la reencarnación de Marcello Mastroianni», pensé un poco aturdida.
Nadie entiende tanto de amor como los adolescentes. Shakespeare lo sabía y por eso Romeo tiene dieciséis años y Julieta, trece. El amor es uno de los pocos ámbitos en que la experiencia no sirve para nada. La gente que sabe de amor es la que no sabe nada. En cambio, con la edad, algunos adultos olvidan lo que un día supieron de forma natural e instintiva.
Los jóvenes viven inmersos en sus sentimientos, son rápidos (el amor es muy veloz, la lentitud acaba con él, esa frase tan genial de Stendhal que Albert Serra me dijo una vez: «El amor es un fuego que si no crece, decrece» [«L’amour est un feu qui s’éteint s’il ne s’augmente»]), intuitivos, saben lo que está bien y lo que está mal, no tienen paciencia, ven las situaciones desde muy cerca y a la vez de un modo muy general. Son exigentes e intolerantes (dos defectos que en el amor son cualidades). Son los mejores consejeros del mundo. No hablan del pasado, no le cuentan su vida al otro; hablan del presente, lo que tú sientes ahora y lo que yo siento ahora, nada más.
Para el amor tal vez sea mejor seguir siendo un adolescente toda la vida. Para escribir, no. Escribir como un adolescente (a no ser que seas Rimbaud) es escribir mal. Deberíamos escribir como si estuviésemos muertos y amar como si tuviésemos quince años, nunca al revés.
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Piensa mal y no acertarás
El otro día, el psiquiatra, sin que viniese demasiado a cuento (o tal vez venía absolutamente a cuento), me preguntó: «¿Siempre eres tan desconfiada?». Creo que estábamos hablando de hombres o de médicos, no me acuerdo; de hombres probablemente.
Más tarde, me puse a pensar en un fragmento de Linterna mágica, las maravillosas memorias de Ingmar Bergman, que justamente acababa de leer.
En un capítulo cuenta cómo de adolescente pasó un tiempo viviendo en Alemania por un intercambio escolar y cómo un día una amiga de su tía lo invitó a cenar y a dormir a su casa. Escribe Bergman:
En torno a la mesa, exquisitamente puesta, se sentaban las personas más hermosas que había visto en mi vida [...]. A su lado estaba la joven hija de la familia, se llamaba Clara y la llamaban Clärchen, muy parecida a su padre, alta, morena, con la piel muy blanca, los ojos oscuros, casi negros, y la boca pálida y carnosa. Era ligeramente bizca, lo que inexplicablemente aumentaba su encanto.
La chica era un poco mayor que Bergman y él quedó completamente fascinado. Más tarde, al acabar la cena, ella se cambió de ropa («se presentó Clärchen con zapatos de tacón, que la hacían más alta que yo, un traje de casa rojo oscuro y el pelo suelto cayéndole por la espalda. Se llevó un dedo a los labios en un jocoso gesto de misterio») y junto a sus hermanos lo llevaron a una buhardilla a beber, escuchar música y fumar.
No ocurrió nada entre ellos, pero para Bergman fue una noche importante y quedaron en escribirse.
Y prosigue Bergman:
Seis meses más tarde recibí una carta con la letra de Clärchen, derecha y generosa, en el sobre. Estaba franqueada en Suiza. Me recordaba entre bromas que habíamos quedado en escribirnos, pero que yo evidentemente había olvidado nuestro compromiso.
Bergman reproduce la carta entera, un texto maravilloso, lúcido, vital, inteligente y dolorido, en el que ella habla de sus problemas mentales, de su familia y de su futuro.
En el interior del juego soy siempre la misma, a veces extremadamente trágica, a veces de una alegría sin límites [...]. Me quejé a un médico (¡me han visto tantos médicos!). Me dijo que la vida soñadora y ociosa que llevaba era perjudicial para mi psique. Me recetó realidad, atenerme a los hechos, lo que me obligaría a abandonar mi prisión de egocentrismo. Orden. Autodisciplina. Tarea. Corsé [...]. A mí no me interesa esa clase de esfuerzos, así que pienso adentrarme aún más en mis juegos [...]. Escríbeme enseguida y cuéntame todo, en el idioma que quieras menos en sueco, que quizá tenga que aprender un día. Escríbeme y háblame de ti, mi hermanito más pequeño, te echo de menos.
Bergman nunca le contestó.
Según él: «Las dificultades lingüísticas eran insalvables y no me apetecía quedar en ridículo».
Bergman (¡Bergman!) pensó que no sabía suficiente alemán y que no estaría a la altura de aquella joven, mayor que él, más culta y refinada, más hermosa también. Decidió no contestarle por temor a quedar mal. Bergman en persona.
¿Qué debió pensar ella al no recibir respuesta? Supongo que lo vivió como un rechazo doloroso, tal vez pensó que no era lo bastante guapa para él (un adolescente no muy agraciado) o lo bastante lista; quizá pensó que había hablado demasiado, que había sido demasiado honesta, o quizá le importó un pimiento, aunque lo dudo.
La verdad es que Bergman nunca olvidó a la joven, guardó su carta y treinta años más tarde la reprodujo casi íntegramente en una de sus películas: «Sin embargo he conservado su carta. La usé casi al pie de la letra en una película titulada El rito, en 1969».
¿Y ella? ¿Olvidó a Bergman al cabo de cinco minutos o lo recordó hasta su muerte? No podemos saberlo.
Pensamos que entendemos lo que pasa en la cabeza y en el alma de los demás, pero no tenemos ni idea. Pensamos mal y pensamos mal. Y, a menudo, nos equivocamos.
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